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Cómo una idea, inclusive mediocre, puede ser un texto digno de leer

Una idea puede ser el comienzo de tu escrito, de una historia genial o tristemente el final del proceso. Así de sencillo, así de terrible. La de requerir una idea brillante para escribir es una de las creencias limitantes más comunes y más paralizantes que existen, en especial en aquellos que se dejaron convencer de que escribir es un don, algo que los dioses reservaron para unos pocos.

Y, no, no es así. Para nada. Escribir, y no me hartaré de repetirlo, es una habilidad. Y, como tal, es algo que cualquier ser humano puede desarrollar, que tú puedes desarrollar. Por supuesto, no se trata solamente de querer hacerlo, sino de hacer lo necesario para lograrlo. Y entre una y otra hay un largo trecho, pero al final del camino también una recompensa maravillosa. ¿Tú la quieres?

Si el oficio de escribir dependiera de una buena idea, de una idea brillante, prácticamente nadie escribiría. ¿Por qué? Porque la mayoría de las ideas que pasan por nuestra mente son ideas normales, ideas comunes y corrientes. Que, valga aclararlo, no significa que sean malas ideas o ideas desechables. Son ideas, simplemente, ideas que requieren trabajo para cobrar forma.

Por decirlo de una forma sencilla y fácil de entender, una idea es una semilla. No es el árbol, no son los frutos, no son las flores. Es, nada más, la semilla, el comienzo. Una semilla, para germinar y desarrollarse, necesita que la cuides, que la protejas, que le riegues agua y que, especialmente, le des tiempo para madurar. Porque, si no se lo permites, si quieres acelerar el proceso, se va a secar.

Y eso es, precisamente, lo que ocurre con la mayoría de las ideas que pasan por nuestra cabeza. Como estamos convencidos de que solo las buenas ideas, las ideas geniales, pueden convertirse en una buena historia, en un relato digno de leer, en un artículo al que vale la pena dedicarle unos minutos, entonces abortamos el proceso. Y nos quedamos con la duda: “¿Esa era una buena idea?”.

El origen de este mal es el cuento de la tal inspiración, de ese chispazo mágico del que hablan tantos artistas, escritores o, inclusive, deportistas. Que, por supuesto, en el caso del oficio de escribir es una gran mentira, una estrategia de marketing para darles realce a las obras que acaban de salir del horno. Porque, repito, si fuera por la tal inspiración, muy pocos podríamos escribir.

¿Por qué? Porque la inspiración, en realidad, es un instante de iluminación, como un fogonazo, una chispa que se prende, ilumina lo que está a su alrededor y se apaga. En esas condiciones, entonces, ¿cómo escribir una novela, por ejemplo? Se requerirían cientos de instantes de inspiración, miles o millones de esos chispazos, y así no funciona, porque nadie los puede provocar.

Lo que tú (o cualquier ser humano) si puedes provocar es que una idea común y corriente se transforme en una historia brillante, en un gran relato, en un artículo encantador. La idea es como la pasta cuando quieres preparar una lasaña: es el punto de partida. Sin embargo, para que sea una lasaña necesitas carne, pollo, queso, tomate, quizás champiñones y otros condimentos.

Y tienes que saber cómo combinarlos, cómo prepararlos. Y tienes que saber también cómo se debe alistar el molde, a qué temperatura debe estar preparado el horno y cuánto tiempo se demora la cocción. Lo mismo sucede con una idea: ella solita no es nada. Necesita que tú la acompañes, que la rodees de los elementos requeridos, que la cultives y le permitas madurar.

¿Y eso cómo se hace?, te preguntarás. Con paciencia y método, mi querido amigo. Inclusive un avezado periodista de medios, que recibe el dato de un hecho importante y en segundos debe convertirlo en una noticia de primera plana, necesita algunos minutos para digerir la idea, para entender su dimensión, para determinar qué elementos requiere para escribir algo impactante.

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Por supuesto, esa es otra habilidad que se desarrolla con la práctica, con la repetición. Nadie nace aprendido. Algunos lo hacen más fácil y más rápido que otros, pero no porque posean un don o porque sean más inteligentes. Después de un tiempo, además, esa habilidad se convierte en algo automático que se puede llevar a cabo en segundos, pero está lejos de la tal inspiración.

Por lo general, cuando un cliente me pide que escriba un artículo, un correo electrónico o el libreto de un video, puedo demorarme hasta dos días en sentarme frente al computador para escribir. ¿Por qué? Es el tiempo que requiere la idea básica para germinar, para madurar, para transformarse en algo que valga la pena escribir y leer. Terminado ese proceso, ya puedo escribir.

Y lo hago sin bloqueos, en un envión. Funciona así porque, además, en ese tiempo previo hice la investigación que se requería, determiné cuáles son los elementos adicionales que me van a servir para plasmar el mensaje adecuado y, sobre todo, recreé en mi mente esa situación de la que voy a escribir. En otras palabras, les di rienda suelta a la imaginación y a la creatividad para que me ayudaran.

Claro, también están el plan y la estructura. Recuerda las 8 preguntas que te ayudarán a darle estructura a tu texto: debes saber cuáles vas a responder, en qué orden, cuáles no vas a tener en cuenta para ese texto en particular. Así mismo, debes saber cuál será el recorrido de tu relato, es decir, el comienzo, la trama, el conflicto, los personales, el punto bisagra, la transformación y el final.

Podrás decirme que se antoja bastante complejo, pero no es así. Es cuestión de práctica: cuanto más practiques, mejor y más rápido lo harás. No hay otro libreto, no hay fórmulas, no hay magia. A la postre, es algo que se convierte en una rutina, en un paso a paso consciente. Es por lo que una persona común y corriente, con ideas comunes y corrientes pude escribir textos maravillosos.

Recapitulemos:

1.- No necesitas LA GRAN IDEA para comenzar a escribir. Puedes hacerlo, inclusive, a partir de una idea normal o de una idea mediocre

2.- La idea es simplemente el comienzo, el punto de partida, pero es insuficiente. Requieres sumar el resto de elementos, en especial el contexto (al que me referiré en una próxima nota)

3.- Una buena idea sin una buena estructura no llega a ninguna parte. Se necesitan la una a la otra, son complementarias. Sin una buena estructura, una buena idea se marchita

4.- De la misma manera, el plan es indispensable: ¿qué mensaje quieres transmitir?, ¿con qué elementos cuentas para hacerlo?, ¿qué tan profundo será el escrito?…

5.- Así como una semilla no se convierte en árbol y da frutos de la noche a la mañana, de un día para otro, una idea requiere tiempo de maduración para germinar y florecer

6.- Para que una idea se transforme en una gran idea, en una gran historia, requiere que la acompañen otras ideas. Las ideas son como las hormigas: el trabajo en equipo es su poder

7.- Una idea solo te servirá si crees en ella, si la adoptas con convicción. Si tú eres el primero que duda de ella, quizás nunca puedas escribir a partir de esa idea o tu escrito será mediocre

8.- Para el escritor, una idea es como una hija: hay que mimarla, cuidarla, ayudarla, darle soporte, rodearla bien. Si cumples ese objetivo, ella sabrá agradecértelo

9.- Olvídate de la idea de las ideas novedosas: la rueda ya fue inventada, al igual que el agua tibia. Lo que cambia, lo que hace única una idea es lo que haces con ella, cómo la transmites

10.- Recuerda que muchas de las creaciones maravillosas de la humanidad partieron de una idea normal o, inclusive, de un error: no mates tu idea sin haberle dado una oportunidad…

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La estructura del texto es una guía, ¡no una camisa de fuerza!

A todos los seres humanos nos gusta lo fácil, lo sencillo, lo que nos exige el mínimo esfuerzo. Esta es una premisa que se aplica a cualquier actividad de la vida, pero que no siempre nos ofrece los resultados que deseamos. De hecho, apegarnos a ella, seguir al pie de la letra, muchas veces nos lleva por el camino equivocado, justamente el que queremos evitar: sí, el de las dificultades.

Una de las razones por las cuales la mayoría de las personas no puede comenzar a escribir, o comienza, pero muy pronto se bloquea, es porque quiere seguir el modelo de otros. ¿A qué me refiero? Su prioridad es obtener un libreto ideal, una fórmula mágica, un paso a paso perfecto que puedan seguir y, por supuesto, replicar los resultados positivos de quien lo diseñó. Pero…

Pero, así no funciona. Ni siquiera en el caso de las recetas de cocina, que están pensadas para facilitar la vida de quienes tienen poca o ninguna experiencia. Tan pronto tomas una para preparar un plato y sorprender a toda la familia, empiezan los problemas. ¿Cuáles? No tienes algunos de los ingredientes o, más bien, alguno te produce intolerancia, o no eres hábil en el tema de las medidas.

Después de dos o tres intentos infructuosos, solo hay dos caminos: abandonar y pedir comida a domicilio o, más bien, olvidarte de la receta y seguir tu intuición. Cuando quieres escribir, el peor de los caminos es tratar de imitar lo que hacen otros. ¿Por qué? Porque escribir es algo único y personal, como tu ADN, como tu carácter. No puedes copiarlo de nadie, no puedes ser como nadie.

La escritura, en últimas, no es más que una manifestación externa de lo que tú eres interiormente, de tu forma de pensar, de tus creencias, de tus principios y valores, de tus miedos. Que, por supuesto, son distintos de los del resto del mundo, son únicos. Nadie es igual a ti, ni siquiera tus padres, o tus hermanos, o tus hijos: hay una esencia similar, el ADN, pero cada uno es único.

En mi curso A escribir se aprende escribiendo, por ejemplo, les enseño a mis alumnos varias de las estructuras de copywriting más utilizadas y también les comparto la que empleo, la que diseñé para adaptarme a las necesidades de mis clientes emprendedores y dueños de negocios. ¿Cómo es? Un híbrido de varias estructuras y, en especial, una rara mezcla de periodismo y storytelling.

Ninguna es un libreto ideal, ni una fórmula perfecta, pero todas siguen un paso a paso. Son, por ejemplo, la PAS, la AIDA, la Fórmula de las 4P o la Fórmula Pastor, entre otras. Todas son útiles, según el objetivo que te propongas, según el tipo de texto que necesites escribir. En todo caso, debes entender que la verdadera magia está en ti, en tu creatividad y en tu empatía.

Además, hay que considerar otro factor: la práctica hacer al maestro. ¿Eso qué quiere decir? Que, si bien en un comienzo seguir el paso a paso de cada estructura es necesario, después de unas cuantas veces que la utilices ya la incorporarás en tu disco duro y te olvidarás de ella, porque lo harás de forma automática. Será el momento en que también le darás tu toque personal.

¿Qué es eso del toque personal? Que jugarás con las estructuras, las combinarás caprichosamente, las utilizarás arbitrariamente. No será rápido, ni fácil, pero si escribes con disciplina, si desarrollas el hábito, si pruebas una y otra vez, mil y una veces, lo lograrás. Y cuando lo consigas podrás decir con autoridad y sin miedo al qué dirán que eres un escritor. Pero, ese es el final de la historia.

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El comienzo es cuando decides el tema del que vas a escribir. Así como cuando te dispones a cocinar primero reúnes los ingredientes necesarios y te aseguras de que nada falte, de la misma manera en el momento de sentarte frente al computador requieres que estén todos los elementos. Cuando te dispones a escribir, es a escribir: la etapa de investigación ya concluyó.

La habilidad de escribir, como cualquier otra, depende de un método, de las rutinas que sepas implementar. Rutinas que, no sobra decirlo, puedas cumplir una y otra vez sin inconveniente, es decir, que sean sencillas, que no te generen trabajo extra cada vez que quieres comenzar. Y una de las rutinas indispensables para escribir bien es reunir antes toda la información necesaria. ¡Toda!

Suele ocurrir, en todo caso, que mientras escribes te surja una duda, te formules una pregunta que no habías considerado y que te obliga a leer algo, a buscar la ayuda de Mr. Google. Es posible. Sin embargo, esa tiene que ser la excepción, no la norma. Porque si tu método de escritura es picar por allí y picar por allá, el proceso será tormentoso y el resultado, quizás no el que esperas.

¿Por qué? Porque así es imposible concentrarse, porque te distraes frecuentemente, porque no estás enfocado en lo importante, porque en tu cabeza todavía no está creada la historia completa. Entonces, en algún punto te vas a frenar, te vas a confundir, porque no tienes un plan establecido. Es cuando aparece el tal bloqueo mental, que no es más que la ausencia de un método.

Pero, volvamos al tema de la estructura, que es el motivo de esta nota. No hay una estructura perfecta, ninguna. Como en cualquier actividad de la vida, serás más afín con alguna y otra más quizás no te guste, no se acomode a tu estilo. No importa. Lo que sí importa es que cuando te sientes frente al computador tengas claramente definida cuál vas a usar, cuál será el paso a paso.

El otro aspecto que debes entender es que la estructura no es un libreto que tengas que seguir al pie de la letra, no es una fórmula exacta (como las matemáticas), ni tampoco es una camisa de fuerza. Es una guía, simplemente. Porque lo verdaderamente valioso no es cuál estructura utilizas, sino tu creatividad, tu imaginación para desarrollar el tema, tu conocimiento y, claro, tu mensaje.

Y, como supondrás, eso no te lo puedo enseñar yo, no te lo puede enseñar nadie. Si has leído algunos de los artículos que publiqué antes en este blog, seguramente ya te diste cuenta de que mi libreto es distinto al de la mayoría de la oferta de copywriters, que mi libreto es diferente, que mi fórmula es personal. Eso, precisamente, me convierte en una opción valiosa en el mercado.

La estructura, lo repito, es solo una guía. Y es la que tú quieras, la que más se acomode a tus necesidades y posibilidades. Debes comenzar con una sencilla, que te permita desarrollar el hábito, y luego avanzas a medida en que escribes más. Recuerda: la clave del éxito en este proceso es comenzar por lo sencillo, por lo que domines, por lo que puedas controlar sin mayor esfuerzo.

Por último, comprende que el arte de escribir, como el de pintar o el de cantar, implica horas y horas de práctica, de pruebas que nadie ve, que nunca salen a la luz pública, y que son las que, al final, te permiten lograr el objetivo. Un buen artículo es el resultado no de un chispazo, de eso que llamamos inspiración, sino de trabajo: decenas y cientos de borradores, de pruebas impublicables…

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El tal ‘bloqueo mental’ es mentira: ¿cómo comenzar a escribir?

No porque se repita una y otra vez sin cesar, porque esté en la memoria de muchas personas, una mentira se convierte en verdad. Aunque esté muy arraigada en las creencias populares, aunque haya quienes crean que es una verdad sentada sobre piedra, en algún momento la mentira se cae por su propio peso y la verdad sale a flote. Y no creas que sucede solo en las películas y la ficción.

También, en la vida real. Por ejemplo, cuando alguien dice “estoy bloqueado y no puedo escribir”. Se antoja una sentencia, un argumento contundente, pero solo es una mentira. Que surge de los testimonios de algunos escritores y otros artistas famosos que, en algún período de su vida, se enfrentaron a esta eventualidad, pero que está lejos de ser una incapacidad para crear o producir.

En el fondo, lo que sucede es que muchas personas creen que escribir, pintar, cantar, cocinar o cualquier actividad que esté ligada a un proceso creativo depende de lo que llaman inspiración. El Diccionario de la Lengua Española (DLE) define este término, en su tercera acepción, como “El estímulo que anima la labor creadora en el arte o la ciencia”. Como ves, no es un don o algo así.

El premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, uno de los creativos más importantes de la historia, solía decir que sus geniales escritos eran “99 por ciento producto de la transpiración y el restante uno por ciento, de la inspiración”. Es decir, trabajo y más trabajo, investigación, además de conocimiento y sensibilidad. Por supuesto, un poco de magia, un 1 %, no está nada mal.

En 1981, cuando la Academia Sueca le otorgó el Nobel, los periodistas corrieron presurosos a Aracataca, en cercanías de la Sierra Nevada de Santa Marta, a entrevistar a Luisa Santiaga Márquez, la madre del escritor. El objetivo principal era que les contara detalles de la niñez de Gabo, de su crianza, de su juventud y, especialmente, que les revelara el gran secreto.

¿Cuál? La fuente de inspiración del genial escritor. Con el desparpajo habitual de la mujer costeña, les respondió: “¿Inspiración? Lo único que les puedo decir es que Gabo tiene muy buena memoria, porque todo lo que escribe alguien se lo contó”. ¡Plop! Por supuesto, fue una gran decepción para ellos, que no se percataron del detalle importante: antes que escritor, Gabo era un periodista.

La verdad, más que eso: un reportero nato de los de antes, un sabueso de la noticia. Un obsesivo investigador, detallista y paciente, y también un escritor creativo, con una imaginación increíble. Pero, no vayas a cometer otro error común: el de creer que Gabo, o cualquier otro genio de la literatura o el arte, poseía un don. Recuerda: “El 99 % es transpiración y el otro 1 %, inspiración”.

La verdadera magia de Gabo, su secreto, es que estaba muy bien informado. Cada vez que se sentaba frente a la máquina de escribir, en su época de periodista, o del computador, en la de escritor, la historia estaba completa en su cabeza. ¿Eso qué quiere decir? Que ya había procesado toda la información, que ya sabía por dónde comenzar, cómo seguir y adónde quería llegar.

Nada de improvisación, pura información. Uno por ciento de inspiración y 99 % de transpiración, de trabajo. Por supuesto, la imaginación, la creatividad, son parte muy importante del proceso, pero esas capacidades no son exclusivas de Gabo, de Miguel Ángel, de Pablo Picasso o, por ejemplo, de un compositor, de un deportista talentoso como Roger Federer o Tiger Woods.

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Eso, por si todavía no te diste cuenta, es una excelente noticia. ¿Por qué? Porque tú, como cualquier otro ser humano, eres creativo, tienes imaginación. Además, si te interesa escribir, estás en capacidad de investigar, de recolectar buena información a través de diversas fuentes; eso también se aprende. Y, por si faltara algún ingrediente, puedes desarrollar esta habilidad.

Porque, en el fondo, escribir es eso: una habilidad. Que, para el caso, Gabo desarrolló, trabajó, pulió y perfeccionó hasta que se convirtió en un escritor superlativo, único. Y, créeme, tú también puedes hacerlo. Quizás no al nivel de Gabo o de algún otro artista reconocido, pero sí en la medida necesaria para escribir un libro. ¡Sí, un libro!, o cualquier otro texto que sea digno de leer.

Es justo decir, sin embargo, que todos los seres humanos estamos expuestos a un eventual bloqueo mental. Aunque hayamos desarrollado la habilidad, aunque tengamos el conocimiento, aunque poseamos la información necesaria, aunque transpiremos mucho en el proceso. Suele ocurrir, principalmente, cuando nos sentamos frente al computador y aún no estamos listos.

¿Eso qué quiere decir? Que no sabemos por dónde comenzar, o cuál será el final, o hay aspectos del texto (o de la historia) que no están definidos. En otros palabras, porque hay cabos sueltos. Y mientras no los ates todos, el bloqueo siempre será una posibilidad latente. Antes de sentarte a escribir, necesitas que todas las piezas del rompecabezas encajen, que no falte ninguna.

El proceso de escribir es, de muchas formas, algo muy parecido a cocinar. Si tienes a mano la receta, si cuentas con todos los ingredientes y sigues el paso a paso lo más probable es que prepares un platillo delicioso. Quizás no sea perfecto, pero podrá comerse sin riesgo de sufrir una indigestión. Quizás después de tres o cuatro intentos, o en el quinto, logras el punto ideal.

El tal bloqueo mental no es más que falta de información, falta de un plan definido, de una historia estructurada y consistente. El tal bloqueo mental no es más que el resultado de un proceso que fue acelerado, que se saltó algún paso. El tal bloqueo mental no es más que la muestra de que te sentaste frente al computador antes de haber armado por completo el rompecabezas.

No basta el conocimiento, no basta el talento, no basta invocar la inspiración: para evitar el tal bloqueo mental tienes que haber creado tu historia, tu relato, completamente en tu cabeza. El ciento por ciento: el 99,9 no sirve, porque en algún momento esa pequeña duda provocará que tu mente quede en blanco. Por supuesto, eso es algo que también se aprende con la práctica.

Puedes comenzar elaborando una lista detallada del paso a paso, como una receta. Estableces la idea de partida y luego, una tras otra, las ideas complementarias que te permiten desarrollar la historia o el relato. Y también el final. No necesitas que esa lista tenga 10 o 100 pasos: con tres o cinco, al comienzo, mientras aprendes e incorporas el hábito, mientras educas tu mente, bastará.

Y, por favor, ni se te ocurra comenzar a escribir pensando en que vas a producir una gran novela, un libro que te signifique un premio. Ve paso a paso, de lo pequeño a lo grande, de lo simple a lo más complejo, de lo que dominas absolutamente a lo que te exige un trabajo de investigación. Eso sí, antes de sentarte a escribir debes haber diseñado el camino que vas a seguir, tu receta.

Por último, no olvides que el hábito hace al monje. Es decir, si solo escribes una vez a la semana o al mes, quizás nunca desarrolles la habilidad o tardes mucho tiempo en alcanzar el objetivo que persigues. Escribe cada día, aunque sea un poco, unos cuantos párrafos, y antes de que te des cuenta se convertirá en una rutina, perderás el miedo y le dirás adiós al tal bloqueo mental.

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Qué lecturas te sirven para desarrollar la habilidad de escribir

Es una de las creencias más arraigadas y, también, una de las realidades más malinterpretadas. “Para escribir bien, tienes que leer mucho”, dicen. Sin embargo, son muchísimos los lectores voraces que no se atreven a escribir o que, peor, cuando lo intentan no son capaces. ¿Entonces? Resulta que esta es una afirmación que no se puede tomar de manera literal; así no funciona.

Leer es un hábito saludable, más allá de que te sirva (o no) para escribir. Leer es cultura, es conocimiento, es entretenimiento, es pasión. Sin duda, es un tiempo bien invertido, mucho más provechoso que, por ejemplo, jugar en el celular o ver series de televisión. Por supuesto, cada uno elige lo que desea, lo que más satisfacción le produce y nadie puede juzgarlo: es su vida.

Sin embargo, la ecuación ‘leer mucho = escribir bien’ no es cierta. No literalmente. ¿A qué me refiero? A que no cualquier texto te ayuda en ese proceso. Veámoslo de otro modo: si una persona quiere rebajar de peso, no cualquier régimen alimenticio le sirve, no cualquier dieta va a producir el efecto esperado. Depende de su organismo, de sus hábitos, de qué más implemente.

Porque es bien sabido que no basta con mejorar la alimentación: también hay que dejar el sedentarismo y practicar deporte al menos 3 o 4 veces a la semana bajo supervisión médica. El especialista, según la valoración que realice, te dirá qué tipo de entrenamiento requieres, cuál es la intensidad recomendada y cómo complementarlo con la alimentación y el descanso.

Por eso, lo primero que debes entender es que no se trata de leer cuanto libro llegue a tus manos o cualquier autor. Y veamos otro ejemplo: conozco a varias personas que leyeron todos los libros de Gabriel García Márquez, algunos en más de una ocasión, pero ninguno escribe como lo hacía Gabo. ¿Entonces? La lección es sencilla: esta premisa no se aplica a la ley de causa-efecto.

Como mencioné en algún otro artículo del blog, soy muy mal lector. Es algo que heredé de mi madre: nunca fui capaz de cultivar el hábito y, por supuesto, la razón es que nunca puse el empeño necesario. Siempre había algo que me distraía, siempre encontraba una buena excusa. En la universidad acaso leí uno o dos de los libros que los profesores nos pusieron como tarea.

¿Por qué? Nunca descubrí un género o un autor que me impactara, que me atrapara. Recuerdo que en la adolescencia solía comprar la revista Selecciones, básicamente para leer los reportajes (historias) y las notas de humor, que eran muy buenas. Un buen día, sin embargo, la revista desapareció de las estanterías de los almacenes y regresó años más tarde, pero ya no me atraía.

Como aficionado a los deportes, compraba semanalmente la revista AS, otro buen producto que se esfumó un día cualquiera. Después, esperaba el ejemplar del periódico El Tiempo de los sábados para leer Cronómetro, en la que se publicaban entrevistas, reportajes interesantes y estadísticas, que luego que se convirtieron en mi pasión. Pero, de nuevo, un día no se publicó más.

Como ves, mi relación con la lectura era de amor-odio: apenas algún producto de atrapaba, se acababa. Era como una maldición. Hasta que descubrí en las estanterías de la Librería Nacional los ejemplares de El Gráfico, la histórica revista de deportes de Argentina. Lo malo era que, aunque se publicaba todas las semanas, por alguna razón que nunca supe a Colombia no siempre llegaba.

Eso sí, durante por lo menos dos o tres años la compré cada vez que la encontré. Si bien la mayor parte de sus páginas estaban dedicadas al fútbol, había excelentes crónicas de boxeo (en la pluma del maestro Carlos Irusta), de automovilismo (que, aunque no era mi pasión, me encantaban las notas) y de tenis. Además, las entrevistas eran magistrales, algo que te estallaba la cabeza.

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No solo hacía mi mejor esfuerzo por conseguir el ejemplar de cada semana, sino que además sacaba el tiempo necesario para leer la revista de principio a fin. Eran pocos, muy pocos, los artículos que no leía. Por aquella época, ya era periodista de la sección Deportes de El Tiempo y esa lectura marcó mi estilo, que se encontraba en franco proceso de descubrimiento y formación.

Osvaldo Ardizzone, Julio César Pasquato (Juvenal), Ernesto Cherquis Bialo, Osvaldo Ricardo Orcasitas (O.R.O.), Elías Peruggino, Daniel Arcucci, Diego Borinsky y el ya mencionado Carlos Irusta, entre otros, se convirtieron en mis mejores maestros. Sus crónicas, sus entrevistas, sus análisis eran mi referencia y, sin duda, marcaron mi estilo: me indicaron cuál era el norte.

Mi relación con El Gráfico y sus periodistas fue de amor a primera vista. Como todos los demás productos, un día no volvió a llegar: se podía adquirir la suscripción, pero el envío desde Buenos Aires costaba una fortuna. Sin embargo, esta vez ya el objetivo estaba cumplido: sus páginas fueron, sin duda, las aulas en las que aprendí a contar historias, a hacer buenas entrevistas.

El resto fue practicar y practicar, atreverme a romper esquemas, negarme a seguir el mismo libreto de la mayoría. No fue la literatura, no fue un escritor ganador del Premio Nobel, no fueron los libros los que me ayudaron a ser mejor escritor: fueron revistas como Selecciones, AS, Cronómetro y, especialmente, El Gráfico las que dejaron huella en mi estilo, en mi trabajo.

Lo que quiero que entiendas es que no tienes que sacrificarte leyendo los grandes clásicos de la literatura o las obras completas de grandes autores. No es necesario. Lo será el día que tomes la decisión de ser un novelista, pero además de leer tendrás que estudiar, formarte. No es necesario si lo que quieres es escribir por gusto, mejorar tu nivel de redacción o aumentar tu cultura general.

Para saber qué te conviene leer primero debes establecer de qué quieres escribir. ¿Deportes? ¿Ensayos? ¿Salud? ¿Superación personal? Sea cual sea el tema que elijas, tu primera tarea consiste en buscar autores relacionados con los que te identifiques, que tengan un estilo que te agrade, en el que te veas reflejado y, cuando lees sus escritos pienses “yo quiero escribir así”.

Si lo que deseas es, por ejemplo, crear un blog con temas de desarrollo personal, no necesitas leer a Jorge Luis Borges, a Ernest Hemingway o a Julio Cortázar. Por cultura general, por gusto por la lectura, está bien; para escribir, te lo aseguro, poco o nada te servirán. La ventaja es que hoy en internet tienes acceso a miles de artículos o libros o blogs de autores que sí te van a ayudar.

Insisto: busca uno que te agrade, con el que te identifiques, uno que quieras leer una y otra vez, porque te atrapa, porque te nutre. Léelo sin prisa, degústalo. Procura identificar cómo es la estructura que utiliza, qué tan largas (o cortas) son sus frases, cuál es el ritmo de su escritura, cuáles son los giros sobre los que se desarrollan sus historias, cómo son sus personajes.

Luego, siéntate y escribe. Al comienzo, quizás te resulte difícil, pero no te preocupes porque es parte del proceso. Eso sí: no intentes copiar al autor que te inspira, que te seduce. Identifica las características de su estilo y procura adaptarlas al tuyo, moldéalas a tu forma de pensar. No cometas el error de creer que sus escritos son un libreto, pues en algún momento te bloquearás.

Entiende que se trata, nada más, de una referencia, de un punto de partida. La clave del buen escritor es descubrir y construir su propio estilo. Que, por cierto, es una tarea que nunca termina porque los tiempos cambian, los lectores cambian, los formatos cambian, los medios cambian y, por ende, tus escritos también deben cambiar, adaptarse a esas nuevas necesidades del mercado.

Recapitulemos:

1.- Si quieres desarrollar la habilidad de la escritura, debes leer. Sin embargo, no cualquier tema, no cualquier autor

2.- Necesitas definir cuál es el tema en el que te vas a especializar y buscar uno o dos autores (no más) cuyo estilo te inspire, con el que te identifiques. Lee todo lo que puedas de ellos

3.- La clave está en identificar cuál es su estructura, cómo es la anatomía de sus historias, para luego tratar de incorporarlas a tu estilo

4.- El resto es practicar, escribir, practicar, escribir. Al comienzo no será fácil y seguramente no lo harás bien. Si persistes, mejorarás con el tiempo, hasta que desarrolles tu propio estilo

5.- Entiende que este es un proceso que no se da de la noche a la mañana. Y no hay mejor fórmula que la de prueba y error. No seas demasiado exigente contigo mismo y valora las críticas