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El (necesario) cambio de estrategia para evitar ser invisible

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Mea culpa: ¡yo también caí en la trampa! Como prácticamente todos, empresas, negocios, emprendedores y profesionales independientes. Yo también caí en la trampa del espiral de la publicación recurrente de contenido en canales digitales. Trabajé con pasión, con devoción, con profesionalismo y con ilusión, hasta que me canse de ver que los resultados eran nulos.

Una precisión pertinente: cuando comencé a publicar regularmente, no tenía el objetivo de convertirme en un influenciador famoso y multimillonario. Para alcanzar esos logros hay que traspasar líneas que no estoy dispuesto a pasar, tanto en lo relacionado con la calidad como con la ética. No soy un payaso digital, como muchos, ni un vendehúmo, como tantos otros.

Mi intención era (y sigue siendo) la de compartir valor. Estoy en una etapa en la que, si bien no dejo de aprender, el propósito que me guía es compartir con otros lo que la vida me dio el privilegio de recibir. Conocimiento, experiencias, errores, principios, valores… Mi gran tesoro. Que solo tiene sentido en la medida en que lo traspase a otros para que se multiplique.

No puedo quejarme, porque la respuesta que recibí fue positiva. Es decir, la audiencia a la que me dirijo, de la cual tú haces parte, acogió mis contenidos de buena manera. No solo con gratitud, sino también con disposición para aprender y compartir. No me volví famoso y tampoco soy multimillonario, pero esa no fue la razón por la cual tuve que hacer un pare.

¿Entonces? Honestamente, me agoté. Aunque escribir contenidos es algo de lo que más disfruto en la vida, a veces te sientes cansado. Más en un escenario como el de los canales digitales que cambia constantemente, que limita el tráfico orgánico, que te obliga a competir con toneladas de contenido basura y de publicidad invasiva, abusiva y agresiva.

Aparte, estaba el hecho de luchar contra la corriente. ¿Sabes a qué me refiero? A lidiar con el caprichoso algoritmo. Que, seguro lo sabes, una vez aprendes a aprovecharlo, cambia y toca comenzar de nuevo, desde cero. Con un agravante: ahora, como una especie de venganza de la naturaleza, el algoritmo sufre los rigores de una influencia determinante. ¿Sabes cuál es?

La inteligencia artificial, que enterró el patético SEO y modificó la forma en que buscamos en los canales digitales. Lo más importante, sin embargo, es que también cambió la forme en que los navegadores nos encuentran en internet. Entonces, ya no se trata de pelear contra los caprichos del algoritmo, sino también contra la nueva dictadura: la inteligencia artificial.

Es nadar contra la corriente con el mar crecido: avanzar es casi imposible. Y, además, para moverte debes realizar el doble del esfuerzo necesario. ¡Es desgastante, desestimulante! Pero no termina ahí: también es injusto porque no se distingue el contenido de valor del que es simplemente basura; no distingue, tampoco, entre el contenido real y la copia de la copia.

En cambio, se premia lo vulgar, lo polémico, lo grotesco; se lo destaca hasta convertirlo en viral, mientras que el contenido de valor es castigado de múltiples formas (en todas las plataformas digitales). Probablemente esta es la razón por la cual tantas marcas (empresas y personas) que están en capacidad de compartir contenido de valor eligen irse por el atajo.

Esa, no sobra aclararlo, no es una opción para mí. Prefiero ser invisible, prefiero que mi alcance orgánico sea precario y mantenerme fiel a mis principios y valores. Personales y profesionales. El de traicionarme es un camino que no tomaré: elijo seguir en la batalla. Busco alternativas, intento nuevas fórmulas y, algo importante: procuro corregir las equivocaciones.

¿Por ejemplo? Asumir que las audiencias buscan aprender o, dicho de otra forma, educarse. Así fue hasta hace unos años: las personas estaban dispuestas a pagar a los profesionales en internet a cambio del conocimiento requerido para crecer. Como personas y profesionales. Había un interés genuino por aprovechar la oportunidad que brindaba el mercado.

Sin embargo, como el algoritmo, como las condiciones de visibilidad a partir de la irrupción de la inteligencia artificial, el interés del mercado también cambió. Quizás tú, que consumes este contenido, cambiaste y no te has dado cuenta. ¿Cómo? La gente ya no quiere aprender. Lo que la mueve, lo que le interesa, es producir resultados, conseguir resultados satisfactorios.

Ah, y tan rápidos y efectivos como sea posible. Por eso, aunque hagas tu mejor esfuerzo, aunque tu producto o servicio sea excelente, aunque estés en capacidad de producir resultados satisfactorios a mediano o largo plazo, ya nadie quiere aprender. Es decir, las personas quieren evitarse el proceso, el tiempo y el esfuerzo que este implica e incorpora.

Entonces, no tiene sentido desgastarse en la tarea de intentar enseñar. Y para que no sea una frustración, recuerdo algo que aprendí hace muchos años con un entrenador de fútbol: “no puedes enseñarle nada a alguien que no está dispuesto a aprender”. En pocas palabras, eso significa que es necesario cambiar la vieja estrategia de enseñar por la de transformar.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para seguir)
Competir con toneladas de contenido basura y de publicidad invasiva, abusiva y agresiva es desgastante, desestimulante. Sin embargo, siempre hay un camino para aportarles valor a otros, para ayudarlos a transformar su vida.

Más allá de los caprichos del algoritmo y de la tiranía de la IA en las búsquedas (un fenómeno que quizás más adelante sea positivo), hay que cambiar la mentalidad. Los contenidos, aun los de calidad, los que aportan valor, son invisibles porque nadie ve en ellos lo que está buscando. ¿Entiendes? No aprendizaje, no conocimiento, no fórmulas, sino resultados, transformación.

Es romper un paradigma y proporcionales a las personas lo que realmente quieren, necesitan y están dispuestas a consumir (es decir, a pagar por ello). Te confieso que no fue fácil aceptar esta situación y entender que debía cambiar el modus operandi de mi trabajo para cumplir con el propósito de servirte y ayudarte. El fruto de esa reflexión es este contenido que te comparto.

El contexto: los hechos sufridos durante la pandemia provocada por el COVID-19 y otros sucesos más nos han demostrado que somos vulnerables. Más que en lo físico o en lo material, en lo mental. Somos conscientes de que, como dice Juanes, “la vida es un ratico”. Y no solo eso: en virtud de la vulnerabilidad, estamos expuestos a llegar pronto al final del viaje.

Ya sabemos que nuestro tiempo es limitado y, quizás por eso, la idea del proceso no nos cae bien. La premisa es evitarlo, pero obtener los mismos resultados esperados, requeridos. Esto nos obliga a los creadores de contenido a cambiar el modo en que realizamos nuestro trabajo para que sea visible, para que no se pierda entre la pornobasura que abunda dentro y fuera de internet.

Además, estamos expuestos al bombardeo mediático que nos roba la atención. Esas son las razones por las cuales cuesta tanto conectar con las emociones de otros. Es también el motivo por el que los creadores de contenido tenemos que cambiar la forma en que producimos. La realidad es que lo que antes funcionaba de maravilla hoy, tristemente, pasa inadvertido.

Y, por supuesto, no tiene sentido ir contra la corriente. El camino al éxito está sembrado de pequeñas semillas de humildad. Si en realidad tu intención es servir y ayudar a otros, aprovechar el tesoro de los dones y talentos que te regaló la vida, te invito a que pruebes la siguiente estructura (no es un libreto, no es una fórmula) que a mí me ha dado resultados.

1.– Directo al grano: qué resultado obtuviste
Nada de rodeos, nada de expectativas falsas, nada de adivinanzas… Recuerda que el único objetivo, en esos primeros segundos, es capturar la atención de quien ve tu contenido. ¿La clave? No te limites a soltar un dato en procura del escándalo: cuenta cómo lo viviste, sé auténtico y revela tus emociones, así como la encrucijada a la que te enfrentaste

2.– Humano conecta con humano
No caigas en el error de permitir que la inteligencia artificial (cualquier herramienta) hago algo que tú haces mejor. Desvela tus sentimientos, tus sensaciones, tus miedos, y verás cómo la respuesta es positiva. Olvídate de las frases cliché, de los prompts perfectos y deja que salga de ti, de tu corazón, ese mensaje poderoso que mueve las fibras de otras personas

3.– Sé preciso al hablar del resultado
Utiliza números concretos y, sobre todo, reales, ¡creíbles! Algunas personas pueden ser ingenuas, pero no son tontas. Recuerda que el peor error que puedes cometer es prometer lo que no vas a cumplir, o lo que no sabes si dará resultados. Significa no generar expectativas irreales que destruyan tu credibilidad y provoquen el efecto contrario al que esperas

4.– Habla en primera persona
Una vez logras conectar con esa persona a la que puedes ayudar, que requiere lo que tú ofreces, ¡no la dejes escapar! Ábrele tu corazón de par en par, sin límites, sin artimañas. Revela cómo fue tu proceso (el dolor, la aceptación, la búsqueda, el descubrimiento, la solución). Haz de cuenta que es una conversación privada: habla como si fueran amigos de toda la vida

5.– No olvides la moraleja
Una historia sin moraleja nunca termina de cerrar el círculo. Por ende, quedan cabos sueltos que se manifiestan en múltiples interrogantes, dudas, objeciones. Debe ser un mensaje claro, sencillo, útil, práctico, efectivo, de inmediata aplicación. Un mensaje que, además, quede grabado en la mente de esa persona y la invite a compartirlo con amigos, familiares y otros

Como ves, es algo sencillo. Quizás las primeras dos o tres veces se te antoje complejo, pero no olvides que “la práctica hace al maestro”. Ya no solo se trata de compartir valor, de aportar conocimiento o de promocionarte como la solución ideal. Esto ya no es suficiente, entre otras razones porque todo el mundo hace lo mismo en un mercado en el que sobra los clichés.

La historia, por sí misma, también ha perdido efecto. El storytelling, tristemente, es una de las víctimas de la infoxicación, lo han prostituido y la realidad es que el mercado duda de sus superpoderes. La conexión, mientras, carecerá de sentido si te limitas a proporcionar información (cómo se hace): es imprescindible que entres en el terreno de la transformación.

La pandemia no solo nos dejó cicatrices y recuerdos dolorosos. También nos enseño que necesitamos los unos de los otros o, de otra forma, que estamos aquí con el objetivo expreso de ayudarnos los unos a los otros. Hay mil y una formas de hacerlo y seguro, a partir de tus dones y talentos, alguna que te permitirá cumplir con tu propósito y sentirte feliz.

Ese proceso, créeme, es una historia digna de contar, de compartir…

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¿Qué necesitas para que escribir sea algo agradable y productivo?

La satisfacción personal, que poco o nada tiene que ver con el ego (vale la pena aclararlo de una vez), es uno de los ingredientes indispensables de la fórmula del ¡sí puedo! Dicho de otra manera, si aquello que haces, sea lo que sea, no lo disfrutas, no es un tiempo que consideras bien invertido, tarde o temprano lo vas a dejar. Es la triste historia del ser humano.

¿Por qué? Porque nos han enseñado que aprender está relacionado con sacrificio, con esfuerzo, con trabajo, términos que asumimos con una carga negativa. Que, por supuesto, no la tienen. No se trata de renunciar a, ni de perder algo, sino de priorizar. ¿Entiendes? De ser consciente de lo que en realidad es importante para ti, de lo que quieres en tu vida.

Para ser una persona saludable, por ejemplo, nos han vendido el tema de las dietas, que ya sabemos no funcionan y, más bien, derivan en daños colaterales. También, el del ejercicio casi profesional, con sesiones diarias de 45-90 minutos en el gimnasio, como si no hubiera mañana. Sin embargo, hay una fórmula más sencilla y, sobre todo, más efectiva: los buenos hábitos.

El problema con los buenos hábitos es que no nos los enseñan, no nos los cultivan. Una buena alimentación, la supervisión médica adecuada y una vida alejada del sedentarismo y malos hábitos como el cigarrillo, el excesivo consumo de licor, el estrés o el mal descanso, entre otros, es suficiente. Si nunca lo intentaste, te sorprenderían los resultados que podrías lograr.

Lo que sucede es que los buenos hábitos son menos rentables para la industria del consumismo. Por eso, justamente por eso, nos refuerzan los mensajes surgidos del miedo, de la ignorancia, del patético tienes que ser, como si todos los seres humanos fuéramos iguales. Por eso, justamente por eso, el 99,9 por ciento de las personas fracasa en el intento.

Nos venden la idea, así mismo, de que el esfuerzo es un precio demasiado alto. Es por aquella terrible mentalidad del éxito exprés, de creer que merecemos lo mejor y que es suficiente con rogar a una deidad, a un ser supremo (sea cual fuere la idea que tengas de este) para obtener lo que deseamos. Y si no lo conseguimos, a convencernos de que era porque no lo merecíamos.

Un esquema perverso del que hemos sido víctimas todo el tiempo y que, lo peor, nosotros mismos nos hemos encargado de replicar, de perpetuar. Sin embargo, y esta es la buena noticia, un esquema perverso que podemos frenar, que podemos (¡debemos!) cambiar. Y que, lo mejor, si lo hacemos, nos ofrecerá resultados impactantes en todas las facetas de la vida.

Inclusive, en aquellas actividades que consideramos más difíciles, o lejos de nuestro alcance, o que no son para nosotros, a de esas para las que ‘no nacimos’. Como, por ejemplo, escribir mejor, escribir bien (¿qué tal publicar un libro?). La verdad, toda la verdad, es que el ser humano, cualquier ser humano, nació para hacer lo que quiera, para conseguir lo que quiera.

Si otros pudieron hacerlo, ¿por qué crees que tú NO puedes hacerlo? Es cuestión de disciplina, de establecer un método (incluidos el plan y la estrategia) que te permitan lograr las metas previstas y, en especial, de eliminar de tu mente las terribles creencias limitantes que te frenan. Porque, sí, tristemente, el enemigo está dentro de ti, el obstáculo está dentro de ti.

Tengo que confesarte que escuchar a las personas que acuden a mí en procura de ayuda para eso que llaman aprender a escribir (que no les puedo enseñar, porque ya lo saben hacer), es descubrir esa variedad de creencias limitantes. Que son aprendidas, pero también, cultivadas. Y que, así como se grabaron en tu mente, también pueden ser borradas para siempre.

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Estas son algunas de las más comunes, de las más fuertes:

1.- “Mi historia no le va a gustar a nadie”.
Y eso, ¿cómo lo sabes con tanta certeza? Uno de los aprendizajes básicos y necesarios, cuando quieres escribir o transmitir un mensaje de cualquier índole en cualquier formato, es que no puede agradarle a todo el mundo, nunca serás aprobado por todo el mundo. Y está bien porque así es la vida. Olvídate de las benditas expectativas y concéntrate en lo importante.

¿Qué es lo importante? Lo que tú puedes controlar, lo que tú puedes crear. Enfócate en que tu mensaje sea positivo y constructivo, que cualquier persona que lo reciba se beneficie de alguna manera. Nunca sabes en qué situación está esa persona que lo recibe, así que no puedes anticipar el impacto. Escribe, que lo que deba ocurrir ocurrirá, para bien o para mal.

2.- “No sé por dónde empezar”.
Otra habitual excusa que a muchos les funciona bien. “Es que tengo muchas ideas en la cabeza y no puedo elegir solo una de ellas para empezar”, dicen. Si ese es el problema, entonces, no hay ningún problema. ¿Por qué? Porque se trata simplemente de elegir una. Las demás, que pueden ser muy buenas, las dejas para después, para más tarde, para otros mensajes.

Es como cuando abres tu armario y no sabes qué ropa ponerte: ¡elige una cualquiera! El resto permanecerá ahí y la podrás lucir cualquier otro día. Un consejo: escribe (a mano) esas ideas en una hoja, haz una lista, y juega al tin marín, deja que la suerte escoja por ti. O pídele a alguien que le asigne a cada una un número, que determinará el orden en que las utilices.

3.- “Nunca voy a escribir como lo hace…”.
Compararse con otros es el peor error que un escritor, novato o experimentado, puede cometer. ¿Por qué? Porque cada escritor es único, como único es su proceso. No hay fórmulas que le sirvan a todo el mundo, porque el único camino es crear la fórmula que a ti te resulte, esa que puedas replicar con éxito una y otra vez. No puedes imitar y/o copiar a nadie.

Tu trabajo, especialmente en la etapa inicial del proceso, es descubrir qué tipo de escritor hay en ti, qué tipo de temática es la que más se te facilita (y cuál no), cuál es tu estilo. No son respuestas que vayas a recibir de manera inmediata o tajante: es un descubrimiento, entiende, y por lo tanto se dará paso a paso, lentamente. Cuando lo hagas, ¡aprovéchalo al máximo!

4.- “Cometo demasiados errores, soy terrible”.
Si es así, agradécelo. ¿Por qué? Porque el mayor aprendizaje, el más valioso, proviene de los errores. ¡En cualquier campo de la vida, en cualquier actividad! Si no te equivocas, no aprendes. El problema es que intentamos evitar los errores y eso es imposible. Por supuesto, se trata de que, a medida que avanzas, mejores y no repitas siempre los mismos errores.

Estudia, acude a personas con preparación y trayectoria idónea que puedan ayudarte, consulta diversas fuentes (Mr. Google y otras poderosas herramientas digitales te sirven) y practica. Una y otra vez, un día sí y al otro, también. Un poco cada día. Si trabajas bien, con disciplina, notarás que los errores disminuyen, como también disminuye tu prevención a cometerlos.

5.- “Escribo y escribo, pero no termino”.
Esto sucede, principalmente, porque comenzaste sin un plan definido, sin una estructura definida, sin una historia definida. Comenzaste confiado en que la tal inspiración (que no existe, que nadie la ha visto) llegara y te brindara una mano. Y no sucedió, por supuesto. Entonces, escribes y escribes, sin ton, ni son, y te agobias, te llenas de ansiedad.

No me canso de repetirlo, porque es crucial: sentarte frente al computador a escribir es (debe ser) el último paso del proceso, uno que solo puedes dar cuando todos los demás hayan sido cubiertos a cabalidad. De eso se trata, precisamente, el método de trabajo que les permite a los escritores profesionales trabajar aun cuando la cabeza esté en otra parte, en otro planeta.

Cuando te das a la tarea de crear un mensaje, bien sea escrito o en cualquier otro formato, las dificultades aparecerán en la medida en que no erradiques tus creencias limitantes y, sobre todo, en que te dejes llevar por las emociones (traviesas y caprichosas como son). Para que sea exitoso y productivo, el proceso de escribir debe ser consciente, tú debes tener el control.

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