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Querer ayudar no es suficiente: ¿cómo vencer la resistencia?

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Es algo que prácticamente todos, sin excepción, hemos vivido en la vida. ¿Sabes a qué me refiero? A que tienes la intención de ayudar a alguien, quizás ejecutas algunas acciones para soportarla, pero al final tu esfuerzo es vano. ¿Por qué? Porque, simplemente, esa persona “no se deja ayudar” o, de otra manera, “no acepta la ayuda porque, en su parecer, no la requiere”. ¡Plop!

Soy un convencido de que en el momento en que nos entregaron el voucher para viajar hasta este mundo, también nos encomendaron una misión: “ayúdense unos a otros”. Una premisa que, al menos para mí, no se restringe a personas, a seres humanos, sino que se extiende también a lo que nos rodea, a nuestro entorno: flora, fauna, naturaleza. Una misión a la que no podemos renunciar.

Asimismo, en la niñez, cuando dejamos volar la imaginación y visualizamos una vida futura, en la edad adulta, el deseo de servir a los demás está siempre presente. “Quiero ser médico para ayudar a los enfermos”, “quiero estudiar sicología para ayudar a los que sufren problemas mentales”, “quiero ser arquitecto para construir casas para muchas personas”. Siempre hay deseo de ayudar.

Una de las razones por las cuales ingresé a la universidad a estudiar Comunicación Social fue porque concebía esta profesión como un camino para “ayudar a otros”. Mantenerlos informados de los hechos importantes, dar a conocer la otra cara (la menos visible) de los personajes, transmitir mis experiencias en los eventos que concitaban la atención de las audiencias.

Era algo que había vivido en la niñez y la adolescencia, principalmente a través de la radio. Fue esa cajita mágica, que escondía personas maravillosas que nos relataban los sucesos, la que provocó que me enamorara de periodismo. Agradecía las informaciones, los relatos, las canciones, y me imaginaba siendo yo la fuente de esas alegrías para otras personas. Una época maravillosa.

Además, en mi casa y en el colegio me inculcaron aquello de la “vocación de servicio”. Y por los privilegios que me concedió la vida tuve la oportunidad de disfrutar de los clubes sociales. Fue allí donde comencé a entender que todos necesitamos de los otros; que el trabajo no consiste en ganar un sueldo, sino en realizar una labor que redunde en el beneficio de otros, de los clientes.

Aprendí a apreciar, a valorar y a agradecer lo que hacía el palafrenero que cuidaba de los caballos, el mesero que me atendía en el restaurante, el profesor de la clase de equitación o el conductor del bus. Por supuesto, también la señora que, con paciencia y abnegación, nos lidiaba a nosotros, jóvenes inquietos y traviesos, atrevidos, nos preparaba la comida y hacía los oficios domésticos.

Y también aprendí algo increíble: la satisfacción que se deriva del acto de ayudar a otros, de servir a otros. Lo experimenté cuando comencé a publicar mis escritos en el principal diario del país y, en una época en la que no había internet o redes sociales, recibía gratitud como retroalimentación. Me di cuenta de lo gratificante que es proporcionar alegría, ilusión, esperanza o felicidad.

También conocí la otra cara de la moneda. ¿Sabes cuál? La de la crítica a veces fundamentada solo en la envidia o en la ignorancia. La de ser descalificado como persona y como profesional simplemente porque las ideas que expresé, o cómo las expresé, hirieron la susceptibilidad de alguien. Fue, entonces, cuando aprendí la premisa que me llevó a escribir estas líneas.

¿Cuál? Que hay personas que “no se dejan ayudar” o que “no quieren ayuda”. Y no importa cuántas veces lo intentes y de cuántas formas distintas lo intentes, siempre recibirás un no o un rechazo como respuesta. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que si sobrepasas la raya no solo se van a molestar, sino que te etiquetarán como vendehúmo, como tóxico, como non grato.

Es una situación a la que me he enfrentado en repetidas ocasiones en mi carrera. En especial, desde que crucé la frontera del periodismo y entré en los terrenos del marketing digital. Desde entonces, fiel a lo que aprendí en la niñez, mi intención siempre ha sido la de ayudar a otros. Una labor que me encanta porque sé que el conocimiento se multiplica cuando se comparte.

O, como me lo enseñó un cliente, “lo que no se comparte, no se disfruta”. Sin embargo, seguro lo sabes, del dicho al hecho suele haber un trecho. O, si lo prefieres, un largo camino entre la teoría y la práctica. No es lo mismo decirlo que hacerlo, aun cuando tengas la mejor voluntad, a pesar de que hagas tu mejor esfuerzo, aunque el propósito que movilice tu acción sea muy loable.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' sobre la imagen para continuar).
Establecer un vínculo de confianza y credibilidad es indispensable para que otros te permitan brindarles ayuda. Si no existe, lo único que conseguirás es activar su resistencia.

La realidad es que solo puedes ayudar a otro si se cumplen a cabalidad estas condiciones:

1.– Tiene un problema que tú puedes resolver.
Parece obvio, pero no lo es. A veces, muchas veces, por el afán de vender o la intención de ayudar, nos obsesionamos con otros y tratamos de forzar la compra de nuestro producto o servicio. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que no nos damos cuenta de si, en realidad, estamos en capacidad de resolver su problema, de satisfacer su necesidad o, algo muy importante, un deseo ardiente.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que creemos, asumimos, que estamos en capacidad de solucionar cualquier problema de otros, todos los problemas. Y no es así, por supuesto. De hecho, a veces, muchas veces, ni siquiera damos abasto con los propios. No intentes encajar allí donde las evidencias te demuestran lo contrario. Ya llegarán las personas a las que puedas ayudar.

2.- Siente que tiene un problema y que lo afecta.
Esa persona siente o cree que algo no funciona en su vida o en su trabajo, pero no tiene claro qué es. Por el momento, además, puede controlar el dolor o la molestia, que cada vez es más frecuente o, quizás, más incómodo. Mientras pueda resistir, no va a hacer nada o, de otra manera, no va a aceptar recibir ninguna ayuda. ¡Ninguna, de nadie! ¿Por qué? Piensa que tiene el control.

Por cuenta del ego, que siempre está presente, que es travieso y traicionero, los seres humanos, todos, sin excepción, nos negamos a recibir ayuda. Al menos, a la primera. ¿Por qué? Nos hace sentirnos débiles,  por aquello de la vulnerabilidad. Nos defendemos esgrimiendo objeciones y no nos importa soportar un poco de dolor (a veces, mucho), antes de aceptar esa ayuda.

3.- Trae ese problema al plano consciente.
Esto solo sucederá cuando ya no pueda soportar el dolor, cuando la molestia haya superado su capacidad y su vida sea un infierno. De manera instintiva, buscará información, querrá saber qué le sucede y, eventualmente, acudirá a un conocido para que lo aconseje. Recurrirá a internet o, quizás, le preguntará a Chat GPT para saber qué padece y cómo solucionarlo.

Aún consciente del problema, todavía no aceptará ayuda. Antes, probará algunas alternativas y lo más probable es que ninguna le funcione. Esto no solo redundará en más dolor, sino que también será una decepción que destruirá su autoestima y lo hará más vulnerable. Un camino que, de una u otra forma, lo llevará a aceptar el problema, a hastiarse de él y a buscar ayuda idónea.

4.- Tiene la disposición de buscar una solución.
Dado que el problema se salió de sus manos y sobrepasó su límite de resistencia, no le quedó otra salida: buscar ayuda. No significa que vaya a comprar de inmediato, sino que busca información, requiere educación acerca del problema que lo aqueja y explora el mercado en procura de la persona o producto idóneo para darle la solución. Acude, también, a alguien de confianza.

Puede ser un proceso complejo y traumático si media una alta dosis de ego o de terquedad. Eso sí, cuando tome la decisión de buscar ayuda no dará marcha atrás. Correrá riesgos, asumirá las consecuencias y estará dispuesto a hacer lo que sea, a pagar lo que sea, por esa solución. Es el momento en el que tu presencia, tu aporte, puede significar la diferencia entre el bien y el mal.

5.- Toma la decisión de recibir tu ayuda.
Después de consultar, de investigar, de preguntar, se entera de que existes y te elige como la mejor opción. Has logrado atraer su atención y despertaste su curiosidad. Ahora, lo que debes hacer es establecer un vínculo de confianza y credibilidad para brindarle la información que le permita tomar la decisión de comprar lo que le ofreces. Te abrirá las puertas de su vida para que lo ayudes.

Ya no mirará otras opciones, porque está convencido de que tienes lo que necesita. Bajará las barreras, ya no esgrimirá más objeciones y te dirá el “¡sí, acepto!”. Este será el comienzo de una relación de intercambio de beneficios. Que puede ser larga y fructífera en la medida en que la cultives, la fortalezcas. Si es así, esa persona te volverá a comprar en el futuro, sin duda.

Querer ayudar no es suficiente. Nunca es suficiente. ¿Por qué? Porque solo podrás ayudar a quien tenga la disposición para aceptar tu ayuda. Y, lo sabemos, no todos se abren a esa posibilidad (de hecho, pocos lo hacen). Y todo lo que hagas para intentar que esa persona cambie de opinión será infructuoso. No, si antes no se cumplen a cabalidad las cinco condiciones mencionadas.

Por eso, si eres un emprendedor o un profesional independiente que vende un producto o un servicio que es la solución al problema de otros, si tu propósito es ayudar a otros, enfócate en lo que es realmente importante: establecer un vínculo de confianza y credibilidad a partir del cual se dé una relación a largo plazo. Solo a partir de ahí te dará la opción de proporcionar una ayuda

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4 errores que te llevarán directo a la página en blanco

Inspiración es sinónimo de improvisación y ese, seguramente lo sabes, es el peor camino que puedes seguir cuando quieres escribir una buena historia. Sé muy bien de la buena fama de la que goza la inspiración, una misteriosa y esquiva dama a la que jamás nadie le vio la cara, pero a la que muchos evocan como tabla de salvación cuando se encuentran frente a la hoja en blanco.

Desde siempre, nos han querido vender la idea de que la clave del éxito, tanto en la escritura como cualquier otra actividad de la vida, es la tal inspiración. Y nos ofrecen ejemplos de personas que marcaron huella en sus oficios: Leonardo Da Vinci, Gabriel García Márquez, Tiger Woods, Bill Gates, Oprah Winfrey, Barack Obama, Plácido Domingo, Pablo Neruda o Tom Hanks, entre otros.

Nos dicen que son genios, que están un paso delante del resto de mortales y aseguran que es por cuenta de la tal inspiración. Como si esa característica fuera un privilegio de pocos, como si ellos tuvieran la fórmula secreta de la tal inspiración para crear o alcanzar logros sobresalientes en su respectiva actividad. Y, no, no es así: son seres humanos comunes y corrientes, como tú, como yo.

¿Sabes en qué radica su genialidad? En el trabajo, la persistencia, el enfoque, la mentalidad, en su capacidad para hacer lo justo en el momento indicado, entre otras razones. Su genialidad se manifiesta a través de la disciplina, de la convicción, de la pasión, de la disposición para invertir en sí mismos, en que supieron rodearse de las personas adecuadas y en que jamás se rinden.

Quizás pienses que el listón está demasiado alto, que es imposible llegar adonde llegaron estos personajes que mencioné. Sin embargo, no es así. Como cualquier ser humano, tienes el poder de hacer lo que quieras, de conseguir lo que quieras, de cristalizar el sueño que quieras. El poder está en tu mente: en la medida en que la configures para el éxito, para el sí se puede, lo conseguirás.

Sin embargo, haz de saber que con las características y las cualidades que acabo de mencionar no es suficiente. Si lo fuera, todos seríamos Leonardo Da Vinci, o Gabriel García Márquez, o Tiger Woods, o Tom Hanks, pero, por supuesto, ya sabes que ellos son únicos. El saber es básico y es necesario, así como aprender a desarrollar las habilidades que se requieres para sobresalir.

La diferencia, lo que hace que otras personas se interesen en lo que haces, no obstante, está por otro camino. ¿Sabes cuál? Hacer, tomar acción. El mundo está lleno de personas con inmenso conocimiento, con grandes talentos, con habilidades muy útiles, pero muchas de ellas no se dan cuenta de lo que son y de lo que tienen y, entonces, su valor pasa inadvertido, es invisible.

En la vida, puedes hacer todo lo que te propongas, aprender todo lo que te interese. Además del conocimiento y de las habilidades, necesitas saber cómo hacerlo. Hay dos caminos: el primero, de manera autodidacta, por tu cuenta, pero será más difícil, demandará más tiempo y, seguro, vas a cometer más errores. El segundo, caminar junto con alguien que ya están donde quieres estar.

En el campo de la escritura aficionada, en el que está la gran mayoría de las personas, el fondo de los problemas, en especial aquel terror de la página en blanco, se origina en una serie de errores que son bastante frecuentes. Errores que, aunque se perciban como pequeños, en la práctica son grandes obstáculos que impiden que avances y, sobre todo, que logres los resultados anhelados.

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Estos son los más comunes; si los cometes, es hora de que elijas otro camino:

1.- No sabes de qué escribir. Parece mentira, pero no lo es. La mayoría de las personas que se frena en algún punto del proceso por lo general no tiene claro el tema o, en su defecto, cómo va a desarrollar el tema. O, algo muy común por estos días, abordan temas de los que no saben lo suficiente, simplemente porque es una tendencia, y tras dar unos pocos pasos no saben qué decir.

La idea es el insumo básico de la escritura: si no hay una idea clara, definida, estás sometido a dos dificultades. La primera, te quedas en blanco; la segunda, te vas por las ramas, o sea, comienzas a divagar o, como se dice popularmente, a hablar carreta. Y eso, por supuesto, a nadie le interesa. Cuando tienes clara tu idea, la imaginación se activa y el proceso de escritura será fluido.

2.- No tienes rituales para escribir. ¿Se te antoja curioso? Si lo piensas bien, todas y cada una de las actividades de tu vida en la que eres sobresaliente y logras los objetivos propuestos están respaldadas por un ritual. Por ejemplo, la buena salud: una alimentación adecuada, una rutina de ejercicio, un buen descanso y dedicarte tiempo para ti son hábitos que conforman un ritual.

Para escribir, el ritual comienza por el ambiente, que debe ser tranquilo e inspirador, un lugar con el que te conectes rápidamente y que te permita dejar volar tu imaginación y motive tu creatividad. El horario es otro ritual (tienes que establecer en cuál eres más productivo), lo mismo que el manejo del tiempo: es conveniente hacer pausas activas cada 45 minutos, como mínimo.

3.- Comienzas sin una estructura. Este, a mi juicio, es el error más grave de todos los que puedes cometer en algún momento. ¿Sabes cuál es el origen? La tal inspiración. La creencia de que en algún momento, por obra y gracia del Espíritu Santo, aparecerá esa esquiva musa y los invadirá la genialidad. La verdad, ese es un recurso literario y cinematográfico que no se hace realidad.

La estructura es el plan de viaje de tu texto, el camino que trazas con antelación para poder transmitir el mensaje que deseas. Una buena estructura te permitirá conectar con tus lectores, al mismo tiempo, marcará diferencia con la mayoría de los textos que encuentras dentro y fuera de internet (incluidos los medios de comunicación). La estructura dice qué clase de escritor eres.

4.- Intentar copiar el estilo de otros. Este es uno de esos errores de los que te arrepentirás hasta el último de tus días. ¿Por qué? Porque uno de los factores diferenciadores en la escritura, a mi juicio el de mayor peso, es el estilo. Que es único y surge de tus creencias, de tu visión del mundo, del conocimiento que has adquirido, de las experiencias que has vivido, de los sueños que has forjado.

Es a través del estilo que logras conectar con las emociones de tus lectores o audiencia y también por el que te eligen a ti y no a las mil y una otras opciones del mercado. Tu estilo es personal e intransferible. Intentar copiar el estilo de otro es renegar de tu creatividad, de tu imaginación, de tu talento, de tu habilidad. Un escritor incapaz de desarrollar un estilo propio es más de lo mismo.

“¿Qué tengo que hacer para convertirme en un escritor?”, es una pregunta que me formulan con frecuencia. La respuesta es, primero, debes creértela, creer que la vida te dio todo lo que se requiere para escribir; segundo, tienes que escribir hasta que desarrolles y consolides la habilidad y, especialmente, hasta que encuentres el camino que te ayude a evitar estos cuatro errores.

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Ambiente: 5 condiciones que te ayudarán a ser creativo y productivo

Si no haces lo necesario, si crees que es tan elemental como seguir los tres o cuatro pasos consignados en una plantilla, escribir puede ser una de las labores más difíciles que puedas enfrentar. Y no por la escritura en sí, sino por la experiencia. ¿Por qué? Porque no hay una fórmula exacta, no hay un libreto perfecto: escribir es un acto autónomo, personal e intransferible.

¿Eso qué quiere decir? Que nadie puede copiar a nadie. Cada escritor, aficionado o profesional, debe crear su propio método, su propio estilo, su propio paso a paso. Sí, se puede modelar lo que a otros les ha funcionado, pero tienes que adaptarlo a tu estilo de vida, a tus posibilidades, a tu conocimiento, a tu disciplina y disposición. Debes establecer tu rutina, tus hábitos y tu ambiente.

Esto último es muy importante. MUY importante. Y la mayoría de los escritores aficionados no lo tienen en cuenta, bien porque desconocen su importancia, bien porque no la toman en cuenta. Y, claro, después lo pagan caro y se salen por la puerta fácil: el tal bloqueo mental, que ya sabemos que es una bonita mentira para vender. El verdadero problema, sin embargo, está en otro lado.

Las dificultades a la hora de escribir surgen cuando la persona no se toma muy en serio lo que quiere hacer. Es decir, cuando cree que sentarse a escribir es algo marginal, que puede hacer por salir del paso, en cualquier momento y en cualquier condición. Y no es así. No me canso de repetir esto, porque es crucial: no hay reglas estrictas para todo el mundo, pero sí condiciones mínimas.

Cuando vas a cocinar, por ejemplo, te preocupas de contar con todos los ingredientes necesarios para preparar el platillo que elegiste, de contar con los implementos adecuados, de que no te falte algo que complique el proceso. Además, te pones en modo cocinero y sabes que te vas a concentrar en esa labor durante un período de tu tiempo. Empiezas si todo está dispuesto.

Cuando vas al gimnasio a hacer ejercicio, te preocupas de vestir la ropa adecuada para sentirte muy cómodo y no olvidas llevar una toalla, que siempre se necesita. Además, preparas una bebida para hidratarte y quizás hasta alistas algo de comer, como una fruta o una barra de cereal, para cuando termines tu rutina. Y llevas una muda de ropa para después de ducharte y regresar a casa.

¿Entiendes? Te aseguras de cumplir con las condiciones mínimas. Si, por ejemplo, si vas a cocinar te hace falta un ingrediente o no tienes el recipiente adecuado, tendrás problemas y quizás sea necesario cambiar de planes. Si vas al gimnasio y te llevas unas zapatillas que no son aptas para correr en la cinta de la máquina trotadora, con seguridad tu cuerpo lo notará y se revelará.

Si lo piensas, para cualquier actividad que desarrolles en la vida, laboral o recreativa, ejecutas el mismo plan. Sin embargo, sucede que a la hora de escribir la mayoría de las personas cambia su rutina o, peor aún, no tiene una rutina. Simplemente, toman su computador y se sientan a la espera de que aparezca la tal musa, esa inspiración que ha hecho carrera en el ambiente.

Pero, no aparece. O, quizás, tienes una idea de qué quieres escribir, pero cuando te sientas frente al computador las palabras no salen. Y, créeme, la mayoría de las veces no es el tal bloqueo mental, pero se lo atribuimos a él. La mayoría de las veces es que no has cumplido con las cinco condiciones básicas necesarias para que tu proceso de creación se desarrolle sin problemas.

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Estas son las cinco condiciones básicas que a mí no me pueden faltar cuando voy a escribir:

1.- Mi lugar. Y recalco el mío porque soy de los que un día trabajan en el comedor, al siguiente lo hacen desde la sala, el fin de semana están en la habitación, en fin. Aunque te parezca una banalidad, pero en realidad no lo es. El lugar que eliges para escribir afecta, para bien o para mal, tu capacidad de producción. Tanto puede ayudarte a ser más creativo, como todo lo contrario.

Debe ser cómodo, hecho a tu medida, necesidad y gusto. La decoración y los demás implementos que haya allí deben ser tuyos, elegidos por ti, y conectados con tu personalidad, con tu esencia. Tiene que estar bien iluminado, tanto por luz natural como por artificial, y con buena ventilación: que no sea muy frío o caliente. Que cuando estés allí sientas que ese es tu lugar en el mundo.

2.- La disposición. Esto, te lo aseguro, no lo venden en ningún supermercado. La tienes o no la tienes, así de sencillo. Si no la tienes, olvídate de escribir ese día: dedícate a otra cosa y prueba mañana. ¿Por qué? Porque escribir es una actividad que está estrechamente ligada a tu estado de ánimo, a tus emociones. Si tu cabeza está echa un saco de anzuelos, será muy difícil que escribas.

Por supuesto, buena parte del éxito de un escritor profesional consiste en escribir más allá de su estado de ánimo, lo que implica asumir el control de sus emociones. ¿Se puede lograr? Sí, es algo que se aprende con la práctica. Lo importante es que entiendas que necesitas que tu cabeza y tu corazón estén conectados y en modo escritura para que el proceso fluya con naturalidad.

3.- La rutina (I). Este es requeteimportante. ¿Por qué? Porque el ser humano, no lo olvides, es un animal de costumbres. ¿Eso significa que deberías escribir siempre a la misma hora? En esencia, sí. Cuando desarrolles la habilidad y tengas el control de tu proceso creativo, lo harás a cualquier hora, pero primero tienes que establecer la rutina: hora, lugar, implementos y adicionales.

Necesitas descubrir cuál es tu mejor hora para escribir: ¿en la mañana o al final de la tarde? La única forma de establecerlo es probar y probar para saber en cuál te sientes más cómodo y, sobre todo, eres más productivo. También es conveniente determinar con antelación cuánto tiempo vas a destinar a escribir y haber diseñado un plan de qué quieres hacer. La clave está en el control.

4.- La rutina (II). Comienza con una rutina corta, de 15-20 minutos. Procura escribir tanto como puedas en ese lapso y luego párate y haz algo distinto: toma un café, juega con tu mascota, habla por teléfono, mira tus redes sociales, prepara algo ligero de comer. La idea es despejar la mente, que no se nuble, ni se bloquee. También puedes hacer unos ligeros ejercicios de estiramiento.

Luego puedes retomar otros 15-20 minutos y repetir esta rutina una o dos veces más, para completar una hora u hora y media de producción. Después, a medida que consolidas tu rutina y que desarrollas la habilidad de escribir, incrementas el tiempo. Eso sí, procura hacer una pausa activa al menos cada 45-50 minutos, como máximo: tu cuerpo y tu mente lo agradecerán.

5.- Los accesorios. Particularmente, no tengo ningún problema en que haya ruido en el ambiente en el que escribo. Puedo hacerlo con el televisor prendido o con algo de música (que varía según el estado de ánimo). Puede suceder, también, que elijo el silencio absoluto porque son momentos en los que la mente está extremadamente sensible y debo ayudarla para que se mantenga enfocada.

Así mismo, asegúrate de tener a mano una libreta para anotar ideas, un diccionario (que puede ser virtual) y algo de beber (puede ser agua, café o té, la que más te guste, o las combinas). Y esto es algo de lo que nadie te habla, pero es importante: utiliza ropa cómoda, que no te genere alguna distracción por el calor o el frío. Esto, aunque no lo creas, afecta tu disposición y tu ánimo.

Moraleja: no hay una sola fórmula. Cada uno debe diseñar e implementar la suya, que además debe ser flexible y fácil de adaptar si las condiciones cambian. Lo importante es que ese ambiente en el que te sientas a gusto y puedas ser creativo y productivo. Descubre cuál es el tuyo, fija una rutina que se acomode a tus necesidades y dale rienda suelta a ese buen escritor que hay dentro de ti.

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