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7 pasos sencillos para escribir un post digno de publicar

Repite conmigo, lentamente: NO EXISTE EL POST PERFECTO. De nuevo: NO EXISTE EL POST PERFECTO. Toma aire profundamente y exhala suavemente. Repite una y otra vez, hasta que el concepto te quede grabado en la mente, en la piel. Esas cinco palabras deben ser las primeras que afloran en tu mente cada vez que te sientas frente al computador a escribir. ¡Siempre!

No son pocas las personas, clientes, conocidos o amigos, que me confiesan que tienen ganas de escribir, de crear un blog y comenzar a publicar contenido. Sin embargo, del dicho al hecho hay un largo trecho y, tristemente, se quedan a mitad del camino. “Lo estoy pensando”, es la excusa más común, que debe interpretarse como “Todavía no me despojo del miedo”.

Son diversas los motivos. Primero, el tristemente célebre síndrome del impostor, aquella arraigada creencia de “No soy lo suficientemente bueno”, “Eso que yo sé a nadie le interesa”, “Todavía tengo que mejorar mucho” y otras tantas ideas tóxicas que afloran en tu mente. La verdad, simple y llana, es que nunca vas a estar al 100 % porque la perfección no existe.

El segundo, precisamente, la búsqueda obsesiva de la bendita perfección. Repito: ¡NO EXISTE! Y eso, a mi juicio, es maravilloso: significa que nunca tocamos techo, que siempre hay una oportunidad para crecer, que cada día hay una posibilidad de aprendizaje. Sin embargo, son muchos los escritores noveles que se atormentan con el incesante proceso de corrección.

El tercero, el miedo a la crítica. “¿Y si a nadie le gusta lo que escribo?”, “¿Qué hago si nadie se interesa en mi libro?”y otros interrogantes similares que provocan pánico. Infundado, por supuesto, porque son producto de la imaginación. Todos los escritores, absolutamente todos, han recibido críticas feroces, a veces malintencionadas, y eso no les restó crédito alguno.

El cuarto, no entienden que se trata de un proceso. ¿Eso qué significa? Que lo normal, lo más frecuente, es que el éxito no llegue antes de varios intentos fallidos. Es decir, no en la primera publicación. ¿Sucede? Sí, sucede. Algunos saborearon las mieles de la fortuna a la primera, pero no es lo habitual. Escribir es evolucionar y mejorar constantemente. No hay otro camino.

Un quinto motivo, que de alguna forma es una combinación de los anteriores, es que nunca están conformes con su trabajo. Se ponen una vara muy alta y, claro, nunca la alcanzan, de ahí que los acompañe una sombra de frustración. Entonces, poco a poco pierden la pasión, el impulso, y llega el momento en el que solo ven una salida: tirar la toalla, no escribir más.

Este se el punto en el que la mayoría acude a la excusa perfecta, el tristemente célebre bloqueo mental, que es la gran mentira del mercado. Y con el embuste del “Estoy bloqueado” se dedican a procrastinar, a divagar, convencidos de que en algún momento aparecerán las tales musas de la inspiración, otro cuento de hadas. Así se completa el escenario de pesadilla.

Escribir, no me canso de repetirlo, es una habilidad incorporada en todos los seres humanos. Eso significa que cualquier persona está en capacidad de escribir o, mejor todavía, de ser un buen escritor. ¿De qué depende? Primero, de desarrollar la habilidad natural. Segundo, de practicar y practicar, tanto como sea posible. Tercero, insistir, persistir y nunca desistir.

El problema, porque ya sabes que siempre hay un problema, es que nos han metido en la cabeza la idea de que “escribir es un talento”. Y, no, no lo es: se trata, de una habilidad. Eso que algunos llaman talento es imaginación, creatividad, esa capacidad innata de cualquier ser humano de generar ideas distintas, novedosas o, simplemente, oportunas y acertadas.

Por fortuna, para cada problema hay siempre al menos una solución. Al menos una. En el caso de la escritura, la solución es el trabajo previo. Recuerda (otro concepto que no me canso de repetir): sentarte frente al computador es el último paso del proceso y solo puedes llegar allí si antes cumpliste todas y cada una de las etapas anteriores. De lo contrario, tendrás problemas.

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Este es un sencillo paso a paso que puedes implementar para escribir un buen post:

1.- Define el tema.
Básico, ¿cierto? El problema es que muchas veces esa definición es demasiado amplia, abarca demasiados tópicos y, por eso, el proceso de escribir se hace complejo. Definir el tema significa en pocas palabras establecer una y solo una idea central que será el punto de partida. Es claro que debe ser una idea que tenga fuerza, que sea interesante, que atrape la atención del lector.

Después, puedes tener 3-5 ideas secundarias que sean complementarias y que te ayuden a desarrollar la trama, a delinear a los personajes, a llevar al lector por el viaje de la aventura que le propones. Lo fundamental es que haya una jerarquía (de mayor a menor) de acuerdo con la importancia. Eventualmente, en el proceso alguna se queda entre el tintero.

2.- Define el mensaje.
Que no es lo mismo que el tema, eh. El tema es el marco general de tu escrito, mientras que el mensaje es esa idea única que deseas que quede grabada en la mente de tu lector. Una idea que sea tan poderosa, tan impactante, como para que esa persona quede con ganas de más. Es decir, que la próxima vez que reciba un contenido tuyo no dude en abrirlo y leerlo.

Lo crucial, en este caso, es que construyas el camino que te lleve al final que has elegido. Mejor dicho: no puedes esperar que el mensaje se te ocurra a mitad del camino, porque eso es abrirle la puerta a la improvisación, que llega de la mano de las dudas y de los miedos. Y es, entonces, cuando te frenas. Es fundamental tener muy claro el comienzo y el final.

3.- Determina el contexto.
Una historia sin contexto no captura la atención del lector y, por ende, le resta poder a tu mensaje. Este, créeme, es uno de los elementos imprescindibles de cualquier tipo de escritos (novela, cuenta, relato, poesía, post), pero también uno de los que la mayoría pasa por alto. Una historia sin un buen contexto es un riesgo: en cualquier momento pierdes el control.

Contexto significa límites: hasta dónde quieres ir y qué fronteras no estás dispuesto a cruzar. Es el escenario en el que transcurrirá tu historia, tu relato, el que le aporta credibilidad. Es, por decirlo de alguna manera, la base que soportará tu texto: cuanto más sólida sea, mejor. La clave radica en que esté bien definido, que no sea muy amplio porque si no las ideas se dispersan.

4.- Comienza.
Sí, comienza a escribir. Se supone que ya tienes delimitado el camino que vas a seguir, así que el siguiente paso es empezar a avanzar. En esta fase del proceso, la prioridad es producir, es decir, llevar a la hoja las ideas que tienes en tu cabeza o, de otro modo, ejecutar el plan que estableciste de antemano. Eso, por supuesto, no descarta los aportes de la imaginación.

Eso sí, ten cuidado con caer en la trampa de la improvisación. ¿A qué me refiero? A que a veces, en especial cuando eres un escritor novato, cambias de rumbo nada más al comenzar o a mitad del camino. Se te ocurre eso que llamas “una gran idea” que, en realidad, no es más que un peligroso atajo. El resultado, por lo general, es que tu escrito se desvía, se desvirtúa.

5.- Termina.
¿Obvio? En la teoría, quizás; en la práctica, no mucho. Te sorprendería saber el elevadísimo porcentaje de textos que se quedan inconclusos. “Comencé y después me bloqueé”, dicen. ¿Qué falló? El plan, la estructura, que no estaban claros, que no te llevaban a donde querías llegar. Es un mal que se presenta más veces de las que te imaginas, pero que tiene solución.

¿Cuál? Escribir, amigo mío, no es muy distinto a, por ejemplo, salir a rodar en bicicleta o leer un libro. ¿En qué sentido? Requieres un plan que, por supuesto, no es una camisa de fuerza. Si te cansas, te detienes tomas aire y luego de unos minutos reanudas. Si el sueño te venció antes del el punto de lectura que deseabas, no importa: suspende, descansa y luego reanudas.

6.- Testea.
Este, sin duda, es el paso que más miedo provoca, en especial en aquellos que comienzan a publicar (no solo a escribir). ¿Por qué? El ya mencionado temor a la crítica. Lo que quizás no saben es que la crítica siempre va a existir y que, lo peor, será más despiadada, más cruda, a medida que te conviertes en un escritor conocido y reconocido, que adquieres notoriedad.

La solución, sin embargo, es sencilla: haz de cuenta que estás en un trampolín de 7 metros y lánzate. Quizás realices un clavado memorable, quizás te des un porrazo doloroso al entrar al agua. No importa. Pide retroalimentación a alguien de tu confianza, que te diga la verdad y te ayude a mejorar tu escrito. Luego, publica, pero no te obsesiones con los comentarios.

7.- Corrige y repite.
Cuando menciono corrige no me refiero específicamente al texto en particular (que, claro, es susceptible de corregir, de mejorar), sino al proceso, al método que estableciste para escribir, para producir cantidad con calidad. Publica una o dos veces por semana, escucha lo que dice tu audiencia (qué les gusta, qué no) y realiza los ajustes necesarios. Sigue escribiendo.

No te obnubiles si los primeros artículos que escribes son bien valorados, como tampoco te frustres si son criticados. Elogios y críticas siempre irán y vendrán, así que lo mejor es que te acostumbres y no les prestes tanta atención. Concéntrate, más bien, en el proceso, en el método, en cómo brindarle a tu audiencia ese contenido de valor que ella necesita.

Repite conmigo, lentamente: NO EXISTE EL POST PERFECTO. De nuevo: NO EXISTE EL POST PERFECTO. Todos los escritores, los novatos y los consagrados, los que escriben de cuando en cuando y los que lo hacemos a diario, producimos textos geniales, buenos, regulares y malos (o, quizás, hasta perversos). Es parte del proceso. Esa es la realidad, porque el post perfecto no existe…

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El truco (infalible) para escribir tu historia sin tropiezos

La vida es impredecible, lo sabemos. Sin embargo, desconocemos cuánto más vamos a poderla disfrutar. Los acontecimientos de los últimos años, que nos arrebataron a tantas personas cercanas, a tantas personas valiosas, nos demostraron cuán frágiles somos, cuán expuestos estamos. El mensaje es claro, aunque doloroso: ya conocemos el final que nos espera.

Sí, nuestra presencia es este mundo es limitada, aunque no sabemos cuánto tiempo nos queda. No sé a ti cómo te parece, pero para mí esa es una buena noticia. ¿Por qué? Porque significa que tenemos una oportunidad para vivir la vida, para disfrutarla, para tratar de dejar un legado en este mundo y, en especial, para ser protagonistas de nuestra propia historia.

Porque, y respeto opiniones diferentes, soy de aquellas personas que piensan que no hay un libreto establecido, un destino definido. Sí una tarea, una misión, un propósito, que cada uno cumple, o intenta cumplir, de la mejor manera posible. A veces, se consigue el objetivo y otras más, fallamos en el intento. De eso, precisamente, se trata la vida: de intentarlo una y otra vez.

Creo firmemente en que cada uno escribe su propia historia. Cada día es una hoja en blanco que nos da la posibilidad de escribir algo nuevo, de darle un giro distinto a la historia, de improvisar. Aunque nos obsesionamos con la idea, el pasado ya fue y no lo podemos cambiar; lo único que nos corresponde es aprender de esas experiencias, dejarlas atrás y seguir.

Y el futuro todavía no llegó, no sabemos cómo será. Aunque, conocemos el final, sabemos qué nos espera al final de este viaje. Desconocemos el momento y las circunstancias en las que este terminará, pero tenemos claro cuál será el final de la historia. Lo que nos queda, entonces, es vivirla, disfrutarla al máximo, aprovecharla para escribir una historia inolvidable.

¿Hacia dónde va esta reflexión? A que te des cuenta de que la vida, en su inmensa sabiduría, te enseña cuál es el proceso más conveniente para escribir. El famoso bloqueo mental, que es una mentira, un excelente eslogan de ventas que a muchos les ha permitido hacer dinero con la ignorancia y falta de preparación de otros, surge porque hacemos caso omiso de esto.

¿A qué me refiero? A que cuando te sientas a escribir tu historia es imprescindible que sepas cuál será el final. Un escrito, sin importar si es una noticia de un medio de comunicación, un relato corto, un cuento o un libro (que bien puede ser de ficción o de realidad), no es más que un viaje del punto A al punto B. Para comenzar, necesitas haberlos definido con antelación.

Ahora, lo que sucede entre el punto A y el punto B, si bien debe corresponder a una estructura, a una secuencia lógica y creíble que resulte atractiva para el lector, incorpora una dosis de imaginación, de improvisación. ¿Cuánta? La que tú elijas en cada momento, en cada paso de tu historia. Esa, precisamente, es una de las decisiones que debe tomar un escritor.

Si no está claro en tu mente dónde comienzas y dónde vas a terminar, lo más seguro es que en algún punto del camino te vas a frenar (bloquear). Es normal. Nos sucede a todos, incluidos los que acreditamos experiencia, los que escribimos a diario. El éxito de un escritor, lo he mencionado en otras ocasiones, radica tanto en el método, como en la práctica continua.

El método, valga aclararlo, es una construcción propia. Es decir, no puedes copiar el de otra persona, el de otro escritor, porque lo más seguro es que no te va a funcionar. ¿Por qué? Porque el método no solo incorpora el trabajo que realizas cuando estás frente al computador, la estructura y el estilo de lo que escribes, sino también, y de manera especial, la rutina.

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La rutina contempla aspectos tan diversos como el horario que eliges para escribir (y durante cuánto tiempo lo haces) o el ambiente en el que trabajas, como el paso a paso que sigues a lo largo del proceso. Que, si sigues con atención mis publicaciones, ya sabes que es el antes, el durante y el después del trabajo de escritura. Y te aseguro que el antes es el más importante.

¿Por qué? Porque determina el resultado que obtengas. Volvamos a la tesis del comienzo: solo puedes comenzar a avanzar desde el punto A cuando sabes con exactitud a dónde quieres llegar, es decir, cuál es el punto B. Este, por supuesto, es el final de tu historia, el desenlace, y no puedes improvisarlo, no puedes darte el lujo de esperar a ver cómo resulta.

Cuando conoces el final (el punto B), sabes a dónde vas. Y, entonces, puedes elegir el camino que desees, porque no sobra aclarar que no hay uno solo. Puedes incluir las vicisitudes que te plazcan, agregar o quitar personajes o incidencias sin que la historia pierda impacto o se torne aburrida. Como mencioné antes, lo que sucede entre el punto A y el punto B es secundario.

Un ejemplo: vas a un almacén y compras un rompecabezas de 2.500 piezas para dárselo de regalo de cumpleaños a tu hijo. Son muchos los motivos para escoger, pero te inclinas por uno con un hermoso paisaje con montañas al fondo, naturaleza, animales y una bella casa en la pradera. Sabes que tu hijo lo recibirá encantado porque le gustan los retos y adora el campo.

Armar rompecabezas es una pasión que aprendiste de tu padre y ahora le traspasas a tu hijo. Es un proceso que puede ocuparlos durante varias horas o días y que los obliga a definir una estrategia, un método, para construir la figura. La primera decisión es por dónde comenzar, es decir, cuál va a ser el punto A. El punto B, ya lo conocen: la imagen impresa en la tapa de la caja.

¿Entiendes? Sin esa imagen, armar el rompecabezas sería imposible. No importa cuánto tiempo y esfuerzo demande la tarea, porque sabes que en algún momento la completarás. Llegará ese instante en el que, por fin, puedes poner la ficha 2.500, la última, y celebrar que lo lograste. Elegiste un punto A y sabías cuál era el punto B: entre uno y otro, trabajaste.

El proceso de escribir es exactamente igual: si no sabes por dónde vas a comenzar y en dónde quieres terminar, difícilmente avanzarás. Y, además, dado que tendrás que echar mano de una alta dosis de improvisación (mayor de la deseada), quizás no puedas transmitir claramente el mensaje que te propones. O, probablemente, tu escrito sea confuso, aburrido, poco atractivo.

No me canso de repetirlo porque es una de las claves del éxito de un escritor: la parte más importante del trabajo es la que realizas antes de sentarte frente al computador a escribir. Es la investigación, la planeación, la imaginación, la estructuración del contenido, la construcción de los personajes (con sus respectivos roles) y de los ambientes, la delineación de la trama.

En ese recorrido, puedes improvisar tanto como quieras, siempre y cuando no se altere lo fundamental: el punto A y el punto B. De hecho, y esta es una de las características fascinantes de la escritura, a partir de un mismo punto A y de un mismo punto B puedes escribir tantas historias distintas como quieras, como seas capaz. Es exactamente como la vida real.

Sí, hay un punto A (el día que naciste) y un punto B (el día que dejarás este mundo), pero entre uno y otro puedes contar mil y una historias diferentes. Puedes vivir la vida que llevas o crear un camino distinto, incierto, lleno de aventuras y emociones nuevas. No importa: esa es tu decisión, a sabiendas de que ya conoces el punto B, de que ya sabes cómo termina la historia.

Uno de los trucos útiles para aquellas personas que se animan a escribir, pero no poseen la experiencia necesaria, no han practicado lo suficiente, es comenzar por el final. Eso significa establecer primero el punto B de tu historia y luego determinar el punto A. Luego, deja que la imaginación vuele libremente, nútrela con conocimiento y experiencias y disfruta la escritura…

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¿Generar contenido? 10 preguntas que te ayudarán a comenzar ya

“No sé por dónde comenzar”, “No sé qué tipo de contenido debo compartir”, “He publicado contenido en redes sociales, pero no se genera ninguna interacción”. Estas, y otras más, son las explicaciones que suelen darme los clientes cuando les pregunto qué experiencia han tenido con la generación de contenido o, en la mayoría de los casos, por qué no generan contenidos.

El origen del problema es fácil de detectar, difícil de corregir. ¿Por qué? Porque implica un drástico cambio de mentalidad, de chip. El problema de fondo es que la mayoría de las empresas, negocios o emprendedores están convencidos de que su tarea es vender, de que su razón de ser es vender. Sin embargo, no es así. No, al menos, en estos tiempos modernos de la revolución digital.

Así fue en el pasado, en el siglo pasado, cuando la demanda era mayor que la oferta, cuando los consumidores debíamos conformarnos con dos o máximo tres referencias del producto. Y cuando el factor que nos servía para tomar la decisión de compra era el precio o, en algunas ocasiones, la calidad del producto o servicio. Esos tiempos quedaron anclados en la era preinternet.

En aquellos tiempos, el dueño de la empresa o del negocio (todavía los emprendedores no habíamos aparecido) se dedicaba a ofrecer su producto y a mencionar sus características. Que, valga decirlo, servían solo para justificar el precio. Dado que no había demasiada competencia y que los hábitos de los compradores casi nunca cambiaban, vender era una tarea sencilla.

Al menos, en comparación con lo que es hoy. Una era en la que el público está hiperinformado acerca de los productos y servicios, en la que tiene abundante información a unos cuantos clics, en la que existe la cultura de la retroalimentación y la que la oferta supera con creces la demanda. Ah, una era en la que el precio y la calidad del producto ya no son los que dicen la última palabra.

Hoy, vender es la consecuencia de tus acciones, de tus decisiones, de la efectividad de tus estrategias de marketing y, sobre todo, de los mensajes que le emites al mercado. Porque, dado que hay tanta competencia, buena competencia, y de que muchos compiten por precio, que el mercado te elija no es fácil. Puedes ser muy bueno, tener un producto muy bueno, pero no es fácil.

Entonces, hay quienes creen que su tarea consiste en publicar en redes sociales, y listo. Creen que basta con hablar de sí mismos, de sus hazañas y de sus logros (principalmente, los económicos). Creen que van a vender más si hablan maravillas de su producto o servicio, inclusive utilizando testimonios falsos (otra faceta de la infoxicación). Y creen que el consumidor es un gran idiota.

Que, por supuesto, no lo es. Ya sabe que es el protagonista de la historia, sabe que su voz tiene peso y la hace sentir. Sabe que ahora puede elegir lo que desee, lo que más le convenga. Sabe que ya no tiene que estar atado de por vida a una marca. Sabe, además, que antes de que intentes venderle algo tienes que llamar su atención, despertar su curiosidad, nutrirlo y educarlo.

Se trata de un proceso a largo plazo en el que antes de vender necesitas aprobar algunas asignaturas. ¿Cuáles? Visibilidad, posicionamiento, autoridad y, sobre todo, confianza y credibilidad. Son materias indispensables para establecer el vínculo y que ese cliente potencial te abra las puertas de su vida. Luego, después de nutrirlo, educarlo y entretenerlo, le puedes vender.

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Para aprobar exitosamente esas asignaturas previas, debes responder adecuadamente estas 10 preguntas:

1.- ¿Qué hay aquí para mí?
Esta no solo es la pregunta básica del marketing, sino también la pregunta clave en la cabeza de tu cliente potencial. Es lo que quiere saber cuando te conoce: ¿qué puedes hacer por él? La clave de la respuesta está en tu capacidad para transformar su vida, acabar con el dolor que lo aqueja y solucionar el problema que le quita el sueño. Para responder, pregúntate: ¿cómo puedo ayudar a otros?

2.- ¿Por qué debo confiar en ti?
El mercado, tristemente, está lleno de vendehúmos, de tramposos que hacen negocio a costa de los ingenuos. Por eso, tu cliente potencial es desconfiado y necesita que le des argumentos para creer en ti. Que, valga aclararlo, nada tienen que ver con tus títulos, tus cargos, tu dinero, sino cómo en el pasado ayudaste a otros a conseguir lo que deseaban. Sus testimonios valen oro.

3.- ¿Qué te hace diferente de la competencia?
Ni se te ocurra responder con las características de tu producto/servicio o con el precio. En este aspecto, la clave es tu propuesta de valor: aquello que te hace único, que solo tú puedes ofrecer y que está ligado a tus valores, a tus principios, a tu conocimiento y experiencias. También tiene que ver con tu pasión, con tu vocación de servicio y, algo muy importante, con el propósito de tu vida.

4.- ¿Cómo sé que no eres más de lo mismo que hay en el mercado?
En parte, esta pregunta se responde en las tres anteriores. ¿Y la otra parte? Tienes que enfocarte en los beneficios, en la capacidad de transformación que incorpora tu producto/servicio, en los resultados que puedes garantizar. Es crucial que tu potencial cliente entienda qué va a recibir, cómo lo va a recibir, en cuánto tiempo empezará a experimentar cambios y qué debe hacer.

5.- ¿Por qué tu producto/servicio es para mí?
Esta, que es una pregunta clave, irónicamente es una asignatura que muchos empresarios y emprendedores no se formulan. Creen, asumen, que su producto/servicio es perfecto o ideal para el mercado y luego se llevan una desagradable sorpresa. Para responderla, debes conocer muy bien a tus avatares, en especial, al frío. La clave: ¿tú comprarías aquello que estás vendiendo?

6.- ¿Cómo sabes que necesito eso que me ofreces?
Otro interrogante que la mayoría no está en capacidad de responder. Ten en cuenta que la mayoría de los prospectos que tocarán tu puerta son fríos y, por ende, no saben que tienen esa necesidad, no sienten ese dolor, no son conscientes del problema que tú le dices les vas a solucionar. Necesitas educarlo, poco a poco, o de lo contrario nunca aceptará tu oferta.

7.- ¿Cómo sabes que lo necesito ya (y no después)?
No puedes asumir que ese cliente potencial necesita tu producto/servicio de inmediato, salvo que sea un prospecto caliente. Si es frío o tibio, tienes que educarlo, nutrirlo, persuadirlo, antes de lanzar una oferta. ¿La clave? El conocimiento que tienes de tu avatar. En este aspecto, puedes echar mano de una poderosa herramienta que te ayudará a convencerlo: el storytelling.

8.- ¿Qué voy a obtener a cambio de mi dinero?
Es una pregunta lógica, ¿cierto? Sin embargo, muchos no están en capacidad de responderla adecuadamente. Por supuesto, la respuesta está determinada por lo que vender, la clase de producto o servicio. Y no solo el número de lecciones y la frecuencia (si es un curso) o lo que incluye la caja, sino el resultado específico. Este es el verdadero disparador de la compra.

9.- ¿Cuáles son los principales beneficios que voy a recibir?
¿Beneficios? Son esos pequeños grandes cambios que tu producto/servicio está en capacidad de producir en la vida de tu cliente potencial. Necesitas ser tan específico, tan gráfico y tan claro con tu mensaje que se active su imaginación y pueda crear en su mente ese escenario ideal al que lo vas a llevar. Que, aún sin haberte comprado, comience a experimentar el cambio positivo.

10.- ¿Cómo va a transformarse mi vida (va a mejorar) gracias a lo que me ofreces?
De qué tan convincente y poderosa sea tu respuesta dependerá, en gran medida, la decisión de compra. Olvídate de rodeos, de eufemismos: ve al grano, directo al grano. En esencia, significa dar un paso adelante en relación con la pregunta anterior. Tienes dos cartas ganadoras: testimonios de tus clientes anteriores y tu garantía, que tienes que cumplir al ciento por ciento, sin dilación.

“No sé por dónde comenzar”, “No sé qué tipo de contenido debo compartir”, “He publicado contenido en redes sociales, pero no se genera ninguna interacción”. Si estos son algunos de los obstáculos que te impiden generar contenido de calidad para el mercado, comienza por comunicar las respuestas a estas 10 preguntas. Luego el mercado te facilitará la tarea con su interacción.

 

 

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