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¿Sabes por qué las buenas historias nunca mueren?

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Son muchos los errores que se pueden cometer al contar una historia y compartirla con otros, con el mercado, con tus clientes. La lista es tanto amplia como variada. Va desde los errores ortográficos, que son inadmisibles (dadas las herramientas que hay a disposición), hasta los conceptuales-estructurales (que son los que, al final, bloquean el impacto de tu mensaje).

La mayoría de ellos, irónicamente, son inducidos. ¿Eso qué quiere decir? Que son producto de seguir el libreto de los vendehúmo que pregonan fórmulas perfectas, estructuras mágicas y más mentiras. En la práctica, son historias planas, falsas, sin esencia, sin alma, sin emoción. Historias de las que se olvidan fácilmente porque no transmiten algo que tenga valor.

Quizás pienses en lo que vemos cada día en internet: estás en lo cierto. Historias cuyo impacto está estrechamente ligado a las payasadas del influencer de turno. De las que se vuelven virales porque activan los bajos instintos, pero caducan en poco tiempo. Modelos de historias que, tristemente, muchos emprendedores y profesionales independientes replican.

Al comprobar el impacto mediático (pero efímero) piensan que es la fórmula del éxito que con tanto ahínco han buscado. Son felices porque se sienten como el pirata que, después de una larga y dispendiosa búsqueda, por fin halló el preciado tesoro. Sin embargo, no tardan en darse cuenta de que cometieron un error, de que (quizás otra vez) cayeron en la trampa de más de lo mismo.

¿Por qué es un error? Porque estas historias fruto del copy + paste carecen del ingrediente que distingue a las buenas historias (las que se recuerdan) del resto. ¿Sabes a qué me refiero? A la autenticidad. Es cierto que, en el fondo, todas las historias se parecen y comparten elementos comunes, y es lógico. ¿Por qué? Simplemente porque los seres humanos somos así, todos.

Es decir, somos parecidos (al fin y al cabo, somos una sola especie) y compartimos elementos comunes. Sin embargo, y esta es la clave, el eslabón perdido de las historias copy + paste, cada ser humano es único y distinto. No puede ser copiado. Como las buenas historias, esas que se recuerdan, que dejan huella, que generan un impacto positivo: son distintas, son únicas.

Esto me lleva a resaltar el primer grave error de la mayoría de las historias. ¿Imaginas cuál es? Asumir que todos los seres humanos somos iguales, que pensamos igual, que sentimos igual, que nos enfrentamos a las mismas situaciones, que padecemos los mismos problemas, que sufrimos el mismo dolor. Por si no lo sabías, es un cliché que perdió su efecto hace mucho tiempo.

A pesar de eso, lo vemos todavía en las películas que llegan a nuestras pantallas. Hay quienes la siguen utilizando porque fue una fórmula que les proporcionó éxito en el pasado. Y dado que no poseen más recursos, que carecen de imaginación, no les queda más remedio que usarla. Son historias (o películas) que siguen un libreto en el que acaso varían solo los nombres.

Un ejemplo: todos los seres humanos, sin excepción, hemos sufrido una pérdida. Bien sea un familiar, un amigo o, quizás, una mascota. Todos, sin excepción, hemos sentido dolor, hemos sufrido. Sin embargo, algunos la superaron más rápido, algunos hicieron el duelo en unos pocos días, algunos aprendieron a cargar con la ausencia sin que se reabriera la herida.

¿Entiendes? El dolor, como tal, la pérdida, es uno solo. Todos los experimentamos. Entonces, ¿que cambia? Las manifestaciones de ese dolor. Que son particulares, únicas de cada persona, de cada ser humano. Eso quiere decir que no podemos etiquetar a la especie bajo el mismo rótulo porque, aunque somos parecidos, aunque compartimos elementos comunes, somos distintos y únicos.

Hay personas que anhelan bajar de peso, adquirir hábitos saludables y evitar enfermedades que son potencialmente mortales. El dolor (el deseo de gozar de buena salud) es el elemento común, pero las manifestaciones son particulares. Algunas bajan de peso con facilidad y otras, sufren para reducir; algunas desarrollan rutinas con rapidez y otras, simplemente, no pueden.

¿Entiendes? Sin importar a qué te dedicas o qué le ofreces al mercado, cuando pienses en el dolor que sufren tus clientes potenciales procura ir más profundo. Recuerda que lo mejor del iceberg es lo que no se ve. ¿Qué sienten esas personas? ¿En qué circunstancias son más vulnerables? ¿Qué dispara las alarmas? ¿Cuáles son las consecuencias? ¿Cómo las controla?

Moraleja

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Lo que realmente hace que una historia sea inolvidable no son sus héroes, sus personajes creados a partir de clichés. ¿Entonces? Que sea autentica y única.

En una línea muy similar, la de la generalización, la de etiquetar a todos por igual, están los clichés de los personajes. Es algo que vemos claramente en las telenovelas que tanto nos gustan a los latinoamericanos: la niña rica, ingenua, rubia de ojos azules; el galán pobre, sin educación, trabajador y de buen corazón; el antagonista envidioso, maldadoso, vengativo…

No en vano, cada vez que vamos al cine y vemos una comedia romántica salimos con la sensación de “esta película ya la había visto varias veces”. Y de cierta forma es verdad. Lo es, porque el libreto de todas sigue el mismo patrón, la misma secuencia, el mismo desenlace. Son clichés que le gustan al espectador y, por eso, a sabiendas de su impacto, son rencauchados una y otra vez.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que en realidad no son personajes, sino arquetipos cliché, vacíos. Un arquetipo encierra una generalización que, a medida que avanza la trama, se desdibuja, se vuelve borrosa, irreconocible. Arquetipos como el héroe (¿el favorito?), el villano, el rey, el sabio, el explorador, el rebelde o el amante. Hay muchos más, decenas de ellos.

También hay arquetipos de tramas: la búsqueda de la verdad, el triángulo amoroso, el sacrificio heroico, el despertar o la popular traición. Hay otros más como el juicio, el renacimiento, el desafío, la tragedia personal o la persecución. Son modelos de éxito comprobados, pero algunos de ellos han perdido impacto por el uso excesivo, por el abuso hecho del recurso.

El error es olvidar que las personas nos identificamos con otras personas, no con arquetipos cliché. Personas con fondo, con sentimientos, con miedos, con emociones, con sueños, con logros… Personas reales. Por eso, los contenidos que apuntan a arquetipos pasan inéditos, mientras que las verdaderas historias de poder se centran en seres humanos de carne y hueso.

Una equivocación que, no sobra resaltarlo, es cada vez más frecuente en esta era de la inteligencia artificial generativa. Que, seguro lo sabes, quizás lo has padecido, abusa del cliché, de las generalizaciones, de los argumentos sin profundidad. Esmérate en crear personajes verdaderos, de la vida real. ¿La clave? Identifica las características que lo hacen auténtico y único.

Por último, el error más grave, el error más común. ¿Sabes a cuál me refiero? A caer en la trampa de centrar nuestra historia en la venta y no en la transformación que experimentará nuestro cliente una vez obtenga lo que le ofrecemos. La transformación es tanto la razón de ser de la historia que cuentas como de tu negocio, de lo que haces, cómo lo haces y por qué lo haces.

Si tu único o principal objetivo es vender y ganar mucho dinero, quizás lo logres. Es posible también que te conviertas en alguien popular o famoso y que, fruto del dinero ganado, puedas darte los lujos que siempre anhelaste. Algunos te dirán que eres un afortunado si lo consigues, pero claramente no seré uno de ellos. Para mí, ese es un objetivo vacío, además de egoísta.

Y es, muy seguramente, la razón por la cual no soy millonario. Me gusta ganar dinero, lo necesito para vivir, pero mi propósito va un poco más allá. ¿Recuerdas cuál es? Producir un impacto positivo en las personas que me permiten ser parte de su vida, inspirarlas a trabajar en la tarea de construir su mejor versión y motivarlas a cumplir con la misión de ayudar a otras.

La mayoría, casi todos, te dicen qué vas a recibir (curso, pdf, video…),  pero eso, créeme, es irrelevante. Lo que en realidad importa, lo trascendental, es en qué clase de persona se va a convertir, se va a transformar quien acepte tu invitación, quien compre tu producto. ¿Cómo va a mejorar su vida? ¿Qué dolor desaparecerá? ¿Qué sueño se hará realidad? ¿Será más feliz?

La transformación no es el resultado, sino el proceso. Como la larva que se transforma en una hermosa mariposa. Lo trascendental no es en qué se convierte, sino lo que experimenta en camino de ser algo distinto. Ese proceso, salpicado de dolores, dificultades, oportunidades y logros, es lo que trasciende. Esa transformación es aquello por lo que tu cliente está dispuesto a pagar.

No se trata, entonces, solo de contar historias. Tristemente, en este mundo de histerias, de afanes y de clichés, el storytelling ha sido prostituido, rebajado, menospreciado. Sin embargo, si desarrollas la habilidad de contar historias reales, con personajes reales (de carne y hueso, con sentimientos), que viven problemas reales y son capaces de resolverlos, lograrás impactar.

No olvides que el vehículo que impulsó la evolución de la humanidad, de la especie, fue el arte de contar historias. A partir de ellas los cavernícolas transmitían conocimientos y creaban el legado que las siguientes generaciones aprovecharían para desarrollarse. No olvides, tampoco, que los seres humanos, todos, somos una colcha de retazos de las historias que vivimos.

Por último, no olvides que los recuerdos más gratos de aquellos que ya partieron de este mundo están representados, precisamente, por historias. Los momentos que compartimos con ellos, los recuerdos inolvidables, los aprendizajes invaluables. Parodiando la película y la canción Los héroes nunca mueren, ahí va la moraleja: las buenas historias nunca mueren

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Querer ayudar no es suficiente: ¿cómo vencer la resistencia?

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Es algo que prácticamente todos, sin excepción, hemos vivido en la vida. ¿Sabes a qué me refiero? A que tienes la intención de ayudar a alguien, quizás ejecutas algunas acciones para soportarla, pero al final tu esfuerzo es vano. ¿Por qué? Porque, simplemente, esa persona “no se deja ayudar” o, de otra manera, “no acepta la ayuda porque, en su parecer, no la requiere”. ¡Plop!

Soy un convencido de que en el momento en que nos entregaron el voucher para viajar hasta este mundo, también nos encomendaron una misión: “ayúdense unos a otros”. Una premisa que, al menos para mí, no se restringe a personas, a seres humanos, sino que se extiende también a lo que nos rodea, a nuestro entorno: flora, fauna, naturaleza. Una misión a la que no podemos renunciar.

Asimismo, en la niñez, cuando dejamos volar la imaginación y visualizamos una vida futura, en la edad adulta, el deseo de servir a los demás está siempre presente. “Quiero ser médico para ayudar a los enfermos”, “quiero estudiar sicología para ayudar a los que sufren problemas mentales”, “quiero ser arquitecto para construir casas para muchas personas”. Siempre hay deseo de ayudar.

Una de las razones por las cuales ingresé a la universidad a estudiar Comunicación Social fue porque concebía esta profesión como un camino para “ayudar a otros”. Mantenerlos informados de los hechos importantes, dar a conocer la otra cara (la menos visible) de los personajes, transmitir mis experiencias en los eventos que concitaban la atención de las audiencias.

Era algo que había vivido en la niñez y la adolescencia, principalmente a través de la radio. Fue esa cajita mágica, que escondía personas maravillosas que nos relataban los sucesos, la que provocó que me enamorara de periodismo. Agradecía las informaciones, los relatos, las canciones, y me imaginaba siendo yo la fuente de esas alegrías para otras personas. Una época maravillosa.

Además, en mi casa y en el colegio me inculcaron aquello de la “vocación de servicio”. Y por los privilegios que me concedió la vida tuve la oportunidad de disfrutar de los clubes sociales. Fue allí donde comencé a entender que todos necesitamos de los otros; que el trabajo no consiste en ganar un sueldo, sino en realizar una labor que redunde en el beneficio de otros, de los clientes.

Aprendí a apreciar, a valorar y a agradecer lo que hacía el palafrenero que cuidaba de los caballos, el mesero que me atendía en el restaurante, el profesor de la clase de equitación o el conductor del bus. Por supuesto, también la señora que, con paciencia y abnegación, nos lidiaba a nosotros, jóvenes inquietos y traviesos, atrevidos, nos preparaba la comida y hacía los oficios domésticos.

Y también aprendí algo increíble: la satisfacción que se deriva del acto de ayudar a otros, de servir a otros. Lo experimenté cuando comencé a publicar mis escritos en el principal diario del país y, en una época en la que no había internet o redes sociales, recibía gratitud como retroalimentación. Me di cuenta de lo gratificante que es proporcionar alegría, ilusión, esperanza o felicidad.

También conocí la otra cara de la moneda. ¿Sabes cuál? La de la crítica a veces fundamentada solo en la envidia o en la ignorancia. La de ser descalificado como persona y como profesional simplemente porque las ideas que expresé, o cómo las expresé, hirieron la susceptibilidad de alguien. Fue, entonces, cuando aprendí la premisa que me llevó a escribir estas líneas.

¿Cuál? Que hay personas que “no se dejan ayudar” o que “no quieren ayuda”. Y no importa cuántas veces lo intentes y de cuántas formas distintas lo intentes, siempre recibirás un no o un rechazo como respuesta. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que si sobrepasas la raya no solo se van a molestar, sino que te etiquetarán como vendehúmo, como tóxico, como non grato.

Es una situación a la que me he enfrentado en repetidas ocasiones en mi carrera. En especial, desde que crucé la frontera del periodismo y entré en los terrenos del marketing digital. Desde entonces, fiel a lo que aprendí en la niñez, mi intención siempre ha sido la de ayudar a otros. Una labor que me encanta porque sé que el conocimiento se multiplica cuando se comparte.

O, como me lo enseñó un cliente, “lo que no se comparte, no se disfruta”. Sin embargo, seguro lo sabes, del dicho al hecho suele haber un trecho. O, si lo prefieres, un largo camino entre la teoría y la práctica. No es lo mismo decirlo que hacerlo, aun cuando tengas la mejor voluntad, a pesar de que hagas tu mejor esfuerzo, aunque el propósito que movilice tu acción sea muy loable.

Moraleja

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Establecer un vínculo de confianza y credibilidad es indispensable para que otros te permitan brindarles ayuda. Si no existe, lo único que conseguirás es activar su resistencia.

La realidad es que solo puedes ayudar a otro si se cumplen a cabalidad estas condiciones:

1.– Tiene un problema que tú puedes resolver.
Parece obvio, pero no lo es. A veces, muchas veces, por el afán de vender o la intención de ayudar, nos obsesionamos con otros y tratamos de forzar la compra de nuestro producto o servicio. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que no nos damos cuenta de si, en realidad, estamos en capacidad de resolver su problema, de satisfacer su necesidad o, algo muy importante, un deseo ardiente.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que creemos, asumimos, que estamos en capacidad de solucionar cualquier problema de otros, todos los problemas. Y no es así, por supuesto. De hecho, a veces, muchas veces, ni siquiera damos abasto con los propios. No intentes encajar allí donde las evidencias te demuestran lo contrario. Ya llegarán las personas a las que puedas ayudar.

2.- Siente que tiene un problema y que lo afecta.
Esa persona siente o cree que algo no funciona en su vida o en su trabajo, pero no tiene claro qué es. Por el momento, además, puede controlar el dolor o la molestia, que cada vez es más frecuente o, quizás, más incómodo. Mientras pueda resistir, no va a hacer nada o, de otra manera, no va a aceptar recibir ninguna ayuda. ¡Ninguna, de nadie! ¿Por qué? Piensa que tiene el control.

Por cuenta del ego, que siempre está presente, que es travieso y traicionero, los seres humanos, todos, sin excepción, nos negamos a recibir ayuda. Al menos, a la primera. ¿Por qué? Nos hace sentirnos débiles,  por aquello de la vulnerabilidad. Nos defendemos esgrimiendo objeciones y no nos importa soportar un poco de dolor (a veces, mucho), antes de aceptar esa ayuda.

3.- Trae ese problema al plano consciente.
Esto solo sucederá cuando ya no pueda soportar el dolor, cuando la molestia haya superado su capacidad y su vida sea un infierno. De manera instintiva, buscará información, querrá saber qué le sucede y, eventualmente, acudirá a un conocido para que lo aconseje. Recurrirá a internet o, quizás, le preguntará a Chat GPT para saber qué padece y cómo solucionarlo.

Aún consciente del problema, todavía no aceptará ayuda. Antes, probará algunas alternativas y lo más probable es que ninguna le funcione. Esto no solo redundará en más dolor, sino que también será una decepción que destruirá su autoestima y lo hará más vulnerable. Un camino que, de una u otra forma, lo llevará a aceptar el problema, a hastiarse de él y a buscar ayuda idónea.

4.- Tiene la disposición de buscar una solución.
Dado que el problema se salió de sus manos y sobrepasó su límite de resistencia, no le quedó otra salida: buscar ayuda. No significa que vaya a comprar de inmediato, sino que busca información, requiere educación acerca del problema que lo aqueja y explora el mercado en procura de la persona o producto idóneo para darle la solución. Acude, también, a alguien de confianza.

Puede ser un proceso complejo y traumático si media una alta dosis de ego o de terquedad. Eso sí, cuando tome la decisión de buscar ayuda no dará marcha atrás. Correrá riesgos, asumirá las consecuencias y estará dispuesto a hacer lo que sea, a pagar lo que sea, por esa solución. Es el momento en el que tu presencia, tu aporte, puede significar la diferencia entre el bien y el mal.

5.- Toma la decisión de recibir tu ayuda.
Después de consultar, de investigar, de preguntar, se entera de que existes y te elige como la mejor opción. Has logrado atraer su atención y despertaste su curiosidad. Ahora, lo que debes hacer es establecer un vínculo de confianza y credibilidad para brindarle la información que le permita tomar la decisión de comprar lo que le ofreces. Te abrirá las puertas de su vida para que lo ayudes.

Ya no mirará otras opciones, porque está convencido de que tienes lo que necesita. Bajará las barreras, ya no esgrimirá más objeciones y te dirá el “¡sí, acepto!”. Este será el comienzo de una relación de intercambio de beneficios. Que puede ser larga y fructífera en la medida en que la cultives, la fortalezcas. Si es así, esa persona te volverá a comprar en el futuro, sin duda.

Querer ayudar no es suficiente. Nunca es suficiente. ¿Por qué? Porque solo podrás ayudar a quien tenga la disposición para aceptar tu ayuda. Y, lo sabemos, no todos se abren a esa posibilidad (de hecho, pocos lo hacen). Y todo lo que hagas para intentar que esa persona cambie de opinión será infructuoso. No, si antes no se cumplen a cabalidad las cinco condiciones mencionadas.

Por eso, si eres un emprendedor o un profesional independiente que vende un producto o un servicio que es la solución al problema de otros, si tu propósito es ayudar a otros, enfócate en lo que es realmente importante: establecer un vínculo de confianza y credibilidad a partir del cual se dé una relación a largo plazo. Solo a partir de ahí te dará la opción de proporcionar una ayuda