Categorías
General

Deja de presumir tus logros: más bien, conviértelos en valor para otros

Si lo prefieres, puedes escuchar el artículo completo

Vivimos la era de la comunicación y de la tecnología avanzada y somos la sociedad de los títulos (o certificados, o diplomas). Más allá de que hay otras opciones, en últimas lo que a los seres humanos nos moviliza es… ¡el ego! Asumimos la vida como una competencia (a veces, feroz) porque fuimos criados para competir, para ganar, para ser los mejores, para ostentar…

Basta mirar las redes sociales. En especial, LinkedIn. En un principio, se vendió como el hábitat ideal para los profesionales en busca de trabajo o, en su defecto, de mejorar el que ya tenían. Hoy es un culto al “yo hice”, “yo soy”, “yo tengo”, “soy experto en…”. Además, es la red de la cordial hipocresía: está prohibido disentir y, mucho menos, criticar; debes alabar y aplaudir.

Es el reino de las personas perfectas. Todas buena onda, todas empáticas, todas felices de que los puestos de trabajo con los que sueñan se los den a otros. Personas que, por si lo anterior fuera poco, rebosan de felicidad. Es, también, el reino de los impostores. No es que sienta envidia de ellas, solo que mi percepción de la realidad, de la vida, es un poco distinta.

Como periodista, primero, y como copywriter, después, aprendí que nada es como se ve. Ni las marcas, ni las personas. Todos estamos obsesionados con que solo nos vean el mejor ángulo, que nadie sepa que somos vulnerables y, sobre todo, que las limitaciones y defectos queden ocultos. Además, al 99,99 % de las personas las intimida que se conozca su historia real.

Entonces, mejor seguir la corriente del mercado, la tendencia de las redes sociales, y entrar en el juego de la mayoría. Que, por si no lo sabías, es lo que conocemos como la trampa de los logros, una especie tóxica que inundó los canales digitales. Y posar de buena onda, de experto, de simpatía, o de lo contrario te verán como un bicho raro, para muchos también despreciable.

Sé que este es un tema incómodo porque todos los seres humanos, sin excepción, padecemos los efectos del ego. Nos encantan los elogios y odiamos las críticas. Todos queremos llamar la atención de otros y nos valemos de lo que sea necesario para conseguirlo. Por eso, hay tantos que recurren a la mentira, a retocar la realidad: son los impostores, son los vendehúmo.

Dejemos algo claro: no es que hablar de los logros obtenidos esté mal. No solo es natural, sino que además nos proporciona alegría, satisfacción por el deber cumplido. Y también es la motivación requerida para seguir adelante. El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que, si te limitas a hablar de eso, no tardarás en cansar a tu audiencia y te darás cuenta de que eso a nadie le interesa.

Es doloroso, pero es así. Hablar solo de logros, de resultados, suele producir el efecto contrario al esperado. ¿Cómo así? En vez de empoderar, de inspirar, genera desconfianza, una sensación de engaño. El contenido enfocado en tus logros, en tus resultados (en especial, los materiales, como dinero o propiedades) no conecta con las emociones de otros y tampoco posiciona.

No solo porque suena a más de lo mismo, sino porque no responde la pregunta clave que se hace el mercado, cualquiera de tus clientes. ¿Sabes cuál es? Aquella de “¿Qué hay aquí para mí?”. Es decir, las personas lo que quieren saber, lo que necesita que les informes, es cómo ellas se van a beneficiar si trabajan contigo, si pagan por tus servicios. Es lo único que interesa.

Cuando el mensaje que le comunicas al marca es del tipo “me certifiqué en”, “terminé un curso”, “estuve en el ‘mastermind’ de”, difícilmente conectarás. Bien seas una marca (empresa o negocio) o una persona (emprendedor o profesional independiente), el mercado espera escuchar, más bien, qué aprendiste, cómo lo has utilizado para ayudar a otros. ¿Entiendes?

Veamos un ejemplo: luego de 5-6 años en las aulas, te gradúas. ¡Un gran logro! Estás orgulloso y lo que más te hace feliz es ver que tus padres y familia están realizados. ¡Cumpliste su sueño!, ahora eres un profesional y te espera un gran futuro, ¿cierto? Estás en la cresta de la ola, pero no tardas en darte cuenta de que hay olas más grandes, más retadoras, de mayor dificultad.

Lo que la vida te pide, entonces, es que vayas por ellos. Que obtengas no solo más logros, sino logros de mayor impacto, de mayor trascendencia. Quizás terminaste una maestría, quizás creaste tu propia empresa y contribuyes a generar empleo de calidad para otros, quizás tu trabajo les ha proporcionado a otros la solución a los problemas que los inquietaban.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para continuar)
Deja de presumir tus logros: conviértelos en valor que otros quieran recibir. Tus títulos y diplomas no te diferencian: la clave está en cómo transformas tu conocimiento.

Si no lo haces, si te conformas con ese grado universitario, lo más probable es que el mercado laboral te perciba como uno más, como más de lo mismo. Si te conformas con ese grado, vas a quedar sometido a pasar decenas de hojas de vida sin resultado. Con suerte, irás a una entrevista de reclutamiento, pero no serás el candidato elegido. Hay otros mejores.

Cuando el contenido que compartes con el mercado se limita a replicar lo que ChatGPT te soltó, lo que el gurú de redes sociales te dijo, lo que dice tu competencia, no te funcionará. ¿Por qué? Porque eso te hace igual al resto, no te diferencia, no te hace único. Al mercado le sonará a la repetición de la repetidera, retórica pura, y volteará su mirada hacia otro lado.

Decirle al mercado lo que haces, los títulos que has acumulado, los cargos que has desempeñado, no te representa. ¡Eso no eres tú! Haz de cuenta que son medallas que brillan en tu pecho, pero no representan tu valor real, tu esencia. Para posicionarte en la mente de las personas a las que puedes ayudar, tu mensaje debe concentrarse en lo que tú piensas.

¿Eso qué significa? Que debes dejar de publicar contenido como si fuera tu currículo. Eso no te hará visible, no te permitirá conectar con tus clientes potenciales. ¿Qué hacer, entonces? La clave radica en traducir esos logros, esas experiencias valiosas, ese conocimiento que tanto esfuerzo te ha demandado, en valor para otros. Recuerda: “¿Qué hay aquí para mí?”.

Ten en cuenta que la mayoría de las personas, cuando entramos a algún canal digital, estamos en modo búsqueda. Requerimos información acerca de un tema de nuestro interés o, de otro lado, queremos distraernos (y vemos videos, escuchamos música o jugamos). Tu contenido debe reflejar la motivación que impulsó a esa persona, cuál es su deseo no satisfecho.

Aunque redes sociales como Tik-Tok, Instagram o X generan mucho ruido, quizás sabes que el canal digital que manda la parada es YouTube. Que no es una red social, sino un inmenso repositorio de contenido, en especial de tutoriales que responden a la pregunta “¿Cómo hago…?”. Allí puedes aprender idiomas, a cocinar, a reparar electrodomésticos, en fin.

¿Estás orgulloso de tus logros? ¿Tienes mucho conocimiento valioso? Para que sea atractivo para el mercado, para tus clientes potenciales, transfórmalo. Enfoca tus contenidos con ángulos como “Hoy aprendí que…”, “Te explicó como tú puedes…”, “Este método que te voy a revelar es muy útil para…”, “Mis ganancias crecieron un 35 % después de…”. ¿Entiendes?

Moraleja: la gente no está dispuesta a pagar por una copia de tu hoja de vida. A nadie, salvo a ti y quizás a alguien de tu círculo más cercano, le interesan tus logros, tus títulos, tus diplomas. Lo que las personas buscan es el efecto, el resultado, la transformación que tú prometes y que está en capacidad de mejorar algún aspecto específico de la vida de tu cliente potencial.

Dado que tú ya experimentaste esa transformación, ¡no dudes en compartirla! Sin miedo a la vulnerabilidad, sin ocultar detalles valiosos, sin intentar venderte como un héroe. Cuenta cómo era el antes y cuál fue el después. Y el proceso entre uno y otro: ¡eso es lo poderoso! Eso es lo que todos queremos saber, lo que hará que cualquiera te elija a ti y no a tu competencia.

Cuando te sientes a crear contenido, sin importar el formato que elijas o el canal que vas a utilizar, tu mente debe estar enfocada en un solo pensamiento. ¿Sabes cuál es? De qué forma puedes transformar tus logros (títulos, diplomas, distinciones, cargos) en contenido de valor que sea útil para otros. Ah, y no olvides que debe ser preciso y de aplicación inmediata.

Si no sabes por dónde comenzar, responde estas preguntas:

1.– ¿Qué aprendí de esa experiencia que significó un logro del que me enorgullezco?

2.– ¿A quién le sirve este conocimiento para mejorar algún aspecto de su vida o trabajo?

3.– ¿Qué conversación puedo comenzar para generar confianza y credibilidad?

4.– ¿Cuál es el mejor consejo puedo darle a esa persona interesada?

5.– ¿Cómo mejoró mi vida desde que puse en práctica lo que ahora comparto?

Conclusión: un logro, cualquiera que sea, no es más que el resultado de un conocimiento de valor sumado a un método (paso a paso) para ponerlo en práctica y obtener un determinado resultado exitoso. No se trata de QUÉ obtuviste, sino del CÓMO te transformó y CUÁL fue el resultado de ese proceso de cambio. Por eso, sin duda, el mercado estará dispuesto a pagarte.

Categorías
General

Cómo la inteligencia emocional garantiza el impacto de tu mensaje

Si lo prefieres, puedes escuchar el artículo completo

Los seres humanos somos tan parecidos los unos a los otros, que es fácil caer en las generalizaciones. “Todos los hombres son…”, “Todas las mujeres jóvenes…”. En verdad, los seres humanos somos tan diferentes, únicos y particulares, que a veces es fácil entender por qué nos cuesta tanto relacionarnos los unos con los otros. Esta, sin duda, es una gran paradoja.

Distinto a lo que sucede con el resto de las especies del planeta, los seres humanos tenemos la capacidad de relacionarnos con otros, con el entorno, de manera consciente. Es decir, no producto de un impulso automático, sino de una decisión. Que no siempre responde a lo racional, sino que está estrechamente ligada con las emociones, que son incontrolables y volátiles.

Además, la naturaleza nos dotó con una herramienta increíble y poderosa. ¿Sabes cuál es? La comunicación. Una comunicación que hoy, en pleno siglo XXI, es más fácil que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad. Ninguna generación dispuso de tantas facilidades, de tantos canales, de tantas herramientas, de tantos recursos, incluidos gratuitos, para comunicar.

Pasamos de las señales de humo al lenguaje oral y no verbal, de ahí a la escritura y más adelante, con el concurso de la tecnología, al papel. Que, no sobra decirlo, no solo significó un antes y un después, sino que además abrió la puerta a un universo increíble de posibilidades: la imprenta, el telégrafo, el teléfono, la radio y la televisión hasta llegar a la magia de internet. ¡Maravilloso!

Ha sido una evolución fantástica, pero también, traumática. A pesar de las facilidades actuales, la cotidianidad nos demuestra que cada día es más difícil comunicarnos con otros. De hecho, la gran mayoría de los intentos de conexión se interrumpen o se frustran por cortocircuitos que bien se hubieran podido evitar. Estamos hechos para comunicarnos, pero no sabemos comunicarnos.

Esa es una increíble paradoja. Dolorosa, también. La padecemos cada día, todos los días, en el intento de comunicarnos. Piensa en esas pequeñas discusiones con tu pareja o con tus hijos que, de manera abrupta, escalan a agresivos intercambios. Y lo mismo nos sucede en el trabajo con un compañero o con el jefe, quizás con un amigo, o con el dependiente que te atiende en el banco.

La comunicación, por esencia, tiende a establecer puentes, a crear lazos entre las personas, a construir relaciones a largo plazo. Sin embargo, hay un largo trecho entre la intención y la realidad, del dicho al hecho. Mal haríamos, en todo caso, en achacarle la responsabilidad a la comunicación o a los canales a través de los cuales esta se desarrolla. La verdad es que el resultado depende de cada uno.

¿Eso qué quiere decir? Que los cortocircuitos en la comunicación están determinados tanto por la intención como por la ejecución. Es decir, por las palabras que utilizamos, por el tono en el que las expresamos, por el contexto en que se da esa comunicación. En últimas, el éxito o el fracaso de la comunicación responde a las emociones que experimentamos en ese preciso momento.

O, si no, que levante la mano aquel que respondió agresivamente, de manera impulsiva, pero después se arrepintió. Todos, sin excepción, lo hemos sufrido. Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que a veces, muchas veces, el arrepentimiento no basta, no subsana la agresión. Entonces, nos queda un sinsabor adicional: ¿cómo vamos a hacer para remediar el malestar provocado?

Coincidirás conmigo en que no siempre se puede. A veces, muchas veces, el daño causado ha sido tan grande, llegó tan profundo, que es imposible repararlo. No, al menos, a corto plazo. También es muy frecuente que entren en juego factores volátiles y explosivos como el ego, ese híbrido que oscila entre lo consciente y lo inconsciente y suele hacer travesuras, jugarnos malas pasadas.

Por fortuna, dentro del kit de la configuración original de todos los seres humanos, sin excepción, hay una herramienta que nos ayuda a solucionar esos problemas de comunicación. En realidad, es una habilidad que todos poseemos, pero que solo unos pocos desarrollamos y controlamos de manera consciente. ¿Te imaginas a cuál me refiero? A la escasa y valorada inteligencia emocional.

El término fue introducido por el sicólogo, escritor y periodista estadounidense Daniel Goleman, en 1995, a través del libro del mismo nombre. Goleman, nacido en Stockton (California) en 1946, fue periodista del The New York Times durante 12 años. Allí publicó decenas de reportajes acerca del cerebro y las ciencias del comportamiento. Es una autoridad mundial en el tema de las emociones.

Hasta que Goleman expuso su teoría, se concebía que los seres humanos solo poseíamos una inteligencia: la racional, expresada a través del coeficiente intelectual (IQ). Gracias a este, y a por medio de una serie de pruebas estandarizadas, es posible evaluar las capacidades cognitivas. ¿Por ejemplo? La resolución de problemas, el razonamiento lógico y el pensamiento abstracto.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para seguir)
Solo a través de la adecuada gestión de las emociones estamos en capacidad de comunicarnos de manera asertiva y efectiva con otros. ¿Lo mejor? Todos poseemos la habilidad (solo hay que desarrollarla)

Cuando Goleman habló de su inteligencia emocional provocó un sismo de grandes proporciones. Entendimos porqué el IQ, que se centra en la mente racional, no es garantía de éxito o felicidad, como se pensaba. Fue un descubrimiento disruptivo porque desde entonces, hace solo 3 décadas, sabemos que hay otra mente, la emocional, que es tan importante como la otra, o quizás más.

El problema, porque siempre hay un problema, es que asumimos que nos comunicamos desde la mente racional. O, en otras palabras, que somos conscientes del mensaje que emitimos y que tenemos control sobre su impacto. En la práctica, ni lo uno, ni lo otro. La mayoría de las veces, el mensaje es una respuesta automática, inconsciente, capaz de desatar la Tercera Guerra Mundial.

¿Por qué? Porque las palabras incorporan emociones. Y si algo nos cuesta trabajo a los seres humanos, a todos, es la gestión de esas traviesas y traicioneras señoritas. ¿Por qué? Porque no nos lo enseñan, porque no hay fórmulas perfectas, porque no hacemos uso de la capacidad innata que nos permite controlarlas, canalizarlas, aprovecharlas. Y, también, porque somos reactivos.

No porque carezcamos de inteligencia emocional, sino porque no la hemos desarrollado. Porque la habilidad la tenemos todos, viene incorporada en la configuración original. Es que desconocemos qué sentimos, por qué lo sentimos y cómo interpretar esa valiosa información que nos transmite la emoción desencadenada. Desconocemos, en suma, los 5 rasgos de las personas con inteligencia emocional:

1.- Conciencia de sí mismas. Significa que sabes lo que sientes. Porque no es lo mismo sentir ira que frustración, que decepción, que desilusión. Son parecidas y suelen combinarse, pero cada una tiene un trasfondo distinto. Puedes moldear tus percepciones de esa situación específica y dominar tus impulsos a la hora de actuar. Sabes, también, cuál es el efecto de tus emociones

2.- Autogestión. Que también la podemos llamar autodisciplina. Consiste en la capacidad de gestionar tus emociones en esas situaciones que te ponen contra la pared, comprometido. No reaccionas, sino que escuchas, analizas y respondes de manera asertiva. Tu objetivo es tender puentes, superar obstáculos y lograr acuerdos. Esto solo puedes hacerlo si tienes el control.

3.- Motivación (intención). Es decir, la capacidad de utilizar las emociones para alcanzar los objetivos previstos. Pero no solo eso: también, persistir ante las dificultades, a sabiendas de que nada de lo bueno en la vida es fácil. Recuerda: las emociones no son buenas o malas, esa es una valoración que hace cada uno. Son herramientas poderosas que puedes utilizar como quieras.

4.- Empatía. Que no es esa idea tan difundida de “ponerte en el lugar del otro”. Esto es imposible porque no hemos vivido lo que el otro vivió, porque cada uno tiene fortalezas y debilidades únicas y distintas. Se trata, más bien, de estar en capacidad de comprender las emociones del otro y, de manera especial, de responder adecuadamente a ellas. Nos exige compasión y humildad

5.- Habilidades sociales. Las herramientas indispensables para relacionarnos con otros. Si no las usamos, o si las usamos mal, vamos a chocar permanentemente, nuestras comunicaciones van a llevarnos a un cortocircuito. Son necesarias para construir puentes, para crear redes de apoyo mutuo y lograr entendimientos, a pesar de las diferencias, de las creencias, de las experiencias.

Lo que debemos entender, aprender, es que la mente emocional y la racional cooperan entre sí, se complementan. Claro, siempre y cuando no pierdas el control, no te dejes envolver en el espiral de las emociones. Si lo permites, las emociones secuestrarán tu cerebro y quedarás a merced de ellas. También es menester convenir que no podemos ser ciento por ciento racionales.

¿Por qué? Porque, aunque a veces las emociones pueden nublar nuestro juicio, son necesarias para tomar decisiones racionales. Sin ellas, todas las opciones tendrían el mismo valor para nosotros y, entonces, sería imposible decidir. Así, por ejemplo, una acción tan sencilla como elegir un restaurante se convertiría en una interminable comparación de lugares distintos.

La premisa fundamental de la gestión de las emociones es que cada sentimiento es valioso, pero no todas las reacciones son saludables. Así, pues, en lugar de ocultar o desahogar los sentimientos negativos, debemos encontrar técnicas para afrontarlos. Es decir, debemos responsabilizarnos de la situación y evitar que se produzca un cortocircuito del que después tengamos que lamentarnos.

¿Por qué? La gente suele malinterpretar este término, la responsabilidad, como asumir la culpa de lo que sucede. Sin embargo, eso está muy lejos de la verdad. En realidad, es tu capacidad para responder de manera adecuada según las circunstancias. Alasumir la responsabilidad, hallas formas de resolver problemas. Además, adoptas una posición de poder y mejoras tu comunicación.

La reactividad, la otra cara de la moneda, en cambio, te convierte en cautivo de las circunstancias. Enfadarte no te permite arreglar nada y solo empeora la situación. La rabia te daña sicológica y físicamente y te aporta una sensación de desconexión con el universo. Además, rompe los lazos que has establecido con otros y genera heridas que, muchas veces, tardan en sanar o no sanan.

Aunque somos la generación más avanzada de la historia de la humanidad, la que cuenta con más facilidades para disfrutar la vida, no somos la más feliz. Es una terrible paradoja. ¿Por qué? La mayoría de las personas vive en guerra contra todo y contra todos por su incapacidad para gestionar las emociones. O por no haber desarrollado la habilidad de la inteligencia emocional.

Categorías
General

Una historia digna de escribir: tu batalla contra los ladrones de tiempo

Están ahí, silenciosos y malvados. Conviven con nosotros, de día y de noche, y no descansan. Se ríen a carcajadas al ver cómo nos amargan la vida, cómo nos incomodan, cómo echan a perder los sueños que hemos forjado. Lo peor, sin duda, lo peor, es que son una creación propia, surgidos del inmenso poder de la mente e incorporados en nuestra vida diaria en modo de hábitos y creencias.

¿Sabes a qué me refiero? Los conocemos comúnmente como ladrones de tiempo, pero se me antoja que más bien son saboteadores de sueños. O, quizás, lo correcto sea y, en vez de o. Porque son conductas que no solo nos conducen a perder lo único que no podemos recuperar, que es el tiempo, y que también dan al traste con esos proyectos que hemos cultivado en la mente.

Son factores externos, aparentemente, porque su manifestación se da en eso que llamamos el mundo físico. Sin embargo, su origen es interno. Ya lo mencioné: son una fantástica creación de la poderosamente del ser humano. Y digo fantástica porque son algo genial, una maldad genial, casi perfecta. Casi, por fortuna. Porque hay un pequeño resquicio a través del cual podemos escapar.

Son perversos, ciertamente, porque tienen la capacidad de mimetizarse, de adaptarse a todo lo que hacemos, como si fueran camaleones. Silenciosos, malvados y traviesos, los ladrones de tiempo en la mayoría de las ocasiones son la excusa perfecta para no cumplir nuestros sueños. Es algo socialmente establecido, convenido, una regla no escrita, que casi nadie se atreve a retar.

Mi amigo y mentor Álvaro Mendoza suele decir que “el 80 por ciento del éxito de todo lo que hacemos en la vida corresponde a la mentalidad y el restante 20 por ciento, a la práctica”. Si lo piensas detenidamente, es probable que creas, como yo, que ese 80 % es corto. Pero, además, te darás cuenta de cuál es la razón por la cual en tu vida reina el desorden y no obtienes resultados.

Porque, y esta es la manifestación más perversa de estos ladrones de tiempo, en realidad son nuestros peores enemigos, pero los tratamos como si fueran los mejores amigos. Los aceptamos en nuestra vida, los cultivamos, los dejamos hacer travesuras, en fin. El problema, porque siempre hay un problema, es que en algún momento de la vida nos damos cuenta del mal que nos hicieron.

Se manifiestan, además, especialmente en aquellas actividades en las que nos faltan cinco centavitos para el peso: hacer ejercicio, llevar una dieta sana, alejarnos de vicios como el exceso de licor o el consumo de cigarrillo o cortar con las relaciones tóxicas, entre otras. Pero, también, en anhelos como escribir, aprender un nuevo idioma o adquirir hábitos saludables en general.

Por supuesto, nunca es tarde para comenzar a erradicarlos de tu vida. Que no es fácil, sin duda; que necesitarás ayuda, seguramente; que te llevará un buen tiempo, por supuesto. Sin embargo, dado que la vida es un ratico, no tiene sentido, ni perdón, que permitamos que esos ladrones de tiempo echen a perder nuestros sueños. ¡Hay que combatirlos, hay que luchar para derrotarlos!

Por supuesto, para enfrentar a los enemigos lo primero que debemos hacer es identificarlos. Va, entonces, una lista de los principales ladrones de tiempo que nos atacan:

CGCopywriter

1.- Procrastinar.
Esta palabrita, que a veces no resulta fácil pronunciar, significa diferir, aplazar, postergar. Es aquel hábito, inconsciente la mayoría de las veces, que impide que comencemos una tarea que es necesaria o, peor, que la abandonemos a mitad del camino. ¿Por qué lo hacemos? Porque nos enfocamos en lo urgente y nos olvidamos de lo importante. Somos muy hábiles para procrastinar.

2.- Las interrupciones.
Que provienen, principalmente, de fuentes como el teléfono celular o el computador. Realmente es una estupidez, porque no hay correo, no hay notificación, no hay mensaje que no pueda esperar. ¡El mundo no se va a acabar si no lo respondes de inmediato! Las interrupciones son un anzuelo fácil en el que nos enganchamos todo el tiempo y son el cáncer de la productividad.

3.- El desorden.
Todos, absolutamente todos, somos desordenados, de una u otra forma, en una u otra actividad. Sin embargo, esa no es excusa válida para quedarnos atrapados ahí. Debemos aprender a priorizar, a planificar las tareas y las actividades que programamos para cada día. Improvisar o ir al ritmo que nos lleve la rutina no solo nos lleva a ser desordenados, sino también, improductivos.

4.- La indecisión.
Desarrollar la habilidad de tomar decisiones es algo que nadie nos enseña y que muchos eluden porque incorpora tanto un riesgo como una responsabilidad (unas consecuencias). Entonces, en muchas ocasiones elegimos quedarnos a mitad del camino, divagando entre el ¿será?, el ¿sí o no?, y no avanzamos. Decidir significa tanto elegir como descartar o, de otra forma, delegar.

5.- La dispersión.
¿Sabes qué significa? “Dividir el esfuerzo, la atención o la actividad, aplicándolos desordenadamente en múltiples direcciones”. En otras palabras, el viejo vicio de ser multitareas, de comenzar varias labores simultáneas sin poder prestar la atención adecuada a ninguna de ellas. Por supuesto, este ladrón de tiempo se traduce en baja productividad, en estrés, en cansancio.

6.- El perfeccionismo.
Este es un ladrón de tiempo clásico cuando se trata de escribir, así sea un simple email, un reporte o un libro. Nunca te termina de gustar lo que haces, crees que te van a criticar por el resultado y te enredas en una patética manía de repetir y repetir, corregir y corregir, revisar y revisar. Algo de nunca acabar, ¡y nunca acabas nada! Aprender algo valioso: es mejor hecho que perfecto.

7.- No fijar límites.
La verdad es que no lo puedes hacer todo. Nadie puede hacerlo todo. Es necesario aprender a fijar límites porque nuestra capacidad operativa es limitada, porque nos cansamos, porque la mente y el cuerpo exigen cambios de actividad. Fija límites para cada tarea y, algo muy importante, en tu rutina incorpora tareas como descanso activo, distracciones, actividad física, lectura, tus hobbies.

8.- La falta de motivación.
Empezamos las actividades sin tener la motivación suficiente, simplemente por obligación, porque “toca llevaras a cabo”. Este es el origen, el caldo de cultivo de los ladrones de tiempo. Sin motivación, te dispersas, te distraes, procrastinas, en fin. La falta de motivación se da, entre otras razones, porque aquello que hacemos no nos gusta, no lo disfrutamos, no nos hace felices.

9.- Desaprovechar los tiempos muertos.
Los tiempos muertos son aquellos minutos (u horas) valiosos en los que podemos realizar dos actividades simultáneas. Por ejemplo, escuchar un audiolibro mientras cocinas o cuando vas al gimnasio. Una queja habitual es aquella de “no tengo tiempo”, “no me alcanza el tiempo”,  pero la verdad es que desperdiciamos mucho tiempo o, también, lo empleamos mal, lo malgastamos.

10.- La falta de formación.
Se aplica a todos los ámbitos y actividades de la vida, pero muy especialmente al de escribir. Nos distraemos o nos frenamos básicamente por falta de formación y/o de información. Porque no tenemos claro qué hacer, una idea, una estructura y, sobre todo, un método. Entonces, le apostamos a la improvisación o, peor todavía, caemos en la trampa de la tal inspiración.

No importa a qué te dediques, o cuánta experiencia tengas, o si eres joven o adulto, un hombre o una mujer. Todos, absolutamente todos, estamos expuestos y, de hecho, somos víctimas de los ladrones de tiempo. Si, además, esto es lo que te impide a escribir, identifica al enemigo y trazar el plan y la estrategia necesarias para combatirlo y vencerlo. Esa, créeme, es una historia digna de escribir…

CGCopywriter