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Querer ayudar no es suficiente: ¿cómo vencer la resistencia?

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Es algo que prácticamente todos, sin excepción, hemos vivido en la vida. ¿Sabes a qué me refiero? A que tienes la intención de ayudar a alguien, quizás ejecutas algunas acciones para soportarla, pero al final tu esfuerzo es vano. ¿Por qué? Porque, simplemente, esa persona “no se deja ayudar” o, de otra manera, “no acepta la ayuda porque, en su parecer, no la requiere”. ¡Plop!

Soy un convencido de que en el momento en que nos entregaron el voucher para viajar hasta este mundo, también nos encomendaron una misión: “ayúdense unos a otros”. Una premisa que, al menos para mí, no se restringe a personas, a seres humanos, sino que se extiende también a lo que nos rodea, a nuestro entorno: flora, fauna, naturaleza. Una misión a la que no podemos renunciar.

Asimismo, en la niñez, cuando dejamos volar la imaginación y visualizamos una vida futura, en la edad adulta, el deseo de servir a los demás está siempre presente. “Quiero ser médico para ayudar a los enfermos”, “quiero estudiar sicología para ayudar a los que sufren problemas mentales”, “quiero ser arquitecto para construir casas para muchas personas”. Siempre hay deseo de ayudar.

Una de las razones por las cuales ingresé a la universidad a estudiar Comunicación Social fue porque concebía esta profesión como un camino para “ayudar a otros”. Mantenerlos informados de los hechos importantes, dar a conocer la otra cara (la menos visible) de los personajes, transmitir mis experiencias en los eventos que concitaban la atención de las audiencias.

Era algo que había vivido en la niñez y la adolescencia, principalmente a través de la radio. Fue esa cajita mágica, que escondía personas maravillosas que nos relataban los sucesos, la que provocó que me enamorara de periodismo. Agradecía las informaciones, los relatos, las canciones, y me imaginaba siendo yo la fuente de esas alegrías para otras personas. Una época maravillosa.

Además, en mi casa y en el colegio me inculcaron aquello de la “vocación de servicio”. Y por los privilegios que me concedió la vida tuve la oportunidad de disfrutar de los clubes sociales. Fue allí donde comencé a entender que todos necesitamos de los otros; que el trabajo no consiste en ganar un sueldo, sino en realizar una labor que redunde en el beneficio de otros, de los clientes.

Aprendí a apreciar, a valorar y a agradecer lo que hacía el palafrenero que cuidaba de los caballos, el mesero que me atendía en el restaurante, el profesor de la clase de equitación o el conductor del bus. Por supuesto, también la señora que, con paciencia y abnegación, nos lidiaba a nosotros, jóvenes inquietos y traviesos, atrevidos, nos preparaba la comida y hacía los oficios domésticos.

Y también aprendí algo increíble: la satisfacción que se deriva del acto de ayudar a otros, de servir a otros. Lo experimenté cuando comencé a publicar mis escritos en el principal diario del país y, en una época en la que no había internet o redes sociales, recibía gratitud como retroalimentación. Me di cuenta de lo gratificante que es proporcionar alegría, ilusión, esperanza o felicidad.

También conocí la otra cara de la moneda. ¿Sabes cuál? La de la crítica a veces fundamentada solo en la envidia o en la ignorancia. La de ser descalificado como persona y como profesional simplemente porque las ideas que expresé, o cómo las expresé, hirieron la susceptibilidad de alguien. Fue, entonces, cuando aprendí la premisa que me llevó a escribir estas líneas.

¿Cuál? Que hay personas que “no se dejan ayudar” o que “no quieren ayuda”. Y no importa cuántas veces lo intentes y de cuántas formas distintas lo intentes, siempre recibirás un no o un rechazo como respuesta. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que si sobrepasas la raya no solo se van a molestar, sino que te etiquetarán como vendehúmo, como tóxico, como non grato.

Es una situación a la que me he enfrentado en repetidas ocasiones en mi carrera. En especial, desde que crucé la frontera del periodismo y entré en los terrenos del marketing digital. Desde entonces, fiel a lo que aprendí en la niñez, mi intención siempre ha sido la de ayudar a otros. Una labor que me encanta porque sé que el conocimiento se multiplica cuando se comparte.

O, como me lo enseñó un cliente, “lo que no se comparte, no se disfruta”. Sin embargo, seguro lo sabes, del dicho al hecho suele haber un trecho. O, si lo prefieres, un largo camino entre la teoría y la práctica. No es lo mismo decirlo que hacerlo, aun cuando tengas la mejor voluntad, a pesar de que hagas tu mejor esfuerzo, aunque el propósito que movilice tu acción sea muy loable.

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Establecer un vínculo de confianza y credibilidad es indispensable para que otros te permitan brindarles ayuda. Si no existe, lo único que conseguirás es activar su resistencia.

La realidad es que solo puedes ayudar a otro si se cumplen a cabalidad estas condiciones:

1.– Tiene un problema que tú puedes resolver.
Parece obvio, pero no lo es. A veces, muchas veces, por el afán de vender o la intención de ayudar, nos obsesionamos con otros y tratamos de forzar la compra de nuestro producto o servicio. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que no nos damos cuenta de si, en realidad, estamos en capacidad de resolver su problema, de satisfacer su necesidad o, algo muy importante, un deseo ardiente.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que creemos, asumimos, que estamos en capacidad de solucionar cualquier problema de otros, todos los problemas. Y no es así, por supuesto. De hecho, a veces, muchas veces, ni siquiera damos abasto con los propios. No intentes encajar allí donde las evidencias te demuestran lo contrario. Ya llegarán las personas a las que puedas ayudar.

2.- Siente que tiene un problema y que lo afecta.
Esa persona siente o cree que algo no funciona en su vida o en su trabajo, pero no tiene claro qué es. Por el momento, además, puede controlar el dolor o la molestia, que cada vez es más frecuente o, quizás, más incómodo. Mientras pueda resistir, no va a hacer nada o, de otra manera, no va a aceptar recibir ninguna ayuda. ¡Ninguna, de nadie! ¿Por qué? Piensa que tiene el control.

Por cuenta del ego, que siempre está presente, que es travieso y traicionero, los seres humanos, todos, sin excepción, nos negamos a recibir ayuda. Al menos, a la primera. ¿Por qué? Nos hace sentirnos débiles,  por aquello de la vulnerabilidad. Nos defendemos esgrimiendo objeciones y no nos importa soportar un poco de dolor (a veces, mucho), antes de aceptar esa ayuda.

3.- Trae ese problema al plano consciente.
Esto solo sucederá cuando ya no pueda soportar el dolor, cuando la molestia haya superado su capacidad y su vida sea un infierno. De manera instintiva, buscará información, querrá saber qué le sucede y, eventualmente, acudirá a un conocido para que lo aconseje. Recurrirá a internet o, quizás, le preguntará a Chat GPT para saber qué padece y cómo solucionarlo.

Aún consciente del problema, todavía no aceptará ayuda. Antes, probará algunas alternativas y lo más probable es que ninguna le funcione. Esto no solo redundará en más dolor, sino que también será una decepción que destruirá su autoestima y lo hará más vulnerable. Un camino que, de una u otra forma, lo llevará a aceptar el problema, a hastiarse de él y a buscar ayuda idónea.

4.- Tiene la disposición de buscar una solución.
Dado que el problema se salió de sus manos y sobrepasó su límite de resistencia, no le quedó otra salida: buscar ayuda. No significa que vaya a comprar de inmediato, sino que busca información, requiere educación acerca del problema que lo aqueja y explora el mercado en procura de la persona o producto idóneo para darle la solución. Acude, también, a alguien de confianza.

Puede ser un proceso complejo y traumático si media una alta dosis de ego o de terquedad. Eso sí, cuando tome la decisión de buscar ayuda no dará marcha atrás. Correrá riesgos, asumirá las consecuencias y estará dispuesto a hacer lo que sea, a pagar lo que sea, por esa solución. Es el momento en el que tu presencia, tu aporte, puede significar la diferencia entre el bien y el mal.

5.- Toma la decisión de recibir tu ayuda.
Después de consultar, de investigar, de preguntar, se entera de que existes y te elige como la mejor opción. Has logrado atraer su atención y despertaste su curiosidad. Ahora, lo que debes hacer es establecer un vínculo de confianza y credibilidad para brindarle la información que le permita tomar la decisión de comprar lo que le ofreces. Te abrirá las puertas de su vida para que lo ayudes.

Ya no mirará otras opciones, porque está convencido de que tienes lo que necesita. Bajará las barreras, ya no esgrimirá más objeciones y te dirá el “¡sí, acepto!”. Este será el comienzo de una relación de intercambio de beneficios. Que puede ser larga y fructífera en la medida en que la cultives, la fortalezcas. Si es así, esa persona te volverá a comprar en el futuro, sin duda.

Querer ayudar no es suficiente. Nunca es suficiente. ¿Por qué? Porque solo podrás ayudar a quien tenga la disposición para aceptar tu ayuda. Y, lo sabemos, no todos se abren a esa posibilidad (de hecho, pocos lo hacen). Y todo lo que hagas para intentar que esa persona cambie de opinión será infructuoso. No, si antes no se cumplen a cabalidad las cinco condiciones mencionadas.

Por eso, si eres un emprendedor o un profesional independiente que vende un producto o un servicio que es la solución al problema de otros, si tu propósito es ayudar a otros, enfócate en lo que es realmente importante: establecer un vínculo de confianza y credibilidad a partir del cual se dé una relación a largo plazo. Solo a partir de ahí te dará la opción de proporcionar una ayuda

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¿Me escuchas? Qué sucede si aprendemos a convivir con el ruido…

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Podríamos llamarlo un enemigo invisible. Es uno de los factores externos que más afecta la salud y al que, irónicamente, no le prestamos la atención que se merece. ¿Sabes a cuál me refiero? Al ruido. Que, según evidencias científicas, afecta la salud auditiva (lógico), la mental (cada vez más común) y la cardiovascular. También produce trastornos del sueño, estrés y otras alteraciones.

Estoy en una etapa en la que la vida me exige sosiego, bajar las revoluciones y, sobre todo, alejarme del ruido. En cualquiera de sus manifestaciones. Que, por cierto, están por doquier. El tráfico y el transporte, las obras en construcción y la vida nocturna (bares, tiendas, conciertos). También, los ruidos humanos, los animales, la vida doméstica (electrodomésticos) y hasta la naturaleza.

Por si todo lo anterior fuera poco, a través de nuestros hábitos agregamos algunas otras fuentes de ruido. ¿Por ejemplo? Las incesantes notificaciones de los dispositivos digitales, que son causa de distracciones constantes, producto de mensajes recibidos. Y, por supuesto, ese que llamamos ruido mediático, que aunque no suene nos hace daño a través de mensajes tóxicos frecuentes.

Lo insólito es que, fruto de nuestra increíble capacidad de adaptación, los seres humanos somos capaces de acostumbrarnos al ruido. A comienzos del siglo pasado, tiempos lejanos en los que la vida era muy distinta de la actual, en los que los ruidos eran distintos de los actuales, el célebre científico Robert Koch, ganador del premio Nobel, nos dejó una frase célebre. ¿Sabes cuál fue?

“Un día el hombre tendrá que luchar contra el ruido tan ferozmente como contra el cólera y la peste”. Bueno, pues vivimos ese día, padecemos ese día. Y lo peor, de muchas formas. Un ruido que no solo nos distrae y nos hace daño, sino que también distorsiona lo que percibimos, lo que consumimos a través de los sentidos. Es difícil hallar algo que no esté contaminado por él.

El ruido, en alguna de sus manifestaciones, contamina las relaciones con otros. Gritos, histeria, impulsos posesivos, cualquier tipo de violencia (física o verbal), manipulaciones o mentiras son ruidos que rompen los vínculos. O, peor, que los convierte en tóxicos que desgastan, que poco a poco minan la salud. Sus efectos son terribles porque acaban con la confianza, con la paz.

El ruido, también, contamina la relación que tienes contigo mismo. Ruido es la cantidad de pensamientos negativos que permites que vuelen silvestres en tu mente. Ruidos son también las creencias limitantes que te impiden obtener las maravillosas bendiciones que la vida tiene para ti. Ruido es, asimismo, el síndrome del impostor por el que no confías en tu potencial.

Otra forma común del ruido que nos amarga la vida es la dependencia de los demás. ¿Por ejemplo? Necesitar la aprobación de otros para sentirte bien, adaptarte a sus exigencias para encajar o renegar de lo que la vida te ofrece para encajar socialmente. Hay exceso de ruido en los mensajes que te condicionan, que te manipulan, en los que te hacen sentir alguien inferior.

Si bien cualquiera de las manifestaciones del ruido es dañina, la que a mi juicio es la más perjudicial es aquella ligada a la comunicación. Nada más desagradable que una interacción enrarecida por el ruido. De hecho, y seguramente lo has experimentado, lo has sufrido, este ruido es el punto de partida de los cortocircuitos de la comunicación y, claro, de los malentendidos.

Como profesional de la comunicación desde hace 38 años y consultor de estrategias de contenidos, sin embargo, entiendo las consecuencias del exceso de ruido. En especial, del que consumimos de manera inconsciente, automática; de aquel al que nos acostumbramos y lo convertimos en un hábito. Y, claro, de ese que nos impide escuchar y nos limita solo a oír.

¿Por qué? Porque los mensajes que consumimos se transforman en pensamientos, en creencias y en emociones que cultivamos en nuestro cerebro. Luego, esos pensamientos, esas creencias y esas emociones se traducen en acciones, en decisiones, en comportamientos y en hábitos. Condicionan lo que sentimos, lo que hacemos y, principalmente, cómo lo hacemos.

El problema, porque siempre hay un problema, es que programamos nuestro cerebro para oír, en vez de acondicionarlo para escuchar. Cuando solo oyes, estás sometido al ruido porque este se encuentra incorporado en esas dinámicas de comunicación distorsionadas y manipuladas. Son parte de la esencia de esas interacciones contaminadas, tóxicas, que tanto daño nos hacen.

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La capacidad de escuchar, que es voluntaria, una decisión, es imprescindible para comunicarnos con otros y, lo más importante, establecer sólidos vínculos e interrelacionarnos.

Cuando escuchas, en cambio, lo primero que debes hacer es callar el ruido. O, dicho de otra manera, mientras haya ruido es imposible escuchar. Imagina que vas caminando por el centro comercial, mientras miras las vitrinas de los almacenes, y suena tu teléfono. Contestas porque es uno de tus hijos, pero no puedes hablar: no lo escuchas por el exceso de ruido, solo oyes ruidos.

En estas épocas de infoxicación, de matoneo mediático, de bombardeo mediático y, sobre todo, de fake-news y versiones de inteligencia artificial que suplantan a los humanos, los decibeles del ruido sobrepasaron, por mucho, los límites de la cordura. Todas nuestras comunicaciones, todos nuestros mensajes, están contaminados por el ruido y las consecuencias son catastróficas.

Por eso, es necesario aprender a escuchar y dejar de oír. ¿Cómo hacerlo? Te propongo cinco acciones sencillas y efectivas:

1.- Oír es pasivo, escuchar es activo. Mientras cocinas, cuando vas al gimnasio o si juegas con tu mascota, oyes música. Que te acompaña, que te distrae, pero no le prestas atención. Solo quieres que haya un poco de ruido porque no te gusta el silencio. Lo mismo sucede si conduces tu auto: la atención está en la carretera, en los transeúntes, pero la música te ayuda a relajarte, es agradable.

Por el contrario, si quieres escuchar un audiolibro o el video de una conferencia que te interesa, lo más seguro es que te pongas los audífonos. No quieres ruidos, necesitas estar concentrado para escuchar esos mensajes que te interesan. Tu atención ya no está dispersa, sino que se concentra en esa voz que te transmite conocimiento. Solo así puedes establecer una conexión poderosa.

2.- Oír es un sentido, escuchar es una habilidad. Oír es un privilegio que nos fue concedido a la mayoría de los seres humanos. Es uno de los cinco sentidos, maravillosos regalos que nos brindó la naturaleza, es una capacidad biológica innata. No tienes que pedirla, no tienes que educarla, porque ya lo incorporas, porque es una tarea de tu cerebro, que la usa para recibir información.

En cambio, escuchar es una acción consciente. Que, por si no lo sabías, se aprende. Exige tu atención, tu concentración, tu determinación, tu disciplina para aislarte del ruido. Escuchar no es algo que hacemos por instinto, como oír, sino que es producto de una decisión. Además, algo muy importante: para escuchar, debes brindar toda la atención posible, una actitud de disposición.

3.- Oír es involuntario, escuchar requiere atención. Oyes el canto de los pájaros, oyes el motor de los automóviles, oyes las conversaciones de quienes viajan en el transporte público, oyes porque la naturaleza te dio los oídos. Oyes los ruidos, o los sonidos, inclusive aquellos que son molestos, porque están ahí en el ambiente. No puedes bloquearlos, están fuera de tu control.

La escucha requiere, en la mayoría de las situaciones, de la abstracción. Exige que aprendas a aislar los ruidos del ambiente para concentrarte en lo que deseas escuchar. Si estás con tus amigos en un restaurante, oyes conversaciones, pero no escuchas, no puedes hacerlo. Cuando estás atento, tu cerebro se comporta de manera diferente, entiende que es algo importante.

4.- Oír es recibir un sonido, escuchar es comprenderlo. Recibir un sonido es una acción pasiva que podemos realizar de manera simultánea con otras actividades. Así, por ejemplo, puedes oír música mientras ves a tus hijos jugar en el patio de la casa. Lo que haces es aprovechar la capacidad fisiológica de captar las ondas sonoras, una función que es automática.

La comprensión que está ligada a la habilidad de escuchar, mientras, implica prestar atención y requiere conocimiento para procesar, decodificar e interpretar el mensaje que te comunican. Y no solo eso: también es necesario que conozcas el contexto del mensaje para darle el significado adecuado. ¿Un ejemplo? El aprendizaje. La comprensión, además, depende de tu cerebro.

5.- Oír no requiere memoria, escuchar implica recordar e interpretar. Tu cerebro almacena todos los sonidos o ruidos que oyes a sabiendas de que después los vas a identificar y eso te producirá una emoción, desencadenará una reacción. El canto de los pájaros, de cualquier pájaro, lo oyes y sabes que no es un perro o un caballo, pero no necesitas comprenderlo, solo lo procesas.

Lo que escuchas, en cambio, es un proceso más complejo, consciente. No puedes aprender un nuevo idioma si lo que escuchas del profesor no lo procesas, no lo interpretas, no le dices a tu cerebro que lo almacene y lo utilice. Solo si estas condiciones se cumplen puedes hablar en ese idioma y conseguir que otras personas te entiendan. Es una acción deliberada y voluntaria.

Los seres humanos, lo sabes, lo vives, lo sufres, nos comunicamos todo el tiempo. Inclusive, sin pronunciar palabra alguna. Esa interacción con otros y con el entorno es parte vital de nuestra esencia. Necesitamos comunicarnos porque nos hace sentir vivos. Sin embargo, es imposible comunicarnos de manera efectiva si nos limitamos a oír y no aprendemos a escuchar.

El acto de oír, no lo olvides, incorpora el ruido. Que está ahí, por doquier, que se presenta de múltiples formas, y te incomoda, distorsiona los mensajes. La capacidad de escuchar, mientras, es una habilidad adquirida, producto de una decisión consciente y voluntaria. Nos brinda una gran variedad de beneficios, en especial, el de poder relacionarnos e interactuar con otros.

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Cuando mueras, ¿cómo quieres que te recuerden por tu mensaje?

¿Alguna vez compraste un dolor? Asumo que tu respuesta es un NO contundente, en mayúscula. Primero, porque nadie vende dolor (no hay supermercado o farmacia en la que lo encuentres) y, segundo, porque nadie quiere comprar un dolor. La gente quiere, todos queremos, una solución, precisamente lo contrario al dolor. La gran búsqueda del ser humano es la cura de su dolor.

La realidad cotidiana en el mundo moderno es realmente caótica. Vivimos sometidos a un incesante e inclemente bombardeo mediático que, para colmo, está sobrecargado de noticias falsas. Nos incentivan el miedo, nos distorsionan la realidad y juegan con nuestras emociones, que son vulnerables. Sin embargo, lo sabemos, se trata de un círculo vicioso que solo aumenta el dolor.

El problema, porque siempre hay un problema, es que esta premisa se convirtió en, prácticamente, el único argumento de venta, en el único modelo de copy. Algunos caen, es cierto, porque están tan desesperados que se aferran a cualquier cosa, inclusive a algo que no les va a ayudar. Caen, además, por falta de conocimiento, porque se dejan endulzar el oído con palabras bonitas.

Otros, en cambio, se sienten agredidos y levantan una barrera que bloquea los intentos de quien quiere sacar provecho del miedo. Son aquellos que no venden y luego se quejan: “Internet no funciona”, “Las redes sociales son un engaño” y otras especies que todos conocemos. La verdad, sin embargo, es distinta: el mercado está harto del dolor, que abunda, y clama por las soluciones.

En marketing, hay dos caminos para vender: desde el dolor o el miedo, por un lado, o desde el placer o los beneficios, por el otro. Cada uno elige el que quiera, el que le parezca más efectivo, el que esté alineado con su propósito y con sus principios y valores. Son como el agua y el aceite, las dos caras de la moneda y, por supuesto, dos caminos que te conducen a destinos diferentes.

Uno de los aprendizajes más valiosos que debe incorporar cualquier ser humano cuando va a lanzar un mensaje es entender que la respuesta que recibe es directamente proporcional a lo que emitió. En otras palabras, más sencillas, recibes lo que das o, dicho de otra forma, la vida te regresa lo mismo que tú le entregaste: si das dolor, te da dolor; si das beneficios, te da beneficios.

Es producto de la ley de causalidad porque todo lo que haces genera una respuesta. No hay azar, no hay designios divinos, no hay casualidades: es la ley de la causa y el efecto y, aunque te parezca algo loco, tiene mucho que ver con el copywriting, con los mensajes que salen de ti. Por eso, la primera y más importante decisión que debes adoptar antes de escribir es cuál camino tomarás.

¿El del dolor y el miedo? ¿El del placer y el beneficio? Ten en cuenta que cualquiera que escojas es un camino sin retorno porque el mercado, aquellas personas que reciban tus mensajes, te van a etiquetar, te van a catalogar como fuente de miedo o de placer. Si eres un emprendedor, si le ofreces al mercado un producto o un servicio, esta es una decisión que no puedes tomar a la ligera.

Es habitual que algunos emprendedores me soliciten que revise los textos de su página web, de su carta de ventas o los mensajes que emitieron, por ejemplo, en un webinar. No hace falta leer el texto completo para comprobar cuál es el problema: el copy se enfoca, estrictamente, en el dolor, en exponerlo, en exacerbarlo, en provocarlo. ¿El resultado? Se ahuyenta al cliente potencial.

¿Por qué? Ya lo mencioné: nadie, absolutamente nadie, compra un dolor. Es cierto que esta es una de las estrategias de marketing más efectivas, pero no puede ser la única y, además, hay que ponerle un límite. Además, ten en cuenta que lo único que a las personas les interesa, al menos en un primer momento, es que respondas la pregunta clave, aquella de “¿Qué hay aquí para mí?”.

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Un mensaje basado exclusivamente en el dolor, enfocado en exacerbar el dolor, conseguirá atraer la atención de tu cliente potencial en un comienzo. Sin embargo, una vez superes el umbral de dolor, es decir, esa invisible línea que marca el nivel máximo soportable, se desconectará, ya no querrá saber más de ti. Al final, esta clase de mensajes lo único que provocan es un rechazo.

¿Por qué? Porque harán que la mente active aquellos recuerdos dolorosos, los momentos que nos costó trabajo superar y que, quizás, todavía duelen. Removerán las heridas o abrirán unas nuevas que no sanarán fácilmente. Y nos harán pasar otra vez por esos episodios que deseamos olvidar, que no queremos volver a vivir porque son el origen de las pesadillas que nos impiden dormir.

Cuando tu contenido se enfoca en el dolor, lo único que lograrás será generar acciones de defensa por parte de tu cliente ideal, que no quiere revivir esos episodios. Quizás, por efecto del miedo, porque está desesperado, logres que te compre una vez, pero seguramente no lo hará dos veces. El dolor, entiéndelo, solo produce más dolor. Así funciona en la vida, pero también en copywriting.

Cuando tu contenido se centra en los beneficios, en la transformación que tu producto o servicio puede producir en la vida de tu cliente potencial, la historia es muy distinta. Lo primero es activar el dolor y exacerbarlo sin cruzar el umbral de resistencia y luego, de inmediato, exponer de manera clara y contundente la solución. Que esa persona sepa que, en verdad, puedes ayudarla.

Eso no solo despertará su curiosidad, sino también, su interés. Querrá saber más, de ti y de tu producto, de cómo antes ayudaste a otras personas. Querrá saber cómo será su vida una vez obtenga lo que le ofreces. Se olvidará del dolor y pondrá en marcha su imaginación, que lo transportará a ese estado ideal en el que ese problema que lo inquieta se termina para siempre.

Tu mensaje deberá apuntar a esas emociones positivas, a generar en su mente un estado de placer que sea irresistible, al punto que esa persona te implore que le des lo que tienes para ella. Si no tiene el dinero, hará lo que sea necesario para conseguirlo y te comprará, porque entiende cuál es la recompensa que va a recibir, porque en su mente ya disfruta de los beneficios.

¿Ves la diferencia? Eso es algo que cualquiera quiere comprar, que todos queremos comprar. Sin embargo, hay algo más que debes saber: funciona bien inclusive cuando no se trata de una venta. Es decir, si tu mensaje tiene como objetivo invitar a una reflexión o promover una acción específica como suscribirse a tu lista de correo electrónico, esta fórmula también te será útil.

Con tu conocimiento, con tu experiencia, con los dones y talentos que te dio la naturaleza, estás en capacidad de provocar un impacto en la vida de otras personas. Ese créeme, es un privilegio invaluable. Por eso, cuando estás preparando tu mensaje, sea o no para vender, piensa bien, por favor, antes de tomar una decisión de la que quizás tengas que arrepentirte después.

Recuerdo que cuando comenzaba mi carrera periodística, hace más de 30 años, un compañero me brindó una de las lecciones más poderosas y valiosas que he recibido: “Si con lo que escribes puedes hacer un bien, ¿para qué eliges hacer un mal?”. Es algo que jamás olvidé y que procuro esté presente en mi mente cuando escribo porque mi propósito es generar un impacto positivo.

La vida es muy corta y a veces no es la que soñamos. A pesar de las dificultades, sin embargo, siempre hay una posibilidad de dejar una huella (no una cicatriz) en la vida de otros, en el mundo. Cuando estés decidiendo el tono y el impacto que pretendes provocar con tu mensaje, piensa esto: ¿cómo te gustaría que te recordaran una vez mueras? ¿Desde el dolor o desde el placer?

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