Categorías
General

¿Trabajas para la IA generativa o haces que ella lo haga para ti?

A comienzos de marzo de 2020, un misterioso virus proveniente de China, del que muchos en Occidente decían era una invención, un bulo, llegó y nos alteró la vida. Y no solo eso: se llevó, también, cientos de miles de vidas. El COVID-19 (o coronavirus) nos obligó a encerrarnos en las casas por un largo período y, sobre todo, nos llenó de miedo y causó gran incertidumbre.

A pesar de las advertencias provenientes de algunos sectores científicos, casi nadie creía en el tal coronavirus. Por eso, a su letal impacto se sumó algo que podríamos llamar el factor sorpresa: no estábamos preparados para enfrentarlo, dado que lo habíamos ignorado, lo habíamos menospreciado. Hoy sabemos que ese fue uno de los graves errores cometidos.

Una de las mayores dificultades que enfrentamos en ese momento fue desconocerlo todo, o casi todo, del COVID-19. Y las informaciones no eran certeras; más bien, abundaban las contradicciones, los desmentidos y, por supuesto, pulularon las fake news, las mentiras. Que, no sobra recordarlo, provocaron más pánico, más incertidumbre, más desolación.

En diciembre de 2022, una vez más el mundo fue sorprendido por una noticia, aunque esta era bien distinta. ¿Sabes a qué me refiero? A la irrupción de ChatGPT, la versión generativa de la inteligencia artificial. Una maravillosa tecnología sobre la que también se posan los bulos, las fake news, las mentiras y las versiones apocalípticas. Igual a lo que se dio con el COVID-19.

Como seguramente lo sabes, se trata de una suerte de inteligencia artificial que puede ser entrenada para sostener conversaciones. En esencia, es un chat basado en un modelo de lenguaje creado por la empresa OpenAI. ¿Su especialidad? Realizar tareas relacionadas con la generación de contenidos diversos a partir de las instrucciones que se le brindan.

Si bien surgió con notorias limitaciones y los expertos nos dicen que todavía es mucho lo que se puede desarrollar, la clave de los resultados obtenidos a partir de ChatGPT radican en los prompts (la instrucción que alimentas al chat para que genere el contenido). En palabras muy sencillas, si lo alimentas con basura, te arrojará basura. Por favor, no olvides esta premisa.

A pesar de que ChatGPT irrumpió con fuerza y tuvo un gran eco mediático, la verdad es que la inteligencia artificial está en nuestra vida desde hace décadas. Para ser más exactos, desde mediados del siglo pasado, cuando se crearon las primeras máquinas capaces de emular la inteligencia del ser humano y realizar, de manera efectiva y rápida, una variedad de tareas.

Unas de las versiones más conocidas fue el AOL Instant Messenger, que cautivó a unos 30 millones de usuarios, o la enciclopedia virtual Encarta, de Microsoft. Una famosa fue Deep Blue. ¿La recuerdas? El ordenador creado por IBM y programado con millones de partidas de ajedrez que, en 1997, venció al campeón mundial de aquel entonces, el ruso Gary Kaspárov.

Sin hacer ruido, pero de manera consistente, la IA fue incorporada en múltiples dispositivos que tenemos en casa. Alexa, el asistente virtual de Google, o Siri, la versión de Apple, son un ejemplo. Hoy, su aplicación es prácticamente ilimitada y ha permitido grandes avances en campos como la medicina, los juegos electrónicos, el cine o la creación de contenido.

El problema, ¿sabes cuál fue el problema? Que, como sucedió con el coronavirus, para el común de los seres humanos la inteligencia artificial seguía siendo “algo del futuro”. Y quizás por eso no le prestamos la atención que merecía y hoy, de nuevo, somos presas del pánico, de la incertidumbre, y víctimas de la infoxicación, de la manipulación. ¡Otro apocalipsis!

Sí, nos dicen que llegó para “exterminar la especie”, la versión más radical, o para “acabar con millones de trabajos”. Estoy seguro de que desde hace tiempo utilizas alguna de las formas en que la inteligencia artificial está presente en nuestra vida y, eventualmente, le diste una mirada a ChatGPT, Gemini, Copilot, Dall-E, Midlourney, Jasper o CopyAi, entre otras.

A pesar de que ChatGPT surgió hace solo año y medio, son pocas las personas que en verdad le han podido sacar provecho. Y no porque sea difícil de utilizar, sino porque tienen un gran recelo que provoca que vean la inteligencia artificial como un enemigo. Y no lo es, de ninguna manera, por supuesto. Es, simplemente, producto de la desinformación, de la infoxicación.

Una de las amenazas es aquella de que la IA generativa acabará con todas las formas de creación de contenido (escrito, hablado, visual). Otra, que acabará con los empleos de todos los que, en distintas modalidades, nos dedicamos a la creación de contenido. Hasta ahora, por lo menos, nada de esto sucedió. Ni lo uno ni lo otro. Más bien, se ha dado lo contrario.

A qué me refiero: a que los creadores de contenido que no nos dejamos llevar por el pánico y que entendemos el poder de la capacidad creativa que poseemos hemos hecho de ChatGPT y otras aplicaciones de inteligencia artificial generativa los aliados de nuestro trabajo. No los enemigos, no las amenazas, sino los socios que nos ayudan a potenciar la productividad.

Lo insólito hoy es escuchar decir que la inteligencia artificial “no sirve para nada”. Ya no es que “va a provocar la extinción de la especie” (como en la saga de Terminator) o “te va a quitar el trabajo”, sino que “no sirve para nada”. A mi juicio, solo hay dos opciones: no has utilizado la inteligencia artificial o, peor aún, eres uno de tantos que no saben utilizar.

inteligencia-artificial

Estos son los cinco errores más frecuentes al utilizar la IA generativa:

1.- Crees que la IA es autosuficiente.
Y no, no es así. Por definición, esta tecnología es parte del fenómeno conocido como machine learning. ¿Sabes en qué consiste? Máquinas que están en capacidad de aprender. ¡Sí, aprenden! Como cuando, por ejemplo, le dices a Siri que llame a tu pareja o que prenda la luz de tu celular. Lo que a algunos atemoriza es que su capacidad de aprendizaje es ilimitada.

En el caso específico de ChatGPT, repito la premisa fundamental: si alimentas el chat con basura, te arrojará basura. Es decir, esta tecnología hará todo lo que tú le enseñes, aquello para que la programes y lo hará en los términos que le proporciones. Tú eres el que brinda las instrucciones, así que el resultado lo determinas tú, no la IA. ¿Ya sabes cómo crear prompts?

2.- No verificar sus resultados.
Este sigue siendo el talón de Aquiles de ChatGPT y otras versiones de IA generativa. En principio, porque no estaba conectada a internet y, entonces, usaba su imaginación para darte respuestas. Hoy, porque, a pesar de que echa mano de los contenidos de la web, todos sabemos que este maravilloso universo está lleno de mentiras, falseades y otras especies.

Todas tóxicas, por supuesto. Mi consejo: utiliza esta tecnología solo para generar contenido relacionado con temáticas en las que seas un experto y estés en capacidad de detectar los errores que a otros les resultarían invisibles. Sin embargo, eso no es suficiente: tienes que hacer una verificación exhaustiva, en especial si no eres un experto en crear prompts.

3.- Cuidado con los derechos de autor (copywright).
En medio de su inocencia y de su afán por ayudarte, la IA generativa toma prestado cualquier contenido que encuentre en la red. Por eso, a veces, muchas veces, usa contenidos llenos de mentiras, o con verdades manipuladas o, quizás, que son propiedad ajena. No es su culpa, por supuesto, porque la tecnología cumple con el objetivo de ayudarte, de darte respuestas.

Haz de cuenta que le pides a tu secretaria que elabore el informe que vas a presentar en la asamblea de accionistas. ¿Es ella la indicada? Seguramente, no. Es tú responsabilidad, como en el caso de la IA generativa. Es un tema álgido especialmente en lo relacionado con las imágenes, no solo con los textos. Cuidado, porque si te confías puedes caer en la trampa.

4.- Eres ‘más de lo mismo’.
Este es un error frecuente para los amantes del copy + paste. Insólito en el uso de la IA generativa que llegó para ayudarnos a potenciar nuestras habilidades y fortalezas, pero en la práctica se ha convertido en una variante del abominable “yo te copio, tú me copias, él nos copia, nosotros nos copiamos (unos a otros)”, tan popular hoy. Es la feria de la mediocridad.

Si utilizas los prompts creados por otros, no esperes resultados satisfactorios. Recuerda que el poder del mensaje está en tu capacidad para controlar los aspectos fundamentales. ¿Los recuerdas? A quién te diriges, qué le vas a comunicar, cuál es el objetivo que persigues, qué formato eliges, es decir, lo que en el marketing se conoce como las 3M: mensaje, mercado y medio.

5.- Asumir que la IA sustituye al ser humano.
Por ahora, no es así (y no creo que se dé en algún momento). Repito: creo que esta tecnología llegó para facilitarnos la vida (las actividades que realizamos de manera rutinaria). Sin embargo, lo que obtengamos de ella está en función del uso que cada uno le dé, porque en esencia la IA no es buena o mala: esa valoración la proporcionamos los seres humanos.

La IA generativa no sustituirá a nadie que, apoyado en ella, haga mejor su trabajo, obtenga mejores resultados de manera más eficiente. Los que perderán su trabajo serán aquellos que no sean capaces de utilizarla, que se nieguen a usarla y no puedan brindar unos resultados satisfactorios en su labor. Recuerda: no es un enemigo, sino un aliado.

Hubo una época, hace tan solo 25 años, en la que nos dijeron que esa disruptiva tecnología llamada internet iba a arrasar con todo: empleos o empresas. La realidad nos demostró, sin embargo, que esos anuncios apocalípticos eran mentira. Hoy, dado que la humanidad no aprendió la lección, la historia se repite: nos dicen que la IA es la peor de las amenazas.

Moraleja: pienso que, como todo en la vida, cada uno elige el camino que crea conveniente. En mi caso, ni dependo de la IA generativa ni me he convertido en un subalterno de ella para que realice mi trabajo. Creo y confío en mis capacidades, intento aprender cada día y también desarrollar nuevas habilidades. Una de ellas, poner a trabajar a la IA para mí.

inteligencia-artificial
Categorías
General

5 tareas, paso a paso, para ser un AS de la creación de contenidos

Los seres humanos, en general, vaya uno a saber por qué, tendemos a querer forzar todo en la vida. ¿Por ejemplo? En la niñez, anhelamos crecer rápido para ser adultos. En el trabajo, queremos aprender rápido para llegar a ser jefes. En los negocios, nos obsesionamos con ir directo del punto A al punto B, sin caer en cuenta de que en medio hay un camino que puede ser muy largo.

Ese afán por acelerar los procesos, por quemar las etapas con rapidez (o saltarlas, si es posible), es una actitud que casi siempre nos conduce por el camino equivocado. El lunes en la mañana nos concentramos en lo que deseamos hacer el fin de semana y, entonces, no disfrutamos el día a día. Es decir, permanentemente nos enfocamos en el punto final, en el destino, y olvidamos el proceso.

Y, seguro lo sabes, seguro lo has vivido, la clave del disfrute, y del éxito, está en el proceso. Así, por ejemplo, en algún momento de la vida debemos aprender que el éxito y la felicidad, esos anhelos prioritarios, no son un lugar o un destino. ¿Entonces? Es la capacidad de disfrutar el paso a paso, las pequeñas victorias, los momentos significativos, las experiencias que dejan los aprendizajes.

El problema, ¿sabes cuál es el problema con esta actitud, con esta obsesión? Que la convertimos en un hábito que nos lleva a estrellarnos repetidamente contra la realidad, que se niega a concedernos el gusto de avanzar sin respetar el proceso. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? En su inmensa sabiduría, la vida te hace tropezar con la misma piedra una y mil veces, hasta que aprendamos.

Y, valga recalcarlo, aprender significa no solo “saber cómo hacerlo y hacerlo”, sino también aceptar que hay un proceso que se debe seguir, un paso a paso que está diseñado, específicamente, para ayudarnos a no caer en los errores y, también, a desviarnos por un atajo. Sin embargo, de manera terca, los seres humanos insistimos en ir directo del punto A al punto B, y luego lo pagamos caro.

Esta es una actitud frecuente, en especial, a la hora de crear contenidos. Y no me refiero solo para publicar en las redes sociales o en internet, sino también para producir documentos o contenidos en el ámbito laboral y en formatos distintos al texto (por ejemplo, una presentación de Power Point). Intentamos acelerar el proceso y, ¿sabes qué ocurre? Aparece el famoso bloqueo mental.

Que no es bloqueo ni es mental, hay que decirlo. Se trata, simplemente, de un cortocircuito que nosotros mismos hemos provocado y que se origina tanto en falta de conocimiento o información como en la carencia de una metodología. Si eres seguidor de mis publicaciones, te habrás dado cuenta de que este es un aspecto al que me refiero con frecuencia, porque es muy importante.

Para cualquier tarea o actividad que realicemos en la vida, requerimos dos recursos: por un lado, la teoría, el conocimiento de los fundamentos y un poco más de ese tema específico. Por el otro, la práctica, que para que brinde los resultados esperados debe ser dirigida y, sobre todo, metódica. Esta es una premisa que se aplica a todo: cocinar, hacer deporte, estudiar o crear contenidos.

Veamos un ejemplo: ¿te imaginas a los miembros de un equipo de fútbol profesional que llegan a un entrenamiento y, sin la presencia de un cuerpo técnico que dirija, se dedican a jugar con el balón, a divertirse? Podría apostar que 9 de cada 10 veces ese equipo pierde el siguiente partido porque no está preparado para enfrentar los retos que le presentan el juego y su contendor.

El método, en la práctica, es ejecutar en el campo de juego la estrategia que se expuso en el pizarrón. Sin un plan detallado, sin una estrategia definida, sin unos recursos y habilidades desarrolladas, el resultado de ese ejercicio se convierte en una apuesta riesgosa. Alguna vez funcionará, sí, pero la mayoría de las veces ese equipo se bloqueará y será superado por su rival.

Siento pena ajena, y un terrible escalofrío, cuando veo esos avisos publicitarios que prometen-garantizan “resultados extraordinarios” (léase “te harás millonario en un abrir y cerrar de ojos”) que venden “fórmulas perfectas de copywriting”. Son las perversas plantillas, libretos o, algo muy frecuente ahora, prompts para que las herramientas de inteligencia artificial hagan su magia.

Y no funcionan, debes saberlo. Ni las plantillas, ni los libretos ni los prompts. ¿Por qué? Porque se enfocan en el punto B, en el final, y se olvidan del proceso, del paso a paso. Es decir, nos inducen a cometer el mismo error de siempre: obsesionarnos con ir del punto A al punto B en un solo paso, tan rápido como sea posible, y sin respetar el proceso, sin poner en práctica una metodología.

Repito: entre el punto A y el punto B puede haber, suele haber, un largo camino. Como de Miami a Sídney, o de Los Ángeles a Moscú, o de la Patagonia a Alaska. Para ir de una ciudad a la otra requieres, como mencioné, un plan, una estrategia y una metodología, que en este caso sería un medio de transporte. Igual que para cocinar, practicar deporte, estudiar o crear contenidos.

En estos tiempos de gurús autoproclamados, vendehúmos e inteligencia artificial, es muy fácil caer en la trampa. En especial, si no sabes cómo evitarla. ¿Mi consejo? El más sabio que puedo darte, con humildad y fruto de mi experiencia de más de 35 años, es que no te atrevas a dar el primer paso antes de haber hecho la tarea más importante. ¿Cuál? El plan, la estrategia y la metodología.

respetar-el-proceso

Antes de crear contenido, debes haber cumplido a cabalidad con estas tareas:

1.- Saber a quién te diriges. ¿A todo el mundo? Si eres de los que piensan esto, ya caíste en la trampa. Las generalizaciones no solo son odiosas, sino también, traicioneras. Si eres padre y tienes más de un hijo, lo sabes: no puedes decir “los niños” o “todos los hijos” o “ustedes”, porque corres el riesgo de herir susceptibilidades, de incomodar a uno que no tiene velas en ese entierro.

¿A quién te diriges? ¿Qué tanto sabe de ti? ¿Ya existe un vínculo de confianza y credibilidad entre ustedes? ¿Esa persona es consciente del problema del que tú le hablas? Estas son solo algunas de las preguntas que debes responderte antes de emitir un mensaje. De hecho, las respuestas son las que determinan el mensaje, que debe adaptarse en función de quién es la persona objetivo.

2.- Determinar qué le vas a dar. Parece obvio, pero no lo es. ¿Por qué? Porque la mayoría de las veces cometemos el error de creer que lo que tenemos, un producto o un servicio, “es para todo el mundo” o, peor, “es la solución perfecta para todo”. Y no es así, por supuesto. En el mejor de los casos, si posees el conocimiento y la experiencia, estás en capacidad de solucionar un problema.

Uno solo, primero. Después, quizás, puedas ofrecer la solución a otros más, subyacentes, que irán apareciendo. Recuerda: respeta el proceso, el paso a paso, no intentes abarcar más de lo que puedes, no invadas espacios a los que todavía no te concedieron acceso. Concéntrate, más bien, en informar y educar a tu cliente potencial o receptor acerca del problema que lo aqueja.

3.- Saber para qué sirve. Esto se aplica a productos/servicios y a mensajes, por supuesto. El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que muchas veces asumimos que todo el mundo nos va a entender, que todo el mundo tiene el mismo nivel de conocimiento que los demás o que nosotros, y no es así. Entonces, una de tus prioridades es informar y educar el significado de tu mensaje.

El objetivo de tu mensaje debe ser claro, preciso, inconfundible: una reflexión, una pregunta, un llamado a la acción (¿a cuál?), una información pertinente, una actualización, una invitación, en fin. A veces, muchas veces, nos desviamos en las fórmulas perfectas, nos quedamos en las frases hechas, y nuestro mensaje pierde poder y/o, quizás, no genera el impacto que deseamos.

4.- ¿Por qué es mejor que el resto? Esta es una de las preguntas que muy pocos pueden responder con convicción. Es increíble, pero todo el tiempo nos comunicamos y les decimos a otros lo que deben hacer o cómo hacerlo sin explicarles por qué elegir esta opción que les ofrecemos en particular. Recuerda: para todo, siempre, hay múltiples opciones disponibles, algunas muy buenas.

Si, por ejemplo, hablas con tu hijo para que ordene su cuarto, solo lo hará cuando esté convencido de que redundará en un beneficio para él. Todo lo demás que le digas, todo, carecerá de valor para él. La clave, en este sentido, radica en conocer muy bien los beneficios de lo que ofrece, de tu mensaje, y cuál es el poder transformacional (mejora) que incorpora. Beneficios, no características.

5.- Por qué es la solución requerida. Uno de los errores más comunes a la hora de configurar un mensaje es dar por sentado que tu cliente potencial o audiencia entiende perfectamente lo que tú quieres comunicar. La verdad, casi nunca lo entiende, de ahí que, entonces, una de tus tareas es la de informarlo, educarlo y establecer un vínculo de confianza y credibilidad a largo plazo.

¿Te has puesto a pensar por qué nos resulta tan difícil vender algo, a pesar de que sea la solución al problema que nuestro cliente potencial requiere, lo que satisfará su deseo? O, ¿por qué tu hijo no te hace caso, no sigue tus instrucciones? La razón es que el mensaje carece de poder, no logra comunicar la transformación que promete, no es capaz de vencer la resistencia de tu cliente.

Saber a quién te diriges, saber qué le vas a dar y para qué sirve, comunicar por qué es mejor que el resto de las opciones que ofrece el mercado y por qué es la solución requerida son las escalas que te llevarán del punto A al punto B. No te las puedes saltar, no debes omitir ninguna. Recuerda: la clave del éxito de tu mensaje, del impacto que puede lograr, radica en respetar el proceso.

respetar-el-proceso
Categorías
General

¿Acabará la inteligencia artificial con el oficio del ‘copywriting’?

“Oye, Carlos, ¿no te da miedo que ahora, con todo este tema de la inteligencia artificial (IA) que crea contenidos, te puedas quedar sin trabajo?”. Esta fue la pregunta que me formuló hace unos días un cliente, durante una sesión de asesoría. No sé qué esperaba que le dijera, pero sí tengo la certeza de que, de alguna forma, mi respuesta significó una gran decepción para él.

¿Por qué? Le dije “No, de ninguna manera. Bienvenida la competencia”. Desde siempre, desde que hace más de 35 años comencé mi trayectoria como periodista, mi trabajo ha estado bajo constante amenaza. Por ‘escritores’ de otras profesiones, por internet y las nuevas tecnologías, por las redes sociales y, ahora, por esta maravilla de la inteligencia artificial.

Sí, es una maravilla, que desde hace años, aunque no nos demos cuenta, nos ha mejorado la calidad de vida, nos ha hecho más fácil la vida. En labores tan sencillas como atendernos en un centro de llamadas de atención al cliente (para mí, esta es su peor versión), recibiendo pagos en los comercios, creación o edición de imágenes o la conducción ve autos inteligentes.

Y son muchos, muchísimos, los usos que desconocemos y los que descubriremos, y aprovecharemos, en los próximos años. La verdad es que esta tecnología, que no es nueva, llegó para quedarse. Los dispositivos conocidos como asistentes virtuales, del tipo de Siri o Alexa, son un claro ejemplo de ello: hoy, en la práctica, son un electrodoméstico más.

Fue por allá a mediados del siglo XIX cuando el matemático irlandés George Boole creó un sistema de cálculo lógico, conocido como álgebra de Boole, que con el tiempo sería el embrión de la inteligencia artificial. La premisa del sistema es que las proposiciones se reducen a símbolos sobre los que puede operarse matemáticamente, algo que aprovechó la informática.

Más adelante, en 1936, otro matemático inglés, Alan Turing, considerado el padre de la computación moderna, introdujo el concepto del algoritmo. Su aporte significó un gran avance científico porque, en aquella época, mediados del siglo pasado, habló por primera vez algo que hoy es novedoso: el machine learning, es decir, la capacidad de las máquinas para aprender.

Turing, en esencia, afirmó que, en la medida en que se le brinde la información adecuada y se la programa para eso, una máquina puede aprender y emular comportamientos humanos. Los chatbots de las aplicaciones o de los centros de llamadas son la muestra de ello. O los robots que nos ayudan en tareas domésticas, labores que antaño eran exclusivas de los humanos.

Ya en los años 40, el escritor estadounidense Isaac Asimov, sentó las leyes de la robótica. Fue a través de su cuento Círculo vicioso, un relato corto de ciencia ficción escrito en 1941. En esencia, dice que un robot no le hará daño a un ser humano y tampoco permitirá que un ser humano sufra daño, al tiempo que cumplirá disciplinadamente las órdenes que se le impartan.

A mediados de los 50, el científico estadounidense John McCarthy (Tío McCarthy) acuñó el término de inteligencia artificial. Una década después, el alemán Joseph Weizenbaum, que fue profesor emérito de Informática en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), desarrolló ELIZA, considerado el primer chatbot de la historia, que dotó de voz a las computadoras.

Sin embargo, fue hasta mediados de. los 90, en los albores de la era digital, cuando se dio el salto más significativo, uno que marcó un antes y un después en lo cualitativo. Fue la aparición de Deep Blue, la computadora creada por IBM y que libró dos épicos duelos con el campeón mundial de ajedrez el soviético Gari Kaspárov. Vale decir que la máquina ganó las dos veces.

Aquella fantástica computadora había sido alimentada con cientos de miles de partidas de ajedrez y, además, estaba capacitada para analizar más de 200 millones de movimientos posibles en un segundo. Fue el hecho gracias al cual se cerró el círculo y, también, el que sentó las bases para esta realidad que vivimos hoy, en pleno siglo XXI, con la inteligencia artificial.

En los últimos meses, la empresa californiana OpenAI se puso en boca de todos. ¿Por qué? Lanzó a finales de noviembre de 2022 ChatGPT, un sistema de chat basado en inteligencia artificial (IA). En tan solo dos días se convirtió en viral y alcanzó más de 2 millones de usuarios. Y los primeros pinitos de esta poderosa herramienta, en verdad, causan un gran asombro.

Aunque está en fase de pruebas, lo que se conoce de ChatGPT es increíble. Fue creado para sostener conversaciones en múltiples idiomas, responder preguntas y crear contenidos “a la carta”. Según la agencia de noticias EFE “es coherente, tiene en cuenta lo hablado previamente en una conversación y es capaz de identificar temas sobre los que es mejor no hablar”.

Lo que se sabe es que su inteligencia artificial es alimentada con contenidos provenientes de internet. No todo internet, hay que aclararlo, sino una pequeña porción (por ahora). Es decir, no está conectado a la red en tiempo real, como un buscador, por ejemplo, sino a un archivo prestablecido. Y tiene una limitación: esos contenidos que lo alimentan son anteriores a 2021.

ia-copywriting

Conozco personas, emprendedores, que ya emplean ChatGPT en sus negocios y están encantados con los resultados. Karen Vega, por ejemplo, antigua cliente mía y miembro del Círculo Interno de Álvaro Mendoza, mi mentor, es una de ellas. “Por ahora, lo utilizo como un asistente, una ayuda”, dice, específicamente en el campo de la generación de contenidos.

Ahora, la otra cara de la moneda: ChatGPT NO es perfecto. A la par de artículos, ensayos o textos de ventas, crea software malicioso y, lo más grave, no distingue entre el contenido real, veraz, y tanta pornobasura que hay en internet. Si la herramienta ha sido alimentada con textos faltos, datos caducos o distorsionados, eventualmente los emplea en sus creaciones.

¿Te das cuenta del riesgo? Puede inducirte a un grave error. Como dijo Karen Vega, como un asistente, por ahora, está bien: no puedes otorgarle toda la responsabilidad de la creación de tus textos y contenidos. Ese es un riesgo que podrías pagar muy caro. Por supuesto, se espera que ChatGPT mejores a partir de los comentarios y sugerencias de los usuarios.

El portal mexicano Alto Nivel, por ejemplo, realizó una prueba y el balance invita a la reflexión. No todas las respuestas que se obtienen pueden considerarse válidas o acertadas. La herramienta arroja constantes errores y divergencias. ALTO NIVEL realizó varios ejercicios comprobando que en las respuestas hay equivocaciones e inconsistencias en la información resultante”.

La agencia francesa AFP, mientras, le preguntó a ChatGPT su opinión sobre tecnologías como él. ¿Qué respondió? Existen potenciales peligros al construir chatbots supersofisticados. Las personas podrían creer que interactúan con un individuo real”. En su web, OpenAI advierte que puede generar “informaciones incorrectas” o “dar instrucciones peligrosas o contenidos sesgados”.

Sam Altman, máximo ejecutivo de OpenAI, afirma que “ChatGPT es por ahora una demostración temprana de lo que será posible hacer con las interfaces de lenguaje basadas en inteligencia artificial”, pero reconoce que tiene “muchas limitaciones. Más adelante se podrá tener algo que haga tareas por ti o que eventualmente descubra nuevos conocimientos”.

Amanecerá y veremos. Ahora, volvamos al comienzo: NO, de momento, no me asusta la aparición de esta tecnología y que muchos la utilicen para crear contenidos. Les deseo la mejor suerte (porque la van a necesitar para no caer en sus trampas o debilidades). Tal y como lo he hecho durante mi carrera, a lo largo de mi vida, confío plenamente en mi talento y mi trabajo.

Dado que la clave del éxito de la inteligencia artificial es el contenido con que se le alimente, no será un proceso fácil ni rápido. Y, como lo mencioné antes, si solo se la alimenta con textos y contenidos provenientes de internet, el riesgo de que incurra en graves errores es muy alto. Además, por ahora, estoy seguro de que estas máquinas carecen de lo fundamental.

A lo fundamental para conseguir que un texto o contenido sea agradable de leer y de calidad, un contenido de valor. ¿A qué me refiero? A la capacidad de sentir y transmitir emociones. Es decir, por ahora no hay máquinas empáticas. Y son las emociones, traviesas, caprichosas y traicioneras, las que nos permiten conectar con un texto, con una historia, y disfrutarlo.

Así mismo, confía ciegamente, al 1.000 %, en mi creatividad, en mi imaginación, tanto como en las experiencias que he vivido y que son fuente inagotable de mis escritos. Escribir, para mí, es mucho más que un oficio o un trabajo: es tanto un placer como una terapia que disfruto al máximo y sin la cual no concibo mi vida. Es algo que quiero hacer hasta el último de mis días.

¿Te entusiasma la idea de probar ChatGPT? ¿Te tienta? Hazlo, utilízalo. Pero, por favor, ten cuidado de sus alcances. Que esas pruebas que realices no sean en trabajos definitivos que más adelante, te ocasiones problemas. Y algo más que eso: no reniegues de aquello que nos hace maravillosos y únicos a todos los seres humanos, la inteligencia, la capacidad de crear.

Son múltiples los ejemplos de aplicaciones, herramientas o recursos que nos ha brindado la tecnología y que después de una irrupción meteórica, pletórica, se desinflan y pasan al olvido. ¿Recuerdas Clubhouse? Hace tan solo dos años parecía estar en capacidad de transformar la forma de hacer negocios, de relacionarnos con otros; hoy son pocos los que la utilizan.

Estoy convencido de que uno de los mayores privilegios que nos fue concedido a los seres humanos fue aquel de pensar, de razonar y, sobre todo, de crear. Y no pienso renunciar a él, no pienso subordinarlo a una tecnología que puede ser poderosa o genial: prefiero lo mío. Y creo, también, que tú estás en capacidad de escribir y crear mensajes más allá de las máquinas…

ia-copywriting