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Cómo la imaginación llena los vacíos del conocimiento

La línea entre la realidad y la ficción, o la imaginación, es muy delgada. De hecho, con frecuencia la traspasamos, aun sin darnos cuenta. Y es inevitable, sin duda, no solo porque es la naturaleza del ser humano, sino también porque es imposible controlar la mente, que es traviesa, caprichosa, que nos juega malas pasadas. Que, además, es infinitamente poderosa.

Tan poderosa, que muchas veces, en muchas circunstancias, no somos capaces de saber a ciencia cierta si vivimos en la realidad o en la ficción (imaginación). Nos montamos películas, vemos enemigos que no existen, creamos escenarios que solo están en nuestra mente y nos mortificamos por situaciones o hechos que no se dieron o que se dieron de una forma distinta.

Quizás lo sabes, quizás lo has experimentado, la mayoría de los males que nos aquejan a los seres humanos están en nuestra mente, surgen de nuestra mente. Así mismo, habrás escuchado que los pensamientos tienen poder curativo y de transformación: lo que piensas y aquello en lo que crees determina lo que haces, tus comportamientos, hábitos y deseos.

La clave radica en que tu vida tenga más realidad que ficción (imaginación), porque de lo contrario la puedes pasar muy mal si vives en un mundo irreal. Esta, seguramente lo sabes, es una premisa que se aplica a todas las actividades de la vida y, por supuesto, la escritura es una de ellas. Pero, no solo la escritura: cualquier forma o especialidad de creación que elijas.

Por allá en el lejano año 1981, cuando a Gabriel García Márquez le otorgaron el premio Nobel de Literatura, los periodistas colombianos corrieron a Aracataca, su pueblo natal, un lugar polvoriento, caluroso y enigmático, con la intención de saber más de Gabo. Una de las paradas obligatorias era la casa natal del laureado escritor, donde los atendía doña Luisa Santiaga Márquez.

Ella, la madre de Gabo, con gentileza y paciencia, también con una encomiable naturalidad, respondió todos los interrogantes. Algunos de ellos, decenas de veces, porque las preguntas se repetían. Una de esas, de las más frecuentes, era cómo Gabo había aprendido (o quién le había enseñado) a crear esos personajes e historias fantásticas que maravillaban a los lectores.

No tengo ni idea. Lo único que les puedo decir es que todo lo que Gabo escribió es cierto porque a él se lo contaron”, decía la matrona. Por supuesto, nadie, absolutamente nadie, a excepción del propio escritor, sabía qué tanto de cada personaje, qué tanto de cada historia, era realidad y cuánto era ficción (imaginación). O, probablemente, ni él mismo lo sabía.

Y este, a mi juicio, es uno de los mayores poderes de la escritura, de la mente humana: puedes crear lo que sea, inclusive un mundo nuevo, y vivir allí aunque sea solo un rato, mientras lees. O puedes convertirlo en tu refugio privado, secreto, un espacio al que solo tú tienes acceso y en el que te sientes libre por completo. Sin ataduras, sin límites, sin preocupaciones.

Como lo mencioné en algún artículo anterior, escribir es el acto de rebeldía más increíble del ser humano. Entendiendo eso de la rebeldía como la resistencia a ser encasillado, a vivir una vida ajena condenado a seguir los patrones impuestos por otros; como la decisión voluntaria y valiente de vivir la vida bajo tus propios términos y aceptando los riesgos que esto implica.

De eso, justamente, se trata el privilegio de escribir: de hacerlo bajo tus propios términos, los que tú eliges, sin límites, y aceptando los riesgos que se presentan en camino. Aceptarlos y enfrentarlos, enfrentarlos y disfrutarlos. Un de los ineludibles es la creación de los personajes y de las situaciones (contexto) que le dan forma a tu historia, que le dan vida a tu historia.

Y este, créeme, es uno de los obstáculos más complicados para muchas personas, para la mayoría. ¿Por qué? Porque requiere darle rienda suelta a tu imaginación, dejar que tu creatividad vuele libremente. Y no saben cómo quitarse las ataduras, no saben cómo despojarse de los miedos y de las creencias limitantes, del peso de los errores del pasado.

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Por eso mismo, a lo mejor no lo sabías, escribir es también un acto de valentía. Las experiencias más ricas, más poderosas y las que te permiten generar mayor identificación con las personas que leen tus textos son aquellas que, irónicamente, más pánico nos producen. ¿Por qué? Porque son las que nos obligan a enfrentarnos a nuestros demonios internos.

Esa es la razón, una de las razones, por las que cuando creamos un personaje o una situación para una historia o un relato no podemos basarnos por completo, al ciento por ciento, en algo real, en una persona. “Nunca terminarás de conocer a una persona”, reza una popular frase. Le agregaría “ni a ti mismo”, porque hay mucho de nosotros mismos que desconocemos.

Son esas misteriosas profundidades de la mente y del corazón del ser humano que, quizás, sea mejor no explorar. Pero, no importa porque, al fin y al cabo, disponemos de un maravilloso recurso que nos permite llenar ese vacío: la imaginación (creatividad). Es lo que nos brinda la posibilidad de convertir en bueno lo malo, en hacer un villano de un héroe… ¡genial!

El de la realidad y la ficción es un círculo virtuoso: la una nutre a la otra, una se nutre de la otra. No hay realidad sin ficción y, por supuesto, no hay ficción sin realidad. En este caso, distinto de lo que ocurre con el huevo, sí sabemos qué fue primero: la realidad. Primero conocemos lo que el mundo nos ofrece y luego, a través del poder de la mente, lo recreamos, lo adaptamos.

Es usual que, cuando vas a escribir una historia, tomes algún modelo de la realidad. Sobre todo, a la hora de crear tu protagonista. La tendencia que seguimos, porque es lo que nos enseña el mercado, es tomar el modelo de alguien que conocemos, de alguien que nos es muy familiar, alguien muy cercano, y lo involucramos en la trama. Sin embargo, no siempre es bueno.

No si lo que haces es un copy+paste, es decir, si el protagonista de tu historia es, por ejemplo, tu abuelo o un amigo o una pareja que tuviste en el pasado. Recuerda: “Nunca terminarás de conocer a una persona”, así que ese modelo no es suficiente para tu relato. Para que no se noten los vacíos, tienes que echar mano de la imaginación, debes retocar a tu personaje.

El personaje o la situación en la que se desarrolla tu historia (el contexto) siempre es una mezcla de realidad y ficción. Siempre. Toma solo los rasgos más característicos de esa persona real que conoces y agrégale los matices que desees, surgidos de tu imaginación. Por supuesto, debe haber coherencia, debe ser creíble, debe tener un sentido y un propósito para tu historia.

Más que aquello que puedas leer (que no se puede descartar, por cierto), la mejor fuente de información para un escritor, para alguien que desea transmitir un mensaje, es su realidad. Sí, las experiencias que vive, las lecciones que surgen de sus errores, las interacciones que tiene con otras personas y con su entorno y, de manera muy especial, con sus emociones.

Una de las características que distingue a los buenos escritores es la capacidad para conectar con otras personas, para identificarse con ellas, a través de las emociones. Tu miedo quizás sea distinto del mío, pero es miedo al fin. Gracias a las emociones, nos acercamos a otros, nos sentimos acompañados, nos ayudamos unos a otros. Gracias, también, a la imaginación.

El oficio de escribir, en cierta forma, es muy similar al de cocinar: todos los chefs pueden preparar una deliciosa pasta con los mismos ingredientes, pero cada uno, gracias a la imaginación, le dará toque personal. ¿Entiendes? Y en esos, justamente en eso, radica la genialidad de cada uno, aquello que lo hace diferente y por lo que un comensal lo elige.

No te frenes simplemente porque no lo sabes todo, porque no lo conoces todo. Nadie, absolutamente nadie, lo sabe todo. Y, aunque se antoje una contradicción, es lo mejor. ¿Sabes por qué? Porque, entonces, puedes echar mano del maravilloso recurso de la imaginación, de la creatividad, una facultad única del ser humano que te permite ser el amo del mundo, de tu mundo…

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¿Cuánto de ti, de tu experiencia, debe haber en tus textos?

Una de las razones por las que a tantas personas les resulta difícil escribir es porque les cuesta tomar decisiones. No importa si son escritores profesionales o aficionados, si escriben un reporte para la junta directiva de su empresa, un ensayo o un libro. No importa si son novatos o, más bien, experimentados que publicaron anteriormente. No importa: todos estamos expuestos al riesgo.

¿Cuál riesgo? El de tomar las decisiones equivocadas. Escribir es una habilidad incorporada en todos los seres humanos, pero solo unos cuantos nos damos a la tarea de desarrollarla, de potenciarla, de sacarle el máximo provecho. Que, por supuesto, no significa ser un escritor profesional, sino estar en capacidad de transmitir un mensaje poderoso que cause impacto.

Una habilidad que, valga recalcarlo, no vale por sí misma, no es suficiente. Es como aprender a montar en bicicleta, a cocinar, a pintar, a cantar o a bailar: todos, absolutamente todos, podemos hacerlo. Algunos, con gran maestría; otros, apenas para divertirnos y pasar un rato agradable. ¿De qué depende? De cuánto trabajemos en desarrollar esa habilidad y de cómo la rodeemos.

Por supuesto, cada habilidad significa un nivel de aprendizaje distinto al del resto. Por ejemplo, aprender a montar en bicicleta puede tomarte tan solo unos minutos, quizás un par de horas. Cuando ya puedes mantener el equilibrio y la coordinación, estás listo para comenzar la aventura de pedalear, de sentir el golpe de la brisa en tu cara, de llevar tu cuerpo al límite del esfuerzo.

Ahora, si quieres ser un ciclista siquiera recreativo, necesitas complementar con una rutina de ejercicios que te permitan fortalecer los músculos y una de estiramientos para evitar dolores y lesiones. Así mismo, debes aprender a hidratarte adecuadamente y no puedes descuidar la alimentación. También es importante que descanses bien y procures no fumar o beber alcohol.

¿Entiendes? No es solo comprar la mejor bicicleta del mercado y salir a pedalear. De esa forma, pones en riesgo tu salud y, entonces, consigues el efecto contrario al esperado. Otro aspecto que es bueno considerar es cuáles son tus expectativas: cuanto más altas sean, más habilidades debes desarrollar, más tiempo debes dedicar, más esfuerzo debes realizar. Si no, jamás las alcanzarás.

Como ves, son diversas las decisiones que debes adoptar. De cuán acertadas sean estas dependerá el resultado que obtengas. Esa, créeme, es una ley de la vida, una premisa que se aplica a todas las actividades que emprendemos. Una de ellas, por supuesto, la de escribir. Decidir bien, tomar las adecuadas para cada momento, es una habilidad de los buenos escritores, ¿lo sabías?

Decisiones que a veces son simples y que a veces son complicadas. Decisiones que marcan el rumbo y, sobre todo, el impacto de tu texto. Esto es válido para periodismo, literatura o alguna otra área. La decisiones, además, están estrechamente relacionadas tanto con el conocimiento del tema que nos ocupa como con el criterio, una cualidad que lamentablemente no abunda por ahí.

¿Qué es el criterio? De acuerdo con el Diccionario de la Lengua Española, “juicio o discernimiento”. A su vez, juicio es la “Facultad por la que el ser humano puede distinguir el bien del mal y lo verdadero de lo falso”, el “Estado de sana razón opuesto a locura o delirio”, la “Acción y efecto de juzgar” y la “Cordura o sensatez”. Y discernimiento es “Distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas”.

En otras palabras, el criterio es (debería ser) tu mejor aliado a la hora de tomar decisiones cuando vas a escribir. Ahora, la mejor forma de poner en práctica el criterio, de tomar buenas decisiones, es partir no de las certezas o de las afirmaciones, (como hace casi todo el mundo), sino de la duda, de la incertidumbre. Eso significa que debes partir de una serie de preguntas que de ten luz.

Por ejemplo, ¿cómo se llamará mi protagonista? ¿Cuál es el asunto sobre el que girará mi historia? ¿Cuál es el contexto en el que esta se desarrollará? ¿Cómo será el antagonista? ¿Quiénes serán los otros actores de tu historia? ¿Cuál es el conflicto principal que se desarrollará? ¿Cuál será el punto bisagra, el antes y después de la historia? ¿Cuál será la moraleja, en mensaje que vas a transmitir?

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Estas y otras más son preguntas que cualquier persona, no solo un escritor profesional, debería formularse y responder antes de sentarse frente al computador a escribir. De hecho, la información que surge de esas respuestas le ayudará a darle forma a su historia, a establecer la estructura. Y, seguro ya lo sabes (si no, te recomiendo que leas esto), la estructura es la clave del éxito.

Una de las preguntas más importantes, una de las decisiones de mayor peso, es aquella de determinar qué tanto de ti vas a incorporar en tu texto. Lo primero que puedo decirte es que no hay una medida ideal o una fórmula perfecta. Es potestad de cada autor. Tampoco se trata de buscar un equilibrio, porque no solo es una tarea harto difícil, sino que a veces no es bueno.

Lo que me interesa es que comprendas que, a diferencia de lo que puedas leer o escuchar por ahí, siempre (¿SIEMPRE!) tiene que haber parte de ti en tu texto. De hecho, quizás no lo sabías, es eso, justamente, lo que lo hace diferente y único: tu visión de la situación que abordas, lo que piensas acerca de ella y, en especial, tus experiencias, lo que has vivido, las lecciones que aprendiste.

Aunque quieras, aunque hagas tu mayor esfuerzo, es imposible escribir al ciento por ciento basados en la realidad. Nadie, absolutamente nadie, lo puede hacer. Siempre, absolutamente siempre, tus textos tendrán algo de ti, mucho de ti. Cuánto, por supuesto, es tu decisión. Lo que sí debes tener en cuenta es que a casi nadie le interesará que el texto exprese tan solo tu versión.

Sin embargo, dado que se supone que escribes de un tema del que posees un nivel de conocimiento superior al promedio, y entonces estás en capacidad de ayudar o enseñar a otros, tu aporte, el aprendizaje surgido de tus errores y experiencias, es valioso. Pero, no te puedes quedar en eso. ¿Por qué? Porque si solo escribes de lo que has vivido, de tus experiencias, el tema se agotará.

Es, entonces, el momento del criterio, de tomar buenas decisiones: hasta dónde aportas desde tu experiencia y cuándo comienzas a partir de tu conocimiento y, por supuesto, de la otra fuente de valiosa información: la realidad externa, que es muy importante. Salvo que seas especialista en ciencia ficción, tus textos deben incorporar tanto tu visión como tu mirada al mundo real.

Ahora, es conveniente hacer hincapié en algo fundamental: cuando te digo que escribir a partir de tus experiencias no significa que te limites a tus vivencias, a los sucesos que te ocurrieron. De lo que se trata es de aportar tus reflexiones, tus aprendizajes, que han sido enriquecidos también por las experiencias de otros, lo que otros te enseñaron, así como de lo que leíste acerca del tema.

Cuando decides escribir, asumes un rol fascinante, apasionante: abordar el tema en perspectiva, como si estuvieras fuera del planeta, en el espacio, como si fueras un dios. Ves, percibes, vives, aprendes, incorporas, experimentas; mezclas lo tuyo con lo ajeno, el pasado con el presente (y, claro, con el futuro). Escribir, de muchas formas, es como armar un gran rompecabezas.

Tomar distancia de la realidad (el presente) y mezclarla adecuadamente con el pasado (lo que has vivido, tus experiencias, tu conocimiento, lo que otros te enseñaron) es la fórmula para lograr un impacto con tus textos. Por supuesto, también debes echar mano de tus emociones, que son un ingrediente indispensable, pero sin permitir que se desborden, que tomen el control.

Tu mundo interior, la riqueza que hay en él (tus valores, tus principios, tus dones y talentos, tu pasión y tu propósito) son fundamentales a la hora de escribir. También, lo que sucede a tu alrededor, lo que lee y ves, lo que aprendes de otros, tus reflexiones y pensamientos. La clave, no lo olvides, está en encontrar la justa medida para que tu texto sea interesante y valioso para tus lectores.

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Consejos para que tus historias de vida generen un impacto positivo

“Nadie reconoce el valor de lo que sabe y ha vivido hasta que lo comparte”. Desde pequeños, tanto en el seno del hogar como en el colegio nos enseñan a tener, es decir, a privilegiar lo material sobre lo espiritual. La premisa es “cuanto tienes, cuanto vales” y, por eso, lo que nos preocupa es tener, poseer, en vez de conocer, de ser, de vivir, que es lo realmente valioso.

Una de las experiencias más increíbles que puede vivir un ser humano es aquella de comprobar que lo que hace o produce desprevenidamente, sin esperar nada a cambio, provoca un impacto positivo en la vida de otros. La gratitud espontánea y emotiva de esas personas es la recompensa más valiosa a la que puedas aspirar y te brinda lecciones poderosas que son de valor incalculable.

Hace unos años, cuando publiqué mi segundo libro, titulado Santa Fe, la octava maravilla, con ocasión de la octava consagración del primer campeón del fútbol colombiano, viví momentos que jamás olvidaré. La gratitud de los hinchas es algo que no se puede describir y, por supuesto, es algo que está lejos de tu control. Sin embargo, su retroalimentación, literalmente, vale oro.

Un día, durante la Feria del Libro, tenía programada una sesión firma de libros para las 3 de la tarde. Antes de salir de mi casa, recibí la llamada de alguien de la editorial que me dijo que había una persona que me esperaba. “No programé ninguna cita”, le respondí. “Llego antes de las 3. Si me puede esperar, con mucho gusto, después de la firma de libros la puedo atender”, agregué.

La sorpresa que me llevé fue grande. Era una jovencita, por supuesto hincha de Santa Fe, a la que le habían puesto como tarea en el colegio hacer un ensayo sobre alguien a quien admirara. Ella (tristemente, no recuerdo su nombre) me eligió a mí porque había comprado el libro y, según me comentó la mamá, lo había leído menos de una semana y estaba encantada con las historias.

Entonces, decidió que le personaje de su historia debía ser yo y ese sábado, temprano, se fue a la Feria a buscarme. Finalmente, la puede atender como a las 4:30, después de cumplir con los compromisos adquiridos con la editorial. Charlamos media hora y luego nos tomamos una foto. “Nunca la había visto tan feliz como hoy”, me dijo la mamá, algo que en verdad tocó mis fibras.

Ocho días antes de este episodio, mientras conversaba con un amigo a la espera de que comenzara la firma de libros, una joven como de 22 años se acercó y preguntó por el autor del libro Santa Fe, la octava maravilla. “Es él, aprovéchalo ahora, dile que te firme el libro y te tomas una foto”, le dijo mi amigo. Lo que siguió fue una de las experiencias más embarazosas que viví.

Esta mujer comenzó a llorar y se puso tan nerviosa que no podía hablar. Cuando logramos que se calmara, nos dijo “yo debí ser la primera persona que compró el libro y ya me lo leí dos veces”. Le pedí que lo trajera para firmárselo. “Ay, lo tengo en mi casa”, respondió, al tiempo que nos explicó que esa había sido la razón de su reacción emocional. “Yo regreso la próxima semana; tráelo y te lo firmo”, la invité.

Era una joven universitaria que trabajaba en un stand cercano al de la editorial que me publicó mi libro y, con algo de incredulidad, aceptó mi propuesta. “Por favor, averigua con las personas de la editorial para qué día está programada mi firma de libros. Acá te espero”. Una semana más tarde, apareció con el libro, se lo firmé y, otra vez muy emocionada, nos tomamos unas fotografías.

¿Por qué te comparto estos recuerdos? Para que entiendas el poder de las palabras y de las emociones, para que comprendas cuán feliz puedes hacer a otros casi sin proponértelo, solo con un mensaje que les llegue al corazón. Y lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Que tú puedes conseguir lo mismo si te despojas de miedos y prevenciones y compartes tu conocimiento y experiencias.

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Cuando alguien se acerca y me dice que quiere comenzar a escribir, pero no sabe cómo hacerlo y no sabe de qué tema hacerlo, le sugiero que escriba pequeños relatos de experiencias propias que le hayan dejado valiosas lecciones. “Ah, pero es que eso que me pasó a mí a nadie le interesa”, es la respuesta que me ofrecen generalmente y, créeme, carece de fundamento absolutamente.

Veamos un ejemplo: si eres mamá por primera vez y estás agobiada con el cuidado de esa criatura, ¿no te interesaría saber qué hicieron otras mujeres para aprobar esta asignatura? Lo normal es que le preguntes a tu mamá, a tus amigas o a tus hermanas mayores, pero a veces lo que dicen otras mujeres, a las que no conoces, es más útil porque está desprovisto de presiones o intereses.

Otro ejemplo: todos hemos pasado por el dolor de una pérdida, bien sea un familiar, un amigo o hasta una mascota. Hacer el duelo es imprescindible para que ese episodio no se convierta en una carga y nos ayuda a cerrar el ciclo y seguir con nuestra vida. ¿Cuál es la persona indicada para que te ayuda en esta difícil etapa? Alguien que sufrió lo mismo y que nos cuente cómo logró superarlo.

¿Entiendes? En todas las situaciones de la vida, siempre habrá alguien que nos enseñe cómo salir del atasco o cómo conseguir mejores resultados. De hecho, tú puedes ayudar a otras personas que padecen el mismo problema que tú enfrentaste hace unos años o a las que, con tu conocimiento en un área específica, puedas darles luces para encontrar una solución. ¿Cómo puedes hacerlo?

A través de tu mensaje, del impacto positivo que puedes provocar con tus palabras, con tus experiencias y aprendizajes. Desde temas sencillos como, por ejemplo, qué cuidados requiere un cachorro en los primeros seis meses de vida o algunos más complejos como qué disciplina deportiva se recomienda para niños con déficit de atención o que tienen baja autoestima.

Si tú conoces la respuesta a esos interrogantes, créeme, tu mensaje es valioso para otros en la medida en que los ayude a superar el problema. No tienes que ser un especialista, ni haber estudiado la materia, solo requieres reconocer el valor de lo que sabes y compartirlo para que otros puedan disfrutarlo. Solo tienes que contar tu historia y, seguro, alguien te lo agradecerá.

Estos son algunos consejos que te ayudarán a contar esas historias, a transmitir ese mensaje de impacto que genere una emoción positiva en otras personas y les aporte conocimiento:

1.- No es el qué, es el cómo. El qué se refiere al problema, mientras que el cómo está relacionado con la solución. Enfócate en esta última y verás cómo logras llamar la atención con rapidez. Y, si lo que compartes en verdad ayuda a otros a acabar con esa situación que los atormenta, cuanto más sencillo y directo sea lo que escribes, mucho mejor. Cuéntale en detalle cómo lo hiciste.

2.- No omitas los errores. Esto es algo muy importante, porque si solo das instrucciones del tipo de una receta de cocina, cuando se enfrente a la primera dificultad se frenará, no sabrá qué hacer. Explícale cuáles fueron los errores que cometiste y cómo los corregiste o cómo lograste salir del atolladero en el que te encontrabas y hallaste la solución. Ayúdale a evitar los mismos errores.

3.- El punto bisagra. Toda buena historia tiene un punto específico que marca un antes y un después en la trama. El momento en el que se produjo algo, un chispazo o una idea loca, o quizás algo casual que te permitió desenredar el nudo y avanzar. Esta es la clase de información por la que cualquier persona estaría dispuesta a pagar y, por supuesto, si la compartes lo agradecerá.

4.- No te olvides de la moraleja. La moraleja en una historia esta representada por las lecciones que aprendimos de esa situación. Esto es oro puro para otros que padecen el mismo problema y será la razón por la cual se grabarán tu nombre. No importa si es un consejo de cocina, o uno para criar a los hijos, o uno útil para el mantenimiento de vehículo: si funciona, su valor es incalculable.

Una de las principales trabas a la hora de comenzar a escribir es aquella de creer que lo que sabemos o hemos vivido carece de valor para otros. La verdad es que adquiere valor justamente cuando lo compartimos con otros no para que nos cataloguen como expertos, sino como una vivencia que nos dejó una lección. Esa, créeme, es una historia digna de contar, digna de leer.

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