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3 contenidos para generar impacto positivo, ¡sin clichés, sin humo!

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¿Lo mejor de los canales digitales? Les dieron voz a quienes en el mundo de los medios convencionales no eran escuchados. Los visibilizó y nos permitió conocer historias maravillosas que, de otra forma, quizás se hubieran perdido en el olvido. ¿Lo peor de los canales digitales? Les dieron voz a quienes solo aprovechan para destilar sus bajos instintos.

Una salvedad pertinente: lo negativo, lo tóxico, no son los canales digitales. Se trata de herramientas poderosas que están diseñadas para servirnos, para hacer que nuestra vida, en sus diversas facetas, sea más fácil y productiva. Recursos poderosos útiles para todos, para cualquiera. El problema es el uso que les damos, los contenidos que compartimos.

El italiano Umberto Eco, novelista, filósofo y semiólogo fallecido en 2016, dijo: Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

Fue con ocasión de una entrevista con el diario Stampa, uno de los más importantes de su país. En otra oportunidad, en conversación con el diario ABC español, aseguró: “La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad.

El problema, según Eco, se resume así: Con internet, te fías de todo porque no sabes diferenciar la fuente acreditada de la disparatada. Piense tan solo en el éxito que tiene cualquier página web que hable de complots o que se inventen historias absurdas: tienen un increíble seguimiento, de navegadores y de personas importantes que se las toman en serio”.

En una sola palabra, es lo que conocemos como infoxicación. Que a todos nos afecta, de la que todos, en mayor o menor medida, somos responsables. Bien sea porque compartimos contenidos falsos, inconscientes de las eventuales consecuencias. Bien sea, quizás, porque replicamos contenidos tóxicos sin verificar las fuentes y contribuimos a propagar el ruido.

Que levante la mano aquel que esté libre de pecado. Hasta el presidente estadounidense Donald Trump cayó en la trampa y compartió contenidos falsos. Eco, sin duda, tenía razón. Hoy, los canales digitales están llenos de especies tóxicas, de esas que llaman influenciadores, dedicadas a contaminar de múltiples formas. Lo peor es que son prácticamente inevitables.

¿Por qué? Porque lo más tóxico que hay en el ecosistema de los canales digitales es, quién lo creyera, el bendito algoritmo. Que no distingue entre contenidos inocentes y dañinos, entre verdad y falsedad, entre persuasión y manipulación. Solo persigue lo viral para impulsarlo, para potenciar su visibilidad. Y su daño, también. De manera irónica, el algoritmo es ‘el’ enemigo.

No solo de tus publicaciones, sino de las propias redes sociales. Es la principal fuente de contaminación, de propagación de contenidos tóxicos y, por ende, responsable de que este ecosistema ya no sea lo que fue antes. Porque, quizás lo recuerdes, hubo un antes en el que las redes sociales, internet en general, eran agradables. Hoy, ese recuerdo es solo una quimera.

Por fortuna, como lo he mencionado en publicaciones anteriores, esta no es una batalla perdida. No mientras haya una persona, tan solo una, que comparta contenido de valor, cuyas publicaciones brillen por su calidad e impacto, no por el ruido que generan. Y apuesto porque tú, que consumes mis contenidos, prefieres ser parte de la solución, dejar atrás el problema.

Créeme que como creador de contenido de valor le he dado muchas vueltas al asunto. No me resigno a ceder el pequeño espacio que he conquistado para que un influenciador tóxico o un vendehúmo se adueñen de él. Mientras haya vida y salud, continuaré en esta lucha por ofrecer valor, por ayudar y servir a través de los dones y talentos recibidos, de conocimiento adquirido.

Para evitar que tu contenido se pierda de inmediato, atrapado en las garras de las especies tóxicas, debe cumplir dos condiciones. ¿Imaginas cuáles son? La primera, la autenticidad; la segunda, el enfoque. Lo demás, todo lo demás, como el formato, la extensión o el canal, es secundario, en especial en esta era de impostores, de IA generativa de modelos cliché.

El contenido auténtico es aquel que está relacionado directamente con tu esencia. ¿Sabes cuál es? Tus principios y valores, tus creencias, tu conocimiento y tus experiencias, tus sueños. También, tus miedos, tus frustraciones, tus errores, tus limitaciones. ¡Tu esencia! Lo que eres, incluido lo positivo y lo negativo. En otras palabras, lo que te hace ÚNICO y ESPECIAL.

Que, por supuesto, no significa ser monedita de oro y caerle bien a todo el mundo. Tampoco es no recibir críticas o no equivocarte. Esta, la otra cara de la moneda, es parte de la vida en todos los ámbitos. Es el contenido que te identifica, que refleja lo que eres, que con solo tu particular estilo (voz, tono) adquiere sentido. El contenido que produce un impacto positivo en otros.

Moraleja

Este es el contenido de valor que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para continuar)
No está perdida la batalla contra la infoxicación en los canales digitales. ¿El antídoto? Contenido sin clichés, sin humo. Estas tres alternativas te servirán para producir un impacto positivo.

Otra premisa es aceptar la aventura de ir contra la corriente. Es decir, dejar de ser más de lo mismo, dejar de copiar prompts perfectos que no funcionan, dejar de aplicar fórmulas y libretos que no dan resultado. O que dejaron de ser efectivos porque todo el mundo los usa, porque fueron prostituidos. Ir contra la corriente refuerza la autenticidad de tus contenidos.

El segundo aspecto es el enfoque. Lo que el mercado pide a gritos es una mirada distinta, ¡ya no más clichés! Ni los de humanos ni los generados por la inteligencia artificial. ¡No más clichés! Una mirada distinta significa ir un poco más allá de lo que se ve a simple vista, un poco más profundo. Hacerte preguntas distintas, incómodas, y atreverte a compartir las respuestas.

Ir contra la corriente, no lo olvides. Algunas opciones son las siguientes:

1.– Rompe mitos.
Todas las actividades de la vida, sin excepción, involucran verdades a medias o mentiras que hicieron carrera de tantas veces que fueron repetidas. “Todos los hombres son infieles”, “los árabes son terroristas”, “los blancos son más inteligentes” y otras por el estilo. Versiones populares que comenzaron a volar en los canales digitales y adquirieron inusitada fuerza.

¿A qué te dedicas? ¿Eres nutricionista? ¿Un abogado? ¿Un contador? ¿Un sicólogo? ¿Un comunicador? ¿Un ama de casa? Estas actividades, como cualquier otra, están llenas de mitos, de falsedades, de verdades a medias. Elige una opción, solo una, y expresa por qué es un mito, por qué no es cierto. Ofrece argumentos sólidos, comprobables, no solo tu opinión.

Un ejemplo: “El fútbol es un deporte de hombres” fue una visión de la versión que se creyó durante muchos años. Hoy, el fútbol femenino no solo es una realidad, sino que también es el escenario en el que millones de mujeres de todo el mundo cumplen sus sueños y son felices. Y también un espacio de comunicación en el que muchas mujeres pueden expresarse.

2.– Brinda autoridad.
Ten cuidado, porque hay una delgada línea que, si la cruzas, caes en las arenas movedizas de los vendehúmo. Ten en cuenta, además, que no hay verdades absolutas: todo es relativo, está determinado por el cristal a través del cual lo vemos. Entonces, olvídate de las patéticas sentencias contundentes, de las fórmulas infalibles, de las soluciones perfectas.

¿De qué se trata, entonces, la autoridad? De que compartas lo que sabes, lo que has aprendido y, en especial, lo que has vivido, de manera auténtica. Y no solo eso: sobre todo, transparente. Sin filtros, sin omitir lo que te produce vergüenza, sin exagerar o distorsionar tus acciones. La autoridad es revelar algo que te sucedió y compartir lo que aprendiste y puede ayudar a otros.

Un ejemplo: relata algún episodio bochornoso que hayas protagonizado durante tu visita (de vacaciones o trabajo) a una ciudad o un país distinto al tuyo. ¿Qué hiciste mal? ¿Cuál fue el impacto que generaste? ¿Qué consecuencias tuvo ese hecho? ¿Qué aprendiste? Todos, sin excepción, estamos expuestos a algo parecido, así que tu experiencia puede ser útil.

3.– Educa a tu audiencia.
Sí, es cierto que cada vez menos personas quieren aprender (solo buscan resultados). Sin embargo, no olvides que el mayor impacto positivo que puedes provocar en la vida de otros es lo que les enseñas. Piensa en lo que tus padres te enseñaron y hoy, pasado el tiempo, no solo agradeces, sino que concibes también como pilares de lo que eres como ser humano.

El contenido de valor educativo no solo no pasa de moda, sino que, además, si es auténtico, jamás pierde valor. En especial en estos tiempos cambiantes, en los que la vida evoluciona a un ritmo frenético, vivimos en modo aprendizaje. Nunca dejamos de aprender y, entonces, valoramos lo que nos acorte la curva de aprendizaje y nos dé resultados efectivos.

Un ejemplo: si eres padre con hijos adolescentes, revela una acción sencilla que te ayuda a hacer que entren en razón cuando asoman los berrinches. ¿Qué frases usas? ¿Cuál es el tono que empleas? ¿Por qué hace la diferencia? ¿Que otras acciones no dieron resultado? Estoy seguro de que habrá padres que agradecerán tus consejos, si a ellos también les funcionan.

Lo mejor de los canales digitales es que nos permiten a las personas de bien compartir lo que somos y lo que hacemos. Ayudar a otros, quizás lo sabes, proporciona recompensas cuyo valor es incalculable. Créeme: la batalla no está perdida. No, mientras personas como tú y como yo no renunciemos a utilizar los canales digitales y sus herramientas contra la corriente.

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5 lecciones del Mundial-2026 para ser una marca personal campeona

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El Mundial de fútbol ya no es un simple torneo deportivo: hace años dejó de serlo. Ahora es un fenómeno social que traspasa barreras y supera fronteras, que no distingue entre fanáticos y aficionados de ocasión. Inclusive si tu país no es parte de la fiesta deportiva, a lo largo de estas semanas es posible vivir a la distancia una experiencia significativa, única e inolvidable.

Las evidencias nos enseñan que el reciente Mundial de Estados Unidos, México y Canadá funcionó como un gigantesco laboratorio de reputación. ¿Cómo? Países poco conocidos ganaron visibilidad, EE. UU. sorprendió positivamente a millones de visitantes. Además, la experiencia directa terminó siendo mucho más poderosa que la conversación en redes sociales.

Lo relevante va mucho más allá del resultado de los partidos, de la instancia del torneo o de la narrativa de los expertos. Cada uno lo vive a su manera, lo disfruta a su manera, lo sufre a su manera. Hay lugar para todos, sin importar si eres fanático o un simple espectador ajeno al ruido. Recuerda: es un fenómeno universal que traspasa todas las diferencias.

No importa si es tu “primera vez” o “una más”. No importa si eres niño o adulto, si eres hombre o mujer: lo único que se te exige es tener la capacidad de sentir emociones, interactuar y transmitir mensajes. Esa es la característica que distingue a las marcas personales poderosas: su capacidad para relacionarse con las audiencias y generar conversaciones relevantes.

Como en el campo de juego, en el que cada equipo muestra una identidad, una propuesta (de valor), unas fortalezas y unas debilidades, en el terreno de la marca personal es mucho lo que podemos aprender del Mundial. Y no solo de las figuras rutilantes o de los equipos destacados. También, de un entorno pletórico de historias dignas de contar, dignas de ver y escuchar.

Estas son las cinco principales lecciones que aprendí durante estas semanas:

Lección 1 – La visibilidad vale mucho más que el tamaño

Uno de los hechos más interesantes del Mundial 2026 fue la ampliación del torneo a 48 selecciones. Esto permitió que países tradicionalmente ausentes o poco relevantes del escenario global aparecieran ante miles de millones de espectadores. Los casos más destacados fueron Cabo Verde, Curazao, RD del Congo y Paraguay, sin olvidarnos de Noruega o Uzbekistán.

Dejaron de ser simples “participantes” para convertirse en protagonistas de algunas de las historias más comentadas del torneo. Aunque no llegaron a las instancias finales, demostraron que el Mundial no solo premia a quien gana: también recompensa a quien logra captar la atención del público. Asimismo, lograron despertar la admiración de propios y extraños.

Diversos medios especializados en turismo documentaron un incremento extraordinario en el interés internacional por el país. Expedia reportó aumentos superiores al 800 % en las búsquedas desde Estados Unidos. Otras mediciones señalaron incrementos cercanos al 5.000 % en búsquedas relacionadas con vacaciones en Cabo Verde durante el torneo.

Asimismo, Skift destacó que el Mundial colocó al archipiélago en el radar de viajeros que nunca antes lo habían considerado como destino turístico. Es decir, el fútbol terminó actuando como una campaña mundial de posicionamiento de marca y los beneficios se verán próximamente. Fue, sin duda, el caso más destacado de posicionamiento a partir de la visibilidad.

Significado

Muchos emprendedores creen que primero necesitan ser “grandes” para ser visibles. El Mundial demostró lo contrario. Primero llegó la visibilidad. Después, la conexión y la conversación. Luego apareció el reconocimiento. Y finalmente comenzó a construirse la reputación. La notoriedad no fue consecuencia del prestigio previo; fue el punto de partida para construirlo.

Lección 2 – Las personas creen mucho más en lo que viven que en lo que leen

Redes sociales, medios digitales y debates políticos habían construido una imagen marcada por la polarización, la inseguridad, las tensiones sociales y las dificultades migratorias. Se pronosticaban caos, disturbios, una fiesta malograda. Sin embargo, cuando comenzaron a llegar cientos de miles de visitantes, ocurrió algo muy interesante, totalmente opuesto a lo previsto.

La agencia Associated Press entrevistó a turistas provenientes de distintos países y encontró un patrón. ¿Cuál? Muchos afirmaron que la experiencia real había sido muy diferente de la imagen que tenían antes de viajar. Relataron haber encontrado personas hospitalarias, conversaciones espontáneas, ayuda desinteresada, recomendaciones de desconocidos y un ambiente mucho más cálido del esperado.

Varios entrevistados reconocieron explícitamente que habían descubierto una versión de Estados Unidos muy distinta de la construida por las redes sociales y el consumo permanente de noticias. Algo similar ocurrió, aunque en menor medida, en México y Canadá. Aquí aparece una idea muy poderosa: la narrativa cambió no por una campaña publicitaria, sino por una vivencia diferente.

Significado

Las personas no construyen confianza consumiendo contenido. La construyen viviendo experiencias. Puedes publicar cien videos diciendo que eres cercano. Pero si un cliente trabaja contigo y descubre que realmente escuchas, respondes, acompañas y cumples lo prometido, esa única experiencia tendrá mucho más peso que cien publicaciones en LinkedIn.

Lección 3 – La mejor publicidad fue la historia, no el resultado

Otro aspecto muy llamativo del Mundial fue la generosa cobertura que recibieron selecciones consideradas “pequeñas”. No porque fueran campeonas, sino porque tenían una historia, un relato que identificó, que conectó, que emocionó. El ritual de los vikingos remadores, que los noruegos convirtieron en una fiesta en los estadios y ciudades, es un claro ejemplo de ello.

Se trata de una tradición conectada de manera estrecha con sus costumbres, con su cultura. Esta celebración refleja su conexión histórica con el mar y el espíritu vikingo. Busca transmitir ánimo desde las tribunas, que en la cancha el equipo sienta que no está solo, que los hinchas confían en el talento de sus jugadores. Y que los acompañarán sin importar cuál sea el resultado.

Los medios internacionales destacaron continuamente el recorrido de Cabo Verde, el crecimiento de República Democrática del Congo y la aparición de nuevos protagonistas gracias al formato ampliado del torneo. La prensa rara vez habla únicamente de resultados.

Habla de historias. Y este Mundial nos ofreció historias fantásticas, muy inspiradoras.

Y eso mismo ocurre con cualquier profesional. Nadie recuerda a un consultor porque tenga veinte certificaciones. Lo recuerda porque existe una historia que conecta esas certificaciones con una transformación humana y porque esa transformación está representada por una experiencia agradable, memorable. No es lo que logras, sino lo que haces para conseguirlo.

Lección 4 – La reputación se construye, pero requiere validación

El Mundial también dejó claro que ningún país improvisó su imagen durante un mes. Las ciudades anfitrionas que recibieron mejores comentarios fueron las que trabajaron durante años en infraestructura, hospitalidad, organización y experiencia del visitante. Muchos aficionados destacaron esos aspectos como una de las grandes sorpresas positivas del torneo.

La reputación no apareció porque comenzara el Mundial. El torneo permitió experimentarla. Lo mismo sucede con la marca personal. Una conferencia, un pódcast viral o una entrevista no crean tu reputación, solo la hacen visible. Cada ciudad o país, cada equipo participante, mostró su esencia de manera auténtica y conectó con audiencias que se sintieron atraídas por los mismos valores.

Lección 5 – La autenticidad, más poderosa que cualquier campaña

Quizás el hallazgo más interesante fue comprobar que los momentos que más circularon por redes sociales no fueron anuncios oficiales. Fueron escenas espontáneas. Aficiones mezcladas en las calles. Conversaciones entre desconocidos. Celebraciones compartidas. Pequeños gestos de hospitalidad. Historias reales protagonizadas por héroes anónimos.

Precisamente esas experiencias fueron las que modificaron la percepción internacional de muchos visitantes. Eso confirma algo que hoy también ocurre con las marcas personales. Las personas ya no buscan perfección. Buscan autenticidad. Buscan coherencia. Buscan evidencia. No quieren escuchar que eres confiable: quieren descubrirlo por sí mismas.

En resumen

1.– La visibilidad precede a la autoridad. Si nadie sabe que existes, tu conocimiento no tiene oportunidad de generar impacto. Primero debes aparecer en el radar de las personas.

2.– La experiencia vence a la narrativa. Lo que un cliente vive contigo tiene mucho más peso que cualquier publicación en redes sociales. La confianza nace de la experiencia.

3.– Las personas recuerdan historias, no currículos. El conocimiento abre puertas, pero las historias son las que permanecen en la memoria. Y no solo las historias de éxito (triunfo).

4.– La reputación no se improvisa cuando llega la oportunidad. Se construye día a día y se hace evidente cuando se presenta la oportunidad. Si no estás preparado,  te ignorarán.

5.– La autenticidad genera más confianza que la perfección. En un entorno saturado de mensajes cuidadosamente diseñados, la coherencia sigue siendo el mayor diferenciador.

La gran lección que nos deja el Mundial-2026 es que te admirarán y amarán no por lo que logras, por lo que haces, sino por lo que eres. Piensa en Vozinha (arquero de Cabo Verde), en Erling Halland (el rey vikingo) o en Harry Kane (el héroe sin recompensa). Fueron protagonistas de algunas de las historias más destacadas, pero hubo otras maravillosas, inspiradoras, inolvidables.

Los países que fortalecieron su imagen no fueron necesariamente los más grandes ni los más poderosos. Fueron los que aprovecharon la oportunidad para mostrar quiénes eran realmente. Y los visitantes que regresaron con una percepción distinta de EE. UU. no cambiaron de opinión porque alguien intentara convencerlos, sino porque la experiencia vivida desmintió los estereotipos previos.

Esa misma lógica se aplica a cualquier marca personal: la reputación más sólida no se construye con promesas, sino con experiencias consistentes, historias auténticas y una propuesta de valor que las personas pueden comprobar por sí mismas. No eres un currículo, un sucesión de logros o cargos: eres una marca personal poderosa que el mercado ansía experimentar

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¿Sabes por qué las buenas historias nunca mueren?

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Son muchos los errores que se pueden cometer al contar una historia y compartirla con otros, con el mercado, con tus clientes. La lista es tanto amplia como variada. Va desde los errores ortográficos, que son inadmisibles (dadas las herramientas que hay a disposición), hasta los conceptuales-estructurales (que son los que, al final, bloquean el impacto de tu mensaje).

La mayoría de ellos, irónicamente, son inducidos. ¿Eso qué quiere decir? Que son producto de seguir el libreto de los vendehúmo que pregonan fórmulas perfectas, estructuras mágicas y más mentiras. En la práctica, son historias planas, falsas, sin esencia, sin alma, sin emoción. Historias de las que se olvidan fácilmente porque no transmiten algo que tenga valor.

Quizás pienses en lo que vemos cada día en internet: estás en lo cierto. Historias cuyo impacto está estrechamente ligado a las payasadas del influencer de turno. De las que se vuelven virales porque activan los bajos instintos, pero caducan en poco tiempo. Modelos de historias que, tristemente, muchos emprendedores y profesionales independientes replican.

Al comprobar el impacto mediático (pero efímero) piensan que es la fórmula del éxito que con tanto ahínco han buscado. Son felices porque se sienten como el pirata que, después de una larga y dispendiosa búsqueda, por fin halló el preciado tesoro. Sin embargo, no tardan en darse cuenta de que cometieron un error, de que (quizás otra vez) cayeron en la trampa de más de lo mismo.

¿Por qué es un error? Porque estas historias fruto del copy + paste carecen del ingrediente que distingue a las buenas historias (las que se recuerdan) del resto. ¿Sabes a qué me refiero? A la autenticidad. Es cierto que, en el fondo, todas las historias se parecen y comparten elementos comunes, y es lógico. ¿Por qué? Simplemente porque los seres humanos somos así, todos.

Es decir, somos parecidos (al fin y al cabo, somos una sola especie) y compartimos elementos comunes. Sin embargo, y esta es la clave, el eslabón perdido de las historias copy + paste, cada ser humano es único y distinto. No puede ser copiado. Como las buenas historias, esas que se recuerdan, que dejan huella, que generan un impacto positivo: son distintas, son únicas.

Esto me lleva a resaltar el primer grave error de la mayoría de las historias. ¿Imaginas cuál es? Asumir que todos los seres humanos somos iguales, que pensamos igual, que sentimos igual, que nos enfrentamos a las mismas situaciones, que padecemos los mismos problemas, que sufrimos el mismo dolor. Por si no lo sabías, es un cliché que perdió su efecto hace mucho tiempo.

A pesar de eso, lo vemos todavía en las películas que llegan a nuestras pantallas. Hay quienes la siguen utilizando porque fue una fórmula que les proporcionó éxito en el pasado. Y dado que no poseen más recursos, que carecen de imaginación, no les queda más remedio que usarla. Son historias (o películas) que siguen un libreto en el que acaso varían solo los nombres.

Un ejemplo: todos los seres humanos, sin excepción, hemos sufrido una pérdida. Bien sea un familiar, un amigo o, quizás, una mascota. Todos, sin excepción, hemos sentido dolor, hemos sufrido. Sin embargo, algunos la superaron más rápido, algunos hicieron el duelo en unos pocos días, algunos aprendieron a cargar con la ausencia sin que se reabriera la herida.

¿Entiendes? El dolor, como tal, la pérdida, es uno solo. Todos los experimentamos. Entonces, ¿que cambia? Las manifestaciones de ese dolor. Que son particulares, únicas de cada persona, de cada ser humano. Eso quiere decir que no podemos etiquetar a la especie bajo el mismo rótulo porque, aunque somos parecidos, aunque compartimos elementos comunes, somos distintos y únicos.

Hay personas que anhelan bajar de peso, adquirir hábitos saludables y evitar enfermedades que son potencialmente mortales. El dolor (el deseo de gozar de buena salud) es el elemento común, pero las manifestaciones son particulares. Algunas bajan de peso con facilidad y otras, sufren para reducir; algunas desarrollan rutinas con rapidez y otras, simplemente, no pueden.

¿Entiendes? Sin importar a qué te dedicas o qué le ofreces al mercado, cuando pienses en el dolor que sufren tus clientes potenciales procura ir más profundo. Recuerda que lo mejor del iceberg es lo que no se ve. ¿Qué sienten esas personas? ¿En qué circunstancias son más vulnerables? ¿Qué dispara las alarmas? ¿Cuáles son las consecuencias? ¿Cómo las controla?

Moraleja

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Lo que realmente hace que una historia sea inolvidable no son sus héroes, sus personajes creados a partir de clichés. ¿Entonces? Que sea autentica y única.

En una línea muy similar, la de la generalización, la de etiquetar a todos por igual, están los clichés de los personajes. Es algo que vemos claramente en las telenovelas que tanto nos gustan a los latinoamericanos: la niña rica, ingenua, rubia de ojos azules; el galán pobre, sin educación, trabajador y de buen corazón; el antagonista envidioso, maldadoso, vengativo…

No en vano, cada vez que vamos al cine y vemos una comedia romántica salimos con la sensación de “esta película ya la había visto varias veces”. Y de cierta forma es verdad. Lo es, porque el libreto de todas sigue el mismo patrón, la misma secuencia, el mismo desenlace. Son clichés que le gustan al espectador y, por eso, a sabiendas de su impacto, son rencauchados una y otra vez.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que en realidad no son personajes, sino arquetipos cliché, vacíos. Un arquetipo encierra una generalización que, a medida que avanza la trama, se desdibuja, se vuelve borrosa, irreconocible. Arquetipos como el héroe (¿el favorito?), el villano, el rey, el sabio, el explorador, el rebelde o el amante. Hay muchos más, decenas de ellos.

También hay arquetipos de tramas: la búsqueda de la verdad, el triángulo amoroso, el sacrificio heroico, el despertar o la popular traición. Hay otros más como el juicio, el renacimiento, el desafío, la tragedia personal o la persecución. Son modelos de éxito comprobados, pero algunos de ellos han perdido impacto por el uso excesivo, por el abuso hecho del recurso.

El error es olvidar que las personas nos identificamos con otras personas, no con arquetipos cliché. Personas con fondo, con sentimientos, con miedos, con emociones, con sueños, con logros… Personas reales. Por eso, los contenidos que apuntan a arquetipos pasan inéditos, mientras que las verdaderas historias de poder se centran en seres humanos de carne y hueso.

Una equivocación que, no sobra resaltarlo, es cada vez más frecuente en esta era de la inteligencia artificial generativa. Que, seguro lo sabes, quizás lo has padecido, abusa del cliché, de las generalizaciones, de los argumentos sin profundidad. Esmérate en crear personajes verdaderos, de la vida real. ¿La clave? Identifica las características que lo hacen auténtico y único.

Por último, el error más grave, el error más común. ¿Sabes a cuál me refiero? A caer en la trampa de centrar nuestra historia en la venta y no en la transformación que experimentará nuestro cliente una vez obtenga lo que le ofrecemos. La transformación es tanto la razón de ser de la historia que cuentas como de tu negocio, de lo que haces, cómo lo haces y por qué lo haces.

Si tu único o principal objetivo es vender y ganar mucho dinero, quizás lo logres. Es posible también que te conviertas en alguien popular o famoso y que, fruto del dinero ganado, puedas darte los lujos que siempre anhelaste. Algunos te dirán que eres un afortunado si lo consigues, pero claramente no seré uno de ellos. Para mí, ese es un objetivo vacío, además de egoísta.

Y es, muy seguramente, la razón por la cual no soy millonario. Me gusta ganar dinero, lo necesito para vivir, pero mi propósito va un poco más allá. ¿Recuerdas cuál es? Producir un impacto positivo en las personas que me permiten ser parte de su vida, inspirarlas a trabajar en la tarea de construir su mejor versión y motivarlas a cumplir con la misión de ayudar a otras.

La mayoría, casi todos, te dicen qué vas a recibir (curso, pdf, video…),  pero eso, créeme, es irrelevante. Lo que en realidad importa, lo trascendental, es en qué clase de persona se va a convertir, se va a transformar quien acepte tu invitación, quien compre tu producto. ¿Cómo va a mejorar su vida? ¿Qué dolor desaparecerá? ¿Qué sueño se hará realidad? ¿Será más feliz?

La transformación no es el resultado, sino el proceso. Como la larva que se transforma en una hermosa mariposa. Lo trascendental no es en qué se convierte, sino lo que experimenta en camino de ser algo distinto. Ese proceso, salpicado de dolores, dificultades, oportunidades y logros, es lo que trasciende. Esa transformación es aquello por lo que tu cliente está dispuesto a pagar.

No se trata, entonces, solo de contar historias. Tristemente, en este mundo de histerias, de afanes y de clichés, el storytelling ha sido prostituido, rebajado, menospreciado. Sin embargo, si desarrollas la habilidad de contar historias reales, con personajes reales (de carne y hueso, con sentimientos), que viven problemas reales y son capaces de resolverlos, lograrás impactar.

No olvides que el vehículo que impulsó la evolución de la humanidad, de la especie, fue el arte de contar historias. A partir de ellas los cavernícolas transmitían conocimientos y creaban el legado que las siguientes generaciones aprovecharían para desarrollarse. No olvides, tampoco, que los seres humanos, todos, somos una colcha de retazos de las historias que vivimos.

Por último, no olvides que los recuerdos más gratos de aquellos que ya partieron de este mundo están representados, precisamente, por historias. Los momentos que compartimos con ellos, los recuerdos inolvidables, los aprendizajes invaluables. Parodiando la película y la canción Los héroes nunca mueren, ahí va la moraleja: las buenas historias nunca mueren

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Cómo comunicar con autenticidad en la era de la manipulación

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Ya casi nada de lo que vemos, leemos o escuchamos es como es. ¿Eso qué significa? Que fuimos invadidos por las especies tóxicas, los depredadores dentro y fuera de internet, y vivimos atrapados por los contenidos falsos, los impostores y la manipulación. Una inmensa cloaca que está ahí, al alcance de la mano, a solo unos cuantos clics de distancia.

Por supuesto, esa es una tarea muy fácil de llevar a cabo gracias a las poderosas y geniales herramientas que nos proporciona la inteligencia artificial. Sin embargo, sería de obtusos achacarles la culpa a esos recursos que llegaron para cumplir un fin distinto. ¿Sabes cuál? Mejorar la vida cotidiana, facilitar las tareas habituales, potenciar nuestros resultados

El problema, como ha sucedido en ocasiones anteriores, no se desprende de la herramienta en sí, sino del uso que le damos. Del uso que cada uno les da a partir de su conocimiento, de sus intereses, de sus intenciones. Es como una pelea entre David y Goliat, porque son más, muchos más, los que mienten, los que publican falsedades, los que manipulan…

Una inmensa industria que, además, es muy lucrativa. Que se aprovecha de la ingenuidad, de la desocupación, de la ambición y de los bajos instintos de los usuarios. Que caen fácil en las redes de los impostores y en virtud de sus hábitos de consumo quedan expuestos a la violencia, a la pornografía, a la vulgaridad. En otras palabras, a la miseria humana.

Una miseria de la que, además, no es fácil apartarse. Tampoco es fácil diferenciarse porque el común de las personas no lee, no escucha con atención, no ve lo importante. La mayoría se queda en la percepción inicial, en las apariencias, en lo que creyó leer, en lo que pensó que había visto, en lo que le pareció escuchar… Entonces, se alimenta el círculo vicioso.

Lo expuesto en estos párrafos, sin embargo, no significa que la guerra esté perdida. ¡Hay que dar la pelea! Es a través del triunfo en las pequeñas batallas que se ganan las grandes confrontaciones. Es cierto que la gente cae muy fácilmente en la trampa, pero este error es fruto de la vulnerabilidad que se expone en ese insondable proceso de la vida.

Por si no lo sabías, o no te habías dado cuenta, los seres humanos entramos a internet, a los canales digitales, o consultamos los medios de comunicación, básicamente por dos motivos. ¿Sabes cuáles? Si piensas que es vender o comprar, estás equivocado. La realidad es que estamos en la búsqueda de información, por un lado, y de entretenimiento, por el otro.

De manera desprevenida, casi inconsciente, entramos a los canales digitales, vamos a los medios de comunicación, y quedamos expuestos a su inmundicia. Quizás no es lo que queremos, quizás no es lo que buscamos, quizás no es el contenido que anhelamos consumir. Sin embargo, está ahí, fresquito, disponible y, no es casualidad, ¡gratis!

Por eso, a los que estamos en la otra orilla, los que no somos vendehúmo, ni manipuladores, ni tóxicos, nos cuesta tanto convivir en ese ecosistema. No estamos hechos para eso, nos resistimos a convertirnos en otra especie tóxica, nos revelamos a la enquistada cultura de la pornobasura, de la pornomiseria. Y somos la otra cara, la que muchos no ven o no quieren ver.

Para algunos, la tarea es más complicada porque caen en la trampa de imitar a los que son hábiles para captar la atención, para conseguir los clics de los morbosos. Ese, claramente, no es el camino. De lo que se trata es de ser diferente, que se antoja una labor fácil en la medida en que entiendas que basta con ser auténtico, con mostrarte como eres.

Y, por supuesto, de lo que comuniques y cómo lo comuniques. Si tu mensaje no es asertivo, si carece de impacto, quedarás sujeto a las percepciones de los demás que, seguro lo sabes, son arenas movedizas. Por eso, entonces, es tan importante saber qué debes hacer para no caer en esta trampa. Te ofrezco diez acciones sencillas y efectivas que puedes implementar:

Moraleja

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Vivimos rodeados de contenido tóxico y apariencias. Sin embargo, hay una salida efectiva. ¿Cuál? Comunicar con verdad, propósito y autenticidad para conectar sin caer en la trampa del ruido digital.

1.Comunica tus valores de marca.
Son los que te permitirán tanto darte a conocer sin ambigüedades como conectar con las personas adecuadas. Y algo que también es valioso e importante: ahuyentar a quienes no son tus clientes potenciales, de modo que evitas distraerte. Tus valores, no lo olvides, son todas esas características que te hacen único, irrepetible y, por supuesto, alguien valioso.

2.Revela la forma de entender tu profesión.
No basta con decir “hago esto porque me gusta” o “porque me hace feliz”. Eso a nadie le interesa. Tu profesión u oficio deben responder a un propósito superior que te permita producir un impacto positivo en la vida de otros. De lo contrario, nadie escuchará tu voz y, lo peor, a nadie le interesará lo que ofreces. El propósito, hoy, es el sine qua non de la atención.

3.Establece lo que decides comunicar y lo que no.
Es lo que en palabras comunes llamamos “los innegociables”. No solo son tus principios y valores, sino también los límites que indican qué sí y qué no estás dispuesto a hacer, en qué condiciones aceptas ceder o cuáles terrenos son vedados. Se relaciona estrechamente con tus creencias, en especial en temas controvertidos: religión, política, sexo, deporte…

4.Informa lo que no encaja con tu marca.
No tienes que caerle bien a todo el mundo o ser agradable para todo el mundo. Por su nivel de conocimiento, por sus experiencias, por sus creencias y por sus expectativas, muchas personas están fuera del alcance de tu radar. O, mejor, a las que no les puedes proporcionar la solución que anhelan. Tratar de encajar con todo el mundo le restará poder a tu mensaje.

5.Establece el tipo de clientes con los que quieres trabajar (y con los que no).
No, no cualquiera es tu cliente. De hecho, la mayoría no lo son. ¡Esa es la realidad! Cuanto más pronto lo aceptes, mejor. Cuanto más claro lo comuniques, mejor. Esto incluye a prospectos a los que sí puedes ayudar, pero que pueden convertirse en una molestia o, de otra forma, no están listos todavía. Y aquellos que no te interesan, ¡déjalos ir, suéltalos!

6.Comunica tu propuesta de marca.
Este, quizás lo sabes, es uno de los mensajes más importantes. Un mensaje que debe ser preciso, específico, claro. Que cualquier persona lo entienda o, mejor, que pueda llevar a cabo lo que esperas de ella. Además, debe ser único, claramente diferente de lo que ofrece tu competencia. Ten en cuenta que propuesta de marca (o valor) no significa vender.

7.Explica cuál es el método de trabajo que utilizas.
Y no solo eso: también, y tan claro y preciso como sea posible, qué acción (o acciones) debe ejecutar tu cliente. ¿Qué esperas de él? ¿Hasta dónde llega tu ayuda? ¿Hay seguimiento, y cómo se da? Este, créeme, es uno de los errores más comunes al comunicarte con el mercado: se asume que todo está claro, que cualquiera lo entiende, y no siempre es así.

8.Anuncia otros servicios que puedas prestar.
A veces, las personas atienden tu mensaje solo por curiosidad, pero en realidad no saben lo que quieren o lo que necesitan. Por eso, si puedes ayudarlas de otras formas, no pierdas la oportunidad. Recuerda que lo importarte es establecer una relación y comenzar una conversación a través de la cual, en el tiempo, se dé un intercambio de beneficios.

9.Resalta la transformación que ofreces.
A nadie le interesa tu producto o servicio en sí mismo, sino lo que este puede producir en su vida y cambiarla para bien. Es esa transformación por la que alguien está dispuesto a pagar, por la que se arriesgará a salir de la zona de confort. Enfócate en dibujar en su mente cómo será su vida si hace lo que le propones, si toma lo que le ofreces. Persuádelo e inspíralo.

10.Comparte qué se siente trabajar contigo.
Ten en cuenta que no eres el único que puede producir esa transformación, que tu  producto o servicio es muy parecido a otros del mercado. Y no olvides que el diferencial, lo que nadie puede copiar o replicar, ¡eres tú! No peques por modesto, porque seguro tu competencia no lo hará. Transmite confianza, seguridad, autoridad y, sobre todo, calidez humana.

Hoy más que nunca, las personas queremos, y necesitamos, relacionarnos con quienes de manera genuina están en capacidad de aportar algo positivo a nuestra vida. Si tú, en virtud de tu profesión u oficio, lo puedes hacer ¡comunícalo sin rubor! Alza tu voz, haz que te escuchen y cuéntale al mundo que te sientes honrado y privilegiado por compartir lo que tienes, lo que eres.

En medio de una realidad caótica en la que ya casi nada de lo que vemos, leemos o escuchamos es como es, la autenticidad y el deseo genuino de ayudar son valores preciados en el mercado. ¿Sabes por qué? Porque son escasos y, sobre todo, porque no cualquiera los puede ofrecer. Utiliza el poder de tu mensaje para convertirte en un agente de transformación positiva.

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Las 5 claves para ser una marca personal de alto impacto

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Cuando te miras al espejo, ¿a quién ves? Cuando escuchas a otros hablar de ti, ¿qué dicen? Cuando miras el espejo retrovisor de tu vida, ¿qué observas? Cuando haces un balance de la vida que has construido, ¿estás satisfecho? Estos interrogantes, que para algunos pueden ser incómodos, deberíamos responderlos con seguridad, recitarlos casi de memoria.

La realidad, sin embargo, nos muestra algo distinto: la mayoría de las personas rehúye la respuesta. O se aleja tan pronto escucha las preguntas. ¿Por qué? Por el consabido temor a ser rechazados, cuestionados o criticados, a recibir la desaprobación de otros. A mi juicio es una idea equivocada, porque son interrogantes para formularse y responder uno mismo.

Es decir, se trata de un ejercicio de introspección. Sí, esa apasionante aventura que muy pocos nos atrevemos a experimentar: el viaje a nuestro interior. A las insondables profundidades de nuestro ser, allí donde reposa nuestra esencia en su estado más puro. A ese baúl de recuerdos y experiencias en el que también reposan los miedos y los fracasos.

Una realidad patética de las redes sociales, de los canales digitales en general, es que en ellas todos intentamos posar de perfectos. En mayor o menor medida, en una u otra actividad. No solo exageramos lo que consideramos es bueno, sino que, en especial, nos esmeramos en tratar de ocultar lo malo. O lo que nos desagrada o nos produce vergüenza.

Dentro y fuera de las redes sociales, dentro y fuera de internet, en la vida real, la autenticidad es un bien escaso. Quizás porque lo asociamos con la vulnerabilidad y nos da temor que los demás se aprovechen. Entonces, erigimos muros para protegernos, nos ponemos una armadura, nos resguardamos en una trinchera para evitar un eventual daño.

El problema, porque siempre hay un problema, es que así no se puede vivir. Así no es la vida. Nadie, absolutamente nadie, es perfecto. De hecho, nadie, absolutamente nadie, está cerca de serlo. La vida consiste en aceptar lo que somos, cómo somos, y aprender a lidiar con esas características. Que, no sobra recordarlo, nos convierten en algo único y especial.

Además, seguro ya lo sabes, la vida nunca se da, nunca resulta como la esperamos. A veces, muchas veces, se da mejor, resulta mucho mejor. Sin embargo, nos enfocamos en lo que no se dio, en lo que no llegó, en lo que se fue, en lo que nunca sucederá, en lo que no se presentará. Es algo que aprendemos de otros, de nuestro entorno, y que replicamos con gran disciplina.

Dicho en otras palabras, nos pasamos la vida aparentando lo que no somos, intentando ser quienes no somos. Y así se nos va la vida, la desperdiciamos. Por suerte, siempre recibimos una segunda oportunidad. Una a través de la cual la vida nos brinda la posibilidad de mirarla de otra manera, de vivirla de otra manera. Y, sobre todo, de agradecerla, de disfrutarla.

De hecho, no es una oportunidad, sino cientos de ellas, miles de ellas. Cada nuevo día es una oportunidad. Algunas las aprovechamos, pero la mayoría la dejamos pasar en vano. Quizás porque estamos convencidos de que vendrán más, muchas más, cuando la verdad irrefutable de la vida, la realidad insoslayable, es que no sabemos cuánto tiempo nos queda.

Asumimos, porque así nos lo enseñan, que llegamos a este mundo en la búsqueda de respuestas. Sin embargo, es justo lo contrario. ¿Eso que significa? Que estamos acá para brindar respuestas a los interrogantes de otros, a los miedos de otros, a los sueños de otros. Esa es la razón por la cual cada día la vida riega maravillosas bendiciones en nuestra vida.

El conocimiento, las experiencias, el aprendizaje de tus errores; el contacto con otros, con la naturaleza, con otras especies. Todo, absolutamente todo lo que nos es concedido, solo tiene un fin: ayudarnos en la misión que nos ha sido encomendada, la de construir nuestra mejor versión, una marca inspiradora, y compartirla con los demás. De eso trata la vida.

Si bien el concepto de marca personal es relativamente nuevo, poco menos de tres décadas, se instaló con rapidez en todos los ámbitos. En especial, en el laboral. Por cierto, es un grave error pensar, como tantos, que la marca personal es exclusiva del trabajo y que todos los demás ámbitos se excluyen. En verdad, la marca personal es el ciento por ciento de tu vida.

O, si lo prefieres, tu vida es tu marca y tu marca es tu vida. Si has leído alguno de los artículos que he publicado sobre este tema (que seguro lo sabes me apasiona) sabrás que entiendo que la marca no se construye o se crea. ¿Entonces? Se vive. Desde el momento en que naces hasta el instante en el que agotas el último suspiro. Vivimos en modo marca personal.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero grabes en tu mente (posa el 'mouse' para verlo al reverso)
En un mundo en el que nada es como parece, una marca personal auténtica hará la diferencia. Por eso, preocúpate por el mensaje que transmiten tus acciones.

En algún momento, todos nos inquietamos por lo que nos sucede en la vida. “¿Por qué a mí?”, “¿Por qué esto?”, pensamos, en especial en eventos negativos o traumáticos. Estamos tan absortos en el frenesí, en la histeria colectiva, que perdemos la capacidad de mirar la vida en perspectiva, de alejarnos un poco de los hechos para aceptarlos y comprenderlos.

Es la razón por la cual a veces, muchas veces, no nos damos cuenta del porqué de las situaciones que vivimos. Que no se dan por casualidad, por supuesto. Que tienen un sentido, un propósito. Que incorporan una valiosa lección que en ocasiones no logramos descifrar porque la vida utiliza mensajes encriptados. Que son pepitas de oro que la vida nos regala.

Retomo: llegamos a este mundo porque nos ha sido encomendada la misión de proporcionar respuestas a las inquietudes de otros. De los que no han disfrutado de los mismos privilegios que nosotros, de los que no poseen los mismos dones y talentos que nosotros, de los que no han desarrollado las mismas habilidades que nosotros. Es un deber brindar buenas respuestas.

Para cumplir con ese objetivo, debemos ser conscientes del impacto que producimos como marca personal. ¿Eso qué quiere decir? Que todo lo que hacemos, cómo lo hacemos, así como lo que dejamos de hacer, lo que omitimos, transmite nuestra marca personal. Es decir, les da cuenta a los demás de quiénes somos. Forja la percepción que los demás tienen de nosotros.

Tu marca personal es la música que escuchas, la ropa que vistes y los libros que lees. Es la forma en que tratas a los demás, cómo reaccionas cuando te agreden verbalmente y cómo te comportas cuando tienes autoridad. Es también tu silencio ante las injusticias, tu complacencia a las burlas, tu actitud explosiva cuando la vida y el universo se ríen de ti.

Por eso, justamente por eso, la marca personal ni se crea ni se construye. ¡Se vive, se es! El problema es que la vivimos de manera inconsciente, sin darnos cuenta del impacto que producimos en la vida de otros. Y como casi nunca miramos hacia adentro, como evitamos vivir la aventura de viajar a nuestras profundidades interiores, vivimos y morimos engañados.

¿Cuáles son, entonces, las claves para vivir tu marca personal, para ser una marca personal?

1.- La autenticidad. Eres único e irrepetible y eres perfecto dentro de la imperfección de la naturaleza. Esa condición es la que te da valor, la que te hace útil para otros. Eres tanto tus fortalezas como tus debilidades. Tus aciertos como tus errores. Tu conocimiento como todo lo que ignoras. Nadie es igual que tú y, asúmelo, nunca serás del agrado de todos

2.- El diferencial. Si bien los seres humanos no somos un producto común y corriente, todos poseemos un diferencial por el que otros nos eligen. ¿Cuál es el tuyo? Descúbrelo, cultívalo y poténcialo. Ese diferencial suele ser la forma en que los demás se sienten cuando están contigo: ¿felices?, ¿atendidos?, ¿apreciados?, ¿valorados?, ¿ignorados?, ¿menospreciados?

3.- El enfoque. ¿En qué eres muy bueno, mejor que la mayoría? Es esa actividad por la que se te reconoce más allá del ámbito profesional. Esta habilidad está estrechamente relacionada con tus dones y talentos, tus pasiones, y limitada por tus defectos y tus errores. El enfoque permite que los otros te identifiquen con claridad, más allá de las percepciones

4.- La coherencia. Es el hilo conductor que une lo que piensas, lo que crees, lo que dices, lo que sientes y, en especial, lo que haces. Si la cadena se rompe en algún punto, la coherencia desaparece. La forma más auténtica de ser coherente es el ejemplo: tu comportamiento dice de ti mucho más que las palabras. Además, las acciones son una fuente de inspiración

5.- La credibilidad. Es el resultado del impacto que tus acciones producen en la vida de otros. Esta cualidad se construye a partir de la sumatoria de los cuatro factores anteriores. Si alguno falta, el castillo de naipes de derrumba. En un mundo en el que nada es como parece, la credibilidad es un valor apreciado. Es, también, el poderoso blindaje de tu marca personal

Cuando te miras al espejo, ¿a quién ves? Cuando escuchas a otros hablar de ti, ¿qué dicen? Cuando miras el espejo retrovisor de tu vida, ¿qué observas? Cuando haces un balance de la vida que has construido, ¿estás satisfecho?  La respuesta, ya lo sabes, es tu marca personal. Por fortuna, siempre es posible corregir, dar marcha atrás, buscar otros caminos.

La mayoría de los seres humanos nos preocupamos por el legado que dejaremos el día que ya no estemos aquí. Una preocupación sin sentido, porque ese legado ya está, siempre está: es la marca personal. Entonces, dependerá del impacto que estemos en capacidad de producir en la vida de otros a través de nuestras acciones. Preocúpate, más bien, por ellas.

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Estos son los 5 emails que debes enviar en tu primera secuencia

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El email, que apareció en nuestra vida en la segunda mitad de los años 90, pero se demoró casi una década en consolidarse, hoy es una herramienta imprescindible. Ya no solo para recibir y enviar correos electrónicos, su uso básico, sino que ahora también es la puerta de entrada a múltiples beneficios. Sin una dirección de correo electrónico, eres un cavernícola.

¿Por qué? Porque es el pasaporte para registrarte en un banco, en las redes sociales o en los servicios de suscripción (streaming, televisión, telefonía, plataformas digitales). También, para suscribirse a una newsletter, a un curso virtual, a la base de datos de un mentor. Para muchas cosas, la dirección de correo electrónico es más útil que el documento de identidad.

Recuerdo que, por allá en 1997, cuando “eso de internet” despertaba más incertidumbre y temores que ilusión, tener una cuenta de correo electrónico era un lujo. Significaba que en tu casa o en tu trabajo había un computador (de escritorio, por supuesto). En esa época, hace menos de 30 años, la conexión era a través de la vía telefónica: ruidosa e inestable.

Algunas personas abrían la cuenta, pero no recibían correos. ¿Por qué? Porque la promesa de ‘la red de redes’, como nos vendieron internet, era precaria. Y, además, eran escasos los proveedores de servicios: Yahoo! y AOL proporcionaban cuentas de correo electrónico y la conexión a internet casi siempre había que piratearla porque la suscripción era costosa.

Por fortuna, el vehículo de la tecnología viajaba a velocidades asombrosas. A la vuelta de unos pocos años, tener un computador en casa ya no era un lujo, las conexiones mejoraron y aparecieron actores como Hotmail o Gmail, que facilitaron que el uso del correo electrónico se popularizara. Luego, la irrupción de las redes sociales lo convirtió en algo ‘obligatorio’.

Según el portal australiano ProsperityMedia, cada minuto se envían 150.000 correos, lo que se traduce en más de 215 millones al día. ¡Una barbaridad! Una de las explicaciones es que la mayoría de las personas tenemos más de una cuenta de correo electrónico y que este se convirtió en la principal herramienta de comunicación en el trabajo, a nivel interno y externo.

Mientras, el Digital Global Report 2025 nos dice que al menos 5.560 millones de personas son usuarios individuales de internet. Eso significa casi el 70 % de la población mundial. En Estados Unidos, el 93,3 % de los ciudadanos usan internet, mientras que en Suramérica es el 83,2 %. La región con menor penetración de esta tecnología es el oriente de África (28,5 %).

Al comienzo, en los años 2000, los correos electrónicos se restringían al ámbito laboral y la mayoría eran gestionados (recibidos y respondidos) desde computadores del trabajo. Hoy, en cambio, gracias al teléfono móvil, casi la mitad de los correos (46 %) se abren en este dispositivo. El 85 % de los usuarios consulta sus cuentas a través de un smartphone.

El impacto del email responde a que posee una serie de superpoderes. ¿Sabes cuáles son?

1.- Personalización. No solo el diseño, no solo el saludo, sino en especial, el contenido. Es decir, darle a quien lo recibe justo lo que desea o necesita. Crucial para generar confianza

2.- Segmentación. No importa el tamaño de tu audiencia, la cantidad de suscriptores que hay en tu base de datos. Contenidos creados para públicos definidos, con intereses afines

3.- Automatización. Hoy disponemos de una diversidad de plataformas, muchas gratuitas, que nos permiten el envío masivo y el ahorro de tiempo a través de la programación

4.- Alto retorno de inversión (ROI). El resultado de tus campañas de email marketing es mejor que la publicidad. Por su bajo costo, puede impulsar los ingresos de tu negocio

5.- Comunicación directa (relaciones). Conexión directa, sin intermediarios, que facilita la interacción. Fomenta la confianza y la credibilidad, promueve y fortalece las relaciones

6.- Formato flexible. Al comienzo, solo se podía enviar texto sin formato. Hoy, los emails son interactivos, pues permiten incluir imágenes, color, videos, animaciones, archivos…

7.- Medición y optimización. Una de las características más importantes. Puedes hacer un seguimiento detallado para establecer el comportamiento de tu audiencia. ¡Es oro puro!

8.- Pruebas A/B. Una función, muy útil y poco utilizada, que se complementa a la perfección con la segmentación y la medición y optimización. Ideal para conocer a tus audiencias

9.- Fuente de tráfico orgánico. Si tienes otras propiedades digitales, como una web, a través del email puede enviarle tráfico orgánico (gratuito) de prospectos cualificados. ¡Eureka!

10.- Posicionamiento. A largo plazo, si nutres y fortaleces la relación con tu audiencia, te posicionas como una autoridad. Ninguna otra herramienta te da resultados similares

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para seguir)
Escribir buenos emails o crear secuencias de email de impacto no es un arte, ni una ciencia y tampoco es un privilegio o un don. Se trata de una habilidad y, como tal, cualquiera la puede aprender y desarrollar.

Todos recibimos y enviamos innumerables correos electrónicos cada día. Es el canal de comunicación por excelencia en el trabajo y en los negocios, también en las relaciones. Por eso, justamente, resulta insólito que haya tantas personas que digan que les cuesta escribir un email y transmitir un mensaje o, peor, que deleguen esa tarea en la inteligencia artificial.

Para tratar de solucionar el problema, la mayoría suele optar por dos caminos. El primero, el famoso y patético copy + paste, que pisotea la personalización y le resta poder al mensaje. El segundo, hacer uso de las plantillas que los vendehúmo promueven como hacedoras de milagros, pero que tampoco sirven. Email sin originalidad y autenticidad es pura basura.

Lo mismo sucede con las secuencias de emails, que son una herramienta poderosa en procesos como lanzamientos o captación de prospectos (o suscriptores). En este último caso, se recomienda que una vez la persona se suscriba a tu lista de correo pongas en marcha una estrategia de seguimiento, la misma que muchos llaman ‘de bienvenida’.

Algunos la implementan, pero cometen errores básicos que la echan a perder:

1.- Dan rienda suelta al ego, es decir, se limitan a hablar de sí mismos, de su empresa, de sus “maravillosos productos”, de sus hazañas, de sus bienes, de su cuenta bancaria…

2.- Se lanzan a vender en frío, sin caer en cuenta que la relación apenas comienza, sin saber si esa persona que se suscribió necesita o busca lo que pueden ofercerle…

3.- Hacen un mal uso del storytelling y se dedican a contar historias sin contexto, sin un propósito claro. Las historias son útiles si están respaldadas por una buena estrategia…

4.- Se empeñan en enviar mensajes relacionados con temas que nada tienen que ver con su especialidad o con el producto o servicio que ofrecen. Al final, distraen a sus prospectos…

La única justificación de esta primera secuencia, la de ‘bienvenida’, es comenzar a aportar valor. ¿Eso qué quiere decir? Que el contenido de tus correos electrónicos debe apuntar a establecer, nutrir y fortalecer el recién creado vínculo con tu prospecto. En últimas, se trata de comenzar a conversar con esa persona, generar una interacción auténtica y fluida.

Ahora, por favor, no caigas en la trampa de creer que hay una fórmula secreta o un libreto perfecto para escribir emails o para crear esta primera secuencia. El contenido de esos mensajes depende, fundamentalmente, de las características de tu audiencia, de la calidad de la relación que hayas establecido con esas personas. Todo lo demás es humo…

Una propuesta de secuencia es la siguiente:

1.- Email # 1 – Hazlo sentir importante. No solo es darle las gracias por suscribirse, sino hacerle saber que todo lo que haces y cómo lo haces tiene un porqué: ÉL, tu suscriptor. Dile que le vas a dar valor sin restricciones y que no escatimarás esfuerzos para ayudarlo

2.- Email # 2 – Infórmale qué esperas de él. La clave es que entienda que una relación es algo de dos, un camino de doble vía. Exprésale que su retroalimentación es valiosa, recalca que los resultados esperados solo serán posibles en la medida en que esté comprometido

3.- Email # 3 – Comparte algo de tu historia personal. NO toda tu historia personal. ¿Por ejemplo? El hecho que marcó el antes y el después de tu transformación. Cuenta qué vivías antes y cómo vives ahora, el bienestar que disfrutas. Sé auténtico y empático

4.- Email # 4 – Explica el proceso. ¿Qué haces?, ¿cómo lo haces?, ¿qué recursos y ayudas usas?, ¿cómo se miden los progresos? Cuanto más claro sea este mensaje, mejor porque así conseguirás que esa persona esté comprometida. Ah, no te olvides de las recompensas…

5.- Email # 5 – Pídele una primera acción. Nada trascendental, solo para animarlo a dar un primer paso, para saber si te sigue. ¿Por ejemplo? Que responda una pregunta, que vea un video, que descargue un reporte que preparaste especialmente. Una acción sencilla, rápida

El objetivo de esta primera secuencia es determinar la temperatura de ese prospecto. En otras palabras, es un filtro que te permitirá establecer en qué punto del proceso se encuentra. Es un primer indicio para determinar qué clase de contenido requiere para avanzar. Y no te extrañes si en el camino algunos se dan de baja: es autoselección…

Escribir buenos emails o crear secuencias de email de impacto no es un arte, ni una ciencia y tampoco es un privilegio o un don. Se trata de una habilidad y, como tal, cualquiera la puede aprender y desarrollar. ¿La clave? Date una oportunidad. No uses inteligencia artificial para escribir tus correos: intenta conectar como ser humano. Te aseguro que no te arrepentirás…

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Autenticidad, un valor apreciado y valorado por el mercado

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Ya casi nada de lo que ves es como es… ¿Eso qué significa? Que en estos tiempos de fake-news, de bulos, de poderosas herramientas de inteligencia artificial que nos permiten crear avatares, clonar voces o suplantar identidades, el valor de lo auténtico se diluye con rapidez. Y no, no te equivoques: no es una percepción, cada vez más es una experiencia

Gracias al poder del storytelling y del impacto de los canales de difusión, dentro y fuera de internet, nos cuesta descubrir qué es real. Hasta los noticieros de televisión, que solían ser una especie de oasis, se transformaron en una tragicomedia. Los periodistas fueron sustituidos por los militantes, el interés público se reemplazó por el interés particular.

Cada vez más, las marcas utilizan los mensajes masivos para lavar su cara, para evitar que las audiencias descubran el trasfondo. ¿Cuál? El verdadero y negativo impacto de su actividad bien sea en el medioambiente o, por ejemplo, en la salud de millones de niños y adultos a través de los alimentos ultraprocesados cargados de químicos tóxicos.

Los mejores horarios de la televisión fueron colonizados hace décadas por las marcas que pretenden vendernos alegría, felicidad y placer o valores como amistad o unidad familiar. Basta mirar las pautas publicitarias de Coca-Cola, Nestlé, Starbucks, McDonald’s, así como de los fabricantes de aceites de cocina, aerolíneas y los gigantes de los combustibles fósiles.

Todas, sin excepción, son lobos con piel de oveja, marcas que protagonizan ese fenómeno llamado greenwashing, con el que pretenden lavar su cara real, la del negocio salvaje, la de las ganancias obtenidas a cualquier costo. Por si no lo sabías, Coca-Cola es el mayor contaminador de la historia de la humanidad, un daño que los expertos dicen es “irreparable”.

Sus botellas plásticas de un solo uso representan más de 500.000 toneladas de residuos plásticos que terminan en océanos y vías fluviales. No solo los contaminan, sino que ponen en riesgo la subsistencia de múltiples especies. Sin embargo, Coca-Cola se vende como una empresa “comprometida con el medioambiente” y patrocina eventos ecológicos.

Y si te atreves a entrar a algún canal digital, o prendes el televisor, no tardarás en darte cuenta de que tu vida ha sido invadida por una legión de extraños. Algunas de esas caras, quizás, son conocidas, te resultan familiares. Sin embargo, no se muestran como son, usan un discurso acomodado a las circunstancias porque poseen esa característica: son camaleónicas.

O, de otro modo, no son algo auténtico. Un término que el diccionario define como “Consecuente consigo mismo, que se muestra tal como es”. Algunos sinónimos son verdadero, legítimo, genuino, original, probado y acreditado. Palabras que escuchas por doquier, argumentos que los vendehúmo utilizan con habilidad para conseguir su objetivo.

En el auge de la cultura de lo falso, de los impostores, del engaño, la autenticidad se ha convertido en el valor más apreciado por el mercado. Dejó de ser un atributo más, uno que la mayoría dejaba pasar inadvertido, para transformarse en algo estratégico e indispensable. Un pilar sobre el que se construye la relación entre las marcas y sus clientes potenciales.

Pero, no solo eso. También, las relaciones entre seres humanos: sin autenticidad, es imposible alcanzar otros pilares como la confianza y la credibilidad. La ausencia de estos elementos es la razón por la cual las relaciones en todos los ámbitos son cada vez más cortas, efímeras o, lo que es peor, por conveniencia. La autenticidad es un bien muy escaso.

La autenticidad, además, está estrechamente ligada a la transparencia, la honestidad y, por supuesto, a los principios y valores de la persona, de la marca. Implica que las acciones y las decisiones son guiadas por la coherencia, que seguro lo sabes es la conexión entre lo que se dice, lo que se piensa, lo que se hace y lo que se cree. Acciones y decisiones, no palabras.

El problema, ¿sabes cuál es el problema de fondo? Que nadie, una marca o una persona, puede ser auténtica si antes no ha realizado una profunda introspección. Sí, esa mirada interior a la que tantos le huyen, a la que muchos le tienen miedo. ¿Por qué? Porque es una aventura que requiere honestidad y valentía para reconocerte en tu estado más puro.

Es decir, con tus fortalezas y defectos, con tus miedos, con tus creencias limitantes, con tu vulnerabilidad. Todo eso a lo que el ser humano, en general, le tiene pánico. El motivo por el que la mayoría de los seres humanos eligen un atajo que los aleja de la autenticidad, pues creen que así el resto del mundo los percibirá como perfectos o modelos dignos de seguir.

Y no es así, por supuesto. ¿Por qué? Porque nadie, ni nada, es perfecto. Porque nadie busca la perfección en las marcas o en otras personas; lo que se persigue es la integridad, la rara capacidad de ser fiel a los principios y valores, al propósito de vida, a la misión establecida. Nadie quiere ser parte de una mentira, todos queremos ser protagonistas de historias de impacto.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que te grabes (da vuelta).
En un mercado saturado de mentiras, engaños y manipulación, la autenticidad se convirtió en el factor diferenciador. ¿Lo mejor? Que la gente la exige, está dispuesta a pagar más, si lo que necesitan o desean la incorpora.

El problema, porque siempre hay un problema, es que las narrativas no son auténticas. Se utilizan para enmascarar la realidad, ocultar las verdaderas intenciones y, sobre todo, para manipular. Son mensajes que distorsionan la realidad, confunden a las personas y producen un impacto negativo en su percepción y, en especial, en sus acciones y en sus decisiones.

Otro problema: el impacto de la autenticidad no se mide en palabras. Más bien, de lo que se trata es de hechos concretos, de acciones específicas, de resultados comprobables. Nada de retórica, nada de humo. Hechos, acciones y resultados que confirmen el mensaje y que corroboren la coherencia, al tiempo que fortalecen la confianza y la credibilidad.

Estudios recientes han establecido que el 86 % de los consumidores priorizan la autenticidad a la hora de decidir las marcas a las que apoyarán. De igual modo, el 90 % cree que este pilar es clave a la hora de elegir sus marcas favoritas. No se trata, entonces, de una tendencia, de algo pasajero, sino de un comportamiento transversal de los consumidores.

Menospreciada durante décadas, la autenticidad recobró relevancia fruto de la explosión de vendehúmos, de marcas mentirosas, de mensajes manipuladores. Por fortuna, gracias a esos mismos canales de comunicación, dentro y fuera de internet, el mercado goza de una gran cantidad de información acerca de las marcas, de las personas. Información veraz y real.

Hoy, los consumidores valoran no solo lo que las marcas (empresas o personas) les venden. Eso es, simplemente, una excusa. Lo que realmente les interesa es lo que representan genuinamente o, dicho en otras palabras, su autenticidad. Esto descarta, de plano, a las marcas que solo persiguen su propio beneficio económico, que soslayan el bienestar de sus clientes.

Los acontecimientos caóticos de los últimos años, de los que nadie ha sido ajeno, cambiaron el comportamiento de los consumidores. Pero, no solo eso: cambiaron su mentalidad. Más allá de productos o servicios para satisfacer sus necesidades o deseos, lo que buscan es transparencia en la fabricación, responsabilidad social de sus acciones y comunicación genuina.

Es cierto que los malos son muchos, que hacen demasiado ruido, que tienen estrategias que les permiten engatusar a los ingenuos y a los ambiciosos. Pasa todo el tiempo, todos los días. Sin embargo, dado que la autenticidad es un valor escaso también ofrece una percepción muy alta. Es decir, está muy bien valorada, es apreciada y, por supuesto, agradecida.

Es probable que, inclusive sin darte cuenta, en medio de ese bombardeo mediático de mentiras, de contenido basura, de mensajes manipulados, hayas encontrado algo de valor. Una posibilidad en mil, o en un millón, como hallar una aguja en un pajar. No creas que es un milagro: es porque lo auténtico sobresale, brilla, llama la atención. Es imposible no verlo.

En un mercado que se convirtió en una jungla infestada de especies tóxicas, de depredadores y de hienas hambrientas en busca de nuevas víctimas, la autenticidad atrae. El consumidor actual no solo la valora, sino que la agradece y la privilegia: está dispuesto a pagar un poco más si lo que le ofrecen, un producto o servicio, es auténtico. Es lo que marca la diferencia.

Las marcas que son verdaderamente auténticas, las que no manipulan, las que no mienten, las que entienden que su tarea es servir, son las elegidas. Una marca auténtica, bien sea una empresa o una persona, despierta lealtad y establece sólidos vínculos a partir de la confianza y la credibilidad. Y no solo eso: también promueve maravillosos intercambios de beneficios.

Un reciente estudio de la consultora Nielsen determinó que el 73 % de los consumidores está dispuesto a cambiar sus hábitos de compra en favor de las marcas auténticas. Exigen, eso sí, que sean marcas con historias convincentes, inspiradoras y, sobre todo, transparentes. Historias que, además, estén respaldadas por acciones y decisiones concretas, ciertas.

Moraleja: la autenticidad se convirtió en el factor diferenciador en un mercado saturado de mentiras, engaños y manipulación. Lo que la gente quiere, por lo que está dispuesta a pagar, son principios y valores con los que se pueda identificar y narrativas transparentes. Es decir, no historias de superhéroes, sino de seres humanos que ayudan a seres humanos.

En la era de los impostores, de las fake-news, de la infoxicación y de los prompts repetitivos de la inteligencia artificial, la autenticidad es un valor apetecido. A partir de ella es posible construir lazos de confianza, credibilidad y respeto, así como cultivar relaciones a largo plazo que redunden en un intercambio de beneficios. Invertir en autenticidad es un gran negocio…

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Tu historia, clave de la confianza, es el pilar de tu relación con otros

La confianza se ha convertido en un término recurrente que aparece por doquier. Y se lo utiliza de manera indiscriminada, con una diversidad de acepciones que, a veces, son contradictorias. El diccionario lo define, en primera instancia, como “Esperanza firme que se tiene de alguien o algo” o también como “Seguridad que tiene alguien de sí mismo” y, por último, “familiaridad”.

Es decir, hay una confianza que se tiene, una confianza que se da y otra confianza que se recibe. Por eso, la generalización puede inducirnos a un error, que por cierto es muy común. Y este es uno de los términos más estudiados en la sicología, que en su intento por aclarar a veces confunde más. ¿Por qué? Se refiere a diversos tipos de confianza cuyas fronteras son, digamos, difusas.

Estos son algunos de los tipos de confianza definidos:

1.- La confianza en los demás. Es la que actúa como pegamento o como repelente en las relaciones con otros, a partir de las interacciones. Surge de nuestra naturaleza de seres sociales

2.- La autoconfianza. Que suele confundirse con autoestima. Se refiere a la valoración de uno mismo respecto a su capacidad para desempeñar una tarea y llevar a cabo un objetivo

3.- La falsa autoconfianza. Es esa confianza que se expresa externamente, pero no se siente internamente. Se utiliza, por lo general, como una máscara, como un mecanismo de defensa

4.- Confianza conductual. Es la capacidad para actuar en función de las circunstancias, para responder a ellas y tomar las decisiones adecuadas para superar las dificultades

5.- Confianza emocional. Se relaciona con la adecuada gestión de las emociones propias y para interpretar y entender las ajenas. En la práctica, se manifiesta como una habilidad

6.- Confianza espiritual. Se refiere a la fe que tenemos los seres humanos en el entorno, en lo que nos rodea y en el contexto en el que nos movemos. Es también la creencia en algo superior

7.- Confianza simple. Según algunos expertos, este tipo de confianza es innata, la traemos con nosotros en la configuración original. Es total y completa, como la confianza en tu mamá

8.- Confianza alimentada. Distinta de la anterior, surge a partir de las experiencias que vivimos, del aprendizaje de las interacciones con otros y con el entorno. Puede moldearse o desaparecer

Ahora, en función de a quién le preguntes, de qué fuente consultes, encontrarás otras más. Y eso, precisamente, es lo que hace que la confianza, un valor básico, se haya convertido en algo trivial. En este caso, como en muchos otros, lo crucial es regresar a los fundamentos, a los pilares, y recuperar la esencia. Una tarea que, sin embargo, en la práctica no es tan sencilla como parece.

¿Por qué? Porque la confianza es una percepción. Es decir, por más que la sicología o alguna otra ciencia se dé a la tarea de definirla, nunca habrá una definición única. El problema es que el grado de confianza se basa en una expectativa, es decir, en la respuesta que esperamos de alguien o de algo. Y, seguro lo sabes, casi nunca se cumple y se transforma, más bien, en decepción o desilusión.

“Si a las personas les gustas, te escucharán, pero si confían en ti, harán negocios contigo” – Zig Ziglar

“No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte” – Friedrich Nietzsche

“La confianza del inocente es la herramienta más útil del mentiroso” – Stephen King

“La mejor manera de saber si puedes confiar en alguien es confiando” – Ernest Hemingway

“Se necesitan 20 años para construir una reputación y cinco minutos para arruinarla” – Warren Buffett

“Cuando la confianza es alta, la comunicación es fácil, instantánea y efectiva” – Stephen R. Covey

“Es la confianza mutua, más que el interés mutuo, la que mantiene unidos los grupos humanos” – H.L. Mencken

“Aprender a confiar es una de las tareas más difíciles de la vida” – Isaac Watts

“La confianza se crea cuando alguien está vulnerable y no se saca provecho de ello” – Bob Vanourek

“Confiar es difícil. Saber en quién confiar, incluso más” – Maria V. Snyder

¿Cómo te parecen estas frases? ¿Te identificas particularmente con alguna? Lo que me gusta es que tras bambalinas todas esconden el poder de la confianza. ¿Sabes cuál es? Que esta capacidad está determinada por las experiencias vividas. Cuanto más te traicionan, cuanto más te defraudan, cuanto más te rompen el corazón, cuando más te decepcionan, más difícil es volver a confiar.

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Esa es una realidad irrefutable a la que nos enfrentamos cada día en distintos ámbitos. En especial, en el de las relaciones con otros, bien sean relaciones personales, sentimentales o de negocios. En este último escenario, la confianza del consumidor, del cliente potencial, está dinamitada por cuenta de los vendehúmo, de los que se dedican a engañar a los que confían ingenuamente.

El problema, porque ya sabes que siempre hay un problema, es otro, sin embargo. Es decir, el problema no es la creciente desconfianza del mercado, sino que para establecer relaciones la confianza es indispensable. Sin confianza, no hay relación posible. Entonces, no queda otra opción que luchar contra la corriente y, en especial, mostrarle al mercado que eres alguien confiable.

El principal obstáculo que una marca (empresa o persona), un negocio o un profesional que desea vender un producto o un servicio enfrentan a la hora de ofrecerlo al mercado es la desconfianza. Un obstáculo que muchas veces, la mayoría de las veces, intentamos eludir, hacemos caso omiso de él. Y, entonces, nos lanzamos a la venta, como si nada, como si existiera un lazo de confianza.

¿El resultado? Rechazo total, por supuesto. Como cuando en la calle o en el transporte público abordas a un desconocido e intentas comenzar una conversación. Alguno te seguirá la corriente por un tiempo, pero la mayoría activará las alarmas y elevará las barreras. Es una reacción natural, casi espontánea e inevitable, a la falta de confianza, la respuesta al temor a ser engañados.

La dificultad para confiar en otros radica en que nos exige abrirnos, ser auténticos y bajar las barreras que utilizamos como mecanismo de defensa. El resultado de esa apertura es que nos sentimos vulnerables, expuestos a que alguien se aproveche de nosotros. Y sucede, por supuesto: aprovecharse de la necesidad, del dolor o del deseo de otros es algo normalizado hoy.

Dado que es una percepción, la confianza nada tiene que ver con tus bienes materiales, con el cargo que ocupas, con el dinero que atesoras, con el estilo de vida que te das. ¡Nada que ver! En estos tiempos modernos, esas posesiones son más bien fuente de desconfianza. Sin embargo, son muchos los que apelan a esto para tratar de generar una conexión con el mercado, con otros.

Y es posible que lo hagan con aquellos que se identifican con esto, pero ese siempre será un vínculo débil. De esos que se rompen fácilmente, de los que no están respaldados por el respeto y la lealtad. Pero no solo eso: también se requiere que el vínculo sea alimentado y fortalecido en el tiempo, a través de múltiples interacciones, para que eche raíces firmes, profundas.

Para que la confianza sea real, verdadera, debe estar soportada en tres pilares:

1.- Empatía. Que va mucho más allá de la idea común de “ponerse en los zapatos del otro” y se manifiesta en la comprensión profunda de su problema, de su necesidad. Comprensión que se da a partir de la escucha activa que permite establecer una conexión emocional que supera la barrera de las diferencias (creencias, experiencias, expectativas, miedos, objetivos, conocimiento).

2.- Autenticidad. Que, seguro lo entiendes, está relacionada con la vulnerabilidad. Es la razón por la cual tantos eligen utilizar máscaras o asumir actitudes postizas que les permitan encajar en lo que es socialmente conveniente. Ser auténtico no solo es mostrarte como eres (en especial en lo relacionado con defectos o carencias), sino de manera especial ser fiel a tus principios y valores.

3.- Lógica. Un aspecto que casi nunca se considera, pero que es infaltable. ¿Por qué? Porque los seres humanos, todos, somos una dualidad (lógica/emociones, mente/corazón). Requerimos el concurso de la lógica principalmente a la hora de tomar decisiones, pero también cuando debemos justificar alguna reacción o un comportamiento que no esté bien visto, que genere rechazo.

Cuando confías en alguien o, por ejemplo, en un animal, lo haces porque sientes que no te hará daño, que será gentil, que te retribuirá. Sin embargo, olvidamos esto cuando nos relacionamos con el mercado, con un cliente potencial: asumimos que entiende, que sabe que tenemos o que somos la solución a su problema, y no es así. Sin que exista un vínculo de confianza, no es así.

Moraleja: al mercado, a todos y cada uno de tus clientes potenciales, no le interesa lo que tienes, lo que ofreces. Aunque sea la solución a su dolor o la satisfacción de su deseo. No le importa porque en un mercado en el que la demanda supera a la oferta, lo puede conseguir con alguno otro. ¡Esa es la realidad! Si alguien más le brinda laconfianza que requiere, ¡se olvidará de ti!

Tu primera tarea, primordial e inaplazable, es establecer un vínculo de confianza y credibilidad con el mercado. Mientras no lo hagas, serás ‘más de lo mismo’ y despertarás objeciones (recuerda el componente lógico). Y, por supuesto, no querrán saber de ti, no te comprarán. Mientras, todo lo que hagas para crear confianza, fortalecerla y enriquecerla te brindará retornos maravillosos.

Ahora, quizás te haces la pregunta ¿cómo generar ese vínculo de confianza? La herramienta más poderosa de la que dispones para lograrlo es tu mensaje. Siempre y cuando sea auténtico, esté enfocado en ayudar a otros, en generar transformaciones positivas y construir un legado, tu mensaje es tu mejor aliado. No importa qué formato o canal utilices, sino el valor del contenido.

Hoy, por fortuna, la tecnología nos proporciona increíbles herramientas que no solo hacen que la tarea sea fácil, sino que te dan la posibilidad de obtener mejores resultados. Un pódcast, un blog, publicaciones en redes sociales, infografías, un video o un e-book son algunas de las opciones. Lo que interesa, recuerda, es el valor del contenido o, en otras palabras, el poder de tu historia.

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¿Sabes qué es marca personal? Lo que te hace único, tu diferencial

A la sombra de internet, una enigmática tecnología que a finales del siglo XX se instaló en nuestra vida y la cambió para siempre, surgió un concepto que hoy brilla con luz propia. ¿Sabes a cuál me refiero? A la marca personal (personal branding). Llegó en silencio, pero poco a poco adquirió relevancia y ahora es uno de los pilares del éxito en la vida.

Sí, no solo en el ámbito laboral, su escenario natural, sino en la vida personal, en las relaciones y, sobre todo, en los negocios. La marca, desde siempre, se concibió ligada a las empresas, pero ya sabemos que no es algo exclusivo del mundo corporativo. De manera especial, en la era de la tecnología, en la que internet es dios, la marca personales un bien universal.

¿Eso qué significa? Que todos, absolutamente todos los seres humanos, SOMOS una marca. Y lo escribo en mayúscula para destacarlo, para que no caigas en la trampa de los vendehúmo del mercado que prometen crearte una marca personal poderosa. Son fanfarrones que, en últimas, quieren inventar el agua tibia. ¿Por qué? Porque tu marca personal ya es.

Para evitar confusiones, veamos qué es una marca personal. Por un lado, es todo lo que tú proyectas al exterior a partir de tus principios, valores, creencias, fortalezas, debilidades, miedos, sueños, conocimiento y experiencias. Por otro lado, es lo que las otras personas perciben de ti en función de las interacciones que sostienen, de la relación que los une.

En otras palabras, la marca personal es el mensaje que tú le transmites al mundo acerca de quién eres. El problema, porque siempre hay un problema, es que la mayoría de las personas no sabe esto y no trabaja su marca personal de manera consciente. Entonces, tampoco se da cuenta de que el mensaje que transmite es contradictorio, confuso o, peor, negativo.

Así mismo, dado que se trata de una percepción, cada persona con la que te relacionas tiene una idea distinta de ti como marca personal. Habrá algunas a las que les gustes, otras a las que les encantes y algunas más que, simplemente, te odiarán. Y está bien, porque la esencia de la marca personal no es caerle bien a todo el mundo, como si fueras monedita de oro.

Esa es la razón por la cual, por ejemplo, cuando somos niños, en el colegio nos hacemos amigos de unos y con otros apenas compartimos el salón de clases. Hay personas que tienen otros valores, otros principios, otras creencias, otras experiencias. Esto se repite una y mil veces a lo largo de la vida, en todos los ámbitos y, no lo olvides, no es posible evitarlo.

Ahora, también es conveniente entender que, a diferencia de lo que nos dice el mercado, la marca personal nada tiene que ver con popularidad, con ser famoso o con acumular miles o millones de seguidores en redes sociales. Es cierto que algunas celebridades son populares, famosas y son seguidas por miles, pero eso no es marca personal: es marketing.

¿Por qué? Porque son estrategias diseñadas para hacerlas ver como figuras perfectas, que logran todo lo que se proponen, que tienen el poder de superar cualquier dificultad…, en fin. Sin embargo, todos sabemos que nadie es perfecto, que todos sucumbimos a las dificultades alguna vez, que no siempre obtenemos lo que deseamos. Esas personas son marcas falsas.

Que encarnan modelos de éxito comerciales, pero irreales. Ejemplos hay muchos, en especial los patéticos influencers, deportistas, cantantes, empresarios y políticos, entre otros. Más que de marcas personales, se trata de productos comerciales tras los cuales hay cuidadosas estrategias de marketing. Son de aquellas que no dan puntada sin dedal, todo es premeditado.

Otras, en cambio, son verdaderas marcas personales que, aun sin proponérselo, inspiran a muchos otros. ¿Por ejemplo? El expresidente estadounidense Barack Obama. El mundo lo conoció como una esperanza de cambio, de reconciliación, de unión, de reivindicación. Es un orador excepcional, con gran carisma, y con principios y valores muy fuertes, muy sólidos.

Esas virtudes le permitieron ganarse el aprecio y el respeto de millones de personas no solo en los Estados Unidos, sino en todo el planeta. Y hoy, cuando está retirado de la vida pública, sigue siendo una voz autorizada y, también, una marca personal activa. A través de charlas y conferencias defiende sus ideales, promueve causas benéficas y produce un gran impacto.

Un caso parecido es el del expresidente uruguayo José ‘Pepe’ Mujica. Un tipo sencillo, con gran humildad, dueño de una infinita sabiduría popular y, también, de una sensibilidad social sin límites. Austero por convicción, se comunica más a través de sus actos que de sus palabras, que en todo caso encierran un mensaje poderoso. Un líder nato, una persona fácil de querer.

En los últimos tiempos, y más allá de ser una exitosa estrella de los escenarios, la cantante estadounidense Taylor Swift se ha revelado como una marca personal de impacto. Los valores que se le reconocen son la autenticidad, la creatividad y la empatía, principalmente. Pero no es todo: durante la campaña presidencial, tomó partido y se posicionó como una activista.

Algo importante es entender que cuando hablamos de marca personal no nos referimos a éxito profesional, a ganancias multimillonarias o a celebridad. Clara muestra de ello era la madre Teresa de Calcuta, premio Nobel de la Paz en 1979. La monja albanesa, que falleció en 1997, fue sinónimo de caridad, altruismo y coraje en virtud de su incansable labor humanitaria.

Renunció a toda muestra de riqueza material, de ostentación, y se dedicó a compartir lo que era y lo te poseía en favor de los más pobres, de los desvalidos. Fue sinónimo de bondad, de paz, de solidaridad, y fuente de inspiración para muchos en el mundo. Su marca personal era tan poderosa, tan sólida, que un cuarto de siglo después de su muerte nadie la olvida.

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Es decir, no se requiere ser multimillonario, dueño o CEO de empresas famosas, aparecer en los medios de comunicación o contar con millones de seguidores en redes sociales para ser una marca personal verdadera. Esa es una distorsión provocada por los mensajes de los medios de comunicación, que promueven estos modelos con la intención de lucrarse.

En otras palabras, la marca personal no es un privilegio de los ricos y famosos. Repito: ellos, por lo general, son marcas postizas, productos comerciales, no marcas personales. Además, no podemos olvidar que todos conocemos marcas personales poderosas, no famosas, no ricas, no celebridades, que han marcado una gran influencia en nuestra vida, que nos guiaron.

Tus padres, alguno de tus hermanos, un profesor del colegio, un amigo, un jefe o, quizás, una persona ajena a tu entorno familiar que te inspiró. Así mismo, y especialmente en la niñez y en la juventud, todos tenemos ídolos que, a través de su marca personal, dejan huella en nuestra vida. Artistas, deportistas, cantantes, escritores o, inclusive, algún amor platónico.

Ahora, veamos algunas características de una verdadera marca personal:

1.- Es sinónimo de autenticidad

2.- Es una construcción permanente

3.- Es un mensaje consciente

4.- Es el reflejo de tus valores, principios, creencias y experiencias

5.- Surge a partir del autoconocimiento, fruto de tus fortalezas y debilidades

Y la otra cara de la moneda: ¿qué NO es una marca personal?

1.- Ser famoso y reconocido a partir de logros y bienes materiales

2.- Contar con millones de seguidores en redes sociales

3.- Mostrarse como un modelo de éxito y/o perfección

4.- Practicar el falso altruismo solo para aparecer en los medios

5.- Posar de neutro: no comprometerse con causas públicas, tomar partido

Estoy seguro de que el ejemplo que voy a mencionar a continuación probablemente no sea de tu agrado, pero es innegable que encarnó un modelo de marca personal poderosa. ¿Sabes a quién me refiero? A Diego Armando Maradona, el futbolista argentino. Un ser humano con un talento ilimitado y una personalidad fuerte y con una variedad de defectos inocultables.

Dentro o fuera del campo de juego, para bien o para mal, por su sensibilidad o por sus a veces cuestionables convicciones, Maradona fue una marca personal poderosa. Era imposible ser indiferente a él, por lo positivo o por lo negativo. Encarnó un inspirador modelo de superación y, tristemente, uno de autodestrucción. Su pecado fue no saber gestionar la fama.

Otro caso parecido, y también en el ámbito del deporte, nos lo ofrece el golfista Tiger Woods. Un talento único que se dio el lujo de cambiar un deporte rico en tradiciones y reacio a los cambios. Inspiró a millones en todo el mundo, transformó el golf profesional, superó innumerables récords y ganó más dinero del que quizás soñó. Sin embargo, también sucumbió al éxito.

Lo que me interesa que comprendas es que, en especial si eres un emprendedor o un profesional independiente que vive de monetizar su conocimiento (o quiere hacerlo), debes ser una marca personal poderosa. Imperiosamente, DEBES SER. No construir, porque ya eres, sino descubrir cuál es tu esencia y luego definir ese mensaje que quieres comunicar.

La marca personal es el principal factor diferenciador, el motivo por el cual el mercado, tus clientes potenciales, te percibirán como distinto de la competencia, como mejor opción. Esto será posible solo en la medida en que conectes emocionalmente con esas personas y que haya identificación a partir de principios, valores, creencias, experiencias, sueños y propósito.

Recuerda: no eres monedita de oro para caerle bien a todo el mundo. Por eso, la marca personal es el primer filtro que te permitirá decantar a las personas que atraes, a las que les das entrada a tu vida. Es, también, el pasaporte para conectar con referentes del mercado, con mentores, con colegas que están en sintonía contigo y con los que puedes desarrollar sinergias poderosas.

Si aún no has definido tu mensaje, si aún no eres una marca personal identificable, el mejor momento para comenzar es hoy. No lo olvides: la base del proceso son el autoconocimiento y la autenticidad. Si no eres una marca personal, eres invisible. Si no eres una marca personal, te privas de disfrutar de los beneficios de conectar con otros y producir un impacto positivo en el mundo.

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4 lados de una historia: comunica para comprender, no para convencer

Jean-Jacques Rousseau murió en 1778, hace 246 años. Sin embargo, algunas de sus enseñanzas siguen vigentes. Nació en 1712 en Ginebra (Suiza) y se le recuerda como escritor, músico, botánico, naturalista y filósofo. Abogaba por combatir la tiranía a través de la razón y el conocimiento y sus ideales ejercieron una fuerte influencia en la Revolución Francesa.

Si le preguntas a Mr. Google, que lo sabía casi todo antes de la llegada de ChatGPT, pondrá a tu disposición una gran variedad de frases célebres que se le atribuyen a Rousseau. Una de ellas es, precisamente, el motivo de este post: “Siempre hay cuatro lados de la historia: tu lado, su lado, la verdad y lo que realmente ocurrió”. ¿La conocías?Genial, ¿cierto?

Cuando la leí, de inmediato llamó mi atención. Y también le causó gracia, porque no tardé en darme cuenta de que esas 18 palabras resumen el origen de uno de los problemas más complejos a los que se enfrenta el ser humano. ¿Sabes cuál es? El de comunicarse con otros. Comunicarse entendido como conectar, enlazar, empatizar, intercambiar, relacionarse.

El diccionario nos dice que hablar y comunicar son sinónimos. Al primer término lo define como Comunicarse con otra u otras personas por medio de palabras. Otras acepciones son “Tratar, convenir, concertar” y “Razonar, o tratar de algo conversando”. Nos ofrece sinónimos tales como expresar, decir, enunciar, conversar, dialogar o platicar.

De comunicar, mientras, nos dice que es “hacer a una persona partícipe de lo que se tiene” o “conversar, tratar con alguien de palabra o por escrito”. ¿Sinónimos? Informar, notificar, transmitir, revelar, anunciar y compartir, entre otros. Como ves, similares en la teoría, pero seguro sabes, lo has experimentado, se manifiestan distinto en la práctica, en la realidad.

Algo parecido a lo que ocurre con oír y escuchar. En términos estrictos, son lo mismo, pero el segundo término implica “prestar atención a lo que se oye”, una condición que el primero no exige. El problema es que hablamos mucho y comunicamos poco (o casi nada) y también oímos mucho y escuchamos poco (o casi nada). Es una terrible contradicción y una lástima.

Primero, porque vivimos la era de la comunicación, de la tecnología, una etapa que ninguna otra generación disfrutó. Disponemos de increíbles y poderosos canales y herramientas que nos facilitan la vida, que nos permiten estar en contacto con otros de manera inmediata. Segundo, porque en la práctica renegamos del gran privilegio de los seres humanos.

¿Sabes cuál es? El que nos distingue del resto de las especies del planeta: la capacidad para comunicarnos de manera consciente. Un privilegio que no aprovechamos o que utilizamos de manera equivocada. ¿Cómo? Son más las ocasiones en las que nuestro mensaje es fuente de discordia, de provocación, de agresión, de ofensa, que de lo contrario.

Un cortocircuito que, por lo general, es el resultado de nuestras comunicaciones, de nuestros diálogos. Discutimos, peleamos, agredimos más de lo que conversamos, de lo que comunicamos. Ese, por supuesto, es el principal obstáculo al que nos enfrentamos cada día en todos los ámbitos de la vida. Un problema complejo que, por fortuna, tiene solución.

La principal dificultad a la hora de comunicarnos es que los seres humanos, todos, sin excepción, asumimos que tenemos la razón. ¡Estamos seguros de que tenemos la razón! Y no solo eso: queremos, pretendemos, que otros piensen igual que nosotros, que no difieran y que no nos contradigan, aunque quizás tengan la razón. Es el origen de los cortocircuitos.

No es un problema menor, sin duda. Hay estudios que han determinado que los malentendidos surgidos entre empleados y directivos en las empresas, discusiones simples que pasaron a mayores, cuestan hasta 37.000 millones de dólares al año. Y millones de divorcios, de amistades de años que terminan mal, de negocios potenciales que se frustran.

Probablemente porque olvidamos la premisa de Rousseau: “Siempre hay cuatro lados de la historia: tu lado, su lado, la verdad y lo que realmente ocurrió”. Así es en las conversaciones más sencillas como en las complejas. En las que sostienes informalmente con tu pareja o con uno de tus hijos y la que adelantas con un cliente, con tu jefe o con un socio estratégico.

Siempre, sin excepción, cada historia, cada conversación, nos ofrece cuatro lados. Sin embargo, a pesar de que seguramente lo sabemos, en la práctica tendemos a sostener conversaciones sobre nosotros mismos, simplemente por costumbre, porque somos hábiles para dominar el escenario o, lo peor, por ego. En últimas, por un cúmulo de emociones.

Distinto de lo que pensamos, de lo que creemos, los seres humanos somos más emocionales que racionales. Diversas investigaciones han establecido que más del 85 por ciento de las decisiones que tomamos se basan en las emociones del momento, son una respuesta a ellas. Luego le damos cabida a nuestro YO racional para justificarlas.

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La esencia de la vida radica en la calidad de las relaciones que establecemos. Y esas relaciones están determinadas por la calidad de las conversaciones que se dan entre las personas involucradas. Estudios científicos demuestran que las personas que establecen una conexión humana con los demás tienen más posibilidades de éxito en sus relaciones.

Y esa conexión humana implica empatía, transparencia (honestidad), autenticidad y curiosidad. Es un intercambio, un ida y vuelta, no un camino de una sola vía. Es decir, conversar, comunicarse, no implica imponer tus ideas, o tu criterio. De lo que se trata es de que se dé una confrontación, que significa “carear a dos personas” o “cotejar dos cosas”.

William Jennings Bryan, un destacado político demócrata estadounidense, que fue tres veces candidato presidencial y murió en 1925, hace casi un siglo, dijo: “Dos personas en una conversación equivalen a cuatro hablando. Las cuatro son lo que dice una persona, lo que realmente quería decir, lo que escuchó su interlocutor y lo que creyó haber escuchado.

¿Entiendes? Los cuatro lados de la historia de los que nos habló Rousseau hace 250 años. Entonces, no se trata de una necedad o de un capricho, tampoco es una tendencia o una moda de las redes sociales: es una realidad. Si quieres que tus relaciones sean armónicas y fructíferas, que tus negocios sean rentables, debes aprender a comprender estos cuatro lados.

1.- TU lado.
Que, por lo general, asumimos como ‘la verdad’, como ‘la única verdad’, como ‘toda la verdad’. Y no nos damos cuenta de que, al final, solo es un lado de la historia, una parte, una versión, una opinión. Sin embargo, nos empeñamos en hacerla valer, procuramos que la otra persona asuma nuestra posición, adopte nuestras ideas, que piense igual que nosotros.

El problema es que nos dejamos llevar por las emociones, por la pasión, quizás por el deseo de ayudar a otros, y cruzamos la línea invisible que divide nuestro lado de su lado. Y en ese momento, entonces, entramos al terreno de los cortocircuitos, de los malentendidos. No lo olvides: TU lado es solo una parte, igual de grande y de importante que la parte del otro.

2- SU lado.
Que, no sobra decirlo, es tan válido como el tuyo. Aunque sea opuesto, aunque te ofenda, aunque no te guste ni un poquito. ¡Es válido! Lo que debes aprender, y entender, es que ese lado de la otra persona está determinado por sus creencias, por sus experiencias, por su conocimiento, por sus miedos, por sus emociones. Entonces, lo más normal es disentir.

Que, por supuesto, no significa asumir posiciones irreconciliables, sino lo contrario: hallar puntos de acuerdo. Para entender y aceptar SU lado de la historia, debemos conocer a la otra persona y no solo eso: aceptar también sus limitaciones, vulnerabilidades y, sobre todo, sus emociones. ¿La clave? Escuchar de manera activa, empática, sin juzgar, sin descalificar.

3.- La VERDAD.
Sí, ya sé que es un tema espinoso, arenas movedizas. Sin embargo, es más sencillo de lo que piensas. ¿Por qué? Solo necesitas aceptar que NO hay una VERDAD, una verdad única, incuestionable. O, de otra manera, entender que cada uno tiene su VERDAD, su propia verdad. De nuevo, fundamentada en creencias, miedos, conocimiento, experiencias…

Y, claro, en sus pensamientos y en sus emociones. Un ejemplo: un escenario colmado por 50.000 personas que acuden a un evento deportivo y millones más que lo siguen a través de la televisión o internet. Al final, cada uno tiene su verdad de lo sucedido, porque lo que cada uno vio fue distinto. Si entiendes esta premisa, tus relaciones serán menos traumáticas.

4.- Lo que REALMENTE sucedió.
Que, valga recalcarlo, cada uno lo ve distinto, a partir de su VERDAD. El ejemplo anterior se aplica a la perfección. Por eso, los hinchas al deporte, los que gustan de la política o los que conversan sobre la pareja ideal, difícilmente, por no decir nunca, se pondrán de acuerdo. Y está bien, porque cada uno ve la realidad a partir de su verdad, desde su lado de la historia.

Si vas por la calle, ocurre un accidente y te paras a preguntarles a 10 testigos qué ocurrió, al final tendrás 10 verdades distintas, 10 versiones válidas. Como en cualquier conversación con tus amigos, cuando se reúnen a cenar. O cuando los compañeros del colegio recuerdan los años maravillosos: saber lo que REALMENTE sucedió es armar un gran rompecabezas.

Moraleja: comunicarnos entre seres humanos va más allá, mucho más allá, de emitir mensajes, de conversar. De lo que se trata es de comprendernos. Según el sicólogo clínico estadounidense Jeffrey Bernstein, “Las personas tienen una necesidad innata de ser comprendidas. Esa necesidad de comprensión es más fuerte que la de ser amado”.

Entonces, de lo que se trata es de sostener conversaciones, interacciones, relaciones, enfocadas más en comprenderque en convencer. Esta es una premisa que, si la pones en práctica, te sirve para todas las actividades de la vida, en especial en aquellas, como tu trabajo, en la que tu labor más importante es relacionarte con otros, comunicarte con otros.

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