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Cómo evitar que tu cerebro caiga en la ‘obsolescencia programada’

Si lo quieres ver así, es tanto un gran privilegio como una dificultad (al menos, para algunos). ¿A qué me refiero? Los seres humanos, todos, sin excepción, tenemos tanto el privilegio de aprender cada día y la dificultad (si así la quieres ver) de entender que el aprendizaje nunca termina. Aunque no me lo preguntaste, para mí no hay dualidad: lo interpreto como una maravillosa bendición.

Vivimos la era de la tecnología, con poderosas y sorprendentes herramientas y recursos que nos llegan para mejorar las tareas que realizamos cada día. Desde las sencillas en casa hasta las más complejas en el ámbito laboral. Ciertamente, nunca antes la humanidad disfrutó más, nunca antes la vida fue tan fácil, ni tan cómoda como lo es ahora. ¡Y cada vez será más fácil, más sencilla!

Más allá de que para algunos el manejo de la tecnología y sus herramientas es un desafío, estas nuevas versiones son cada vez más humanas, más intuitivas. Así, por ejemplo, puedes impartirle instrucciones a tu teléfono por voz y él las interpreta y las realiza de inmediato. O la inteligencia artificial generativa, que crea imágenes o textos, entre otros, a partir de instrucciones sencillas.

De nuevo, vivimos la más fantástica era para el ser humano. Lo que para otras generaciones fue un problema o un proceso de aprendizaje, lento, complicado y costoso (especialmente, en términos de tiempo), hoy es fácil. ¿Por ejemplo? Hoy puedes leer o escuchar libros a través de aplicaciones en 1, 3 o 5 horas, del mismo modo que aprendes inglés desde el celular, al ritmo que desees.

 Sin embargo, y aquí está el pero de la historia, esta maravillosa era de la tecnología es también la era de la odiosa obsolescencia programada. ¿Sabes en qué consiste? Es la acción consciente y premeditada de los creadores de productos (sobre todo, de tecnología) para que dejen de servir (o que sus funciones y características se vuelvan obsoletas) tras un determinado tiempo.

Televisores, celulares, computadores y otros electrodomésticos que al cabo de 2-3 años se transforman en un estorbo porque ya no están en capacidad de cumplir a cabalidad las funciones para las que fueron creados. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que no hay un plan B válido. Es decir, la única opción es ir a la tienda y renovar el equipo (esa es la esencia de la obsolescencia).

Durante años, lidié con ese problema principalmente con mis computadores, tanto de escritorio como portátiles. Microsoft, con sus múltiples versiones de Windows, siempre infestadas de mil y un virus, es por mucho el rey de la obsolescencia programada. Una estela que han seguido todos sus partners, todos los que de una u otra manera están involucrados en esos aparatos.

Hace poco más de dos años, me enfrenté a uno de esos problemas. Mi computador, que en teoría estaba “perfecto”, rendía al mínimo con video. Y el video es parte fundamental de mi trabajo, así que no puedo estar limitado. Tuve la posibilidad de dar el salto a los productos Apple y adquirí un Mac mini, primero, y luego un computador de escritorio. ¡Fue la mejor decisión que pude tomar!

Sí, son más costosos; sí, Apple te cobra además por servicios relacionados como aplicaciones (y no es económico); sí, la mayoría de las personas usan PC o dispositivos Android; sí, los periféricos que se requieren para los computadores Apple son exclusivos y costosos. Sí, sí… pero los productos de esta marca son MUCHO mejores que los demás y te olvidas de la obsolescencia programada.

Que también se sufre con esta marca, pero de manera distinta: no es a corto plazo (2-3 años), sino a largo plazo (al menos 10 años). Es decir, tiempo suficiente para que le saques el jugo a esa inversión que realizaste, que a partir de los beneficios que obtienes o, en mi caso, del ROI que recibo a partir de mi trabajo te permite recuperar con creces lo que pagaste por ese dispositivo.

Lo mejor, ¿sabes que es lo mejor? Que las actualizaciones, a diferencia de las de Windows, no están destinadas a corregir fallos de seguridad, de estabilidad del sistema o de funcionamiento. ¿Entonces? Son verdaderas mejores de funciones, ampliación de servicios o cobertura. Es un gana-gana. Y no te cobran más por esas actualizaciones, que por demás se realizan con frecuencia.

Por eso, cada vez que me aparece la notificación “Hay actualizaciones pendientes” no me molesto, como ocurría antes, cuando tenía mi computador Windows. ¿Por qué? Porque sé perfectamente que es un proceso rápido (otro gran beneficio) y, además, positivo. Es decir, algo que sirve, que va a potenciar las características de mi iMac, la va a potenciar y mi trabajo será más agradable.

Es, justamente, lo que sucede con tu cerebro, ¿lo sabías? Sí, como si fuera una computadora, cuando nacemos tiene un disco duro dispuesto para recibir información y unas funciones básicas programadas por defecto. Sin embargo, desde el momento en que llegas a este mundo es tu responsabilidad programarlo, configurarlo con las aplicaciones que te permitan aprovecharlo.

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¿Cuáles son esas aplicaciones? El conocimiento, para comenzar. Que, a diferencia de lo que sucede con un computador, no tiene límites. Puedes almacenar tanto como desees, como seas capaz de adquirir. Puedes, por ejemplo, aprender dos, tres o cinco idiomas. Puedes, también, leer un par de libros al mes o tomar un curso sobre pintura, si esa es la afición que te apasiona y disfrutas.

También están las habilidades, que el diccionario define como “capacidad y disposición para algo”. Eso significa que tenemos más facilidad para aprender unas, pero no cometas el error de pensar que “no estás hecho” para las demás. La diferencia es que las primeras las desarrollarás más rápido y las disfrutarás más, mientras que estas otras requerirán mayor esfuerzo y disciplina de tu parte.

Así mismo, el cerebro se nutre de las experiencias que vivimos cada día. De todas, no solo de las negativas, como solemos pensar. Todo lo que nos ocurre en la vida tiene un porqué, es decir, una razón o un propósito, e incorpora una lección, un aprendizaje. Ese porqué dependerá un poco de tus metas en la vida, de tus planes, mientras que la lección es inevitable, aunque sea dolorosa.

Hay otro componente importante de esa configuración del cerebro: creencias, pensamientos, sentimientos y emociones (amor y miedo y todas sus manifestaciones). Son esas aplicaciones que muchas veces incorporamos de manera inconsciente, impulsiva, y que en la práctica son un problema porque nos distraen, nos consumen tiempo valioso y son perjudiciales a largo plazo.

La vida es como una App Store que nos brinda infinidad de aplicaciones, de programas, de gadgets que podemos instalar en nuestro cerebro y utilizar. No todas son convenientes o productivas, no todas las aprendemos a gestionar, no todas nos brindan los servicios o beneficios prometidos. La clave está en saber cuáles sí y las demás, eliminarlas: hay que liberar espacio para algo útil.

Una de las situaciones incómodas a la que me enfrento a mi trabajo es encontrarme personas que se niegan a ejecutar las “actualizaciones pendientes”. Tristemente, han convertido su cerebro en un dispositivo con fecha de expiración, de caducidad. Le han impuesto una obsolescencia programada que se traduce en que no están en disposición de aprovechar las actualizaciones.

Soy un eterno aprendiz y, además, me encanta enfrentar el reto del aprendizaje. Es decir, no soy de los que se quedan sin responder la pregunta fundamental: aquella de “¿Podré hacerlo?” o “¿Seré capaz de aprenderlo?”. Gracias a esta mentalidad abierta, la vida me ha dado el privilegio de aprender una gran cantidad de cosas que no imaginabao, inclusive, que no estaban en mis planes.

Lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Que con frecuencia en mi camino aparece la famosa notificación de “tienes actualizaciones pendientes”. La vida me brinda la posibilidad de aprender más, de vivir nuevas experiencias, de conocer más personas, de explorar otros ámbitos de mi profesión. La vida me abre horizontes infinitos, gratificantes, que refuerzan mi propósito y le dan sentido a cada día.

Y tú, ¿aprovechas las “actualizaciones pendientes?”. En el caso de la creación de contenidos, de las estrategias efectivas para comunicar nuestro mensaje, la experiencia me ha enseñado que son muy pocos los que se atreven a hacer clic en “actualizar todo”. La mayoría, la gran mayoría, funciona con la configuración limitada producto de la temida y odiada obsolescencia programada.

Y, créeme, no es la herramienta que utilizas, o el canal que eliges, o la inteligencia artificial lo que te permitirá aprovechar esto tan valioso que la vida te brinda. El valor no está allí, sino en el poder de tu mensaje que está determinado por lo que sabes, lo que has vivido, lo que has aprendido de tus errores, así como de lo que te apasiona y, por supuesto, del propósito que guía tu vida.

No me canso de repetirlo: tienes todo, absolutamente todo, lo que necesitas para crear un mensaje poderoso que produzca un impacto positivo en la vida de otros. Uno que informe, eduque, entretenga y, sobre todo, inspire. Uno que sea la otra cara de la moneda de la perversa infoxicación y sirva para crear relaciones poderosas, vínculos transformadores e innovadores.

“Tienes actualizaciones pendientes” y, a diferencia de los dispositivos sujetos a la obsolescencia programada que los convierte en chatarra tecnológica en poco tiempo, tu cerebro te permite aprender cada día, todos los días, sin excepción. Cuanto más actualizada esté tu configuración, mejor. Elige bien las aplicaciones que vas a utilizar y, una vez las descargas, ¡aprovéchalas!

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El ciclo del miedo: ¿qué es y cómo puedes sacarle provecho?

El miedo es la emoción más estudiada de la historia. Existen miles de estudios que profundizan en ella y nos permiten conocerla bien. ¿Sabes por qué es tan popular el miedo? Porque es muy fácil de transmitir y, sobre todo, de contagiar. Porque, además, los seres humanos somos tierra fértil para los miedos, al punto que creamos y cultivamos una gran cantidad de ellos en nuestra mente.

Lo increíble es que, según diversos estudios recientes, el 91 % de las situaciones o de las cosas que nos producen miedo… ¡no existen! No solo no se han dado (y las estamos anticipando), sino que lo más probable es que no se den (pero las experimentamos, las vivimos). Son miedos infundados, inventados, emociones que cocinamos a fuego lento en nuestra mente y las sufrimos.

El miedo, en palabras sencillas, es una emoción que se manifiesta de múltiples formas para alertarnos de un peligro o riesgo y desencadenar los mecanismos de protección, de supervivencia. Es decir, no es bueno o malo, positivo o negativo: esa es una valoración que cada persona hace en el momento de enfrentarse a una situación determinada en la que se siente en riesgo o peligro.

¿Por ejemplo? Cuando caminas por la calle y ves que se te acerca un perro, grande y de esas razas consideradas de riesgo; cuando tienes pánico (miedo extremo) a las alturas y te subes a un avión, a sabiendas de que estarás allí durante 4-5 horas. O cuando vives con una persona que reacciona de manera agresiva y se sale de casillas fácilmente; cuando tiembla la tierra y el piso se estremece.

Todos los días, sin excepción, nos enfrentamos a situaciones que nos producen miedo. En distintos niveles, por cierto, de ahí que muchas veces ni siquiera lo percibamos. Ahora, también hay que decir que ese miedo, esa reacción instintiva y automática, está determinada en función de lo que cada persona en particular conoce acerca de esa situación, de sus creencias y sus pensamientos.

Por eso, justamente, hay personas que sienten miedo de volar en un avión, mientras que para otras esta es una experiencia que disfrutan al máximo. O, quizás, el miedo a las arañas, o a las serpientes, o a las ratas, animales que para algunos son inofensivos. La razón es que cada uno le da a esa situación, a esa potencial amenaza, a ese riesgo, una valoración distinta, particular.

Ahora, hay algunas cosas que es bueno conocer sobre el miedo:

1.- Es inevitable porque es parte de la naturaleza del ser humano. Además, las raíces de muchos de los miedos que experimentamos están en la cultura, en las creencias populares, en el entorno. Así, entonces, no tiene sentido obsesionarse con la idea de que vas a dejar de sentir miedo

2.- Desde el punto de vista sicológico, sentir miedo es bueno. En algunas circunstancias, el miedo es una ayuda porque activa una respuesta rápida que puede evitarnos males mayores. Es decir, la voz de alarma, la reacción instintiva, es natural: lo malo, lo negativo, surge con las valoración

3.- El miedo nos saca de la zona de confort, de lo conocido y controlable. De ahí que no nos guste, que por lo general nos resulte desagradable o incómodo. Por eso, hay miedos que se diluyen o que desaparecen en la medida en que la situación de riesgo se vuelve familiar, ya no nos atemoriza

4.- El miedo llega, se transforma, cambia, se va, desaparece. ¿Lo sabías? Quizás eres consciente de esto, pero es la realidad. El miedo, como todas sus manifestaciones, nos incomodan en la medida en que les prestemos atención, que les demos importancia. Si no es así, entonces, se evapora

También, y aunque no es una sentencia definitiva (porque las teorías evolucionan, cambian, lo sabemos), se establece que hay tres tipos de miedos:

1.- El miedo natural. Es aquel que sentimos todos los seres humanos como especie, que está incorporado en nuestra configuración de origen y, por lo tanto, no lo podemos eliminar. Es esa alerta temprana que se activa cuando nos enfrentamos a lo desconocido o lo que nos atemoriza

2.- El miedo aprendido. A mi juicio, el miedo más peligroso porque es el que desarrollamos nosotros mismos, el que cultivamos con esmero, al que le tenemos mucho respeto. Surge, por lo general, de lo que nos enseñan en casa, en el entorno cercano, y también de las vivencias

3.- El miedo proyectado. Es aquel que generamos en los demás o que los demás producen en nosotros. ¿Por ejemplo? El que nos llega a través de los medios de comunicación o las redes sociales, el que se origina en rumores y el que nos involucra sin querer (como la pandemia)

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Desde siempre, el miedo está presente en la vida del ser humano porque es la emoción clásica, la respuesta automática, cuando nos enfrentamos a lo desconocido o, como lo mencioné, a lo que nos resulta incómoda. Y es también una de las herramientas predilectas de los estrategas de marketing y copywriters, algunos de los cuales son dignos discípulos del rey del terror Alfred Hitchcock.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que Hitchcock murió en 1980 (hace más de 40 años) y la última de sus películas fue producida en 1976 (Family plot). Y con el paso del tiempo no solo su legado se ha ido diluyendo, sino que los gustos y los intereses de los aficionados al cine cambiaron. Y, puedes imaginarlo, el terror (sinónimo de miedo y dolor) cayó varios puestos en el escalafón.

Un estudio de Cloudwards, que analizó los gustos de los espectadores en distintos canales de streaming (Netflix, Hulu, HBO, Amazon, Disney, Google y iTunes) estableció que el género favorito en cine y televisión en línea es el drama. Como dato destacado, el romance y los thrillers cayeron en la preferencia, mientras que otros como la comedia y la acción escalaron posiciones.

El estudio se realizó en 91 países y allí el 30,8 % de los consultados eligió el drama como su género favorito. Las películas de acción y las animadas comparten el segundo puesto, empatadas con un 25,3 %. Comedia (cuarto), crimen (quinto), ciencia ficción (sexto), fantasía (séptimo), terror (octavo) y western (lejano oeste, noveno), siguen en el listado. El terror sigue, pero disminuido.

Y, si lo piensa, es razonable. ¿Por qué? Creo que una buena explicación es que la realidad superó a la ficción. Es decir, lo que vivimos en el día a día es más terrorífico que cualquier película, inclusive la obra maestra de Alfred Hitchcock. No hay que ir muy atrás para constatarlo: lo que vivimos en la pandemia, con millones de muertes, confinamiento, caos emocional, afectación de la salud mental.

Para colmo, a diferencia de las películas, en la vida real los malos sí ganan, se salen con la suya e imponen su ley de terror. Y ya hay suficiente miedo, exagerado dolor. ¡No queremos más!, así sea en la ficción, así sepamos que tan solo se trata de una película. El problema es que nuestro cerebro, maravilloso y genial como es, no sabe distinguir entre la realidad y la ficción.

Y cae en la trampa. Como sucede cada vez que recibe un mensaje a través de redes sociales o de algún otro canal masivo, dentro o fuera de internet. Por eso, somos propensos a creer en noticias falsas (fake news), en timos o, cuando menos, en manos de los vendehúmo que solo quieren nuestro dinero (y se esfuman como por arte de magia tan pronto como lo consiguen).

Ahora, si tú eres dueño de una empresa, un negocio; si eres emprendedor o un profesional independiente que monetiza su conocimiento, debes entender que la vieja estrategia de transmitir miedo está mandada a recoger. Ya no conecta con las emociones y la razón es simple, pero también es muy poderosa: el miedo PARALIZA, INMOVILIZA. Además, nadie COMPRA un DOLOR.

Cuando el cerebro recibe el estímulo, reacciona de manera instintiva. Afloran los miedos, las creencias limitantes, los prejuicios, los hábitos y toda aquella información que aprendimos de las experiencias vividas. Son las manifestaciones de esa emoción (miedo/dolor) que, en la práctica, actúan como un mecanismo de defensa, como un bloqueo que esperamos nos proteja de una amenaza.

Es justamente lo que sucede con nuestro mensaje si está cargado de miedo y dolor: el cerebro, que ya está harto de esta emoción, lo rechaza, levanta las defensas y te induce a alejarte. Como cuando te cruzas con un animal que te produce miedo. Sin embargo, con el fin de llamar la atención de tu cliente potencial, y despertar su curiosidad, tu mensaje de incorporar una dosis de dolor (miedo).

No hay una medida exacta, ni siquiera una sugerida: depende de cada caso, del estado de la relación que has establecido con esa persona, de cuánta confianza exista, del punto del proceso en el que se encuentre. Para que esa dosis de miedo (dolor) te ayude a persuadir a esa persona, la lleve a ejecutar la acción que esperas de ella, debes dominar el ciclo del miedo. ¿Lo conoces?

En una situación de riesgo o peligro potencial, de miedo o dolor, así actúa tu cerebro:

1.- Recibe un estímulo: que puede ser externo o interno y se altera

2.- Anticipa un riesgo: ve una amenaza potencial y se prepara para responder

3.- Activa la emoción: dolor o miedo, o una de sus múltiples manifestaciones

4.- Reacciona físicamente: en el exterior, se nota que algo te afecta, no lo puedes ocultar

5.- Interpreta y responde: procesa la información (estímulo-respuesta) y lo ejecuta

6.- Almacena la vivencia: establece una automatización, una programación que usará en el futuro

7.- Repite la respuesta: cada vez que te enfrentes al mismo estímulo, activa la respuesta procesada

La dosis de miedo (dolor) en tu mensaje será la conveniente sí y solo sí conoce y controlas el ciclo del miedo, cuando estás en capacidad de transformar esa emoción negativa en una positiva. Es decir, una acción que persuada a tu cliente potencial y lo inspire a realizar la acción que esperas de él. Si pierdes el control, si la situación se te sale de las manos, irremediablemente te rechazarán.

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10 pequeños momentos que son una genial fuente de inspiración

El famoso y tristemente célebre bloqueo mental del escritor, o del creador de contenido, no es más que un cerebro mal entrenado o, dicho de otra forma, imaginación dormida. Eso significa que, primero, es responsabilidad de cada uno si esa luz está apagada y, segundo, que hay una solución al alcance de la mano. No importa si A y B se aplican a tu caso: ¡siempre hay solución!

Quizás en la niñez tu padre te llevó a la academia a que aprendieras a jugar tenis, que era su pasión. Su sueño era que te transformaras en un campeón. Dedicaste tiempo y trabajo para convertirte en un buen jugador, llegaste a ser el número uno de tu liga y en tu casa hay un lugar especial en el que exhibes los trofeos de aquella época dorada en la juventud.

Sin embargo, cuando ingresaste a la universidad las prioridades cambiaron. El estudio y el tiempo que pasabas con Claudia, tu novia, no te daban la posibilidad de entrenar con la disciplina requerida. Poco a poco dejaste de practicar hasta que un buen día, en silencio y con dolor, tomaste una decisión radical: guardaste la raqueta y pensaste “no volveré a jugar”.

La vida, sin embargo, es maravillosa y te dio una nueva oportunidad. Años más tarde, eras tú el padre que llevaba a su hijo (Joaquín) a la academia para que aprendiera los secretos de este deporte. Que todavía te apasiona, claro. Al verlo a él entusiasmado y disciplinado en la pista, no pudiste contenerte y al regresar a casa desempolvaste la raqueta. ¡Volverías a jugar!

Fue un sábado en la mañana, según la tradición, pero no resultó como lo esperabas, a pesar de la inmensa ilusión que bullía en tu interior. ¿Por qué? No tardaste más que unos golpes en darte cuenta de que estabas oxidado, de que habías perdido la sensibilidad y de que esa habilidad que antaño dominabas fácilmente ahora parecía una prueba insuperable para ti.

Asumo que entiendes el símil. Cuando le enseñas a tu cerebro o a tu cuerpo a realizar una actividad, cualquiera que sea, inclusive una harto difícil que exige mucho trabajo y constancia, en algún momento logras los objetivos propuestos. Toma unos segundos para recordar y te darás cuenta de que tu cerebro y tu cuerpo hacen lo que tú les enseñas o para lo que los entrenas.

¿Entiendes? Esta es una premisa que se aplica a cualquier actividad en la vida. ¡Cualquiera! Sin límites, salvo que tú mismo los impongas como en el caso de la creación de contenido. Es uno de esos momentos en los que las objeciones, las creencias limitantes, los mitos y las mentiras se convierte en una excelente excusa. O, peor, en la justificación para renunciar a tus sueños.

Cuando comencé a escribir, por allá en 1987, carecía de formación más allá lo que había aprendido en las clases de Español en el colegio. Me diferenciaba por mi buena ortografía, pero nada más. No tenía estilo, ni una estructura y tampoco, el hábito. Es decir, comencé de cero. Escribía mal, con incongruencias, con muchas fallas de las que no era consciente.

Además, durante mi niñez y adolescencia, o mi paso por la universidad, fue poco o nada lo que leí. Eso, sin embargo, no fue un obstáculo. Comencé a escribir, a escribir, a escribir. A fallar, a fallar, a fallar, y a corregir. En algún momento, que no puedo determinar con exactitud, me transformé en un buen escritor, uno que producía textos que les agradaban a sus lectores.

El punto de partida del famoso y tristemente célebre bloqueo mental del escritor, o del creador de contenido, obedece a alguna de estas opciones: uno, falta de conocimiento del tema; dos, conocimiento a medias o, de otra forma, falta de información; tres, un cerebro mal entrenado, perezoso, que se niega a activar el chip de la imaginación; cuatro, no ves en tu interior.

Porque, si no lo sabes, todo, absolutamente todo lo que necesitas para comenzar a crear contenidos (independientemente del formato) están dentro de ti. Lo importante, lo valioso, que es la información, los principios, los valores, los sueños, los sentimientos, las reflexiones, las ideas. Lo demás, especialmente lo técnico, lo aprendes en el camino o lo contratas.

Es decir, no hay excusa. Solo tienes que cerrar los ojos, respirar lento y profundo y mirar a tu interior. Abstráete de lo que sucede afuera y concéntrate en todo aquello que ves ahí. Que, seguro, es maravilloso (recuerdos, alegrías, logros) o doloroso (pérdidas, frustraciones). Las pequeñas cosas de tu día a día son una inagotable fuente de ideas para crear contenido.

Pequeñas cosas que por lo general pasan inadvertidas, sin que percibamos su importancia o trascendencia. Situaciones o pensamientos que cada día nos ayudan a construir nuestra vida y que, de acuerdo con el modo en que los gestionemos, nos amargan o nos brindan la felicidad que anhelamos. Y que, aunque no lo parezca, son buenas ideas para crear mensajes de poder.

Antes de mencionarte cuáles son esas fuentes de buenas ideas para la creación de contenido, te invito a hacer una reflexión: lo que tú vives, lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, es lo mismo que viven el resto de seres humanos del planeta. Cambian las circunstancias, los momentos en que se producen y, por supuesto, las consecuencias de cada hecho.

Que, no sobra decirlo, están determinadas por nuestras creencias, miedos, pensamientos y, sobre todo, nuestras emociones. Lo que quiero que te grabes en la mente es que lo que a ti te sucede SÍ (así, en mayúscula) es útil y necesario para otras personas. ¿Por qué? Porque puede ser la respuesta a sus interrogantes, a sus inquietudes; la luz que los conduzca a salir del túnel.

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Vamos, ahora sí, entonces, con esas situaciones fuente de buenas ideas:

1.- La felicidad está en ti. Los seres humanos tendemos a buscar la felicidad en lo material o en los demás, sin darnos cuenta de que está incorporada en el abrazo de tu hijo, la sonrisa de tu pareja, la magia del amanecer, el privilegio de respirar o la satisfacción de ayudar a otro. Dile a tu audiencia cómo experimentas esa felicidad, llama su atención acerca de esos pequeños tesoros.

2.- El pasado ya fue. El ayer, cercano o lejano, suele ser origen de preocupaciones o miedos que nos amargan la vida, el hoy, el presente. El pasado condiciona y determina la forma en que pensamos y actuamos si no somos capaces de cortar ese cordón umbilical. Comparte alguna experiencia en este sentido y sé explicito especialmente en cómo superaste la situación.

3.- Trata a los demás con te gusta que te traten a ti. Vivimos en un mundo frenético, histérico y, sobre todo, particularmente violento. Somos reactivos y hacemos de la agresividad, de la ofensa, un hábito. Todos los hemos sufrido y todos, también, lo hemos provocado. Relata de qué manera esto te afectó y cuenta cómo es la forma en que te gusta ser tratado.

4.- Rendirte es el único fracaso. Por lo general, tenemos pánico del fracaso y, en especial, de lo que piensen los demás cuando fallamos. Sin embargo, la sabiduría de la vida, el aprendizaje más valioso, surge de los errores que cometemos. Comparte alguna situación en la que el resultado no fue el esperado, cómo te sentiste, cómo lo superaste y qué aprendiste.

5.- Lo que piensen y digan de ti no te define. A los seres humanos, a todos, nos afecta la percepción que otros tienen de nosotros. Es algo que nos enseñan en la niñez y que luego nos encargamos de cultivar nosotros mismos. ¿Cuál ha sido esa opinión que te afectó?, ¿de qué forma lo hizo?, ¿ya lo superaste? Compartir esta experiencia ayudará a muchas personas.

6.- Lo que das, regresa a ti. En especial, si lo das de manera generosa y desinteresada, sin esperar nada a cambio. Y regresa convertido en múltiples bendiciones. Es el círculo virtuoso y maravilloso de la vida, que nos enseña que llegamos a este mundo con una sola tarea: la de ayudarnos los unos a los otros. Comparte alguna experiencia que refleje esta situación.

7.- Casi todo mejora con el tiempo. Aunque a veces, muchas veces, la vida nos enseña que la temible Ley de Murphy (“Todo aquello que está más puede empeorar”) es real. Siempre que llovió, escampó y el sol volvió a brillar; después de un momento aciago, la vida te brindó días de felicidad. ¿Recuerdas alguno en especial? Cuéntale a tu audiencia cómo fue el cambio.

8.- Se hace camino al andar. Cada ser humano es único, al igual que la tarea que le fue encomendada a su paso por este mundo. Esa es una realidad incuestionable y, sin embargo, son muchas las personas que viven una vida ajena. ¿Te sucedió a ti en algún momento? O, quizás, ¿conoces a alguien? Tu testimonio puede ser la luz que ilumine el camino de otro.

9.- Lento, pero seguro. Como dicen, “Roma no se construyó en un día”. La vida es un proceso y hay que vivir y, sobre todo, disfrutar cada etapa, sus características, sus oportunidades. Todos, sin embargo, queremos ir más rápido y lo único que logramos es estrellarnos contra el planeta. ¿Cómo fue tu estrellada? ¿Cómo te recuperaste? Sin duda, muchos querrán saber la respuesta.

10.- Atraes lo que sale de ti. “Si te preocupa lo que recibes de la vida, revisa bien lo que tú le ofreces a ella”, reza una frase que abunda en internet. Recibes lo que das, para bien o para mal, un aprendizaje que suele ser doloroso y, muchas veces, complicado. Y todos hemos sido víctimas de esto, así que todos podemos brindar un testimonio valioso. ¿Cuál es el tuyo?

Como ves, esos momentos insignificantes del día a día, si los aprecias en profundidad, son una fuente valiosa de experiencias y aprendizaje que otros necesitan. Entiende, así mismo, que el gran problema del ser humano es encontrar respuesta o explicación a lo que le sucede, de ahí que nuestras vivencias son útiles para otros. No te niegues el privilegio de ayudarlos.

Algo más: por favor, despójate de esa creencia limitante según la cual “lo que me sucede a mí no le interesa a nadie”. La verdad es que tu historia no solo les interesa a muchos, sino que también les sirve, es un espejo en el que pueden verse o, de otra manera, un modelo de lo que les puede ocurrir si replican tus errores. Eso sería cerrar las puertas de un universo maravilloso.

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Si posees esta cualidad, puedes olvidarte del síndrome del impostor

El temido y odiado síndrome del impostor sí existe. ¿Lo sabías? Y no solo eso: está de moda, es una de esas tendencias que ahora gustan tanto. Según los expertos, tres de cada cuatro mujeres del primer mundo los padecen a lo largo de su trayectoria profesional. Sin embargo, por supuesto, ellas no son las únicas: cualquier persona puede sufrirlo en distintos ámbitos de la vida.

Y no solo eso: de acuerdo con distintos estudios, ocho de cada diez personas sufren la incómoda sensación de ser un fraude. Bien en algún momento de su vida, bien en algún campo de su vida. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que nadie, absolutamente nadie, está exento o ajeno a este mal. Afecta a jóvenes, a personas con altas capacidades, a profesionales, a hombres, a mujeres…

Es, así mismo, uno de los fenómenos sicológicos más estudiados de las últimas décadas. Por eso, por ejemplo, se pudo establecer que es más frecuente en las mujeres y que se potencia gracias a factores como la baja autoestima y la búsqueda de la perfección. Y se les atribuye a las sicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes haberlo descrito en 1978, cuando ya provocaba estragos.

Algo que es necesario saber es que el síndrome del impostor nada tiene que ver con inteligencia, talento, cargos o reconocimientos: es un mal democrático que ataca a cualquiera. ¿Cuál es la razón? Su origen está en las emociones, que seguro lo sabes son traviesas, caprichosas y traicioneras. Por eso, lo padecen artistas, escritores, científicos, ingenieros o abogados

El odioso síndrome del impostor se manifiesta, principalmente, en la tendencia a minimizar los logros obtenidos, a restarnos méritos y, sobre todo, a creer que no somos suficiente (o, de otra forma, que siempre nos hace falta algo para dar la talla). Además, es camaleónico: es falta de confianza, creencias limitantes, miedos, inseguridad, ansiedad y, sobre todo, pensamientos negativos.

Ahora, en la práctica, el síndrome del impostor se ha convertido en una excelente excusa para no salir de la zona de confort. Es la justificación perfecta. Y lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Que nos sirve para cualquier ámbito en la vida, mucho más allá de lo profesional o laboral: para no ir al gimnasio (o hacer ejercicio), para no seguir una alimentación sana, para huir de las relaciones…

¿Por ejemplo? A la hora de comunicarnos o, especialmente en estos tiempos, crear contenido. Lo primero que puedo decirte, porque lo experimenté, es que está bien, se vale sentir el síndrome del impostor. Somos seres humanos, imperfectos y, sobre todo, sensibles. Por otro lado, esa sensación de incomodidad puede ayudarnos a salir de la zona de confort, a exigirnos, a dar un poco más.

Elegí estudiar Comunicación Social porque quería trabajar en la radio, un medio mágico que me acompañó desde la infancia. Sin embargo, mi carrera profesional se dio por otro camino: el de la prensa escrita. Llegué a la radio después de casi 30 años de trayectoria y, a pesar de eso, tenía un poco de miedo. Y necesité dos o tres programas (de dos horas) antes de asentarme, de estar cómodo.

Más adelante, la profesión me dio la oportunidad de hacer televisión en vivo: ¿tuve miedo? Claro, porque es natural. ¿Lo superé? Claro, porque siempre es posible. Hoy, comando en solitario y hago comentarios en transmisiones de torneos de golf, espacios que duran como mínimo dos horas. La primera vez que estuve solo en el estudio lo acusé, pero fue algo que se esfumó bastante rápido.

¿Moraleja? El ser humano, cualquiera, puede enfrentarse a situaciones incómodas, desconocidas o retadoras y superarlas sin problema. Se requiere conocimiento y algunas habilidades básicas, pero, en especial, valentía y ganas de salir adelante. ¿Lo más importante? Paciencia y tolerancia, porque te vas a equivocar, pero si no te dejas intimidad vas a aprender y en cada ocasión lo harás mejor.

¿Te suena familiar? La verdad es que nadie nació aprendido, en nada. O, de otra manera, todo, absolutamente todo, lo debemos (o podemos) aprender. Aprendemos a comer, a cepillarnos los dientes, a caminar, a escribir, a dibujar, a practicar ejercicio, a tender la cama…, en fin. La vida, todos y cada uno de los días de la vida, es un aprendizaje continuo. ¡Tú pones los límites!

Y, también, eriges las dificultades. Como el síndrome del impostor, por ejemplo. Que, no sobra decirlo, prácticamente en todos los casos son actitudes aprendidas en el seno de nuestro círculo de influencia más cercano (familia, amigos, trabajo, estudio) o a partir de los todos los mensajes que consumimos de medios de comunicación y redes sociales, principalmente, o de la sociedad.

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Obstáculos que, por lo general, se manifiestan así:

1.- El perfeccionista. Te obsesionas con la idea de que todo salga de maravilla o, lo que es lo mismo, de no cometer errores. Y no solo los vas a cometer, sino que es necesario que lo hagas: esos episodios, por lo doloroso que resulte, incorporan el aprendizaje más valioso

2.- El experto. Una manifestación que está muy de moda en estos días, dado que ‘ser experto’ es el oficio de moda, especialmente en internet. No tienes que saber “todo sobre todo”, porque además es imposible. La clave está en la especialización y entender que aprendes a medida que avanzas

3.- El superhéroe. Otra especie muy popular en estos momentos. Es una loca carrera por intentar demostrar que eres mejor que otros, cuando no es necesario. Te impones una metas muy altas y debes lidiar con expectativas difíciles de cumplir. Al final, solo malgastas tu tiempo y energías

4.- El genio frustrado. Una idea que, seguramente, te cultivaron en la niñez: “¡Tienes que ser el mejor!”. Esto te lleva a ser intolerante al error, a nunca estar conforme con lo que tienes y con lo que obtienes, a creer que debes aprender más y más. ¿Consecuencia? Te paralizarás, no avanzarás

5.- El solitario. Bien sea porque crees que nadie puede ayudarte o porque no inviertes en ti mismo, te quedas solo. Y solo no avanzarás o, peor, no llegarás a donde quieres ir. Recuerda: nadie escaló el Everest en solitario. “Solo irás más rápido, acompañado llegarás más lejos”. ¡Tú elijes!

El problema de fondo con el síndrome del impostor es que se traduce en un autoboicot. Cada vez que intentas hacer algo que significa salir de la zona de confort y, por ende, te enfrentas a tus miedos y creencias limitantes, tomas el atajo. ¿Cuál? Acudes a ese otro yo interno, como si fuera un superhéroe, para que te salve y justifique tu inacción o tu elección de no tomar ese camino.

Lo que hay detrás del síndrome del impostor es el miedo a que nos juzguen, nos descalifiquen, se burlen de nosotros o hagamos el ridículo. Es posible que todo eso sea realidad, pero entiende que es parte del proceso de aprendizaje. Con o sin síndrome, te juzgarán, te descalificarán, se burlarán de ti y eventualmente harás el ridículo. La diferencia es que, si lo vences y actúas, aprendes y avanzas.

Ahora, la razón por la cual me pareció pertinente escribir este artículo para ti: el síndrome del impostor sí existe y lo vivimos, lo padecemos, todos los días. ¿Sabes a qué me refiero? A esos impostores que vemos cada día en internet, especialmente en las redes sociales. Sí, personas que se venden como ‘la última Coca-Cola del desierto’, los de la vida perfecta o la familia ideal…

En la práctica, son personas que construyen, de manera consciente, una especie de otro yo, una identidad ficticia, para producir una percepción determinada. Son personas que dicen tener solo buenos pensamientos, positivos; que no envidian, que no sienten celos; que no critican y les desean el bien a sus enemigos o detractores; que no desean riqueza y no se obsesionan con lo material…

La verdad, y por supuesto esto es tan solo una opinión personal, esas personas no solo no existen, sino que no pueden existir. ¿Por qué? Porque el ser humano, la especie, es imperfecta. Es decir, somos falibles, tenemos defectos y carencias y lejos estamos de ese estado de perfección. Además, estamos condicionados por la sociedad, por los demás, y resulta imposible desligarse de eso.

Por si fuera poco, están las traviesas, caprichosas y traicioneras emociones que nos hacen pasar malos ratos. Mi madre, alma bendita, solía decir que “primero cae un mentiroso que un cojo”. Y es cierto: a estos impostores digitales, los de la vida perfecta, lo que poseen la fórmula del éxito y de la riqueza exprés, los que viven la vida ideal y perfecta, tarde o temprano se les cae la máscara.

Y no solo quedan al descubierto, sino, además, sometidos a las represalias de los demás. El impostor, en últimas, no es más que un gentil manipulador, un lobo vestido con piel de oveja. Su mensaje y su vida, toda, son una farsa, una mentira. Tras ese personaje que han construido lo que hay es un ego del tamaño de un iceberg y una variedad de conductas tóxicas que son temibles.

Así mismo, esta persona posee una característica que la hace muy peligrosa: se mimetiza, es decir, es camaleónica, capaz de transformarse en función de las circunstancias o de los objetivos. Es hábiles, sin duda, pero dado que se guía por el ego, que no conoce de límites, tarde o temprano se equivoca y le revela al mundo en realidad quién es. Y, por supuesto, lo paga caro.

El poder de tu mensaje, bien seas una empresa, un negocio o una marca personal (un profesional independiente que monetiza su conocimiento), radica en la autenticidad. Que, por supuesto, involucra tus defectos, tus carencias. Y no es esa perfección impostada lo que permitirá que tu mensaje sea persuasivo y provoque el impacto que deseas en la vida de otras personas.

Piénsalo: tus padres, a quienes seguro idolatras, no son perfectos. Quizás, de hecho, tienen más defectos de los que te gusta admitir, pero son tus padres y los amas con todas tus fuerzas. Lo mismo sucede con tu pareja, o tus hijos. O con ese amigo de toda la vida. O con tu mascota. Más allá de esa imperfección, sin embargo, los valoramos y apreciamos, agradecemos que sean parte de nuestra vida.

Vivimos en un mundo en el que la histeria, la cordial hipocresía, la falsedad y los impostores marcan la pauta. Son fuente y alimento de la infoxicación que nos contamina, que drena nuestras energías, que nos arrebata el derecho a ser felices. Por fortuna, para combatir estos males hay un antídoto efectivo: la autenticidad del mensaje. Lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Que no tienes que hacer nada, solo ser tú mismo…

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