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La sencilla fórmula para comenzar a escribir sin complicarse

¿Por qué a los seres humanos nos encanta convertir en algo difícil lo que es fácil? O, ¿por qué somos incapaces de aprovechar en un campo el conocimiento, la experiencia y las habilidades que nos son útiles en otro? Un claro ejemplo de esto es la generación de contenido, que para muchos es un acertijo indescifrable, a pesar de que todo el tiempo creamos contenidos.

Es que no sé por dónde empezar”, “Es que a mí no se me da bien”, “Es que no tengo ese talento” o “No nací con ese don” son algunas de las excusas fáciles más frecuentes. Y todas, por supuesto, son mentiras. De esas que de tanto escucharlas, de tanto repetirlas, creemos que se transformaron en verdad, pero siguen siendo mentiras. Y no dejarán de serlo.

Nos sucede, principalmente, en las relaciones. Las de pareja, las familiares, con los amigos o en el trabajo: nos enredamos con facilidad, complicamos todo y luego, como mecanismo de defensa, asumimos el rol de víctimas o culpamos a otro o a las circunstancias. ¿El motivo? Nos dejamos llevar por las emociones, permitimos que nos desborden, y tomamos malas decisiones.

En el fondo, ¿sabes qué hay en el fondo? Miedo, físico miedo. A equivocarnos, a no conseguir la aprobación de otros, a no colmar las expectativas de otros, a dejarnos vencer por nuestras limitaciones. Inclusive, miedo a conseguir aquello que deseamos, a sabiendas de que incorpora responsabilidades, compromisos y retos. El miedo es la madre de todas las excusas, ¿lo sabías?

Cada vez que una persona se acerca a mí y me otorga el privilegio de orientarlo para que haga realidad su sueño de escribir (que no es lo mismo que ser escritor), tengo que lidiar con esos miedos, con esas excusas. Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que están cerradas, que no se dan una mínima oportunidad (no lo intentan), sino que se rinden antes de dar el primer paso.

El efecto de esta decisión es que viven tanto con la duda de saber si lo habrían podido lograr, si habrían podido escribir, y con la frustración (y la culpa, sobre todo, la culpa) de rendirse sin dar la pelea. Y no solo eso: esa experiencia fallida, y dolorosa, las afecta en todos los ámbitos de la vida, es una sensación incómoda que las atormenta cuando están en una situación similar.

¿Por ejemplo? A la hora de escribir o de construir un mensaje, bien sea verbal o visual. “No puedo”, es lo primero que piensan, a sabiendas de que esa es una excusa socialmente válida. Lo irónico es que cuando les pregunto por qué cree que no pueden no tienen una respuesta, no saben qué decir. Por lo general, es porque se trata de un miedo infundado, sin sustento.

La mayoría de las personas que creen que “no pueden escribir” no lo hacen simplemente porque esperan hacerlo como profesionales, como escritores consagrados. Y claro, con esas expectativas tan altas, irreales, es imposible comenzar. Ese pánico está justificado, aunque no tiene razón de ser. De lo que se trata es de comenzar, que el resto se verá después.

No necesitas ser Egan Bernal, Primoz Roglic o Tadej Pogacar para salir a rodar en bicicleta, bien sea por ejercicio o nada más para disfrutar un paseo con los amigos. No necesitas ser Leonor Espinosa o Joan Roca, los mejores chefs del mundo, para preparar un delicios platillo y sorprender a tu familia. Puedes ser un buen ciclista recreativo o un buen cocinero de casa.

Y eso es suficiente, con eso puedes ser feliz y, lo mejor, hacer felices a los demás. Fíjate que, quizás, no eres el mejor bailarín del mundo, no eres un maestro del baile, pero aun así cuando estás en una discoteca o una fiesta, acompañado de tu pareja, te animas a saltar a la pista y disfrutar la velada. Bailas y te diviertes, vives una experiencia agradable, digna de recordar.

No necesitas ser Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti o Carlos Fuentes para escribir un relato o, simplemente, un post para un blog o un informe de trabajo. Despójate de las expectativas, de las exageradas e injustificadas expectativas de “ser el mejor” y da el primer paso. Una vez estén en marcha, podrás avanzar y se disiparán tus miedos.

El “No puedo hacerlo” que esgrime la mayoría de las personas en realidad es un “No sé cómo hacerlo” o “No sé cómo empezar”. Es decir, no se trata de una incapacidad, sino de ausencia de conocimiento. Y la buena noticia, ¿sabes cuál es la buena noticia? Puedes aprender. Cualquier persona puede aprender, porque no es una ciencia, ni magia: se trata de una habilidad.

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Lo primero, ya lo mencioné, es comenzar con unas expectativas realistas que correspondan a tu nivel de preparación y práctica. Luego, comenzar por lo básico, por lo más sencillo, por lo fácil. Olvídate de esa costumbre de complicarlo todo, de enredarte, de poner el listón muy alto para justificarte cuando no seas capaz de superarlo. Comienza con algo que puedas controlar.

¿Eso qué quiere decir? Escribe acerca de lo más significativo que te haya sucedido hoy, en lo personal, lo laboral o lo sentimental. O del partido de fútbol que jugó tu equipo preferido. O de ese cantante que te hace vibrar con sus canciones. O de cómo la vida te llena de bendiciones a través de tus hijos. O de cómo te sientes como un niño jugando con tu perro.

No es necesario abordar temas trascendentales, ni escribir una columna de opinión o un ensayo académico. Esos déjaselos a otros. Céntrate, más bien, en aquellas pequeñas cosas que te hacen feliz, que endulzan tu vida. Y algo muy importante: escribe para ti, como si nadie más lo fuese a leer. ¿Por qué? Porque así evitas caer en la trampa de las benditas expectativas.

Tu relato (escrito) debe ser emocionante, que no significa que sea una aventura, sino que incorpore emociones. ¿Cómo te sentiste? ¿Qué fue lo que más te impactó? ¿Alguna vez te habías sentido así? ¿Cuál fue tu reacción? Emociones. A través de ellas puedes conectar con otros, puedes conseguir que otros se identifiquen con experiencias similares a la tuya.

Y en virtud de esa identificación surge la empatía, que es un poderoso vínculo emocional que nos permite compartir lo que somos, lo que sabemos y lo que sentimos con otras personas. Aunque no las conozcamos. Esa es la verdadera magia de un mensaje poderoso: no permite construir puentes con personas ajenas a nuestro entorno y vivir nuevas experiencias.

Tu relato (escrito), además, debe incorporar una lección, un aprendizaje. A mí, en particular, me gusta hablar de moraleja. ¿Por qué? Porque la moraleja está asociada a recuerdos felices, de cuando éramos niños y nos leían cuentos, de cuando el abuelo nos contaba historias. En cambio, las lecciones y los aprendizajes están asociados a temas más formales, no siempre positivos.

La moraleja es aquello que aprendiste de esa experiencia, algo que te servirá para próximas ocasiones y que desconocías o habías pasado por alto. Cuanto más simple sea la moraleja, mejor, porque cualquier persona puede sacarle provecho. “Aprendí que es importante escuchar a la otra persona antes de emitir un juicio o descalificarla”, por ejemplo.

Emociones y moraleja, dos ingredientes indispensables de tu relato (escrito). Pero, quizás, aún te atormenta aquella pregunta, ¿por dónde comenzar? Un dato, una idea, un sentimiento. Uno y solo uno. “Fue la primera vez que…”, “Jamás había sentido algo parecido”, “Me sorprendió el tono conciliador de su mensaje”, “Me encantó escuchar esas palabras de boca de mi pareja”

Procura que ese dato, idea, sentimiento o pensamiento sean lo suficientemente atractivos y/o curiosos para atrapar la atención de tu lector. Pero, por favor, no te compliques: elige lo fácil, lo común, lo que te permita conectar con más personas, identificarte con más personas. Es decir, que sean muchas las personas que vivieron algo parecido y quieren conocer tu experiencia.

Nadie nació aprendido es una premisa que se aplica a todas las actividades de la vida. Y, por otro lado, el ser humano está en capacidad de aprenderlo todo, lo que quiera o, de otra manera, de desarrollar cualquier habilidad. Como la de escribir, por ejemplo. Comienza por un dato (idea, sentimiento o pensamiento), agrega emociones y termina con la moraleja.

No te vas a ganar el Nobel de Literatura, te lo aseguro, ni un Premio Pulitzer. No importa, porque de eso no se trata. De lo que se trata es de que te des permiso de aprovechar y de disfrutar el privilegio que la vida te concede de escribir y compartir lo que sabes y lo que eres. Tu mensaje, créeme, puede ser justamente ese toque divinoque otra persona anhela.

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Escribir, el más poderoso e impactante acto de libertad y rebeldía

“Si hay personas que se incomodan o molestan por lo que digo, ¿qué tal que se enteraran de lo que pienso?”. Este es un pensamiento que con mucha frecuencia da vueltas en mi mente en estos tiempos de cordial hipocresía y en los que la norma es ser políticamente correctos. En especial, ahora que hay tanta gente susceptible, esa que llamamos la generación de cristal.

No cabe duda de que los seres humanos somos una especie muy particular, paradójica. Por mucho tiempo, siglos, padecimos por un modelo de educación patriarcal en el que a veces, muchas veces, no nos era permitido expresarnos o quejarnos. La autoridad y la palabra del padre no se cuestionaban, no se discutían, simplemente se acataban sumisamente y punto.

Sin embargo, los tiempos cambian, a veces para bien, por fortuna. Hoy, sin embargo, nos hemos ido al otro extremo: nadie se calla, todo el mundo quiere hablar, quiere expresar lo que piensa y lo que siente. Además, con una ventaja en relación con el pasado: hay múltiples y poderosas herramientas y canales a través de los cuales podemos comunicarnos.

Tristemente, sin embargo, casi nunca nos comunicamos. Nos limitamos a vomitar sentimientos y emociones (disculpa si la expresión es algo fuerte) escudado en la mal entendida libertad de expresión. Por eso, las redes sociales tienen muy poco de sociales y son más bien fétidas cloacas en las que las personas destilan su resentimiento con la vida, revelan sus dolores.

Por eso, así mismo, internet es un poco como el Lejano Oeste que vemos en las películas de Hollywood. Sí, un lugar sin dios ni ley en el que cada uno hace justicia por su mano. La única diferencia es que las armas no son revólveres o fusiles, sino pensamientos, emociones y la lengua. Las ráfagas vienen y van, sin cesar, y hasta puedes ser víctima de una bala perdida.

Una libertad de expresión llevada al extremo y malinterpretada. Palabras e ideas cargadas de dinamita, con un alto poder destructivo que van dejando heridas que, a veces, muchas veces, no es posible sanar. La comunicación, privilegio del ser humano, es empleada con un objetivo contrario al natural: destruye, en vez de construir; lastima, en vez de sanar. ¡Doloroso!

Lo más irónico, sin embargo, es que hay muchas personas, demasiadas personas, que siguen en silencio. Esta vez no impuesto, sino elegido. Personas que hoy, en pleno siglo XXI, tienen miedo de expresarse, de decir lo que piensan y lo que sienten. Lo peor es que por lo general son personas que tiene mucho que decir, mucho por aportar. Pero, eligen el silencio.

Una de las principales manifestaciones de este miedo es aquel “no puedo escribir”, “no sé cómo hacerlo”, “no consigo inspirarme”, “eso no es para mí” y tantas otras excusas que esgrimimos a la hora de escribir o de comunicarnos. Personas que tienen un conocimiento valioso, experiencias enriquecedoras y dones, talentos y pasión, pero no los comparten.

Cuando comencé el proceso de aprendizaje de marketing, mi amigo y mentor Álvaro Mendoza me dijo una frase que me marcó: Cuando una persona tiene conocimiento, experiencia, unos dones y talentos que pueden ayudar a otros, que les pueden servir a otros, tiene la responsabilidad de compartirlos. Quedarse con ellos para sí mismo, guardarlos, es un error”.

Esa premisa se la transmitieron sus padres, primero, y sus mentores, después. Una premisa que le ayudó a descubrir cuál era el propósito de su vida: servir a otros. Desde entonces, se dedicó a educar a las personas que quieren aprender de marketing, se dedicó a transmitir su conocimiento y experiencias, y hoy es conocido como El Padrino del marketing digital.

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Escuchar esa frase fue una revelación. También, un punto de partida. Comprendí que había mucho que, gracias al conocimiento acumulado, de la experiencia atesorada en más de 30 años de trayectoria profesional, podía ofrecerles a otros. Entendí que mis dones y talentos solo tienen sentido cuando puedo aprovecharlos en beneficio de otros, cuando impactan a otros.

Desde entonces, trato de llamar la atención de otros, trato de llamar tu atención. ¿Por qué? Porque tienes que dejar atrás el miedo a decir lo que piensas y lo que sientes, tienes que expresarlo al mundo, gritarlo, si es necesario. No solo experimentarás una increíble sensación de placer, sino que sentirás que tu vida vale la pena, que tiene sentido gracias a tu propósito.

Ese miedo surge porque muchas veces, casi siempre, hay un corto circuito entre aquello que pensamos y lo que expresamos. Recuerda la frase del comienzo de la nota: “Si hay personas que se incomodan o molestan por lo que digo, ¿qué tal que se enteraran de lo que pienso?”. Dentro de nuestra mente no hay espacio para la cordial hipocresía, allí no hay autocensura.

El problema, porque siempre hay un problema, es que nos dejamos llevar por los pensamientos negativos, destructivos, nos dejamos dominar por las emociones. Mientras, en la vida real buscamos la aprobación de otros, queremos ser simpáticos para los otros para evitar que nos rechacen, nos sometemos a vivir en esa contradicción para caerles bien a otros.

Sí, el miedo al rechazo, a quedarnos solos, es la principal causa de ese miedo que nos impide expresarnos, que nos impide escribir o decir lo que pensamos y lo que sentimos. Una segunda razón es la baja autoestima, estar convencidos de que nuestras ideas no valen nada, de que nuestro conocimiento y experiencias a nadie le interesan o, peor aún, a nadie le sirven.

También está, por supuesto, el temor al qué dirán, a hacer el ridículo y ser juzgados, ser señalados por otros. Es una creencia tan arraigada, que nos cuesta decirle te quiero a nuestros padres, a nuestra pareja, a nuestros hijos; nos cuesta decir que algo no nos agrada, que no nos hace felices, por temor a que nos reprueben. Entonces, elegimos la opción fácil: callarnos.

No nos damos cuenta del poder que hay en nuestro interior. El poder del conocimiento, el de las experiencias que nos dejaron valiosas lecciones, el de la pasión que nos mueve, el de las palabras que pueden sanar, que pueden construir. ¡Un poder ilimitado! Nos negamos el derecho a expresarnos (de verdad) libremente y les negamos a otros la ayuda que necesitan.

Escribir, quizás no lo sabías, es el mayor acto de libertad y de rebeldía del ser humano. Cuando escribes, literalmente eres el dueño del mundo, de ese mundo que puedes crear gracias a tu imaginación. Cuando escribes, eres el ser más poderoso del planeta, puedes ser un héroe o un villano, puedes salvar al mundo o encarnar a tu animal favorito. ¡Puedes decir lo que quieras!

Olvídate del qué dirán, olvídate de los miedos, olvídate de la cordial hipocresía, olvídate de encajar en el mundo de otros, olvídate de ser políticamente correcto. Recuerda que solo se vive una vez, recuerda que la única razón por la que estás en este mundo es porque puedes ayudar a otros con tu conocimiento, tu experiencia, tus dones y talentos, con tu mensaje.

“Cuando una persona tiene conocimiento, experiencia, unos dones y talentos que pueden ayudar a otros, que les pueden servir a otros, tiene la responsabilidad de compartirlos. Quedarse con ellos para sí mismo, guardarlos, es un error”. Recuerda, y pon en práctica, esta genial frase de mi amigo y mentor Álvaro Mendoza. Ejerce tu libertad, sé rebelde, ¡escribe!

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Cuando mueras, ¿cómo quieres que te recuerden por tu mensaje?

¿Alguna vez compraste un dolor? Asumo que tu respuesta es un NO contundente, en mayúscula. Primero, porque nadie vende dolor (no hay supermercado o farmacia en la que lo encuentres) y, segundo, porque nadie quiere comprar un dolor. La gente quiere, todos queremos, una solución, precisamente lo contrario al dolor. La gran búsqueda del ser humano es la cura de su dolor.

La realidad cotidiana en el mundo moderno es realmente caótica. Vivimos sometidos a un incesante e inclemente bombardeo mediático que, para colmo, está sobrecargado de noticias falsas. Nos incentivan el miedo, nos distorsionan la realidad y juegan con nuestras emociones, que son vulnerables. Sin embargo, lo sabemos, se trata de un círculo vicioso que solo aumenta el dolor.

El problema, porque siempre hay un problema, es que esta premisa se convirtió en, prácticamente, el único argumento de venta, en el único modelo de copy. Algunos caen, es cierto, porque están tan desesperados que se aferran a cualquier cosa, inclusive a algo que no les va a ayudar. Caen, además, por falta de conocimiento, porque se dejan endulzar el oído con palabras bonitas.

Otros, en cambio, se sienten agredidos y levantan una barrera que bloquea los intentos de quien quiere sacar provecho del miedo. Son aquellos que no venden y luego se quejan: “Internet no funciona”, “Las redes sociales son un engaño” y otras especies que todos conocemos. La verdad, sin embargo, es distinta: el mercado está harto del dolor, que abunda, y clama por las soluciones.

En marketing, hay dos caminos para vender: desde el dolor o el miedo, por un lado, o desde el placer o los beneficios, por el otro. Cada uno elige el que quiera, el que le parezca más efectivo, el que esté alineado con su propósito y con sus principios y valores. Son como el agua y el aceite, las dos caras de la moneda y, por supuesto, dos caminos que te conducen a destinos diferentes.

Uno de los aprendizajes más valiosos que debe incorporar cualquier ser humano cuando va a lanzar un mensaje es entender que la respuesta que recibe es directamente proporcional a lo que emitió. En otras palabras, más sencillas, recibes lo que das o, dicho de otra forma, la vida te regresa lo mismo que tú le entregaste: si das dolor, te da dolor; si das beneficios, te da beneficios.

Es producto de la ley de causalidad porque todo lo que haces genera una respuesta. No hay azar, no hay designios divinos, no hay casualidades: es la ley de la causa y el efecto y, aunque te parezca algo loco, tiene mucho que ver con el copywriting, con los mensajes que salen de ti. Por eso, la primera y más importante decisión que debes adoptar antes de escribir es cuál camino tomarás.

¿El del dolor y el miedo? ¿El del placer y el beneficio? Ten en cuenta que cualquiera que escojas es un camino sin retorno porque el mercado, aquellas personas que reciban tus mensajes, te van a etiquetar, te van a catalogar como fuente de miedo o de placer. Si eres un emprendedor, si le ofreces al mercado un producto o un servicio, esta es una decisión que no puedes tomar a la ligera.

Es habitual que algunos emprendedores me soliciten que revise los textos de su página web, de su carta de ventas o los mensajes que emitieron, por ejemplo, en un webinar. No hace falta leer el texto completo para comprobar cuál es el problema: el copy se enfoca, estrictamente, en el dolor, en exponerlo, en exacerbarlo, en provocarlo. ¿El resultado? Se ahuyenta al cliente potencial.

¿Por qué? Ya lo mencioné: nadie, absolutamente nadie, compra un dolor. Es cierto que esta es una de las estrategias de marketing más efectivas, pero no puede ser la única y, además, hay que ponerle un límite. Además, ten en cuenta que lo único que a las personas les interesa, al menos en un primer momento, es que respondas la pregunta clave, aquella de “¿Qué hay aquí para mí?”.

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Un mensaje basado exclusivamente en el dolor, enfocado en exacerbar el dolor, conseguirá atraer la atención de tu cliente potencial en un comienzo. Sin embargo, una vez superes el umbral de dolor, es decir, esa invisible línea que marca el nivel máximo soportable, se desconectará, ya no querrá saber más de ti. Al final, esta clase de mensajes lo único que provocan es un rechazo.

¿Por qué? Porque harán que la mente active aquellos recuerdos dolorosos, los momentos que nos costó trabajo superar y que, quizás, todavía duelen. Removerán las heridas o abrirán unas nuevas que no sanarán fácilmente. Y nos harán pasar otra vez por esos episodios que deseamos olvidar, que no queremos volver a vivir porque son el origen de las pesadillas que nos impiden dormir.

Cuando tu contenido se enfoca en el dolor, lo único que lograrás será generar acciones de defensa por parte de tu cliente ideal, que no quiere revivir esos episodios. Quizás, por efecto del miedo, porque está desesperado, logres que te compre una vez, pero seguramente no lo hará dos veces. El dolor, entiéndelo, solo produce más dolor. Así funciona en la vida, pero también en copywriting.

Cuando tu contenido se centra en los beneficios, en la transformación que tu producto o servicio puede producir en la vida de tu cliente potencial, la historia es muy distinta. Lo primero es activar el dolor y exacerbarlo sin cruzar el umbral de resistencia y luego, de inmediato, exponer de manera clara y contundente la solución. Que esa persona sepa que, en verdad, puedes ayudarla.

Eso no solo despertará su curiosidad, sino también, su interés. Querrá saber más, de ti y de tu producto, de cómo antes ayudaste a otras personas. Querrá saber cómo será su vida una vez obtenga lo que le ofreces. Se olvidará del dolor y pondrá en marcha su imaginación, que lo transportará a ese estado ideal en el que ese problema que lo inquieta se termina para siempre.

Tu mensaje deberá apuntar a esas emociones positivas, a generar en su mente un estado de placer que sea irresistible, al punto que esa persona te implore que le des lo que tienes para ella. Si no tiene el dinero, hará lo que sea necesario para conseguirlo y te comprará, porque entiende cuál es la recompensa que va a recibir, porque en su mente ya disfruta de los beneficios.

¿Ves la diferencia? Eso es algo que cualquiera quiere comprar, que todos queremos comprar. Sin embargo, hay algo más que debes saber: funciona bien inclusive cuando no se trata de una venta. Es decir, si tu mensaje tiene como objetivo invitar a una reflexión o promover una acción específica como suscribirse a tu lista de correo electrónico, esta fórmula también te será útil.

Con tu conocimiento, con tu experiencia, con los dones y talentos que te dio la naturaleza, estás en capacidad de provocar un impacto en la vida de otras personas. Ese créeme, es un privilegio invaluable. Por eso, cuando estás preparando tu mensaje, sea o no para vender, piensa bien, por favor, antes de tomar una decisión de la que quizás tengas que arrepentirte después.

Recuerdo que cuando comenzaba mi carrera periodística, hace más de 30 años, un compañero me brindó una de las lecciones más poderosas y valiosas que he recibido: “Si con lo que escribes puedes hacer un bien, ¿para qué eliges hacer un mal?”. Es algo que jamás olvidé y que procuro esté presente en mi mente cuando escribo porque mi propósito es generar un impacto positivo.

La vida es muy corta y a veces no es la que soñamos. A pesar de las dificultades, sin embargo, siempre hay una posibilidad de dejar una huella (no una cicatriz) en la vida de otros, en el mundo. Cuando estés decidiendo el tono y el impacto que pretendes provocar con tu mensaje, piensa esto: ¿cómo te gustaría que te recordaran una vez mueras? ¿Desde el dolor o desde el placer?

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Mi metodología de 7 pasos para que comiences a escribir hoy

Aquello que es desconocido o que, cuando menos, nos resulta incierto por lo general está acompañado por la desagradable sensación miedo o, cuando menos, de inseguridad. No es algo que podamos evitar, porque es parte de la condición natural del ser humano, y que además está presente en todas y cada una de las actividades que realizamos en nuestra vida, sin excepción.

Cuando somos niños, tenemos incorporado el espíritu aventurero. Uno ingenuo, desprovisto del miedo consciente. Creemos que somos capaces de hacer cualquier cosa, incluidas aquellas que nos resultan desconocidas o que nos resultan inciertas. Las hacemos, simplemente porque todavía no desarrollamos consciencia y, entonces, no percibimos el riesgo o, visto de otro modo, el peligro.

Sucede, por ejemplo, si vas de vacaciones con la familia y en la finca donde se alojan hay una enorme piscina con un trampolín de 1,5, 3 o 5 metros. La alberca, además, tiene una profundidad máxima de 1,80 metros. A pesar de todos esos componentes de riesgo, nos sentimos capaces de tirarnos, en especial si alguien nos reta: lo último que deseamos es que nos tilden de miedosos.

Lo hacemos, con miedo, pero lo hacemos. Al menos una vez, para evitar el escarnio público y ser objetos de burla el resto de nuestra vida. Igual sucede cuando emprendes la aventura de aprender a montar en bicicleta: ¡qué difícil es mantener el equilibrio para no caerte! Pero, claro, te caes una y otra vez y sufres a veces golpes severos. Luego aprendes y solo recuerdas los paseos felices.

¿Moraleja? El ser humano está en capacidad de hacer lo que quiera, cualquier cosa, inclusive lo que le es desconocido o lo que le resulta incierto, a pesar del miedo. Que nunca desaparece, pero que en algún momento deja de ser una amenaza y se convierte en un ameno compañero de viaje, de aventuras. Si lo piensas, verás que esta premisa se aplica a muchos de tus recuerdos felices.

Cuando le ibas a pedir matrimonio a tu esposa, el día que acudiste a la entrevista del que sería tu primer trabajo, aquella inolvidable mañana en la que eras la persona más nerviosa en la sala de partos mientras nacía tu hija o esa vez que lanzaste al mercado el primer producto de tu negocio propio. ¿Recuerdas? Sentías miedo (¿o quizás pánico?), pero siempre lo superaste y lo hiciste.

Una de esas situaciones habituales en las que lo desconocido o lo incierto nos provocan miedo es cuando queremos escribir. Es insólito, porque en esencia todos, absolutamente todos, aprendimos en el colegio. No para ser escritores profesionales, pero sí para escribir cualquier texto general (no especializado). Sin embargo, cuando nos sentamos frente al computador el miedo nos paraliza.

Y el primer efecto es que la mente se pone en blanco, se bloquea. Y comienzan esos pensamientos que te atormentan: “¿Qué hago aquí, si ni siquiera sé qué voy a escribir?”, “Esto no es para mí, no puedo hacerlo” o “Mejor veo Facebook y lo dejo para otra día”. Y dado que el ser humano es práctico y privilegia el instinto de supervivencia, nos escabullimos con rapidez.

Esa decisión, ese atajo, solo nos conduce por el camino de la frustración, aquel en el que nuestros sueños se extinguen o, en el mejor de los casos, mueren de aburrimiento. El problema, porque siempre hay un problema, es que esta incómoda situación se repite una y otra vez, cada vez que lo intentamos. ¿Por qué? Porque de manera inconsciente (¿involuntaria?) repetimos el error.

¿Cuál es el error? Comenzar por el final. ¿Sabes a qué me refiero? A algo que mencioné en un artículo anterior: a que sentarte frente al computador es el último paso del proceso para escribir. ¡El último! Si aceleras el proceso, si pasas por alto alguno de los requisitos previos, el miedo te invadirá, la inseguridad aflorará y, entonces, los pensamientos negativos se adueñarán de ti.

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“No puedo”, principalmente. Y la verdad es que esa es una excusa, una justificacin. Bien porque no estás preparado para comenzar a escribir o bien porque desconoces esto que a continuación voy a enseñarte: qué debes haber completado antes de sentarte a escribir. ¡Atención!: no es una fórmula perfecta, solo una metodología (la que yo utilizo) y que puede ayudarte a comenzar:

1.- Determina el tema. Parece obvio, pero no lo es. No es solo saber a ciencia cierta cuál es la idea de partida, sino el plan completo. ¿A qué me refiero? Qué va a suceder en tu historia o en tu artículo, cuál será el alcance (un texto único o uno con varias entregas) y cuáles son los restantes elementos que debes considerar. Sugiero que lo escribas en una hoja y lo sigas al pie de la letra.

2.- Determina el contexto. En esta nota (te la recomiendo, porque es muy valiosa) te conté cuál es la importancia del contexto: sin él, tu texto es uno más, uno del montón, carece de impacto y pasa al olvido con rapidez. El contexto le da sabor a tu historia, a tu relato, es la característica por la que podrás generar identificación y empatía con tu lector y, por ende, una conexión emocional.

3.- Establece la estructura. Un texto, desde un corto email hasta una novela, es un viaje: tiene un comienzo, un trayecto y un final. No es algo lineal, sino que hay curvas, ascensos, descensos, pasos peligrosos, estaciones de descanso o de servicio, en fin. Además, no estás solo, así que se requieren otros actores, principales y secundarios, y algo muy importante: la trama, ¡sí, la trama!

4.- Establece el estilo. El estilo es la característica que, además del contexto, le imprime personalidad a tu contenido. Surge de tus principios y valores, de tu propósito de vida, de cómo ves la vida, de tus creencias, de tu conocimiento y experiencia. El estilo es la voz del autor reflejada en el texto y es el factor que diferencia tu escrito del resto de producciones.

5.- Determina el impacto. ¿Qué quieres transmitir con tu texto? ¿A quién te vas a dirigir? ¿Vas a hacer un llamado a la acción? Si no sabes adónde quieres llegar, nunca llegarás. La estructura no es una camisa de fuerza y la improvisación que surge de la creatividad es bienvenida, pero esto no te da licencia para comenzar sin haber establecido el impacto (mensaje) que transmitirá tu texto.

6.- Determina los vaivenes. Un buen texto incorpora puntos altos y bajos, emociones variadas, eventos sorpresivos, aciertos y errores, obstáculos y dificultades y, por supuesto, el triunfo del bien sobre el mal, un final feliz. No lo olvides: la realidad del común de las personas es caótica, insoportable, y lo que busca en tus textos es un oasis, un elíxir, una vía de escape hacia algo mejor.

7.- No te olvides de la moraleja. Por favor, no te olvides de la moraleja. Es la recapitulación de la idea principal que dio origen a tu texto combinada con el mensaje que deseas transmitir. Son los argumentos que expones para ayudar a tu lector a realizar una adecuada interpretación del contenido que le ofreces. La moraleja cierra el círculo y evita que queden cabos sueltos.

Lo que es desconocido o lo que nos provoca inquietud nos llena de miedo simplemente porque no tenemos un plan para abordarlo, porque asumimos esa situación o ese reto en desventaja. A la hora de escribir, si sigues esta metodología de siete pasos que acabo de exponer estoy seguro de que podrás comenzar y avanzar. Quizás requieras ayuda más tarde, pero al menos habrás comenzado.

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Para escribir, probar y fallar también es la estrategia más efectiva

¿Qué es lo más difícil que intentaste en la vida y al final, a pesar de las dificultades, lo lograste? ¿Cocinar? ¿Aprender un nuevo idioma? ¿Algún deporte? ¿El manejo de un dispositivo digital o de un software específico? No importa en realidad qué haya sido, porque lo único realmente valioso es que lo lograste. Con esfuerzo, con sacrificio, quizás con algo de dolor, pero lo lograste.

Y, de eso estoy seguro, antes de comenzar tenías miedo. Y muchas dudas. Y desconfianza. Sin embargo, ese sueño fue más poderoso y, por eso, las dificultades que enfrentaste en el camino solo fueron eso, dificultades, aprendizajes que te sirvieron para ser más fuerte y seguir adelante. Y estoy seguro, también, de que después de alcanzar ese logro te sientes una mejor persona.

Recuerdo que hace ya casi 15 años, cuando falleció mi santa madre, mis habilidades en la cocina se reducían a preparar huevos (pericos o fritos, sin que se chamuscaran). Una tremenda ironía, porque mi mamá fue una excelente cocinera, al punto que podía descifrar la receta de un plato con solo probarlo y luego cocinarlo. Así, por ejemplo, aprendió a preparar la fanesca ecuatoriana.

¿La probaste al vez? Es deliciosa. Es un guiso a base de granos tiernos y pescado seco, típico de la zona norte de Ecuador, en los límites con Colombia, y que se prepara principalmente durante la cuaresma. Mis padres vivieron en ese país varios años y la señora Elisa, por supuesto, no perdió la oportunidad de aprender a cocinar algunos de los platos autóctonos. Este, una obra de arte.

El caso es que, aunque una cocinera de primera, era muy mala maestra: carecía de paciencia y de tacto para enseñar. Lo único que pude aprender de ella fue la torta de cumpleaños, que una vez le ayudé a cocinar porque a ella no le gustaba la cocina dulce. Por varios años, esta celebración en casa se hizo con mis ponqués, hasta que un día el festejo se transformó en una reunión de amigos.

Por ahí con un amigo alguna vez, de la mano de la cocinera de su casa, la señora Elsa, aprendimos a preparar tostadas francesas (que no es una hazaña) y postre de limón (que ya tenía algo de ciencia). Si mal no recuerdo, ahí terminaba mi sabiduría culinaria. Hasta que mi madre partió a la gloria eterna y me vi cara a cara con un problema inesperado: ¿y ahora qué voy a comer?

En las primeras semanas, la señora Aracely, que nos ayuda con las labores domésticas, me dejaba la comida preparada, pero pronto me cansé de comer recalentado. Pasé, entonces, a la fase de los alimentos congelados, pero no tardé en descubrir que la mayoría tenía un sabor distinto al natural y, por eso, me aburrí. ¿Qué salida quedaba? Domicilio, no. ¡Tenía que aprender a cocinar!

Comencé con platos sencillos, con mezclas normales y luego abordé tareas más retadoras: la lasaña, por ejemplo, que me encanta. La primera versión tenía ingredientes de lasaña, sabía a lasaña, pero su apariencia distaba mucho de una verdadera lasaña. Fue como al cuarto o quinto intento que di en el clavo. Y lo mismo sucedió con otros platos, como la tortilla española.

Hoy, fíjate, preparo toda mi alimentación y mi carta menú incluye varios platillos que jamás creí poder preparar. Mi papá, que por culpa del consentimiento de mi mamá es muy exigente con la comida, disfruta lo que cocino. Ahora, por ejemplo, la cena de celebración de Navidad o Año nuevo corre por mi cuenta (lomo al trapo, lasaña, rollo de carne). ¡Finalmente, aprendí!

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¿A dónde voy con esta historia? La idea de compartir esta experiencia contigo surgió cuando vi en internet la siguiente frase: “No olvides que puedes empezar tarde, comenzar de nuevo, estar inseguro, actuar diferente, probar y fallar y, aun así, tener éxito”. Absolutamente genial, ¿cierto? Y, además, resulta perfecta para rebatir la principal objeción que escucho a la hora de intentar escribir.

“No puedo”, es lo primero que me dicen. Y no es cierto: todos podemos. Lo que sucede es que a veces no sabemos cómo hacerlo, no hemos desarrollado la habilidad necesaria, carecemos del conocimiento requerido o no hemos encontrado la ayuda idónea. Como ves, el mensaje es muy distinto, porque el odioso “no puedo” les cierra la puerta a alternativas que, por supuesto, son viables.

Además, como lo he mencionado en artículos anteriores, dentro de ti hay un buen escritor que, como el oso en el invierno, está hibernando a la espera de que los rayos del sol iluminen su camino. No lo olvides: dentro de mí había un buen cocinero (no un chef) que solo afloró cuando las circunstancias lo exigieron. Si crees que no puedes, este artículo, sin duda es para ti.

“Estoy viejo para eso” (una versión de es tarde para empezar) no pasa de ser una excusa fácil. El actor estadounidense Morgan Freeman tenía 50 años cuando, por fin, interpretó un papel que fue aclamado por el público y la crítica. El escritor portugués José Saramago saboreó las mieles del éxito a los 58 años y el compositor italiano Giuseppe Verdi estrenó su obra cumbre a los 74.

“Viejo el viento y todavía sopla”, reza un popular refrán. Si eres de los que acuñaron la creencia de que es tarde para empezar, te recomiendo esta nota: 4 poderosas razones para comenzar hoy (nunca es tarde). Cualquier día es bueno para empezar, pero, sin duda, el mejor es hoy. Y, algo que no puedes pasar por alto, lo peor es quedarte con la incertidumbre, no comprobar que eres capaz.

“Comenzar de nuevo”, mientras tanto, te permite borrar de tu mente la ideal del fracaso. ¿Ya lo intentaste y no funcionó? ¿No resultó como esperabas? Está bien, así es la vida. No siempre a la primera conseguimos lo que deseamos, quizás por falta de conocimiento, porque deseamos llegar a la meta en un solo paso, porque carecemos de paciencia. Que hayas fallado no significa que no puedas.

El único fracaso consiste en renunciar a tus sueños, en dejar que el miedo asuma el control de tus acciones y decisiones y, de esta manera, privarte del privilegio de disfrutar lo que la vida preparó para ti. “Comenzar de nuevo” significa que tienes la disposición necesaria para intentarlo otra vez y que ahora te sientes mejor preparado para recorrer ese camino, para volver a experimentar.

Que estés inseguro es normal, porque toda aquella situación en la que nos vemos vulnerables nos transmite esa sensación. Sin embargo, tan pronto te despojes de las prevenciones, cuando creas en ti y en tus cualidades, en tus capacidades, la inseguridad desaparecerá. Será, entonces, cuando puedas actuar diferente a como lo haces habitualmente, cuando te des cuenta de tus poderes.

Probarás y fallarás, sin duda, porque esa es la secuencia lógica del proceso, porque así es que se aprende. Pero, créeme, si persistes, si no abandonas, vas a tener éxito. Que quizás no significa convertirte en un escritor laureado, pero sí en una persona feliz porque cristalizó un sueño. Y ese será un momento sublime, inolvidable. Y solo lamentarás no haber comenzado mucho antes.

¿Qué es lo más difícil que intentaste en la vida y al final, a pesar de las dificultades, lo lograste? La próxima vez que dudes, “No olvides que puedes empezar tarde, comenzar de nuevo, estar inseguro, actuar diferente, probar y fallar y, aun así, tener éxito”. No importa cuántas veces lo intentaste y cuántas fallaste: si haces lo necesario, escribir dejará de ser un anhelo y se convertirá en una realidad.

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