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¿Cómo atrapar a los lectores en tus redes (pero, no las sociales)?

Vivimos, cada vez más, en medio de un diálogo de sordos. Muchos que hablan y hablan, aunque tienen poco por decir (o lo que dicen carece de valor). Pocos que saben escuchar y, entonces, no son capaces de entender el mensaje que reciben o, peor, lo confunden, lo distorsionan. Muchos que quieren ser escuchados, que tienen algo valioso que decir, pero no saben cómo hacerlo.

Si eres de aquellos que hablan y hablan, pero no dicen nada, en algún momento tendrás que aceptar que nadie te escucha. Tu mensaje, lamentablemente, no llamó la atención y, aunque grites, aunque utilices parlantes (bocinas) poderosos, aunque hagas mucho ruido, nadie te va a escuchar. O, en el mejor de los casos, te escucharán un rato y después te van a silenciar.

Si eres de los que no saben escuchar, difícilmente podrás apreciar el valor del mensaje que recibes. Quizás sea algo poderoso, quizás sea algo muy útil, quizás sea lo que esperas desde hace rato, pero no lo vas a escuchar porque estás más preocupado por refutar, por controvertir. Es probable que no hayas caído en cuenta de que la naturaleza nos dio dos oídos y una sola boca.

Cualquiera de estos dos que sea tu bando, estás en el lugar equivocado. Cualquiera de estos dos que sea tu bando, solo aportas ruido, más ruido. Y la gente, la mayoría de las personas, está harta del ruido. Quiere huir del ruido. Además, quiere huir de los mensajes vacíos, de los manipulados, de los distorsionados para favorecer una causa ajena, a alguien específico a un interés particular.

El gran problema, si perteneces a alguno de estos dos bandos, es que vas en contravía. El mundo, hoy, requiere otra actitud, necesita acabar con más de lo mismo. Eres parte de la solución o eres parte del problema, no hay más alternativas. Por supuesto, se trata de una elección, de una decisión que a veces no es consciente, pero de la que igual tienes que asumir las consecuencias.

Finalmente, hay otro grupo, conformado por quieren ser escuchados, que tienen algo valioso que decir, pero no saben cómo hacerlo. Si eres parte de esta comunidad, no debes preocuparte tanto. Al fin y al cabo, como cualquier ser humano estás en capacidad de aprender lo que quieras, de desarrollar la habilidad que quieras y necesites. Solo necesitas disposición y una buena guía.

Bueno, además de trabajo, de mucho trabajo, porque significa cambiar el chip, alejarte de esos ambientes (y personas) tóxicos que nada te aportan, que te mantienen ocupado en actividades que no son productivas, ni sanas. También debes decirles no a los pensamientos negativos que te invitan a procrastinar, a tirar la toalla, a renunciar a tus sueños, a malgastar tus energías.

Hago énfasis en este punto porque no puedo engañarte, no puede hacerte (como tantos otros) el mal de decirte que es fácil, que es rápido, que con tan solo una plantilla vas a conseguir crear un mensaje poderoso y de impacto. Quizás tengas tanta suerte que lo logres una o dos veces, pero a la tercera te darás cuenta de que nadie te escucha. ¿Por qué? Porque eres más de lo mismo.

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A este punto se llega, básicamente, cuando cometes estos clásicos errores:

1.- Tu mensaje no es claro. No porque hables mucho, porque emitas muchos mensajes o los reiteres vas a conseguir que te presten atención o que te escuchen. Recuerda que vivimos en la era de la infoxicación y de las fake-news, que son una epidemia contagiosa y muy peligrosa. Todos, absolutamente todos, recibimos cientos de mensajes a diario a través de múltiples medios.

Muchos, la mayoría de ellos, solo tienen un objetivo: venderte. A veces, algo que no necesitas o que no tienes interés en adquirir. El problema es que en esa maraña de mensajes se pierden los que sí nos aportan, los que sí tienen valor, los que sí queremos ver (o leer o escuchar). Se pierden porque no saben diferenciarse, porque no son claro, porque van dirigidos a todos y a ninguno.

2.- Tu mensaje es vacío. Está construido a partir de fórmulas manidas, con frases sonoras que carecen de profundidad, que no aportan contenido de valor, palabras que se las lleva el viento. Este es un error costoso porque es como una carga de dinamita que explota la confianza y la credibilidad que debes establecer con el mercado, con todos y cada uno de quienes te escuchan.

Los mensajes vacíos se caracterizan por las frases rimbombantes, por el exceso de adjetivos sin sentido, porque dan vueltas y vueltas, pero nunca aterrizan, nunca te aportan algo. Además, son mensajes imperativos, que intentan promover una acción específica, pero no la justifican. Así mismo, te dicen que la vas a pasar muy mal si no lo haces, quieren convencerte a través del miedo.

3.- Tu mensaje es egocéntrico. Ay, esta es otra epidemia y, lo peor, no hay cura para ella. ¿Por qué? Porque está muy arraigada en nuestros hábitos, tatuada en nuestro cerebro. Desde que somos niños, nos enseñan a hablar desde el YO, desde el odioso yo, y nos lo refuerzan con el ejemplo: todo el tiempo, escuchamos a todos hablar de sí mismos, de sus hazañas y logros.

La verdad, la cruda verdad, es que eso a nadie le interesa. ¡A nadie! Y, lo peor, es que en vez de aportarle valor a tu mensaje se lo resta. Lo que el mundo quiere escuchar, lo que el mundo necesita escuchar, es la solución a los problemas que aquejan a las personas, los que les quita el sueño en las noches. Si te enfocas en hablar de ti, nadie sabrá si en realidad tienes la solución.

4.- Solo quieres vender (y vender). Hay una premisa que muchos desconocen o, peor, pasan por alto: aquella de que a todos los seres humanos nos encanta comprar, pero odiamos que nos vendan. Tanto, que ni siquiera cuando estás en la tienda quieres que te molesten, que alguien llegue a darte un empujoncito cuando ni siquiera sabes qué quieres, no sabes si comprarás.

Los mensajes que se enfocan única y exclusivamente en vender no solo son molestos, sino que producen el efecto contrario al esperado: los repelemos, los bloqueamos, los marcamos como spam. Transmite beneficios, transmite transformación, transmite bienestar y felicidad y verás cómo el mercado querrá escucharte una y otra vez, cómo tus mensajes son bien acogidos.

5.- Tu mensaje no incorpora CTA, ni moraleja. Un poco la consecuencia de todas las anteriores opciones, la sumatoria de ellas. Un mensaje sin call to action (CTA, llamado a la acción) o cuyo CTA sea solo la venta perderá impacto, salvo que sea la solución que el receptor espera y necesita. Sin embargo, la mayoría de las veces es solo un injustificado y poco convincente ahora o nunca.

De igual forma, un mensaje sin moraleja corre el riesgo de ser malinterpretado o distorsionado. La moraleja es la conclusión, la enseñanza, el aprendizaje que nos deja ese mensaje. Y es conveniente que lo hagas tú, conocedor del tema y primer interesado en que tu mensaje produzca el impacto que buscas. La moraleja, además, ata los cabos sueltos y cierra el círculo de tu historia o relato.

Si lo que quieres es atrapar a tu lector (o audiencia) en tus redes (pero, no las sociales), tienes que ser más como un pescador. Requieres conocer tu escenario, tu receptor y preparar la carnada adecuada para que los peces piquen. No es tirar a red a ver qué cae, sino configurar un mensaje poderoso, positivo, creativo e inspirador que ayude a otros, que les aporte valor a otros.

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No te obsesiones con ‘la gran historia’: aprovecha las buenas historias

La vida no es una historia. Más bien, es una sucesión, la sumatoria de cientos de miles de historias que se producen sin cesar. A cada minuto, a cada segundo, si has desarrollado la sensibilidad que se necesita para descubrirlas, encontrarás historias dignas de contar. No necesitas ser un escritor o tener un blog o un negocio porque dentro de todos los seres humanos hay un relator innato.

Todas las personas, absolutamente todas, tenemos historias fascinantes para contar. Que no necesariamente están relacionadas con hechos heroicos o sucesos trascendentales, sino más bien con esos pequeños momentos de la vida que dejan huella. Por ejemplo, el recuerdo del día que le diste el primer beso a esa persona que hoy es tu pareja, tu compañero en la aventura de la vida.

Esa, créeme, es una historia digna de contar y que, además, te encantará contar mil y una veces. Sin embargo, tendemos a creer que eso a nadie le importará. Y quizás sea cierto que no tengas que escribir un libro sobre aquel momento, pero para tu pareja, para tu familia, para tus amigos y quienes te aprecian y admiran, ese momento mágico es algo especial que vale la pena revivir.

Haz memoria de cuando eras niño o, más bien, fíjate en lo que hacen tus hijos: te cuentan mil y una veces que fueron los héroes del equipo de su curso porque anotaron el gol que les dio el título en el torneo del colegio. O, quizás, te repitan sin cesar cuán felices están porque obtuvieron una nota sobresaliente en la Feria de la Ciencia con un proyecto que presentaron con sus amigos.

La mayoría de las personas piensan que no saben contar historias o que sus historias no valen la pena simplemente porque están a la espera de la gran historia. Una que trascienda su ámbito y marque un antes y un después en su vida, como la de Aureliano Buendía, uno de los icónicos personajes de Cien años de soledad, la obra cumbre del permio Nobel Gabriel García Márquez.

Y, no, no sucede así. Esa, la de Aureliano Buendía, es una historia en un millón, es como ganarse el premio mayor de la lotería. Si estás obsesionado con una gran historia, lo único que conseguirás es perder la oportunidad de apreciar las buenas historias que hay a tu alrededor y que merecen ser contadas. La gran historia, además, surge después de que cuentas cientos de buenas historias.

El secreto de un buen contador de historias es que ve buenas historias por doquier, en las situaciones más simples, en aquellas que pasan inadvertidas para la mayoría. Esta, por supuesto, es una habilidad que cualquier ser humano puede desarrollar, siempre y cuando haga uso de dos de los más poderosos recursos que le regaló la naturaleza: ojos y oídos, observar y escuchar.

¿Cómo puedes saber si posees esa habilidad, si ya la desarrollaste? Sal un día de tu casa y ve al parque más cercano; siéntate cerca del lugar donde más personas se hayan concentrado y, por al menos 15 minutos, limítate a escuchar y a observar. Trata de percibir los sonidos, de escuchar las conversaciones, de ver las reacciones a determinados estímulos, de identificar comportamientos.

Si haces la tarea con juicio, no tardarás en darte cuenta de que tu mente se activa con una gran sensibilidad. El resultado es que tu imaginación comienza a volar, recuerdas episodios pasados de tu vida similares a los que acabas de observar y no solo los recreas, sino que creas historias nuevas basadas en esos acontecimientos. Esa es la forma en la que funciona la mente de un escritor.

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Y no porque posea un don o porque tenga un poder especial. Es, simplemente, porque desarrolló la capacidad de traer al plano consciente algo que para la gran mayoría de los seres humanos es inconsciente. Es porque su capacidad de observación y escucha está más afinada, porque aprendió a ver aquellos pequeños detalles que la mayoría pasa por alto, también porque es paciente.

Otra característica distintiva de los buenos contadores de historia es que saben apreciar cuáles son las buenas historias y diferenciarlas del resto, de las que son comunes y corrientes. Por supuesto, y aunque suene a la repetición de la repetidera, no es un don, sino una habilidad. Es como el catador de vino o café, que desarrolla los sentidos del olfato y del gusto en un nivel superlativo.

Tan pronto se encuentran la historia, perciben aquello que la hace distinta, descubren ángulos inéditos para contarla y deleitar a quienes las escuchan, las leen o las ven. Entienden cuál es la mejor forma de transmitirlas para que se transformen en un mensaje poderoso, de valor, que quienes las reciben agradezcan y quieran recordar una y otra vez. Son historias memorables.

Las dos características o cualidades más valiosas y poderosas de un contador de historias son, sin embargo, la capacidad para compartirlas, por un lado, y el propósito que le impregnan a cada una de sus historias, por otro. Por supuesto, las grandes historias, aquellas que dejan huella y se vuelven eternas son aquellas que consiguen reunir estas dos cualidades en un mismo relato.

A los seres humanos nos enseñan a poseer, a atesorar, y nos convertimos en acumuladores compulsivos. Creemos que esos objetos o recuerdos son valiosos en la medida en que estén en nuestro poder, cuando es justamente lo contrario: su valor aumenta cuando los compartimos, cuando se los entregamos a otros. Una historia solo es una gran historia cuando la compartes.

Es como una canción o un libro: adquiere su verdadero valor cuando es escuchada por tu audiencia, cuando tus seguidores se aprenden la letra y la cantan una y otra vez. El libro, cuando lo lees una o varias veces y hablas de él con tu pareja, con tus amigos, y les recomiendas que lo lean también. Tu historia se potencia, su valor se multiplica solo en la medida en que otros la conocen.

Por otro lado, una gran historia es aquella que puede dejar una huella. Hay relatos divertidos o didácticos que nos interesan cuando los escuchamos, pero que rápidamente pasan al olvido. En cambio, una gran historia tiene la capacidad de perdurar en el tiempo cuando cumple un propósito, cuando tiene un para qué definido, cuando es útil a la persona con quien la compartes.

Es el caso de las historias que nos inspiran, que nos llevan a reflexionar, esas que queremos compartir apenas las escuchamos. Como cuando recibes una buena noticia, por ejemplo, que vas a ser padre, y deseas que todo el mundo se entere. O, quizás, cuando el médico te informa que tu padre respondió favorablemente al tratamiento y se curó de la enfermedad que padecía.

La vida no es una historia. Más bien, es una sucesión, la sumatoria de cientos de miles de historias que se producen sin cesar. A cada minuto, a cada segundo. Si consigues desarrollar la habilidad para encontrar las buenas historias, no tardarás en descubrir también las grandes historias. Luego, tu tarea es establecer su propósito y compartirlas porque solo serán valiosas si dejan de ser tuyas.

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¿Tus textos carecen de profundidad? Esta es la razón (y la solución)

¿Sabes cuál es el error más común en la mayoría de los textos que llegan a tus manos? La falta de profundidad. Casi todos, prácticamente todos, pecan por esto: pretenden ser como una piscina olímpica de clavados, que puede llegar a tener una profundidad de 5,40 m, pero en realidad son como una pileta para bebés, que no debe superar los 1,20 m. Son textos vacíos, de vida efímera.

Y, para que no te vayas a sentir mal si sientes que formas parte de esa gran mayoría, te cuento algo: es un problema que se manifiesta hasta en los medios de comunicación. Escudados en la idea de que “hoy la gente no lee”, a pesar de que las estadísticas de lectura, en especial en el formato en papel, van en ascenso, sacan a relucir esta excusa. Que, en todo caso, no esconde el problema.

La inmediatez, la maldita obsesión por la chiva y el aprendizaje de prácticas poco profesionales son, entre otras, las razones de esa grave enfermedad de los textos. Se trata de contenidos que no nos dicen nada, absolutamente nada más de lo que está escrito. Es decir, no nos aportan una gota de conocimiento o, lo más importante, de elementos de juicio para un análisis o una reflexión.

A falta de profundidad, entonces, se recurre a recursos fáciles que, si bien al comienzo pueden atraer la atención, a la larga se convierten en un búmeran, en un carga explosiva que se devuelve y estalla en tu cara. ¿Cómo cuáles? Lugares comunes como Gratis, Contundente, Tomó una decisión, Impactante, Atención, Récord o Esto dijo y otras tantas especies nefastas que pululan por doquier.

Son palabras o juegos de palabras que muchas veces consiguen atraer tu atención o, inclusive, te llevan a hacer clic en esa publicación. Sin embargo, no demoras más que unos pocos segundos para darte cuenta de que caíste en la trampa: el contenido carece de profundidad, no hay datos, no hay información, no hay un contexto que contribuya a la comprensión e interpretación.

Otra de las variantes, cada vez más popular, lamentablemente, es tratar de esconder la carencia de profundidad hablando desde el odioso YO. Son, entonces, textos vacíos en los que el autor se autoproclama héroe, habla de sus hazañas, de sus títulos, de sus seguidores en redes sociales o del dinero que tiene en su cuenta bancaria. Sin embargo, no hay información, no se aporta valor.

Una de las manifestaciones positivas de lo que ha sucedido en el mundo en el último año, y que se reflejó en que más y más personas tomaran la decisión de lanzarse a la aventura de montar un negocio dentro o fuera de internet, es aquella de que el común de las personas buscó otras voces, nuevas alternativas de información. ¿Por qué? Intentan huir de la infoxicación, de las fake-news.

Acostumbrados a tragar entero lo que dicen los medios de comunicación tradicionales, los grandes, los que están al servicio de la élite que no quiere cambiar el discurso que los favorece desde hace décadas, algunos se hartaron y buscaron alternativas. Y encontraron algunas buenas, positivas, constructivas, entretenidas, enriquecedoras y, en especial, que les aportan valor.

Porque, en definitiva, de eso se trata. Si aquello que escribes no le aporta valor a la persona que lo lee, carece de sentido. Son de esas palabras que se lleva el viento con facilidad, mensajes vacíos y sin profundidad. Y hoy el mundo requiere, exige, justo lo contrario: mensajes cargados de datos verídicos, de información, de contexto, de una visión que se salga del camino tradicional.

Parece increíble, pero es cierto: una de las razones de peso por las que la mayoría de las personas no se anima a escribir es porque están convencidas de que su mensaje a nadie le interesa. Están en lo cierto si ese mensaje es más de lo mismo, si son textos sin profundidad, si se limitan a repetir lo que otros dicen o, peor, si son tan solo copy+paste de alguna publicación que hallaron por ahí.

Sin embargo, a lo mejor ese no es tu caso. A lo mejor, tú eres una persona intelectualmente inquieta que tiene el genuino deseo de ayudar a otros a través de su conocimiento y experiencias. Una persona a la que le vida le da la oportunidad de compartir lo que es y lo que sabe y que puede convertirse en la luz al final del túnel que tantos otros esperan o en el oasis que les dé calma.

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A lo mejor, en tu cabeza da vueltas y vueltas desde hace tiempo la idea de transmitir lo que la vida te dio el privilegio de aprender, a sabiendas de que es provechoso para otros. Y lo mejor es que no necesitas crear una empresa para difundir tu mensaje: hoy internet nos brinda a todos múltiples y poderosas herramientas y recursos, escenarios y formatos, para transmitir nuestro mensaje.

Si te desenvuelves bien frente a la cámara y conectas con tu audiencia, puedes crear videos y publicarlos en YouTube o Vimeo. Si aquello no se te da, pero te sientes en tu salsa hablando y hablando, puedes crear tu pódcast o, si lo prefieres, hacer una sala en Clubhouse y compartir tu conocimiento. O también puedes abrir un blog y escribir dos o tres artículos a la semana.

De hecho, y esa es la estrategia que utilizan aquellos que consiguen dejar huella en el mercado con su mensaje, puedes combinar estrategias: crear un contenido básico en el formato que más cómodo te sientas y luego adecuarlo a los otros escenarios. Lo importante, sin embargo, es que ese contenido que prepares aporte valor, dé información, es decir, que tenga profundidad.

La profundidad está determinada por la calidad de la documentación previa, de la investigación que realices antes de sentarte a escribir. Aunque seas experto en un tema, aunque lo conozcan y domines muy bien, siempre se requiere documentación. Un proceso que debe concluir con la respuesta a las preguntas clave: ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿por qué?, ¿para qué?

¿Qué mensaje quieres transmitir? ¿Quién es el destinatario de tu mensaje? ¿Dónde es más conveniente publicarlo para que produzca el impacto deseado? ¿Por qué es pertinente tu visión acerca de este tema específico? ¿Para qué pueden utilizar tus lectores el contenido que les brindas? ¿Qué diferente y valioso aporta tu contenido para que no sea más de lo mismo?

Una buena documentación, y esto es algo que la mayoría de las personas desconoce, te facilita la tarea: al responder las preguntas mencionadas, te indica qué camino debes seguir. ¿Entiendes? Es la documentación, sumada a tu conocimiento y experiencias, la que te permite establecer la estructura de tu texto. En otras palabras, la documentación es el GPS que guiará a tu lector.

La clave de una buena documentación está en los antecedentes del hecho al que te refieres, en su origen, en los puntos bisagra de su evolución, en el impacto que ha producido. ¿Por qué? Todo lo que hacemos y cómo lo hacemos, absolutamente todo, está determinado por nuestra educación, por nuestras creencias, por las vivencias de pasado, por las personas que influyeron en nosotros.

Supongo que ya lo inferiste, pero igual te lo resalto: aquel mito de la página en blanco o del tal bloqueo mental (que es una gran mentira) se origina en la falta de documentación. Se presenta porque, simplemente, ese texto que tienes en tu cabeza carece de profundidad, pero no lo sabes o no lo admites, y solo te darás cuenta cuando empieces a escribir y, de sopetón, te frenes en seco.

El problema con la documentación, con el contexto, es que requiere tiempo y disciplina y la mayoría de las personas elige la inmediatez, lo fácil. Y, claro, después paga el precio. Uno de los hábitos que debes incorporar en tu rutina si quieres convertirte en un buen escritor para sacar provecho de lo que sabes y has vivido es documentar tus contenidos, darles profundidad.

Reto: elige un tema que creas dominar ampliamente y escribe un artículo de, al menos, 800 palabras (poco más de una página en Word); luego, documéntate sobre ese tema, busca datos e información nueva, visiones distintas a la tuya, y vuelve a escribirlo (la misma extensión). Presenta las dos versiones a quien pueda darte una retroalimentación valiosa. Te sorprenderá el resultado y, apuesto, la mayoría se quedará con la segunda.

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4 errores que te llevarán directo a la página en blanco

Inspiración es sinónimo de improvisación y ese, seguramente lo sabes, es el peor camino que puedes seguir cuando quieres escribir una buena historia. Sé muy bien de la buena fama de la que goza la inspiración, una misteriosa y esquiva dama a la que jamás nadie le vio la cara, pero a la que muchos evocan como tabla de salvación cuando se encuentran frente a la hoja en blanco.

Desde siempre, nos han querido vender la idea de que la clave del éxito, tanto en la escritura como cualquier otra actividad de la vida, es la tal inspiración. Y nos ofrecen ejemplos de personas que marcaron huella en sus oficios: Leonardo Da Vinci, Gabriel García Márquez, Tiger Woods, Bill Gates, Oprah Winfrey, Barack Obama, Plácido Domingo, Pablo Neruda o Tom Hanks, entre otros.

Nos dicen que son genios, que están un paso delante del resto de mortales y aseguran que es por cuenta de la tal inspiración. Como si esa característica fuera un privilegio de pocos, como si ellos tuvieran la fórmula secreta de la tal inspiración para crear o alcanzar logros sobresalientes en su respectiva actividad. Y, no, no es así: son seres humanos comunes y corrientes, como tú, como yo.

¿Sabes en qué radica su genialidad? En el trabajo, la persistencia, el enfoque, la mentalidad, en su capacidad para hacer lo justo en el momento indicado, entre otras razones. Su genialidad se manifiesta a través de la disciplina, de la convicción, de la pasión, de la disposición para invertir en sí mismos, en que supieron rodearse de las personas adecuadas y en que jamás se rinden.

Quizás pienses que el listón está demasiado alto, que es imposible llegar adonde llegaron estos personajes que mencioné. Sin embargo, no es así. Como cualquier ser humano, tienes el poder de hacer lo que quieras, de conseguir lo que quieras, de cristalizar el sueño que quieras. El poder está en tu mente: en la medida en que la configures para el éxito, para el sí se puede, lo conseguirás.

Sin embargo, haz de saber que con las características y las cualidades que acabo de mencionar no es suficiente. Si lo fuera, todos seríamos Leonardo Da Vinci, o Gabriel García Márquez, o Tiger Woods, o Tom Hanks, pero, por supuesto, ya sabes que ellos son únicos. El saber es básico y es necesario, así como aprender a desarrollar las habilidades que se requieres para sobresalir.

La diferencia, lo que hace que otras personas se interesen en lo que haces, no obstante, está por otro camino. ¿Sabes cuál? Hacer, tomar acción. El mundo está lleno de personas con inmenso conocimiento, con grandes talentos, con habilidades muy útiles, pero muchas de ellas no se dan cuenta de lo que son y de lo que tienen y, entonces, su valor pasa inadvertido, es invisible.

En la vida, puedes hacer todo lo que te propongas, aprender todo lo que te interese. Además del conocimiento y de las habilidades, necesitas saber cómo hacerlo. Hay dos caminos: el primero, de manera autodidacta, por tu cuenta, pero será más difícil, demandará más tiempo y, seguro, vas a cometer más errores. El segundo, caminar junto con alguien que ya están donde quieres estar.

En el campo de la escritura aficionada, en el que está la gran mayoría de las personas, el fondo de los problemas, en especial aquel terror de la página en blanco, se origina en una serie de errores que son bastante frecuentes. Errores que, aunque se perciban como pequeños, en la práctica son grandes obstáculos que impiden que avances y, sobre todo, que logres los resultados anhelados.

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Estos son los más comunes; si los cometes, es hora de que elijas otro camino:

1.- No sabes de qué escribir. Parece mentira, pero no lo es. La mayoría de las personas que se frena en algún punto del proceso por lo general no tiene claro el tema o, en su defecto, cómo va a desarrollar el tema. O, algo muy común por estos días, abordan temas de los que no saben lo suficiente, simplemente porque es una tendencia, y tras dar unos pocos pasos no saben qué decir.

La idea es el insumo básico de la escritura: si no hay una idea clara, definida, estás sometido a dos dificultades. La primera, te quedas en blanco; la segunda, te vas por las ramas, o sea, comienzas a divagar o, como se dice popularmente, a hablar carreta. Y eso, por supuesto, a nadie le interesa. Cuando tienes clara tu idea, la imaginación se activa y el proceso de escritura será fluido.

2.- No tienes rituales para escribir. ¿Se te antoja curioso? Si lo piensas bien, todas y cada una de las actividades de tu vida en la que eres sobresaliente y logras los objetivos propuestos están respaldadas por un ritual. Por ejemplo, la buena salud: una alimentación adecuada, una rutina de ejercicio, un buen descanso y dedicarte tiempo para ti son hábitos que conforman un ritual.

Para escribir, el ritual comienza por el ambiente, que debe ser tranquilo e inspirador, un lugar con el que te conectes rápidamente y que te permita dejar volar tu imaginación y motive tu creatividad. El horario es otro ritual (tienes que establecer en cuál eres más productivo), lo mismo que el manejo del tiempo: es conveniente hacer pausas activas cada 45 minutos, como mínimo.

3.- Comienzas sin una estructura. Este, a mi juicio, es el error más grave de todos los que puedes cometer en algún momento. ¿Sabes cuál es el origen? La tal inspiración. La creencia de que en algún momento, por obra y gracia del Espíritu Santo, aparecerá esa esquiva musa y los invadirá la genialidad. La verdad, ese es un recurso literario y cinematográfico que no se hace realidad.

La estructura es el plan de viaje de tu texto, el camino que trazas con antelación para poder transmitir el mensaje que deseas. Una buena estructura te permitirá conectar con tus lectores, al mismo tiempo, marcará diferencia con la mayoría de los textos que encuentras dentro y fuera de internet (incluidos los medios de comunicación). La estructura dice qué clase de escritor eres.

4.- Intentar copiar el estilo de otros. Este es uno de esos errores de los que te arrepentirás hasta el último de tus días. ¿Por qué? Porque uno de los factores diferenciadores en la escritura, a mi juicio el de mayor peso, es el estilo. Que es único y surge de tus creencias, de tu visión del mundo, del conocimiento que has adquirido, de las experiencias que has vivido, de los sueños que has forjado.

Es a través del estilo que logras conectar con las emociones de tus lectores o audiencia y también por el que te eligen a ti y no a las mil y una otras opciones del mercado. Tu estilo es personal e intransferible. Intentar copiar el estilo de otro es renegar de tu creatividad, de tu imaginación, de tu talento, de tu habilidad. Un escritor incapaz de desarrollar un estilo propio es más de lo mismo.

“¿Qué tengo que hacer para convertirme en un escritor?”, es una pregunta que me formulan con frecuencia. La respuesta es, primero, debes creértela, creer que la vida te dio todo lo que se requiere para escribir; segundo, tienes que escribir hasta que desarrolles y consolides la habilidad y, especialmente, hasta que encuentres el camino que te ayude a evitar estos cuatro errores.

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Si no impactas, ni vendes, quizás cometes estos 4 errores con tu mensaje

“¿Por qué?”. Esa es la pregunta que atormenta a la mayoría de las personas que tienen un negocio dentro o fuera de internet y que no obtienen buenos resultados. En otras palabras, no venden. El problema, porque siempre hay un problema, es que no saben por qué. “Tengo un buen producto, puse en marcha las estrategias de marketing, cumplí paso a paso con lo que se debe hacer”, dicen.

Sin embargo, el resultado es el mismo: no venden. Y, cuando no vendes, es muy fácil perder el control y esto se traduce, por lo general, en tomar malas decisiones, decisiones precipitadas y, además, basadas en las emociones (que son malas consejeras). Lo peor es que esta ansiedad se manifiesta en una obsesión por vender, en intentar forzar la venta, en vender a cualquier precio.

Perder el control provoca también que no veas lo que es obvio, así esté frente a tus ojos. Cuando no venden, la mayoría de los emprendedores se vuelcan hacia sus estrategias, en especial al embudo de ventas a tratar de descubrir qué es lo que no funciona. Y le dan mil y una vueltas sin poder encontrar la falla, prueba por aquí y por allá y, a pesar de todo, no consiguen resultados.

¿Por qué? Hay muchos expertos que te pueden enseñar a crear un embudo de ventas, a diseñar tus estrategias de marketing, pero hay pocos, muy pocos, que estén en capacidad de ir tan profundo para decirte la verdad, para revelarte el motivo de tu problema. ¿A qué me refiero? A que hay una razón de mucho peso por la cual el mercado no te compra, y pocos la consideran.

Se trata del mensaje que le transmites al mercado. Seth Godin, el autor de La vaca púrpura y otros sensacionales libros, afirma que “el único marketing que existe es el marketing de contenidos”. Es una frase muy bonita, pero hay que tomarla con pinzas para no caer en el error de interpretarla mal o de tomarla literalmente. Sin embargo, encierra la clave del éxito y del fracaso en marketing.

¿Por qué? Porque hoy hacer marketing o hacer negocios consiste, fundamentalmente, en establecer una relación a largo plazo con el mercado. Una relación que debe estar basada en la confianza y en la credibilidad y esto solo se logra cuando puedes entablar una conversación con todos y cada uno de tus clientes, cuando transmites un mensaje poderoso que genere empatía.

Aquella épocas en las cuales hacer negocios consistía en vender quedaron enterradas en el pasado, en el siglo pasado. Ahora, la venta es la consecuencia lógica de tus acciones y de tus decisiones, de tus estrategias y, en especial, de tu capacidad para conectar con el mercado. Y esto de conectar con el mercado significa, fundamentalmente, transmitir un mensaje de impacto.

La clave radica en entender que el concepto de vender cambió con el tiempo y, sobre todo, con la nueva cultura producto de la revolución digital. Antes, en el pasado, en el siglo pasado, vender era sinónimo de obligar, de forzar, pero ya no es así. Tan pronto intentas forzar la venta, cuando la quieres acelerar, el resultado que vas a obtener, en el 99 por ciento de los casos, es el rechazo.

Vender, en el nuevo escenario, significa persuadir, es decir, motivar una acción voluntaria por parte de una persona. Persuadir, según el Diccionario de la Lengua Española, significa “Inducir, mover, obligar a alguien con razones a creer o hacer algo”. Salvo el término obligar, que debería ser sustituido por convencer, me parece que esta es una definición muy clara y poderosa.

Se persuade a través del ejemplo, de inspirar, de cautivar, de servir como modelo. La venta de antes, la que era obligada, incorpora una dosis, a veces alta, de resistencia. Lo compras porque no hay más alternativa, porque no es costoso, porque era el único producto disponible. En este caso, siempre hay un equis porcentaje de insatisfacción, porque no era justo lo que deseabas.

A través de la persuasión, mientras, se derriban objeciones, se bloquean los miedos, se superan los obstáculos y, lo más importante, se crea el entorno empático necesario para generar confianza y credibilidad. A través de la persuasión, puedes conseguir que otra persona, de manera voluntaria (que no necesariamente es consciente), ejecute la acción que le pides, aunque no sea comprar.

Porque, y esto es algo que muchos emprendedores olvidan o pasan por alto, hacer marketing no significa exclusivamente vender. Hay otras acciones que también son valiosas: que se registre en tu base de datos (fundamental), que descargue un archivo (documento, audio, video), que acuda a un webinar, que responda una encuesta, que se inscriba a un evento, en fin. No es solo vender.

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Cuando te enfocas única y exclusivamente en la venta, lo más probable es que tu mensaje no sea el adecuado. Dependerá, específicamente, del punto del proceso en el que se encuentre la persona que lo recibe: si es un prospecto frío, alguien que no te conoce, que no te ha comprado, que aún no confía en ti, un mensaje enfocado en la venta lo ahuyentará, resultará intrusivo.

Y este es fondo del asunto: cuando no obtienes resultados, cuando no vendes, cuando no logras que el mercado te preste atención, lo más seguro es que el problema no esté en tu marketing, en tus estrategias o en tu producto o servicio. ¿Entonces? En el mensaje, en la forma en que te comunicas con el mercado, probablemente porque cometes alguno de estos graves errores:

1.- Abusas (te concentras) del YO. Convencidos de que es el camino para alcanzar el éxito exprés, muchos emprendedores se dedican a hablar de sí mismos, de sus hazañas, de sus títulos o del monto de su cuenta bancaria, pero eso a nadie le importa. Lo que las personas necesitan saber es si estás en capacidad de ayudarlas, cómo lo harás y, en especial, cuál será el resultado de tus acciones.

Olvídate de hablar de ti porque el ego es uno de los obstáculos más difíciles de superar en el marketing. Enfócate en lo que puedes hacer por tus clientes, por las personas a las que les llega tu mensaje. Preocúpate porque tu mensaje, sea cual sea el formato y el canal que elijas para transmitirlo, sea poderoso, esté lleno de valor y aporte algo positivo a quien lo recibe.

2.- El síndrome del experto. ¿Sabes a qué me refiero? A construir mensajes que la mayoría de las personas no entienden. Dicho en otras palabras, mensajes enfocados en los expertos, mensajes cargados de palabras rebuscadas, excesivamente técnicas o adornados con frases rimbombantes que poco o nada dicen. Es, claramente, el caso de los vendehúmo, hábiles en el arte de engrupir.

Cuanto más directo, sencillo y ameno sea tu mensaje, mucho mejor. No solo porque lo entenderá cualquiera, sino porque habrá menos posibilidad de confusión. Esa es una de las razones por las cuales estoy al mil por ciento en contra de las tales plantillas: no solo le cortan las alas a tu imaginación, a tu creatividad, sino que solo te brindan frases hechas, mensajes sin impacto.

3.- Te diriges a todos (y a ninguno). Este problema se origina, principalmente, en que no sabes con exactitud quién es tu cliente ideal, cómo es tu cliente ideal. O, por otro lado, porque estás convencido de que tu producto o servicio es la panacea y le sirve a todo el mundo para solucionar todos los problemas, y no es así. La clave del éxito en el marketing radica en ser precisos, específicos.

Si vas a la farmacia y preguntas por una medicamento para acabar con el dolor estomacal y el dependiente te ofrece uno que, según él, también te ayuda para combatir el reflujo, el dolor de las articulaciones y el mareo, ¿lo comprarías? Seguramente, no. ¿Por qué? Porque dudarías de esas características milagrosas. Lo mismo ocurre con tu mensaje cuando no es preciso, ni específico.

4.- Te centras en las características. Este es uno de los errores más comunes y más costosos. A tu cliente, a la persona que recibe tu mensaje, no le interesa de qué está hecho tu producto, o cuántas páginas tiene tu libro o si el material es resistente al agua. Nada de eso solucionará su problema, nada de eso acabará con su dolor. En vez de características, resalta los beneficios.

¿Eso qué quiere decir? Enfócate en transmitir los beneficios que tu cliente va a recibir, en transmitir de manera clara y precisa cómo cambiará su vida para bien si compra lo que le ofreces. La clave está en el poder de transformación de tu producto o servicio, que en últimas es lo que esa persona necesita. Las características apuntan a lo racional y los beneficios, a lo emocional.

“El único marketing que existe es el marketing de contenidos”, dice Seth Godin. No puedo asegurar que esa premisa sea completamente cierta, pero la experiencia me ha enseñado que estás más cerca de alcanzar el éxito, de lograr tus objetivos, si transmites un mensaje poderoso, positivo, constructivo e inspirador. Un mensaje persuasivo que convenza a través de los beneficios.

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5 consejos para evitar los ‘inconvenientes de última hora’

Conversando con las personas que me dan el privilegio de ayudarlas a crear sus estrategias de contenidos o sus contenidos me encuentro con una piedra con la que tropieza la mayoría. ¿Sabes cuál es? El miedo a la hoja en blanco. Lo que comúnmente conocemos como el tal bloqueo mental, que ya sabemos que es una mentira, tan solo una excusa, porque el problema está en otro lado.

¿Dónde? En la falta de preparación. Y con esto no me refiero a que necesites estudiar una carrera o hacer un curso específico para escribir. No, mientras no desees convertirte en un profesional de la escritura, mientras no tengas la intención de vivir de escribir. Si tan solo quieres escribir sobre lo que piensas, sobre lo que conoces, sobre las experiencias que has vivido, el camino es más corto.

En ese caso, entonces, solo necesitas desarrollar y/o mejorar la habilidad. Porque, y esto no me canso de decirlo para evitar que caigas en manos de los vendehúmo del mercado, todos sabemos escribir. Aprendimos en la escuela primaria y lo hacemos a diario. Escribimos correos, mensajes o reportes, informes en el trabajo. Todos sabemos escribir, y también todos podemos escribir mejor.

La clave para escribir, y sobre todo para hacerlo mejor, radica en dos aspectos: por un lado, el conocimiento (dominio) del tema acerca del que vas a escribir; por el otro, el método que implementaste. Si alguno de estos dos factores no cumple con las condiciones mínimas, no te quedará más remedio que enfrentar la hoja en blanco (y luego echarle la culpa al tal bloqueo).

Si, por ejemplo, eres un aficionado a los deportes, en especial al fútbol, en cualquier momento, en cualquier circunstancia, en cualquier escenario, estarás en capacidad de brindar tu opinión. No importa si estás frente a personas que no conoces, si eres tímido: en virtud del conocimiento del tema, te sentirás capaz de discutir con cualquiera, no tendrás problema en exponer tus ideas.

Lo mismo ocurre si tu área de conocimiento y experiencia es la música, o la cocina, o el derecho, o la medicina o las terapias alternativas. Si posees un nivel de conocimiento superior al promedio del mercado y, además, acreditas experiencia de campo estarás empoderado y podrás hablar o escribir sin temor. El dominio del tema es, entonces, la primera piedra para poder construir un buen texto.

Esto, sin embargo, no es suficiente: también necesitas un método. Como lo he mencionado en post anteriores, sentarte frente al computador a escribir debe ser el último paso de tu proceso. El problema es que es lo primero que hace la mayoría de las personas y, entonces, vuelve el temita ese del tal bloqueo mental. La forma más efectiva para evitarlo es establecer tu propio método.

No puedes seguir el método de Gabriel García Márquez porque no eres Gabriel García Márquez. Ni el de Walt Whitman porque no eres Walt Whitman. Ni el de Isabel Allende porque no eres Isabel Allende. ¿Entiendes? Puedes tomar elementos de García Márquez, de Whitman o de Allende, o de cualquier otro escritor, pero necesitas crear tu propio método, uno que te dé los resultados que esperas.

Recuerda: sentarte a escribir es el último paso del proceso. ¿Eso qué significa? Que antes deberías haber completado todos los demás pasos: investigar, determinar el tema, establecer la estructura, definir contexto de tu escrito y el mensaje que quieres transmitir. No un poquito de cada uno, sino el ciento por ciento, de modo que no tengas que dar marcha atrás un vez empezaste a escribir.

Haz de cuenta que vas a preparar un ajiaco, un plato típico bogotano, porque invitaste a almorzar a tu casa a unos amigos que vienen de Cali o Medellín o de otro país. Según la receta tradicional, necesitas pollo, papa criolla, papa sabanera, papa pastusa, arracacha, cebolla larga, cilantro, guascas, trozos de mazorca, maíz tierno y, si eres ortodoxo, alcaparras y crema de leche.

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Imagina que estás en la cocina y ya tienes algunos ingredientes en la olla, pero te das cuenta de que te faltan la papa pastusa y los trozos de mazorca. Sin estos, el ajiaco no es ajiaco. Será una sopa sabrosa, pero no será un ajiaco. Entonces, tienes que interrumpir y salir a la tienda o, en su defecto, pedir a domicilio y esperar a que te lleguen para continuar con el proceso. ¡Tremendo lío!

Lo mismo sucede cuando te sientas frente al computador con la idea de escribir tu texto: si la investigación fue superficial, si el tema no está bien definido, si tu estructura no es coherente o es incompleta, si careces del contexto necesario o si el mensaje que intentas transmitir es vago o, simplemente, no hay un mensaje, al cabo de unas líneas te enfrentarás al tal bloqueo mental.

Si quieres evitar estos inconvenientes de última hora, sigue estos cinco consejos:

1.- Elige un tema que conozcas y te apasione. No solo que lo conozcas, sino que te apasione, que te haga vibrar cuando hablas de ello, que te emocione. Es la única forma para generar la empatía que te permitirá conectar con tus lectores. Empieza a escribir de tu mascota, de tus hijos, del amor que tienes por tus padres, de las aventuras de un viaje inolvidable, de aquel primer beso…

2.- Escribe lo que piensas, sin miedos. Olvídate del qué dirán o de qué quieren escuchar o leer otras personas. Es tu creación, es tu escrito, es tu visión de ese problema o de esa situación. No te dejes condicionar por las tendencias del mercado o por lo que está de moda. Escribir es un acto de libertad y de rebeldía, no lo olvides. Sé auténtico, sé tú mismo y escribe de lo que te dé la gana.

3.- Escribe sin mayores pretensiones. No porque quieras ganar un premio o desees obtener el reconocimiento de tus lectores. Escribe porque lo disfrutas, porque quieres transmitir tu mensaje, porque necesitas comunicarle al mundo lo que piensas o, simplemente, porque quisiste hacerlo. Eso te librará de las temibles expectativas, que son traicioneras. Escribe lo que tú quisieras leer.

4.- No temas a las críticas. Olvídate de escribir el texto perfecto que le guste a todo el mundo. Ese, créeme, todavía no fue escrito y quizás nunca lo leamos. Hasta García Márquez tuvo detractores y los escritores más famosos y reconocidos han recibido críticas terribles. ¿Por qué? Porque no siempre es posible escribir tan bien como nos gustaría o porque nuestro mensaje no era atractivo.

5.- Escribe, escribe y sigue escribiendo. El título de mi curso ‘A escribir se aprende escribiendo’ no es solo un llamativo juego de palabras: también es una realidad comprobada. No todos los días se puede escribir bien, porque no todos los días tu cabeza está conectada. Hay problemas, hechos que te distraen o quizás estás cansado. Cuanto más escribas, tus textos irán de menos a más.

Estos son consejos que les brindo a mis alumnos y clientes, pero ellos me dicen que, a pesar de que los siguen, no es fácil escribir. Y sí, es cierto: en un comienzo, no es fácil. ¿Por qué? Mientras no se desarrolle el hábito, mientras no se establezca un método, mientras no haya una rutina consolidada, no será fácil. Pero, sobre todo, mientras no despiertes y actives el buen escritor que hay en ti.

La otra arista de ese problema es la soledad y la desorientación, pero puedes evitar estos molestos obstáculos si te dejas ayudar, si buscas la ayuda idónea de un profesional que te enseñe a desarrollar la habilidad. No uno que te venda plantillas que no sirven, sino uno que te enseñe a usar tu imaginación, a despertar tu creatividad, a dejar atrás tus miedos y te motive a escribir.

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‘El desafío de la creación’: el secreto del éxito de Juan Rulfo

Si tienes más de 40 años, seguro que sabes quién fue Juan Rulfo (Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno​, su nombre de pila). Este mexicano representa un caso único y un modelo que me encanta por varias razones. La primera es que logró un puesto en la memoria colectiva como escritor, a pesar de para él escribir era un pasatiempo porque, decía, su oficio era “vivir”.

Si bien publicó cientos de textos en publicaciones institucionales, además de prólogos, ponencias y monografías, se labró un lugar de privilegio en la literatura hispanoamericana con solo dos obras. La primera, El llano en llamas (1953), que recopila 17 cuentos; la segunda, la mas famosa, su única novela, Pedro Páramo (1955), que se tradujo a más de 50 idiomas y vendió millones de copias.

Rulfo nació el 16 de mayo de 1917 en Sayula, en el sur del estado de Jalisco, pero alternó en sus primeros años con San Gabriel, de ahí que no pocos registros sitúan este lugar como su cuna. Su padre fue asesinado cuando él tenía solo 6 años y cuatro más tarde falleció su madre, por lo que desde muy pequeño tuvo que lidiar con la que, irónicamente, fue su gran compañera: la soledad.

Antes de cumplir los 18 años, se trasladó a Ciudad de México, donde trabajó como agente de inmigración en la Secretaría de la Gobernación. Más tarde, comenzó a viajar por todo el país en comisiones de servicio, lo que le permitió conocer de primera mano la realidad que vivían sus compatriotas. Esta experiencia lo marcó profundamente y fue materia prima de sus cuentos.

Lo cierto es que, si bien fue un escritor prolífico, nunca asumió esta actividad como profesional, es decir, nunca tuvo la intención de vivir de escribir. Lo hacía, simplemente, porque era su forma de comunicarse, de expresar su pensamiento, de lidiar con la soledad. Por las duras vivencias de su niñez y adolescencia (estuvo internado en orfanatos), tenía una particular visión de la vida.

En 1963, en la Escuela de Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), dio una charla titulada El desafío de la creación, en la que explicó cómo era su proceso creativo o, de otra forma, cuál era su método de escritura. Si bien es imposible copiar el estilo de otro escritor, saber cómo era su trabajo, cuál era su rutina, sin duda nos ayudará a desarrollar la nuestra.

A diferencia de Gabriel García Márquez, que basó buena parte de su magnífica obra en los relatos que le hicieron los pobladores de su Aracataca natal y por los testimonios de tantos ciudadanos comunes que entrevistó en su labor de periodista, Rulfo no tuvo quien le contara historias. “En nuestro pueblo la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero ahí”, decía.

Entonces, él mismo se dedicó a crear historias. ¿Cómo? Apeló a su imaginación. “Yo no tuve la fortuna de oír a los mayores contar historias, por eso me vi obligado a inventarla. Creo que, precisamente, uno de los principios de la creación literaria es la invención, la imaginación”. En otras palabras, Rulfo no se confiaba de la tal inspiración, que no es más que una buena excusa.

Esta, sin duda, es una de las lecciones más valiosas que podemos aprender de este escritor azteca. Si te encomiendas a la inspiración, jamás vas a escribir, porque escribir no es un don, sino una habilidad que cualquier ser humano puede desarrollar. De hecho, al salir del colegio todos sabemos escribir y lo que necesitamos es herramientas y conocimiento para crear mejor.

Una segunda premisa interesante de Rulfo es que todo escritor que crea es un mentiroso. La literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad. Recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación”. Esta afirmación es una bofetada para quienes sostienen que todo lo que se escribe debe ser cierto, debe ser comprobable, y no es así.

De hecho, tanto la literatura como la ciencia ficción, que incorporan más imaginación que realidad, son dos de los géneros más atractivos para los lectores y de los más lucrativos para los escritores. Mentir para recrear la realidad es un privilegio que tenemos los seres humanos y del que solo unos pocos sacamos provecho, al menos conscientemente. Porque todos creamos nuestra propia realidad.

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Un partido de fútbol, pasión mundana, es clara muestra de esto. Si en el estadio hay 45.000 hinchas, cada jugada, cada acción emotiva, tiene 45.000 interpretaciones distintas. ¡Y válidas! Si a eso le agregas, por ejemplo, la imaginación del relator, el abanico de opciones se amplía. Y todos sabemos que esa interpretación particular de cada uno encierra mentiras de las que hablaba Rulfo.

Este tema es superpoderoso porque escribir la verdad, apegado estrictamente a la realidad es una de las creencias limitantes que impide que muchas personas puedan escribir. Como entienden que no poseen el conocimiento necesario, se dedican a leer o investigar y nunca toman acción, nunca escriben. O, de otra forma, cuando escriben solo consiguen replicar aquello que leyeron, pero sin imaginación.

A la hora de sentarse a escribir, Rulfo reveló su proceso: Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar. Esos tres puntos son todo lo que se requiere para contar una historia”. Coincidirás en que esto lo puede hacer cualquiera, lo puedes hacer tú.

Cuando yo empiezo a escribir no creo en la inspiración jamás he creído en la inspiración. El asunto de escribir es un asunto de trabajo, ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer”. Esto, a mi juicio, es absolutamente genial, el fin de las excusas y la motivación para que te sientes a escribir.

“Para mí lo primordial es la imaginación. Dentro de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes, está la imaginación circulando; la imaginación es infinita, no tiene límites”, afirma. La buena noticia es que todos los seres humanos, incluido tú, tenemos la capacidad de imaginar lo que nos plazca, podemos crear la realidad que se nos ocurra. No es talento, ni inspiración, es imaginación.

“Luego aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva la uno a pensar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura. Concretando, se trabaja con imaginación, intuición y una aparente verdad. Cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer. La intuición surge de las experiencias vividas, de los aprendizajes incorporados.

Sabemos perfectamente que no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte. No hay más, no hay más temas, así es que para captar su desarrollo normal hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles; no repetir lo que han dicho otros”. La realidad es una sola: lo que cambia es la interpretación que cada uno le da, cómo la ve, cómo la asume, cómo la vive.

“Nunca se puede reflejar todo el pensamiento en una historia, quedan muchas cosas que uno quisiera haber dicho y jamás las puede uno desarrollar; ese es, más o menos, creo yo, el ciclo de la creación, al menos tal como yo la he practicado. Ahora, el resultado lo da el lector, no lo da el autor; el autor no sabe si aquello ha funcionado y es el lector el que tiene que juzgar.

Pedro Páramo lo vi en la universidad, en cine, no a través de las páginas impresas. Una historia fascinante, llena de dolor, de contradicciones, de realismo mágico, de imaginación e intuición. Sin embargo, si quieres aprender sobre el oficio de escribir, si te inspira el estilo de Juan Rulfo, debes leer la transcripción de esta conferencia. Puedes buscarla en internet, o si quieres, me la pides y te la envío.

Escribir no es un don, no es un talento reservado para unos pocos, sino un desafío creativo. Y de la misma manera que a Juan Rulfo nunca nadie le contó historias y él mismo las creó, maravillosas, tú también lo puedes hacer. Igual que él, tampoco necesitas ser un escritor profesional para crear historias impactantes, cuentos llenos de imaginación que le permitieron dejar una huella imborrable.

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