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Nos dijeron mentiras, nos confundieron y nos tragamos el bulo completo. ¿Sabes a qué me refiero? Desde hace algunos años, en el mercado del marketing hizo carrera una premisa: la prioridad es atraer la atención de los prospectos. “Sí no consigues atraparlo en los primeros 3 segundos, ¡lo perderás!”, sentencian los gurús. Y comenzó la nueva carrera de la rata…
Todos, sin excepción, desbocados, obsesionados por atraer la atención de esos clientes potenciales. Una carrera loca en la que tus vulnerabilidades quedan expuestas. Una carrera loca en la que el riesgo de caer en las garras de los vendehúmo es grandísimo. Una carrera loca que te obliga a asumir una cantidad de tareas que, al final, agotan toda tu energía.
Y no solo eso: también nublan tu mente y, muchas veces, provocan que tus recursos se esfumen como por arte de magia. Que necesitas tomar este curso y otro más. Que debes tener esta aplicación y otras más. Que requieres publicar a esta hora y nada más. Que tus contenidos deben seguir tal o cual estructura y los textos deben ceñirse a unas palabras…
La nueva carrera de la rata. Por muy disciplinado que seas, por mucho esfuerzo que hagas, por más que seas creativo, al final no llegas a ningún lado. De eso, justamente, se trata esa carrera loca. Que te la pintan como un rápido esprint de 100 metros y, en la práctica, te das cuenta de que es una ultramaratón que no termina. Tus fuerzas se minan poco a poco…
El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que cuando te involucras en esta nueva carrera de la rata lo que obtienes, si al final obtienes algo, es contrario a lo que esperabas. En otras palabras, si tu intención era llamar la atención del mercado, atraer a tus clientes potenciales, los ahuyentarás. Te percibirán como otro vendehúmo, uno más, y se alejarán de ti.
La realidad es que la cacareada batalla por la atención no es algo nuevo. No es, tampoco, un producto del ecosistema digital. Piensa, por ejemplo, cuando eras niño y tus padres intentaban conseguir que atendieras sus órdenes o sugerencias. Sin embargo, casi nunca lo conseguían porque tu estabas imbuido en tus cosas, hasta que alguno levantaba la voz…
O recuerda cuánto le costaba a tu profesor en el colegio lograr que todos en el salón de clase se enfocaran en lo que enseñaba. Siempre había algunos que estaban divagando, como en otro planeta. Que, de acuerdo con la experta Gloria Mark, doctora en filosofía y autora del libro Attention Span (Capacidad de atención), es parte de la naturaleza del ser humano.
“La tecnología se diseñó para potenciar nuestras capacidades y ayudarnos a ser más productivos, pero también nos distrae y nos agota en su uso diario”, asegura. “Todos lo sentimos: el agotamiento, la fatiga por las videollamadas, las notificaciones constantes y la dificultad para mantener la atención”, agrega. ¿Lo ves? Es la nueva carrera de la rata.
Sin embargo, para Mark el panorama no es desalentador. ¿Por qué? “Puede que sintamos que estamos perdiendo la capacidad de concentración por completo, pero hay buenas noticias. Nuestra capacidad de concentración no se ha perdido, simplemente está cambiando la forma en que nos concentramos”. Es decir, vivimos distraídos, con la cabeza en todo y en nada.
¿Hay solución posible? Según Mark, sí. “Podemos aprender a adaptarnos a nuestros propios ritmos de atención. ¿Cómo? Encontrar la concentración, combatir las distracciones y, en última instancia, sentirnos más equilibrados y menos estresados en nuestro día a día”. Para la experta, el uso de los dispositivos digitales y nuestro bienestar no son incompatibles. ¡Genial!
El problema, ¿sabes cuál es el otro problema? Que nos mintieron, nos confundieron y nos tragamos el bulo completo. ¿Cuál? Que lo imprescindible es capturar la atención de tu cliente potencial, que con eso basta. Sin embargo, la realidad nos demuestra que no es así, que la mayoría de los internautas son lo que en Colombia llamamos la familia Miranda.
¿Sabes cuál es? La que se pasea por tiendas y centros comerciales, entra a muchos locales, mira, pregunta, se prueba y… al final no compra. Igual sucede en internet. Quizás porque está aburrida, la gente navega, pica aquí y allá, se detiene en algún contenido que llama su atención (la atrae, pero no la captura) y después de darle una mirada sigue su paseo digital.
Atraer la atención es tan solo abrir la puerta. Como cuando llegas a la casa del vecino para conversar algunos temas que a ambos les incumben. Dado que es una charla informal, no te invita a pasar a la sala, no te da de comer, no se genera ningún lazo comprometedor. Lo mismo sucede en internet: que alguien se haya fijado en tu contenido no significa nada. ¡Ups!
Es triste reconocerlo, pero esa es la verdad. De hecho, seguro has caído en la trampa, atraer la atención no es muy difícil. Inclusive, suele ser demasiado fácil: esa es la razón por la cual hay tantos vendehúmo, tanto contenido basura. Lo que huele a escándalo, a chisme, a burla, a ridículo; lo que genera la idea de juzgar y condenar a otros nos llama la atención a todos.
Son los bajos instintos por los que, muchas veces, nos dejamos guiar. Nos atrapan y hacen que mostremos nuestra peor faceta, esa que procuramos mantener bajo llave para que nadie se dé cuenta de que existe. Y nos hace tropezar, porque tras ellos están las siempre traviesas, traicioneras y caprichosas emociones. Que, luego de que caes, pasan por encima de ti…
En medio del frenesí, de la histeria del bombardeo al que nos someten cada día tanto en los canales digitales como fuera de internet, atraer la atención se convirtió en una tarea compleja. Compleja, sí, pero no imposible. De hecho, repito, llegar al destino es sencillo si recurres a la tácticas aceptadas: vulgaridad, grosería, insultos, linchamientos mediáticos…
Este video es un resumen del artículo y fue generado con inteligencia artificial.
Allá tú si esa es tu elección. ¿Por qué? Porque tarde o temprano vas a aprender, a las malas, que recibes lo que das. O, en otras palabras, te van a dar una dosis de tu propia medicina. Recibirás odio, insultos, desprecios, todo aquello que las especies tóxicas destilan. Allá tú. Porque caer en esa trampa no es la solución al problema de ser invisible, de no conseguir atraer la atención.
¿Entonces? Como lo mencioné antes, el mercado ha cambiado. Y tristemente no lo ha hecho para bien. Más bien, se ha degradado. El contenido no solo es cada vez más la repetición de la repetidera, vulgar copy + paste, sino que también es más agresivo. Es la razón por la cual ya son pocas las personas que se atreven a compartir en redes sociales, en los canales digitales.
¿El resultado? El más visible, el más popular, la pérdida de atención. Sin embargo, estoy convencido de que el origen del problema es distinto. ¿Eso qué quiere decir? No en el producto final, sino en el proceso. En lo que se hace durante el proceso. Es decir, la perdida de la atención es la manifestación de otros males que, irónicamente, todos están relacionados con el creador del contenido.
De hecho, dependen de él. Y lo digo no solo con la autoridad que me confiere compartir contenidos en canales digitales desde el año 1997, sino como periodista que comenzó su trayectoria por allá en 1987, cuando internet no existía. No es un problema nuevo, está claro, solo que, al igual que otros tantos casos, en los canales digitales se amplifica, se multiplica a niveles insospechados.
Lo primero es que hay una considerable caída de la profundidad. No solo entendida como ir al fondo del asunto del que se trata el contenido, sino también como falta de contexto. Cuando un contenido es superficial, por lo general se recurre al escándalo, al dato distorsionado, al morbo. No se aportan argumentos reales, creíbles y comprobables que permitan entender el hecho.
Aunque el tema sea sencillo, sin contexto es imposible explicarlo, analizarlo, comprenderlo. Ni qué decir con los temas complejos. Todo se banaliza, todo normaliza. El único objetivo que se persigue es la viralidad, el cáncer de los contenidos dentro y fuera de internet. Hacer ruido porque, si no, es imposible competir en esa jungla infestada por tantas y tan diversas especies tóxicas.
Asimismo, está la caída del pensamiento crítico. Nada se cuestiona, no se piensa antes de actuar. Solo se reacciona de manera emocional, por instinto. Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que esas reacciones, por lo general, se dan a contenidos falsos, vulgares mentiras que cumplieron con su cometido de pescar incautos. El clic fácil, rápido, bloquea el pensamiento crítico.
Otra manifestación de este problema es que se asume que todo, absolutamente todo lo que circula en canales digitales, es cierto. Si bien no hay un dato preciso, los analistas consideran que más de la mitad riñe con la verdad, con la realidad. Según MTIxScience, las fake-news se comparten un 70 % más rápido que contenidos reales, porque la mentira no requiere ser creíble.
Comenzamos por el odioso y popular copy + paste. Luego, se pasó a lo que los medios llamaron la curación de contenidos, que era otra vulgar modalidad de copia, solo que se tenía la mínima decencia de nombrar la fuente primaria, en la mayoría de los casos. Hasta que llegamos a este escenario que no sabemos a dónde nos va a llevar: la era de la inteligencia artificial.
Una maravillosa y poderosa herramienta que ha caído en manos equivocadas, las de los impostores. La mayoría de quienes usa la IA lo hacen para falsear contenidos, crear memes y bulos o, simplemente, publicar mentiras. Es la caída de los autores reales, leales, honestos, los que estamos en capacidad de aportar valor, de enseñar, de ser fuente de transformación.
Es, entonces, cuando se llega al punto que, a mi juicio, es el más importante. ¿Sabes cuál es? La pérdida de la conversación. Es imposible conversar en redes sociales, en canales digitales. Si te atreves a expresar tu opinión, te sometes a una lluvia de insultos y amenazas, a la descalificación. No importa si es de política, deporte, religión, cocina, mascotas… ¡No puedes conversar!
Es insólito y contradictorio: las redes sociales son lo más antisocial que existe. Fueron pensadas y creadas para conversar, para compartir, pero es imposible conversar y la casi todo lo que compartes se vuelve en tu contra. Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que, si bien no todos somos culpables, todos somos responsables. Por acción (copiar, replicar fake-news) o por omisión…
Caímos en la trampa de confundir atención con valor. Nos concentramos en el factor equivocado y nos preocupamos no por producir un impacto positivo, sino por generar likes y ser referentes. No sé tú, pero estoy convencido de que este no es el camino: se trata de un peligroso atajo. ¿Cómo evitarlo? Tomando acción. Ir contra la corriente, rebelarte, negarte a ser más de lo mismo.
“Los buenos somos más, pero los malos hacen más ruido”, dijo Facundo Cabral con su sabiduría popular infinita. Cuantas más personas de bien, cuantos más creadores genuinos compartan sus contenidos en los canales digitales, menos espacio habrá para lo tóxico. Dicho de otra manera, o decides ser parte de la solución, y actúas, o te resignas a ser parte del problema…