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Triple A: el método para crear historias que sí persuaden

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Cuando le preguntas a Mr. Google o a don ChatGPT acerca de los arcos narrativos, vas a encontrar respuestas disímiles. Inclusive, contradictorias. La razón es sencilla: no hay respuestas definitivas, concluyentes. De hecho, si profundizas un poco vas a descubrir que, según algunos expertos del arte de contar historias, hay más de mil arcos narrativos distintos.

Y claramente identificados. Algunos bastante similares, sin duda, pero con detalles que hacen de cada uno algo único. Por supuesto, hay una versión más sencilla. ¿Sabes cuál? La que nos habla de al menos 6 tipos de arcos narrativos más comunes. Son los que están enfocados en la evolución emocional del protagonista, la famosa estructura clásica de los tres actos.

Sí, esa tan difundida y tristemente prostituida de “planteamiento, nudo y desenlace”. Sí, la misma que los vendehúmo de internet promocionan como “la fórmula perfecta”, como “el libreto infalible” para contar historias. Son estructuras muy antiguas, creadas mucho antes de la irrupción de esta tecnología, y durante décadas han sido utilizadas en la publicidad.

El problema con los arcos narrativos es que han sido sacados de su escenario natural y forzados en otro para el que no fueron creados. Me explico: estos arcos narrativos son la esencia de la industria cinematográfica de Hollywood, por un lado. Por otro, también son la ruta que guio la imaginación de miles de escritores de literatura o otros géneros de la ficción.

Cuando internet irrumpió en la vida del ser humano, a finales del siglo pasado, el arte de contar historias se popularizó. De los estudios de Hollywood, el storytelling se trasladó a las agencias de marketing y, más adelante, a los escritorios de los emprendedores. Al principio, algunos lo vieron como una tendencia efímera, que desaparecía rápido, pero sucedió lo contrario.

Es decir, el storytelling se convirtió en una de las herramientas más poderosas para conectar y comunicarse con las audiencias. De la misma forma en que durante décadas lo habían hecho las grandes marcas, las de los presupuestos multimillonarios, pero con acceso para todos, para cualquiera. Una novedad que no tardó en contaminarse por cuenta de los vendehúmo.

Que brotaban silvestres con sus teorías concluyentes, con sus fórmulas perfectas, con sus libretos infalibles. Y lo peor, ¿sabes qué fue lo peor? Que el mercado, la mayoría, les comió cuento. ¡Cayeron en la trampa! Aquella de creer que el arte de contar historias se puede reducir a un prompt, a una fórmula mágica 1-2-3 o a una estructura estática y además infalible.

¿Por qué no funciona así? Porque, si fuera tan sencillo, un simple causa-efecto, todas, absolutamente todas las historias, serían exitosas. Las románticas, las dramáticas, las históricas, las de ciencia ficción…, en fin. Y no es así, por supuesto. Asimismo, todas, absolutamente todas, serían exactamente iguales, porque se crearon de manera idéntica.

Ahora, hay otro aspecto que debes considerar. ¿Sabes a cuál me refiero? A las emociones. Si esa historia que cuentas no logra conmover a tu audiencia (sin importar el formato o el canal), pasará inédita. En otras palabras, será efímera, como las stories de las redes sociales. Una historia sin emoción no conecta. Y la emoción, seguro lo sabes, no proviene de una fórmula.

Cuando vas a contar una historia, por lo general los elementos de los que dispones son los mismos que los de cualquier otra persona. ¿Por qué? Porque, más allá de las diferencias puntuales, de las circunstancias, todos los seres humanos vivimos experiencias muy similares. No idénticas, pero sí muy similares. Sin embargo, son pocas las historias que trascienden.

Dado que la habilidad de contar historias la desarrollé en la práctica, en el ejercicio de mi profesión de periodista, nunca me apegué a un libreto, nunca me limité a una estructura, nunca me sometí a una fórmula. Al comienzo, intenté modelar (copiar y adaptar a mi estilo) las geniales historias que contaban los periodistas de la revista El Gráfico, de Argentina. ¡Maravillosa!

Me encantaba que era muy humanas, que ponían al descubierto las vulnerabilidades de los personajes, que sorprendían con datos inéditos. Además, reflejaban un minucioso trabajo de producción previa que erradicaba cualquier atisbo de improvisación. Y, lo mejor, ¿sabes qué era lo mejor? Que eran atrevidos. Rompían moldes, derribaban mitos, ponían el dedo en la llaga.

Y, además, algo muy importante: forjaban ídolos. Héroes de carne y hueso que no solo se convertían en referentes, sino que, lo mejor, alimentaban la conexión emocional con las audiencias. Por aquella época, en los medios deportivos se decía que un deportista no era famoso, no era reconocido, si no había sido portada de El Gráfico al menos una vez.

Moraleja

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No se trata de ‘fórmulas infalibles’. El buen ‘storytelling’ es aquel con un enfoque más humano y efectivo. Con el método Triple A, un sistema flexible que conecta emociones, puedes generar confianza y guiar a la audiencia hacia una acción concreta.

El Gráfico creó un método. O, si lo prefieres, un sistema para producir contenido de calidad, de alto impacto. Te confieso que aún guardo mi pequeña colección de ejemplares (no era fácil ni barato conseguir la revista en Colombia) y de cuando en cuando tomo uno al azar y lo releo. Es un ejercicio apasionante, como la primera vez, porque siempre descubro algo inspirador.

Un método no es una fórmula exacta del tipo 2+2=4. Como las encuestas, incorpora un margen de error. Además, ofrece una característica que, a mi juicio, es muy valiosa. ¿Sabes cuál es? Que el mismo método lo pueden adoptar muchas personas que lo aplican cada una a su manera, dándole su toque personal. El método es el camino, pero cada cual lo recorre como quiera.

En el camino, aprendí muchos métodos. Honestamente, no todos le servirían a alguien que apenas comienza la aventura en el arte de contar historias. ¿Por qué? Se requiere haber escrito mucho, haberse equivocado mucho, haber probado distintas opciones. Se requiere un estilo propio y un espíritu de atrevido aventurero capaz de reinventarse o, al menos, de evolucionar.

Hay uno en particular, sin embargo, que recomiendo a los principiantes. Es sencillo, fácil de poner en práctica y, si lo sabes utilizar, te proporcionará resultados positivos a corto plazo. Interesante, ¿cierto? Lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Que no es una estructura rígida o una camisa de fuerza. De nuevo, se trata de jugar con la imaginación y obtener un buen resultado.

No recuerdo cuándo o de quién lo aprendí. Lo que sí puedo decirte con certeza es que me ha funcionado de mil maravillas durante años. Y, lo que más me gusta, en diferentes ámbitos. Es decir, no es monotemático. Lo he aplicado con éxito en contenidos de marketing, de deportes, de bienes raíces, de bienestar. Y, por supuesto, en maravillosas historias humanas.

El método se llama Triple A: Anécdota, Amplificar y Actuar. Tres elementos sencillos, tres pasos fáciles de dar, tres ingredientes que puedes adaptar a tu estilo. ¿La clave? Utilizar otro viejo método de comprobada eficacia: aquel de prueba y error. Asúmelo como un juego, no te hagas unas expectativas muy altas y deja que tu imaginación y tu creatividad abran las alas y vuelen.

Una anécdota, según el diccionario, es un Relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración, ejemplo o entretenimiento”. También, un Suceso circunstancial o irrelevante. Es decir, algo que le ocurre a cualquier persona en el día a día y al que, aunque no se le da trascendencia, es una pequeña parte de nuestra historia. Sin embargo, hay algo más poderoso.

¿Sabes qué? Que todos los seres humanos, sin excepción, vivimos múltiples anécdotas cada día. De muchas de ellas ni siquiera somos conscientes. Pequeñas cosas increíbles que nos suceden, a las que no les prestamos atención. Sin embargo, son fuente de conexión con otros a los que les ha ocurrido algo similar. En circunstancias y con resultados distintos, pero similar.

Comenzar tu historia con una anécdota es poderoso. Claro, siempre y cuando la anécdota sea buena y logre conectar con las emociones de tu audiencia. No hay que exprimir ChatGPT, ni quemarte el cerebro pensando en algo único y especial. Lo auténtico (que suele combinar lo ridículo con lo simpático) es lo mejor. Seres humanos que conectan con seres humanos.

La clave radica en que las anécdotas generan empatía y confianza. O, de otra forma, derriban barreras. Y consiguen capturar la atención. Si, además, eres el protagonista que quedó mal parado en esa situación, tu anécdota produce mayor impacto gracias a la vulnerabilidad. Un consejo que te ayudará: comienza el relato de tu anécdota con una buena pregunta.

Una vez logras atrapar la atención de tu audiencia, puedes dar el segundo pasó: Amplificar. Que, valga la pena decirlo, no significa forzar los hechos, distorsionar la historia. Entonces, ¿de qué se trata? De enriquecer tu anécdota. ¿Cómo hacerlo? Debes demostrar que esa pequeña circunstancia, que casi siempre pasamos por alto, encierra un gran significado para la vida.

¿Cómo? Te apoyas en un dato estadístico o en un estudio creíble que muestra que esa simple anécdota es algo más: es un patrón. Es decir, no solo te sucedió a ti, les pasa a muchas otras personas. Es un comportamiento que se repite múltiples veces, solo que, de nuevo, no le damos la atención que se merece. Anécdotas que son oro puro y no nos damos cuenta.

Por ejemplo, el impacto de la comida ultraprocesada en niños y adolescentes. Por si no lo sabías, en los años 70 en EE. UU. uno de cada 20 menor de 15 años era obeso; hoy, fruto de la ingesta de estos productos, la proporción cambió: uno de cada cinco es obeso. Y esa obesidad es el punto de partida de una variedad de enfermedades potencialmente mortales.

¿Entiendes el poder de la amplificación? Blinda de realidad tu anécdota, aporta credibilidad, sazona la historia con urgencia. Es el contexto indispensable para que tu audiencia comprenda el valor y el significado de tu anécdota. Que sienta el valor de lo que has compartido y, sobre todo, su utilidad. Lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Cuando la gente siente y comprende, está lista para actuar.

Por último, la acción. A veces, muchas veces, los seres humanos nos arrepentimos más por lo que no hicimos que por lo que hicimos y salió mal. Es peor, más pesada, la culpa de la inacción que la del error. Por eso, en tus historias no puede faltar, ¡NUNCA!, el llamado a la acción. Uno solo, claro, sencillo, efectivo: que la persona obtenga resultados en unos pocos segundos.

La inmensa mayoría de las ofertas que veo en internet fallan por esto: en su afán por vender, el llamado a la acción es confuso. De hecho, es una de las razones por las cuales, a solo uno o dos clics de comprar, tu cliente potencial se arrepiente y abandona el carrito. ¡Es que no sabe qué hacer! Entonces, aflora la desconfianza y, para no caer en una trampa, prefiere desistir.

La clave: directo al grano. Sin rodeos, sin adivinanzas, sin ambigüedades. Cualquiera de estas opciones prenderá las alarmas, despertará las objeciones y echará a perder la oportunidad. Un llamado a la acción sencillo y claro despejará el camino y te proporcionará autoridad. La mayoría de las personas intenta convencer y mientras que el método Triple A persuade.

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Cómo hacer de tu historia una serie de gran éxito

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Con seguridad, está en el Top-3 de los miedos más comunes. ¡Y atemorizantes! Es un enemigo terco, resistente, resiliente, contra el que es difícil, muy difícil, pelear. ¡Vaya si lo sé! Ha sido la piedra en el zapato de la relación con algunos clientes que he tenido desde que me transformé en un consultor de marketing de contenidos. Y, lo confieso, me venció  varias veces.

¿Sabes a qué me refiero? Al miedo a hablar de ti, de tu historia, de quién eres y de cómo eres. Es curioso, porque en una conversación informal, con la familia, con los amigos o, inclusive, con desconocidos, la mayoría de los seres humanos somos felices hablando de nosotros mismos. De nuestra historia, de quiénes somos, de qué hacemos. Nos sentimos realizados en esa situación.

Sin embargo, como cualquier moneda, esta también tiene dos caras. La oscura, la que nadie quiere que se le muestre, es cuando tenemos que comunicarnos con el mercado. Es cuando surgen los fantasmas, cuando tiemblan las piernas, cuando se quiebra la voz. Es cuando salen a flote todas las vulnerabilidades y piensas, imploras, “¡trágame, tierra, por favor!”.

Cuando comienzo una asesoría, suelo enfrentarme a un obstáculo común. ¿Cuál? La muy acentuada resistencia a compartir la historia personal. Casi todos quieren publicar sobre su empresa o negocio, sobre sus productos o servicios, sobre sus resultados. Sin embargo, casi ninguno acepta de buena gana abrirse para contar su historia, ese lado que pocos conocen.

Que, no sobra recalcarlo, es imprescindible para conectar con el mercado, con tus clientes potenciales. Más en esta era del copy + paste, de los impostores, de los clones. Una era en la que la autenticidad, tan escasa, se ha convertido en el mayor tesoro, en el más valioso. Más allá de la tecnología, de la IA, está claro que las personas quieren conectar con otras personas.

Es decir, que la tecnología, que las maravillosas herramientas, sean tan solo un intermediario. Como debe ser. El nexo, pero no la esencia. Lo crucial es la relación, ese apasionante vínculo entre seres humanos. Y digo apasionante porque está determinado, principalmente, por las emociones y otros factores como conocimiento, educación, experiencias y expectativas.

Con la mano en el corazón, no logro entender la resistencia a hablar de tu historia, de ti mismo. ¡No lo entiendo! Al final, es un tema del que eres experto, del que nadie, absolutamente nadie, sabe más que tú. Un tema que dominas al derecho y al revés: solo necesitas que haya alguien que te escuche para comenzar a compartir eso tan valioso que llevas dentro de ti.

Al comienzo, tengo que aceptarlo, no podía entenderlo. Sin embargo, de tantas veces que se repitió me obligó a ver el problema desde una perspectiva distinta. Dado que hablar de mi historia y contar mis aventuras sin miedo a la vulnerabilidad es algo natural para mí, asumí que era igual para todos, para cualquiera. Y sí, pero en el ámbito informal, no en el laboral.

En este escenario, las apariencias son muy importantes. La forma en que otros te perciben, la forma en que otros perciben lo que haces, es muy importante. Tanto, que algunos creen que es el factor que determina tu valor como empresario, empresa, emprendedor o como profesional independiente. Lo que hay que entender es que una percepción no es, para nada, la realidad.

Tras largas y profundas conversaciones con clientes, después de escuchar a emprendedores que forman parte de las comunidades de las cuales soy miembro, hice un descubrimiento. No es una conclusión contundente, una sentencia definitiva o algo por el estilo. Es, tan solo, un descubrimiento. ¿De qué se trata? De una aproximación al fondo del problema.

Descubrí que lo que intimida a la mayoría de las personas, quizás a ti también, es el reto de contar toda la historia. Como si fuera una película: el rollo completo. Piensan que es algo difícil, que son demasiados elementos. No saben por dónde empezar o cómo estructurar el relato. Si eventualmente comienzan, sienten que en algún momento pierden el rumbo de la trama.

Entonces, después de reflexionar, de darle vueltas al asunto y de hasta consultarlo con la almohada, hice un segundo descubrimiento. Que, dicho sea de paso, es la razón por la cual te comparto este contenido. ¿De qué se trata? Qué tal si, en vez de enfrentarte a la película, al rollo completo, ¿trabajas el relato de tu historia por capítulos, como si fuera una serie?

El resultado debería ser el mismo: comunicar tu esencia, conectar con el mercado, con esas personas a las que puedes ayudar. Lo que cambia es el proceso. Veamóslo a través de un ejemplo: vas al restaurante y pides una pizza, tamaño mediado, que por lo general la dividen en seis porciones. ¿Qué haces? Tomas una y la consumes y solo sigues una vez la terminaste.

¿Entiendes? Tomas tu historia y la divides en un sinnúmero de capítulos: lo personal, lo laboral (qué haces, cómo lo haces, para quién lo haces), la familia (valores, sueños), tu propósito… Es como armar un rompecabezas: todas las piezas tienen un lugar, todas son importantes. Al final, sin embargo, solo verás la imagen completa si logras encontrar el lugar en que cada un encaja.

En palabras sencillas, es una estrategia que te permite dividir esa meta gigante que te intimida en una serie de pequeñas metas que asumes sin miedo. Más bien, las ves como un interesante reto y te diviertes en el proceso. A continuación, entonces, te propongo algunas pequeñas historias que puedes contar fácilmente y que, a largo plazo, construirán tu gran historia:

Moraleja

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Contar tu historia es como armar un rompecabezas: todas las piezas tienen un lugar, todas son importantes. Al final, sin embargo, solo verás la imagen completa si logras encontrar el lugar en que cada un encaja.

1.– Un sueño de infancia.
Todos los seres humanos, sin excepción, cultivamos sueños durante la niñez. Algunos de ellos, a veces la mayoría, no se cumplieron, pero te ayudaron a avanzar. Fueron una luz que alumbró tu camino. ¿Con qué soñabas tú? ¿Qué querías ser cuando grande? ¿Cuál sí se cumplió?

2.– Algo que aprendiste en un viaje.
Todos, sin excepción, hemos regresado a casa transformados de alguna forma después de un viaje. De vacaciones, de trabajo, con los amigos… ¿Qué fue eso que te cambió? ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo mejoró tu vida desde entonces? Una comida, un lugar, una experiencia…

3.– Un agradecimiento.
Todos los seres humanos, sin excepción, tenemos mucho que agradecerle a la vida. Que nos da mucho sin necesidad de pedirlo. O quizás hay alguna persona que te ayudó en un momento de oscuridad de tu vida. O algo que recibiste del más allá… Muestra tu gratitud sin temor.

4.– Algo que te represente.
¿Una canción? ¿Una afición? ¿Una comida? ¿Un pensamiento? Todos, sin excepción, nos identificamos con algo. Que haces bien y te hace sentir pleno, algo en lo que eres mejor que el promedio de las personas. Eso por lo que que unos te admiran y otros, te envidian.

5.– Lo que te voló la cabeza.
A todos, sin excepción, la vida nos sorprende con frecuencia. Nos hace revelaciones que nos cambian la forma de ver las cosas, cómo las percibimos, cómo las sentimos. ¿Cuál fue esa que en tu vida marcó un antes y un después? ¿Cómo eres mejor ahora después de eso?

6.– Qué o quién te inspira.
¿Una persona cercana? ¿Un artista? ¿Un escritor? ¿Un cantante? ¿Un deportista? Los seres humanos, todos, sin excepción, somos el resultado de las personas especiales que ejercen gran influencia sobre nosotros. ¿Quién te marcó a ti y cómo lo hizo? ¿Qué te inspiró?

7.– Una reflexión.
La incertidumbre es algo que nos agobia a todos los seres humanos, sin excepción. Nos inquieta el mañana. En algún momento, la vida nos invita a hacer un alto en el camino y reflexionar. Nada trascendental, pero sí una luz que nos permitió seguir avanzando.

8.– Una contradicción.
Los seres humanos estamos hechos de contradicciones. Muchas de ellas son inconscientes, pero hay otras de las que somos sabedores. Son una parte fundamental de la naturaleza humana y no las podemos evitar. Comparte una de las tuyas; no temas avergonzarte.

9.– Habla con tu yo joven.
Si pudieras hablar con tu yo de hace 10 o 15 años, ¿qué le dirías? ¿Qué consejo le darías? Siempre hay algo que quisimos decir y no fuimos capaces, todos sabemos algo que nos gustaría compartir con otros o con tu yo más joven para que su vida sea mejor.

10.– Comparte algo que aún no hiciste.
Los caminos de la vida son insondables y cada día nos ofrecen nuevas oportunidades. Son sueños que aparecen sin esperarlo y que se convierten en una motivación. ¿Cuál es el tuyo? ¿Viajar a un lugar específico? ¿Alcanzar un logro? Habrá otros que se identifiquen contigo.

Hay muchas más opciones, por supuesto, pero elegí estas 10. Que, además, están en un orden arbitrario: elige el tuyo, arma el rompecabezas como te guste. Si crees que falta alguna que es relevante para ti, ¡inclúyela! No pierdas de vista algo importante: es como un juego. No te lo tomes tan en serio: solo comienza, deja que el proceso te envuelva, avanza y disfrútalo.

Algo más: no tienes que publicar todos los días. Estas historias personales, en mi experiencia, son contenidos muy aceptados en los últimos días de la semana. En esos en los que hay menos responsabilidades, en los que somos más abiertos a probar algo distinto. Mi consejo es que cuentes una historia a la semana (un día fijo). Empieza y verás cómo es muy difícil detenerse…

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¿Sabes por qué las buenas historias nunca mueren?

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Son muchos los errores que se pueden cometer al contar una historia y compartirla con otros, con el mercado, con tus clientes. La lista es tanto amplia como variada. Va desde los errores ortográficos, que son inadmisibles (dadas las herramientas que hay a disposición), hasta los conceptuales-estructurales (que son los que, al final, bloquean el impacto de tu mensaje).

La mayoría de ellos, irónicamente, son inducidos. ¿Eso qué quiere decir? Que son producto de seguir el libreto de los vendehúmo que pregonan fórmulas perfectas, estructuras mágicas y más mentiras. En la práctica, son historias planas, falsas, sin esencia, sin alma, sin emoción. Historias de las que se olvidan fácilmente porque no transmiten algo que tenga valor.

Quizás pienses en lo que vemos cada día en internet: estás en lo cierto. Historias cuyo impacto está estrechamente ligado a las payasadas del influencer de turno. De las que se vuelven virales porque activan los bajos instintos, pero caducan en poco tiempo. Modelos de historias que, tristemente, muchos emprendedores y profesionales independientes replican.

Al comprobar el impacto mediático (pero efímero) piensan que es la fórmula del éxito que con tanto ahínco han buscado. Son felices porque se sienten como el pirata que, después de una larga y dispendiosa búsqueda, por fin halló el preciado tesoro. Sin embargo, no tardan en darse cuenta de que cometieron un error, de que (quizás otra vez) cayeron en la trampa de más de lo mismo.

¿Por qué es un error? Porque estas historias fruto del copy + paste carecen del ingrediente que distingue a las buenas historias (las que se recuerdan) del resto. ¿Sabes a qué me refiero? A la autenticidad. Es cierto que, en el fondo, todas las historias se parecen y comparten elementos comunes, y es lógico. ¿Por qué? Simplemente porque los seres humanos somos así, todos.

Es decir, somos parecidos (al fin y al cabo, somos una sola especie) y compartimos elementos comunes. Sin embargo, y esta es la clave, el eslabón perdido de las historias copy + paste, cada ser humano es único y distinto. No puede ser copiado. Como las buenas historias, esas que se recuerdan, que dejan huella, que generan un impacto positivo: son distintas, son únicas.

Esto me lleva a resaltar el primer grave error de la mayoría de las historias. ¿Imaginas cuál es? Asumir que todos los seres humanos somos iguales, que pensamos igual, que sentimos igual, que nos enfrentamos a las mismas situaciones, que padecemos los mismos problemas, que sufrimos el mismo dolor. Por si no lo sabías, es un cliché que perdió su efecto hace mucho tiempo.

A pesar de eso, lo vemos todavía en las películas que llegan a nuestras pantallas. Hay quienes la siguen utilizando porque fue una fórmula que les proporcionó éxito en el pasado. Y dado que no poseen más recursos, que carecen de imaginación, no les queda más remedio que usarla. Son historias (o películas) que siguen un libreto en el que acaso varían solo los nombres.

Un ejemplo: todos los seres humanos, sin excepción, hemos sufrido una pérdida. Bien sea un familiar, un amigo o, quizás, una mascota. Todos, sin excepción, hemos sentido dolor, hemos sufrido. Sin embargo, algunos la superaron más rápido, algunos hicieron el duelo en unos pocos días, algunos aprendieron a cargar con la ausencia sin que se reabriera la herida.

¿Entiendes? El dolor, como tal, la pérdida, es uno solo. Todos los experimentamos. Entonces, ¿que cambia? Las manifestaciones de ese dolor. Que son particulares, únicas de cada persona, de cada ser humano. Eso quiere decir que no podemos etiquetar a la especie bajo el mismo rótulo porque, aunque somos parecidos, aunque compartimos elementos comunes, somos distintos y únicos.

Hay personas que anhelan bajar de peso, adquirir hábitos saludables y evitar enfermedades que son potencialmente mortales. El dolor (el deseo de gozar de buena salud) es el elemento común, pero las manifestaciones son particulares. Algunas bajan de peso con facilidad y otras, sufren para reducir; algunas desarrollan rutinas con rapidez y otras, simplemente, no pueden.

¿Entiendes? Sin importar a qué te dedicas o qué le ofreces al mercado, cuando pienses en el dolor que sufren tus clientes potenciales procura ir más profundo. Recuerda que lo mejor del iceberg es lo que no se ve. ¿Qué sienten esas personas? ¿En qué circunstancias son más vulnerables? ¿Qué dispara las alarmas? ¿Cuáles son las consecuencias? ¿Cómo las controla?

Moraleja

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Lo que realmente hace que una historia sea inolvidable no son sus héroes, sus personajes creados a partir de clichés. ¿Entonces? Que sea autentica y única.

En una línea muy similar, la de la generalización, la de etiquetar a todos por igual, están los clichés de los personajes. Es algo que vemos claramente en las telenovelas que tanto nos gustan a los latinoamericanos: la niña rica, ingenua, rubia de ojos azules; el galán pobre, sin educación, trabajador y de buen corazón; el antagonista envidioso, maldadoso, vengativo…

No en vano, cada vez que vamos al cine y vemos una comedia romántica salimos con la sensación de “esta película ya la había visto varias veces”. Y de cierta forma es verdad. Lo es, porque el libreto de todas sigue el mismo patrón, la misma secuencia, el mismo desenlace. Son clichés que le gustan al espectador y, por eso, a sabiendas de su impacto, son rencauchados una y otra vez.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que en realidad no son personajes, sino arquetipos cliché, vacíos. Un arquetipo encierra una generalización que, a medida que avanza la trama, se desdibuja, se vuelve borrosa, irreconocible. Arquetipos como el héroe (¿el favorito?), el villano, el rey, el sabio, el explorador, el rebelde o el amante. Hay muchos más, decenas de ellos.

También hay arquetipos de tramas: la búsqueda de la verdad, el triángulo amoroso, el sacrificio heroico, el despertar o la popular traición. Hay otros más como el juicio, el renacimiento, el desafío, la tragedia personal o la persecución. Son modelos de éxito comprobados, pero algunos de ellos han perdido impacto por el uso excesivo, por el abuso hecho del recurso.

El error es olvidar que las personas nos identificamos con otras personas, no con arquetipos cliché. Personas con fondo, con sentimientos, con miedos, con emociones, con sueños, con logros… Personas reales. Por eso, los contenidos que apuntan a arquetipos pasan inéditos, mientras que las verdaderas historias de poder se centran en seres humanos de carne y hueso.

Una equivocación que, no sobra resaltarlo, es cada vez más frecuente en esta era de la inteligencia artificial generativa. Que, seguro lo sabes, quizás lo has padecido, abusa del cliché, de las generalizaciones, de los argumentos sin profundidad. Esmérate en crear personajes verdaderos, de la vida real. ¿La clave? Identifica las características que lo hacen auténtico y único.

Por último, el error más grave, el error más común. ¿Sabes a cuál me refiero? A caer en la trampa de centrar nuestra historia en la venta y no en la transformación que experimentará nuestro cliente una vez obtenga lo que le ofrecemos. La transformación es tanto la razón de ser de la historia que cuentas como de tu negocio, de lo que haces, cómo lo haces y por qué lo haces.

Si tu único o principal objetivo es vender y ganar mucho dinero, quizás lo logres. Es posible también que te conviertas en alguien popular o famoso y que, fruto del dinero ganado, puedas darte los lujos que siempre anhelaste. Algunos te dirán que eres un afortunado si lo consigues, pero claramente no seré uno de ellos. Para mí, ese es un objetivo vacío, además de egoísta.

Y es, muy seguramente, la razón por la cual no soy millonario. Me gusta ganar dinero, lo necesito para vivir, pero mi propósito va un poco más allá. ¿Recuerdas cuál es? Producir un impacto positivo en las personas que me permiten ser parte de su vida, inspirarlas a trabajar en la tarea de construir su mejor versión y motivarlas a cumplir con la misión de ayudar a otras.

La mayoría, casi todos, te dicen qué vas a recibir (curso, pdf, video…),  pero eso, créeme, es irrelevante. Lo que en realidad importa, lo trascendental, es en qué clase de persona se va a convertir, se va a transformar quien acepte tu invitación, quien compre tu producto. ¿Cómo va a mejorar su vida? ¿Qué dolor desaparecerá? ¿Qué sueño se hará realidad? ¿Será más feliz?

La transformación no es el resultado, sino el proceso. Como la larva que se transforma en una hermosa mariposa. Lo trascendental no es en qué se convierte, sino lo que experimenta en camino de ser algo distinto. Ese proceso, salpicado de dolores, dificultades, oportunidades y logros, es lo que trasciende. Esa transformación es aquello por lo que tu cliente está dispuesto a pagar.

No se trata, entonces, solo de contar historias. Tristemente, en este mundo de histerias, de afanes y de clichés, el storytelling ha sido prostituido, rebajado, menospreciado. Sin embargo, si desarrollas la habilidad de contar historias reales, con personajes reales (de carne y hueso, con sentimientos), que viven problemas reales y son capaces de resolverlos, lograrás impactar.

No olvides que el vehículo que impulsó la evolución de la humanidad, de la especie, fue el arte de contar historias. A partir de ellas los cavernícolas transmitían conocimientos y creaban el legado que las siguientes generaciones aprovecharían para desarrollarse. No olvides, tampoco, que los seres humanos, todos, somos una colcha de retazos de las historias que vivimos.

Por último, no olvides que los recuerdos más gratos de aquellos que ya partieron de este mundo están representados, precisamente, por historias. Los momentos que compartimos con ellos, los recuerdos inolvidables, los aprendizajes invaluables. Parodiando la película y la canción Los héroes nunca mueren, ahí va la moraleja: las buenas historias nunca mueren

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Estos son los 5 emails que debes enviar en tu primera secuencia

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El email, que apareció en nuestra vida en la segunda mitad de los años 90, pero se demoró casi una década en consolidarse, hoy es una herramienta imprescindible. Ya no solo para recibir y enviar correos electrónicos, su uso básico, sino que ahora también es la puerta de entrada a múltiples beneficios. Sin una dirección de correo electrónico, eres un cavernícola.

¿Por qué? Porque es el pasaporte para registrarte en un banco, en las redes sociales o en los servicios de suscripción (streaming, televisión, telefonía, plataformas digitales). También, para suscribirse a una newsletter, a un curso virtual, a la base de datos de un mentor. Para muchas cosas, la dirección de correo electrónico es más útil que el documento de identidad.

Recuerdo que, por allá en 1997, cuando “eso de internet” despertaba más incertidumbre y temores que ilusión, tener una cuenta de correo electrónico era un lujo. Significaba que en tu casa o en tu trabajo había un computador (de escritorio, por supuesto). En esa época, hace menos de 30 años, la conexión era a través de la vía telefónica: ruidosa e inestable.

Algunas personas abrían la cuenta, pero no recibían correos. ¿Por qué? Porque la promesa de ‘la red de redes’, como nos vendieron internet, era precaria. Y, además, eran escasos los proveedores de servicios: Yahoo! y AOL proporcionaban cuentas de correo electrónico y la conexión a internet casi siempre había que piratearla porque la suscripción era costosa.

Por fortuna, el vehículo de la tecnología viajaba a velocidades asombrosas. A la vuelta de unos pocos años, tener un computador en casa ya no era un lujo, las conexiones mejoraron y aparecieron actores como Hotmail o Gmail, que facilitaron que el uso del correo electrónico se popularizara. Luego, la irrupción de las redes sociales lo convirtió en algo ‘obligatorio’.

Según el portal australiano ProsperityMedia, cada minuto se envían 150.000 correos, lo que se traduce en más de 215 millones al día. ¡Una barbaridad! Una de las explicaciones es que la mayoría de las personas tenemos más de una cuenta de correo electrónico y que este se convirtió en la principal herramienta de comunicación en el trabajo, a nivel interno y externo.

Mientras, el Digital Global Report 2025 nos dice que al menos 5.560 millones de personas son usuarios individuales de internet. Eso significa casi el 70 % de la población mundial. En Estados Unidos, el 93,3 % de los ciudadanos usan internet, mientras que en Suramérica es el 83,2 %. La región con menor penetración de esta tecnología es el oriente de África (28,5 %).

Al comienzo, en los años 2000, los correos electrónicos se restringían al ámbito laboral y la mayoría eran gestionados (recibidos y respondidos) desde computadores del trabajo. Hoy, en cambio, gracias al teléfono móvil, casi la mitad de los correos (46 %) se abren en este dispositivo. El 85 % de los usuarios consulta sus cuentas a través de un smartphone.

El impacto del email responde a que posee una serie de superpoderes. ¿Sabes cuáles son?

1.- Personalización. No solo el diseño, no solo el saludo, sino en especial, el contenido. Es decir, darle a quien lo recibe justo lo que desea o necesita. Crucial para generar confianza

2.- Segmentación. No importa el tamaño de tu audiencia, la cantidad de suscriptores que hay en tu base de datos. Contenidos creados para públicos definidos, con intereses afines

3.- Automatización. Hoy disponemos de una diversidad de plataformas, muchas gratuitas, que nos permiten el envío masivo y el ahorro de tiempo a través de la programación

4.- Alto retorno de inversión (ROI). El resultado de tus campañas de email marketing es mejor que la publicidad. Por su bajo costo, puede impulsar los ingresos de tu negocio

5.- Comunicación directa (relaciones). Conexión directa, sin intermediarios, que facilita la interacción. Fomenta la confianza y la credibilidad, promueve y fortalece las relaciones

6.- Formato flexible. Al comienzo, solo se podía enviar texto sin formato. Hoy, los emails son interactivos, pues permiten incluir imágenes, color, videos, animaciones, archivos…

7.- Medición y optimización. Una de las características más importantes. Puedes hacer un seguimiento detallado para establecer el comportamiento de tu audiencia. ¡Es oro puro!

8.- Pruebas A/B. Una función, muy útil y poco utilizada, que se complementa a la perfección con la segmentación y la medición y optimización. Ideal para conocer a tus audiencias

9.- Fuente de tráfico orgánico. Si tienes otras propiedades digitales, como una web, a través del email puede enviarle tráfico orgánico (gratuito) de prospectos cualificados. ¡Eureka!

10.- Posicionamiento. A largo plazo, si nutres y fortaleces la relación con tu audiencia, te posicionas como una autoridad. Ninguna otra herramienta te da resultados similares

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para seguir)
Escribir buenos emails o crear secuencias de email de impacto no es un arte, ni una ciencia y tampoco es un privilegio o un don. Se trata de una habilidad y, como tal, cualquiera la puede aprender y desarrollar.

Todos recibimos y enviamos innumerables correos electrónicos cada día. Es el canal de comunicación por excelencia en el trabajo y en los negocios, también en las relaciones. Por eso, justamente, resulta insólito que haya tantas personas que digan que les cuesta escribir un email y transmitir un mensaje o, peor, que deleguen esa tarea en la inteligencia artificial.

Para tratar de solucionar el problema, la mayoría suele optar por dos caminos. El primero, el famoso y patético copy + paste, que pisotea la personalización y le resta poder al mensaje. El segundo, hacer uso de las plantillas que los vendehúmo promueven como hacedoras de milagros, pero que tampoco sirven. Email sin originalidad y autenticidad es pura basura.

Lo mismo sucede con las secuencias de emails, que son una herramienta poderosa en procesos como lanzamientos o captación de prospectos (o suscriptores). En este último caso, se recomienda que una vez la persona se suscriba a tu lista de correo pongas en marcha una estrategia de seguimiento, la misma que muchos llaman ‘de bienvenida’.

Algunos la implementan, pero cometen errores básicos que la echan a perder:

1.- Dan rienda suelta al ego, es decir, se limitan a hablar de sí mismos, de su empresa, de sus “maravillosos productos”, de sus hazañas, de sus bienes, de su cuenta bancaria…

2.- Se lanzan a vender en frío, sin caer en cuenta que la relación apenas comienza, sin saber si esa persona que se suscribió necesita o busca lo que pueden ofercerle…

3.- Hacen un mal uso del storytelling y se dedican a contar historias sin contexto, sin un propósito claro. Las historias son útiles si están respaldadas por una buena estrategia…

4.- Se empeñan en enviar mensajes relacionados con temas que nada tienen que ver con su especialidad o con el producto o servicio que ofrecen. Al final, distraen a sus prospectos…

La única justificación de esta primera secuencia, la de ‘bienvenida’, es comenzar a aportar valor. ¿Eso qué quiere decir? Que el contenido de tus correos electrónicos debe apuntar a establecer, nutrir y fortalecer el recién creado vínculo con tu prospecto. En últimas, se trata de comenzar a conversar con esa persona, generar una interacción auténtica y fluida.

Ahora, por favor, no caigas en la trampa de creer que hay una fórmula secreta o un libreto perfecto para escribir emails o para crear esta primera secuencia. El contenido de esos mensajes depende, fundamentalmente, de las características de tu audiencia, de la calidad de la relación que hayas establecido con esas personas. Todo lo demás es humo…

Una propuesta de secuencia es la siguiente:

1.- Email # 1 – Hazlo sentir importante. No solo es darle las gracias por suscribirse, sino hacerle saber que todo lo que haces y cómo lo haces tiene un porqué: ÉL, tu suscriptor. Dile que le vas a dar valor sin restricciones y que no escatimarás esfuerzos para ayudarlo

2.- Email # 2 – Infórmale qué esperas de él. La clave es que entienda que una relación es algo de dos, un camino de doble vía. Exprésale que su retroalimentación es valiosa, recalca que los resultados esperados solo serán posibles en la medida en que esté comprometido

3.- Email # 3 – Comparte algo de tu historia personal. NO toda tu historia personal. ¿Por ejemplo? El hecho que marcó el antes y el después de tu transformación. Cuenta qué vivías antes y cómo vives ahora, el bienestar que disfrutas. Sé auténtico y empático

4.- Email # 4 – Explica el proceso. ¿Qué haces?, ¿cómo lo haces?, ¿qué recursos y ayudas usas?, ¿cómo se miden los progresos? Cuanto más claro sea este mensaje, mejor porque así conseguirás que esa persona esté comprometida. Ah, no te olvides de las recompensas…

5.- Email # 5 – Pídele una primera acción. Nada trascendental, solo para animarlo a dar un primer paso, para saber si te sigue. ¿Por ejemplo? Que responda una pregunta, que vea un video, que descargue un reporte que preparaste especialmente. Una acción sencilla, rápida

El objetivo de esta primera secuencia es determinar la temperatura de ese prospecto. En otras palabras, es un filtro que te permitirá establecer en qué punto del proceso se encuentra. Es un primer indicio para determinar qué clase de contenido requiere para avanzar. Y no te extrañes si en el camino algunos se dan de baja: es autoselección…

Escribir buenos emails o crear secuencias de email de impacto no es un arte, ni una ciencia y tampoco es un privilegio o un don. Se trata de una habilidad y, como tal, cualquiera la puede aprender y desarrollar. ¿La clave? Date una oportunidad. No uses inteligencia artificial para escribir tus correos: intenta conectar como ser humano. Te aseguro que no te arrepentirás…

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Si tu historia carece de estos dos elementos, ¡no sirve!

Si lo prefieres, puedes escuchar el artículo completo

Nos dicen, con insistencia, que “la práctica hace al maestro”. Eso quiere decir que, en teoría, una tarea que repetimos muchas veces a largo plazo aprendemos a realizarla correctamente. Sin embargo, la realidad, es decir, la práctica en el mundo real, nos enseña que no siempre es así. De hecho, hay algunas acciones que ejecutamos mal, a pesar de la repetición…

Se trata no solo de un error aprendido a partir de la práctica constante, sino también de uno inducido. ¿A qué me refiero? Al incesante e inclemente bombardeo mediático a través del cual nos quieren controlar. Nos dicen no solo qué hacer, sino cómo, dónde, cuándo y por qué. Como si no hubiera opción, como si fuera el único camino posible, como un mandato.

Un ejemplo: pregonan que “si quieres vender más, tienes que contar historias”. Una afirmación que ya incorpora una mentira: las historias sirven para conectar, para generar identificación y, a partir de ahí, comenzar el proceso de marketing que puede traducirse en una venta. La historia, por sí misma, no vende: lo que vende es la estrategia tras bambalinas.

Otro: “La estructura de una historia incluye la introducción (planteamiento del conflicto), el nudo (o desarrollo de los eventos) y el desenlace (o conclusión)”. Si te limitas a seguir esto paso a paso, tus historias serán patéticamente aburridas y a nadie le interesarán. ¿Por qué? Porque serán repetitivas, monótonas, y no podrás conectar con las emociones.

La verdad es que todas, absolutamente todas las historias, incorporan una introducción, un nudo y un desenlace. Sin estos ingredientes, no serían una historia. Lo que los gurús de las redes sociales y los vendehúmos del storytelling no te dicen es que hay mil y un arcos narrativos (o argumentales) para contar tu historia. Es como armar un rompecabezas.

¿Eso qué quiere decir? Que, en virtud del arco narrativo que elijas, tu historia tendrá un desarrollo distinto, único. Uno que la diferencia de todas las demás, que la hace auténtica y, sobre todo, atractiva. Haz de cuenta que es como una montaña rusa: todas tienen subidas, bajadas, curvas, velocidades, pero cada una es distinta de las demás, es única.

Así, por ejemplo, hay películas o series con un desarrollo lógico o convencional, lineal. Uno que sigue el curso de los hechos, sin alterarlos: solo los narra. Otras, en cambio, comienzan por el final, nos dan una referencia y regresan al punto de partida. Algunas más, en cambio, se inician en un punto intermedio y se desarrollan en un ir y venir en el tiempo.

Recuérdalo: hay mil y un arcos narrativos distintos que puedes utilizar. No siempre tiene que ser el mismo (introducción, nudo y desenlace). Además, aunque utilices varias veces el mismo arco narrativo tu historia será diferente. ¿Por qué? Por los hechos, los personajes, las circunstancias y los aprendizajes (o lecciones). También, por el mensaje que transmite.

Ahora, volvamos al comienzo: a veces, muchas veces, a pesar de repetirlo una y otra vez, lo hacemos mal. Es algo aprendido y, también, inducido. Todos los días, sin excepción, los seres humanos contamos historias. No la gran historia, quizás, sino esos episodios cotidianos de la vida que, sumados, van delineando nuestro camino en este mundo. Son historias al natural.

¿Eso qué significa? Que cuando le cuentas a tu hijo cómo fue tu día, qué hiciste mientras él iba al colegio, no sigues una estructura específica, consciente. Es un relato que surge de las emociones, que a veces es detallado y otras, un viaje fugaz. En esencia, son historias efímeras, de esas que se olvidan rápidamente porque no tienen mayor trascendencia.

Cuando te sientas con un amigo o un colega de trabajo a tomar un café y conversar, haces lo mismo: cuentan historias, intercambian experiencias. Cada uno utiliza tanto su imaginación como su conocimiento y su memoria para darle un toque personal a ese relato. Cada uno echa mano de sus creencias, pensamientos y miedos para sazonar la historia.

Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando te cuentan un chiste. Lo escuchas, te ríes y lo grabas en tu mente. Luego, al día siguiente en el trabajo, en la comida con tu familia o el fin de semana con tus amigos, lo cuentas. Ya no es el mismo chiste, porque le agregas algo, le das tu tono, le pones pimienta con tus gestos, con tu lenguaje no verbal. Es una historia nueva.

La estructura es la misma, el desarrollo es el mismo, pero es una nueva historia. ¿Por qué? Porque tú la cuentas como nadie más puede hacerlo. Lo haces desde las emociones que te despierta ese chiste, desde tu gracia, desde los recuerdos que guardas en tu corazón. Si el mismo chiste lo cuenta otra persona quizás nadie se ría, porque tú marcas la diferencia.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente.
Los seres humanos amamos las historias porque reflejan lo que nos hace valiosos, lo que somos. Y lo que somos es el fruto de lo vivido, de lo aprendido, de lo sufrido, de lo disfrutado, de lo perdido…

Y eso, justamente, es lo que sucede con las historias. Y es, también, el mensaje que quiero que te lleves con este contenido. Si bien la estructura es necesaria, si bien debes elegir el arco narrativo adecuado, lo que le da poder a tu historia es lo que tú compartes a través de ella. Eso que te hace único y especial, eso que ningún otro ser humano puede hacer como tú.

“Cuando rechazamos una parte de nuestra historia, rechazamos una parte esencial de nosotros mismos, de lo que somos”. Esta frase me la encontré en internet y de inmediato llamó mi atención. Lo que nos hace valiosos como seres humanos es lo que somos, y lo que somos es el fruto de lo vivido, de lo aprendido, de lo sufrido, de lo disfrutado, de lo perdido…

Es el poder de nuestra perspectiva, el mayor poder que poseemos los seres humanos. El poder de nuestra historia de vida, lo más valioso que podemos atesorar. Somos héroes, pero también, villanos. Somos víctimas, pero también, victimarios. Somos ganadores, pero también, perdedores. Somos luz, pero también, sombra. Somos fuente de inspiración ilimitada.

El universo nos ha dotado con un increíble superpoder: nuestros errores, fracasos, creencias, éxitos, logros, aprendizajes, miedos, sueños… También, nuestros aliados, enemigos, rivales, así como las circunstancias que vivimos, las actividades que desarrollamos, las decisiones que adoptamos. Todo esto configura la esencia de nuestra historia de vida.

Los expertos del arte de contar historias en inglés, en Estados Unidos, hablan de struggling and overcoming, de luchar y superar. Es un pilar transversal de su storytelling, sin importar si es una historia de mafia, de negocios, de caballeros espaciales o de jóvenes enamorados. Sin importar si es una película de cine, una serie de televisión, un cómic o una novela escrita.

Si tu historia carece de struggling and overcoming, de lucha y superación, ¡no sirve! O, dicho en otras palabras, a nadie le va a interesar. ¿Por qué? Porque por naturaleza los seres humanos, todos, sin excepción, nos vemos en el espejo de otros. Queremos ser como otros, como el exitoso millonario, como la mujer hermosas que atrae todas las miradas…

Sin embargo, no cualquier millonario, no cualquier mujer hermosa. En especial, queremos ser iguales a los que sufrieron las injusticias de la vida, a los que fueron atacados sin razón, a los que cometieron graves errores que los hicieron caer. Queremos ser iguales a esos que, a pesar de todo y de todos, se levantaron, se sacudieron el polvo, continuaron y… ¡triunfaron!

No es un descubrimiento, por supuesto. Ese es el libreto de las telenovelas, que tanto nos gustan a los latinoamericanos. Es el libreto de las comedias por las que los estadounidenses pasan horas enteras frente al televisor, con las crispetas de maíz y la cerveza a la mano. Es el libreto de sagas como Harry Potter, que nos atrapan en el cine o en las páginas de un libro.

Es el libreto de la vida, en suma. Porque no hay un ser humano que no haya sufrido, que no haya caído, que no haya fracasado, que no se haya equivocado. Todos hemos pasado por esto. Sin embargo, apenas una minoría logra cruzar esa delgada línea que separa el fracaso del éxito, al dolor de la felicidad, en fin. Son esas, justamente, las historias que queremos conocer.

Nos hace sentir bien saber que otros sufren, lloran, fracasan, se retuercen de dolor y se revuelcan en el barro. Nos alivia saber que otros han padecido cosas peores que nosotros. Nos inspira descubrir que algunas de esas personas superaron las dificultades, cambiaron el rumbo de esas circunstancias negativas y fueron protagonistas de historias con final feliz.

Los seres humanos, todos, amamos el storytelling porque es reflejo de lo que somos, un espejo de lo que somos. Por eso, me decepciona que haya tantas personas, y quizás tú eres una de ellas, que se niegan a abrir su corazón y contar su historia de vida. Que no comparten lo que son y lo que han vivido porque temen sentirse vulnerables, temen ser desaprobadas.

Contamos historias todo el día, todos los días, pero son historias efímeras, sin impacto. Las repetimos sin cesar porque así nos enseñaron, porque así nos dicen que se debe hacer. Pero son historias que carecen de poder porque no involucran struggling and overcoming, no hay lucha y superación. Lo irónico es que disponemos del mejor libreto posible: la vida real.

No eres un ser humano perfecto. No eres un padre perfecto, o un esposo perfecto, o un trabajador perfecto. Nadie lo es. Sin embargo, quienes te conocen, quienes conocen tu historia de vida, tu struggling and overcoming, te aman. Te aceptan y te quieren en su vida. Ese es tu superpoder, ese es tu mayor éxito, ese es tu logro más grande: compártelo y disfrútalo.

P. D.: si aún no te atreves a contar tu historia de vida o si, más bien, no sabes cómo hacerlo, no dudes en contactarme (caredugo@mercadeoglobal.com). Con gusto, te orientaré en el proceso y te ayudaré a obtener la recompensa de inspirar a otros…

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La IA desveló el secreto del éxito de las historias de impacto

“Érase una vez…”. Cada vez que escuchamos estas tres palabras, nuestra mente se transporta, nos transporta. Muy probablemente a la niñez, cuando nuestros padres leían un cuento o nos contaban un relato a la espera de que nos quedáramos dormidos. Momentos que, sin duda, están ligados a recuerdos felices, a una época inolvidable de la vida.

Conozco médicos pediatras que les recomiendan a las mujeres embarazadas contar una historia feliz en voz alta cuando su bebé está inquieto en el vientre. Otros sugieren que se usen melodías suaves, tranquilas, armónicas (sin estridencias, nada de reguetón), que producen el mismo efecto: transmiten un mensaje que el bebé capta y disfruta.

Lo increíble, el dato que a veces pasamos por alto, es que estamos hechos de historias. O, dicho de otra manera, el ser humano y las historias son una unidad indivisible: no podemos vivir sin las historias. Es a través de ellas que comprendemos la realidad, que lidiamos con ella, y son también el canal que nos permite vincularnos con los demás, con el entorno.

Recientes investigaciones acerca del poder y del impacto de las historias en los seres humanos lograron establecer algunas teorías apasionantes. Una de ellas asegura que cuando el Homo sapiens se encontraba en pleno proceso de evolución, ya utilizaba las historias para compartir sus experiencias, en especial las aventuras de cacería.

No solo porque era una actividad básica de aquellos tiempos, sino porque… ¡brindaba estatus en la comunidad, en su tribu! Es decir, no todos eran cazadores, no todos eran buenos cazadores y, lo imaginarás, no todos podían contar el cuento al final de la cacería. Ese era un privilegio reservado para los mejores, para los vencedores, para una élite.

Contar esas historias, además, era una cuestión de supervivencia. En aquellos tiempos, el entorno no era propiamente gentil con el hombre, que dedicaba sus días prácticamente a dos tareas. La primera, conseguir alimento, para lo cual debía salir a cazar, exponiéndose a ser él la presa de un depredador; la segunda, sobrevivir, por lo que debía luchar contra múltiples fieras.

Entonces, más allá de relatar eventuales actos heroicos, y regocijarse con ellos, contar las historias de sus aventuras de caza también cumplía el objetivo de enseñar a otros, a las nuevas generaciones, cómo ganar, cómo sobrevivir. Las historias encerraban la información que se requería para enfrentar ese mundo exterior hostil con alguna probabilidad de éxito.

Más adelante, cuando ya las demás especies habían dejado de ser una amenaza inminente, el hombre comenzó a contar otro tipo de historias. ¿Cuáles? Compartió sus experiencias en el formato de los problemas que había encontrado y cómo los había resuelto. Tras esos relatos también había un interés ególatra, que lo enaltecía y lo hacía diferente del resto.

¿Por qué? Porque se asumía que ‘solo los más inteligentes, los resolutivos, los valientes’, podían enfrentar los problemas y resolverlos satisfactoriamente. Eran, por supuesto, los líderes de las manadas, los que tomaban las decisiones, los que decían la última palabra. A ellos se los consideraba más inteligentes y se los veía con una singular reverencia.

Sin embargo, de manera casual, “sin querer queriendo” como diría el Chavo del 8, hallaron la estructura ideal para escribir historias de impacto. Que no es, como algunos pregonan, “una fórmula mágica” o “un don exclusivo concedido a unos pocos” o “un libreto perfecto”. Se trata de una guía, de un modelo que puede ser adaptado en función de las necesidades.

¿Cuál fue ese genial descubrimiento? Establecer que el formato de resolución de problemas es el núcleo de la estructura de la historia. A partir de las historias, el Homo sapiens aprendió a resolver problemas que le garantizaron la subsistencia. ¡Eureka! Una realidad que hoy, miles de años después, permanece vigente aunque las circunstancias, claro, son muy distintas.

A través del relato, del storytelling, la audiencia puede conectar con el cerebro del contador de la historia y convertirse en protagonista de esta. A la vez, el contador entra en el corazón de cada persona de la audiencia y genera un impacto con su mensaje. Le enseña cómo resolvió el problema, despierta su héroe interno y lo empodera para que actúe.

Ten en cuenta que era una época en la que no había medios o canales de comunicación y, mucho menos, internet o redes sociales. Épocas en las que la única forma de compartir y de transmitir el conocimiento adquirido a partir de las experiencias era contar historias. Ese, precisamente, es el valor de una buena historia, que hoy también sigue vigente

Recientemente, utilizando la inteligencia artificial, investigadores se dieron a la tarea de tratar de determinar cuál es la estructura oculta de las historias memorables y por qué está tan arraigada en nuestro cerebro. Analizaron miles de películas de cine y televisión, libros (novelas, en especial) y muchos videos. Un reto, sin duda, interesante y muy apasionante.

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De acuerdo con estos estudios, las historias que mejor funcionan son aquellas que explican claramente el problema al que se enfrenta el protagonista, muestran el contexto en detalle, exploran las opciones que una persona común consideraría para resolverlo y, por último, nos brindan la solución. Un ingrediente más: nos dicen qué alternativa no funciona.

La respuesta corta, la simple, es que se trata de la estructura de resolución de problemas. Que, en últimas, es lo que todos los seres humanos anhelamos, solucionar los problemas que nos aquejan, los que nos restan tranquilidad, los que consumen nuestra energía y minan la salud. Buscamos respuestas, certezas, y las buenas historias las proporcionan.

La premisa es sencilla: el mercado (las personas) tiene un problema. Quienes ya recorrieron ese camino y acreditan la experiencia, quienes ya solucionaron el problema, exploran sus vivencias, intuyen la solución y, una vez la tengan, crean una historia y la comparten con el resto, con el mundo. Punto final, fin de la historia. Cae el telón y se escuchan los aplausos.

Aunque se antoje demasiado elemental, esa es la estructura tras bambalinas del éxito de la mayoría, casi todas, las historias de impacto a través de los tiempos. En radio, cine, televisión o cualquier formato digital; en cualquier género, en cualquier época. Lo increíble, lo que hoy muchos pasan por alto, es que siempre fue así, las historias se contaron siempre así.

Lo que las investigaciones han establecido es que las historias son un método efectivo para entrar en la mente (cerebro) de alguien y ver cómo ayudarlo a solucionar sus problemas. En otras palabras, una buena historia es, simplemente, un modelo de aprendizaje. Inteligencia natural poderosa, gratuita, generosa. Que, no sobra decirlo, está al alcance de cualquiera.

Ahora, regresemos a la era del Homo sapiens, a las cavernas. El hombre no era la especie más fuerte, tampoco era la más rápida, lo que lo convertía en un blanco fácil, en un objetivo vulnerable. Sin embargo, ¡fue la única especie que logró sobrevivir! ¿Cómo lo hizo? Gracias a su capacidad para resolver los problemas que se le presentaban, para adaptarse a ellos.

Eso le permitió evitar la extinción que borró del planeta a los que eran más fuertes, a los más rápidos. Y la historia nos ofrece mil y uno capítulos similares, mil y una películas parecidas: países que se levantaron tras ser arrasados en la guerra o los que se sobrepusieron a las tragedias naturales. Las historias contadas por los sobrevivientes mantuvieron vivo el fuego de la vida.

Regresemos al presente: desde la irrupción de internet, hace 30 años, y con eventos como la pandemia provocada por el COVID-19 de por medio, millones de empresas y negocios se extinguieron. Como los dinosaurios, como los depredadores a los que tanto temía el Homo sapiens. Empresas y negocios grandes y pequeños, de todas las industrias, fueron incapaces de sobrevivir.

Otros miles, en cambio, se salvaron. Aunque eran más frágiles, aunque también fueron golpeados con dureza, sobrevivieron. Si bien cada caso es particular, y único, al revisar es posible establecer que estos negocios tenían una conexión con el mercado, con sus clientes. Eran parte importante de su vida y fue precisamente la fidelidad de estos lo que los salvó.

Hoy, tristemente, muchas empresas, negocios y profesionales independientes son parte de la infoxicación de los canales digitales. Más de lo mismo, la repetición de la repetidera, la feria del copy + paste… No trascienden, no conectan, no venden y, por ende, están condenados a desaparecer. Irremediablemente, se extinguirán porque no sabrán resolver sus problemas.

Si le consultas a Mr. Google acerca de la estructura del storytelling, de las historias de impacto, te llevará bien al Viaje del héroe, que no se aplica a todas las historias, o a la más popular: introducción, desarrollo y desenlace(algunas incluyen el contexto como segundo elemento y otras, la moraleja al final). Esta, sin embargo, tropieza con la misma piedra.

¿Cuál? Se concentra en los hechos, que son racionales, y se olvida de la esencia de las buenas historias, que son las emociones. Por eso, son historias efímeras, que se olvidan rápido, que no trascienden. Además, porque su estructura no les permite cumplir con el propósito fundamental de las historias de impacto: ¡sí!, resolver los problemas de tus clientes.

Moraleja: olvídate de los hechos, de tu producto, de tu marca, de tu empresa, y concéntrate en lo único que en verdad es importante. ¿Qué? Sumérgete en las profundidades del cerebro de tu cliente y ayúdalo a encontrar la solución que requiere. Cuéntale la historia a través de la cual pueda activar el superhéroe que hay en su interior y experimentar la transformación que anhela.

Como suele ocurrir, en este tema no hay una última palabra, una única verdad. Sin embargo, ten en cuenta que esta teoría se basa en el estudio de miles de historias exitosas, analizadas por la inteligencia artificial. Y no olvides que la rueda ya fue inventada: si tantas historias de impacto siguen este patrón, sería una necedad elegir un camino diferente. ¿Tú qué opinas?

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El secreto del éxito de Starbucks: ‘detrás de cada historia hay un café’

Una de las premisas útiles de la vida, en cualquier actividad, es aquella de seguir la estela marcada por quienes están donde tú quieres estar o, de otra forma, dejaron huella y nos señalaron cuál es el camino que debemos recorrer. Se trata de acortar la curva de aprendizaje y, en especial, de evitar los errores frecuentes. Ah, claro, de replicar los aciertos.

Cada día, sin excepción, a través de múltiples medios nos enteramos de marcas, tanto de las empresariales como de las personales, que facturan millonarias cifras a partir del contenido que comparten. Cifras que, por supuesto, a todos nos gustaría ganar. Sin embargo, no es tan sencillo como pararse frente a una cámara, grabar un video y publicarlo en redes sociales.

En efecto, no se trata de imitar a los patéticos influenciadores que bailan, payasean y hacen el ridículo para, al final, no transmitir ningún mensaje. O, peor, los que se aprenden un libreto y, también con sobredosis de histrionismo, nos quieren vender la pócima de la felicidad, la pomada de la eterna juventud o el abecé para convertirte en millonario en 24 horas…

Se trata de estrellas fugaces, de poco brillo, que se esfuman en un dos por tres. Quizás haya alguno que gane dinero, pero ya sabes la premisa: “lo que por agua viene, por agua se va”. Y no son un modelo que debas imitar, porque corres el riesgo de transformarte en otra más de las especies tóxicas que abundan en el ecosistema digital y son devoradas por depredadores.

En cambio, si miras para otro lado, para el lado de las estrategias consistentes, te vas a encontrar con ejemplos dignos de imitar. Uno de ellos, el de Starbucks. Sí, la famosa marca fabricante de café surgida en 1971 en Seattle (EE. UU.). Hoy, tiene más de 35.000 tiendas en 80 países y es referente no solo de la industria del café, sino de la creación de contenidos.

Al punto que acaba de anunciar la creación de Starbucks Studios. ¿Sabes qué es? Lo promociona como “un estudio de producción propio”, al mejor estilo de Hollywood. ¿Cuál es el objetivo? Crear contenido de entretenimiento, para generar recordación de marca y fidelizar a sus clientes en todo el mundo, a través de historias propias. Genial, ¿cierto?

“Detrás de cada café hay una historia” es el lema de la compañía. Y, quién lo duda: un buen café, oscuro y caliente (o como lo prefieras) es la mejor compañía cuando estás con quienes más quieres, familia y amigos, compañeros de trabajo o, inclusive, una compañía ocasional. O, también, cuando estás solo, en casa, en una tarde lluviosa y fría: nada mejor que un café…

Según el comunicado emitido por la empresa, “la iniciativa responde a la creencia en el poder de la creatividad y la narración de historias para fomentar la conexión y las conversaciones humanas. Fíjate que no se trata de intentar vender, de hablar de la marca o de simplemente hacer presencia en las redes sociales o algún otro canal digital.

¿Entonces? Lo que hay detrás es una estrategia, con un mensaje subliminal muy bien manejado, destinado a crear el ambiente propicio para que los amantes del café, que además sean clientes de Starbucks, consuman la bebida. ¡Genial! No dice que venden el mejor café del mundo, o que tienen tantos seguidores en RR SS; todo eso es irrelevante.

Para llevar a cabo su objetivo, Starbucks estableció una alianza con Sugar23, una empresa de producción multimedia y gestión de talento creativo. Otra lección subliminal poderosa: tú enfócate en lo que sabes, en aquello de lo que res experto, y para otras tareas asóciate con quien lo haga muy bien y mucho mejor que tú. Es la sinergia a través de la unión de fortalezas.

Y no es publicar por publicar, hacer ruido, la trampa en la que han caído tantos. “La intención del estudio de nueva creación es atraer talento de la industria audiovisual para generar contenido de entretenimiento prémium”, asegura. Y hay más: El objetivo es crear historias juntos para unir a las personas y generar momentos de deleite”. Será algo extraordinario.

Según Christy Cain, vicepresidenta de marketing de marca de Starbucks, “este proyecto avanza en nuestra misión de fomentar las posibilidades ilimitadas de la conexión humana”. Y agrega: Nos sentimos honrados de tener la oportunidad de arrojar luz sobre las historias y las personas que nos inspiran, aquellas que están generando un impacto positivo en el mundo”.

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Por su parte, Michael Sugar, CEO y fundador de Sugar23, expresó: “La narración de historias está profundamente arraigada en lo que hace Starbucks, y Starbucks Studios es una extensión natural de estos esfuerzos. Juntos, aprovecharemos el poder de la narración para fomentar conexiones, inspirar cambios y construir un sentido de comunidad más fuerte.

Por si no lo sabías, Starbucks incursionó en el increíble mundo de las historias, del storytelling, desde hace años. En 2016, por ejemplo, lanzó la serie Upstanders, a través de la cual reunió las historias de 10 personas anónimas que realizaban acciones de extraordinario impacto en su comunidad. Fue tal el éxito de esta iniciativa, que se extendió dos temporadas.

Más adelante, en 2019, produjo el documental Hingakawa. El objetivo era conmemorar los 25 años del genocidio de Ruanda, una de las más lamentables y vergonzosas matanzas de la historia de la humanidad. Relata la historia de dos mujeres amigas, de etnias distintas, que encontraron coincidencias y afinidades en sus experiencias a partir de la industria del café.

Recientemente, AB InBev, la fábrica de cervezas número uno del mundo (Anheuser-Busch), y el grupo de lujo LVMH (comercializa productos de marcas como Louis Vuitton, Dior, Givenchy y más) también crearon sus propios estudios de producción de contenidos. Sin embargo, no pienses que se trata de una tendencia o de una moda pasajera. Es una estrategia sólida.

Sí, basada en la certeza de que la generación de contenidos especializados, profesionales, que conecten con sus audiencias, es la mejor inversión para las empresas. Netflix, Adobe, Amazon y Apple son algunos otros ejemplos de gigantes del mercado, en distintas industrias, que han hecho del marketing de contenidos el principal aliadopara comunicarse con el mercado.

Lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor (al menos, lo que más disfruto)? Que con estas iniciativas se derrumba el mito (la mentira) de que estas grandes empresas venden miles de millones de dólares por la calidad de sus campañas, por el copy de sus avisos, por el poder de sus mensajes. Ciertamente ayudan, y mucho, pero lo que vende, en realidad, es el marketing.

¿A qué me refiero? Contrata al mejor copywriter del mundo, haz uso de la inteligencia artificial y exprime tu cerebro al máximo para crear la mejor campaña posible. ¿Puedes garantizar que venderás miles de millones de dólares? No, por supuesto. Porque sin el respaldo de miles de millones de dólares en publicidad, como estas empresas, no es posible.

Y, por si tienes alguna sospecha, no me contradigo. Lo que quiero es prevenirte para que no caigas en la trampa de creer que solo con la publicación de contenidos, con “el poder del copy”, podrás replicar los resultados de Coca-Cola, Apple y demás gigantes del mercado. Eso, sin embargo, no significa que, en tu escala, no obtengas resultados extraordinarios.

Las empresas (y negocios) medias y pequeñas, así como los emprendedores y profesionales independiente que vivimos de monetizar nuestro conocimiento no disponemos de esos presupuestos astronómicos. Es decir, no tenemos la capacidad de realizar una campaña como la de Starbucks, o crear un estudio de producción de contenido. ¡No es posible!

Lo que sí es posible, y está al alcance de tu mano si sabes cómo hacerlo, si lo haces bien y te asesoras de alguien que te pueda guiar, es conectar con tu audiencia, con tus clientes potenciales, a través de contenido de calidad, de historias poderosas. Más en estos días en los que disponemos de increíbles herramientas y recursos, de bajo precio, que nos ayudan.

El mensaje que te quiero transmitir es que si quieres emular el éxito de empresas como Starbucks y otras más, tienes que modelar (no copiar, porque no puedes hacerlo) lo que ellas hacen y les ayuda a obtener resultados superlativos. Es decir, sin necesidad de montar un estudio de creación de contenidos, tú estás en capacidad de conectar con el mercado.

¿Cómo lograrlo? A través de una estrategia de contenidos. Que, valga mencionarlo, no es publicar por publicar, no es vender con insistencia, no es producir contenidos virales que no producen los efectos deseados. Una estrategia que te permita llegar a las personas a las que, con tu conocimiento y recursos, estés en capacidad de ayudar, a las que puedas servir.

Una adecuada estrategia de contenidos te permitirá alcanzar los siguientes objetivos:

1.- Ser visible, que el mercado sepa quién eres, qué haces, cuáles son tus valores y principios, tu propósito

2.- Posicionarte en la mente de tus clientes potenciales para que te elijan a ti y no a tu competencia

3.- Algo imprescindible: establecer un vínculo de confianza y credibilidad a partir del cual se nutre una relación a largo plazo

4.- Generar el ambiente (como lo hace Starbucks) para que se dé un intercambio de beneficios

5.- Fidelizar a tus clientes, para que sigan a tu lado y te den la oportunidad de ayudarlos más, de servirlos de más formas

Una de las premisas útiles de la vida, en cualquier actividad, es aquella de seguir la estela de quienes dejaron huella y nos señalaron cuál es el camino que debemos recorrer. De esta forma, podrás acortar la curva de aprendizaje y, en especial, evitar los errores frecuentes que nos frenan. Ah, claro, también podrás replicar los aciertos y generar un impacto inolvidable.

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10+ habilidades periodísticas que potenciarán tu contenido

De niño, y aunque tenía tres hermanos y una buena cantidad de amigos, mi más fiel compañera fue la radio. Eran las épocas de los transistores de baterías, que sintonizaban las frecuencias AM (amplitud modulada) y la onda corta, a través de las cuales, con un poco de suerte, escuchábamos las conversaciones de los radioaficionados. ¡Era una aventura!

Más adelante, la tecnología de esos aparatos evolucionó e incluyó la frecuencia modulada (FM), que si bien no ofrecía demasiadas alternativas (emisoras), brindaba un beneficio: el sonido estéreo (en AM, era mono). Eso sí, había que estar en un lugar en el que la recepción de la señal fuera buena porque, de lo contrario, lo que se escuchara era puro ruido.

El radio transistor había sido un gran avance tecnológico. ¿Sabes por qué? Porque antes de su aparición las radios eran unos enormes aparatos de salón que para funcionar debía estar conectados a la corriente eléctrica. Es decir, eran estáticos. En cambio, los transistores eran portátiles y funcionaban con baterías. ¿La clave? Disponer siempre de unas de reemplazo.

Fue gracias a esos aparatos que conocí y me enamoré de la música y del periodismo. A diferencia de lo que sucede hoy, en la era de la infoxicación y la vulgaridad, la mayoría de las emisoras nos brindaban buena música. Había unas pocas estaciones dedicadas a las noticias, pero eran escasas. Y también estaban las que transmitían los partidos de fútbol.

Si no podías ir al estadio o tu equipo favorito jugaba fuera de la ciudad, la radio era todo lo que tenías para seguir las emociones del juego. Había unas pocas cadenas radiales en las que sobresalían buenos narradores (los de antes, claro) y comentaristas. Mis preferidos eran Armando Moncada Campuzano y Hernán Peláez Restrepo, dos voces que marcaron historia.

Cuando dejaban una cadena radial y se iban para otra, los aficionados nos trasladábamos con ellos. Así era esa fidelidad, que hoy es un tesoro extinto. En el ámbito de las noticias generales, había un personaje especial: Yamid Amat. Distinto del resto, con un estilo muy particular y un genial contador de historias, en especial de crímenes (la crónica roja).

Ellos, principalmente, y algunos más fueron los responsables de que forjara el sueño de ser periodista. ¿Mi ilusión? Quería ser narrador de fútbol. Y te cuento un secreto: todos los días, mientras me duchaba, narraba partidos imaginarios (mi equipo, claro, jamás perdía). Eran relatos que seguían el libreto, los aprendizajes adquiridos a partir de aquellos referentes.

Aunque consideré opciones como Derecho, Sicología y Administración de Empresas, me decanté por el periodismo. Una profesión que por aquel entonces, comienzos de los 80, era un reino de las mujeres (en la academia, al menos) y que muy pocas universidades ofrecían. ¿Por qué? Se concebía que el periodismo era un oficio empírico, surgido de la pasión, de la vocación.

Curiosamente, irónicamente, la vida me llevó por un camino distinto. ¿A qué me refiero? No fue la radio el medio en el que desarrollé mi carrera, sino los medios escritos. Hice radio mucho después, cuando ya acreditaba más de 30 años de trayectoria. Comencé por el periodismo de farándula (espectáculos y cultura) y me especialicé en deportes, pero escribí sobre todo.

Lo hice durante casi 30 años en medios de comunicación (impresos e internet) y también en empresas privadas. Hasta que el torbellino de la vida me llevó a una situación en la que mis cimientos se estremecieron: no conseguía trabajo. Había pasado la barrera de los 40 años y ser etiquetado como ‘periodista deportivo’ se convirtieron en obstáculos casi insalvables.

Dado que nunca me he visto haciendo algo distinto a lo que hago (comunicar), insistí, persistí. Fueron tiempos duros, sin duda. Hasta que a finales de 2016, cuando vino a Bogotá a un evento presencial, mi amigo Álvaro Mendoza, con el que había comenzado mis andaduras en el periodismo digital en 1997 antes de que se radicara en EE. UU., me hizo una oferta.

“Quiero que trabaje conmigo, que se encargue de producir mis contenidos”. Si bien era una oferta tentadora, le aclaré que no sabía nada en absoluta de marketing. “Yo le enseño lo que se necesita, no se preocupe”, me respondió. A eso me dedico desde entonces, un proceso de rediseño profesional que ha incluido desaprender, reaprender y desarrollar habilidades.

Hoy, el mercado me conoce como Carlos González Copywriter, aunque en términos estrictos no soy copywriter. Es decir, no escribo textos comerciales en una agencia publicitaria. Soy un periodista que se adaptó a un nuevo escenario, un ecosistema distinto en el que ha podido aprovechar su conocimiento, sus experiencias, y potenciar sus dones y talentos, su pasión.

Soy un creador y un estratega de contenidos. Creo contenidos para mí y para mis clientes, en distintos formatos: libros, ebooks, microlibros, blogs, textos para web (páginas de aterrizaje, cartas de ventas, secuencias de email, scripts para audios y videos) y soy escritor fantasma (ghostwriter). ¿Sabes en qué consiste? Es aquel que escribe contenidos a nombre de otros.

Un camino que ha sido divertido y emocionante, en el que he tenido la oportunidad de adquirir conocimiento muy valioso. Y lo mejor, ¿sabes qué ha sido lo mejor? Que nunca dejé de ser periodista: simplemente puse mis habilidades periodísticas al servicio del marketing en campos tan diversos como la gastronomía, los bienes raíces o el desarrollo personal.

¿Cuáles son esas habilidades periodísticas? Veamos:

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1.- La inmediatez.
En tiempos de internet, de hiperconexión, las noticias no dan espera. Se requiere la capacidad para desarrollar contenidos de valor de forma rápida para atraer la atención de la audiencia primero que tu competencia. Cualquiera puede publicar de inmediato, pero no cualquier puede publicar contenido de valor, que es justamente lo que el mercado requiere.

2.- El contexto.
Si algo caracteriza a los contenidos de la era de la infoxicación es la ligereza para tratar la información como la falta de investigación. En épocas de “yo te copio, tú me copias…”, el diferencial está en el contexto: investigación, profundización, ángulos diferentes. Contenidos que aporten valor, que no sean ‘más de lo mismo’, que sean agradables para la audiencia.

3.- La fórmula I-E-E-I.
Desde la universidad, aprendí que los fundamentos del trabajo de un periodista son Informar, Educar, Entretener e Inspirar. La unión de estos cuatro pilares redunda en lo que llamamos contenido de valor. Lo mejor es que esos pilares los puedes aprovechar individualmente o en conjunto, de acuerdo con el objetivo que persigas con tu contenido. ¿La clave? Versatilidad.

4.- El lector (la audiencia).
Aprendí, también, que cualquier contenido carece de sentido si no se crea con la intención de brindarle un beneficio (información, educación, entretenimiento o inspiración) al receptor (que era el lector y hoy es audiencia). Si de algo carecen los contenidos de marketing es de la capacidad para enfocarse en las necesidades y deseos del cliente, no solo en la venta.

5.- Las historias.
Cuando comencé mi carrera, el sueño de todo periodista joven era convertirse en cronista, es decir, en un contador de historias. Eran los tiempos de apogeo de Gabriel García Márquez y en el país había cronistas sobresalientes. Hoy, lo sabemos, la forma más efectiva y honesta de conectar con las emociones de tu audiencia es contar historias, el famoso storytelling.

6.- La veracidad.
Vivimos la era de la infoxicación, de las fake news y de los robots que suplantan a los seres humanos. Además, los medios de comunicación dejaron de ser un oasis de independencia y libertad que fueron en el pasado y son solo piezas del engranaje de los poderosos. Por eso, se requiere voces auténticas, autónomas, veraces, que no distorsionen o manipulen la realidad.

7.- Credibilidad.
Derivado de lo anterior, lo aprendido en el oficio me ha servido para ser creíble y confiable en distintos ámbitos. ¿Cómo hacerlo? Honrar la verdad, poner a la audiencia en primer lugar, ser leal a los hechos y buscar el bien colectivo. La credibilidad es la base de las relaciones que, a su vez, son la base de los negocios. Sin credibilidad, cualquier contenido es solo basura.

8.- Relevancia.
La tarea básica del periodismo es relatar los hechos que suceden en el día a día. Estamos en la era de lo superficial, de lo cosmético, de lo tóxico que se disfraza de ridículo o cómico. Son contenidos efímeros, que nada aportan, mientras lo verdaderamente importante se deja de lado. La relevancia y oportunidad de los contenidos es un plus que casi nadie puede ofrecer.

9.- Variedad.
De formatos, de canales, de narrativas. La clave para conectar con las emociones de las audiencias, y con más audiencias distintas, y atraer su atención es la variedad de contenidos y de formatos. Si bien lo primordial, lo fundamental, es la calidad del contenido, el valor que aporta, la omnicanalidad y pluralidad de formatos me permite llegar a más personas.

10.- Legibilidad.
En la era del ‘más de lo mismo’ y del copy + paste, esta característica es un tesoro. ¿Sabes en qué consiste? Es la cualidad que distingue a los textos para ser leídos y comprendidos por cualquiera. Además, que gusten por el ritmo de la narración, por la claridad, por el poder del mensaje. Los contenidos legibles están escritos para seres humanos, no para robots.

10+.- Persuasión.
Primero en la universidad y luego en los medios me lo recalcaron: “Si no va a hacer un bien, que su noticia (texto o contenido) no haga un mal”. Es una premisa que procuro practicar todos los días de mi vida. Un contenido persuasivo es el comienzo de un intercambio de beneficios, un gana-gana para las partes involucradas. Impactar de manera positiva.

Lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Que no necesitas ser periodista o estudiar una carrera específica para aprovechar estas habilidades. Cualquiera las puede desarrollar de modo muy sencillo. ¿La clave? Disciplina, por un lado, y práctica, por otro. A medida que creas más, encuentras tu estilo, el camino correcto para impactar positivamente con tus contenidos.

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¿Eres de los que usan un misil para matar un zancudo?

A mi buen amigo el storytelling, con el que nos conocimos en mi juventud a través de las canciones, le cargaron una pesada mochila: “Cuenta historias y venderás más”. Fácil, ¿cierto? Sin embargo, no es verdad, no es tan sencillo, no es causa-efecto. Si así fuera, bastaría contar una bonita historia, conmovedora, y vender, por ejemplo, una propiedad de un millón de dólares.

Bueno, quizás es un ejemplo extremo: un curso de 5.000 dólares. Es decir, grabas un video en el que cuentas una historia y, en segundos, se atasca tu caja registradora por la abrumadora cantidad de pedidos. Decenas, cientos, miles de personas te pagan 5.000 dólares cada uno. ¡Qué maravilla! Pero, esa no es la realidad, ni quiera con productos de 47, 97 o 497 dólares.

En el mundo de los negocios, desde siempre se utilizó el storytelling para captar la atención del mercado, de los clientes potenciales. Y también, durante el proceso de brindar información, educar y nutrir a ese prospecto. A pesar de esto, nos dicen que el storytelling es una novedad, que llegó de la mano de internet y, claro, el bulo mayor: que es una herramienta de ventas.

Para demostrarte que es una mentira, un simple ejemplo: ¿conoces un libro llamado La Biblia? Sí, el libro sagrado de los cristianos. Esa, por si no lo sabías, es una de las obras maestras del storytelling. Y no había internet cuando se escribió, y su objetivo no era vender nada. Se trata de un maravilloso compendio de historias (mezcla de realidad y ficción) destinadas a persuadir.

No importa si eres cristiano o no, en La Biblia encontrarás fantásticas piezas de storytelling. Con todos los elementos necesarios. ¿Y venden? De cierta forma, sí: te venden la idea de un ser supremo, te venden unos principios, te venden unas poderosas lecciones de vida, te venden la idea de un paraíso. Todas las historias buscan persuadirte, te invitan a tomar acción.

¿Por ejemplo? Aléjate del pecado, sé generoso y misericordioso con los menos favorecidos, perdona al que te hizo mal, cuida de los tuyos (en especial, de los niños, tus padres y los ancianos) y vive la fe, entre otros CTA. A través de parábolas, de testimonios, de relatos y de revelaciones, La Biblia nos brinda un increíble modelo de storytellinga la antigua.

Ahora, bien vale la pena hacer un alto y definir qué se entiende por storytelling. En internet, Mr. Google te da varias definiciones. La que a mí me gusta es aquella de “todas las historias que conectan con las emociones, generan un impacto persuasivo y derivan en una acción específica”. Que, valga decirlo, no necesariamente es comprar (vender). Hay muchas más.

Miremos un poco la letra menuda: si no conecta con las emociones, aunque haya venta, NO es storytelling. Si no genera un impacto persuasivo, es decir, sin forzar, sin manipular, sin mentir, NO es storytelling. Si no incorpora un CTA y, sobre todo, si no se traduce en una acción específica, NO es storytelling. Storytelling es la suma de emoción + persuasión + acción.

Acción que puede ser suscribirse a tu newsletter, descargar un pdf, ver un video, inscribirse en un webinar gratuito, responder una encuesta, participar en un reto o dar un testimonio, entre otras. NO solo es vender. Si fuera así de sencillo, de automático (cuenta historias y vende más), vender sería fácil: y el mejor vendedor del mundo sería el que contara las mejores historias.

En realidad, lo que los vendehúmo no te dicen porque no les conviene, es que el storytelling es una poderosa herramienta para darte a conocer (1), ser visible (2), posicionarte (3) y, lo más importante, generar un vínculo de confianza y credibilidad (4). Si lo haces bien, si esas historias que cuentas son poderosas y logras estos 4 objetivos, comienza la segunda fase del proceso.

¿Sabes cuál es? La de informar a tu cliente potencial de lo que haces, de cómo lo haces y, entre otras opciones, de qué ofreces (no venta, sino resultado o transformación). Además, educarlo acerca del problema que padece y sus manifestaciones para que sea consciente de él y busque una solución. Y nutrirlo, es decir, dibujar en su mente su nueva vida y hace lo que le propones.

¿Y la venta? La venta es una consecuencia. Sí, el resultado de que las historias que cuentas lleven de la mano a tu cliente potencial y cumpla cada uno de los pasos del proceso (no te los puedes saltar, o no comprará). Como ves, las historias son tanto el anzuelo para atraer su atención como el hilo conductor del proceso, lo que mantendrá vivo el vínculo contigo.

En el mercado hay empresas, emprendedores, negocios y profesionales independientes que cuentan relatos (no historias) destinados a vender. Hablan de sí mismos, del saldo de su cuenta bancaria, de sus propiedades, autos y demás lujos, de la cantidad de seguidores que tienen en las redes sociales y, claro, de sus productos (o servicios) “perfectos”, “la única solución”.

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Algunos venden, ciertamente, porque tienen la capacidad oratoria para convencer a los ingenuos (disculpa si eres uno de los que cayó en esa trampa). O porque saben cómo atrapar a esos consumidores que se dejan deslumbrar por el último objeto brillante y compran lo barato convencidos de que descubrieron el agua tibia. A la postre, ven que cayeron en un engaño.

Cuando te cuentan un relato (no una historia) basado en datos, en tu cerebro se activan las áreas del procesamiento del lenguaje. Es decir, la parte racional. No hay conexión con las emociones y, por ende, no habrá persuasión. Y aunque ese proceso se traduzca en unas pocas ventas, tan pronto reciba lo que adquirió tu cliente se olvidará de ti y quizás no te vuelva a comprar.

Por el contrario, cuando utilizamos el storytelling, el de verdad, el mensaje persuasivo (no el de ventas), el cerebro asume que esa historia es real. Él, quizás lo sabes, no distingue entre verdad y mentira, entre realidad y ficción, pero dado que le encantan las historias, muerde el anzuelo. Y lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Se convierte en protagonista de la historia.

Esa es la razón por la cual cuando lees un libro o ves una película que toca tus emociones te ríes, lloras, odias al antagonista, amas al débil (por lo general, el protagonista) y te identificas con el héroe (tú quieres ser como él). Sientes deseos de ser parte de la historia para darle una trompadas al malo, para ayudar a la víctima, para ser parte de la solución y del final feliz.

Esa es la razón, también, por la cual cuando escuchamos una canción o vemos una fotografía de un lugar en el que fuimos felices nos transportamos a ese escenario imaginario. Hay canciones que te invitan a bailar, a cantar a grito herido, a llorar, a escuchar en silencio la letra o a convertirte en el artista. Y fotos que te llevan de regreso al pasado, a ese momento feliz.

Pero, no solo eso: esos recuerdos, esas emociones, esa identificación con los personajes o con las circunstancias (o situaciones, porque tú viviste o vives lo mismo) te permiten revivir, recrear esos momentos. Vuelves a experimentar las emociones, como si el tiempo hubiera dado marcha atrás, como si la vida fuera un episodio de la película Volver al futuro.

Con una buena historia, con verdadero storytelling, en tu cerebro se activa una serie de hormonas en forma de vocecitas que te invitan a tomar acción, que despiertan el deseo. Si no tomas acción, si no satisfaces ese deseo, esa vocecita hablará sin cesar, de día y noche, hasta que la calmes (comprando) o la silencies. Y, lo sabes, puede convertirse en una gran molestia.

El poder de las historias, del verdadero storytelling, radica en la capacidad de generar empatía, identificación y de persuadirnos para tomar una acción específica. Por supuesto, de la mano de las traviesas, traicioneras y caprichosas emociones, que se deleitan escuchando los detalles de la historia, te impulsan a tomar partido y, lo mejor, te permiten vivirla en carne propia.

Vender, en el pasado, en el siglo pasado, era un proceso destinado a consumar una transacción económica: el intercambio de dinero por un bien (producto o servicio). No había mucha competencia, no había muchas opciones para elegir y la mentalidad y nivel de conocimiento del consumidor era precario o, si lo prefieres, muy distinto del actual.

Hoy, vender, no importa si eres una empresa (grande o pequeña), un negocio o un profesional independiente; no importa si lo que vendes es un producto o un servicio, consiste en establecer una relación con el mercado, con todos y cada uno de tus clientes. Una relación basada en la confianza y la credibilidad, en la empatía y la identificación, en la complicidad.

Hoy, tu cliente no te elige por el precio (si compites por pecio, lo pagarás caro), por la calidad de lo que ofreces (se da por descontada, es decir, incorporada) o por las características. Te elige sí y solo sí está convencido de que tienes la capacidad y el genuino interés de ayudarlo a solucionar su problema o suplir necesidad, a satisfacer su deseo, a cumplir su sueño.

Si eres un gran contador de buenas historias (conmovedoras, inspiradoras), seguro puedes conseguir algunas ventas. Sin embargo, eso es como usar una ametralladora o un misil para matar a un zancudo. ¿Entiendes? Lo maravilloso del storytelling radica en su capacidad para genera un impacto en la vida de otros a partir de las emociones, e intercambiar beneficios.

Beneficios múltiples, por cierto, entre los que está la venta. Inspirarlo (motivarlo a construir su mejor versión), motivarlo, guiarlo y acompañarlo son otros más. El storytelling, por si no lo sabes, es la llave que te permite ingresar en la vida de otras personas y, a través de tu mensaje, tu ejemplo, tu producto o servicio, para ayudarlas a transformarla, a hacerla mejor.

Los seres humanos, todos, sin excepción, somos parte de una gran historia. De hecho, la vida de cada individuo es una historia digna de contar. Como personas, somos una especie de colcha de retazos de historias que se unen, que se complementan, que se superponen. Historias que dejan huella, que inspiran, que se inmortalizan a través del legado.

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Los 8 elementos indispensables de una historia memorable

Sentarnos en el regazo del abuelo (o de la abuela) y, paciente y silenciosamente, escuchar sus historias, sus relatos, sus experiencias, es algo que no se paga con todo el dinero del mundo. Muchos fuimos bendecidos con muchos de estos momentos, en especial durante la infancia, que nos dejaron no solo gratos recuerdos, sino también muy valiosas lecciones de vida.

Contar historias y escuchar historias es algo inherente al ser humano. Por naturaleza, todos, absolutamente todos, somos contadores de historias, lo que en el mundo del marketing se conoce como storytellers. La razón es muy clara: por un lado, todos somos parte de una red de historias y, por otro, estamos rodeados de historiasque componen el rompecabezas de la vida.

No estamos aquí, en este mundo, por casualidad. Cada uno de nosotros es el fruto de una historia entre dos personas, nuestros padres. Y, quizás lo mejor, llegamos para escribir nuestra propia historia y, también, para ser parte de la historia de la vida de otras personas. A veces, de manera fugaz; otras, como protagonistas, como héroes, como lecciones o aprendizajes.

Todo lo que sucede a nuestro alrededor, absolutamente todo, determina nuestra historia, la condiciona. Por ejemplo, el lugar donde nacimos, el país y la ciudad. Porque, por supuesto, no es lo mismo nacer en Bogotá (Colombia) que hacerlo en Seúl (Corea del Sur), en el campo o la ciudad, en las montañas o al borde del mar. Este contexto determina nuestra historia.

Muchos de los factores que nos condicionan están lejos de nuestro alcance. Los que acabo de mencionar, así como la familia y las circunstancias en las que nacemos, las oportunidades de las que disfrutamos. De manera especial, el barrio en el que crecimos (nuestro pequeño mundo), el colegio en el que nos educamos, las amistades y relaciones que forjamos.

Hay, sin embargo, otros factores que determinan nuestra historia y que elegimos de manera consciente o inconsciente. Por ejemplo, los libros que leemos, la música que escuchamos, los lugares a los que viajamos, la comida que disfrutamos, la ropa que vestimos, la profesión que estudiamos, los trabajos que desempeñamos y hasta las mascotas que nos acompañan.

Nada, absolutamente nada, es casual. Aunque no sea una decisión consciente, no es casual. Siempre hay una razón, un porqué. A veces, logramos unir las piezas y armar el rompecabezas, mientras que otras historias quedan abiertas, con cabos sueltos, sin punto final. A veces, nos vemos involucrados en historias que no comprendemos, que pasan rápido, sin dejar huella.

Una de las situaciones tristes de la vida es que muchas personas no saben que son los protagonistas de su propia vida. Y, peor todavía, se limitan a ser actores secundarios de la vida de otros, roles de esos que nadie recuerda, que pasan inadvertidos. Otros, mientras, asumimos el riesgo de ser héroes o villanos, a cambio del privilegio de escribir nuestra propia historia.

Si eres una de esas personas, sabrás que a veces es una comedia con final feliz, pero otras nos involucran en películas de terror que nos hacen sufrir o en dramas que nos producen llanto. Es porque, como mencioné al principio, no estamos solos: hay otras personas, otros actores, que condicionan nuestra historia, que la determinan, que modifican y reescriben el libreto original.

Lo que debemos aprender es que, nos guste o no, estemos de acuerdo o no, todos estamos en este mundo para escribir una historia propia. Una historia que, quizás no lo sabes, puede llegar a ser fuente de inspiración para otros. De hecho, y esto es lo que se me antoja apasionante, cada uno está en capacidad de ser el héroe de la historia de aquellos que nos necesitan.

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Si eres padre, seguramente lo sabes, lo has vivido. Estás conectado emocionalmente, a través de un vínculo muy fuerte, a esa personita que te mueve el piso con sus travesuras, su ternura, su alegría o la cara opuesta (dolor, debilidad). Y haces lo que esté al alcance de tu mano para convertirte en el héroe de su historia, para garantizar que su historia tenga un final feliz.

Lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Que puedes replicar esto mismo en todas y cada una de las actividades de tu vida, inclusive, en el ámbito laboral. Especialmente si eres emprendedor, si aprovechas tus dones y talento, tu conocimiento y experiencias, estás en capacidad de generar un impacto positivo en la vida de otros. Puedes convertirte en el gran héroe de sus historias.

Hoy, dado que 9 de cada 10 personas que tocan a tu puerta son prospectos fríos, es decir, que todavía no están en disposición de comprar (y mucho menos quieren que les vendan), tu tarea consiste en educarlos, nutrirlos y entretenerlos. ¿Cómo? A través de contenido de valor, de buenas historias. Que es más fácil de lo que crees si tu historia reúne estos 8 elementos:

1.- Una idea (solo una).
Uno de los errores más frecuentes, y que se puede evitar de una forma sencilla, es que la mayoría de las personas quieren contar tooooodas las historias de su negocio, de su vida, en una sola historia. Y no es conveniente, ni posible. Una buena historia parte de una única idea, precisa, que tiene un principio y un final. El resto de tus ideas déjalas para otras historias.

2.- Un propósito (uno solo).
Una faceta distinta del mismo problema. Hay quienes quieren abarcar mucho y al final no aprietan nada, como dice el dicho. Establece un objetivo que quieras conseguir con esa única idea y preocúpate por alcanzarlo. Un propósito bien definido te ayuda a darle fuerza a tu historia y, además, potencia a los protagonistas, además de que facilita la comprensión.

3.- Un contexto (ambiente).
La mayoría de las malas historias que vemos por ahí es la falta de un contexto. Son historias que surgen de la nada y que no llegan a ningún lugar. Es como si fuera una bocanada de humo que se la lleva el viento con rapidez. El contexto es a tu historia lo que los cimientos a un gran rascacielos: el soporte, lo que le da solidez. El contexto explica el porqué de la historia.

4.- Un conflicto (uno solo).
Y, valga decirlo, no tiene que ser de las dimensiones de una Tercera Guerra Mundial. Un conflicto es algo que incomoda a tu protagonista, que le provoca ansiedad, que no lo deja dormir tranquilo. Debe ser uno solo, para que la historia no se disperse, para que no pierda fuerza. Debe tener un origen claro y, algo muy importante, una solución posible.

5.- Protagonista y antagonista.
Es necesario que hay otros actores, pero tu historia debe definir muy bien al protagonista (el bueno) y al antagonista (el malo). Que no pueden ser superhéroes, sino seres de carne y hueso para que la credibilidad de tu historia no se debilite. La rivalidad, el origen del conflicto entre estos dos, debe estar claramente definido y los hechos no deben salir del ámbito de la realidad.

6.- Un héroe.
Que, en ocasiones, puede ser el mismo protagonista. En el ámbito de los negocios, sin embargo, el héroe eres tú, el emprendedor que con su conocimiento, experiencia y pasión está en capacidad de brindarle al mercado, a cada uno de sus clientes, una solución efectiva a su problema, a su dolor. Un héroe creíble que es omnipresente, pero que no asume el rol del protagonista.

7.- Un punto bisagra.
Infaltable. Es el antes y el después de tu historia, aquel momento de la trama en la que el rumbo de tu relato cambia radicalmente y, por supuesto, a favor de tu protagonista. Es ese momento en el que héroe y protagonista se unen para vencer al antagonista, cuando logran la victoria en la batalla final. Es vital que haya coherencia en el relato para justificar este punto.

8.- Final feliz y moraleja.
Una historia sin final feliz no transmite, no emociona, no impacta (y, por ende, no vende). Todos, absolutamente todos, queremos vivir o ser protagonistas de historias felices. Mientras, la moraleja es la lección, el aprendizaje que nos queda de esa situación, la transformación que tu cliente experimentará una vez reciba lo que le ofreces. Una historia sin moraleja no sirve.

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