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“Inspiración, ven a mí (por favor…)”: no te lo creas, ¡ella ya está en ti!

Ese es un clamor que escuchamos sin cesar, en especial cuando vamos a comenzar un proceso creativo. Que no se limita a la escritura, sino que abarca también la música, la pintura, la escultura y hasta la cocina. Es decir, todos aquellos en los que la creatividad es un ingrediente básico, el que le da el toque original a tu producción, el que te diferencia del resto.

Los seres humanos, quizás por nuestra naturaleza, también porque es lo que nos enseñan en la niñez y lo que reforzamos durante el resto de la vida, nos obsesionamos con buscar lo que ya poseemos. La versión más perversa es que nos obsesionamos con comprar algo inmaterial que nadie puede ofrecernos: la salud, la felicidad, el amor, la paz, la imaginación y la creatividad.

Todos nacemos saludables, en esencia. Inclusive, las personas con algún tipo de discapacidad pueden vivir una vida normal si consiguen adaptarse. Lo demás, la conservación de esa salud, depende de cada uno: de los hábitos que adquirimos, de nuestro comportamiento, de cuánto amamos y respetamos nuestro cuerpo, de cuánto lo cuidamos, lo cultivamos, lo potenciamos.

Todos tenemos mil y un motivos cada día para ser felices. Sin embargo, son muy pocos los que aseguran ser felices. El problema es que nos dicen que la felicidad es un destino, y no es así; nos dicen que la felicidad es un estado, y no es así. La verdad (al menos, así lo creo), es que la felicidad es una actitud que nos permite disfrutar la vida, inclusive en los momentos difíciles.

Todos nacemos rodeados de amor, fruto del amor. Y tenemos la posibilidad de brindar amor. De mil y una forma, en todas y cada una de las situaciones de la vida. Amor de padres, amor de hijos, amor de hermanos, amor de amigos, amor de cuidadores (de nuestras mascotas, por ejemplo), amor en general, que se disfraza de caridad, de generosidad, de solidaridad.

Todos tenemos tanta paz como deseemos. Por supuesto, hay circunstancias que no es posible controlar, que se presentan como aprendizajes camuflados que encierran alguna lección para nosotros. Luego, esa paz dependerá de la calidad de personas las que te rodees, de que te alejes de personas y ambientes tóxicos que nada te aportar, que seas tu propia prioridad.

Y, ya lo supondrás, todos tenemos imaginación y creatividad. Y no una dosis limitada, ¡sino toda la que es posible atesorar! La imaginación y la creatividad están ahí, son parte de la configuración de origen de todos los seres humanos, pero cada uno tiene que encontrar cómo se manifiesta, cuál es la habilidad que te permitirá generar un impacto positivo con ellas.

¿Entiendes? No tienes que salir a buscarlas en ninguna parte. Nadie te venderá imaginación o creatividad, nadie te las transferirá, porque ya están en ti. De hecho, y esto es importante que lo comprendas, nadie te enseñará a ser imaginativo o creativo: tú, solo tú, podrás descubrir para qué te sirven, cómo utilizarlas. La premisa es que sea en beneficio de otros.

Cuando una persona me pide que le ayude a escribir, lo primero que me interesa que esté claro es que ya sabe escribir. Es decir, no vamos a partir de cero, sino que vamos a identificar en qué punto del proceso se encuentra, cuáles son las virtudes que tiene y, por supuesto, las dificultades que le impiden avanzar. Por lo general, más que dificultades se trata de miedos.

Miedo a fracasar, miedo a quedarse a mitad del camino, miedo a que lo que escribes no le guste a nadie, miedo a la crítica negativa, miedo a que a nadie le interese… Lo primero que hay que entender es que escribir es una aventura llena de riesgos: solo los que están en capacidad de asumir, de vencerlos, pueden escribir textos, contenidos u obras dignas de leer y recordar.

Pero, volvamos al comienzo: la inspiración no llega a ti porque ya está en ti. No necesitas ir a buscarla en ningún lado, porque ya la tienes. Está en todos y cada uno de los gratos recuerdos de tu niñez, en los momentos inolvidables que has vivido con tus amigos, en los instantes felices que experimentaste con tu familia, en las risas que compartes cada día con tus hijos.

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Está, así mismo, en esos logros que tanto te costaron y de los cuales te sientes muy orgulloso, o en el conocimiento que has adquirido gracias a tu disciplina y disposición para aprender. O en los maravillosos libros que has leído desde la niñez, o en las canciones que escuchas y que te transportan a escenarios increíbles o en las series y películas que has visto una y otra vez

El problema con la imaginación y la creatividad es que creemos, porque así nos lo enseñan, que están ligadas a algo extraordinario. Y la verdad es distinta: las mejores ideas, aquellas que marcan la diferencia y que atraen la atención, son aquellas que están ligadas a lo que tantas veces pasamos por alto: los pequeños detalles y las emociones. ¿Habías caído en cuenta?

Todo, absolutamente todo lo que está a tu alrededor, lo que sucede a tu alrededor, es una inagotable fuente de imaginación y creatividad. Sin embargo, lo más valioso se encuentra en los detalles y en las emociones. Para apreciar y aprovechar los detalles debes usar estas dos habilidades: observar y escuchar. Te ayudarán a activar tu imaginación y tu creatividad.

Las emociones son tan poderosas que condicionan lo que pensamos y lo que creemos, en consecuencia, también lo que hacemos. Cuando estamos alegres y confiados, nos sentimos invencibles; mientras, en medio de la tristeza y la confusión somos vulnerables. Cuando la vida nos sonríe con salud, bienestar y prosperidad, los miedospasan a un segundo plano.

Mentiría si te dijera que es posible dominar las emociones: nadie lo hace. Sin embargo, sí es posible aprender a tomar distancia de ellas, abstraerte de su entorno. Así, les quitarás el poder que ejercen sobre ti, evitarás que jueguen contigo. Esa, créeme, es una de las habilidades que un buen escritor (o cualquier otro creativo, sin importar la especialidad) debe aprender.

Las emociones que experimentas en las diferentes circunstancias de tu vida son una increíble e ilimitada fuente de inspiración y creatividad, siempre y cuando no te dejes llevar por ellas. Si puedes verlas en perspectiva, te servirán para ver esos pequeños detalles que los demás omiten, para descubrir los secretos que esconden esas situaciones debajo de lo obvio.

No pretendas que la inspiración, la musa o como la quieras llamar, llegue a ti y te ilumine. Eso no va a ocurrir. Es una mentira que se ha propagado con el fin de venderte productos que, en teoría, te van a permitir inspirarte. Sin embargo, repito: es una mentira. La inspiración está dentro de y solo tienes que descubrir cómo activarla, tomar control de ella y aprovecharla.

Tu tarea consiste en saber qué te inspira: ¿la música? ¿La lectura? ¿El deporte? ¿El cine? ¿Una actividad al aire libre? ¿Jugar con tu mascota? ¿Salir con tus amigos a tomar cerveza? ¿Estar con tu pareja? ¿Caminar solo por un parque? ¿Meditar? ¿Conversar con tus padres o con tus abuelos? ¿Ayudar a tus hijos con las tareas escolares? ¿Qué es, en últimas, lo que te inspira?

La buena noticia es que no es una sola actividad, no hay una sola fuente. De hecho, lo más probable es que sea una combinación de varios o, por qué no, de todas las anteriores (y, claro, de algunas más que solo tú conoces). Una vez lo hayas identificado, enfócate en las emociones que experimentas en esas situaciones, en los pequeños detalles que la mayoría omite.

Una pista: eso que tantos llaman inspiración no es más que una oportunidad. Si la dejas ir, tienes que crear una nueva, propiciar otra. Pero, por favor, no olvides lo importante: la imaginación y la creatividad están en ti, así que cuanto mayor sea tu autoconocimiento, mayor será la información que obtendrás de ese apasionante viaje a lo más profundo de tu interior.

La próxima vez que te den ganas de invocar a la tal inspiración (que no existe), más bien despójate de los miedos y acepta la aventura de explorar en tu vida (pasado y presente) y en tus sueños e ilusiones (futuro). Profundiza tanto en lo doloroso, como en lo que te produjo placer, en lo que te hizo llorar y lo que te provocó felicidad. Luego, deja correr la imaginación

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Estrategias para activar y desarrollar la creatividad y la imaginación (I)

La mente del escritor funciona como la cabeza de un cerillo (fósforo): requiere un chispazo para encenderse. Uno pequeño, no una inmensa llamarada, ni una fogata; apenas un chispazo. Una vez se prende la llama, el resto corre por cuenta de la creatividad y de la imaginación de cada uno. Sin embargo, también hay que tener en cuenta otro factor decisivo: el conocimiento, la información.

Cuando un cerillo se frota contra la pared de la cajetilla, una pequeña cantidad de fósforo rojo de la superficie se transforma en fósforo blanco, que es extremadamente volátil y se enciende al entrar en contacto con el oxígeno del ambiente. Es un chispazo fugaz, que dura tan solo unos segundos antes de extinguirse, pero suficiente para conseguir el objetivo de prender algo.

En un post anterior (Cómo una idea, inclusive mediocre, puede ser un texto digno de leer), es falsa aquella creencia tan arraigada de que requieres una gran idea para sentarte a escribir. La verdad, se requiere solo un chispazo, algo que prenda la creatividad, que encienda la imaginación y que active ese abundante arsenal de experiencias que acumulas y el conocimiento que has adquirido.

En la realidad, sin embargo, cuando vamos a encender el cerillo muchas veces lo forzamos de más y provocamos que pierda la cabeza. O, quizás, no contiene la cantidad de fósforo necesaria para generar el chispazo o, suele suceder, ha perdido sus características y ya no sirve. Es exactamente lo mismo que sucede con las ideas: las forzamos, no son suficientes o son inutilizables.

Una idea, por más que sea la gran idea, por sí misma no es suficiente para escribir. Tal y como lo mencioné en aquella nota, se requiere rodearla de otros elementos que nos permiten construir un texto, una historia. El problema es que la mayoría de las veces nos quedamos en la etapa de tratar de encender el cerillo y, si no lo conseguimos, ahí termina el proceso. Es el tal bloqueo mental.

Que no existe, que es mentira, que es solo la manifestación de nuestra incapacidad para prender el cerillo, para provocar el chispazo que active nuestra creatividad e imaginación. Es un proceso que puede darse de dos formas: automático o manual. El automático surge de repetirlo muchas veces, de entrenar la mente para que nos dé buenas ideas, de exigirla para ponerla en marcha.

La salvedad es que ese automático no significa instantáneo. Requieres tiempo, como cuando vas a cocinar arroz: calientas el agua, viertes el arroz y luego, a fuego lento, dejas que se cocine. Con las buenas ideas sucede lo mismo: pueden aparecer en poco tiempo o quizás se hacen rogar y solo se presentan dos horas después, o al día siguiente. Esto, amigo mío, es parte del proceso de escribir.

El modo manual, mientras, nos exige un poco de ayuda. Esto ocurre, por lo general, cuando vamos a escribir de un tema que no dominamos o que abordamos por primera vez. O, también, cuando la mente está cansada, distraída o enfocada en otro tema, por ejemplo, una preocupación. Entonces, ese chispazo no se da, ese cerillo no enciende y tenemos que tomar otro y forzarlo a prender.

¿Cómo? Realizando alguna actividad que nos permita incentivar la imaginación, desbloquear la mente y dar rienda suelta a la creatividad. Lo primero que puedo decirte es que no hay fórmulas, ni libretos, ni magia. Lo que a mí me funciona, quizás a ti no, o te brinda resultados distintos. Lo único que puedes hacer es probar y validar los resultados; si no funciona, probar con otra opción.

Lo primordial es romper el cerco que te mantiene bloqueado. A veces, por ejemplo, basta con salir al jardín y jugar con tu mascota, consentirla unos minutos y quizás tomarte una taza de café o de té. Después de 10 minutos de receso, es probable (probable, no seguro) que tu mente se haya activado y las ideas comiencen a fluir sin inconvenientes. Entonces, es hora de aprovecharla.

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En otras ocasiones, quizás es necesario salir de casa porque debes cambiar el ambiente, ver a otras personas, conversar con otras personas. Es bueno que salgas solo, de modo que puedas enfocar tu mente en lo que te interesa. Camina un rato, mira las vitrinas de los almacenes, date un gusto y de pronto entra a una cafetería y pide una bebida. O también puedes entrar a la iglesia y orar.

Esas que te acabo de mencionar son estrategias que a mí me dan buen resultado. Si la idea que busco está muy enredada, el paseo fuera de casa quizás se convierte en ir al centro comercial y caminar sin un plan definido. Siéntate en algún lugar y observa a las personas: qué hacen, cómo están vestidas, cómo se tratan las parejas, qué hacen los niños, qué ruido u olor llama tu atención.

El gran secreto de la creatividad y la imaginación está en la observación. El problema es que no nos enseñan a observar en silencio. Este es un ejercicio divertido que me encanta porque activa mi mente con rapidez y la activa en un punto muy alto. Ver a otros, sus comportamientos, sus gestos y sus actitudes son fuente inagotable de creatividad. La conexión se establece a través de la empatía.

Cuando el tema ya es más complicado, es decir, cuando hay agotamiento mental, la solución tiene que ser radical. Mi mejor terapia es jugar al golf. Son al menos 6 horas entre el antes, el durante y el después del juego en los que la mente está enfocada en algo muy distinto y, además, en un escenario propicio para que la imaginación vuele muy alto: al aire libre, rodeado de naturaleza.

Durante la ronda, converso con mis compañeros de juego o con el cadi, de todo y de nada. Me río, me burlo de los tiros malos de otro, celebro mis pocos tiros buenos y mientras tanto, en segundo plano, dejo que la mente vuele libremente. Escuchar los pájaros, el crujir de las ramas al chocar por efecto del viento, el golpe de los palos a la pelota y la adrenalina del juego son los disparadores.

Puedo decirte que muchas de las buenas ideas que plasmo en mis escritos surgieron en un campo de golf o alrededor de una ronda de juego. Me funciona muy bien en especial cuando se trata de un proyecto nuevo o de un tema que requiere mayor elaboración que, por ejemplo, una nota del blog. ¿Qué? Una carta de ventas, el perfil de un avatar, el copy de una página web o el capítulo de un libro.

Si no juegas golf, mi sugerencia es que des un paseo por un parque cercano a donde vives. Que te sientes, solo o en compañía de tu mascota, a dejar que pase la vida, sin hacer nada más que observar en silencio. Y lleva una libreta en la que puedas anotar las ideas que se te ocurren, para que no se te olviden mientras caminas de regreso a casa. Basta con 15 minutos para cumplir el objetivo.

¿Qué observar? A las personas, principalmente, pero también puedes fijar tu mirada en las mascotas de otros, en los árboles, en los pájaros que revolotean entre las ramas. Intenta abstraerte del ambiente y conectarte con el lugar, a ver qué te transmite. Escribe todas las ideas que puedas y las revisas en casa: verás cómo algunas son desechables y otras, increíbles.

La mente del escritor funciona como la cabeza de un cerillo (fósforo): requiere un chispazo para encenderse. Uno pequeño, no una inmensa llamarada, ni una fogata; apenas un chispazo. Una vez logras prender la llama, apela a tu conocimiento, a la información que posees del tema, y deja que las ideas fluyan. Haz una lista y arma una estructura que te guíe. Repite el proceso una y mil veces.

El 99,99 por ciento de lo que el ser humano aprende es producto de un proceso de observación (o de lectura, o de escucha) que le permite entender el proceso y ejecutarlo. El siguiente paso es probar una y otra vez, y otra más, hasta que se convierta en algo automático que funcione igual de bien cada vez. Recuerda: lo básico es prender la chispa de tu creatividad y tu imaginación.

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