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Con seguridad, está en el Top-3 de los miedos más comunes. ¡Y atemorizantes! Es un enemigo terco, resistente, resiliente, contra el que es difícil, muy difícil, pelear. ¡Vaya si lo sé! Ha sido la piedra en el zapato de la relación con algunos clientes que he tenido desde que me transformé en un consultor de marketing de contenidos. Y, lo confieso, me venció varias veces.
¿Sabes a qué me refiero? Al miedo a hablar de ti, de tu historia, de quién eres y de cómo eres. Es curioso, porque en una conversación informal, con la familia, con los amigos o, inclusive, con desconocidos, la mayoría de los seres humanos somos felices hablando de nosotros mismos. De nuestra historia, de quiénes somos, de qué hacemos. Nos sentimos realizados en esa situación.
Sin embargo, como cualquier moneda, esta también tiene dos caras. La oscura, la que nadie quiere que se le muestre, es cuando tenemos que comunicarnos con el mercado. Es cuando surgen los fantasmas, cuando tiemblan las piernas, cuando se quiebra la voz. Es cuando salen a flote todas las vulnerabilidades y piensas, imploras, “¡trágame, tierra, por favor!”.
Cuando comienzo una asesoría, suelo enfrentarme a un obstáculo común. ¿Cuál? La muy acentuada resistencia a compartir la historia personal. Casi todos quieren publicar sobre su empresa o negocio, sobre sus productos o servicios, sobre sus resultados. Sin embargo, casi ninguno acepta de buena gana abrirse para contar su historia, ese lado que pocos conocen.
Que, no sobra recalcarlo, es imprescindible para conectar con el mercado, con tus clientes potenciales. Más en esta era del copy + paste, de los impostores, de los clones. Una era en la que la autenticidad, tan escasa, se ha convertido en el mayor tesoro, en el más valioso. Más allá de la tecnología, de la IA, está claro que las personas quieren conectar con otras personas.
Es decir, que la tecnología, que las maravillosas herramientas, sean tan solo un intermediario. Como debe ser. El nexo, pero no la esencia. Lo crucial es la relación, ese apasionante vínculo entre seres humanos. Y digo apasionante porque está determinado, principalmente, por las emociones y otros factores como conocimiento, educación, experiencias y expectativas.
Con la mano en el corazón, no logro entender la resistencia a hablar de tu historia, de ti mismo. ¡No lo entiendo! Al final, es un tema del que eres experto, del que nadie, absolutamente nadie, sabe más que tú. Un tema que dominas al derecho y al revés: solo necesitas que haya alguien que te escuche para comenzar a compartir eso tan valioso que llevas dentro de ti.
Al comienzo, tengo que aceptarlo, no podía entenderlo. Sin embargo, de tantas veces que se repitió me obligó a ver el problema desde una perspectiva distinta. Dado que hablar de mi historia y contar mis aventuras sin miedo a la vulnerabilidad es algo natural para mí, asumí que era igual para todos, para cualquiera. Y sí, pero en el ámbito informal, no en el laboral.
En este escenario, las apariencias son muy importantes. La forma en que otros te perciben, la forma en que otros perciben lo que haces, es muy importante. Tanto, que algunos creen que es el factor que determina tu valor como empresario, empresa, emprendedor o como profesional independiente. Lo que hay que entender es que una percepción no es, para nada, la realidad.
Tras largas y profundas conversaciones con clientes, después de escuchar a emprendedores que forman parte de las comunidades de las cuales soy miembro, hice un descubrimiento. No es una conclusión contundente, una sentencia definitiva o algo por el estilo. Es, tan solo, un descubrimiento. ¿De qué se trata? De una aproximación al fondo del problema.
Descubrí que lo que intimida a la mayoría de las personas, quizás a ti también, es el reto de contar toda la historia. Como si fuera una película: el rollo completo. Piensan que es algo difícil, que son demasiados elementos. No saben por dónde empezar o cómo estructurar el relato. Si eventualmente comienzan, sienten que en algún momento pierden el rumbo de la trama.
Entonces, después de reflexionar, de darle vueltas al asunto y de hasta consultarlo con la almohada, hice un segundo descubrimiento. Que, dicho sea de paso, es la razón por la cual te comparto este contenido. ¿De qué se trata? Qué tal si, en vez de enfrentarte a la película, al rollo completo, ¿trabajas el relato de tu historia por capítulos, como si fuera una serie?
El resultado debería ser el mismo: comunicar tu esencia, conectar con el mercado, con esas personas a las que puedes ayudar. Lo que cambia es el proceso. Veamóslo a través de un ejemplo: vas al restaurante y pides una pizza, tamaño mediado, que por lo general la dividen en seis porciones. ¿Qué haces? Tomas una y la consumes y solo sigues una vez la terminaste.
¿Entiendes? Tomas tu historia y la divides en un sinnúmero de capítulos: lo personal, lo laboral (qué haces, cómo lo haces, para quién lo haces), la familia (valores, sueños), tu propósito… Es como armar un rompecabezas: todas las piezas tienen un lugar, todas son importantes. Al final, sin embargo, solo verás la imagen completa si logras encontrar el lugar en que cada un encaja.
En palabras sencillas, es una estrategia que te permite dividir esa meta gigante que te intimida en una serie de pequeñas metas que asumes sin miedo. Más bien, las ves como un interesante reto y te diviertes en el proceso. A continuación, entonces, te propongo algunas pequeñas historias que puedes contar fácilmente y que, a largo plazo, construirán tu gran historia:
Moraleja
1.– Un sueño de infancia.
Todos los seres humanos, sin excepción, cultivamos sueños durante la niñez. Algunos de ellos, a veces la mayoría, no se cumplieron, pero te ayudaron a avanzar. Fueron una luz que alumbró tu camino. ¿Con qué soñabas tú? ¿Qué querías ser cuando grande? ¿Cuál sí se cumplió?
2.– Algo que aprendiste en un viaje.
Todos, sin excepción, hemos regresado a casa transformados de alguna forma después de un viaje. De vacaciones, de trabajo, con los amigos… ¿Qué fue eso que te cambió? ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo mejoró tu vida desde entonces? Una comida, un lugar, una experiencia…
3.– Un agradecimiento.
Todos los seres humanos, sin excepción, tenemos mucho que agradecerle a la vida. Que nos da mucho sin necesidad de pedirlo. O quizás hay alguna persona que te ayudó en un momento de oscuridad de tu vida. O algo que recibiste del más allá… Muestra tu gratitud sin temor.
4.– Algo que te represente.
¿Una canción? ¿Una afición? ¿Una comida? ¿Un pensamiento? Todos, sin excepción, nos identificamos con algo. Que haces bien y te hace sentir pleno, algo en lo que eres mejor que el promedio de las personas. Eso por lo que que unos te admiran y otros, te envidian.
5.– Lo que te voló la cabeza.
A todos, sin excepción, la vida nos sorprende con frecuencia. Nos hace revelaciones que nos cambian la forma de ver las cosas, cómo las percibimos, cómo las sentimos. ¿Cuál fue esa que en tu vida marcó un antes y un después? ¿Cómo eres mejor ahora después de eso?
6.– Qué o quién te inspira.
¿Una persona cercana? ¿Un artista? ¿Un escritor? ¿Un cantante? ¿Un deportista? Los seres humanos, todos, sin excepción, somos el resultado de las personas especiales que ejercen gran influencia sobre nosotros. ¿Quién te marcó a ti y cómo lo hizo? ¿Qué te inspiró?
7.– Una reflexión.
La incertidumbre es algo que nos agobia a todos los seres humanos, sin excepción. Nos inquieta el mañana. En algún momento, la vida nos invita a hacer un alto en el camino y reflexionar. Nada trascendental, pero sí una luz que nos permitió seguir avanzando.
8.– Una contradicción.
Los seres humanos estamos hechos de contradicciones. Muchas de ellas son inconscientes, pero hay otras de las que somos sabedores. Son una parte fundamental de la naturaleza humana y no las podemos evitar. Comparte una de las tuyas; no temas avergonzarte.
9.– Habla con tu yo joven.
Si pudieras hablar con tu yo de hace 10 o 15 años, ¿qué le dirías? ¿Qué consejo le darías? Siempre hay algo que quisimos decir y no fuimos capaces, todos sabemos algo que nos gustaría compartir con otros o con tu yo más joven para que su vida sea mejor.
10.– Comparte algo que aún no hiciste.
Los caminos de la vida son insondables y cada día nos ofrecen nuevas oportunidades. Son sueños que aparecen sin esperarlo y que se convierten en una motivación. ¿Cuál es el tuyo? ¿Viajar a un lugar específico? ¿Alcanzar un logro? Habrá otros que se identifiquen contigo.
Hay muchas más opciones, por supuesto, pero elegí estas 10. Que, además, están en un orden arbitrario: elige el tuyo, arma el rompecabezas como te guste. Si crees que falta alguna que es relevante para ti, ¡inclúyela! No pierdas de vista algo importante: es como un juego. No te lo tomes tan en serio: solo comienza, deja que el proceso te envuelva, avanza y disfrútalo.
Algo más: no tienes que publicar todos los días. Estas historias personales, en mi experiencia, son contenidos muy aceptados en los últimos días de la semana. En esos en los que hay menos responsabilidades, en los que somos más abiertos a probar algo distinto. Mi consejo es que cuentes una historia a la semana (un día fijo). Empieza y verás cómo es muy difícil detenerse…