Porqué escribir es un ‘acto de fe’ y cómo aprovecharlo

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El primer crítico de tus escritos, y el más duro, siempre serás tú mismo. ¿Por qué? Porque quieres producir el texto perfecto, aquel que le guste a todo el mundo. Y esa autoexigencia, que además se sustenta en una percepción meramente subjetiva (y, por ende, cuestionable), se convierte en el principal obstáculo: prefieres dejar de escribir con tal de no recibir críticas negativas.

El fondo del asunto es el ego, el miedo al qué dirán. Como en cualquier otra actividad de la vida, nos preocupa obtener la aprobación de los demás, su visto bueno a lo que hacemos. Esta, quizás lo sabes, quizás lo has vivido, no es una buena estrategia. ¿Por qué? Porque nunca vas a conseguir que todos te digan que les gusta tu trabajo, porque siempre habrá alguna opinión contraria.

Y está bien, porque nada en la vida es absoluto. Además, y esto es algo que solo aprendes con la experiencia, cuando te despojas de tus miedos y ofreces tu trabajo al mercado, no puedes controlar cómo el lector, cómo tu audiencia, reacciona a tu texto. Algunas veces lo celebrará; otras, lo mirará con indiferencia (ni fu, ni fa) y algunas más su retroalimentación será negativa.

No es posible complacerlos a todos, esa es la realidad. Y, además, tampoco puede ser el objetivo de tus textos porque, entonces, te vas a volver loco. Cuando te lanzas a la aventura de escribir, no importa qué tipo de textos, tienes que aprender una de las claves del éxito: cuando estás en la fase de producción, mientras escribes, tu mente debe enfocarse en un solo lector.

El problema de la inseguridad, de las indecisiones, de los cambios repentinos de rumbo y de la insatisfacción con tu trabajo comienza cuando te obsesionas con la idea de que te lean miles de personas. Sí, que tu obra sea un gran best seller y tu nombre aparezca en los titulares de los grandes medios, que consigas ser una celebridad y tu nombre será reconocido por doquier.

Es posible que esto suceda, como también es posible que te ganes el premio gordo de la lotería. La opción es quizás de una en un millón, pero existe. Sin embargo, si eliges este camino lo más seguro es que termines frustrado. No te lo recomiendo. Repito: en el momento de escribir, tu mente debe enfocarse en un solo lector, debes convencerte de que solo una persona leerá lo que escribiste.

Pensarás, “¿Qué sentido tiene dedicar tiempo a escribir un texto que solo va a leer una persona?”. La respuesta es simple: tiene mucho sentido. ¿Cómo? Si esa única persona que lee tu contenido lo aprecia y lo agradece, tu esfuerzo creativo habrá valido la pena al ciento por ciento. Además, si le gustó, si aprendió algo, si los minutos que le dedicó fueron provechosos, lo recomendará.

El éxito de un contenido, de un texto, está determinado fundamentalmente por dos factores: la calidad y la oportunidad. La calidad no solo en lo relacionado con una buena ortografía, una puntuación clara y un manejo adecuado del idioma, sino también con la calidad de la idea que motivó esas líneas y, en especial, con la calidad de las ideas que la complementan y sustentan.

La oportunidad consiste en que es justo lo que tus lectores esperaban, lo que necesitaban leer y acerca de ese tema específico. Es como cuando vas a bailar a la discoteca con tu pareja y tus amigos y suena esa canción que toca tus fibras: las emociones son incontrolables. Aprender a escribir lo necesario en el momento indicado es una habilidad que le da valor a tu contenido.

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Es probable que coincidas conmigo en que la gran mayoría de los contenidos que recibimos a diario, incluidos los de los medios de comunicación, pecan por dos razones. La primera, por la falta de profundidad, que se manifiesta en argumentos simples, en frases manidas, en lugares comunes y sentencias contundentes, fáciles. Son textos que no te dicen nada, no te aportan nada.

En segunda instancia, los sesgos (que cada vez son más extremos). Tristemente, ya casi nadie escribe para entretener, para educar, para construir, sino que casi todos están al servicio de alguien, de un interés particular. Entonces, la visión que nos ofrecen esos escritos está amañada, distorsionada. Son contenidos creados para manipular y que buscan el beneficio de unos pocos.

Un texto de calidad, sin importar cuál sea el tema, se abre las puertas solo. Piensa en el último libro que leíste y que te encantó: también fue del agrado de cientos, miles o quizás millones de personas que encontraron gran valor en su contenido, que se identificaron con el mensaje, que se congraciaron por el tiempo que le dedicaron. Es, en sentido similar, la magia que tiene la radio.

Cuando tú estás en la cabina, no sabes cuánta gente te escucha, no sabes si alguien te escucha. Es una especie de acto de fe: tú crees que muchas personas te escuchas, pero nunca sabes cuántas. Y menos en estos tiempos de internet, en los que contamos con una poderosa tecnología que nos permite conectarnos con medios y canales de cualquier parte del mundo en cualquier momento.

Sin embargo, ese acto de fe te motiva, te inspira, te llena de convicción y haces tu trabajo como si fueran cientos las personas que te escuchas, como si fueran miles, como si fueran millones. Al final, cuando terminas tu programa y sales del estudio, te invade una sensación de tranquilidad y satisfacción al saber que al menos una persona, solo una, te escuchó. Créeme, es pura magia.

Tengo que confesarte, en todo caso, que ese acto de fe encierra un miedo terrible: “¿Qué tal que nadie me escuche (o lea)?”. Es algo inevitable, pero con el tiempo esa sensación se diluye. Además, porque vas a encontrar personas que te van a decir que te escucharon o te leyeron y que les gustó el contenido, que fue enriquecedor, que agradecen haberlo recibido. Eso también es magia.

Moraleja: el texto perfecto no existe, nunca nadie lo escribió, ni lo escribirá. Así mismo, siempre habrá personas a las que no les gustará tu trabajo, aunque esté muy bien. Escribir es como la vida misma: hay días excelentes, buenos, regulares, malos y esos que no quieres recordar. Por eso, es menester aprender que no todos tus textos serán tan buenos como te gustaría. No te mortifiques.

¿Por qué sucede esto? Porque los seres humanos, en esencia, somos emocionales. Permitimos que lo que sucede a nuestro alrededor nos afecte, determine un estado de ánimo y, lo peor, que condiciones nuestras decisiones. Cuando estamos en las buenas, vemos de manera favorable algo que la mayoría de las veces no nos agrada, o viceversa. Y lo mismo ocurre con lo que escribimos.

El primer crítico de tus escritos, y el más duro, siempre serás tú mismo. Eso significa que debes desarrollar la tolerancia para entender y, sobre todo, aceptar, que hay días buenos y días malos. Si quieres que los buenos sean más que los malos, no hay más remedio que trabajar: debes escribir y escribir. Cuanto más desarrolles la habilidad y exprimas tu imaginación, mejor será el resultado.

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