Categorías
General

3 contenidos para generar impacto positivo, ¡sin clichés, sin humo!

Si lo prefieres, puedes escuchar el artículo completo

¿Lo mejor de los canales digitales? Les dieron voz a quienes en el mundo de los medios convencionales no eran escuchados. Los visibilizó y nos permitió conocer historias maravillosas que, de otra forma, quizás se hubieran perdido en el olvido. ¿Lo peor de los canales digitales? Les dieron voz a quienes solo aprovechan para destilar sus bajos instintos.

Una salvedad pertinente: lo negativo, lo tóxico, no son los canales digitales. Se trata de herramientas poderosas que están diseñadas para servirnos, para hacer que nuestra vida, en sus diversas facetas, sea más fácil y productiva. Recursos poderosos útiles para todos, para cualquiera. El problema es el uso que les damos, los contenidos que compartimos.

El italiano Umberto Eco, novelista, filósofo y semiólogo fallecido en 2016, dijo: Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

Fue con ocasión de una entrevista con el diario Stampa, uno de los más importantes de su país. En otra oportunidad, en conversación con el diario ABC español, aseguró: “La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad.

El problema, según Eco, se resume así: Con internet, te fías de todo porque no sabes diferenciar la fuente acreditada de la disparatada. Piense tan solo en el éxito que tiene cualquier página web que hable de complots o que se inventen historias absurdas: tienen un increíble seguimiento, de navegadores y de personas importantes que se las toman en serio”.

En una sola palabra, es lo que conocemos como infoxicación. Que a todos nos afecta, de la que todos, en mayor o menor medida, somos responsables. Bien sea porque compartimos contenidos falsos, inconscientes de las eventuales consecuencias. Bien sea, quizás, porque replicamos contenidos tóxicos sin verificar las fuentes y contribuimos a propagar el ruido.

Que levante la mano aquel que esté libre de pecado. Hasta el presidente estadounidense Donald Trump cayó en la trampa y compartió contenidos falsos. Eco, sin duda, tenía razón. Hoy, los canales digitales están llenos de especies tóxicas, de esas que llaman influenciadores, dedicadas a contaminar de múltiples formas. Lo peor es que son prácticamente inevitables.

¿Por qué? Porque lo más tóxico que hay en el ecosistema de los canales digitales es, quién lo creyera, el bendito algoritmo. Que no distingue entre contenidos inocentes y dañinos, entre verdad y falsedad, entre persuasión y manipulación. Solo persigue lo viral para impulsarlo, para potenciar su visibilidad. Y su daño, también. De manera irónica, el algoritmo es ‘el’ enemigo.

No solo de tus publicaciones, sino de las propias redes sociales. Es la principal fuente de contaminación, de propagación de contenidos tóxicos y, por ende, responsable de que este ecosistema ya no sea lo que fue antes. Porque, quizás lo recuerdes, hubo un antes en el que las redes sociales, internet en general, eran agradables. Hoy, ese recuerdo es solo una quimera.

Por fortuna, como lo he mencionado en publicaciones anteriores, esta no es una batalla perdida. No mientras haya una persona, tan solo una, que comparta contenido de valor, cuyas publicaciones brillen por su calidad e impacto, no por el ruido que generan. Y apuesto porque tú, que consumes mis contenidos, prefieres ser parte de la solución, dejar atrás el problema.

Créeme que como creador de contenido de valor le he dado muchas vueltas al asunto. No me resigno a ceder el pequeño espacio que he conquistado para que un influenciador tóxico o un vendehúmo se adueñen de él. Mientras haya vida y salud, continuaré en esta lucha por ofrecer valor, por ayudar y servir a través de los dones y talentos recibidos, de conocimiento adquirido.

Para evitar que tu contenido se pierda de inmediato, atrapado en las garras de las especies tóxicas, debe cumplir dos condiciones. ¿Imaginas cuáles son? La primera, la autenticidad; la segunda, el enfoque. Lo demás, todo lo demás, como el formato, la extensión o el canal, es secundario, en especial en esta era de impostores, de IA generativa de modelos cliché.

El contenido auténtico es aquel que está relacionado directamente con tu esencia. ¿Sabes cuál es? Tus principios y valores, tus creencias, tu conocimiento y tus experiencias, tus sueños. También, tus miedos, tus frustraciones, tus errores, tus limitaciones. ¡Tu esencia! Lo que eres, incluido lo positivo y lo negativo. En otras palabras, lo que te hace ÚNICO y ESPECIAL.

Que, por supuesto, no significa ser monedita de oro y caerle bien a todo el mundo. Tampoco es no recibir críticas o no equivocarte. Esta, la otra cara de la moneda, es parte de la vida en todos los ámbitos. Es el contenido que te identifica, que refleja lo que eres, que con solo tu particular estilo (voz, tono) adquiere sentido. El contenido que produce un impacto positivo en otros.

Moraleja

Este es el contenido de valor que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para continuar)
No está perdida la batalla contra la infoxicación en los canales digitales. ¿El antídoto? Contenido sin clichés, sin humo. Estas tres alternativas te servirán para producir un impacto positivo.

Otra premisa es aceptar la aventura de ir contra la corriente. Es decir, dejar de ser más de lo mismo, dejar de copiar prompts perfectos que no funcionan, dejar de aplicar fórmulas y libretos que no dan resultado. O que dejaron de ser efectivos porque todo el mundo los usa, porque fueron prostituidos. Ir contra la corriente refuerza la autenticidad de tus contenidos.

El segundo aspecto es el enfoque. Lo que el mercado pide a gritos es una mirada distinta, ¡ya no más clichés! Ni los de humanos ni los generados por la inteligencia artificial. ¡No más clichés! Una mirada distinta significa ir un poco más allá de lo que se ve a simple vista, un poco más profundo. Hacerte preguntas distintas, incómodas, y atreverte a compartir las respuestas.

Ir contra la corriente, no lo olvides. Algunas opciones son las siguientes:

1.– Rompe mitos.
Todas las actividades de la vida, sin excepción, involucran verdades a medias o mentiras que hicieron carrera de tantas veces que fueron repetidas. “Todos los hombres son infieles”, “los árabes son terroristas”, “los blancos son más inteligentes” y otras por el estilo. Versiones populares que comenzaron a volar en los canales digitales y adquirieron inusitada fuerza.

¿A qué te dedicas? ¿Eres nutricionista? ¿Un abogado? ¿Un contador? ¿Un sicólogo? ¿Un comunicador? ¿Un ama de casa? Estas actividades, como cualquier otra, están llenas de mitos, de falsedades, de verdades a medias. Elige una opción, solo una, y expresa por qué es un mito, por qué no es cierto. Ofrece argumentos sólidos, comprobables, no solo tu opinión.

Un ejemplo: “El fútbol es un deporte de hombres” fue una visión de la versión que se creyó durante muchos años. Hoy, el fútbol femenino no solo es una realidad, sino que también es el escenario en el que millones de mujeres de todo el mundo cumplen sus sueños y son felices. Y también un espacio de comunicación en el que muchas mujeres pueden expresarse.

2.– Brinda autoridad.
Ten cuidado, porque hay una delgada línea que, si la cruzas, caes en las arenas movedizas de los vendehúmo. Ten en cuenta, además, que no hay verdades absolutas: todo es relativo, está determinado por el cristal a través del cual lo vemos. Entonces, olvídate de las patéticas sentencias contundentes, de las fórmulas infalibles, de las soluciones perfectas.

¿De qué se trata, entonces, la autoridad? De que compartas lo que sabes, lo que has aprendido y, en especial, lo que has vivido, de manera auténtica. Y no solo eso: sobre todo, transparente. Sin filtros, sin omitir lo que te produce vergüenza, sin exagerar o distorsionar tus acciones. La autoridad es revelar algo que te sucedió y compartir lo que aprendiste y puede ayudar a otros.

Un ejemplo: relata algún episodio bochornoso que hayas protagonizado durante tu visita (de vacaciones o trabajo) a una ciudad o un país distinto al tuyo. ¿Qué hiciste mal? ¿Cuál fue el impacto que generaste? ¿Qué consecuencias tuvo ese hecho? ¿Qué aprendiste? Todos, sin excepción, estamos expuestos a algo parecido, así que tu experiencia puede ser útil.

3.– Educa a tu audiencia.
Sí, es cierto que cada vez menos personas quieren aprender (solo buscan resultados). Sin embargo, no olvides que el mayor impacto positivo que puedes provocar en la vida de otros es lo que les enseñas. Piensa en lo que tus padres te enseñaron y hoy, pasado el tiempo, no solo agradeces, sino que concibes también como pilares de lo que eres como ser humano.

El contenido de valor educativo no solo no pasa de moda, sino que, además, si es auténtico, jamás pierde valor. En especial en estos tiempos cambiantes, en los que la vida evoluciona a un ritmo frenético, vivimos en modo aprendizaje. Nunca dejamos de aprender y, entonces, valoramos lo que nos acorte la curva de aprendizaje y nos dé resultados efectivos.

Un ejemplo: si eres padre con hijos adolescentes, revela una acción sencilla que te ayuda a hacer que entren en razón cuando asoman los berrinches. ¿Qué frases usas? ¿Cuál es el tono que empleas? ¿Por qué hace la diferencia? ¿Que otras acciones no dieron resultado? Estoy seguro de que habrá padres que agradecerán tus consejos, si a ellos también les funcionan.

Lo mejor de los canales digitales es que nos permiten a las personas de bien compartir lo que somos y lo que hacemos. Ayudar a otros, quizás lo sabes, proporciona recompensas cuyo valor es incalculable. Créeme: la batalla no está perdida. No, mientras personas como tú y como yo no renunciemos a utilizar los canales digitales y sus herramientas contra la corriente.

Categorías
General

¿Por qué es tu deber compartir lo que la vida te ha regalado?

Si lo prefieres, puedes escuchar el artículo completo

¿Por qué dejar para mañana, cuando te mueras, el legado que puedes compartir y disfrutar desde hoy? Es probable que la pregunta te cause sorpresa, y no me extraña. Cuando me la formulé por primera vez, te lo confieso, no supe qué responder. Durante unos minutos, mi mente divagó silvestre antes de encontrar la primera aproximación a una respuesta.

Que, no sobra decirlo, ya no es la misma. Es decir, en aquel momento, hace un par de años, la situación de mi vida personal y laboral era muy distinta de la actual. No mejor, no peor, solo distinta. La respuesta, entonces, daba cuenta de esa situación específica, pero hoy es distinta porque las circunstancias han cambiado. Unas para bien y otras, para no tan bien.

En el momento en el que escribo este contenido, estoy a poco más de dos semanas de cambiar de bando. ¿Sabes a qué me refiero? Dejo el bando de los asalariados, el de los trabajadores independientes, y paso al de los felizmente jubilados. Eso, sin embargo, no significa de manera alguna que vaya a dejar de trabajar, solo que lo haré de otra manera.

O, como bien lo dice Raphael, a mi manera. Comencé mi carrera profesional a finales de agosto de 1987, hace más de 38 años. No puedo dar crédito a todo lo que viví durante ese tiempo, a las maravillosas experiencias que la vida me dio la oportunidad de disfrutar. Solo puedo decirte que hasta ahora recibí más, mucho más, de lo que pude haber brindado.

El oficio de periodista no es fácil, pero ninguno otro lo es. Cada uno tiene sus afanes, sus dolores, sus problemas. Y cada uno, también, ofrece sus recompensas. Cuando arranqué esta aventura, honestamente, no tenía una obsesión o un camino que me apasionara más que otros. Mi sueño, desde niño, había sido el de ser periodista, así sin más, y lo era.

Sin imaginarlo, comencé como redactor de entretenimiento. Era un proyecto novedoso que para mí significó un aprendizaje inmenso, hermoso. Aficionado a la música desde niño, por cuenta de la radio, tuve la oportunidad de conocer y/o entrevistar a varios de mis ídolos. Por ejemplo, Raphael, Rocío Dúrcal, Franco De Vita o Yordano. Y forjé otros, como Facundo Cabral.

Y también me adentré en las profundidades humanas de seres maravillosos como Raquel Ércole, María Eugenia Dávila, Yamid Amat, Hernán Peláez Restrepo o Jota Mario Valencia. Todos ellos dejaron una huella indeleble en la historia de la radio y la televisión en Colombia, fueron referentes y también modelo para varias generaciones de actores y periodistas.

Tuve, después, un breve paso por una sección que se llamaba Suplementos Especiales. Se redactaban temas empresariales, económicos y de ocasiones especiales. Me enseñó que tenía la capacidad de escribir sobre cualquier temática y me sirvió para desarrollar habilidades, justo en un momento en que necesitaba aprender más, forjar un estilo.

La siguiente escala marcó mi carrera: me convertí en periodista deportivo. Si bien desde que me conozco fue fanático de los deportes, nunca pasó por mi mente la idea de especializarme en ese campo. No lo busqué, fue la vida, en su caprichosa sabiduría, la que me puso allí. Y se lo agradezco, por supuesto, porque descubrí la felicidad de trabajar en lo que te apasiona.

Viajé, conocí a otros ídolos, forjé nuevos y desarrollé un estilo que me permitió sobresalir en un ámbito en el que ser auténtico no solo te hace distinto, sino, a veces, incómodo. Escribí de ciclismo, pero era la época de las vacas flacas y nunca fui a un Tour de Francia o una Vuelta a España. Y, como redactor de fútbol, ser parte de un Mundial tampoco se dio.

Con la mano en el corazón, sin embargo, te confieso que no siento frustración alguna. Son avatares de la profesión. Si bien estoy seguro de que vivir una experiencia de esas me habría servido en lo profesional y en lo personal, lo que recibí de otras oportunidades lo compensó con creces. Nada que reprocharle a la vida o a la profesión, que me llevaron por otros caminos.

Escribí de muchos deportes, asistí a torneos importantes como Juegos Panamericanos, a finales de Copa Libertadores, a Mundiales de Ciclismo o patinaje. Lo mejor, ¿sabes qué fue lo mejor? Hice muchos amigos, grandes amigos. Colegas, deportistas, dirigentes, familiares de los deportistas o fanáticos del deporte que conectaron con mis relatos, con mis crónicas.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para continuar)
Lo que la vida te dio, maravillosas bendiciones, carece de sentido si no lo compartes con otros. Ese es tu legado y transmitirlo es tu responsabilidad.

Mucho más allá del ego, una asignatura que no es fácil dejar atrás, mi profesión me brindó el privilegio y el placer de conectar emociones, de tocar vidas. Generar impacto a través de tus escritos es muy distinto de como la gente se lo imagina, porque estableces un fuerte vínculo con personas que, a veces, nunca conoces. Más que admiradores, son almas gemelas.

Un privilegio y un placer que, por supuesto, van de la mano con una gran responsabilidad. No defraudarlos, no engañarlos, no traicionarlos, ser fiel a tu esencia, ser auténtico, ser tú mismo. Hacer tu trabajo tan bien como puedas, dar lo mejor de ti, ser un aprendiz constante. No se trata de ser perfecto, sino de ser humano: aceptarte íntegro, con lo bueno y lo malo.

Después, la vida me dirigió hacia el camino de la independencia, que es tan solo otra forma de decir desempleado. De las ligas mayores a la guerra del centavo. De la figuración mediática al ostracismo. Una ruta en la que, además, estás obligado a ser autosuficiente. Te conviertes en un pulpo multitarea para dar abasto con el estándar que pide el mercado.

En ese tránsito, a mi vida llegó el golf. Curiosamente, aunque había escrito de una variedad de deportes, mis caminos no se habían cruzado con los del golf. Nada sabía y mucho he aprendido. No es fácil, no es cómodo porque hay demasiada gente tóxica, pero me dio muchas satisfacciones. Hoy, es la disciplina que me mantiene activo como periodista.

También di un paso que me generaba una gran expectativa: escribí tres libros. Sin duda, una experiencia maravillosa que me enseñó mucho y que me mostró otras caras de la relación con el mercado, con los lectores. Es una de las actividades a las que dedicaré tiempo en esta nueva vida y un formato con el que me identifico plenamente en esta era de lo digital.

¿Por qué te comparto esta historia personal? Porque, quizás, tú te identificas con algunas de las situaciones de mi vida, quizás viviste algo parecido. Pero, sobre todo, porque quiero que entiendas que tienes la responsabilidad de compartir con otros lo que la vida te dio. Si no lo haces, si lo guardas solo para ti, se extinguirá, se marchitará y todo carecerá de sentido.

“Ahora que me pensiono voy a descansar”, es lo que escucho con frecuencia. Es una de las opciones y, por supuesto, es respetable. No es lo que he elegido para mí en esta etapa. Mi propósito es compartir conocimiento, experiencias y aprendizajes a través de las múltiples formas en que me lo permite mi profesión. Es una misión que me tracé hace años.

¿Sabes por qué? Porque la vida ha sido excesivamente generosa conmigo. Tanto en lo profesional como en lo personal. No hay de qué quejarse, no puedo quejarme. Por el contrario, le agradezco a la vida tantas maravillosas bendiciones y me concentro en devolver algo de lo que recibí. Cuanto más pueda compartir, cuanto más personas impacte, ¡mejor!

Compartir lo que eres, lo que sabes, lo que tienes, es regalar una parte de ti. De manera desinteresada, sin esperar nada a cambio, solo porque sientes que es tu propósito. O, quizás, porque entiendes que estás en capacidad de ayudar a otros. Es el mayor acto de generosidad y desprendimiento y el comienzo de una cadena de intercambio de beneficios.

“Cuando deje de trabajar voy a…” es una frase que casi todos decimos alguna vez en la vida. Tristemente, sin embargo, la mayoría nunca cumple, se va de este mundo con la asignatura pendiente. Y esta maravillosa etapa se convierte, entonces, en una pesada carga. Y la vida se transforma en un lacónico día a día, en un tránsito cansino hacia el final inevitable.

Estoy completamente seguro de que tú, que lees estas líneas, también tienes mucho para compartir. Y, además, algo que es valioso. No importa en qué etapa de la vida estás, porque el mejor momento siempre es hoy. Transmitir a otros lo que sabes, lo que eres, es la forma de retribuir las bendiciones recibidas o de cumplir con la tarea suprema de “dejar un legado”.

¿Crear un canal de YouTube? ¿Escribir un blog? ¿Un pódcast? ¿Plasmar tu esencia en las páginas de un libro? ¿Dar charlas presenciales o virtuales para transferir tu conocimiento y experiencias? ¿Crear cursos en internet? Estas son solo algunas de las opciones: elige tú la que más te guste, con la que pienses que puedes generar mayor impacto positivo.

La vida es hoy y no sabemos si habrá un mañana para nosotros. Y nada de lo que se te ha otorgado es para ti, ¿lo sabías? Solo somos intermediarios, mensajeros del universo a los que se nos encomienda la tarea de ayudar a otros, de servir a otros. Todo aquello que te fue concedido tendrá sentido solo si, después de enriquecerlo, lo compartes con los demás.

¿Por qué dejar para mañana, cuando te mueras, el legado que puedes compartir y disfrutar desde hoy? Quizás hoy no tengas una respuesta, pero cuanto más pronto la definas, mejor. Recuerda: todo lo relacionado con la vida terrenal se queda aquí y la única razón por la que alguien te recordará será por lo que compartiste con otros, lo que les regalaste a otros…

Categorías
General

Cómo la gestión de las emociones determina el impacto de tu mensaje

Si lo prefieres, puedes escuchar el artículo completo

Los seres humanos, todos, solemos satanizar aquello que está por fuera de nuestro control. Las emociones, esas caprichosas, traviesas, traicioneras y juguetonas señoritas que hacen pilatunas con nosotros, no son la excepción. Y les imponemos una carga negativa que no poseen y las vemos como las malas del paseo, como fuente ilimitada de desdichas.

El resultado es que, entonces, las despojamos de un inmenso poder que sí tienen y que, lo desconocemos o lo ignoramos, nos sirve. ¿Sabes a qué me refiero? A que las emociones nos ayudan a sobrevivir y, también, a cubrir necesidades básicas. Al final, se trata de aprender que las emociones son una brújula, un faro que nos guía en la oscuridad.

Lo desconocemos porque nadie, absolutamente nadie, nos lo enseña. Y nadie nos lo enseña porque la esencia de todos los seres humanos, sin excepción, es la misma. Es decir, sufrimos por los mismos motivos, aunque las manifestaciones de ese sufrimiento sean diversas. O, de otra manera, expresamos de distintas formas esas emociones que son comunes para todos.

Todos sentimos dolor cuando nos golpeamos. Todos nos reímos cuando escuchamos un buen chiste. Todos lloramos de tristeza cuando perdemos a un ser amado o una mascota. Todos nos alegramos cuando vemos que un hijo es el héroe del juego. Todos nos dejamos llevar por la ira al ser testigos de una injusticia. A todos nos da miedo la muerte inminente…

Aunque la emoción sea la misma, la manifestación es distinta. ¿Por qué? principalmente, por las experiencias vividas y, algo muy importante, por la influencia del ambiente. Solemos decir que los asiáticos son “serios e imperturbables”, que los nativos del Caribe son “alegres, joviales y fiesteros”, que los adultos mayores son “tranquilos, reflexivos y pacientes”.

No nos damos cuenta de que todos los seres humanos, más allá de dónde nacimos, del país en que vivimos, de las experiencias vividas, somos así. Es decir, según las circunstancias del momento, somos (o podemos ser) serios, imperturbables, alegres, joviales, fiesteros, tranquilos, reflexivos y pacientes. Nadie nace con más o con menos emociones.

Son señales de alerta que el cerebro utiliza para comunicarnos que algo del exterior llama su atención. Un grito, la lluvia, unas carcajadas o algo indeterminado que lo inquieta. Son señales a las que nosotros (no él) le damos un valor, un significado. El cerebro recibe la información, relaciona el estímulo con la reacción y responde de manera idéntica si se repite esa situación.

Lo que debemos aprender es que las emociones son necesarias para la supervivencia. Su rol principal es desencadenar una conducta apropiada en función del estímulo recibido. La reacción al impulso es algo natural, inconsciente, un botón que el cerebro activa de manera automática. Mientras, el comportamiento que le sigue a esa reacción es aprendido.

Un ejemplo: tu corazón late con más fuerza y tus sentidos se agudizan cuando abres la puerta de tu casa y tu mascota, enloquecida, salta sobre ti para recibirte. Hasta ahí, todo se da en modo automático. Lo que sigue después es aprendido: para recompensarlo, no solo le das unas tiernas caricias, sino que también le juegas o quizás le regalas su snack preferido.

Uno más: caminas desprevenido por la calle, mientras escuchas tu cantante favorito en los audífonos, y de repente ves que las personas a tu alrededor corren. Sin saber qué sucede, miras a un lado y al otro y corres. Sin rumbo fijo, solo corres. Desconoces el estímulo, pero tu intuición (que es algo aprendido) te dijo que había algún peligro en ciernes y reaccionaste.

Sin embargo, las emociones tienen un poder mucho mayor que alertarnos de eventuales peligros o incitar la reacción a un estímulo. Estas traviesas señoritas comunican valiosa información sobre cómo percibimos e interpretamos los estímulos que recibimos. Es el camino a través del cual los demás nos conocen, nos entienden, nos aceptan o rechazan.

Aunque la mayoría de las veces no nos damos cuenta, no somos conscientes, la parte más importante de la comunicación que emitimos es no verbal. Así transmitas el mismo mensaje, así utilices las mismas palabras, lo que comunicas es distinto si hablas pausado o si gritas. El impacto que ese mensaje produce en otros es distinto por las emociones.

Las abuelas del pasado, del siglo pasado, argumentaban que “no fue lo que me dijo, sino cómo me lo dijo (el tono)”. ¿Cuál crees que sería la reacción de tu pareja si a su petición de casarse la respuesta es un escueto “ok”?Probablemente creerá que rechazaste su propuesta, caso contrario a lo que sucedería si estallas de emoción, gritas, saltas y lloras.

La comunicación consciente es un privilegio exclusivo del ser humano. Ninguna otra de las especies que habitan este planeta posee esa habilidad. Que, por cierto, está ahí en especial para comunicarnos, que significa tender puentes, estrechar lazos, solventar diferencias y establecer conexiones poderosas. Cualquier otro uso es equivocado.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero grabes en tu mente (posa el 'mouse' para seguir)
Lo que comunicas y cómo lo comunicas va más allá de las palabras. El impacto de tu mensaje está determinado, y condicionado de manera especial, por las emociones, poderosas y volátiles.

Lo que sufrimos cada día a través de las redes sociales y otros canales de comunicación es clara muestra de ello. Publicas un post con una frase que te inspiró y recibes una andanada de críticas e improperios. Das una opinión sobre cualquier tema (religión, deporte, política, amor, música, cocina…) y afloran silvestres los haters que ni siquiera conoces.

La clave, entonces, es entender que la comunicación, el mensaje que transmitimos, va mucho más allá de las palabras. No importa si es verbal, escrito o visual, el mensaje está condicionado por las emociones que incorpora y, en especial, por la percepción que de ellas tiene cada una de las personas que recibe tu mensaje. Esto es algo ajeno a tu control.

Es muy probables que te hayas dado cuenta de que la mayoría de los cortocircuitos o de los conflictos surgen del impacto de lo que comunicamos. Y de cómo lo comunicamos, claro. Es decir, de las emociones que transmitimos. Por eso, más allá de la natural habilidad de la comunicación, que viene incluida en la configuración original, debemos desarrollar otra.

¿Sabes cuál es? La de aprender a gestionar las emociones. Significa reconocer la emoción, aceptarla y responder de manera consciente. En otras palabras, la gestión de las emociones implica tener el control de lo que respondes, de la reacción al impulso, del comportamiento que realizas enseguida. No es fácil, sin duda, pero es posible lograrlo.

La clave está en entender la diferencia entre el sentimiento que experimentamos a partir de una emoción determinada y la forma (conducta) en la que la expresamos. Sentir ira porque alguien maltrata a su mascota está bien, pero no pueden hacer justicia por tu propia mano. Estar triste porque no te dieron el ascenso que anhelabas está bien, pero insultar a tu jefe es inaceptable.

Hay un largo trecho entre la comunicación asertiva y madura, consciente, y la reacción impulsiva, una descarga sin contención. La diferencia es el impacto que provocas en otras personas. Con una buena comunicación, estableces y fortaleces lazos; por medio de los estallidos emocionales, rompes vínculos, levantas barreras y generas el rechazo.

El mensaje que quiero transmitirte con este contenido es la importancia de ser consciente de lo que comunicas y de cómo lo comunicas. No son solo palabras que se las lleva el viento, sino también, y de manera especial, emociones poderosas y volátiles. Basta que recuerdes la última vez que tu hijo te sacó que quicio y la reacción desproporcionada que tuviste.

Se nos olvida que nuestras acciones, todas, tienen un impacto en los demás. Y olvidamos también que esas personas no están obligadas a consentir nuestras reacciones, a soportar nuestras descargas emocionales. Por eso, hay que echar mano de habilidades como la empatía, la paciencia, la tolerancia y el respeto, que ya sabes que no abundan por ahí.

Para gestionar adecuadamente las emociones, prueba esto:

1.- Identifícalas. Bien sea que tú la experimentas o es el resultado que provocas en otros. Si tienes claro cuál es la emoción, podrás ofrecer una respuesta adecuada, consciente. Recuerda que las emociones son información encriptada, señales de alerta que nos indican sobre qué terreno pisamos. La clave está en respirar unos segundos antes de reaccionar

2.- Acéptalas. Que no significa estar de acuerdo, sino entender que no están al alcance de tu control. El dolor provocado por la pérdida de un ser querido es desagradable, pero si no lo aceptas, si te resistes a esa emoción, más daño te hará. Las emociones, por si no lo sabías, son como las olas del mar: vienen, te tocan y se van, siempre se van. No dejes que te dominen

3.- Autorregúlalas. Sí, no es fácil, lo sé. Sin embargo, la calidad de tus comunicaciones y, por ende, de tus relaciones con tu entorno y contigo mismo dependerá de si ejerces control sobre tus emociones o permites que hagan sus travesuras. Arrebátales el poder que tienen sobre ti y demuéstrales que eres más fuerte, más inteligente. Autorregularlas aumentará tu bienestar

4.- Comunícalas. De manera asertiva y consciente, a sabiendas del poder que tienen tanto las palabras como las emociones. Exprésalas sin permitir que se transformen en reacciones inadecuadas. En la medida en que tengas el control, tu mensaje, tu comunicación, estará blindado y transmitirá justamente lo que deseas, sin cortocircuitos, sin daños colaterales

Jon Kabbat-Zinn, profesor emérito de medicina conocido por fundar el programa de Reducción de Estrés Basado en la Atención Plena (MBSR), dijo algo fantástico: “no puedes evitar las olas, pero sí puedes aprender a surfearlas”. No puedes evitar las emociones, pero sí tienes la capacidad para surfearlas y disfrutar el impacto positivo, constructivo e inspirador de tus mensajes, de tu comunicación.

Categorías
General

La música, un manantial inagotable de geniales ideas

Si lo prefieres, puedes escuchar el audio del artículo completo

Celia Cruz tenía razón: ¡la vida es un carnaval! Luces, alegría, color, sabor y, claro, música. Un carnaval que cada uno disfruta a su manera. O lo sufre, también. Puedes ser el héroe de una ranchera, el villano de un tango, el enamorado empedernido de una balada. O el frenético guitarrista de una banda de rock, el parrandero de un vallenato o el fiestero de la salsa…

Cada uno escribe su propia historia, su propia canción. Lo que se me antoja genial es que cada día puede vivirse al tenor de un ritmo distinto. No hay limitaciones, más allá de las que te imponen tu creatividad, las circunstancias y tus emociones. En un mismo día, inclusive, puedes bailar varios ritmos, al vaivén de los acontecimientos. ¡La vida es un carnaval!

Cuando reveo el carrete de mi vida, siempre hay un radio a mi lado. Tenía uno grande, de esos que para funcionar necesitaban conectarse a la corriente eléctrica y el dial se movía de manera manual. Luego tuve un transistor, de batería, que llevaba conmigo a todos lados. Más adelante llegaron el walkman (¡qué maravilla de invento!) y, claro, los dispositivos digitales.

Siempre he creído que la radio es la mejor compañía. Es una especie de caja de Pandora que esconde miles de sorpresas. Las emociones del deporte, el impacto de las noticias diarias, el entretenimiento de las entrevistas y la magia de las canciones. Y más. Durante muchos años, lo primero que hacía al despertar era prender la radio y solo la apagaba antes de ir a dormir.

Sin duda, mi vocación por el periodismo responde a la influencia que la radio tuvo en mi vida en esos años de infancia y adolescencia. No en vano, mis primeros ídolos surgieron de esa cajita mágica: narradores deportivos, periodistas, deportistas y cantantes. Pedro Vargas, José Alfredo Jiménez, Raphael, Armando Moncada Campuzano, Yamid Amat, Hernán Peláez…

Aprendí que había un ritmo musical que se conectaba directamente con cada estado emocional. Quizás por eso mis gustos musicales siempre fueron diversos: ranchera, balada, bolero, vallenato, tango, salsa… Más adelante, en la adolescencia, música latinoamericana (en algún momento, de protesta), bailable (cumbia, merengue). Una colección interminable.

Con el tiempo, me convertí en periodista y, vaya ironía, qué alegría, mi primer trabajo me dio el privilegio de disfrutar de algunos de mis ídolos. Era redactor de una revista de espectáculo y entretenimiento y entrevisté a Raphael, Rocío Dúrcal, Facundo Cabral, Franco De Vita, Yordano, Timbiriche (Thalía, Edith Márquez, Paulina Rubio) y me hice amigo del Binomio de Oro.

Con ellos, Rafael Orozco (qepd) e Israel Romero, disfruté parrandas inolvidables, hasta amanecer, haciendo gala del título de uno de sus primeros éxitos. Creé una biblioteca musical que hoy es tanto uno de mis más valiosos tesoros y un orgullo. Tengo unos 300 acetatos y más de mil discos compactos. ¿Lo mejor? Toda la música está digitalizada en un dispositivo.

Y va conmigo a todas partes. Son más de 15.000 canciones que en conjunto resumen mi vida. Son como un maravilloso viaje al pasado, a esos recuerdos imborrables, a esos momentos inolvidables. También, a los amigos y circunstancias que sirvieron de excusa perfecta para escuchar música, para compartir. Para mí, antes y ahora, la música es felicidad pura.

Lo insólito es que muchos años después, cuando el oficio de narrar historias se convirtió en mi sello como periodista, primero, y como creador de contenidos digitales, después, me di cuenta de que todo había comenzado con la música. No fue algo planeado, sino casual, un capricho de la vida que agradezco infinitamente y procuro disfrutar y aprovechar cada día.

Te explico: siempre tuve problemas para memorizar. En el colegio, claro, esa dificultad me enfrentó a serios retos. En la música, así escuchara la canción decenas de veces, no podía aprenderme la letra. Entonces, decidí darme a la tarea de transcribir la letra de las canciones y tenía varios cuadernos a los que acudía cuando quería cantar. Así aprendí las letras.

Pero no fue solo eso. Dado que cada ritmo musical incorpora una estructura específica y distinta de los demás, sin querer queriendo mi cerebro las incorporó y aprendí a contar historias. Cuando comencé a escribir como periodista, esa habilidad afloró y me permitió diferenciarme de mis colegas: me convertí en storyteller a partir de cantar canciones.

Puede parecerte increíble, o quizás una mentira. Sin embargo, es la verdad. Jamás leí algún texto relacionado con la creación de historia, con copywriting o algo por el estilo. Tampoco me lo enseñaron en la universidad. Fue un aprendizaje espontáneo que adquirí de escuchar distintos ritmos, de aprenderme la letra, de cantarlas a grito herido una y otra vez, y una más.

musica-ideas

La música siempre ha ocupado un lugar importante en mi vida. Como compañía, como aliento, como paño de lágrimas y, en especial, como vínculo. En esas parrandas conocí a personas que luego fueron amigos por mucho tiempo con los que compartí momentos que no olvido. Experiencias sin filtros, en las que cada uno se mostraba tal como es.

Diversos estudios científicos, de antes y de ahora, han demostrado que la música le encanta al cerebro. De hecho, está comprobado que al nacer los bebés reconocen la música que escucharon mientras estaban en el vientre de mamá. Y también se sabe que a través de la música, de las canciones, nos relacionamos con el mundo exterior y aprendemos sobre él.

Una influencia muy importante proviene del entorno. En mi caso, por ejemplo, el gusto por las rancheras fue heredado de mi padre; por las baladas, de mi madre; por el vallenato, de mis amigos. Otra característica especial es que adquirimos nuevos gustos musicales a medida que crecemos, que tenemos contacto con más personas, que vivimos más experiencias.

Según el músico y periodista científico canadiense Michel Rochon, experto en el tema, “los científicos creen que el Homo sapiens empezó a hacer música hace cien mil años para comunicarse. Y no solo eso: “También, para aprovechar sus poderes con fines de supervivencia”. Todas las civilizaciones y todas las culturas crearon y disfrutaron la música.

“Es nuestra mejor amiga”, dice Rochon. “Lo mejor es que podemos elegir la música que mejor se adapta a la emoción del momento”. Todos tenemos una canción que nos hace reír, o llorar, o reflexionar, o bailar, o recordar viejos amores, o añorar la juventud. Según el experto, esa es la razón por la cual la música es crucial para la cohesión social y la felicidad personal.

Cada etapa de la vida está acompañada de música. Que, por supuesto, cambia a medida que crecemos, que evolucionamos. Música que, además, nos ayuda a forjar una identidad, una mentalidad. Que, también, y esto se me antoja maravilloso, nos permite ir y venir en el tiempo, regresar a la infancia o la juventud, revivir momentos que disfrutamos con personas que ya no están.

“Cuando escuchamos la música 20 o 30 años después, nos trae recuerdos importantes sobre quiénes éramos y las batallas que libramos para construir nuestra identidad. Esto demuestra el poder y la importancia de la música en nuestra vida”, dice Rochon. Tan importante, que es posible contar la historia de nuestra vida a través de las canciones que nos han marcado.

No sé qué sería de mi vida sin música. O, de otro modo, no concibo mi vida sin música. Y no concibo, tampoco, mi trabajo sin la influencia de la música. Tanto que, quizás lo sabes, me atrevo a catalogar a José Alfredo Jiménez como el copywriter más brillante que conocí. Y otros autores, como Juan Gabriel, Armando Manzanero o Marco Antonio Solís, son fuente de inspiración.

Y ese es, precisamente, el mensaje que te quiero transmitir en este contenido. Para cada situación de tu vida, positiva o negativa, siempre hay una canción ideal. Una que encaja perfectamente para permitirte gestionar las emociones del momento. Y esas canciones, esos recuerdos, esas experiencias, esos aprendizajes, son ideas para crear contenidos.

Sí, muchos de los contenidos que comparto contigo a través de canales digitales, en múltiples formatos, están inspirados en canciones que son parte de la historia de mi vida. Escuchar música es uno de los consejos que doy a quienes me dicen que están bloqueados o que no se les ocurre una buena idea. ¿La clave? Elegir bien la canción que conecte con la emoción del momento.

Hay quienes, por otro lado, me dicen que no se animan a contar su historia personal. ¿El motivo? Se sienten vulnerables, piensan que otros se van a aprovechar de esas debilidades. ¿La solución? La música. Si no me crees, te propongo un ejercicio, uno sencillo. Uno que no tienes que compartir con nadie, uno que te servirá como una profunda introspección.

¿Te animas? Solo tienes que elegir diez canciones (o 5, las que tú quieras) que representen momentos importantes de tu vida en diferentes etapas. Por ejemplo, alguna de la niñez, otra de la adolescencia, una de la universidad, la que le dedicabas a la que hoy es tu pareja, la que coreabas con tu familia en el cumpleaños del abuelo o en Navidad, y así sucesivamente.

Tienes dos opciones: o utilizas las canciones elegidas para contar tu historia, para escribir tu historia, o haces una historia independiente a partir de cada canción. O las dos, ¿por qué no? Ponle buena onda, escucha las canciones varias veces antes de sentarte a escribir. También es conveniente que establezcas un libreto, una estructura, para evitar que la improvisación te estorbe.

Celia Cruz tenía razón: ¡la vida es un carnaval! Luces, alegría, color, sabor y, claro, música. Y a mí lo que más me gusta del carnaval, lo que más disfruto, es la música. La música me lo ha dado todo: momentos inolvidables con seres queridos, amigos, experiencias imborrables, además de ser un ilimitado manantial de ideas para crear contenido de valor, de impacto.

Categorías
General

10 opciones de contenido exprés que deleitarán a tu audiencia

Si lo prefieres, puedes escuchar el artículo completo

Dentro de nuestra infinita genialidad, los seres humanos tenemos la asombrosa capacidad de complicar lo que es sencillo. Como dirían las abuelas de antes, “no vemos lo que tenemos frente a las narices”, lo obvio, y por eso muchas veces, la mayoría de las veces, elegimos mal. Y no solo mal, en el sentido que es la opción equivocada, sino que también nos hace daño.

Sabemos que ingerir bebidas alcohólicas en exceso provoca daños en nuestra salud, pero no resistimos la tentación cuando, por ejemplo, juega la Selección de tu país en un torneo importante. O el licor es el primer artículo en la lista de imprescindibles a la hora de festejar el aniversario de nuestros padres, el grado de un hijo, el Día de la Madre o la Navidad…

Sabemos que el sedentarismo es el caldo de cultivo de múltiples males, de muchas de las enfermedades que cada día cobran vidas, pero siempre encontramos la ‘excusa perfecta’ para no movernos. O, quizás, somos incapaces de cambiar los hábitos y consumir una alimentación sana simplemente porque “no se me da eso de cocinar” o “siempre he comido lo mismo”

Aunque no lo hayas notado, es exactamente lo mismo que sucede cuando piensas en crear y compartir contenidos con tu audiencia, con tus clientes. Cada vez que te sientas frente a la cámara o al computador, aparecen esos diablillos traviesos que te invitan a procrastinar, que te distraen. En últimas, no son más que ‘excusas perfectas’para justificar tu inacción.

Los seres humanos, todos, sin excepción, contamos con una ILIMITADA fuente de creatividad, de buenas ideas. Lo increíble es que están ahí, pero no las vemos, no las percibimos o, quizás, no les prestamos al atención que requieren. Son fruto de nuestros aprendizajes, de nuestras vivencias y, por supuesto, de lo que creemos, de lo que pensamos y de lo que sentimos.

Es algo que nadie, absolutamente nadie, te puede arrebatar. Y está en ti. Es como si un día, sin estarla buscando, en el fondo de un cajón de tu clóset encuentras una caja con recuerdos. La habías olvidado, pero te emociona descubrirla ahí porque guarda testimonio de algunos de tus momentos más felices. De aquellos que marcaron tu vida para bien y revivirlos te hace feliz.

O vas de vacaciones a la playa y un día decides ir a caminar para disfrutar del contacto con la naturaleza. Sin esperarlo, encuentras un cofre que guarda… ¡un tesoro! ¿Te parece irreal, algo de ciencia ficción? Echa memoria y descubrirás que a lo largo de tu vida has descubierto, por pura casualidad, valiosos tesoros. Personas, oportunidades, aprendizajes, experiencias…

A lo que me refiero, el mensaje que me interesa transmitirte en este contenido, es que no necesitas encomendarte a la esquiva y traicionera inspiración. Tampoco tienes que hipotecar tu creatividad rindiéndote a alguna de las poderosas herramientas de inteligencia artificial. Tan solo debes echar mano de ese maravilloso cofre que hay en ti y aprovechar el tesoro.

A continuación, te propongo diez opciones, sencillas y todas a tu alcance, para producir contenido de valor. No importa el formato que elijas o el canal a través del cual vayas a compartirlo. Lo mejor es que son temas que se adaptan perfectamente a lo que quieres y que te permitirán utilizarlos más de una vez. Te sorprenderá no haberlos percibido con antelación:

1.- Errores comunes.
Todos nos equivocamos, sin excepción. Sin embargo, no todos aprendemos de los errores que cometemos. Compartir los tuyos, los más habituales, los que comete cualquiera, no te hará vulnerable y, más bien, te permitirá establecer un poderoso vínculo de empatía. Habla de aquellos que se puedan eliminar de una vez y por todas para mejorar los resultados.

2.- Tus mejores consejos.
La otra cara de la moneda. Si desarrollaste una habilidad y hay algo que haces mejor que la mayoría, o con mejores resultados (más fácil, más rápido, más económico), seguro habrá quienes agradecerán que les enseñes cómo hacerlo. No tienen que ser muchos, 3 o 5. Y puedes compartirlos uno a uno, de modo que tu audiencia se mantenga a tu lado.

3.- Antes y después.
Es lo que en el storytelling se denomina punto bisagra. Es un mensaje persuasivo poderoso que, bien utilizado, prende la motivación a la acción. ¿Por qué? Incorpora ese primer paso que tanto miedo nos da y que, por lo general, nos paraliza. Y le dice a tu audiencia que es posible, que tiene la capacidad de superar las dificultades, que hay algo mejor si no se rinde.

contenido-expres

4.- Un mito (o mentira).
En esta era de la infoxicación, los bulos están a la orden del día. Y ahora, gracias al poder de la inteligencia artificial, es cada vez más difícil identificarlos. Sin importar a qué te dediques, en esa actividad hay mentiras que han hecho carrera: ¡derrúmbalas! Este es el tipo de contenido que el mercado agradece porque evita una de las sensaciones más incómodas: ser engañados.

5.- Tutorial.
A todos nos encanta que nos enseñen cómo hacer algo de manera fácil, rápida y, sobre todo, efectiva. Eso significa que… ¡adoramos los tutoriales! De hecho, son los contenidos que más se consultan en YouTube y los que les han permitido a muchos profesionales convertirse en celebridades en los canales digitales. Y sí, tú sabes hacer muy bien algo que otros no pueden…

6.- Un día en tu vida.
¿Te parece extraño? ¿Piensas que a nadie le interesa? Si eso es lo que crees, estás equivocado. En especial si eres alguien que está unos pasos adelante del resto, de la mayoría, siempre habrá quiénes agradezcan que les digas qué haces y cómo lo haces. La clave del éxito, en la vida o en los negocios, parte de una buena rutina: tu audiencia adorará que compartas la tuya.

7.- Tu yo productivo.
En conexión con el anterior, cuéntale a tu audiencia esos consejos que te permiten ser más productivo. Este, quizás lo sabes, es uno de los temas álgidos para empresarios, dueños de negocios, emprendedores y profesionales independientes. Con un solo consejo que sea útil, tu ayuda será muy valiosa. Es un contenido que siempre se valora, que siempre se agradece.

8.- La historia de tu marca.
En especial si tú eres la marca, si tú eres el producto, este contenido es imprescindible. Es el que te permitirá establecer un vínculo de confianza y credibilidad con el mercado y, lo mejor, diferenciarte de la competencia. No temas contar tu historia, lo más valioso que posees. ¿Por qué? Porque le dirá al mercado que pasaste por lo mismo y lo superaste. ¡Te dará autoridad!

9.- Un testimonio.
Si aún no tienes casos de éxito que te den uno, puedes compartir la historia de alguien, una empresa o una persona, que te haya inspirado. De alguien que pasó por situaciones similares a las tuyas y las dejó atrás, alcanzó el éxito. La historia de alguien que refuerce tu mensaje, que lo humanice, que logre conectar con tu audiencia a través del poder de las emociones.

10.- Tu mayor acierto.
La diferencia entre el bien y el mal, el éxito o el fracaso, la felicidad o la tristeza, es tan solo una decisión. Una decisión capaz de cambiar el rumbo de la historia, que significa ese plus gracias al cual lograste lo que deseabas. ¿Cuál fue? ¿Por qué lo decidiste? ¿Fue un impulso emocional? Es algo así como tu secreto más preciado, un contenido que tu audiencia valorará mucho.

Ahora, ¿cómo te pareció? ¿Difícil? Estoy seguro de que no tienes que sentarte a pensar en una respuesta. Y, también, de que justo en este momento en tu cabeza las ideas, las buenas ideas, vuelan silvestres a la espera de que las utilices. Como ves, no hay que tomar un curso, no hay que pagar una mentoría, no hay que utilizar tecnología alguna: lo que requieres está en ti.

Y lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Que cuanto más uso hagas de este valioso tesoro mayor será el impacto que puedas provocar en la vida de otros, en sus negocios. Olvídate de hacer lo mismo que la mayoría, compartir conocimiento teórico que casi nadie pone en práctica, y más bien enfócate en servir, en ayudar. La forma más efectiva de hacerlo es compartir aprendizajes y experiencias.

Recuerda, así mismo, que hoy las personas no quieren relacionarse con marcas, no quieren quedar a merced de herramientas tecnológicas. Lo que las personas buscan es otras personas, de carne y hueso, que hayan pasado por lo mismo que ellas sufren, que hayan enfrentado los mismos problemas, y que hoy están donde ellas quieren estar. Es una relación, no una simple transacción.

Dentro de nuestra infinita genialidad, los seres humanos tenemos la asombrosa capacidad de complicar lo que es sencillo. Y viceversa. Basta que no te dejes llevar por las tendencias, que seas consciente de cuán valiosa puede ser tu ayuda para otros, de que posees un tesoro que carece de sentido si no lo compartes. Aprovecha tu ilimitada fuente de creatividad…

Categorías
General

Tu historia, clave de la confianza, es el pilar de tu relación con otros

La confianza se ha convertido en un término recurrente que aparece por doquier. Y se lo utiliza de manera indiscriminada, con una diversidad de acepciones que, a veces, son contradictorias. El diccionario lo define, en primera instancia, como “Esperanza firme que se tiene de alguien o algo” o también como “Seguridad que tiene alguien de sí mismo” y, por último, “familiaridad”.

Es decir, hay una confianza que se tiene, una confianza que se da y otra confianza que se recibe. Por eso, la generalización puede inducirnos a un error, que por cierto es muy común. Y este es uno de los términos más estudiados en la sicología, que en su intento por aclarar a veces confunde más. ¿Por qué? Se refiere a diversos tipos de confianza cuyas fronteras son, digamos, difusas.

Estos son algunos de los tipos de confianza definidos:

1.- La confianza en los demás. Es la que actúa como pegamento o como repelente en las relaciones con otros, a partir de las interacciones. Surge de nuestra naturaleza de seres sociales

2.- La autoconfianza. Que suele confundirse con autoestima. Se refiere a la valoración de uno mismo respecto a su capacidad para desempeñar una tarea y llevar a cabo un objetivo

3.- La falsa autoconfianza. Es esa confianza que se expresa externamente, pero no se siente internamente. Se utiliza, por lo general, como una máscara, como un mecanismo de defensa

4.- Confianza conductual. Es la capacidad para actuar en función de las circunstancias, para responder a ellas y tomar las decisiones adecuadas para superar las dificultades

5.- Confianza emocional. Se relaciona con la adecuada gestión de las emociones propias y para interpretar y entender las ajenas. En la práctica, se manifiesta como una habilidad

6.- Confianza espiritual. Se refiere a la fe que tenemos los seres humanos en el entorno, en lo que nos rodea y en el contexto en el que nos movemos. Es también la creencia en algo superior

7.- Confianza simple. Según algunos expertos, este tipo de confianza es innata, la traemos con nosotros en la configuración original. Es total y completa, como la confianza en tu mamá

8.- Confianza alimentada. Distinta de la anterior, surge a partir de las experiencias que vivimos, del aprendizaje de las interacciones con otros y con el entorno. Puede moldearse o desaparecer

Ahora, en función de a quién le preguntes, de qué fuente consultes, encontrarás otras más. Y eso, precisamente, es lo que hace que la confianza, un valor básico, se haya convertido en algo trivial. En este caso, como en muchos otros, lo crucial es regresar a los fundamentos, a los pilares, y recuperar la esencia. Una tarea que, sin embargo, en la práctica no es tan sencilla como parece.

¿Por qué? Porque la confianza es una percepción. Es decir, por más que la sicología o alguna otra ciencia se dé a la tarea de definirla, nunca habrá una definición única. El problema es que el grado de confianza se basa en una expectativa, es decir, en la respuesta que esperamos de alguien o de algo. Y, seguro lo sabes, casi nunca se cumple y se transforma, más bien, en decepción o desilusión.

“Si a las personas les gustas, te escucharán, pero si confían en ti, harán negocios contigo” – Zig Ziglar

“No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte” – Friedrich Nietzsche

“La confianza del inocente es la herramienta más útil del mentiroso” – Stephen King

“La mejor manera de saber si puedes confiar en alguien es confiando” – Ernest Hemingway

“Se necesitan 20 años para construir una reputación y cinco minutos para arruinarla” – Warren Buffett

“Cuando la confianza es alta, la comunicación es fácil, instantánea y efectiva” – Stephen R. Covey

“Es la confianza mutua, más que el interés mutuo, la que mantiene unidos los grupos humanos” – H.L. Mencken

“Aprender a confiar es una de las tareas más difíciles de la vida” – Isaac Watts

“La confianza se crea cuando alguien está vulnerable y no se saca provecho de ello” – Bob Vanourek

“Confiar es difícil. Saber en quién confiar, incluso más” – Maria V. Snyder

¿Cómo te parecen estas frases? ¿Te identificas particularmente con alguna? Lo que me gusta es que tras bambalinas todas esconden el poder de la confianza. ¿Sabes cuál es? Que esta capacidad está determinada por las experiencias vividas. Cuanto más te traicionan, cuanto más te defraudan, cuanto más te rompen el corazón, cuando más te decepcionan, más difícil es volver a confiar.

confianza-mensaje

Esa es una realidad irrefutable a la que nos enfrentamos cada día en distintos ámbitos. En especial, en el de las relaciones con otros, bien sean relaciones personales, sentimentales o de negocios. En este último escenario, la confianza del consumidor, del cliente potencial, está dinamitada por cuenta de los vendehúmo, de los que se dedican a engañar a los que confían ingenuamente.

El problema, porque ya sabes que siempre hay un problema, es otro, sin embargo. Es decir, el problema no es la creciente desconfianza del mercado, sino que para establecer relaciones la confianza es indispensable. Sin confianza, no hay relación posible. Entonces, no queda otra opción que luchar contra la corriente y, en especial, mostrarle al mercado que eres alguien confiable.

El principal obstáculo que una marca (empresa o persona), un negocio o un profesional que desea vender un producto o un servicio enfrentan a la hora de ofrecerlo al mercado es la desconfianza. Un obstáculo que muchas veces, la mayoría de las veces, intentamos eludir, hacemos caso omiso de él. Y, entonces, nos lanzamos a la venta, como si nada, como si existiera un lazo de confianza.

¿El resultado? Rechazo total, por supuesto. Como cuando en la calle o en el transporte público abordas a un desconocido e intentas comenzar una conversación. Alguno te seguirá la corriente por un tiempo, pero la mayoría activará las alarmas y elevará las barreras. Es una reacción natural, casi espontánea e inevitable, a la falta de confianza, la respuesta al temor a ser engañados.

La dificultad para confiar en otros radica en que nos exige abrirnos, ser auténticos y bajar las barreras que utilizamos como mecanismo de defensa. El resultado de esa apertura es que nos sentimos vulnerables, expuestos a que alguien se aproveche de nosotros. Y sucede, por supuesto: aprovecharse de la necesidad, del dolor o del deseo de otros es algo normalizado hoy.

Dado que es una percepción, la confianza nada tiene que ver con tus bienes materiales, con el cargo que ocupas, con el dinero que atesoras, con el estilo de vida que te das. ¡Nada que ver! En estos tiempos modernos, esas posesiones son más bien fuente de desconfianza. Sin embargo, son muchos los que apelan a esto para tratar de generar una conexión con el mercado, con otros.

Y es posible que lo hagan con aquellos que se identifican con esto, pero ese siempre será un vínculo débil. De esos que se rompen fácilmente, de los que no están respaldados por el respeto y la lealtad. Pero no solo eso: también se requiere que el vínculo sea alimentado y fortalecido en el tiempo, a través de múltiples interacciones, para que eche raíces firmes, profundas.

Para que la confianza sea real, verdadera, debe estar soportada en tres pilares:

1.- Empatía. Que va mucho más allá de la idea común de “ponerse en los zapatos del otro” y se manifiesta en la comprensión profunda de su problema, de su necesidad. Comprensión que se da a partir de la escucha activa que permite establecer una conexión emocional que supera la barrera de las diferencias (creencias, experiencias, expectativas, miedos, objetivos, conocimiento).

2.- Autenticidad. Que, seguro lo entiendes, está relacionada con la vulnerabilidad. Es la razón por la cual tantos eligen utilizar máscaras o asumir actitudes postizas que les permitan encajar en lo que es socialmente conveniente. Ser auténtico no solo es mostrarte como eres (en especial en lo relacionado con defectos o carencias), sino de manera especial ser fiel a tus principios y valores.

3.- Lógica. Un aspecto que casi nunca se considera, pero que es infaltable. ¿Por qué? Porque los seres humanos, todos, somos una dualidad (lógica/emociones, mente/corazón). Requerimos el concurso de la lógica principalmente a la hora de tomar decisiones, pero también cuando debemos justificar alguna reacción o un comportamiento que no esté bien visto, que genere rechazo.

Cuando confías en alguien o, por ejemplo, en un animal, lo haces porque sientes que no te hará daño, que será gentil, que te retribuirá. Sin embargo, olvidamos esto cuando nos relacionamos con el mercado, con un cliente potencial: asumimos que entiende, que sabe que tenemos o que somos la solución a su problema, y no es así. Sin que exista un vínculo de confianza, no es así.

Moraleja: al mercado, a todos y cada uno de tus clientes potenciales, no le interesa lo que tienes, lo que ofreces. Aunque sea la solución a su dolor o la satisfacción de su deseo. No le importa porque en un mercado en el que la demanda supera a la oferta, lo puede conseguir con alguno otro. ¡Esa es la realidad! Si alguien más le brinda laconfianza que requiere, ¡se olvidará de ti!

Tu primera tarea, primordial e inaplazable, es establecer un vínculo de confianza y credibilidad con el mercado. Mientras no lo hagas, serás ‘más de lo mismo’ y despertarás objeciones (recuerda el componente lógico). Y, por supuesto, no querrán saber de ti, no te comprarán. Mientras, todo lo que hagas para crear confianza, fortalecerla y enriquecerla te brindará retornos maravillosos.

Ahora, quizás te haces la pregunta ¿cómo generar ese vínculo de confianza? La herramienta más poderosa de la que dispones para lograrlo es tu mensaje. Siempre y cuando sea auténtico, esté enfocado en ayudar a otros, en generar transformaciones positivas y construir un legado, tu mensaje es tu mejor aliado. No importa qué formato o canal utilices, sino el valor del contenido.

Hoy, por fortuna, la tecnología nos proporciona increíbles herramientas que no solo hacen que la tarea sea fácil, sino que te dan la posibilidad de obtener mejores resultados. Un pódcast, un blog, publicaciones en redes sociales, infografías, un video o un e-book son algunas de las opciones. Lo que interesa, recuerda, es el valor del contenido o, en otras palabras, el poder de tu historia.

Categorías
General

¿Sabes qué es marca personal? Lo que te hace único, tu diferencial

A la sombra de internet, una enigmática tecnología que a finales del siglo XX se instaló en nuestra vida y la cambió para siempre, surgió un concepto que hoy brilla con luz propia. ¿Sabes a cuál me refiero? A la marca personal (personal branding). Llegó en silencio, pero poco a poco adquirió relevancia y ahora es uno de los pilares del éxito en la vida.

Sí, no solo en el ámbito laboral, su escenario natural, sino en la vida personal, en las relaciones y, sobre todo, en los negocios. La marca, desde siempre, se concibió ligada a las empresas, pero ya sabemos que no es algo exclusivo del mundo corporativo. De manera especial, en la era de la tecnología, en la que internet es dios, la marca personales un bien universal.

¿Eso qué significa? Que todos, absolutamente todos los seres humanos, SOMOS una marca. Y lo escribo en mayúscula para destacarlo, para que no caigas en la trampa de los vendehúmo del mercado que prometen crearte una marca personal poderosa. Son fanfarrones que, en últimas, quieren inventar el agua tibia. ¿Por qué? Porque tu marca personal ya es.

Para evitar confusiones, veamos qué es una marca personal. Por un lado, es todo lo que tú proyectas al exterior a partir de tus principios, valores, creencias, fortalezas, debilidades, miedos, sueños, conocimiento y experiencias. Por otro lado, es lo que las otras personas perciben de ti en función de las interacciones que sostienen, de la relación que los une.

En otras palabras, la marca personal es el mensaje que tú le transmites al mundo acerca de quién eres. El problema, porque siempre hay un problema, es que la mayoría de las personas no sabe esto y no trabaja su marca personal de manera consciente. Entonces, tampoco se da cuenta de que el mensaje que transmite es contradictorio, confuso o, peor, negativo.

Así mismo, dado que se trata de una percepción, cada persona con la que te relacionas tiene una idea distinta de ti como marca personal. Habrá algunas a las que les gustes, otras a las que les encantes y algunas más que, simplemente, te odiarán. Y está bien, porque la esencia de la marca personal no es caerle bien a todo el mundo, como si fueras monedita de oro.

Esa es la razón por la cual, por ejemplo, cuando somos niños, en el colegio nos hacemos amigos de unos y con otros apenas compartimos el salón de clases. Hay personas que tienen otros valores, otros principios, otras creencias, otras experiencias. Esto se repite una y mil veces a lo largo de la vida, en todos los ámbitos y, no lo olvides, no es posible evitarlo.

Ahora, también es conveniente entender que, a diferencia de lo que nos dice el mercado, la marca personal nada tiene que ver con popularidad, con ser famoso o con acumular miles o millones de seguidores en redes sociales. Es cierto que algunas celebridades son populares, famosas y son seguidas por miles, pero eso no es marca personal: es marketing.

¿Por qué? Porque son estrategias diseñadas para hacerlas ver como figuras perfectas, que logran todo lo que se proponen, que tienen el poder de superar cualquier dificultad…, en fin. Sin embargo, todos sabemos que nadie es perfecto, que todos sucumbimos a las dificultades alguna vez, que no siempre obtenemos lo que deseamos. Esas personas son marcas falsas.

Que encarnan modelos de éxito comerciales, pero irreales. Ejemplos hay muchos, en especial los patéticos influencers, deportistas, cantantes, empresarios y políticos, entre otros. Más que de marcas personales, se trata de productos comerciales tras los cuales hay cuidadosas estrategias de marketing. Son de aquellas que no dan puntada sin dedal, todo es premeditado.

Otras, en cambio, son verdaderas marcas personales que, aun sin proponérselo, inspiran a muchos otros. ¿Por ejemplo? El expresidente estadounidense Barack Obama. El mundo lo conoció como una esperanza de cambio, de reconciliación, de unión, de reivindicación. Es un orador excepcional, con gran carisma, y con principios y valores muy fuertes, muy sólidos.

Esas virtudes le permitieron ganarse el aprecio y el respeto de millones de personas no solo en los Estados Unidos, sino en todo el planeta. Y hoy, cuando está retirado de la vida pública, sigue siendo una voz autorizada y, también, una marca personal activa. A través de charlas y conferencias defiende sus ideales, promueve causas benéficas y produce un gran impacto.

Un caso parecido es el del expresidente uruguayo José ‘Pepe’ Mujica. Un tipo sencillo, con gran humildad, dueño de una infinita sabiduría popular y, también, de una sensibilidad social sin límites. Austero por convicción, se comunica más a través de sus actos que de sus palabras, que en todo caso encierran un mensaje poderoso. Un líder nato, una persona fácil de querer.

En los últimos tiempos, y más allá de ser una exitosa estrella de los escenarios, la cantante estadounidense Taylor Swift se ha revelado como una marca personal de impacto. Los valores que se le reconocen son la autenticidad, la creatividad y la empatía, principalmente. Pero no es todo: durante la campaña presidencial, tomó partido y se posicionó como una activista.

Algo importante es entender que cuando hablamos de marca personal no nos referimos a éxito profesional, a ganancias multimillonarias o a celebridad. Clara muestra de ello era la madre Teresa de Calcuta, premio Nobel de la Paz en 1979. La monja albanesa, que falleció en 1997, fue sinónimo de caridad, altruismo y coraje en virtud de su incansable labor humanitaria.

Renunció a toda muestra de riqueza material, de ostentación, y se dedicó a compartir lo que era y lo te poseía en favor de los más pobres, de los desvalidos. Fue sinónimo de bondad, de paz, de solidaridad, y fuente de inspiración para muchos en el mundo. Su marca personal era tan poderosa, tan sólida, que un cuarto de siglo después de su muerte nadie la olvida.

ser-marca-personal

Es decir, no se requiere ser multimillonario, dueño o CEO de empresas famosas, aparecer en los medios de comunicación o contar con millones de seguidores en redes sociales para ser una marca personal verdadera. Esa es una distorsión provocada por los mensajes de los medios de comunicación, que promueven estos modelos con la intención de lucrarse.

En otras palabras, la marca personal no es un privilegio de los ricos y famosos. Repito: ellos, por lo general, son marcas postizas, productos comerciales, no marcas personales. Además, no podemos olvidar que todos conocemos marcas personales poderosas, no famosas, no ricas, no celebridades, que han marcado una gran influencia en nuestra vida, que nos guiaron.

Tus padres, alguno de tus hermanos, un profesor del colegio, un amigo, un jefe o, quizás, una persona ajena a tu entorno familiar que te inspiró. Así mismo, y especialmente en la niñez y en la juventud, todos tenemos ídolos que, a través de su marca personal, dejan huella en nuestra vida. Artistas, deportistas, cantantes, escritores o, inclusive, algún amor platónico.

Ahora, veamos algunas características de una verdadera marca personal:

1.- Es sinónimo de autenticidad

2.- Es una construcción permanente

3.- Es un mensaje consciente

4.- Es el reflejo de tus valores, principios, creencias y experiencias

5.- Surge a partir del autoconocimiento, fruto de tus fortalezas y debilidades

Y la otra cara de la moneda: ¿qué NO es una marca personal?

1.- Ser famoso y reconocido a partir de logros y bienes materiales

2.- Contar con millones de seguidores en redes sociales

3.- Mostrarse como un modelo de éxito y/o perfección

4.- Practicar el falso altruismo solo para aparecer en los medios

5.- Posar de neutro: no comprometerse con causas públicas, tomar partido

Estoy seguro de que el ejemplo que voy a mencionar a continuación probablemente no sea de tu agrado, pero es innegable que encarnó un modelo de marca personal poderosa. ¿Sabes a quién me refiero? A Diego Armando Maradona, el futbolista argentino. Un ser humano con un talento ilimitado y una personalidad fuerte y con una variedad de defectos inocultables.

Dentro o fuera del campo de juego, para bien o para mal, por su sensibilidad o por sus a veces cuestionables convicciones, Maradona fue una marca personal poderosa. Era imposible ser indiferente a él, por lo positivo o por lo negativo. Encarnó un inspirador modelo de superación y, tristemente, uno de autodestrucción. Su pecado fue no saber gestionar la fama.

Otro caso parecido, y también en el ámbito del deporte, nos lo ofrece el golfista Tiger Woods. Un talento único que se dio el lujo de cambiar un deporte rico en tradiciones y reacio a los cambios. Inspiró a millones en todo el mundo, transformó el golf profesional, superó innumerables récords y ganó más dinero del que quizás soñó. Sin embargo, también sucumbió al éxito.

Lo que me interesa que comprendas es que, en especial si eres un emprendedor o un profesional independiente que vive de monetizar su conocimiento (o quiere hacerlo), debes ser una marca personal poderosa. Imperiosamente, DEBES SER. No construir, porque ya eres, sino descubrir cuál es tu esencia y luego definir ese mensaje que quieres comunicar.

La marca personal es el principal factor diferenciador, el motivo por el cual el mercado, tus clientes potenciales, te percibirán como distinto de la competencia, como mejor opción. Esto será posible solo en la medida en que conectes emocionalmente con esas personas y que haya identificación a partir de principios, valores, creencias, experiencias, sueños y propósito.

Recuerda: no eres monedita de oro para caerle bien a todo el mundo. Por eso, la marca personal es el primer filtro que te permitirá decantar a las personas que atraes, a las que les das entrada a tu vida. Es, también, el pasaporte para conectar con referentes del mercado, con mentores, con colegas que están en sintonía contigo y con los que puedes desarrollar sinergias poderosas.

Si aún no has definido tu mensaje, si aún no eres una marca personal identificable, el mejor momento para comenzar es hoy. No lo olvides: la base del proceso son el autoconocimiento y la autenticidad. Si no eres una marca personal, eres invisible. Si no eres una marca personal, te privas de disfrutar de los beneficios de conectar con otros y producir un impacto positivo en el mundo.

Categorías
General

Las habilidades comunicativas, una cuestión de supervivencia

La irrupción de la inteligencia artificial supone un dilema para la humanidad. Su influencia se manifiesta en todas y cada una de las actividades de la vida, sin excepción, y son múltiples los oficios y profesiones que, dicen, están en peligro de desaparición. Sin embargo, sabemos que si algo caracteriza a la especie humana es, precisamente, su resiliencia, su capacidad para sobrevivir.

No olvides que los dinosaurios, una especie fuerte, depredadores, desaparecieron y muchas otras especies menores permanecieron en el planeta. El ser humano, además, ha sobrevivido a pandemias, pestes, catástrofes naturales como terribles huracanes, devastadores terremotos, pavorosas inundaciones y a eventos demoledores como la guerra. Parece que fuera indestructible.

Hace 25 años, quizás lo recuerdes, cuando internet irrumpió en nuestra realidad y la cambió por completo, nos dijeron que la vida no sería igual, jamás sería la misma. También dijeron que millones de empleos se perderían y que muchas empresas desaparecerían. Así fue, pero el ser humano volvió a exponer su asombrosa capacidad de adaptación y logró sobrevivir.

Con el paso del tiempo, nos dimos cuenta de que era un cambio beneficioso, aprendimos que la tecnología no llegaba para sustituirnos o, peor, para destruirnos, sino para ayudarnos. Que en la práctica significa complementarnos, potenciar nuestras habilidades, sacarnos de la zona de confort y, lo mejor, para brindarnos nuevas y maravillosas posibilidades de crecimiento.

No sé qué opinas, pero soy un agradecido de la tecnología. Cuando comencé mi carrera profesional, hace más de 37 años, los periodistas aún trabajábamos en máquina de escribir y los computadores eran un sueño. Es decir, he vivido en carne propia lo bueno y lo malo de esta revolución tecnológica que significó la transformación del oficio y de la mentalidad.

Fui de los primeros periodistas que utilizó internet en Colombia, en 1997. Para que te hagas una idea del contexto: ninguna empresa o medio de comunicación tenía una página web, los bancos apenas implementaban los cajeros electrónicos y lo que los expertos nos decían era que internet era “algo pasajero”, “una nueva moda que desaparecerá pronto”.

Por supuesto, y por fortuna, no fue así. Desaparecieron los que se quedaron en lo mismo de antes, los que fueron incapaces de evolucionar, los que no cumplieron con la premisa de saber adaptarse. Los demás, mientras, nos fortalecimos, adquirimos habilidades y nos convertimos en mejores personas, en profesionales más capacitados, gracias a la tecnología.

Hoy, el nuevo dinosaurio, la amenaza mediática, es la inteligencia artificial generativa. Sí, la que muchas personas llaman ChatGPT, pero esta herramienta es tan solo una de tantas de las que ya disponemos. Y vendrán otras más, sin duda, un tsunami tecnológico. Algunas de esas especies serán efímeras, no cumplirán con su propósito y desaparecerán. No hay remedio.

Otras, las más valiosas, las más poderosas, en cambio, permanecerán. Y se convertirán en una parte importante de nuestra vida, como ocurrió con internet hace más de 25 años. Por eso, más que una obligación es una decisión acertada aprender a utilizar esta maravilla. No al punto, quizás, de ser un experto, pero sí bajo la premisa de aprovechar su poder ilimitado.

Lo que, en todo caso, no se puede perder de vista, es que la diferencia, para bien o para mal, no la marca la tecnología: este es un privilegio del ser humano, del uso que haga de ella. No olvides que muchas personas, millones en el mundo, desconocían y/o desaprovechaban el poder de internet antes de la pandemia. Fue durante el encierro cuando lo descubrieron.

Después de ese punto bisagra, hoy estamos familiarizados con las reuniones virtuales y con otra serie de opciones que antes pocos usaban. Para muchas familias, por ejemplo, pasar la pandemia con un buen balance fue fruto, entre otras cosas, de las reuniones virtuales con familiares y amigos. En medio del encierro, pudieron salvaguardar su salud mental.

Repito: la tecnología es asombrosa, maravillosa, increíble. Ponle el calificativo que quieras y seguro te quedarás corto. Sin embargo, la magia está en el ser humano, en su inteligencia natural, en su capacidad para aprender, en su creatividad, en el uso que le brinda. Así, por ejemplo, la dinamita no fue creada para matar, para destruir, el uso más común que se le da.

Lo que la inteligencia artificial generativa hará por ti, si se lo permites, es potenciar tus habilidades, sacar el máximo provecho de tu conocimiento y producir un mayor impacto en la vida de quienes te rodean, de aquellos sobre los que ejerces influencia. Esta tecnología llegó para ayudarnos, para facilitarnos la vida, para permitirnos ser más productivos y rentables.

Lo esencial, lo fundamental, lo que marca la diferencia, repito, está en ti. ¡ERES TÚ! De hecho, un reciente estudio de la prestigiosa consultora Kantar Media, llamado Las competencias que definirán el ecosistema mediático del mañana, nos ofrece unas lecciones valiosas. Se hicieron 1.110 encuestas en 53 países a personas relacionadas con investigación, datos e insights.

Estas fueron algunas de las conclusiones más destacadas:

1.- Se reconoce la necesidad de adaptarse a los cambios que llegaron y a los que vendrán

2.- Se entiende que tecnología y talento van de la mano, son complementarios, no opuestos

3.- Los expertos en estas nuevas tecnologías son la nueva joya de la corona laboral

¿Cómo te parece? A mi juicio, nada sorprendente, nada que no fuera previsible. Lo que me llamó la atención de los resultados de la encuesta, el motivo por el cual escribí esta nota, fue el escalafón de las 10 competencias más importantes hoy. Ten en cuenta que los consultados son personas relacionadas con los medios de comunicación, agencias de marketing y afines:

1.- Habilidades de comunicación y storytelling79 %

2.- Análisis e interpretación de datos – 73 %

3.- Capacidad para explicar técnicas y metodologías complejas – 65 %

4.- Posibilidad de conectar fuentes de datos – 60 %

5.- Visualización de datos – 59 %

6.- Experiencia diversa y nuevas perspectivas – 57 %

7.- Experiencia en investigación – 46 %

8.- Conocimientos de data science39 %

9.- Manejo de big data – 36 %

10.- Experiencia en el uso de la IA – 27 %

habilidades-comunicativas

¿Qué opinas? Honestamente, a mí me sorprendió ver en el número uno las habilidades de comunicación y el storytelling, que en teoría son las principales víctimas de la inteligencia artificial generativa. No porque desconozca su importancia, sino porque la percepción del mercado era distinta. Es decir, veía que lo prioritario era la tecnología, las herramientas, no la habilidad.

Por supuesto, es algo que me alegra, me entusiasma. Entre otras razones, porque respalda mi lucha de los últimos años: crear conciencia de que el factor diferencial, lo que realmente provoca impacto, no es el canal, no es el formato, no es el recurso, no es la herramienta: es la capacidad del ser humano para sentir, compartir y transmitir emociones y experiencias.

Un ejemplo: cuando desarrolló su carrera periodística, primero, y la de escritor, después, el gran Gabriel García Márquez, Gabo, escribió en cuartillas. Es decir, en máquina de escribir. Solo al final, cuando ya era famoso y consagrado, cuando ya había ganado el Premio Nobel, usó la computadora. El talento estaba en él, la imaginación estaba en él, no en la herramienta.

Uno más: cuando ganó sus 18 campeonatos mayores, entre 1962 y 1986, el estadounidense Jack Nicklaus utilizó palos que hoy no solo son reliquias, sino arcaicos. Por aquel entonces, el desarrollo de la industria del golf iba a lomo de mula, a diferencia de lo que sucede hoy, cuando los cambios, los avances tecnológicos, se dan a la velocidad de un rayo.

A lo largo de su sensacional trayectoria, Nicklaus acumuló 73 triunfos en el PGA Tour, para ubicarse como el tercero de la historia. Solo lo superan Sam Snead y Tiger Woods, con 82. El Oso Dorado es considerado por muchos el mejor jugador de todos los tiempos, tanto por su capacidad técnica como, en especial, por su férrea mentalidad ganadora y su determinación.

Hoy, sin embargo, muchas personas creen que lo importante es la herramienta, el canal o el formato y menosprecian lo realmente valioso: el contenido. Menosprecian lo que pueden entregarle al mercado y se limitan a seguir la tendencia, la moda. Algunas logran hacer ruido, pero su efecto es a corto plazo y pronto surge un nuevo objeto brillante que las desplaza.

Las habilidades comunicativas son las que nos permiten comunicarnos de manera efectiva con otros, bien sea a través del habla, de la escritura, de la gestualidad (movimiento), de la pintura, del canto o, inclusive, de las señas. Son fruto de un proceso consciente cuyo fin es transmitir un mensaje, establecer un vínculo o realizar un intercambio de conocimiento y experiencias.

La escucha activa, la comunicación verbal, la no verbal, la empatía, la asertividad y la inteligencia emocional son, entre otras, las principales habilidades comunicativas. Todos los seres humanos disponemos de ellas, pero cada uno las desarrolla en distinta medida o, de otra forma, cada uno privilegia algunas que le resultan más cómodas o que son más fáciles.

En la película Náufrago, lo que le permitió sobrevivir a Chuck Noland (interpretado por Tom Hanks) no fue la tecnología. De hecho, no tenía herramientas porque perdió el transmisor de emergencia de la balsa en la que llegó a una isla desierta. Sobrevivió gracias a sus habilidades y a su ingenio para arreglárselas en un medio de un ambiente inhóspito.

Volvamos al comienzo: amenazado por los depredadores, con pocos recursos y un precario conocimiento del entorno, el ser humano sobrevivió en la prehistoria. Y a lo largo del tiempo ha hecho lo mismo una y otra vez tras tragedias naturales, guerras o pandemias. Lo ha hecho gracias a su inteligencia, a su intuición, a su resiliencia y a su capacidad de adaptación.

En una sola palabra, gracias a sus habilidades. Entre ellas, las comunicativas, que le han servido para transmitirles a otros, de generación en generación, el conocimiento adquirido y el aprendizaje fruto de sus experiencias. Haber enseñado a otros cómo sobrevivir a pesar de las dificultades es lo que le ha permitido al hombre ser la especie que no se extingue.

Como dice la canción, “yo no sé mañana”, no sé qué pasará mañana, dentro de unos años. No sé cuál será el resultado de una encuesta similar de Kantar Media en 5 o 10 años. De lo que sí estoy seguro es de que las habilidades comunicativas se darán mañas para entreverarse entre las más importantes, las indispensables, las más valoradas. Es cuestión de supervivencia…

habilidades-comunicativas
Categorías
General

La IA desveló el secreto del éxito de las historias de impacto

“Érase una vez…”. Cada vez que escuchamos estas tres palabras, nuestra mente se transporta, nos transporta. Muy probablemente a la niñez, cuando nuestros padres leían un cuento o nos contaban un relato a la espera de que nos quedáramos dormidos. Momentos que, sin duda, están ligados a recuerdos felices, a una época inolvidable de la vida.

Conozco médicos pediatras que les recomiendan a las mujeres embarazadas contar una historia feliz en voz alta cuando su bebé está inquieto en el vientre. Otros sugieren que se usen melodías suaves, tranquilas, armónicas (sin estridencias, nada de reguetón), que producen el mismo efecto: transmiten un mensaje que el bebé capta y disfruta.

Lo increíble, el dato que a veces pasamos por alto, es que estamos hechos de historias. O, dicho de otra manera, el ser humano y las historias son una unidad indivisible: no podemos vivir sin las historias. Es a través de ellas que comprendemos la realidad, que lidiamos con ella, y son también el canal que nos permite vincularnos con los demás, con el entorno.

Recientes investigaciones acerca del poder y del impacto de las historias en los seres humanos lograron establecer algunas teorías apasionantes. Una de ellas asegura que cuando el Homo sapiens se encontraba en pleno proceso de evolución, ya utilizaba las historias para compartir sus experiencias, en especial las aventuras de cacería.

No solo porque era una actividad básica de aquellos tiempos, sino porque… ¡brindaba estatus en la comunidad, en su tribu! Es decir, no todos eran cazadores, no todos eran buenos cazadores y, lo imaginarás, no todos podían contar el cuento al final de la cacería. Ese era un privilegio reservado para los mejores, para los vencedores, para una élite.

Contar esas historias, además, era una cuestión de supervivencia. En aquellos tiempos, el entorno no era propiamente gentil con el hombre, que dedicaba sus días prácticamente a dos tareas. La primera, conseguir alimento, para lo cual debía salir a cazar, exponiéndose a ser él la presa de un depredador; la segunda, sobrevivir, por lo que debía luchar contra múltiples fieras.

Entonces, más allá de relatar eventuales actos heroicos, y regocijarse con ellos, contar las historias de sus aventuras de caza también cumplía el objetivo de enseñar a otros, a las nuevas generaciones, cómo ganar, cómo sobrevivir. Las historias encerraban la información que se requería para enfrentar ese mundo exterior hostil con alguna probabilidad de éxito.

Más adelante, cuando ya las demás especies habían dejado de ser una amenaza inminente, el hombre comenzó a contar otro tipo de historias. ¿Cuáles? Compartió sus experiencias en el formato de los problemas que había encontrado y cómo los había resuelto. Tras esos relatos también había un interés ególatra, que lo enaltecía y lo hacía diferente del resto.

¿Por qué? Porque se asumía que ‘solo los más inteligentes, los resolutivos, los valientes’, podían enfrentar los problemas y resolverlos satisfactoriamente. Eran, por supuesto, los líderes de las manadas, los que tomaban las decisiones, los que decían la última palabra. A ellos se los consideraba más inteligentes y se los veía con una singular reverencia.

Sin embargo, de manera casual, “sin querer queriendo” como diría el Chavo del 8, hallaron la estructura ideal para escribir historias de impacto. Que no es, como algunos pregonan, “una fórmula mágica” o “un don exclusivo concedido a unos pocos” o “un libreto perfecto”. Se trata de una guía, de un modelo que puede ser adaptado en función de las necesidades.

¿Cuál fue ese genial descubrimiento? Establecer que el formato de resolución de problemas es el núcleo de la estructura de la historia. A partir de las historias, el Homo sapiens aprendió a resolver problemas que le garantizaron la subsistencia. ¡Eureka! Una realidad que hoy, miles de años después, permanece vigente aunque las circunstancias, claro, son muy distintas.

A través del relato, del storytelling, la audiencia puede conectar con el cerebro del contador de la historia y convertirse en protagonista de esta. A la vez, el contador entra en el corazón de cada persona de la audiencia y genera un impacto con su mensaje. Le enseña cómo resolvió el problema, despierta su héroe interno y lo empodera para que actúe.

Ten en cuenta que era una época en la que no había medios o canales de comunicación y, mucho menos, internet o redes sociales. Épocas en las que la única forma de compartir y de transmitir el conocimiento adquirido a partir de las experiencias era contar historias. Ese, precisamente, es el valor de una buena historia, que hoy también sigue vigente

Recientemente, utilizando la inteligencia artificial, investigadores se dieron a la tarea de tratar de determinar cuál es la estructura oculta de las historias memorables y por qué está tan arraigada en nuestro cerebro. Analizaron miles de películas de cine y televisión, libros (novelas, en especial) y muchos videos. Un reto, sin duda, interesante y muy apasionante.

ia-storytelling

De acuerdo con estos estudios, las historias que mejor funcionan son aquellas que explican claramente el problema al que se enfrenta el protagonista, muestran el contexto en detalle, exploran las opciones que una persona común consideraría para resolverlo y, por último, nos brindan la solución. Un ingrediente más: nos dicen qué alternativa no funciona.

La respuesta corta, la simple, es que se trata de la estructura de resolución de problemas. Que, en últimas, es lo que todos los seres humanos anhelamos, solucionar los problemas que nos aquejan, los que nos restan tranquilidad, los que consumen nuestra energía y minan la salud. Buscamos respuestas, certezas, y las buenas historias las proporcionan.

La premisa es sencilla: el mercado (las personas) tiene un problema. Quienes ya recorrieron ese camino y acreditan la experiencia, quienes ya solucionaron el problema, exploran sus vivencias, intuyen la solución y, una vez la tengan, crean una historia y la comparten con el resto, con el mundo. Punto final, fin de la historia. Cae el telón y se escuchan los aplausos.

Aunque se antoje demasiado elemental, esa es la estructura tras bambalinas del éxito de la mayoría, casi todas, las historias de impacto a través de los tiempos. En radio, cine, televisión o cualquier formato digital; en cualquier género, en cualquier época. Lo increíble, lo que hoy muchos pasan por alto, es que siempre fue así, las historias se contaron siempre así.

Lo que las investigaciones han establecido es que las historias son un método efectivo para entrar en la mente (cerebro) de alguien y ver cómo ayudarlo a solucionar sus problemas. En otras palabras, una buena historia es, simplemente, un modelo de aprendizaje. Inteligencia natural poderosa, gratuita, generosa. Que, no sobra decirlo, está al alcance de cualquiera.

Ahora, regresemos a la era del Homo sapiens, a las cavernas. El hombre no era la especie más fuerte, tampoco era la más rápida, lo que lo convertía en un blanco fácil, en un objetivo vulnerable. Sin embargo, ¡fue la única especie que logró sobrevivir! ¿Cómo lo hizo? Gracias a su capacidad para resolver los problemas que se le presentaban, para adaptarse a ellos.

Eso le permitió evitar la extinción que borró del planeta a los que eran más fuertes, a los más rápidos. Y la historia nos ofrece mil y uno capítulos similares, mil y una películas parecidas: países que se levantaron tras ser arrasados en la guerra o los que se sobrepusieron a las tragedias naturales. Las historias contadas por los sobrevivientes mantuvieron vivo el fuego de la vida.

Regresemos al presente: desde la irrupción de internet, hace 30 años, y con eventos como la pandemia provocada por el COVID-19 de por medio, millones de empresas y negocios se extinguieron. Como los dinosaurios, como los depredadores a los que tanto temía el Homo sapiens. Empresas y negocios grandes y pequeños, de todas las industrias, fueron incapaces de sobrevivir.

Otros miles, en cambio, se salvaron. Aunque eran más frágiles, aunque también fueron golpeados con dureza, sobrevivieron. Si bien cada caso es particular, y único, al revisar es posible establecer que estos negocios tenían una conexión con el mercado, con sus clientes. Eran parte importante de su vida y fue precisamente la fidelidad de estos lo que los salvó.

Hoy, tristemente, muchas empresas, negocios y profesionales independientes son parte de la infoxicación de los canales digitales. Más de lo mismo, la repetición de la repetidera, la feria del copy + paste… No trascienden, no conectan, no venden y, por ende, están condenados a desaparecer. Irremediablemente, se extinguirán porque no sabrán resolver sus problemas.

Si le consultas a Mr. Google acerca de la estructura del storytelling, de las historias de impacto, te llevará bien al Viaje del héroe, que no se aplica a todas las historias, o a la más popular: introducción, desarrollo y desenlace(algunas incluyen el contexto como segundo elemento y otras, la moraleja al final). Esta, sin embargo, tropieza con la misma piedra.

¿Cuál? Se concentra en los hechos, que son racionales, y se olvida de la esencia de las buenas historias, que son las emociones. Por eso, son historias efímeras, que se olvidan rápido, que no trascienden. Además, porque su estructura no les permite cumplir con el propósito fundamental de las historias de impacto: ¡sí!, resolver los problemas de tus clientes.

Moraleja: olvídate de los hechos, de tu producto, de tu marca, de tu empresa, y concéntrate en lo único que en verdad es importante. ¿Qué? Sumérgete en las profundidades del cerebro de tu cliente y ayúdalo a encontrar la solución que requiere. Cuéntale la historia a través de la cual pueda activar el superhéroe que hay en su interior y experimentar la transformación que anhela.

Como suele ocurrir, en este tema no hay una última palabra, una única verdad. Sin embargo, ten en cuenta que esta teoría se basa en el estudio de miles de historias exitosas, analizadas por la inteligencia artificial. Y no olvides que la rueda ya fue inventada: si tantas historias de impacto siguen este patrón, sería una necedad elegir un camino diferente. ¿Tú qué opinas?

ia-storytelling
Categorías
General

¿Ideas geniales? No las busques: más bien, cultívalas e incentívalas

¿Estás obsesionado porque te llegue una idea genial? ¿Para crear un negocio, para presentar una propuesta, para escribir un libro que sea bestseller, para convencer a tus clientes y que te compren más? Esta de la idea genial (o mágica o perfecta) es una obsesión del ser humano, pero no solo ahora en los tiempos de la inmediatez, sino que lo ha sido desde siempre.

Y es algo natural que surge de la curiosidad, de las ansias de conocimiento, de que buscamos una explicación (una razón, un motivo) en lo que nos sucede. Además, también porque nos han metido en la cabeza la idea de ser únicos, ricos, exitosos, felices y otras más. Que, a mi modo de ver, se resumen en la idea de ser los mejores, como si la vida fuera una competencia.

No sé qué pienses tú, pero para mí no lo es. De ninguna forma. ¿Sabes por qué? Porque hace años, producto de los golpes que recibí de la vida, aprendí que soy único. Lo soy como todos los seres humanos, únicos, irrepetibles, modelo exclusivo. Aun si tienes un hermano gemelo, sabes que son distintos de muchas formas: nadie, absolutamente nadie, es igual a otro.

Y eso, precisamente, es lo que nos hace valiosos. La clave, ¿sabes cuál es la clave? Entender que ya todas las maravillas posibles en el mundo, absolutamente todas, fueron creadas. Eventualmente, algunas de ellas son desconocidas por nosotros y nos sorprenderán cuando las hallemos. Sin embargo, repito, ya todo lo maravilloso del mundo está ahí, en algún lugar.

Como las ideas geniales, por ejemplo. Todo, absolutamente lo que podemos imaginar, ¡ya existe! ¿Lo sabías?Créeme, a mí también me costó entenderlo. En su famoso libro Piense y hágase rico, Napoleon Hill escribió: “Todo aquello que el hombre crea empieza con un impulso del pensamiento. El hombre no puede crear nada que primero no haya concebido en su pensamiento”.

Es decir, todo lo que hay en el mundo, en tu vida, pasó antes por tu pensamiento, surgió de ahí. En especial, las ideas geniales. En términos sencillos, cuando observas algo, percibe un olor o escuchas una canción, las neuronas asocian esas percepciones con alguna circunstancia previa y conforma una idea. Así es como funcionan la memoria, la imaginación y la creatividad.

¿Entiendes? La información ya está dentro de tu cerebro porque la viste, la escuchaste, la oliste, la tocaste o la experimentaste antes. Aunque fuera de forma lejana, imperceptible para los sentidos. Tu cerebro asocia esa información a una circunstancia, a un lugar, a una persona con la que te encuentres, y la recupera cada vez que el estímulo se repite. Una y otra vez.

Hay personas más sensibles a esos estímulos externos porque han educado su cerebro para eso, porque observan más (no solo ven), escuchan más (no solo oyen). Además, son personas que han cultivado positivos hábitos para estimular la creación: gustan del silencio, tienen más contacto con la naturaleza, practican ejercicio, se alimentan y descansan bien, aprenden más.

En otras palabras, tienen una mayor cantidad de información en su cerebro que otras, que la mayoría. Y no solo eso: es también información de mejor calidad. Además, su actitud frente a la vida, a lo que les sucede, es positiva, constructiva, propositiva. No son de las que lloran sobre la leche derramada, sino que buscan soluciones, aprender de sus errores y continúan.

Lo que la ciencia ha podido establecer es que una mente tranquila es más propensa a generar ideas geniales. No solo porque es más receptiva, sino también porque tiene la capacidad para enfocarse en lo que verdaderamente importa. Por eso, es importante el ambiente, la gente con la que te rodeas, los hábitos de tu día a día y, sobre todo, cómo te hablas a ti mismo.

Según Rowan Gibson, considerado uno de los mayores expertos en innovación y gestión empresarial, orador y escritor de varios libros, las ideas se configuran a partir de pensamientos organizados. ¿Eso qué significa? Que antes de las ideas están los pensamientos y, no hay que olvidarse de ellas, las experiencias vividas, que proporcionan la información que necesitamos.

Entonces, no sería errado pensar que las ideas geniales son fruto de un proceso de estimulación del pensamiento. Es ahí donde está la diferencia: hay personas que creamos el hábito de estimular el pensamiento de múltiples formas (lectura, pintura, canto, baile, cocina, deporte y más) y otras que, por su lado, son reactivas y esperan que las ideas les lleguen.

Es lo que comúnmente llamamos inspiración, que es una mentira muy vendedora, pero no por eso deja de ser mentira. El famoso estudio de animación DreamWorks Animation, en EE. UU., por ejemplo, promueve el acceso de sus empleados a clases de yoga o arte durante la jornada laboral, con el fin de estimular su creatividad. Y ya sabemos que Google está en la misma línea.

ideas-geniales

Lo he mencionado en otros artículo, pero es menester repetirlo: la tal inspiración no llega a ti, nunca llegará, porque la verdadera inspiración, ese chispazo brillante, esa idea genial, surge de ti. Es la genial tarea que cumple tu cerebro cuando lo has alimentado con información de calidad y cuando lo entrenas permanentemente, cuando lo retas, cuando lo exiges al máximo.

Porque, no podría ser de otra manera, un cerebro perezoso solo te brinda ideas comunes y corrientes. Esa es la realidad. No sé cómo lo veas tú, pero a mí esto se me antoja maravilloso. ¿Sabes por qué? Porque significa que cualquier ser humano, tú o yo, está en capacidad de crear ideas geniales. O, de otra forma, ya eres un genio, solo debes agitar la botella y dejarlo salir.

El filósofo escocés David Hume dijo algo que puede ayudarte a entenderlo. Según él, son tres las cualidades que asocian la generación de ideas: la semejanza, la contigüidad y la causa y el efecto. No sobra decir que son cualidades incorporadas en cualquier ser humano, como para que te desprendas de la creencia de que las ideas geniales son un don concedidos a pocos.

Por la ley de semejanza, la mente tiene a reproducir ciertas ideas cuando el impulso que las originó es semejante a alguna circunstancia o experiencia previa. Por ejemplo, ves la fotografía de uno de tus hijos y te dan una ganas terribles de hablar con él, de verlo pronto, de darle un gran abrazo. O, quizás, tomas un libro y de inmediato recuerdas a la persona que te lo regaló.

Por la ley de contigüidad, la mente trae a colación ideas que son afines o que se han dado de manera simultánea con la idea presente. ¿Por ejemplo? O, si escuchas una canción, la mente te transporta a vivencias atadas a cuando la aprendiste, te hace recordar a las personas con las que las cantabas y los lugares que frecuentaban. O, quizás, una película o una serie de tv.

Por la ley de la causa y el efecto, mientras, la mente trae un pensamiento complementario asociado a uno preliminar. ¿Por ejemplo? Escuchas las sirenas de una ambulancia y piensas que hubo un accidente o a la distancia ves una columna de humo y asumes que hay un incendio. O, quizás, tu pareja saluda a una mujer con la que se cruzó y asumes que es infiel.

Lo que realmente me importa que comprendas, la idea que me motivó a escribir este artículo, es que no necesitas ser un genio para crear o producir ideas geniales, no requieres un don especial para ser creativo y tampoco te servirán las plantillas, fórmulas o libretos de otros. Lo único que debes hacer es entrenar a tu cerebro, enseñarle a producir esas ideas geniales.

Por supuesto, debes ayudarle. ¿Cómo? Para comenzar, vive la vida bajo tus propias reglas, es decir, no sigas el camino establecido por otros. Hazles caso a tu intuición, a tus sueños, a tu corazón. No reprimas tus emociones (que son fuente inagotable de ideas geniales si sabes canalizarlas) e incluye en tu rutina actividades que promuevan la creatividad y la imaginación.

Por ejemplo, la lectura, la escritura, escuchar música, jugar con tus hijos, pasear a tu mascota, practicar algún ejercicio, alimentarte bien, descansar, dedicarte tiempo para ti en soledad, en fin. Ve al cine con tu pareja, sal a comer con tus amigos, asiste a teatro o al concierto de tu cantante preferido, cocina y atiende a tu familia y amigos en casa, ayuda a otras personas…

Algo que debes saber es que la mente, tu cerebro, no está preparada para ir contra la corriente. ¿Eso qué significa? Que si quieres que te brinde ideas geniales, debes facilitarle la tarea, proporcionarle el ambiente adecuado. Y no solo eso: también debes alimentarla y ejercitarla constantemente a través del aprendizaje y del desarrollo de nuevas habilidades.

¿Alguna vez escuchaste o leíste aquello de “cosecharás lo que hayas sembrado”? Bueno, este es uno de esos casos, específicamente. Hoy, por ejemplo, los padres y los maestros se quejan de la falta de creatividad de niños y jóvenes y lo asocian con la obsesión de estar conectados a internet, jugando y viendo videos insulsos. No es el único factor, pero su influencia es innegable.

Las ideas son como las mariposas: vuelan silvestres hasta que las atrapas. Tu tarea, entonces, consiste en darles forma, en ponerles tu toque personal, tu estilo, y asignarles un rumbo, un propósito. Esto (tu toque, tu estilo, tu intención) lo que las hace geniales, distintas, únicas. Recuerda lo que mencioné al comienzo: todo, absolutamente todo, ya fue inventado.

Un ejemplo: el amor. Está ahí, omnipresente. Sin embargo, para cada persona significa algo distinto, todos lo manifestamos de formas diferentes. Se han escrito millones de canciones inspiradas en el amor y, aunque muchas son parecidas, creadas con el mismo molde, cada una es única. Inclusive, un bolero cantado en ritmo de ranchera o de balada es una idea única.

No te olvides de la frase de Napoleon Hill: “Todo aquello que el hombre crea empieza con un impulso del pensamiento. El hombre no puede crear nada que primero no haya concebido en su pensamiento”. Todo lo que necesitas ya está dentro de ti. Lo que quizás haga falta es aprender cómo estimularlas; una vez lo hagas, el resto de la tarea será la realizará tu maravilloso cerebro

ideas-geniales