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Deja de presumir tus logros: más bien, conviértelos en valor para otros

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Vivimos la era de la comunicación y de la tecnología avanzada y somos la sociedad de los títulos (o certificados, o diplomas). Más allá de que hay otras opciones, en últimas lo que a los seres humanos nos moviliza es… ¡el ego! Asumimos la vida como una competencia (a veces, feroz) porque fuimos criados para competir, para ganar, para ser los mejores, para ostentar…

Basta mirar las redes sociales. En especial, LinkedIn. En un principio, se vendió como el hábitat ideal para los profesionales en busca de trabajo o, en su defecto, de mejorar el que ya tenían. Hoy es un culto al “yo hice”, “yo soy”, “yo tengo”, “soy experto en…”. Además, es la red de la cordial hipocresía: está prohibido disentir y, mucho menos, criticar; debes alabar y aplaudir.

Es el reino de las personas perfectas. Todas buena onda, todas empáticas, todas felices de que los puestos de trabajo con los que sueñan se los den a otros. Personas que, por si lo anterior fuera poco, rebosan de felicidad. Es, también, el reino de los impostores. No es que sienta envidia de ellas, solo que mi percepción de la realidad, de la vida, es un poco distinta.

Como periodista, primero, y como copywriter, después, aprendí que nada es como se ve. Ni las marcas, ni las personas. Todos estamos obsesionados con que solo nos vean el mejor ángulo, que nadie sepa que somos vulnerables y, sobre todo, que las limitaciones y defectos queden ocultos. Además, al 99,99 % de las personas las intimida que se conozca su historia real.

Entonces, mejor seguir la corriente del mercado, la tendencia de las redes sociales, y entrar en el juego de la mayoría. Que, por si no lo sabías, es lo que conocemos como la trampa de los logros, una especie tóxica que inundó los canales digitales. Y posar de buena onda, de experto, de simpatía, o de lo contrario te verán como un bicho raro, para muchos también despreciable.

Sé que este es un tema incómodo porque todos los seres humanos, sin excepción, padecemos los efectos del ego. Nos encantan los elogios y odiamos las críticas. Todos queremos llamar la atención de otros y nos valemos de lo que sea necesario para conseguirlo. Por eso, hay tantos que recurren a la mentira, a retocar la realidad: son los impostores, son los vendehúmo.

Dejemos algo claro: no es que hablar de los logros obtenidos esté mal. No solo es natural, sino que además nos proporciona alegría, satisfacción por el deber cumplido. Y también es la motivación requerida para seguir adelante. El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que, si te limitas a hablar de eso, no tardarás en cansar a tu audiencia y te darás cuenta de que eso a nadie le interesa.

Es doloroso, pero es así. Hablar solo de logros, de resultados, suele producir el efecto contrario al esperado. ¿Cómo así? En vez de empoderar, de inspirar, genera desconfianza, una sensación de engaño. El contenido enfocado en tus logros, en tus resultados (en especial, los materiales, como dinero o propiedades) no conecta con las emociones de otros y tampoco posiciona.

No solo porque suena a más de lo mismo, sino porque no responde la pregunta clave que se hace el mercado, cualquiera de tus clientes. ¿Sabes cuál es? Aquella de “¿Qué hay aquí para mí?”. Es decir, las personas lo que quieren saber, lo que necesita que les informes, es cómo ellas se van a beneficiar si trabajan contigo, si pagan por tus servicios. Es lo único que interesa.

Cuando el mensaje que le comunicas al marca es del tipo “me certifiqué en”, “terminé un curso”, “estuve en el ‘mastermind’ de”, difícilmente conectarás. Bien seas una marca (empresa o negocio) o una persona (emprendedor o profesional independiente), el mercado espera escuchar, más bien, qué aprendiste, cómo lo has utilizado para ayudar a otros. ¿Entiendes?

Veamos un ejemplo: luego de 5-6 años en las aulas, te gradúas. ¡Un gran logro! Estás orgulloso y lo que más te hace feliz es ver que tus padres y familia están realizados. ¡Cumpliste su sueño!, ahora eres un profesional y te espera un gran futuro, ¿cierto? Estás en la cresta de la ola, pero no tardas en darte cuenta de que hay olas más grandes, más retadoras, de mayor dificultad.

Lo que la vida te pide, entonces, es que vayas por ellos. Que obtengas no solo más logros, sino logros de mayor impacto, de mayor trascendencia. Quizás terminaste una maestría, quizás creaste tu propia empresa y contribuyes a generar empleo de calidad para otros, quizás tu trabajo les ha proporcionado a otros la solución a los problemas que los inquietaban.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para continuar)
Deja de presumir tus logros: conviértelos en valor que otros quieran recibir. Tus títulos y diplomas no te diferencian: la clave está en cómo transformas tu conocimiento.

Si no lo haces, si te conformas con ese grado universitario, lo más probable es que el mercado laboral te perciba como uno más, como más de lo mismo. Si te conformas con ese grado, vas a quedar sometido a pasar decenas de hojas de vida sin resultado. Con suerte, irás a una entrevista de reclutamiento, pero no serás el candidato elegido. Hay otros mejores.

Cuando el contenido que compartes con el mercado se limita a replicar lo que ChatGPT te soltó, lo que el gurú de redes sociales te dijo, lo que dice tu competencia, no te funcionará. ¿Por qué? Porque eso te hace igual al resto, no te diferencia, no te hace único. Al mercado le sonará a la repetición de la repetidera, retórica pura, y volteará su mirada hacia otro lado.

Decirle al mercado lo que haces, los títulos que has acumulado, los cargos que has desempeñado, no te representa. ¡Eso no eres tú! Haz de cuenta que son medallas que brillan en tu pecho, pero no representan tu valor real, tu esencia. Para posicionarte en la mente de las personas a las que puedes ayudar, tu mensaje debe concentrarse en lo que tú piensas.

¿Eso qué significa? Que debes dejar de publicar contenido como si fuera tu currículo. Eso no te hará visible, no te permitirá conectar con tus clientes potenciales. ¿Qué hacer, entonces? La clave radica en traducir esos logros, esas experiencias valiosas, ese conocimiento que tanto esfuerzo te ha demandado, en valor para otros. Recuerda: “¿Qué hay aquí para mí?”.

Ten en cuenta que la mayoría de las personas, cuando entramos a algún canal digital, estamos en modo búsqueda. Requerimos información acerca de un tema de nuestro interés o, de otro lado, queremos distraernos (y vemos videos, escuchamos música o jugamos). Tu contenido debe reflejar la motivación que impulsó a esa persona, cuál es su deseo no satisfecho.

Aunque redes sociales como Tik-Tok, Instagram o X generan mucho ruido, quizás sabes que el canal digital que manda la parada es YouTube. Que no es una red social, sino un inmenso repositorio de contenido, en especial de tutoriales que responden a la pregunta “¿Cómo hago…?”. Allí puedes aprender idiomas, a cocinar, a reparar electrodomésticos, en fin.

¿Estás orgulloso de tus logros? ¿Tienes mucho conocimiento valioso? Para que sea atractivo para el mercado, para tus clientes potenciales, transfórmalo. Enfoca tus contenidos con ángulos como “Hoy aprendí que…”, “Te explicó como tú puedes…”, “Este método que te voy a revelar es muy útil para…”, “Mis ganancias crecieron un 35 % después de…”. ¿Entiendes?

Moraleja: la gente no está dispuesta a pagar por una copia de tu hoja de vida. A nadie, salvo a ti y quizás a alguien de tu círculo más cercano, le interesan tus logros, tus títulos, tus diplomas. Lo que las personas buscan es el efecto, el resultado, la transformación que tú prometes y que está en capacidad de mejorar algún aspecto específico de la vida de tu cliente potencial.

Dado que tú ya experimentaste esa transformación, ¡no dudes en compartirla! Sin miedo a la vulnerabilidad, sin ocultar detalles valiosos, sin intentar venderte como un héroe. Cuenta cómo era el antes y cuál fue el después. Y el proceso entre uno y otro: ¡eso es lo poderoso! Eso es lo que todos queremos saber, lo que hará que cualquiera te elija a ti y no a tu competencia.

Cuando te sientes a crear contenido, sin importar el formato que elijas o el canal que vas a utilizar, tu mente debe estar enfocada en un solo pensamiento. ¿Sabes cuál es? De qué forma puedes transformar tus logros (títulos, diplomas, distinciones, cargos) en contenido de valor que sea útil para otros. Ah, y no olvides que debe ser preciso y de aplicación inmediata.

Si no sabes por dónde comenzar, responde estas preguntas:

1.– ¿Qué aprendí de esa experiencia que significó un logro del que me enorgullezco?

2.– ¿A quién le sirve este conocimiento para mejorar algún aspecto de su vida o trabajo?

3.– ¿Qué conversación puedo comenzar para generar confianza y credibilidad?

4.– ¿Cuál es el mejor consejo puedo darle a esa persona interesada?

5.– ¿Cómo mejoró mi vida desde que puse en práctica lo que ahora comparto?

Conclusión: un logro, cualquiera que sea, no es más que el resultado de un conocimiento de valor sumado a un método (paso a paso) para ponerlo en práctica y obtener un determinado resultado exitoso. No se trata de QUÉ obtuviste, sino del CÓMO te transformó y CUÁL fue el resultado de ese proceso de cambio. Por eso, sin duda, el mercado estará dispuesto a pagarte.

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5 errores comunes a la hora de contar la historia de tu vida

A los seres humanos, a todos, nos encanta hablar de nosotros mismos. Lo hacemos todo el tiempo con la familia, con los amigos, con los compañeros de trabajo e inclusive con personas a las que acabamos de conocer. Sin embargo, hay ámbitos o momentos de la vida en los que es necesario hablar de nosotros e, irónicamente, no somos capaces de hacerlo o lo hacemos mal.

Nos bloqueamos, no sabemos qué información revelar o, lo peor, intentamos crear una imagen de perfecciónque, por supuesto, no es creíble. Entonces, elegimos el camino más equivocado: ofrecer una imagen que no es real o que más adelante, en alguna de las curvas del camino, nos puede causar un perjuicio. Ese, créeme, es un lujo que no podemos permitirnos.

Hace años, en el siglo pasado, en el ámbito laboral las personas valíamos tanto como nuestro currículum. Lo que estaba consignado allí era lo que en realidad nos daba valor y era el principal (o único) factor para elegirnos. Desde niños, nos enseñaban a forjar una hoja de vida que fuera llamativa, una que tuviera muchas arandelas: cargos, distinciones, reconocimientos.

Cuantas más arandelas tuviera tu currículum, mucho mejor: ¡eras el candidato ideal! Sin embargo, esto cambió con el tiempo porque las empresas se dieron cuenta (tarde, pero lo hicieron), de que este era un esquema perverso. Lamentablemente, este mal no fue erradicado, sigue vigente de manera velada, por debajo de la mesa. Es la triste realidad.

En el mundo de los negocios, especialmente ahora que internet nos da facilidades a todos, que nos permite competir en el mercado sin necesidad de ser una gran marca o disponer de un presupuesto elevado, el “cuánto tienes, cuánto vales” se ha convertido en la mejor carta de presentación. El resultado es que el mercado se llenó de esos que llamamos los vendehúmo.

Que son los que se dedican a engañar, los que lanzan atractivas promesas que no cumplen, los que te venden, no te brindan acompañamiento y se olvidan de ti. Los que se promocionan como la última Coca-Cola del desierto, con miles de seguidores en redes sociales y gordas cuentas bancarias y presumen en redes sociales de lujos, de una vida de ensueño.

La verdad, cruda y dolorosa, es que no puedes creer todo lo que ves en internet, todo lo que dicen en internet. Por desgracia, un efecto colateral de la revolución tecnológica es que hay zonas vedadas, de altísimo riesgo, en la red. Zonas que son dominadas por los vendehúmo, por los artistas del engaño, por aquellos que son hábiles para quedarse con tu dinero.

El problema, porque siempre hay un problema, es que pagamos justos por pecadores. Aunque tú seas honesto, aunque cumplas tus promesas, aunque ayudes a otros, aunque tu vocación de servicio sea genuina, pagamos justos por pecadores. ¿Eso qué quiere decir? Que para muchas personas, todos los que estamos en internet somos lo mismo, estamos cortados por la misma tijera.

Como dicen las mujeres, “todos los hombres son iguales”. Y no es así, por supuesto. Sin embargo, todos tenemos que exhibir credenciales creíbles, debemos demostrar que, a pesar de que tenemos una trayectoria importante, no somos más de lo mismo, no somos otros de los detestables vendehúmo. ¿Cómo hacerlo? Hay que aprovechar el poder de la historia personal.

La mayoría de las personas cree que basta con hablar de su producto o servicio, de su negocio, de cuánto factura, del auto o la casa que poseen, de los viajes que disfruta o de lo ya dicho: los seguidores en redes sociales, que ya sabemos que son un cero a la izquierda. La realidad es que la gente ya aprendió, muchos ya no comen cuento y eso les entra por un oído y les sale por el otro.

Además, y esta es una razón muy poderosa que los vendehúmo omiten, lo que la gente quiere hoy es conectar con personas reales, con personas genuinas que honestamente les puedan dar una mano. Que más allá de un bonito discurso tienen la capacidad de generar un impacto positivo en su vida, las pueden guiar en ese camino de la transformación, del rediseño de su vida.

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Para que esa puerta se abra, sin embargo, es necesario que primero exista un vínculo de confianza y credibilidad. Hay que derribar los altos y gruesos muros de las objeciones del mercado, la desconfianza, el miedo a ser engañados, el temor a dar con un vendehúmo. Un vínculo que debe ser fuerte, resistente a las dudas, blindado contra las múltiples amenazas.

El camino más seguro, que no es el más corto, ni uno de esos riesgosos atajos, es contar u historia de vida. Cuando las personas saben lo que has vivido, las dificultades que superaste, los aprendizajes obtenidos de tus errores y tus logros, es posible establecer una conexión. Tu historia de vida es la que te permite humanizar la relación para inspirar a otras personas.

¿Qué hacer; entonces? ¿Cómo conseguirlo? A continuación, te expondré los cinco errores más comunes (y más graves) que se cometen a la hora de presentante ante el mercado. Sobre todo, cuando se trata de una audiencia fría, es decir, personas que no te conocen, que no saben qué haces, a qué te dedicas y que no entienden cómo o por qué quieres ayudarlas:

1.- El egocentrismo.
Asúmelo: a nadie, absolutamente a nadie, le interesas tú. Lo que el mercado quiere de ti es lo que tú puedes hacer por esas personas, cómo puedes ayudarlas con tu conocimiento y, en especial, los resultados que puedes ofrecerles. Hablar de ti, solo de ti, no te dará la posibilidad de conectar con esas personas; más bien, provocará el efecto contrario: las ahuyentarás.

2.- Títulos y cargos.
A nadie le interesan, tampoco. Que tú hayas sido jefe, dueño o CEO de tal o cual empresa o negocio no les garantiza a esas personas que tú las puedes ayudar. Si enfocas tu mensaje en los títulos y los cargos que ocupaste lo que haces es establecer barreras, alejarte de tu audiencia. Recuerda: esos argumentos quedaron anclados en el pasado, en el siglo pasado.

3.- Tu producto y el precio.
Lo que ofreces es importante, por supuesto, pero no es lo que el mercado busca. ¿Qué busca, entonces? Los resultados que produce aquello que ofreces, esa transformación con la que esas personas sueñan. Y el precio, ¡ni se te ocurra competir por precio! Sería el peor error de tu vida. Enfócate en los beneficios de lo que ofreces, en cómo estos les mejorarán su vida.

4.- Tus ‘proezas’.
Esas, déjalas para los relatos a tus nietos cuando disfrutes las mieles del retiro, en la vejez. Son un logro del que seguramente te enorgulleces (y está bien), pero para las personas a las que puedes ayudar no dicen nada. Son parte de tu pasado, un período ya no volverá no tiene sentido que intentes vivir de él. Tu prioridad son esas personas a las que puedes ayudar.

5.- La competencia.
A tu pareja actual, no le hables de tus exnovias. Esta es una premisa que se aplica al mundo de los negocios, especialmente en el caso de tu historia de vida. Si te dedicas a hablar de otros, de tu competencia, lo único que conseguirás será que tu audiencia pose tu atención en esos otros, en tu competencia, y tu mensaje perderá poder. La prioridad es tu cliente, recuérdalo.

La historia de tu vida es la herramienta más poderosa de que dispones para conectar con el mercado, con todas y cada una de las personas a las que puedes ayudar con tu conocimiento y tus experiencias. No la desaproveches, no la utilices mal, porque quizás tengas una y solo una oportunidad para abrir las puertas de la vida de aquellos que ansían lo que les vas a ofrecer.

Lo que sabes, lo que has experimentado y lo que tienes carece de valor si no lo pones al servicio de otros que puedan necesitarlo. Por eso, justamente por eso, tu historia de vida es, debería ser, la primera fuente de inspiración: que luego de escucharla, esas personas no puedan resistir el deseo de ser como tú, de abrir las puertas de su vida para que tú entres.

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