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Triple A: el método para crear historias que sí persuaden

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Cuando le preguntas a Mr. Google o a don ChatGPT acerca de los arcos narrativos, vas a encontrar respuestas disímiles. Inclusive, contradictorias. La razón es sencilla: no hay respuestas definitivas, concluyentes. De hecho, si profundizas un poco vas a descubrir que, según algunos expertos del arte de contar historias, hay más de mil arcos narrativos distintos.

Y claramente identificados. Algunos bastante similares, sin duda, pero con detalles que hacen de cada uno algo único. Por supuesto, hay una versión más sencilla. ¿Sabes cuál? La que nos habla de al menos 6 tipos de arcos narrativos más comunes. Son los que están enfocados en la evolución emocional del protagonista, la famosa estructura clásica de los tres actos.

Sí, esa tan difundida y tristemente prostituida de “planteamiento, nudo y desenlace”. Sí, la misma que los vendehúmo de internet promocionan como “la fórmula perfecta”, como “el libreto infalible” para contar historias. Son estructuras muy antiguas, creadas mucho antes de la irrupción de esta tecnología, y durante décadas han sido utilizadas en la publicidad.

El problema con los arcos narrativos es que han sido sacados de su escenario natural y forzados en otro para el que no fueron creados. Me explico: estos arcos narrativos son la esencia de la industria cinematográfica de Hollywood, por un lado. Por otro, también son la ruta que guio la imaginación de miles de escritores de literatura o otros géneros de la ficción.

Cuando internet irrumpió en la vida del ser humano, a finales del siglo pasado, el arte de contar historias se popularizó. De los estudios de Hollywood, el storytelling se trasladó a las agencias de marketing y, más adelante, a los escritorios de los emprendedores. Al principio, algunos lo vieron como una tendencia efímera, que desaparecía rápido, pero sucedió lo contrario.

Es decir, el storytelling se convirtió en una de las herramientas más poderosas para conectar y comunicarse con las audiencias. De la misma forma en que durante décadas lo habían hecho las grandes marcas, las de los presupuestos multimillonarios, pero con acceso para todos, para cualquiera. Una novedad que no tardó en contaminarse por cuenta de los vendehúmo.

Que brotaban silvestres con sus teorías concluyentes, con sus fórmulas perfectas, con sus libretos infalibles. Y lo peor, ¿sabes qué fue lo peor? Que el mercado, la mayoría, les comió cuento. ¡Cayeron en la trampa! Aquella de creer que el arte de contar historias se puede reducir a un prompt, a una fórmula mágica 1-2-3 o a una estructura estática y además infalible.

¿Por qué no funciona así? Porque, si fuera tan sencillo, un simple causa-efecto, todas, absolutamente todas las historias, serían exitosas. Las románticas, las dramáticas, las históricas, las de ciencia ficción…, en fin. Y no es así, por supuesto. Asimismo, todas, absolutamente todas, serían exactamente iguales, porque se crearon de manera idéntica.

Ahora, hay otro aspecto que debes considerar. ¿Sabes a cuál me refiero? A las emociones. Si esa historia que cuentas no logra conmover a tu audiencia (sin importar el formato o el canal), pasará inédita. En otras palabras, será efímera, como las stories de las redes sociales. Una historia sin emoción no conecta. Y la emoción, seguro lo sabes, no proviene de una fórmula.

Cuando vas a contar una historia, por lo general los elementos de los que dispones son los mismos que los de cualquier otra persona. ¿Por qué? Porque, más allá de las diferencias puntuales, de las circunstancias, todos los seres humanos vivimos experiencias muy similares. No idénticas, pero sí muy similares. Sin embargo, son pocas las historias que trascienden.

Dado que la habilidad de contar historias la desarrollé en la práctica, en el ejercicio de mi profesión de periodista, nunca me apegué a un libreto, nunca me limité a una estructura, nunca me sometí a una fórmula. Al comienzo, intenté modelar (copiar y adaptar a mi estilo) las geniales historias que contaban los periodistas de la revista El Gráfico, de Argentina. ¡Maravillosa!

Me encantaba que era muy humanas, que ponían al descubierto las vulnerabilidades de los personajes, que sorprendían con datos inéditos. Además, reflejaban un minucioso trabajo de producción previa que erradicaba cualquier atisbo de improvisación. Y, lo mejor, ¿sabes qué era lo mejor? Que eran atrevidos. Rompían moldes, derribaban mitos, ponían el dedo en la llaga.

Y, además, algo muy importante: forjaban ídolos. Héroes de carne y hueso que no solo se convertían en referentes, sino que, lo mejor, alimentaban la conexión emocional con las audiencias. Por aquella época, en los medios deportivos se decía que un deportista no era famoso, no era reconocido, si no había sido portada de El Gráfico al menos una vez.

Moraleja

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No se trata de ‘fórmulas infalibles’. El buen ‘storytelling’ es aquel con un enfoque más humano y efectivo. Con el método Triple A, un sistema flexible que conecta emociones, puedes generar confianza y guiar a la audiencia hacia una acción concreta.

El Gráfico creó un método. O, si lo prefieres, un sistema para producir contenido de calidad, de alto impacto. Te confieso que aún guardo mi pequeña colección de ejemplares (no era fácil ni barato conseguir la revista en Colombia) y de cuando en cuando tomo uno al azar y lo releo. Es un ejercicio apasionante, como la primera vez, porque siempre descubro algo inspirador.

Un método no es una fórmula exacta del tipo 2+2=4. Como las encuestas, incorpora un margen de error. Además, ofrece una característica que, a mi juicio, es muy valiosa. ¿Sabes cuál es? Que el mismo método lo pueden adoptar muchas personas que lo aplican cada una a su manera, dándole su toque personal. El método es el camino, pero cada cual lo recorre como quiera.

En el camino, aprendí muchos métodos. Honestamente, no todos le servirían a alguien que apenas comienza la aventura en el arte de contar historias. ¿Por qué? Se requiere haber escrito mucho, haberse equivocado mucho, haber probado distintas opciones. Se requiere un estilo propio y un espíritu de atrevido aventurero capaz de reinventarse o, al menos, de evolucionar.

Hay uno en particular, sin embargo, que recomiendo a los principiantes. Es sencillo, fácil de poner en práctica y, si lo sabes utilizar, te proporcionará resultados positivos a corto plazo. Interesante, ¿cierto? Lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Que no es una estructura rígida o una camisa de fuerza. De nuevo, se trata de jugar con la imaginación y obtener un buen resultado.

No recuerdo cuándo o de quién lo aprendí. Lo que sí puedo decirte con certeza es que me ha funcionado de mil maravillas durante años. Y, lo que más me gusta, en diferentes ámbitos. Es decir, no es monotemático. Lo he aplicado con éxito en contenidos de marketing, de deportes, de bienes raíces, de bienestar. Y, por supuesto, en maravillosas historias humanas.

El método se llama Triple A: Anécdota, Amplificar y Actuar. Tres elementos sencillos, tres pasos fáciles de dar, tres ingredientes que puedes adaptar a tu estilo. ¿La clave? Utilizar otro viejo método de comprobada eficacia: aquel de prueba y error. Asúmelo como un juego, no te hagas unas expectativas muy altas y deja que tu imaginación y tu creatividad abran las alas y vuelen.

Una anécdota, según el diccionario, es un Relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración, ejemplo o entretenimiento”. También, un Suceso circunstancial o irrelevante. Es decir, algo que le ocurre a cualquier persona en el día a día y al que, aunque no se le da trascendencia, es una pequeña parte de nuestra historia. Sin embargo, hay algo más poderoso.

¿Sabes qué? Que todos los seres humanos, sin excepción, vivimos múltiples anécdotas cada día. De muchas de ellas ni siquiera somos conscientes. Pequeñas cosas increíbles que nos suceden, a las que no les prestamos atención. Sin embargo, son fuente de conexión con otros a los que les ha ocurrido algo similar. En circunstancias y con resultados distintos, pero similar.

Comenzar tu historia con una anécdota es poderoso. Claro, siempre y cuando la anécdota sea buena y logre conectar con las emociones de tu audiencia. No hay que exprimir ChatGPT, ni quemarte el cerebro pensando en algo único y especial. Lo auténtico (que suele combinar lo ridículo con lo simpático) es lo mejor. Seres humanos que conectan con seres humanos.

La clave radica en que las anécdotas generan empatía y confianza. O, de otra forma, derriban barreras. Y consiguen capturar la atención. Si, además, eres el protagonista que quedó mal parado en esa situación, tu anécdota produce mayor impacto gracias a la vulnerabilidad. Un consejo que te ayudará: comienza el relato de tu anécdota con una buena pregunta.

Una vez logras atrapar la atención de tu audiencia, puedes dar el segundo pasó: Amplificar. Que, valga la pena decirlo, no significa forzar los hechos, distorsionar la historia. Entonces, ¿de qué se trata? De enriquecer tu anécdota. ¿Cómo hacerlo? Debes demostrar que esa pequeña circunstancia, que casi siempre pasamos por alto, encierra un gran significado para la vida.

¿Cómo? Te apoyas en un dato estadístico o en un estudio creíble que muestra que esa simple anécdota es algo más: es un patrón. Es decir, no solo te sucedió a ti, les pasa a muchas otras personas. Es un comportamiento que se repite múltiples veces, solo que, de nuevo, no le damos la atención que se merece. Anécdotas que son oro puro y no nos damos cuenta.

Por ejemplo, el impacto de la comida ultraprocesada en niños y adolescentes. Por si no lo sabías, en los años 70 en EE. UU. uno de cada 20 menor de 15 años era obeso; hoy, fruto de la ingesta de estos productos, la proporción cambió: uno de cada cinco es obeso. Y esa obesidad es el punto de partida de una variedad de enfermedades potencialmente mortales.

¿Entiendes el poder de la amplificación? Blinda de realidad tu anécdota, aporta credibilidad, sazona la historia con urgencia. Es el contexto indispensable para que tu audiencia comprenda el valor y el significado de tu anécdota. Que sienta el valor de lo que has compartido y, sobre todo, su utilidad. Lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Cuando la gente siente y comprende, está lista para actuar.

Por último, la acción. A veces, muchas veces, los seres humanos nos arrepentimos más por lo que no hicimos que por lo que hicimos y salió mal. Es peor, más pesada, la culpa de la inacción que la del error. Por eso, en tus historias no puede faltar, ¡NUNCA!, el llamado a la acción. Uno solo, claro, sencillo, efectivo: que la persona obtenga resultados en unos pocos segundos.

La inmensa mayoría de las ofertas que veo en internet fallan por esto: en su afán por vender, el llamado a la acción es confuso. De hecho, es una de las razones por las cuales, a solo uno o dos clics de comprar, tu cliente potencial se arrepiente y abandona el carrito. ¡Es que no sabe qué hacer! Entonces, aflora la desconfianza y, para no caer en una trampa, prefiere desistir.

La clave: directo al grano. Sin rodeos, sin adivinanzas, sin ambigüedades. Cualquiera de estas opciones prenderá las alarmas, despertará las objeciones y echará a perder la oportunidad. Un llamado a la acción sencillo y claro despejará el camino y te proporcionará autoridad. La mayoría de las personas intenta convencer y mientras que el método Triple A persuade.

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Qué es, cómo puedes usar y aprovechar el método AIDA

Lo primero que tengo que decir (reafirmar) es que soy enemigo acérrimo de las tales plantillas para escribir. Son el más grotesco atentado contra la imaginación y la creatividad, además de un límite para la habilidad que cualquier ser humano puede desarrollar. Y, por si esto fuera poco, van en contra de una de las características de un buen texto: el estilo propio.

Si has leído las publicaciones que hago con regularidad sabrás que soy un profundo creyente de la capacidad innata del ser humano para imaginar, para crear. Sé que todos, absolutamente todos, aprendimos a escribiren la escuela primaria y lo hacemos a diario, aunque de una manera semiautomática: sabemos cómo hacerlo, pero no cómo hacerlo realmente bien.

Sí, escribimos todos los días en las redes sociales o en las aplicaciones de mensajería instantánea; escribimos correos electrónicos o, eventualmente, diversos documentos en nuestro trabajo o en el estudio. Escribimos todo el tiempo, de manera semiautomática. Y, además, tenemos el ferviente deseo de hacerlo mejor, de hacerlo realmente bien.

Es, entonces, cuando estamos en riesgo de caer en aquellos que nos dicen que tienen la plantilla perfectapara enseñarnos a escribir (algo que ya sabemos hacer) y, lo peor, en el caso de los dueños de negocio y emprendedores, la plantilla perfecta para vender más (traducción: millones de dólares). Sin embargo, en la práctica el resultado suele ser cercano a 0 (cero).

En el marketing de hoy, en el siglo XXI, una de las claves del éxito es la diferenciación. Que, valga decirlo, significa ser distinto de los demás o, en otras palabras, no ser más de lo mismo. Y las benditas plantillas perfectas son, justamente, más de lo mismo. Si todos utilizan la misma plantilla, ¿dónde está la diferenciación? ¿Y la autenticidad? ¿Y la propuesta de valor única?

Ahora, hay algunas técnicas o, modelos de estructura, como prefieras llamarlos, que son útiles, aunque distan mucho de ser la panacea o la formula perfecta para ganar millones de dólares, como tantos pregonan por ahí. Que, si bien se crearon para escribir textos publicitarios, textos para vender, también pueden ser adaptados (no copy+paste) para cualquier tipo de texto.

Una de ellas, quizás la más conocida, es la técnica AIDA. Seguramente escuchaste hablar de ella, porque es muy popular. Significa Atención (A), Interés (I), Deseo (D) y Acción (A). Llamar la atención, despertar el interés, inspirar el deseo y ejecutar una acción. Es la técnica que las agencias de marketing utilizan en su copydesde hace más de un siglo, con buenos resultados.

En estos tiempos modernos en los que estamos presos de los algoritmos de las redes sociales, que nos obligan a pagar publicidad para ser visibles, la técnica AIDA recobró vigencia. NO es algo nuevo, no es producto de la revolución digital, no se inventó gracias a internet. Fue creada por Elias St. Elmo Lewis, uno de los precursores de la publicidad, por allá en 1898.

Sí, leíste bien, 1898, a finales del siglo XIX. Él fue uno de los primeros que se dedicó al estudio del comportamiento de los usuarios y trató de adaptar sus técnicas de venta a sus intereses y hábitos. Inicialmente, la técnica era solo AID, pero después de algunos años se incluyó la A del final, la acción. Desde entonces, ha sido la base de millones de textos persuasivos y de impacto.

Llamar la atención significa conseguir que esa persona que lee el texto se enfoque en él, que sus sentidos estén concentrados en el mensaje que le ofrecemos. Es como cuando vamos por la calle y escuchamos un ruido estruendoso, como una explosión o un choque. De inmediato, nuestros sentidos, quizás por sentido de supervivencia, se enfocan en el origen del ruido.

Por supuesto, no necesitas gritar, no necesitas provocar una explosión, no necesitas mostrar imágenes desagradables o inapropiadas para llamar la atención. De hecho, en esto radica una de las claves del éxito de la fórmula: lo que atraes está directamente relacionado con la clase de mensaje que enviaste, es decir, no esperes clientes cualificados si tu mensaje es general.

Despertar el interés se refiere a activar la curiosidad de esa persona, es decir, que tenga ganas de saber de ti, de tu empresa, de lo que le ofreces. Que vaya más allá del factor precio y pregunte por los beneficios. Este es el punto exacto en el que tienes que conectar con sus emociones para que sus sentidos estén alerta. Si no lo consigues, el proceso se abortará.

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En este caso, las preguntas son una herramienta muy útil y poderosa si las sabes utilizas. Es decir, si haces la pregunta correcta. ¿Cuál es? La que impacte sus emociones. Para lograrlo, debes conocer bien a ese cliente potencial, saber cuál es ese dolor que lo aqueja, cuáles son las manifestaciones de ese dolor y, especialmente, cuáles son sus deseos y aspiraciones.

Esto último es muy importante porque la mayoría de los emprendedores comete el error de centrarse únicamente en el dolor. Y, supongo que coincidirás conmigo, nadie compra un dolor. Es decir, tú no vas a la farmacia y pides “véndame un dolor de muela” o “véndame un malestar estomacal o un dolor de espalda”. Lo que inspira la acción es el deseo, el bienestar.

El tercer paso es, justamente, el deseo. El miedo o el dolor sirven para llamar la atención y, en una dosis conveniente, para despertar su curiosidad. Enseguida, sin embargo, debes aportar la solución, ofrecer aquello que acabará con ese dolor, que evitará más noches de desvelo y tantas preocupaciones. Lo fundamental en este momento es mostrar y convencer.

Un prospecto difícilmente dará el siguiente paso, que es tomar acción (básicamente, comprar), si todavía persisten las objeciones, si todavía desconfía de ti, si no está claro el proceso que sigue a continuación. Debes tener mucho cuidado en eso, para que no te sumes a esa gran legión de emprendedores que sufren pesadillas por aquello del carro de compra abandonado.

Debes saber que los adjetivos, de los cuales se abusa con frecuencia, no son la panacea para reforzar el deseo. A mí me gustan más las preguntas, porque activan una respuesta interna, el impulso incontrolable. La idea es que hagas que su imaginación alce vuelo, que el prospecto se traslade mentalmente al escenario ideal, allí donde está su nueva vida una vez no haya dolor.

Ten en cuenta que el deseo de compra es algo natural del ser humano. Natural e incontrolable. A todos, absolutamente a todos, nos encanta comprar; lo que detestamos es que nos vendan. Por eso, el mensaje debe ser sutil, subliminal; debe apuntar más al deseo (bienestar, ilusión) que al dolor (problema). En este punto, los premios, bonos o incentivos son muy útiles.

Por último, está la acción. Que debe ser puntual, sencilla y fácil de ejecutar. Cuando menos pasos deba dar tu prospecto para cerrar la compra, mucho mejor. Además, es importante que el mensaje sea tan claro que lo entienda y lo pueda llevar a cabo tanto una persona que tiene cultura digital como una que es principiante. Y debes hacer UN SOLO llamado a la acción.

Bien sea que el contenido sea un email, un aviso publicitario en redes sociales o un video, solo debe haber un llamado a la acción. Y la idea es que conduzca a ese prospecto a la página de compra, cuyo diseño y funcionalidades deben ser sencillas y precisas. Ah, y no te amarres a que la acción sea únicamente comprar: hay muchas otras acciones que son viables.

¿Por ejemplo? Que se suscriba a tu lista de correo electrónico, que se inscriba en una masterclass o un webinar, que descargue algún documento (e-book, reporte), que vea un video, que asista a una sesión de Clubhouse, que responda una pequeña encuesta, en fin. Eso dependerá de cómo estructures tu estrategia, de cuán cualificado y caliente está tu prospecto.

En este punto, es importante apelar a la escasez y a la pérdida de los beneficios, dos de los más poderosos y efectivos disparadores emocionales. El ser humano se moviliza muy fácil cuando ve una oportunidad que desaparece en poco tiempo y, también, cuando siente que, si no lo compra, después va a arrepentirse. Por supuesto, la combinación es dinamita pura.

Por último, dos puntualizaciones importantes. Primero, si bien el método AIDA se creó para los avisos publicitarios, también es posible utilizarla en textos como el artículo de un blog, un reporte, una presentación, en fin. Segundo, ten en cuenta que, especialmente si lo que quieres es vender, esta técnica es más útil en la medida en que tus prospectos estén listos para comprar.

Un consejo final: antes de correr cualquier campaña con avisos o textos publicitarios basados en la técnica AIDA (o cualquiera otra que utilices), no olvides implementar el test A/B. No asumas que tu texto (contenido) es perfecto, o que producirá sí o sí la acción que esperas. La clave del éxito de esta prueba radica en la adecuada segmentación de las audiencias.

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