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Cómo hacer de tu historia una serie de gran éxito

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Con seguridad, está en el Top-3 de los miedos más comunes. ¡Y atemorizantes! Es un enemigo terco, resistente, resiliente, contra el que es difícil, muy difícil, pelear. ¡Vaya si lo sé! Ha sido la piedra en el zapato de la relación con algunos clientes que he tenido desde que me transformé en un consultor de marketing de contenidos. Y, lo confieso, me venció  varias veces.

¿Sabes a qué me refiero? Al miedo a hablar de ti, de tu historia, de quién eres y de cómo eres. Es curioso, porque en una conversación informal, con la familia, con los amigos o, inclusive, con desconocidos, la mayoría de los seres humanos somos felices hablando de nosotros mismos. De nuestra historia, de quiénes somos, de qué hacemos. Nos sentimos realizados en esa situación.

Sin embargo, como cualquier moneda, esta también tiene dos caras. La oscura, la que nadie quiere que se le muestre, es cuando tenemos que comunicarnos con el mercado. Es cuando surgen los fantasmas, cuando tiemblan las piernas, cuando se quiebra la voz. Es cuando salen a flote todas las vulnerabilidades y piensas, imploras, “¡trágame, tierra, por favor!”.

Cuando comienzo una asesoría, suelo enfrentarme a un obstáculo común. ¿Cuál? La muy acentuada resistencia a compartir la historia personal. Casi todos quieren publicar sobre su empresa o negocio, sobre sus productos o servicios, sobre sus resultados. Sin embargo, casi ninguno acepta de buena gana abrirse para contar su historia, ese lado que pocos conocen.

Que, no sobra recalcarlo, es imprescindible para conectar con el mercado, con tus clientes potenciales. Más en esta era del copy + paste, de los impostores, de los clones. Una era en la que la autenticidad, tan escasa, se ha convertido en el mayor tesoro, en el más valioso. Más allá de la tecnología, de la IA, está claro que las personas quieren conectar con otras personas.

Es decir, que la tecnología, que las maravillosas herramientas, sean tan solo un intermediario. Como debe ser. El nexo, pero no la esencia. Lo crucial es la relación, ese apasionante vínculo entre seres humanos. Y digo apasionante porque está determinado, principalmente, por las emociones y otros factores como conocimiento, educación, experiencias y expectativas.

Con la mano en el corazón, no logro entender la resistencia a hablar de tu historia, de ti mismo. ¡No lo entiendo! Al final, es un tema del que eres experto, del que nadie, absolutamente nadie, sabe más que tú. Un tema que dominas al derecho y al revés: solo necesitas que haya alguien que te escuche para comenzar a compartir eso tan valioso que llevas dentro de ti.

Al comienzo, tengo que aceptarlo, no podía entenderlo. Sin embargo, de tantas veces que se repitió me obligó a ver el problema desde una perspectiva distinta. Dado que hablar de mi historia y contar mis aventuras sin miedo a la vulnerabilidad es algo natural para mí, asumí que era igual para todos, para cualquiera. Y sí, pero en el ámbito informal, no en el laboral.

En este escenario, las apariencias son muy importantes. La forma en que otros te perciben, la forma en que otros perciben lo que haces, es muy importante. Tanto, que algunos creen que es el factor que determina tu valor como empresario, empresa, emprendedor o como profesional independiente. Lo que hay que entender es que una percepción no es, para nada, la realidad.

Tras largas y profundas conversaciones con clientes, después de escuchar a emprendedores que forman parte de las comunidades de las cuales soy miembro, hice un descubrimiento. No es una conclusión contundente, una sentencia definitiva o algo por el estilo. Es, tan solo, un descubrimiento. ¿De qué se trata? De una aproximación al fondo del problema.

Descubrí que lo que intimida a la mayoría de las personas, quizás a ti también, es el reto de contar toda la historia. Como si fuera una película: el rollo completo. Piensan que es algo difícil, que son demasiados elementos. No saben por dónde empezar o cómo estructurar el relato. Si eventualmente comienzan, sienten que en algún momento pierden el rumbo de la trama.

Entonces, después de reflexionar, de darle vueltas al asunto y de hasta consultarlo con la almohada, hice un segundo descubrimiento. Que, dicho sea de paso, es la razón por la cual te comparto este contenido. ¿De qué se trata? Qué tal si, en vez de enfrentarte a la película, al rollo completo, ¿trabajas el relato de tu historia por capítulos, como si fuera una serie?

El resultado debería ser el mismo: comunicar tu esencia, conectar con el mercado, con esas personas a las que puedes ayudar. Lo que cambia es el proceso. Veamóslo a través de un ejemplo: vas al restaurante y pides una pizza, tamaño mediado, que por lo general la dividen en seis porciones. ¿Qué haces? Tomas una y la consumes y solo sigues una vez la terminaste.

¿Entiendes? Tomas tu historia y la divides en un sinnúmero de capítulos: lo personal, lo laboral (qué haces, cómo lo haces, para quién lo haces), la familia (valores, sueños), tu propósito… Es como armar un rompecabezas: todas las piezas tienen un lugar, todas son importantes. Al final, sin embargo, solo verás la imagen completa si logras encontrar el lugar en que cada un encaja.

En palabras sencillas, es una estrategia que te permite dividir esa meta gigante que te intimida en una serie de pequeñas metas que asumes sin miedo. Más bien, las ves como un interesante reto y te diviertes en el proceso. A continuación, entonces, te propongo algunas pequeñas historias que puedes contar fácilmente y que, a largo plazo, construirán tu gran historia:

Moraleja

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Contar tu historia es como armar un rompecabezas: todas las piezas tienen un lugar, todas son importantes. Al final, sin embargo, solo verás la imagen completa si logras encontrar el lugar en que cada un encaja.

1.– Un sueño de infancia.
Todos los seres humanos, sin excepción, cultivamos sueños durante la niñez. Algunos de ellos, a veces la mayoría, no se cumplieron, pero te ayudaron a avanzar. Fueron una luz que alumbró tu camino. ¿Con qué soñabas tú? ¿Qué querías ser cuando grande? ¿Cuál sí se cumplió?

2.– Algo que aprendiste en un viaje.
Todos, sin excepción, hemos regresado a casa transformados de alguna forma después de un viaje. De vacaciones, de trabajo, con los amigos… ¿Qué fue eso que te cambió? ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo mejoró tu vida desde entonces? Una comida, un lugar, una experiencia…

3.– Un agradecimiento.
Todos los seres humanos, sin excepción, tenemos mucho que agradecerle a la vida. Que nos da mucho sin necesidad de pedirlo. O quizás hay alguna persona que te ayudó en un momento de oscuridad de tu vida. O algo que recibiste del más allá… Muestra tu gratitud sin temor.

4.– Algo que te represente.
¿Una canción? ¿Una afición? ¿Una comida? ¿Un pensamiento? Todos, sin excepción, nos identificamos con algo. Que haces bien y te hace sentir pleno, algo en lo que eres mejor que el promedio de las personas. Eso por lo que que unos te admiran y otros, te envidian.

5.– Lo que te voló la cabeza.
A todos, sin excepción, la vida nos sorprende con frecuencia. Nos hace revelaciones que nos cambian la forma de ver las cosas, cómo las percibimos, cómo las sentimos. ¿Cuál fue esa que en tu vida marcó un antes y un después? ¿Cómo eres mejor ahora después de eso?

6.– Qué o quién te inspira.
¿Una persona cercana? ¿Un artista? ¿Un escritor? ¿Un cantante? ¿Un deportista? Los seres humanos, todos, sin excepción, somos el resultado de las personas especiales que ejercen gran influencia sobre nosotros. ¿Quién te marcó a ti y cómo lo hizo? ¿Qué te inspiró?

7.– Una reflexión.
La incertidumbre es algo que nos agobia a todos los seres humanos, sin excepción. Nos inquieta el mañana. En algún momento, la vida nos invita a hacer un alto en el camino y reflexionar. Nada trascendental, pero sí una luz que nos permitió seguir avanzando.

8.– Una contradicción.
Los seres humanos estamos hechos de contradicciones. Muchas de ellas son inconscientes, pero hay otras de las que somos sabedores. Son una parte fundamental de la naturaleza humana y no las podemos evitar. Comparte una de las tuyas; no temas avergonzarte.

9.– Habla con tu yo joven.
Si pudieras hablar con tu yo de hace 10 o 15 años, ¿qué le dirías? ¿Qué consejo le darías? Siempre hay algo que quisimos decir y no fuimos capaces, todos sabemos algo que nos gustaría compartir con otros o con tu yo más joven para que su vida sea mejor.

10.– Comparte algo que aún no hiciste.
Los caminos de la vida son insondables y cada día nos ofrecen nuevas oportunidades. Son sueños que aparecen sin esperarlo y que se convierten en una motivación. ¿Cuál es el tuyo? ¿Viajar a un lugar específico? ¿Alcanzar un logro? Habrá otros que se identifiquen contigo.

Hay muchas más opciones, por supuesto, pero elegí estas 10. Que, además, están en un orden arbitrario: elige el tuyo, arma el rompecabezas como te guste. Si crees que falta alguna que es relevante para ti, ¡inclúyela! No pierdas de vista algo importante: es como un juego. No te lo tomes tan en serio: solo comienza, deja que el proceso te envuelva, avanza y disfrútalo.

Algo más: no tienes que publicar todos los días. Estas historias personales, en mi experiencia, son contenidos muy aceptados en los últimos días de la semana. En esos en los que hay menos responsabilidades, en los que somos más abiertos a probar algo distinto. Mi consejo es que cuentes una historia a la semana (un día fijo). Empieza y verás cómo es muy difícil detenerse…

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¿Sabes por qué las buenas historias nunca mueren?

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Son muchos los errores que se pueden cometer al contar una historia y compartirla con otros, con el mercado, con tus clientes. La lista es tanto amplia como variada. Va desde los errores ortográficos, que son inadmisibles (dadas las herramientas que hay a disposición), hasta los conceptuales-estructurales (que son los que, al final, bloquean el impacto de tu mensaje).

La mayoría de ellos, irónicamente, son inducidos. ¿Eso qué quiere decir? Que son producto de seguir el libreto de los vendehúmo que pregonan fórmulas perfectas, estructuras mágicas y más mentiras. En la práctica, son historias planas, falsas, sin esencia, sin alma, sin emoción. Historias de las que se olvidan fácilmente porque no transmiten algo que tenga valor.

Quizás pienses en lo que vemos cada día en internet: estás en lo cierto. Historias cuyo impacto está estrechamente ligado a las payasadas del influencer de turno. De las que se vuelven virales porque activan los bajos instintos, pero caducan en poco tiempo. Modelos de historias que, tristemente, muchos emprendedores y profesionales independientes replican.

Al comprobar el impacto mediático (pero efímero) piensan que es la fórmula del éxito que con tanto ahínco han buscado. Son felices porque se sienten como el pirata que, después de una larga y dispendiosa búsqueda, por fin halló el preciado tesoro. Sin embargo, no tardan en darse cuenta de que cometieron un error, de que (quizás otra vez) cayeron en la trampa de más de lo mismo.

¿Por qué es un error? Porque estas historias fruto del copy + paste carecen del ingrediente que distingue a las buenas historias (las que se recuerdan) del resto. ¿Sabes a qué me refiero? A la autenticidad. Es cierto que, en el fondo, todas las historias se parecen y comparten elementos comunes, y es lógico. ¿Por qué? Simplemente porque los seres humanos somos así, todos.

Es decir, somos parecidos (al fin y al cabo, somos una sola especie) y compartimos elementos comunes. Sin embargo, y esta es la clave, el eslabón perdido de las historias copy + paste, cada ser humano es único y distinto. No puede ser copiado. Como las buenas historias, esas que se recuerdan, que dejan huella, que generan un impacto positivo: son distintas, son únicas.

Esto me lleva a resaltar el primer grave error de la mayoría de las historias. ¿Imaginas cuál es? Asumir que todos los seres humanos somos iguales, que pensamos igual, que sentimos igual, que nos enfrentamos a las mismas situaciones, que padecemos los mismos problemas, que sufrimos el mismo dolor. Por si no lo sabías, es un cliché que perdió su efecto hace mucho tiempo.

A pesar de eso, lo vemos todavía en las películas que llegan a nuestras pantallas. Hay quienes la siguen utilizando porque fue una fórmula que les proporcionó éxito en el pasado. Y dado que no poseen más recursos, que carecen de imaginación, no les queda más remedio que usarla. Son historias (o películas) que siguen un libreto en el que acaso varían solo los nombres.

Un ejemplo: todos los seres humanos, sin excepción, hemos sufrido una pérdida. Bien sea un familiar, un amigo o, quizás, una mascota. Todos, sin excepción, hemos sentido dolor, hemos sufrido. Sin embargo, algunos la superaron más rápido, algunos hicieron el duelo en unos pocos días, algunos aprendieron a cargar con la ausencia sin que se reabriera la herida.

¿Entiendes? El dolor, como tal, la pérdida, es uno solo. Todos los experimentamos. Entonces, ¿que cambia? Las manifestaciones de ese dolor. Que son particulares, únicas de cada persona, de cada ser humano. Eso quiere decir que no podemos etiquetar a la especie bajo el mismo rótulo porque, aunque somos parecidos, aunque compartimos elementos comunes, somos distintos y únicos.

Hay personas que anhelan bajar de peso, adquirir hábitos saludables y evitar enfermedades que son potencialmente mortales. El dolor (el deseo de gozar de buena salud) es el elemento común, pero las manifestaciones son particulares. Algunas bajan de peso con facilidad y otras, sufren para reducir; algunas desarrollan rutinas con rapidez y otras, simplemente, no pueden.

¿Entiendes? Sin importar a qué te dedicas o qué le ofreces al mercado, cuando pienses en el dolor que sufren tus clientes potenciales procura ir más profundo. Recuerda que lo mejor del iceberg es lo que no se ve. ¿Qué sienten esas personas? ¿En qué circunstancias son más vulnerables? ¿Qué dispara las alarmas? ¿Cuáles son las consecuencias? ¿Cómo las controla?

Moraleja

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Lo que realmente hace que una historia sea inolvidable no son sus héroes, sus personajes creados a partir de clichés. ¿Entonces? Que sea autentica y única.

En una línea muy similar, la de la generalización, la de etiquetar a todos por igual, están los clichés de los personajes. Es algo que vemos claramente en las telenovelas que tanto nos gustan a los latinoamericanos: la niña rica, ingenua, rubia de ojos azules; el galán pobre, sin educación, trabajador y de buen corazón; el antagonista envidioso, maldadoso, vengativo…

No en vano, cada vez que vamos al cine y vemos una comedia romántica salimos con la sensación de “esta película ya la había visto varias veces”. Y de cierta forma es verdad. Lo es, porque el libreto de todas sigue el mismo patrón, la misma secuencia, el mismo desenlace. Son clichés que le gustan al espectador y, por eso, a sabiendas de su impacto, son rencauchados una y otra vez.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que en realidad no son personajes, sino arquetipos cliché, vacíos. Un arquetipo encierra una generalización que, a medida que avanza la trama, se desdibuja, se vuelve borrosa, irreconocible. Arquetipos como el héroe (¿el favorito?), el villano, el rey, el sabio, el explorador, el rebelde o el amante. Hay muchos más, decenas de ellos.

También hay arquetipos de tramas: la búsqueda de la verdad, el triángulo amoroso, el sacrificio heroico, el despertar o la popular traición. Hay otros más como el juicio, el renacimiento, el desafío, la tragedia personal o la persecución. Son modelos de éxito comprobados, pero algunos de ellos han perdido impacto por el uso excesivo, por el abuso hecho del recurso.

El error es olvidar que las personas nos identificamos con otras personas, no con arquetipos cliché. Personas con fondo, con sentimientos, con miedos, con emociones, con sueños, con logros… Personas reales. Por eso, los contenidos que apuntan a arquetipos pasan inéditos, mientras que las verdaderas historias de poder se centran en seres humanos de carne y hueso.

Una equivocación que, no sobra resaltarlo, es cada vez más frecuente en esta era de la inteligencia artificial generativa. Que, seguro lo sabes, quizás lo has padecido, abusa del cliché, de las generalizaciones, de los argumentos sin profundidad. Esmérate en crear personajes verdaderos, de la vida real. ¿La clave? Identifica las características que lo hacen auténtico y único.

Por último, el error más grave, el error más común. ¿Sabes a cuál me refiero? A caer en la trampa de centrar nuestra historia en la venta y no en la transformación que experimentará nuestro cliente una vez obtenga lo que le ofrecemos. La transformación es tanto la razón de ser de la historia que cuentas como de tu negocio, de lo que haces, cómo lo haces y por qué lo haces.

Si tu único o principal objetivo es vender y ganar mucho dinero, quizás lo logres. Es posible también que te conviertas en alguien popular o famoso y que, fruto del dinero ganado, puedas darte los lujos que siempre anhelaste. Algunos te dirán que eres un afortunado si lo consigues, pero claramente no seré uno de ellos. Para mí, ese es un objetivo vacío, además de egoísta.

Y es, muy seguramente, la razón por la cual no soy millonario. Me gusta ganar dinero, lo necesito para vivir, pero mi propósito va un poco más allá. ¿Recuerdas cuál es? Producir un impacto positivo en las personas que me permiten ser parte de su vida, inspirarlas a trabajar en la tarea de construir su mejor versión y motivarlas a cumplir con la misión de ayudar a otras.

La mayoría, casi todos, te dicen qué vas a recibir (curso, pdf, video…),  pero eso, créeme, es irrelevante. Lo que en realidad importa, lo trascendental, es en qué clase de persona se va a convertir, se va a transformar quien acepte tu invitación, quien compre tu producto. ¿Cómo va a mejorar su vida? ¿Qué dolor desaparecerá? ¿Qué sueño se hará realidad? ¿Será más feliz?

La transformación no es el resultado, sino el proceso. Como la larva que se transforma en una hermosa mariposa. Lo trascendental no es en qué se convierte, sino lo que experimenta en camino de ser algo distinto. Ese proceso, salpicado de dolores, dificultades, oportunidades y logros, es lo que trasciende. Esa transformación es aquello por lo que tu cliente está dispuesto a pagar.

No se trata, entonces, solo de contar historias. Tristemente, en este mundo de histerias, de afanes y de clichés, el storytelling ha sido prostituido, rebajado, menospreciado. Sin embargo, si desarrollas la habilidad de contar historias reales, con personajes reales (de carne y hueso, con sentimientos), que viven problemas reales y son capaces de resolverlos, lograrás impactar.

No olvides que el vehículo que impulsó la evolución de la humanidad, de la especie, fue el arte de contar historias. A partir de ellas los cavernícolas transmitían conocimientos y creaban el legado que las siguientes generaciones aprovecharían para desarrollarse. No olvides, tampoco, que los seres humanos, todos, somos una colcha de retazos de las historias que vivimos.

Por último, no olvides que los recuerdos más gratos de aquellos que ya partieron de este mundo están representados, precisamente, por historias. Los momentos que compartimos con ellos, los recuerdos inolvidables, los aprendizajes invaluables. Parodiando la película y la canción Los héroes nunca mueren, ahí va la moraleja: las buenas historias nunca mueren

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Querer ayudar no es suficiente: ¿cómo vencer la resistencia?

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Es algo que prácticamente todos, sin excepción, hemos vivido en la vida. ¿Sabes a qué me refiero? A que tienes la intención de ayudar a alguien, quizás ejecutas algunas acciones para soportarla, pero al final tu esfuerzo es vano. ¿Por qué? Porque, simplemente, esa persona “no se deja ayudar” o, de otra manera, “no acepta la ayuda porque, en su parecer, no la requiere”. ¡Plop!

Soy un convencido de que en el momento en que nos entregaron el voucher para viajar hasta este mundo, también nos encomendaron una misión: “ayúdense unos a otros”. Una premisa que, al menos para mí, no se restringe a personas, a seres humanos, sino que se extiende también a lo que nos rodea, a nuestro entorno: flora, fauna, naturaleza. Una misión a la que no podemos renunciar.

Asimismo, en la niñez, cuando dejamos volar la imaginación y visualizamos una vida futura, en la edad adulta, el deseo de servir a los demás está siempre presente. “Quiero ser médico para ayudar a los enfermos”, “quiero estudiar sicología para ayudar a los que sufren problemas mentales”, “quiero ser arquitecto para construir casas para muchas personas”. Siempre hay deseo de ayudar.

Una de las razones por las cuales ingresé a la universidad a estudiar Comunicación Social fue porque concebía esta profesión como un camino para “ayudar a otros”. Mantenerlos informados de los hechos importantes, dar a conocer la otra cara (la menos visible) de los personajes, transmitir mis experiencias en los eventos que concitaban la atención de las audiencias.

Era algo que había vivido en la niñez y la adolescencia, principalmente a través de la radio. Fue esa cajita mágica, que escondía personas maravillosas que nos relataban los sucesos, la que provocó que me enamorara de periodismo. Agradecía las informaciones, los relatos, las canciones, y me imaginaba siendo yo la fuente de esas alegrías para otras personas. Una época maravillosa.

Además, en mi casa y en el colegio me inculcaron aquello de la “vocación de servicio”. Y por los privilegios que me concedió la vida tuve la oportunidad de disfrutar de los clubes sociales. Fue allí donde comencé a entender que todos necesitamos de los otros; que el trabajo no consiste en ganar un sueldo, sino en realizar una labor que redunde en el beneficio de otros, de los clientes.

Aprendí a apreciar, a valorar y a agradecer lo que hacía el palafrenero que cuidaba de los caballos, el mesero que me atendía en el restaurante, el profesor de la clase de equitación o el conductor del bus. Por supuesto, también la señora que, con paciencia y abnegación, nos lidiaba a nosotros, jóvenes inquietos y traviesos, atrevidos, nos preparaba la comida y hacía los oficios domésticos.

Y también aprendí algo increíble: la satisfacción que se deriva del acto de ayudar a otros, de servir a otros. Lo experimenté cuando comencé a publicar mis escritos en el principal diario del país y, en una época en la que no había internet o redes sociales, recibía gratitud como retroalimentación. Me di cuenta de lo gratificante que es proporcionar alegría, ilusión, esperanza o felicidad.

También conocí la otra cara de la moneda. ¿Sabes cuál? La de la crítica a veces fundamentada solo en la envidia o en la ignorancia. La de ser descalificado como persona y como profesional simplemente porque las ideas que expresé, o cómo las expresé, hirieron la susceptibilidad de alguien. Fue, entonces, cuando aprendí la premisa que me llevó a escribir estas líneas.

¿Cuál? Que hay personas que “no se dejan ayudar” o que “no quieren ayuda”. Y no importa cuántas veces lo intentes y de cuántas formas distintas lo intentes, siempre recibirás un no o un rechazo como respuesta. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que si sobrepasas la raya no solo se van a molestar, sino que te etiquetarán como vendehúmo, como tóxico, como non grato.

Es una situación a la que me he enfrentado en repetidas ocasiones en mi carrera. En especial, desde que crucé la frontera del periodismo y entré en los terrenos del marketing digital. Desde entonces, fiel a lo que aprendí en la niñez, mi intención siempre ha sido la de ayudar a otros. Una labor que me encanta porque sé que el conocimiento se multiplica cuando se comparte.

O, como me lo enseñó un cliente, “lo que no se comparte, no se disfruta”. Sin embargo, seguro lo sabes, del dicho al hecho suele haber un trecho. O, si lo prefieres, un largo camino entre la teoría y la práctica. No es lo mismo decirlo que hacerlo, aun cuando tengas la mejor voluntad, a pesar de que hagas tu mejor esfuerzo, aunque el propósito que movilice tu acción sea muy loable.

Moraleja

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Establecer un vínculo de confianza y credibilidad es indispensable para que otros te permitan brindarles ayuda. Si no existe, lo único que conseguirás es activar su resistencia.

La realidad es que solo puedes ayudar a otro si se cumplen a cabalidad estas condiciones:

1.– Tiene un problema que tú puedes resolver.
Parece obvio, pero no lo es. A veces, muchas veces, por el afán de vender o la intención de ayudar, nos obsesionamos con otros y tratamos de forzar la compra de nuestro producto o servicio. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que no nos damos cuenta de si, en realidad, estamos en capacidad de resolver su problema, de satisfacer su necesidad o, algo muy importante, un deseo ardiente.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que creemos, asumimos, que estamos en capacidad de solucionar cualquier problema de otros, todos los problemas. Y no es así, por supuesto. De hecho, a veces, muchas veces, ni siquiera damos abasto con los propios. No intentes encajar allí donde las evidencias te demuestran lo contrario. Ya llegarán las personas a las que puedas ayudar.

2.- Siente que tiene un problema y que lo afecta.
Esa persona siente o cree que algo no funciona en su vida o en su trabajo, pero no tiene claro qué es. Por el momento, además, puede controlar el dolor o la molestia, que cada vez es más frecuente o, quizás, más incómodo. Mientras pueda resistir, no va a hacer nada o, de otra manera, no va a aceptar recibir ninguna ayuda. ¡Ninguna, de nadie! ¿Por qué? Piensa que tiene el control.

Por cuenta del ego, que siempre está presente, que es travieso y traicionero, los seres humanos, todos, sin excepción, nos negamos a recibir ayuda. Al menos, a la primera. ¿Por qué? Nos hace sentirnos débiles,  por aquello de la vulnerabilidad. Nos defendemos esgrimiendo objeciones y no nos importa soportar un poco de dolor (a veces, mucho), antes de aceptar esa ayuda.

3.- Trae ese problema al plano consciente.
Esto solo sucederá cuando ya no pueda soportar el dolor, cuando la molestia haya superado su capacidad y su vida sea un infierno. De manera instintiva, buscará información, querrá saber qué le sucede y, eventualmente, acudirá a un conocido para que lo aconseje. Recurrirá a internet o, quizás, le preguntará a Chat GPT para saber qué padece y cómo solucionarlo.

Aún consciente del problema, todavía no aceptará ayuda. Antes, probará algunas alternativas y lo más probable es que ninguna le funcione. Esto no solo redundará en más dolor, sino que también será una decepción que destruirá su autoestima y lo hará más vulnerable. Un camino que, de una u otra forma, lo llevará a aceptar el problema, a hastiarse de él y a buscar ayuda idónea.

4.- Tiene la disposición de buscar una solución.
Dado que el problema se salió de sus manos y sobrepasó su límite de resistencia, no le quedó otra salida: buscar ayuda. No significa que vaya a comprar de inmediato, sino que busca información, requiere educación acerca del problema que lo aqueja y explora el mercado en procura de la persona o producto idóneo para darle la solución. Acude, también, a alguien de confianza.

Puede ser un proceso complejo y traumático si media una alta dosis de ego o de terquedad. Eso sí, cuando tome la decisión de buscar ayuda no dará marcha atrás. Correrá riesgos, asumirá las consecuencias y estará dispuesto a hacer lo que sea, a pagar lo que sea, por esa solución. Es el momento en el que tu presencia, tu aporte, puede significar la diferencia entre el bien y el mal.

5.- Toma la decisión de recibir tu ayuda.
Después de consultar, de investigar, de preguntar, se entera de que existes y te elige como la mejor opción. Has logrado atraer su atención y despertaste su curiosidad. Ahora, lo que debes hacer es establecer un vínculo de confianza y credibilidad para brindarle la información que le permita tomar la decisión de comprar lo que le ofreces. Te abrirá las puertas de su vida para que lo ayudes.

Ya no mirará otras opciones, porque está convencido de que tienes lo que necesita. Bajará las barreras, ya no esgrimirá más objeciones y te dirá el “¡sí, acepto!”. Este será el comienzo de una relación de intercambio de beneficios. Que puede ser larga y fructífera en la medida en que la cultives, la fortalezcas. Si es así, esa persona te volverá a comprar en el futuro, sin duda.

Querer ayudar no es suficiente. Nunca es suficiente. ¿Por qué? Porque solo podrás ayudar a quien tenga la disposición para aceptar tu ayuda. Y, lo sabemos, no todos se abren a esa posibilidad (de hecho, pocos lo hacen). Y todo lo que hagas para intentar que esa persona cambie de opinión será infructuoso. No, si antes no se cumplen a cabalidad las cinco condiciones mencionadas.

Por eso, si eres un emprendedor o un profesional independiente que vende un producto o un servicio que es la solución al problema de otros, si tu propósito es ayudar a otros, enfócate en lo que es realmente importante: establecer un vínculo de confianza y credibilidad a partir del cual se dé una relación a largo plazo. Solo a partir de ahí te dará la opción de proporcionar una ayuda

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Cómo comunicar con autenticidad en la era de la manipulación

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Ya casi nada de lo que vemos, leemos o escuchamos es como es. ¿Eso qué significa? Que fuimos invadidos por las especies tóxicas, los depredadores dentro y fuera de internet, y vivimos atrapados por los contenidos falsos, los impostores y la manipulación. Una inmensa cloaca que está ahí, al alcance de la mano, a solo unos cuantos clics de distancia.

Por supuesto, esa es una tarea muy fácil de llevar a cabo gracias a las poderosas y geniales herramientas que nos proporciona la inteligencia artificial. Sin embargo, sería de obtusos achacarles la culpa a esos recursos que llegaron para cumplir un fin distinto. ¿Sabes cuál? Mejorar la vida cotidiana, facilitar las tareas habituales, potenciar nuestros resultados

El problema, como ha sucedido en ocasiones anteriores, no se desprende de la herramienta en sí, sino del uso que le damos. Del uso que cada uno les da a partir de su conocimiento, de sus intereses, de sus intenciones. Es como una pelea entre David y Goliat, porque son más, muchos más, los que mienten, los que publican falsedades, los que manipulan…

Una inmensa industria que, además, es muy lucrativa. Que se aprovecha de la ingenuidad, de la desocupación, de la ambición y de los bajos instintos de los usuarios. Que caen fácil en las redes de los impostores y en virtud de sus hábitos de consumo quedan expuestos a la violencia, a la pornografía, a la vulgaridad. En otras palabras, a la miseria humana.

Una miseria de la que, además, no es fácil apartarse. Tampoco es fácil diferenciarse porque el común de las personas no lee, no escucha con atención, no ve lo importante. La mayoría se queda en la percepción inicial, en las apariencias, en lo que creyó leer, en lo que pensó que había visto, en lo que le pareció escuchar… Entonces, se alimenta el círculo vicioso.

Lo expuesto en estos párrafos, sin embargo, no significa que la guerra esté perdida. ¡Hay que dar la pelea! Es a través del triunfo en las pequeñas batallas que se ganan las grandes confrontaciones. Es cierto que la gente cae muy fácilmente en la trampa, pero este error es fruto de la vulnerabilidad que se expone en ese insondable proceso de la vida.

Por si no lo sabías, o no te habías dado cuenta, los seres humanos entramos a internet, a los canales digitales, o consultamos los medios de comunicación, básicamente por dos motivos. ¿Sabes cuáles? Si piensas que es vender o comprar, estás equivocado. La realidad es que estamos en la búsqueda de información, por un lado, y de entretenimiento, por el otro.

De manera desprevenida, casi inconsciente, entramos a los canales digitales, vamos a los medios de comunicación, y quedamos expuestos a su inmundicia. Quizás no es lo que queremos, quizás no es lo que buscamos, quizás no es el contenido que anhelamos consumir. Sin embargo, está ahí, fresquito, disponible y, no es casualidad, ¡gratis!

Por eso, a los que estamos en la otra orilla, los que no somos vendehúmo, ni manipuladores, ni tóxicos, nos cuesta tanto convivir en ese ecosistema. No estamos hechos para eso, nos resistimos a convertirnos en otra especie tóxica, nos revelamos a la enquistada cultura de la pornobasura, de la pornomiseria. Y somos la otra cara, la que muchos no ven o no quieren ver.

Para algunos, la tarea es más complicada porque caen en la trampa de imitar a los que son hábiles para captar la atención, para conseguir los clics de los morbosos. Ese, claramente, no es el camino. De lo que se trata es de ser diferente, que se antoja una labor fácil en la medida en que entiendas que basta con ser auténtico, con mostrarte como eres.

Y, por supuesto, de lo que comuniques y cómo lo comuniques. Si tu mensaje no es asertivo, si carece de impacto, quedarás sujeto a las percepciones de los demás que, seguro lo sabes, son arenas movedizas. Por eso, entonces, es tan importante saber qué debes hacer para no caer en esta trampa. Te ofrezco diez acciones sencillas y efectivas que puedes implementar:

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Vivimos rodeados de contenido tóxico y apariencias. Sin embargo, hay una salida efectiva. ¿Cuál? Comunicar con verdad, propósito y autenticidad para conectar sin caer en la trampa del ruido digital.

1.Comunica tus valores de marca.
Son los que te permitirán tanto darte a conocer sin ambigüedades como conectar con las personas adecuadas. Y algo que también es valioso e importante: ahuyentar a quienes no son tus clientes potenciales, de modo que evitas distraerte. Tus valores, no lo olvides, son todas esas características que te hacen único, irrepetible y, por supuesto, alguien valioso.

2.Revela la forma de entender tu profesión.
No basta con decir “hago esto porque me gusta” o “porque me hace feliz”. Eso a nadie le interesa. Tu profesión u oficio deben responder a un propósito superior que te permita producir un impacto positivo en la vida de otros. De lo contrario, nadie escuchará tu voz y, lo peor, a nadie le interesará lo que ofreces. El propósito, hoy, es el sine qua non de la atención.

3.Establece lo que decides comunicar y lo que no.
Es lo que en palabras comunes llamamos “los innegociables”. No solo son tus principios y valores, sino también los límites que indican qué sí y qué no estás dispuesto a hacer, en qué condiciones aceptas ceder o cuáles terrenos son vedados. Se relaciona estrechamente con tus creencias, en especial en temas controvertidos: religión, política, sexo, deporte…

4.Informa lo que no encaja con tu marca.
No tienes que caerle bien a todo el mundo o ser agradable para todo el mundo. Por su nivel de conocimiento, por sus experiencias, por sus creencias y por sus expectativas, muchas personas están fuera del alcance de tu radar. O, mejor, a las que no les puedes proporcionar la solución que anhelan. Tratar de encajar con todo el mundo le restará poder a tu mensaje.

5.Establece el tipo de clientes con los que quieres trabajar (y con los que no).
No, no cualquiera es tu cliente. De hecho, la mayoría no lo son. ¡Esa es la realidad! Cuanto más pronto lo aceptes, mejor. Cuanto más claro lo comuniques, mejor. Esto incluye a prospectos a los que sí puedes ayudar, pero que pueden convertirse en una molestia o, de otra forma, no están listos todavía. Y aquellos que no te interesan, ¡déjalos ir, suéltalos!

6.Comunica tu propuesta de marca.
Este, quizás lo sabes, es uno de los mensajes más importantes. Un mensaje que debe ser preciso, específico, claro. Que cualquier persona lo entienda o, mejor, que pueda llevar a cabo lo que esperas de ella. Además, debe ser único, claramente diferente de lo que ofrece tu competencia. Ten en cuenta que propuesta de marca (o valor) no significa vender.

7.Explica cuál es el método de trabajo que utilizas.
Y no solo eso: también, y tan claro y preciso como sea posible, qué acción (o acciones) debe ejecutar tu cliente. ¿Qué esperas de él? ¿Hasta dónde llega tu ayuda? ¿Hay seguimiento, y cómo se da? Este, créeme, es uno de los errores más comunes al comunicarte con el mercado: se asume que todo está claro, que cualquiera lo entiende, y no siempre es así.

8.Anuncia otros servicios que puedas prestar.
A veces, las personas atienden tu mensaje solo por curiosidad, pero en realidad no saben lo que quieren o lo que necesitan. Por eso, si puedes ayudarlas de otras formas, no pierdas la oportunidad. Recuerda que lo importarte es establecer una relación y comenzar una conversación a través de la cual, en el tiempo, se dé un intercambio de beneficios.

9.Resalta la transformación que ofreces.
A nadie le interesa tu producto o servicio en sí mismo, sino lo que este puede producir en su vida y cambiarla para bien. Es esa transformación por la que alguien está dispuesto a pagar, por la que se arriesgará a salir de la zona de confort. Enfócate en dibujar en su mente cómo será su vida si hace lo que le propones, si toma lo que le ofreces. Persuádelo e inspíralo.

10.Comparte qué se siente trabajar contigo.
Ten en cuenta que no eres el único que puede producir esa transformación, que tu  producto o servicio es muy parecido a otros del mercado. Y no olvides que el diferencial, lo que nadie puede copiar o replicar, ¡eres tú! No peques por modesto, porque seguro tu competencia no lo hará. Transmite confianza, seguridad, autoridad y, sobre todo, calidez humana.

Hoy más que nunca, las personas queremos, y necesitamos, relacionarnos con quienes de manera genuina están en capacidad de aportar algo positivo a nuestra vida. Si tú, en virtud de tu profesión u oficio, lo puedes hacer ¡comunícalo sin rubor! Alza tu voz, haz que te escuchen y cuéntale al mundo que te sientes honrado y privilegiado por compartir lo que tienes, lo que eres.

En medio de una realidad caótica en la que ya casi nada de lo que vemos, leemos o escuchamos es como es, la autenticidad y el deseo genuino de ayudar son valores preciados en el mercado. ¿Sabes por qué? Porque son escasos y, sobre todo, porque no cualquiera los puede ofrecer. Utiliza el poder de tu mensaje para convertirte en un agente de transformación positiva.

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La polarización en la comunicación: un atajo lleno de riesgos

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Los políticos, desde siempre, la convirtieron en su arma secreta. También se hizo popular en los púlpitos y más adelante se instaló en la narrativa de los medios de comunicación. Hoy, como si se tratara de una burla del universo, está por doquier. La polarización, esa manía de dividir en opuestos, es la columna vertebral de estrategias de marketing y mensajes (contenidos).

Irónicamente, en estos tiempos de globalización, de uniformidad, de más de lo mismo, la polarización es el valor fundamental para muchos. “Divide y vencerás” es la premisa que se aplica no solo al ámbito de los negocios, sino que es parte de todas las actividades de la vida. Nadie está exento de ella y, lo peor, inclusive sin querer, todos caemos en su trampa.

Lo primero que hay que convenir es que la polarización, como tal, no está mal. De hecho, los opuestos son parte de la naturaleza, de su esencia. ¿Por ejemplo? Blanco y negro, día y noche, sol y luna, risa y llanto, alegría y tristeza, vida y muerte… Es imposible de evitar, entonces. Lo que sí está mal es el uso que algunos (no pocos) le dan: pasan de la persuasión a la manipulación.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que en ese campo de batalla, no hay vencedores, solo vencidos. Es decir, nadie gana. Nunca, en ningún escenario, la polarización disfrazada de manipulación condujo a algo positivo o constructivo. En esa confrontación abierta, directa, descarnada, desalmada, el primer objetivo que se persigue es la destrucción del opuesto.

Y para conseguir ese objetivo se utilizan todas las armas disponible. En especial, aquellas que provoquen un mayor daño. Es algo que comprobamos en las redes sociales. No solo porque allí todos tienen voz, sino porque el derecho a réplica es un eufemismo. ¿Por qué? Muchos pueden ver lo que se dijo de ti, y muchos lo creerán. Pocos, sin embargo, tendrán acceso a tu réplica.

Si vives en EE. UU. o estás en un país como Colombia conoces perfectamente lo que es la polarización. Se vive cada segundo, cada minuto de la vida. Los presidentes son verdaderos maestros del arte de la polarización. A partir de las sentencias contundentessin sustento, de la calumnia, de las medias verdades o, lo peor, de las mentiras descaradas, polarizan todo el tiempo.

Para ellos, eso de “pescar en río revuelto” es una máxima de vida. Fabrican enemigos, venden escenarios catastróficos, distorsionan la realidad y apuntan con el dedo acusador a cualquiera que se atreva a pensar distinto, a actuar distinto. Por supuesto, jamás presentan pruebas, pues están convencidos que su investidura, la autoridad que les otorga el cargo, es suficiente.

La polarización es un atajo efectivo, sin duda. Hay cientos de miles de ejemplos en la historia de la humanidad en todos los ámbitos. Cientos de películas y libros han sido exitosos a partir de la polarización, del famoso “divide y reinarás”. Un escenario en el que los seres humanos, quizás por la obsesión por ganar, por ser los buenos, los mejores, nos sentimos cómodos.

Como mencioné antes, este es un juego perverso en el que no hay ganadores. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que una vez traspasas la línea, una vez entras en el juego, no hay camino de retorno. Es como si un tornado te envolviera: te da vueltas y vueltas, te sacude, te golpea y luego te tira. Tienes mucha suerte si después de esa experiencia continúas vivo.

Hubo un tiempo, que se antoja lejano, en el que las marcas no eran fuente de polarización. No había necesidad, dado que las condiciones del mercado las favorecían. ¿Cómo? La demanda era mayor que la oferta. Los consumidores, dócilmente, entonces, nos conformábamos con elegir entre dos o, a lo sumo, tres opciones. Además, el precio era el detonante de la decisión.

Simple, pero efectivo. Sin embargo, el mercado cambió y, por supuesto, los consumidores cambiamos también. Gracias a la magiade internet, la dinámica del mercado se invirtió y, entonces, la oferta superó la demanda. De un momento a otro, los consumidores tuvimos la oportunidad de elegir ya no entre 2-3 opciones, sino entre decenas. ¡Y algunas, muy buenas!

Así, las marcas de siempre vieron cómo los clientes de siempre simplemente se esfumaban, desaparecían. La realidad es que se iban con la competencia, con la nueva competencia, que les ofrecía algo mejor, más satisfactorio. Con un ingrediente adicional: a la vuelta de unos clics, compramos lo que sea, lo que queramos, sin importar dónde está la tienda.

Buscas, decides, compras y en unos pocos días lo recibes en tu casa. ¡Así de fácil! Sin embargo, ese no es el final del camino. De hecho, en la vida real es justamente el comienzo de la aventura, de ese espiral sin fin que nos envuelve en esa trituradora de la polarización. Porque las marcas libran una batalla permanente, inclemente, por la preferencia de los consumidores.

Es una lucha feroz, despiadada, en la que muchos, tristemente, han decidido sobrepasar los límites. La premisa del “se vale todo” se volvió un argumento válido, aceptado, y el mercado se transformó en una jungla infestada de fieras salvajes, de depredadores. Los mensajes amables y simpáticos de pasado dieron paso a la histeria, al miedo, al dolor, a la falsa escasez.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para continuar)
El don de la comunicación es un privilegio exclusivo de los seres humanos. Nos fue otorgado para unirnos, servirnos, ayudarnos. Sin embargo, la polarización la pone en riesgo y, por eso, debes evitar caer en su trampa.

Un escenario que es tierra fértil para la polarización. Es la razón por la cual la publicidad, en especial en los canales digitales, es tan agresiva, tan invasiva, tan directa, tan despiadada. No conoce los límites de la decencia y con frecuencia sobrepasa los de la honestidad. La venta se asume como una guerra y, seguro lo sabes, las bajas de inocentes son parte de la guerra.

Cada día, sin cesar, somos víctimas del bombardeo de la polarización. Abres tus redes, miras tus correos, navegas en internet, y de inmediato eres presa del perverso juego del “divide y vencerás”. De manera triste, patética, las marcas eligieron el camino de la polarización como diferencial. En este mundo en el que todo es parecido, más de lo mismo, no es fácil ser distinto.

Sin embargo, elegir el atajo de la polarización es demasiado peligroso. Lo que está en juego es tu integridad, tu confianza y credibilidad. Valores que, seguro lo sabes, son prácticamente imposibles de recuperar si se pierden. El consumidor actual no admite ese tipo de errores, no admite saberse utilizado, no quiere ser parte de ese juego. Y, mucho menos, una víctima.

Otra arista del problema es que hoy el mercado exige tanto un propósito como una posición clara. Quiere saber de qué lado estás, necesita saberlo. Sin ambigüedades, sin excusas. Es un dilema, y no es fácil de resolver. Muchos han ganado grandes sumas de dinero gracias al efecto de sus campañas de polarización, muchos están dispuestos a correr el riesgo de jugar.

Cuando eres creador de contenido o compartes contenidos con el mercado, estás expuesto a la polarización. ¿Juegas o no juegas? He ahí el dilema. Son narrativas tras las cuales se esconden algunas paradojas que es conveniente conocer para no caer en su trampa. Son muchas, pero las siguientes son las principales, las más frecuentes. Ser consciente de ellas te ayudará a evitarlas:

1.- Creación de valor a corto y largo plazo.
Vivimos obsesionados con la idea de producir un impacto inmediato en la vida de otros, aun de los que no nos conocen. Se nos olvida que, especialmente en el tema del contenido, la recompensa llega a largo plazo. La urgencia y la histeria no suelen ser buenas consejeras

Si te centras en objetivos a corto plazo, y no los cumples, difícilmente obtendrás algo a largo plazo. En cambio, si estructuras una buena estrategia a largo plazo, en el corto verás cómo se dan resultados que, uno tras otro, constituirán una gran victoria. Y lo mejor, será sostenible

2.- Globalización y localización.
El fenómeno de la globalización, que llegó de la mano de internet hace 25 años, nos cambió la vida. Nos demostró que los límites están en la cabeza de cada uno y nos dejó claro que los sueños son posibles si no renuncias a ellos. También nos enseñó el valor de las conexiones

Sin embargo, no hay que caer en la trampa: globalización no significa “todos somos iguales”. Significa que tenemos la posibilidad de conectar a pesar de las diferencias gracias a principios y valores, intereses y de las sinergias. ¿La clave? No olvidar quiénes somos, nuestras raíces

3.- Agilidad y estabilidad.
La necesidad de adaptarse, de ser abiertos al cambio, ya no es una opción. El mundo cambia constantemente, y lo hace rápido. Tanto, que a veces no percibimos los cambio, no tenemos tiempo de disfrutar el proceso. Vivimos rendidos al estrés, a la urgencia y a la histeria.

No se trata de correr más rápido, sino de avanzar sostenido. La inestabilidad provocada por la incapacidad para tener el control es una de las fuentes del fracaso y otros males comunes. Y es también el principal obstáculo para establecer conexiones que redunden en relaciones sólidas

4.- Humanos y máquinas.
Olvídate de la ciencia ficción: la tecnología está aquí, como siempre, para ayudarnos, para servirnos. No es una guerra contra ella. Se trata de aprender a incorporarla a nuestra vida en sus distintas facetas: si logramos hacerlo bien, nos transformará la vida para bien

Ten en cuenta algo más: no existe una máquina que iguale tu talento, tu sensibilidad, tu originalidad, tu autenticidad. Eres único, irrepetible, y eso es lo que te hace infinitamente valioso. La conexión con otros humanos siempre será más poderosa que cualquier máquina

5.- Hiperpersonalización y privacidad.
Las acciones agresivas e intrusivas están de más, al igual que los mensajes del mismo corte. Son odiosos y el mercado los reprueba. Cualquier comunicación que no cuente de antemano con la aprobación expresa del otro te conducirá a la desconexión y a la desconfianza

La anhelada personalización no es una excusa para trasgredir la intimidad de otros, su vida privada. En la medida en que el vínculo de confianza y credibilidad se fortalezca, él te aportará la información que deseas. Ah, no olvides la diferencia significativa que hay entre generaciones

El don de la comunicación es un privilegio exclusivo de los seres humanos. Nos fue otorgado para unirnos, servirnos, ayudarnos. La premisa de Divide y vencerás”, que surge de las entrañas de la polarización, implica unos riesgos y unas consecuencias que quizás no puedas reparar. En vez de polarizar para ser distinto, te invito a probar con la autenticidad.

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El poder de lo positivo: mensajes que producen transformaciones

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Es mejor por las buenas, ¿cierto? La vida real es lo suficientemente caótica y difícil como para agregarle otro ingrediente, ¿cierto? Sin embargo, en el día a día, la rutina nos agobia y produce una ansiedad que nos atrapa y, por lo general, nos muestra la otra cara de la moneda. La que no es agradable, la que cuesta trabajo cargar, la que se entromete en tu vida de modo abusivo.

Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que es prácticamente imposible evitarla. ¿Por qué? Porque está por doquier, se presenta de múltiples formas invasivas. Y no solo eso: las marcas que consumimos habitualmente, los productos o servicios que son parte importante de nuestra vida, son agentes multiplicadores. Vemos sus mensajes en todas parte, todo el tiempo.

No sé a ti, pero a mí lo que más me incomoda es el tonito. ¿Sabes a qué me refiero? A que el efecto en nuestra vida es igual a aplicar sal sobre la herida, o algún picante. Duele, ¿cierto? Aunque sea una pequeña cortada en un dedo, una que ya habías olvidado y que no te molestaba, duele. Se siente como que la vida se ensaña contigo, te cobra viejas deudas.

Son mensajes cargados de dolor, de los que siembran incertidumbre, de los que atrapan tu mente y se transforman en pensamientos recurrentes. Y te acompañan todo el tiempo, te inquietan de día, te atormentan de noche y te impiden descansar tranquilo. Mensajes que apuntan directamente al punto débil de cualquier ser humano. ¿Cuál? Las emociones.

Desde hace décadas, exacerbar el dolor que sufre el cliente potencial se convirtió en el arma secreta de las marcas. El infaltable, el infalible. El problema, porque siempre hay un problema, es que los tiempos cambian, los consumidores cambian, las necesidades cambian. Entonces, también debería cambiar la narrativa, el tonito de los mensajes que se emiten al mercado.

Por fortuna, en su inmensa sabiduría la vida nos proporcionó un parteaguas, como se dice en México, o un punto bisagra, como se acostumbra referir en Argentina al momento crucial o decisivo. Es aquel momento de una historia o de un acontecimiento en el que se produce un hecho que cambia drásticamente el rumbo. Marca un antes y un después, un punto de no retorno.

En este caso, ¿sabes cuál fue? La pandemia provocada por el COVID-19. Un suceso que nos marcó la vida, la mayoría de las veces para mal. Padecimos dolor en formas que ni siquiera sabíamos que existían, que no las habíamos experimentado antes. Dolor que se sumó a otros desagradable componentes de la fórmula: miedo, ansiedad, incertidumbre, mentiras…

Un período en el que, por las circunstancias extremas, los consumidores nos dimos algunas oportunidades. ¿Por ejemplo? Bajar el ritmo, apreciar el silencio, descubrir la magia de la soledad y, algo muy importante, aprendimos a cuidar de nosotros y de los otros. Un período en el que, además, pudimos conectarnos con nosotros mismos, aun sin querer queriendo.

Nos descubrimos valientes, fuertes, resilientes, compasivos, empáticos. Tristemente, al final, cuando las restricciones se levantaron, cuando pudimos volver a eso que llamamos vida normal, mucho de eso, casi todo, se perdió, se quedó atrás, en el pasado. De lo poco que nos apropiamos fue de la certeza de no querer más dolor, de no tolerar más dolor en ninguna forma.

Sin embargo, muchas de las marcas (empresas o personas), la mayoría, se quedaron ancladas en ese pasado de antes de la pandemia. Y aun hoy continúan con sus mensajes tendientes a infundir miedo, a exacerbarlo, a cultivarlo, a explotarlo, a aprovecharlo. El dolor o su socio el miedo. Estos dos componentes son los pilares de todas sus dizque estrategias de marketing.

Parece que olvidan (¿o desconocen?) que nadie, absolutamente nadie, compra un dolor. Los seres humanos, todos, sin excepción, buscamos soluciones efectivas a los problemas o a las circunstancias que nos provocan dolor. Soluciones efectivas o, cuando menos, paliativos. Es decir, que el dolor y el miedo permanezcan en un nivel tolerable, uno que no nos paralice.

Lentamente, algunas marcas (empresas o personas) han entendido el nuevo escenario. Quizás porque, a través de las mediciones, se dieron cuenta de que sus mensajes no encontraban eco. Los consumidores hallamos la forma de bloquear a esas aves de mal agüero, comunicaciones que carecían de compasión, de empatía, de un poco de caridad cristiana con el prójimo.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para continuar)
El mensaje positivo, constructivo e inspirador es más, mucho más, que una estrategia de marketing. Es una poderosa herramienta que tenemos a disposición para generar grandes transformaciones.

Y, entonces, se abrió un nuevo camino. Que, irónicamente, siempre estuvo ahí, solo que casi nadie lo vio, o lo quiso ver. Que casi nadie lo tomó, la mayoría lo omitió. ¿Sabes cuál es? El del mensaje positivo, constructivo e inspirador, lo que los especialistas llaman marketing positivo. Eso sí, por favor, no caigas en la trampa de creer que es un tendencia o solo una estrategia.

Es la realidad, nueva para muchos. No para quienes vemos lo positivo de las situaciones, o lo constructivo de las situaciones que nos retan y nos sacan de la zona de confort. O, quizás, lo inspirador de saber que la vida nos proporciona tanto las herramientas como la oportunidad para ayudar y servir a otros. Nos brinda el escenario para ser una fuente de transformación.

No sé a ti, pero a mí eso me resulta absolutamente apasionante, fascinante. No solo porque como comunicador entiendo perfectamente el inmenso poder que tienen las palabras, los mensajes, sino también como un ser humano sensible que sabe que la vida es un ratico e intenta aprovecharla, disfrutarla. Por eso, filtro los contenidos que consumo a diario.

Como periodista, me resulta imposible apartarme de la realidad, de su caos. Sin embargo, tengo la capacidad para poner límites, para decir ‘esto sí’ y ‘esto no’. Para cerrar las puertas de mi vida a las empresas o personas que son aves de mal agüero, portadores de dolor y miedo. Me informo, profundizo, analizo y, cuando veo que cruzan la raya, me hago a un lado.

Lo que me resulta insólito es que haya todavía tantas marcas que se resisten a aceptar esta realidad, que siguen ancladas en el pasado. Marcas que no han entendido que el mensaje positivo, constructivo e inspirador es la gran diferencia entre ser más de lo mismo (o lo mismo de siempre) y dejar huella en la vida de otros. Y, además, convertirte en una referencia deseada.

A todos los seres humanos, por naturaleza, nos encantan las buenas noticias. El problema es que nos enseñan a vivir inmersos en las negativas, en las destructivas, en las tóxicas. En las que nos hacen daño en la salud mental, en las que consumen nuestra energía y, lo peor, nos impiden disfrutar las maravillosas bendiciones que el universo nos entrega cada día.

El mensaje positivo, constructivo e inspirador es más, mucho más, que una estrategia de marketing. Es una poderosa herramienta que tenemos a disposición, pero que no sabemos utilizar. Su principal fortaleza es que pone el bienestar de las personas como prioridad, nos invita a producir y multiplicar el bien a través de nuestras acciones, de nuestras decisiones.

La clave de este mensaje es la autenticidad. Es la razón por la cual tanto influenciador, tanto payaso digital, es flor de un día. Se trata de productos postizos, vulgares imitaciones, la copia de la copia. Algunos tienen la capacidad de atraer la atención, pero a largo plazo su impacto se diluye como los superpoderes de Superman cuando está cerca de la temida kryptonita.

El mensaje positivo, constructivo e inspirador no surge de la intención de venta, no es carnada de la manipulación, porque parte de bases sólidas. ¿Sabes cuáles son? Los principios y valores de las marcas (empresas o personas) que los emiten. Principios y valores que no se negocian, no se compran ni se venden y que además nos hacen auténticos y sobre todo únicos.

Imagina cómo sería de diferente tu vida si no hubiera malas noticias, ni problemas, ni dolor, ni miedo. O que, por lo menos, esas circunstancias se dieran en cantidades tolerables. Imagina, o recuerda, cómo es tu vida cuando tu hijo te dice que te ama, cuando tu jefe te felicita por el éxito del proyecto que dirigiste, cuando el final de un día difícil es un rato de paz con tu pareja.

De lo que a veces nos olvidamos, porque vivimos inmersos en el bombardeo mediático, en el caos, en la histeria, en la falsa urgencia, es de que a los seres humanos nos va mejor por las buenas. Por supuesto, más que un destino que ya está escrito, se trata de una decisión, de una convicción. Cada uno elige la que más le agrada, aquella con la que más se sintoniza.

Estos son algunos beneficios del mensaje positivo, constructivo e inspirador:

1.- Te diferencia del resto, de todos los que están dedicados a copiarse unos a otros, de los que usan los mismos prompts, de los que sienten pánico de salirse de la horma

2.- Da cuenta de tus principios y valores y, por ende, te permite conectar con las personas correctas, con aquellas que en realidad apreciarán el valor de tu mensaje

3.- Destaca tu marca personal. Evita que te vean como más de lo mismo y, al tiempo, resalta tu capacidad de ayudar a otros a transformar su vida. Blinda tu mensaje con superpoderes

4.- Una vez los prospectos se convierten en clientes, fomenta la fidelización. ¿Cómo? A través de la identificación, de saber que compartes con ellos un propósito, unos sueños

5.- Es inspirador. Todos, sin excepción, queremos ser mejores, tener una vida tranquila y feliz, ayudar a otros y dejar una huella positiva. El mensaje positivo es el punto de partida

Es mejor por las buenas, aunque la mayoría insiste en el camino por las malas. La realidad, sin embargo, nos enseña que los consumidores actuales están hartos de sentir miedo, de tantas mentiras, de tanto dolor. Por eso, prefieren conectar con las marcas que, de manera genuina, los motivan, los impulsan a cumplir sus sueños, les revelan el superpoder que poseen.

Los mensajes positivos, constructivos e inspiradores no son una moda o una tendencia, sino la más poderosa estrategia de comunicación (ya no solo de marketing). Es una apuesta por lo bueno, por eso que dejamos pasar inadvertido en la rutina diaria. Y, si te atreves a probarlos, comprobarás que cada día son más las personas dispuestas a unirse a esta comunidad.

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¿Por qué es tu deber compartir lo que la vida te ha regalado?

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¿Por qué dejar para mañana, cuando te mueras, el legado que puedes compartir y disfrutar desde hoy? Es probable que la pregunta te cause sorpresa, y no me extraña. Cuando me la formulé por primera vez, te lo confieso, no supe qué responder. Durante unos minutos, mi mente divagó silvestre antes de encontrar la primera aproximación a una respuesta.

Que, no sobra decirlo, ya no es la misma. Es decir, en aquel momento, hace un par de años, la situación de mi vida personal y laboral era muy distinta de la actual. No mejor, no peor, solo distinta. La respuesta, entonces, daba cuenta de esa situación específica, pero hoy es distinta porque las circunstancias han cambiado. Unas para bien y otras, para no tan bien.

En el momento en el que escribo este contenido, estoy a poco más de dos semanas de cambiar de bando. ¿Sabes a qué me refiero? Dejo el bando de los asalariados, el de los trabajadores independientes, y paso al de los felizmente jubilados. Eso, sin embargo, no significa de manera alguna que vaya a dejar de trabajar, solo que lo haré de otra manera.

O, como bien lo dice Raphael, a mi manera. Comencé mi carrera profesional a finales de agosto de 1987, hace más de 38 años. No puedo dar crédito a todo lo que viví durante ese tiempo, a las maravillosas experiencias que la vida me dio la oportunidad de disfrutar. Solo puedo decirte que hasta ahora recibí más, mucho más, de lo que pude haber brindado.

El oficio de periodista no es fácil, pero ninguno otro lo es. Cada uno tiene sus afanes, sus dolores, sus problemas. Y cada uno, también, ofrece sus recompensas. Cuando arranqué esta aventura, honestamente, no tenía una obsesión o un camino que me apasionara más que otros. Mi sueño, desde niño, había sido el de ser periodista, así sin más, y lo era.

Sin imaginarlo, comencé como redactor de entretenimiento. Era un proyecto novedoso que para mí significó un aprendizaje inmenso, hermoso. Aficionado a la música desde niño, por cuenta de la radio, tuve la oportunidad de conocer y/o entrevistar a varios de mis ídolos. Por ejemplo, Raphael, Rocío Dúrcal, Franco De Vita o Yordano. Y forjé otros, como Facundo Cabral.

Y también me adentré en las profundidades humanas de seres maravillosos como Raquel Ércole, María Eugenia Dávila, Yamid Amat, Hernán Peláez Restrepo o Jota Mario Valencia. Todos ellos dejaron una huella indeleble en la historia de la radio y la televisión en Colombia, fueron referentes y también modelo para varias generaciones de actores y periodistas.

Tuve, después, un breve paso por una sección que se llamaba Suplementos Especiales. Se redactaban temas empresariales, económicos y de ocasiones especiales. Me enseñó que tenía la capacidad de escribir sobre cualquier temática y me sirvió para desarrollar habilidades, justo en un momento en que necesitaba aprender más, forjar un estilo.

La siguiente escala marcó mi carrera: me convertí en periodista deportivo. Si bien desde que me conozco fue fanático de los deportes, nunca pasó por mi mente la idea de especializarme en ese campo. No lo busqué, fue la vida, en su caprichosa sabiduría, la que me puso allí. Y se lo agradezco, por supuesto, porque descubrí la felicidad de trabajar en lo que te apasiona.

Viajé, conocí a otros ídolos, forjé nuevos y desarrollé un estilo que me permitió sobresalir en un ámbito en el que ser auténtico no solo te hace distinto, sino, a veces, incómodo. Escribí de ciclismo, pero era la época de las vacas flacas y nunca fui a un Tour de Francia o una Vuelta a España. Y, como redactor de fútbol, ser parte de un Mundial tampoco se dio.

Con la mano en el corazón, sin embargo, te confieso que no siento frustración alguna. Son avatares de la profesión. Si bien estoy seguro de que vivir una experiencia de esas me habría servido en lo profesional y en lo personal, lo que recibí de otras oportunidades lo compensó con creces. Nada que reprocharle a la vida o a la profesión, que me llevaron por otros caminos.

Escribí de muchos deportes, asistí a torneos importantes como Juegos Panamericanos, a finales de Copa Libertadores, a Mundiales de Ciclismo o patinaje. Lo mejor, ¿sabes qué fue lo mejor? Hice muchos amigos, grandes amigos. Colegas, deportistas, dirigentes, familiares de los deportistas o fanáticos del deporte que conectaron con mis relatos, con mis crónicas.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para continuar)
Lo que la vida te dio, maravillosas bendiciones, carece de sentido si no lo compartes con otros. Ese es tu legado y transmitirlo es tu responsabilidad.

Mucho más allá del ego, una asignatura que no es fácil dejar atrás, mi profesión me brindó el privilegio y el placer de conectar emociones, de tocar vidas. Generar impacto a través de tus escritos es muy distinto de como la gente se lo imagina, porque estableces un fuerte vínculo con personas que, a veces, nunca conoces. Más que admiradores, son almas gemelas.

Un privilegio y un placer que, por supuesto, van de la mano con una gran responsabilidad. No defraudarlos, no engañarlos, no traicionarlos, ser fiel a tu esencia, ser auténtico, ser tú mismo. Hacer tu trabajo tan bien como puedas, dar lo mejor de ti, ser un aprendiz constante. No se trata de ser perfecto, sino de ser humano: aceptarte íntegro, con lo bueno y lo malo.

Después, la vida me dirigió hacia el camino de la independencia, que es tan solo otra forma de decir desempleado. De las ligas mayores a la guerra del centavo. De la figuración mediática al ostracismo. Una ruta en la que, además, estás obligado a ser autosuficiente. Te conviertes en un pulpo multitarea para dar abasto con el estándar que pide el mercado.

En ese tránsito, a mi vida llegó el golf. Curiosamente, aunque había escrito de una variedad de deportes, mis caminos no se habían cruzado con los del golf. Nada sabía y mucho he aprendido. No es fácil, no es cómodo porque hay demasiada gente tóxica, pero me dio muchas satisfacciones. Hoy, es la disciplina que me mantiene activo como periodista.

También di un paso que me generaba una gran expectativa: escribí tres libros. Sin duda, una experiencia maravillosa que me enseñó mucho y que me mostró otras caras de la relación con el mercado, con los lectores. Es una de las actividades a las que dedicaré tiempo en esta nueva vida y un formato con el que me identifico plenamente en esta era de lo digital.

¿Por qué te comparto esta historia personal? Porque, quizás, tú te identificas con algunas de las situaciones de mi vida, quizás viviste algo parecido. Pero, sobre todo, porque quiero que entiendas que tienes la responsabilidad de compartir con otros lo que la vida te dio. Si no lo haces, si lo guardas solo para ti, se extinguirá, se marchitará y todo carecerá de sentido.

“Ahora que me pensiono voy a descansar”, es lo que escucho con frecuencia. Es una de las opciones y, por supuesto, es respetable. No es lo que he elegido para mí en esta etapa. Mi propósito es compartir conocimiento, experiencias y aprendizajes a través de las múltiples formas en que me lo permite mi profesión. Es una misión que me tracé hace años.

¿Sabes por qué? Porque la vida ha sido excesivamente generosa conmigo. Tanto en lo profesional como en lo personal. No hay de qué quejarse, no puedo quejarme. Por el contrario, le agradezco a la vida tantas maravillosas bendiciones y me concentro en devolver algo de lo que recibí. Cuanto más pueda compartir, cuanto más personas impacte, ¡mejor!

Compartir lo que eres, lo que sabes, lo que tienes, es regalar una parte de ti. De manera desinteresada, sin esperar nada a cambio, solo porque sientes que es tu propósito. O, quizás, porque entiendes que estás en capacidad de ayudar a otros. Es el mayor acto de generosidad y desprendimiento y el comienzo de una cadena de intercambio de beneficios.

“Cuando deje de trabajar voy a…” es una frase que casi todos decimos alguna vez en la vida. Tristemente, sin embargo, la mayoría nunca cumple, se va de este mundo con la asignatura pendiente. Y esta maravillosa etapa se convierte, entonces, en una pesada carga. Y la vida se transforma en un lacónico día a día, en un tránsito cansino hacia el final inevitable.

Estoy completamente seguro de que tú, que lees estas líneas, también tienes mucho para compartir. Y, además, algo que es valioso. No importa en qué etapa de la vida estás, porque el mejor momento siempre es hoy. Transmitir a otros lo que sabes, lo que eres, es la forma de retribuir las bendiciones recibidas o de cumplir con la tarea suprema de “dejar un legado”.

¿Crear un canal de YouTube? ¿Escribir un blog? ¿Un pódcast? ¿Plasmar tu esencia en las páginas de un libro? ¿Dar charlas presenciales o virtuales para transferir tu conocimiento y experiencias? ¿Crear cursos en internet? Estas son solo algunas de las opciones: elige tú la que más te guste, con la que pienses que puedes generar mayor impacto positivo.

La vida es hoy y no sabemos si habrá un mañana para nosotros. Y nada de lo que se te ha otorgado es para ti, ¿lo sabías? Solo somos intermediarios, mensajeros del universo a los que se nos encomienda la tarea de ayudar a otros, de servir a otros. Todo aquello que te fue concedido tendrá sentido solo si, después de enriquecerlo, lo compartes con los demás.

¿Por qué dejar para mañana, cuando te mueras, el legado que puedes compartir y disfrutar desde hoy? Quizás hoy no tengas una respuesta, pero cuanto más pronto la definas, mejor. Recuerda: todo lo relacionado con la vida terrenal se queda aquí y la única razón por la que alguien te recordará será por lo que compartiste con otros, lo que les regalaste a otros…

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¿Cuánto contenido se consume antes de decidir una compra?

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¿Descubrieron el agua tibia? Parece que sí… Lo irónico es que la realidad está ahí, para que cualquiera la vea, pero la mayoría hace caso omiso de ella. Sucede en todos los ámbitos de la vida, pero con mayor incidencia en el trabajo, en el marketing. Y es una discusión que se da con frecuencia, en especial cuando las estrategias no brindan los resultados esperados.

¿A qué me refiero? Recientemente, en España se realizó una encuesta entre profesionales del sector del marketing y los datos recopilados marcan un nuevo norte. Nuevo no porque no existiera, sino porque había sido olvidado, menospreciado. El trasfondo es la efectividad de las campañas de marketing, que siempre están bajo la presión de superar resultados, de crecer, de ganar más…

Tanto las agencias de marketing como las empresas, de cualquier sector, de cualquier tamaño, están inmersas en el frenesí de la competencia. Feroz, canibalesca, despiadada, sin respiro. Es porque eligen caminar al vaivén de las pavorosas tendencias, que inducen al error, que conducen al desgaste. Una loca carrera que mina sus energías, sus recursos, que da al traste con su trabajo.

Un dato: el 81 % de los encuestados aseguró hacer caso omiso de los mensajes de marketing, en especial de los que catalogan como “irrelevantes”. ¿Cuáles son esos? Los que no aportan valor alguno, los que apuntan exclusivamente a la venta, inclusive de manera solapada. Algo que no deja de causar sorpresa, porque la tendencia es la de publicar mucho contenido a diario.

Es decir, ese no es el camino, claramente no es el camino. No se trata de cantidad, sino de calidad. Lo insólito es que haya empresas (marcas y personas) que aún no lo sepan o, peor, que no lo entiendan. Las que se limitan a publicar contenido acerca de su historia, de sus productos, de las características de estos, del precio o de dudosas innovaciones, no conectan con el mercado.

Son todas esas comunicaciones genéricas que apelan a las palabras clave, que se aferran a las estructuras de copywriting sin poder transmitir un mensaje poderoso. O, también, cada vez más, las que surgen de las entrañas de las aplicaciones de inteligencia artificial generativa con sus delirios y sus textos cliché. Más de lo mismo, una narrativa que se desgastó, que perdió efecto.

En cambio, el contenido de valor, el que es auténtico y tiene la capacidad de conectar con el mercado, es recibido con agrado. Sin reticencias, sin objeciones. Aquella premisa de que a las personas no les gusta leer, o no tienen tiempo, es mentira. Es una especie de mecanismo de defensa para evitar ser víctimas del incesante e inclemente bombardeo mediático.

Un claro ejemplo es el email marketing. Irónicamente, es la herramienta más antigua, pionera, y también la más atacada. Cada vez que hay una nueva revolución digital, se dice que va a desaparecer. Sin embargo, se mantiene firme y, lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Se fortalece gracias a su increíble capacidad de adaptación, que le permite ser el socio ideal de todos.

Una aclaración: para que el email marketing proporcione resultados positivos, debe cumplir con dos requisitos. ¿Sabes cuáles son? La segmentación precisa y el contenido de valor, relevante. Y la segmentación es mucho más que el nombre completo de la persona que recibe el mensaje, una estrategia que funcionó en el pasado, pero cuyo impacto caducó. Sin embargo, algunos la siguen usando.

El email bien utilizado es muy poderoso: los datos lo confirman. A pesar de que algunos se empeñan en desacreditarlo, es uno de los canales más rentables. Se estima un ROI (retorno de la inversión) de entre 36 y 42 dólares por cada dólar invertido. Y no sobra decir que es un canal muy barato. Además, ese retorno supera con creces el acreditado por los anuncios y el SEO.

Otro dato bien interesante de la encuesta se relaciona con la cantidad de contenido promedio que consumen los compradores antes de tomar la decisión de comprar. ¿Te imaginas cuánto? Según las respuestas de los profesionales de marketing, son 13 piezas en promedio. ¿Te sorprende? Si eres de los que piensan que los efectos del contenido son exprés, bien vale que reconsideres.

Esto, por supuesto, derriba el mito (¿o bulo?) de que cuanto más contenido publiques, de que cuanto más veces publiques al día, mejores serán los resultados. Con eso, créeme, lo único que conseguirás será incomodar a tu receptor, a tu audiencia, y generar un rechazo. La publicación debe responder a una estrategia, lo que implica un proceso que no se da de un día para otro.

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El resultado del contenido de valor son las interacciones de calidad, las conversaciones reales, humanas, llenas de emoción. Ya no se trata de clics, de simples 'likes'.

La revelación, sin embargo, no termina ahí. ¿Qué más hay? No se trata de publicar por publicar. ¿Entonces? Lo que el mercado privilegia es el contenido de valor y autoridad. ¿Por ejemplo? Reportes técnicos, white papers, videos especializados. Lo importante no es el formato, sino la calidad del contenido, el valor que aporte, la capacidad para educar a quien lo consume.

Aunque se antoje obvio, una verdad de Perogrullo, en la práctica es una de las razones por las cuales el contenido no produce el impacto esperado. ¿Por qué? Esos 13 contenidos en promedio son lo que se conoce como materiales de autoridad (te das a conocer, te posicionas). Son contenidos destinados a informar, educar y nutrir a tu prospecto en las fases de investigación y decisión.

Y, por favor no lo pases por alto, son contenidos indispensables en cualquier estrategia. ¿Por qué? Porque el consumidor actual, el del siglo XXI, ya no es un espectador pasivo. Uno de los de antes, que esperaba que las marcas le proveyeran lo que necesitaba. Este, el de hoy, es proactivo, busca lo que necesita o quiere y no espera a que se lo den. Investiga, compara y, sobre todo, se informa.

Si bien se concibe que la compra es la respuesta a un impulso emocional, pensar que no hay un componente racional es un error. De la misma manera que creer que la decisión puede ser racional al ciento por ciento. Se estima que el consumidor consulta al menos cinco fuentes distintas, mira cinco opciones diferentes, antes de decidir. Por eso, la personalización cobra gran importancia.

Pero, la personalización enfocada en la necesidad o deseo del cliente potencial. Su necesidad, su deseo, no la del mercado, no la de otras decenas de personas. Personalización que, no sobra decirlo, debe conducir a una solución efectiva porque, de lo contrario, no sirve. Es decir, ese contenido personalizado tiene que abordar la problemática específica que inquieta e ese prospecto.

Y es justo en este punto en el que aparece el camino que nos conduce al ROI del contenido . ¿Eso qué significa? El valor de un contenido se mide por su capacidad para informar, educar, entretener e inspirar a quien lo consume. También, porque le da validez a la estrategia y, por último, porque simplifica una decisión que suele ser difícil. Fíjate que todo está en función de tu prospecto.

Una de las virtudes del contenido de valor es que ayuda a todos. A ti, porque es la herramienta ideal para nutrir al prospecto y convertirlo en un cliente. A tu prospecto, porque le da argumentos de peso para facilitar su decisión, para saber si lo que ofreces es lo que necesita. Este beneficio, por si aún no lo notas, ¡vale oro! Justifica todo ese esfuerzo silencioso y disciplinado de crear contenidos.

Por supuesto, no es magia, ni una fórmula exacta: para conseguir este resultado, debes conocer muy bien la necesidad de tu prospecto. Y no solo eso: tu producto o servicio debe ser la solución real a ese problema. De lo contrario, no habrá match. Quizás un coqueteo, quizás también suba la temperatura, pero no habrá enamoramiento. La conexión será débil y se romperá más pronto que tarde.

Es lo que les sucede, precisamente, a quienes le apuestan todos sus duros a la inteligencia artificial en esa labor de identificar a su cliente potencial. Te brindará información, hasta algunos datos relevantes. Pero no olvides que ha hecho del cliché un hábito. Hay que ir hasta el fondo, a la oscuridad de las profundidades, no quedarse en lo obvio, en lo demográfico, en lo general.

La clave del éxito en esta tarea, en todo caso, radica en la visión humana, en la sensibilidad, en la empatía, en la condición humana. Si pierdes esto de vista, ¡lo pierdes todo! Conseguir esa anhelada profundidad no es producto de la casualidad. Requiere tiempo, disciplina, sapiencia, justo las tres condiciones de un buen seguimiento. Descubrir la intención de búsqueda marcará la diferencia.

Y en ese camino, créeme, el contenido de valor personalizado también te ayudará. En la medida en que  apunte al problema que aqueja a tu prospecto, a ese deseo que impulsa la transformación que quiere en su vida, este levantará la mano y manifestará su interés. Conocer cuáles son esos factores que impulsan la decisión será un as bajo la manga. La motivación es el disparador.

Moraleja: los equipos de marketing exitosos, no los más poderosos, se esfuerzan por producir contenidos de valor. Informes, webinars, guías, tutoriales y más. La condición es que estén en capacidad de resolver problemas específicos. ¿El resultado? Interacciones de calidad, conversaciones reales, humanas, llenas de emoción. Ya no se trata de clics, de simples likes.

Algo más (importante): la métrica del éxito del contenido de valor es la profundidad del vínculo, la calidad del engagement (compromiso). ¿Cómo se mide? Tiempo de consumo, descargas completadas y, claro está, la velocidad a la que el prospecto avanza en el proceso hasta convertirse en cliente. No olvides que la clave del éxito de tu estrategia radica en crear un vínculo de confianza y credibilidad.

Sin este lazo, tu contenido sonará a más de lo mismo, a cliché, y carecerá de autenticidad. Sin este lazo, tu narrativa se perderá a corto plazo y nadie les prestará atención a tus mensajes. Utiliza el lenguaje que resuena con tu audiencia, que se identifica no solo con sus problemas, sino también con sus desafíos. Ese contenido de alto componente humano es el motor de la diferenciación.

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Cómo no caer en la falacia de la generalización apresurada

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Todos, sin excepción, hemos sido señalados injustamente al menos una vez en la vida. Se nos ha culpado de algo que no es nuestra responsabilidad o se nos acusa de algo que no hicimos. Y no se trata de una sensación, sino de una situación incómoda. Que, en estos tiempos de tecnología avanzada, de hiperconexión, se multiplica en los canales digitales.

Basta que hagas un comentario a la publicación de otra persona, quizás un familiar o un amigo, un excompañero de la universidad, para que se arme Troya. O publicas un post con un comentario acerca de un partido de fútbol, de un político, de una figura reconocida y… Episodios molestos que a veces, muchas veces, son más que un simple cortocircuito.

Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que una vez baja la temperatura y retorna la calma, nos damos cuenta de que era un malentendido. Alguien entendió mal, interpretó mal o quizás solo reaccionó mal en un momento de inestabilidad emocional. Todos, sin excepción, lo hemos vivido, lo hemos sufrido, lo hemos protagonizado. Es parte de nuestra naturaleza.

Por eso, esos episodios no son exclusivos de los canales digitales, de las redes sociales. Se dan, y con frecuencia, en la vida real. En la interacción con otros, en especial con nuestro entorno. ¿Quién no ha discutido con sus padres, o su pareja, por algo insignificante? ¿Porque creímos escuchar algo distinto de lo que la otra persona expresó? Sucede con frecuencia…

¿Sabes cuál es la razón? Algo que en lógica y filosofía se denomina falacia de generalización apresurada. ¿En qué consiste? En que a partir de una sola experiencia, o de un caso aislado, tendemos a formular afirmaciones contundentes, tajantes. Y las asumimos como verídicas. Es la respuesta al impulso humano de sacar conclusiones, de tener la razón.

Afirmaciones como “las mujeres son tercas”, “los hombres son infieles”, “los argentinos son presumidos” o “los políticos son corruptos” son clara muestra de este síndrome. Claro que hay mujeres tercas, pero hombres, también. Claro que hay hombres infieles, casi siempre con otra mujer (también infiel). Claro que hay argentinos presumidos, pero hay otros que no.

Y así sucesivamente. Son generalizaciones apresuradas que, por lo general, nos conducen a tropezar, a enredarnos en discusiones sin sentido. Esta falacia se da cuando alguien toma un número insuficiente de casos o experiencias particulares y los usa como base para una afirmación general. La conclusión parece lógica, pero no hay pruebas que la certifiquen.

Lo vemos cada día en las reseñas que los usuarios escriben en internet luego de haber comprado un producto o utilizado un servicio. En función de la experiencia, que es única y particular, se generaliza, se emite una sentencia contundente. Como si fuera una verdad sentada en piedra, escrita con sangre. La realidad, sin embargo, suele ser distinta.

Míralo de la siguiente manera: ¿conoces a alguien que se expresa bien de ti, que asegura que eres buena persona? No un familiar o alguien de tu círculo cercano, sino, por ejemplo, algún excompañero de trabajo o un cliente. Por supuesto, hay una buena cantidad de personas que, con seguridad, van a dar testimonio de tu bondad, de tu calidad como ser humano.

Sin embargo, para no caer en la trampa de la generalización apresurada, es justo reconocer que habrá otras personas que disienten. Es decir, que tienen argumentos para afirmar que no eres tan buena onda como piensan otros. ¿Y sabes qué? Tienen razón, también tienen razón. Y la tienen en función de la experiencia que vivieron contigo, que quizás no fue positiva.

Es decir, no hay verdades absolutas, ni para bien ni para mal. ¿Un ejemplo? En Colombia, luego de que las autoridades dieron de baja al narcotraficante Pablo Escobar, un sanguinario y despiadado asesino, hubo quienes lloraron su muerte. Y no eran familiares, propiamente. Eran personas del común que lo veían como un ídolo, que se favorecieron de su ayuda.

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Los seres humanos tendemos a formular afirmaciones contundentes, tajantes. Y las asumimos como verídicas. Es la respuesta al impulso natural de sacar conclusiones, de siempre tener la razón.

Además, repito, es parte de nuestra naturaleza humana. La generalización apresurada se da porque el cerebro busca patrones y coherencia. En su intento por interpretar la realidad, por entenderla, acude a situaciones previas, que son parecidas, y las asume idénticas cuando no lo son. Establece un patrón que, en últimas, es solo una visión distorsionada de la realidad.

En la práctica, lo que nos resulta fácil de comprender, y que además se identifica con lo que creemos, lo damos por cierto. Y pensamos, también, que es toda la verdad, la única verdad. Y no es así, por supuesto. Porque es completamente seguro, al mil por ciento, que hay otras personas, muchas, que han vivido algo distinto, una experiencia diferente.

Cuando hay un partido de la Selección Colombia de fútbol, así sea un amistoso, se cae en esta generalización apresurada. Una idea reforzada no solo por los interesados, sino también por los medios de comunicación. Y surge eso de “todos somos hinchas”, “todos sufrimos por la derrota”, “el país se paraliza”, cuando hay muchos a quienes el juego les interesa cero.

Un fenómeno en el que, no podía ser distinto, las emociones juegan un rol importante. Son ellas, en últimas, las que determinan la generalización, positiva o negativa. En especial, si son recuerdos dolorosos, de esos que nos provocaron un trauma y dejaron una cicatriz, porque estas experiencias pesan más en la memoria que los buenos momentos.

Esta generalización apresurada se da, por ejemplo, al juzgar a una persona por un solo contacto. Nos formamos una idea contundente a partir de una primera impresión que, quizás, no fue suficiente o no proporcionó tantos elementos de juicio. Lo vemos en los canales digitales cuando a una persona equis, por algo que dijo o hizo, se la reduce a una caricatura.

Asimismo, sucede cuando extrapolamos una experiencia personal, única, a un colectivo, a toda la sociedad. No solo caemos en estereotipos, sino que pecamos por los prejuicios. Este, seguro ya lo sabes, es un recurso muy utilizado para alentar discursos de odio, para polarizar opiniones o, simplemente, para desinformar. ¡Lo sufrimos todos los días!

Ahora, la pregunta que quizás te haces: ¿hay escapatoria? Sí, pero depende de cada uno. Lo primero es desarrollar el pensamiento crítico, que en la práctica no es otra cosa que eso que llamamos “no tragar entero”. Verificar las fuentes, buscar en distintas fuentes, cuestionar las aseveraciones, cifras o datos sin sustento. Ah, y sobre todo, no reaccionar de manera instintiva.

Una de las formas de identificar estos mensajes contaminados por la generalización apresurada es que incluyen palabras absolutas. ¿Como cuáles? Siempre, nunca, todos, nadie, es decir, los extremos. Negro/blanco, bueno/malo, rico/pobre, derecha/izquierda. Ten presente que cuanto más categórica sea la afirmación, mayor es el riesgo de generalización.

Este escenario lo vemos con frecuencia, por ejemplo, con los vendehúmo y los gurús de la inteligencia artificial. Sus sentencias son contundentes, categóricas, apocalípticas. Pero, también, contradictorias: un día ensalzan una app porque “es lo máximo” y al siguiente la descalifican porque apareció otra “que la destrozó”. No hay grises, ni puntos intermedios.

La falacia de la generalización apresurada es atractiva para el ser humano porque nos hace creer que tenemos autoridad, que lo sabemos todo acerca de algo. Y no es así, por supuesto. Es una trampa de las emociones, de la comodidad de nuestro cerebro, y también un recurso útil y productivo de los manipuladores. Ellos son verdaderos artistas del engaño.

Por si no lo sabías, tras bambalinas de la falacia de la generalización apresurada está uno de los 11 principios de la propaganda de Joseph Goebbels. ¿Sabes cuál? El último, el principio de la unanimidad. Consiste en hacer creer que los mensajes difundidos son aceptados por todos, como si fueran una verdad absoluta. Pretende que todos pensemos de igual forma.

En relación con este fenómeno, el filósofo, matemático y escritor inglés Bertrand Russell afirmó: “El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes, llenos de dudas”. Y que conste que él vivió un mundo muy distinto del actual: falleció en 1970, mucho antes de las redes sociales, de internet, de la inteligencia artificial.

Se trata de ser más conscientes, más inteligentes, a la hora de comunicarnos, de emitir un mensaje. También, y de manera especial, de ser cuidadosos de los contenidos que consumimos, de su calidad. El exceso de confianza puede llevarnos a caer en las trampas de la generalización apresurada y cometer errores de los que debamos arrepentirnos.

Solemos decir que “nada en la vida es eterno” (de hecho, ni la vida lo es). De igual modo, entonces, nada es absoluto. Siempre hay tonos grises, puntos intermedios, excepciones, casos único, otros que se dan solo a veces. Para comunicarnos de manera efectiva y asertiva, huir de la falacia de la generalización apresurada es una buena estrategia.

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Cómo la inteligencia emocional garantiza el impacto de tu mensaje

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Los seres humanos somos tan parecidos los unos a los otros, que es fácil caer en las generalizaciones. “Todos los hombres son…”, “Todas las mujeres jóvenes…”. En verdad, los seres humanos somos tan diferentes, únicos y particulares, que a veces es fácil entender por qué nos cuesta tanto relacionarnos los unos con los otros. Esta, sin duda, es una gran paradoja.

Distinto a lo que sucede con el resto de las especies del planeta, los seres humanos tenemos la capacidad de relacionarnos con otros, con el entorno, de manera consciente. Es decir, no producto de un impulso automático, sino de una decisión. Que no siempre responde a lo racional, sino que está estrechamente ligada con las emociones, que son incontrolables y volátiles.

Además, la naturaleza nos dotó con una herramienta increíble y poderosa. ¿Sabes cuál es? La comunicación. Una comunicación que hoy, en pleno siglo XXI, es más fácil que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad. Ninguna generación dispuso de tantas facilidades, de tantos canales, de tantas herramientas, de tantos recursos, incluidos gratuitos, para comunicar.

Pasamos de las señales de humo al lenguaje oral y no verbal, de ahí a la escritura y más adelante, con el concurso de la tecnología, al papel. Que, no sobra decirlo, no solo significó un antes y un después, sino que además abrió la puerta a un universo increíble de posibilidades: la imprenta, el telégrafo, el teléfono, la radio y la televisión hasta llegar a la magia de internet. ¡Maravilloso!

Ha sido una evolución fantástica, pero también, traumática. A pesar de las facilidades actuales, la cotidianidad nos demuestra que cada día es más difícil comunicarnos con otros. De hecho, la gran mayoría de los intentos de conexión se interrumpen o se frustran por cortocircuitos que bien se hubieran podido evitar. Estamos hechos para comunicarnos, pero no sabemos comunicarnos.

Esa es una increíble paradoja. Dolorosa, también. La padecemos cada día, todos los días, en el intento de comunicarnos. Piensa en esas pequeñas discusiones con tu pareja o con tus hijos que, de manera abrupta, escalan a agresivos intercambios. Y lo mismo nos sucede en el trabajo con un compañero o con el jefe, quizás con un amigo, o con el dependiente que te atiende en el banco.

La comunicación, por esencia, tiende a establecer puentes, a crear lazos entre las personas, a construir relaciones a largo plazo. Sin embargo, hay un largo trecho entre la intención y la realidad, del dicho al hecho. Mal haríamos, en todo caso, en achacarle la responsabilidad a la comunicación o a los canales a través de los cuales esta se desarrolla. La verdad es que el resultado depende de cada uno.

¿Eso qué quiere decir? Que los cortocircuitos en la comunicación están determinados tanto por la intención como por la ejecución. Es decir, por las palabras que utilizamos, por el tono en el que las expresamos, por el contexto en que se da esa comunicación. En últimas, el éxito o el fracaso de la comunicación responde a las emociones que experimentamos en ese preciso momento.

O, si no, que levante la mano aquel que respondió agresivamente, de manera impulsiva, pero después se arrepintió. Todos, sin excepción, lo hemos sufrido. Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que a veces, muchas veces, el arrepentimiento no basta, no subsana la agresión. Entonces, nos queda un sinsabor adicional: ¿cómo vamos a hacer para remediar el malestar provocado?

Coincidirás conmigo en que no siempre se puede. A veces, muchas veces, el daño causado ha sido tan grande, llegó tan profundo, que es imposible repararlo. No, al menos, a corto plazo. También es muy frecuente que entren en juego factores volátiles y explosivos como el ego, ese híbrido que oscila entre lo consciente y lo inconsciente y suele hacer travesuras, jugarnos malas pasadas.

Por fortuna, dentro del kit de la configuración original de todos los seres humanos, sin excepción, hay una herramienta que nos ayuda a solucionar esos problemas de comunicación. En realidad, es una habilidad que todos poseemos, pero que solo unos pocos desarrollamos y controlamos de manera consciente. ¿Te imaginas a cuál me refiero? A la escasa y valorada inteligencia emocional.

El término fue introducido por el sicólogo, escritor y periodista estadounidense Daniel Goleman, en 1995, a través del libro del mismo nombre. Goleman, nacido en Stockton (California) en 1946, fue periodista del The New York Times durante 12 años. Allí publicó decenas de reportajes acerca del cerebro y las ciencias del comportamiento. Es una autoridad mundial en el tema de las emociones.

Hasta que Goleman expuso su teoría, se concebía que los seres humanos solo poseíamos una inteligencia: la racional, expresada a través del coeficiente intelectual (IQ). Gracias a este, y a por medio de una serie de pruebas estandarizadas, es posible evaluar las capacidades cognitivas. ¿Por ejemplo? La resolución de problemas, el razonamiento lógico y el pensamiento abstracto.

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Solo a través de la adecuada gestión de las emociones estamos en capacidad de comunicarnos de manera asertiva y efectiva con otros. ¿Lo mejor? Todos poseemos la habilidad (solo hay que desarrollarla)

Cuando Goleman habló de su inteligencia emocional provocó un sismo de grandes proporciones. Entendimos porqué el IQ, que se centra en la mente racional, no es garantía de éxito o felicidad, como se pensaba. Fue un descubrimiento disruptivo porque desde entonces, hace solo 3 décadas, sabemos que hay otra mente, la emocional, que es tan importante como la otra, o quizás más.

El problema, porque siempre hay un problema, es que asumimos que nos comunicamos desde la mente racional. O, en otras palabras, que somos conscientes del mensaje que emitimos y que tenemos control sobre su impacto. En la práctica, ni lo uno, ni lo otro. La mayoría de las veces, el mensaje es una respuesta automática, inconsciente, capaz de desatar la Tercera Guerra Mundial.

¿Por qué? Porque las palabras incorporan emociones. Y si algo nos cuesta trabajo a los seres humanos, a todos, es la gestión de esas traviesas y traicioneras señoritas. ¿Por qué? Porque no nos lo enseñan, porque no hay fórmulas perfectas, porque no hacemos uso de la capacidad innata que nos permite controlarlas, canalizarlas, aprovecharlas. Y, también, porque somos reactivos.

No porque carezcamos de inteligencia emocional, sino porque no la hemos desarrollado. Porque la habilidad la tenemos todos, viene incorporada en la configuración original. Es que desconocemos qué sentimos, por qué lo sentimos y cómo interpretar esa valiosa información que nos transmite la emoción desencadenada. Desconocemos, en suma, los 5 rasgos de las personas con inteligencia emocional:

1.- Conciencia de sí mismas. Significa que sabes lo que sientes. Porque no es lo mismo sentir ira que frustración, que decepción, que desilusión. Son parecidas y suelen combinarse, pero cada una tiene un trasfondo distinto. Puedes moldear tus percepciones de esa situación específica y dominar tus impulsos a la hora de actuar. Sabes, también, cuál es el efecto de tus emociones

2.- Autogestión. Que también la podemos llamar autodisciplina. Consiste en la capacidad de gestionar tus emociones en esas situaciones que te ponen contra la pared, comprometido. No reaccionas, sino que escuchas, analizas y respondes de manera asertiva. Tu objetivo es tender puentes, superar obstáculos y lograr acuerdos. Esto solo puedes hacerlo si tienes el control.

3.- Motivación (intención). Es decir, la capacidad de utilizar las emociones para alcanzar los objetivos previstos. Pero no solo eso: también, persistir ante las dificultades, a sabiendas de que nada de lo bueno en la vida es fácil. Recuerda: las emociones no son buenas o malas, esa es una valoración que hace cada uno. Son herramientas poderosas que puedes utilizar como quieras.

4.- Empatía. Que no es esa idea tan difundida de “ponerte en el lugar del otro”. Esto es imposible porque no hemos vivido lo que el otro vivió, porque cada uno tiene fortalezas y debilidades únicas y distintas. Se trata, más bien, de estar en capacidad de comprender las emociones del otro y, de manera especial, de responder adecuadamente a ellas. Nos exige compasión y humildad

5.- Habilidades sociales. Las herramientas indispensables para relacionarnos con otros. Si no las usamos, o si las usamos mal, vamos a chocar permanentemente, nuestras comunicaciones van a llevarnos a un cortocircuito. Son necesarias para construir puentes, para crear redes de apoyo mutuo y lograr entendimientos, a pesar de las diferencias, de las creencias, de las experiencias.

Lo que debemos entender, aprender, es que la mente emocional y la racional cooperan entre sí, se complementan. Claro, siempre y cuando no pierdas el control, no te dejes envolver en el espiral de las emociones. Si lo permites, las emociones secuestrarán tu cerebro y quedarás a merced de ellas. También es menester convenir que no podemos ser ciento por ciento racionales.

¿Por qué? Porque, aunque a veces las emociones pueden nublar nuestro juicio, son necesarias para tomar decisiones racionales. Sin ellas, todas las opciones tendrían el mismo valor para nosotros y, entonces, sería imposible decidir. Así, por ejemplo, una acción tan sencilla como elegir un restaurante se convertiría en una interminable comparación de lugares distintos.

La premisa fundamental de la gestión de las emociones es que cada sentimiento es valioso, pero no todas las reacciones son saludables. Así, pues, en lugar de ocultar o desahogar los sentimientos negativos, debemos encontrar técnicas para afrontarlos. Es decir, debemos responsabilizarnos de la situación y evitar que se produzca un cortocircuito del que después tengamos que lamentarnos.

¿Por qué? La gente suele malinterpretar este término, la responsabilidad, como asumir la culpa de lo que sucede. Sin embargo, eso está muy lejos de la verdad. En realidad, es tu capacidad para responder de manera adecuada según las circunstancias. Alasumir la responsabilidad, hallas formas de resolver problemas. Además, adoptas una posición de poder y mejoras tu comunicación.

La reactividad, la otra cara de la moneda, en cambio, te convierte en cautivo de las circunstancias. Enfadarte no te permite arreglar nada y solo empeora la situación. La rabia te daña sicológica y físicamente y te aporta una sensación de desconexión con el universo. Además, rompe los lazos que has establecido con otros y genera heridas que, muchas veces, tardan en sanar o no sanan.

Aunque somos la generación más avanzada de la historia de la humanidad, la que cuenta con más facilidades para disfrutar la vida, no somos la más feliz. Es una terrible paradoja. ¿Por qué? La mayoría de las personas vive en guerra contra todo y contra todos por su incapacidad para gestionar las emociones. O por no haber desarrollado la habilidad de la inteligencia emocional.