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¿Sabes por qué las buenas historias nunca mueren?

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Son muchos los errores que se pueden cometer al contar una historia y compartirla con otros, con el mercado, con tus clientes. La lista es tanto amplia como variada. Va desde los errores ortográficos, que son inadmisibles (dadas las herramientas que hay a disposición), hasta los conceptuales-estructurales (que son los que, al final, bloquean el impacto de tu mensaje).

La mayoría de ellos, irónicamente, son inducidos. ¿Eso qué quiere decir? Que son producto de seguir el libreto de los vendehúmo que pregonan fórmulas perfectas, estructuras mágicas y más mentiras. En la práctica, son historias planas, falsas, sin esencia, sin alma, sin emoción. Historias de las que se olvidan fácilmente porque no transmiten algo que tenga valor.

Quizás pienses en lo que vemos cada día en internet: estás en lo cierto. Historias cuyo impacto está estrechamente ligado a las payasadas del influencer de turno. De las que se vuelven virales porque activan los bajos instintos, pero caducan en poco tiempo. Modelos de historias que, tristemente, muchos emprendedores y profesionales independientes replican.

Al comprobar el impacto mediático (pero efímero) piensan que es la fórmula del éxito que con tanto ahínco han buscado. Son felices porque se sienten como el pirata que, después de una larga y dispendiosa búsqueda, por fin halló el preciado tesoro. Sin embargo, no tardan en darse cuenta de que cometieron un error, de que (quizás otra vez) cayeron en la trampa de más de lo mismo.

¿Por qué es un error? Porque estas historias fruto del copy + paste carecen del ingrediente que distingue a las buenas historias (las que se recuerdan) del resto. ¿Sabes a qué me refiero? A la autenticidad. Es cierto que, en el fondo, todas las historias se parecen y comparten elementos comunes, y es lógico. ¿Por qué? Simplemente porque los seres humanos somos así, todos.

Es decir, somos parecidos (al fin y al cabo, somos una sola especie) y compartimos elementos comunes. Sin embargo, y esta es la clave, el eslabón perdido de las historias copy + paste, cada ser humano es único y distinto. No puede ser copiado. Como las buenas historias, esas que se recuerdan, que dejan huella, que generan un impacto positivo: son distintas, son únicas.

Esto me lleva a resaltar el primer grave error de la mayoría de las historias. ¿Imaginas cuál es? Asumir que todos los seres humanos somos iguales, que pensamos igual, que sentimos igual, que nos enfrentamos a las mismas situaciones, que padecemos los mismos problemas, que sufrimos el mismo dolor. Por si no lo sabías, es un cliché que perdió su efecto hace mucho tiempo.

A pesar de eso, lo vemos todavía en las películas que llegan a nuestras pantallas. Hay quienes la siguen utilizando porque fue una fórmula que les proporcionó éxito en el pasado. Y dado que no poseen más recursos, que carecen de imaginación, no les queda más remedio que usarla. Son historias (o películas) que siguen un libreto en el que acaso varían solo los nombres.

Un ejemplo: todos los seres humanos, sin excepción, hemos sufrido una pérdida. Bien sea un familiar, un amigo o, quizás, una mascota. Todos, sin excepción, hemos sentido dolor, hemos sufrido. Sin embargo, algunos la superaron más rápido, algunos hicieron el duelo en unos pocos días, algunos aprendieron a cargar con la ausencia sin que se reabriera la herida.

¿Entiendes? El dolor, como tal, la pérdida, es uno solo. Todos los experimentamos. Entonces, ¿que cambia? Las manifestaciones de ese dolor. Que son particulares, únicas de cada persona, de cada ser humano. Eso quiere decir que no podemos etiquetar a la especie bajo el mismo rótulo porque, aunque somos parecidos, aunque compartimos elementos comunes, somos distintos y únicos.

Hay personas que anhelan bajar de peso, adquirir hábitos saludables y evitar enfermedades que son potencialmente mortales. El dolor (el deseo de gozar de buena salud) es el elemento común, pero las manifestaciones son particulares. Algunas bajan de peso con facilidad y otras, sufren para reducir; algunas desarrollan rutinas con rapidez y otras, simplemente, no pueden.

¿Entiendes? Sin importar a qué te dedicas o qué le ofreces al mercado, cuando pienses en el dolor que sufren tus clientes potenciales procura ir más profundo. Recuerda que lo mejor del iceberg es lo que no se ve. ¿Qué sienten esas personas? ¿En qué circunstancias son más vulnerables? ¿Qué dispara las alarmas? ¿Cuáles son las consecuencias? ¿Cómo las controla?

Moraleja

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Lo que realmente hace que una historia sea inolvidable no son sus héroes, sus personajes creados a partir de clichés. ¿Entonces? Que sea autentica y única.

En una línea muy similar, la de la generalización, la de etiquetar a todos por igual, están los clichés de los personajes. Es algo que vemos claramente en las telenovelas que tanto nos gustan a los latinoamericanos: la niña rica, ingenua, rubia de ojos azules; el galán pobre, sin educación, trabajador y de buen corazón; el antagonista envidioso, maldadoso, vengativo…

No en vano, cada vez que vamos al cine y vemos una comedia romántica salimos con la sensación de “esta película ya la había visto varias veces”. Y de cierta forma es verdad. Lo es, porque el libreto de todas sigue el mismo patrón, la misma secuencia, el mismo desenlace. Son clichés que le gustan al espectador y, por eso, a sabiendas de su impacto, son rencauchados una y otra vez.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que en realidad no son personajes, sino arquetipos cliché, vacíos. Un arquetipo encierra una generalización que, a medida que avanza la trama, se desdibuja, se vuelve borrosa, irreconocible. Arquetipos como el héroe (¿el favorito?), el villano, el rey, el sabio, el explorador, el rebelde o el amante. Hay muchos más, decenas de ellos.

También hay arquetipos de tramas: la búsqueda de la verdad, el triángulo amoroso, el sacrificio heroico, el despertar o la popular traición. Hay otros más como el juicio, el renacimiento, el desafío, la tragedia personal o la persecución. Son modelos de éxito comprobados, pero algunos de ellos han perdido impacto por el uso excesivo, por el abuso hecho del recurso.

El error es olvidar que las personas nos identificamos con otras personas, no con arquetipos cliché. Personas con fondo, con sentimientos, con miedos, con emociones, con sueños, con logros… Personas reales. Por eso, los contenidos que apuntan a arquetipos pasan inéditos, mientras que las verdaderas historias de poder se centran en seres humanos de carne y hueso.

Una equivocación que, no sobra resaltarlo, es cada vez más frecuente en esta era de la inteligencia artificial generativa. Que, seguro lo sabes, quizás lo has padecido, abusa del cliché, de las generalizaciones, de los argumentos sin profundidad. Esmérate en crear personajes verdaderos, de la vida real. ¿La clave? Identifica las características que lo hacen auténtico y único.

Por último, el error más grave, el error más común. ¿Sabes a cuál me refiero? A caer en la trampa de centrar nuestra historia en la venta y no en la transformación que experimentará nuestro cliente una vez obtenga lo que le ofrecemos. La transformación es tanto la razón de ser de la historia que cuentas como de tu negocio, de lo que haces, cómo lo haces y por qué lo haces.

Si tu único o principal objetivo es vender y ganar mucho dinero, quizás lo logres. Es posible también que te conviertas en alguien popular o famoso y que, fruto del dinero ganado, puedas darte los lujos que siempre anhelaste. Algunos te dirán que eres un afortunado si lo consigues, pero claramente no seré uno de ellos. Para mí, ese es un objetivo vacío, además de egoísta.

Y es, muy seguramente, la razón por la cual no soy millonario. Me gusta ganar dinero, lo necesito para vivir, pero mi propósito va un poco más allá. ¿Recuerdas cuál es? Producir un impacto positivo en las personas que me permiten ser parte de su vida, inspirarlas a trabajar en la tarea de construir su mejor versión y motivarlas a cumplir con la misión de ayudar a otras.

La mayoría, casi todos, te dicen qué vas a recibir (curso, pdf, video…),  pero eso, créeme, es irrelevante. Lo que en realidad importa, lo trascendental, es en qué clase de persona se va a convertir, se va a transformar quien acepte tu invitación, quien compre tu producto. ¿Cómo va a mejorar su vida? ¿Qué dolor desaparecerá? ¿Qué sueño se hará realidad? ¿Será más feliz?

La transformación no es el resultado, sino el proceso. Como la larva que se transforma en una hermosa mariposa. Lo trascendental no es en qué se convierte, sino lo que experimenta en camino de ser algo distinto. Ese proceso, salpicado de dolores, dificultades, oportunidades y logros, es lo que trasciende. Esa transformación es aquello por lo que tu cliente está dispuesto a pagar.

No se trata, entonces, solo de contar historias. Tristemente, en este mundo de histerias, de afanes y de clichés, el storytelling ha sido prostituido, rebajado, menospreciado. Sin embargo, si desarrollas la habilidad de contar historias reales, con personajes reales (de carne y hueso, con sentimientos), que viven problemas reales y son capaces de resolverlos, lograrás impactar.

No olvides que el vehículo que impulsó la evolución de la humanidad, de la especie, fue el arte de contar historias. A partir de ellas los cavernícolas transmitían conocimientos y creaban el legado que las siguientes generaciones aprovecharían para desarrollarse. No olvides, tampoco, que los seres humanos, todos, somos una colcha de retazos de las historias que vivimos.

Por último, no olvides que los recuerdos más gratos de aquellos que ya partieron de este mundo están representados, precisamente, por historias. Los momentos que compartimos con ellos, los recuerdos inolvidables, los aprendizajes invaluables. Parodiando la película y la canción Los héroes nunca mueren, ahí va la moraleja: las buenas historias nunca mueren

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7 caras de la ‘infoxicación’ y cómo puedes ser parte de la solución

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Soy un convencido de que no se necesita una fecha especial, un día determinado, para hacer lo correcto. Es decir, por ejemplo, no se requiere esperar al Día de la Madre para ir corriendo a su casa y darle un fuerte abrazo. Y agradecerle todo lo que hizo y hace por ti. Es algo que, creo, se debería hacer todos los días o, al menos, con frecuencia. Para eso, cualquier día es especial.

Sin embargo, dado que los seres humanos somos particulares, actuamos en función de los estímulos que recibimos. Somos reactivos, no proactivos. Estamos enseñados y entrenados para responder, no para proponer. ¿La consecuencia? Quedamos sujetos al vaivén de los acontecimientos, cedemos el control de las circunstancias y luego pagamos caro por ello.

Todos conocemos a alguien que se despreocupó de sus padres, de su familia (esposa o hijos) con la excusa del trabajo. El consabido y patético “estoy muy ocupado” es la respuesta común. Después, cuando esos padres o esa familia ya no están, el llanto y el crujir de dientes no son una solución o un paliativo. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Cargar con esa pesada culpa…

Recuerda de cuántos casos como ese, o similares, fuimos testigos durante la pandemia del COVID-19, por ejemplo. Es un error que todos cometemos, quizás porque asumimos que esas personas “siempre van a estar ahí” o porque priorizamos otras actividades o personas. Lo más doloroso es que no hay marcha atrás, la vida sigue su curso y solo nos queda aprender.

En mi caso, y para muchos en contravía de mi actividad como periodista, desde hace años aprendí a priorizar mi salud. La física y, sobre todo, la mental. Entonces, me di a la siempre incierta y retadora tarea de cambiar hábitos: desaprender y volver a aprender. Lo más difícil ha sido cortar vínculos con personas, situaciones y recuerdos que no son saludables.

¿Qué hice? Marqué límites claro y estrictos para evitar que los comportamientos tóxicos de otros me afectaran. También dejé de estar pendiente de las noticias: ya no veo los noticieros en la televisión y me volví muy selectivo con los medios de comunicación impresos. Saqué de mi radar a personajes que, claramente, iban en sentido opuesto a lo que quería en mi vida.

Fue una sensación extraña, no te lo niego. Pero tan pronto me acostumbré, tan pronto sustituí esas personas, situaciones y actividades por otras, estas sí productivas, constructivas, positivas, mi vida cambió para bien. No es fácil, porque chocas con el ego de las personas manipuladoras y a veces cuesta aceptar que eso a lo que le dedicabas tu precioso tiempo no te aportaba nada.

Honestamente, me cansé de tanto contenido tóxico. De tanto odio, de tanta envidia, de tanta maldad, de tanta ingenuidad. Me cansé de dejarme contaminar de personas que cargan con una vida miserable y no saben qué hacer con ella. Entonces, decidí tomar medidas drásticas para evitar que esa infoxicación me condicionara o, peor, me envolviera en su espiral.

Eliminé personas, bloqueé conexiones y realicé un detallado y exhaustivo détox de mis canales de información. Al comienzo, no lo niego, se sintió raro, pero a medida que descubrí, que percibí los beneficios, le encontré el gusto. Y me di cuenta de que las buenas informaciones, positivas y constructivas, fluían. Estaban ahí, pero no las apreciaba por tanto humo tóxico.

Uno de los principales aprendizajes que se desprendieron de esta decisión fue comprobar que la guerra contra la infoxicación y las fake-news no está perdida. Y no solo eso: con constancia, con persistencia, con el método y la estrategia adecuadas, es posible ganar muchas batallas. Además, vi que el mercado está ansioso de contenidos distintos, está harto de lo tóxico.

Como consultor de marketing de contenidos, como experto en storytelling, soy muy incisivo con los miembros de las comunidades a las que pertenezco y con mis clientes. ¿En qué sentido? En la gran oportunidad y la inmensa responsabilidad (van de la mano) que existe hoy para quienes creamos y compartimos contenidos, especialmente a través de canales digitales.

¿Eso qué significa? Mi teoría, de la cual estoy cada vez más convencido, es que “en la tierra de los ciegos, el tuerto es rey”. En otras palabras, el auge de las fake-news, de los vendehúmo, de los patéticos influencers, de esa mentira de los tales creadores de contenido, es posible gracias a la indiferencia del resto del mercado. Que, no sobra decirlo, somos la inmensa mayoría.

Los buenos somos más, muchos más, pero pecamos por inacción, por omisión. Somos más, muchos más, los que estamos en capacidad de compartir contenidos de calidad a través de los cuales ayudamos a otros. Sin embargo, no hacemos la tarea. Unos eligen hacer lo mismo que los tóxicos, en procura de hacerse notar, y otros simplemente deciden no hacer nada.

¿El resultados? Los tóxicos siguen haciendo su fiesta. Contaminan los canales, difunden mentiras, descontextualizan los hechos, normalizan comportamientos indeseables, les faltan el respeto a las audiencias y reinan en el universo digital. Nos contaminan con una variedad de formatos que se antojan inocentes, pero en realidad están cargados con mucho veneno.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente

¡Los buenos somos más, muchos más!

El caldo de cultivo de la infoxicación es la mezcla de intereses políticos y económicos, por un lado, y la ignorancia y la avaricia de las audiencias, por otro. Por eso, es importante que entiendas que puedes ser parte de la solución.

Veamos cuáles son esos formatos tóxicos:

1.- Sátira o parodia.
Es eso que ahora llaman humor, pero que solo es un disfraz para encubrir la desinformación. Su objetivo es burlarse, estigmatizar, descalificar y humillar al personaje o situación que da pie para el contenido. Están presentes por doquier con la excusa de “brindar entretenimiento”, pero solo contribuyen a distorsionar la realidad. De su acción no se salva absolutamente nadie

2.- Contenido engañoso.
Aunque se origina en informaciones que a veces son verdaderas, el contenido es manipulado, distorsionado. Por lo general, se presenta como noticias de medios de comunicación reales y reconocidos, pero cuya imagen es tomada de forma abusiva. Con la irrupción de la inteligencia artificial, que permite clonar voces y avatares, estos contenidos se volvieron una epidemia

3.- Contenido falso.
Una variante del anterior. Se toman noticias y hechos verdaderos y se los presenta en un contexto distinto. Se ponen palabras polémicas o declaraciones absurdas en boca de personas reconocidas o, simplemente, se publican mentiras atribuidas a otros para hacer ruido. Son de esos contenidos que se comparten fácil: hasta el presidente de Colombia cayó en la trampa

4.- Clickbait.
Lo que se conoce como conexión falsa. Se popularizó hace más de una década como la tendencia a crear titulares ‘llamativos’, pero se degeneró en fórmulas ordinarias y falsas. Lo increíble es que los medios de comunicación, todos, sin excepción, mordieron el anzuelo y hoy pagan las consecuencias de haber cultivado audiencias basura a partir de contenidos basura

5.- Contenido manipulado.
Siempre ha existido, pero hoy es una epidemia de alcances insospechados gracias a las increíbles herramientas que nos brinda la tecnología, como la inteligencia artificial. Imágenes, videos o textos alterados de distintas formas con el fin de confundir al consumidor o, en su defecto, de perjudicar a la marca o persona a la que le roban su identidad. ¡Es pavoroso!

6.- El copy + paste.
La forma más antigua de infoxicación digital. La gran mayoría de los contenidos publicados en internet, no solo en redes sociales, es la copia de la copia de la copia. O, cada vez más, el resultado del “prompt mágico” de ChatGPT que genera contenidos repetidos. En los medios de comunicación, este patético fenómeno se llama ‘curación de contenido’, pero es una ordinaria copia

7.- Contenidos ‘patrocinados’.
Una creación de vieja data (desde antes de internet) de las agencias de marketing para los medios de comunicación que ahora pulula en los canales digitales. Hasta marcas reconocidas han entrado en el juego de disfrazar de valor o de noticias contenidos que al final solo son promociones. Las mentiras piadosas son mentiras; los contenidos patrocinados son un engaño

Hay más, por cierto, pero estas son las más comunes, las más frecuentes. Están por doquier y, algo que no puedes pasar por alto, ninguna es inocente. Más bien, todas son perversas, dañinas y lo más sensato es no menospreciarlas. Como tampoco son inocentes quienes están detrás de estas especies tóxicas: marcas, medios de comunicación, vendehúmo, personas…

El caldo de cultivo de la infoxicación es la mezcla de intereses políticos y económicos, por un lado, y la ignorancia y la avaricia de las audiencias, por otro. Aquellos están acostumbrados a dominar el mercado, inclusive a cualquier costo, y no escatiman recursos para hacerlo. Estas, mientras, son incapaces de controlar sus impulsos y dejan al descubierto sus bajos instintos.

Es un problema grave que nos afecta a todos. Como en cualquier pandemia, nadie es inmune, todos estamos expuestos. Por eso, es importante que entiendas que puedes ser parte de la solución si aprovechas tu conocimiento para ayudar y servir a otros. Puedes ser parte de los que aportamos valor con mensajes constructivos, positivos, inspiradores y transformadores.

O puedes estar en el otro bando, el de la infoxicación. Son caminos distintos que, por supuesto, te conducen a destinos distintos. ¡Tú eliges! Puedes hacer lo correcto, hoy, o seguir a expensas de las especies tóxicas que contaminan nuestra vida, los canales digitales. Es hora de decir basta, de imponer límites y tomar acción. La recompensa, te lo aseguro, valdrá la pena.

P. D.: no esperes “un día especial”. El mejor día para comenzar es HOY, siempre HOY

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¿Trabajas para la IA generativa o haces que ella lo haga para ti?

A comienzos de marzo de 2020, un misterioso virus proveniente de China, del que muchos en Occidente decían era una invención, un bulo, llegó y nos alteró la vida. Y no solo eso: se llevó, también, cientos de miles de vidas. El COVID-19 (o coronavirus) nos obligó a encerrarnos en las casas por un largo período y, sobre todo, nos llenó de miedo y causó gran incertidumbre.

A pesar de las advertencias provenientes de algunos sectores científicos, casi nadie creía en el tal coronavirus. Por eso, a su letal impacto se sumó algo que podríamos llamar el factor sorpresa: no estábamos preparados para enfrentarlo, dado que lo habíamos ignorado, lo habíamos menospreciado. Hoy sabemos que ese fue uno de los graves errores cometidos.

Una de las mayores dificultades que enfrentamos en ese momento fue desconocerlo todo, o casi todo, del COVID-19. Y las informaciones no eran certeras; más bien, abundaban las contradicciones, los desmentidos y, por supuesto, pulularon las fake news, las mentiras. Que, no sobra recordarlo, provocaron más pánico, más incertidumbre, más desolación.

En diciembre de 2022, una vez más el mundo fue sorprendido por una noticia, aunque esta era bien distinta. ¿Sabes a qué me refiero? A la irrupción de ChatGPT, la versión generativa de la inteligencia artificial. Una maravillosa tecnología sobre la que también se posan los bulos, las fake news, las mentiras y las versiones apocalípticas. Igual a lo que se dio con el COVID-19.

Como seguramente lo sabes, se trata de una suerte de inteligencia artificial que puede ser entrenada para sostener conversaciones. En esencia, es un chat basado en un modelo de lenguaje creado por la empresa OpenAI. ¿Su especialidad? Realizar tareas relacionadas con la generación de contenidos diversos a partir de las instrucciones que se le brindan.

Si bien surgió con notorias limitaciones y los expertos nos dicen que todavía es mucho lo que se puede desarrollar, la clave de los resultados obtenidos a partir de ChatGPT radican en los prompts (la instrucción que alimentas al chat para que genere el contenido). En palabras muy sencillas, si lo alimentas con basura, te arrojará basura. Por favor, no olvides esta premisa.

A pesar de que ChatGPT irrumpió con fuerza y tuvo un gran eco mediático, la verdad es que la inteligencia artificial está en nuestra vida desde hace décadas. Para ser más exactos, desde mediados del siglo pasado, cuando se crearon las primeras máquinas capaces de emular la inteligencia del ser humano y realizar, de manera efectiva y rápida, una variedad de tareas.

Unas de las versiones más conocidas fue el AOL Instant Messenger, que cautivó a unos 30 millones de usuarios, o la enciclopedia virtual Encarta, de Microsoft. Una famosa fue Deep Blue. ¿La recuerdas? El ordenador creado por IBM y programado con millones de partidas de ajedrez que, en 1997, venció al campeón mundial de aquel entonces, el ruso Gary Kaspárov.

Sin hacer ruido, pero de manera consistente, la IA fue incorporada en múltiples dispositivos que tenemos en casa. Alexa, el asistente virtual de Google, o Siri, la versión de Apple, son un ejemplo. Hoy, su aplicación es prácticamente ilimitada y ha permitido grandes avances en campos como la medicina, los juegos electrónicos, el cine o la creación de contenido.

El problema, ¿sabes cuál fue el problema? Que, como sucedió con el coronavirus, para el común de los seres humanos la inteligencia artificial seguía siendo “algo del futuro”. Y quizás por eso no le prestamos la atención que merecía y hoy, de nuevo, somos presas del pánico, de la incertidumbre, y víctimas de la infoxicación, de la manipulación. ¡Otro apocalipsis!

Sí, nos dicen que llegó para “exterminar la especie”, la versión más radical, o para “acabar con millones de trabajos”. Estoy seguro de que desde hace tiempo utilizas alguna de las formas en que la inteligencia artificial está presente en nuestra vida y, eventualmente, le diste una mirada a ChatGPT, Gemini, Copilot, Dall-E, Midlourney, Jasper o CopyAi, entre otras.

A pesar de que ChatGPT surgió hace solo año y medio, son pocas las personas que en verdad le han podido sacar provecho. Y no porque sea difícil de utilizar, sino porque tienen un gran recelo que provoca que vean la inteligencia artificial como un enemigo. Y no lo es, de ninguna manera, por supuesto. Es, simplemente, producto de la desinformación, de la infoxicación.

Una de las amenazas es aquella de que la IA generativa acabará con todas las formas de creación de contenido (escrito, hablado, visual). Otra, que acabará con los empleos de todos los que, en distintas modalidades, nos dedicamos a la creación de contenido. Hasta ahora, por lo menos, nada de esto sucedió. Ni lo uno ni lo otro. Más bien, se ha dado lo contrario.

A qué me refiero: a que los creadores de contenido que no nos dejamos llevar por el pánico y que entendemos el poder de la capacidad creativa que poseemos hemos hecho de ChatGPT y otras aplicaciones de inteligencia artificial generativa los aliados de nuestro trabajo. No los enemigos, no las amenazas, sino los socios que nos ayudan a potenciar la productividad.

Lo insólito hoy es escuchar decir que la inteligencia artificial “no sirve para nada”. Ya no es que “va a provocar la extinción de la especie” (como en la saga de Terminator) o “te va a quitar el trabajo”, sino que “no sirve para nada”. A mi juicio, solo hay dos opciones: no has utilizado la inteligencia artificial o, peor aún, eres uno de tantos que no saben utilizar.

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Estos son los cinco errores más frecuentes al utilizar la IA generativa:

1.- Crees que la IA es autosuficiente.
Y no, no es así. Por definición, esta tecnología es parte del fenómeno conocido como machine learning. ¿Sabes en qué consiste? Máquinas que están en capacidad de aprender. ¡Sí, aprenden! Como cuando, por ejemplo, le dices a Siri que llame a tu pareja o que prenda la luz de tu celular. Lo que a algunos atemoriza es que su capacidad de aprendizaje es ilimitada.

En el caso específico de ChatGPT, repito la premisa fundamental: si alimentas el chat con basura, te arrojará basura. Es decir, esta tecnología hará todo lo que tú le enseñes, aquello para que la programes y lo hará en los términos que le proporciones. Tú eres el que brinda las instrucciones, así que el resultado lo determinas tú, no la IA. ¿Ya sabes cómo crear prompts?

2.- No verificar sus resultados.
Este sigue siendo el talón de Aquiles de ChatGPT y otras versiones de IA generativa. En principio, porque no estaba conectada a internet y, entonces, usaba su imaginación para darte respuestas. Hoy, porque, a pesar de que echa mano de los contenidos de la web, todos sabemos que este maravilloso universo está lleno de mentiras, falseades y otras especies.

Todas tóxicas, por supuesto. Mi consejo: utiliza esta tecnología solo para generar contenido relacionado con temáticas en las que seas un experto y estés en capacidad de detectar los errores que a otros les resultarían invisibles. Sin embargo, eso no es suficiente: tienes que hacer una verificación exhaustiva, en especial si no eres un experto en crear prompts.

3.- Cuidado con los derechos de autor (copywright).
En medio de su inocencia y de su afán por ayudarte, la IA generativa toma prestado cualquier contenido que encuentre en la red. Por eso, a veces, muchas veces, usa contenidos llenos de mentiras, o con verdades manipuladas o, quizás, que son propiedad ajena. No es su culpa, por supuesto, porque la tecnología cumple con el objetivo de ayudarte, de darte respuestas.

Haz de cuenta que le pides a tu secretaria que elabore el informe que vas a presentar en la asamblea de accionistas. ¿Es ella la indicada? Seguramente, no. Es tú responsabilidad, como en el caso de la IA generativa. Es un tema álgido especialmente en lo relacionado con las imágenes, no solo con los textos. Cuidado, porque si te confías puedes caer en la trampa.

4.- Eres ‘más de lo mismo’.
Este es un error frecuente para los amantes del copy + paste. Insólito en el uso de la IA generativa que llegó para ayudarnos a potenciar nuestras habilidades y fortalezas, pero en la práctica se ha convertido en una variante del abominable “yo te copio, tú me copias, él nos copia, nosotros nos copiamos (unos a otros)”, tan popular hoy. Es la feria de la mediocridad.

Si utilizas los prompts creados por otros, no esperes resultados satisfactorios. Recuerda que el poder del mensaje está en tu capacidad para controlar los aspectos fundamentales. ¿Los recuerdas? A quién te diriges, qué le vas a comunicar, cuál es el objetivo que persigues, qué formato eliges, es decir, lo que en el marketing se conoce como las 3M: mensaje, mercado y medio.

5.- Asumir que la IA sustituye al ser humano.
Por ahora, no es así (y no creo que se dé en algún momento). Repito: creo que esta tecnología llegó para facilitarnos la vida (las actividades que realizamos de manera rutinaria). Sin embargo, lo que obtengamos de ella está en función del uso que cada uno le dé, porque en esencia la IA no es buena o mala: esa valoración la proporcionamos los seres humanos.

La IA generativa no sustituirá a nadie que, apoyado en ella, haga mejor su trabajo, obtenga mejores resultados de manera más eficiente. Los que perderán su trabajo serán aquellos que no sean capaces de utilizarla, que se nieguen a usarla y no puedan brindar unos resultados satisfactorios en su labor. Recuerda: no es un enemigo, sino un aliado.

Hubo una época, hace tan solo 25 años, en la que nos dijeron que esa disruptiva tecnología llamada internet iba a arrasar con todo: empleos o empresas. La realidad nos demostró, sin embargo, que esos anuncios apocalípticos eran mentira. Hoy, dado que la humanidad no aprendió la lección, la historia se repite: nos dicen que la IA es la peor de las amenazas.

Moraleja: pienso que, como todo en la vida, cada uno elige el camino que crea conveniente. En mi caso, ni dependo de la IA generativa ni me he convertido en un subalterno de ella para que realice mi trabajo. Creo y confío en mis capacidades, intento aprender cada día y también desarrollar nuevas habilidades. Una de ellas, poner a trabajar a la IA para mí.

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