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El problema no es no atraer la atención, sino no poder conversar

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Nos dijeron mentiras, nos confundieron y nos tragamos el bulo completo. ¿Sabes a qué me refiero? Desde hace algunos años, en el mercado del marketing hizo carrera una premisa: la prioridad es atraer la atención de los prospectos. “Sí no consigues atraparlo en los primeros 3 segundos, ¡lo perderás!”, sentencian los gurús. Y comenzó la nueva carrera de la rata

Todos, sin excepción, desbocados, obsesionados por atraer la atención de esos clientes potenciales. Una carrera loca en la que tus vulnerabilidades quedan expuestas. Una carrera loca en la que el riesgo de caer en las garras de los vendehúmo es grandísimo. Una carrera loca que te obliga a asumir una cantidad de tareas que, al final, agotan toda tu energía.

Y no solo eso: también nublan tu mente y, muchas veces, provocan que tus recursos se esfumen como por arte de magia. Que necesitas tomar este curso y otro más. Que debes tener esta aplicación y otras más. Que requieres publicar a esta hora y nada más. Que tus contenidos deben seguir tal o cual estructura y los textos deben ceñirse a unas palabras…

La nueva carrera de la rata. Por muy disciplinado que seas, por mucho esfuerzo que hagas, por más que seas creativo, al final no llegas a ningún lado. De eso, justamente, se trata esa carrera loca. Que te la pintan como un rápido esprint de 100 metros y, en la práctica, te das cuenta de que es una ultramaratón que no termina. Tus fuerzas se minan poco a poco…

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que cuando te involucras en esta nueva carrera de la rata lo que obtienes, si al final obtienes algo, es contrario a lo que esperabas. En otras palabras, si tu intención era llamar la atención del mercado, atraer a tus clientes potenciales, los ahuyentarás. Te percibirán como otro vendehúmo, uno más, y se alejarán de ti.

La realidad es que la cacareada batalla por la atención no es algo nuevo. No es, tampoco, un producto del ecosistema digital. Piensa, por ejemplo, cuando eras niño y tus padres intentaban conseguir que atendieras sus órdenes o sugerencias. Sin embargo, casi nunca lo conseguían porque tu estabas imbuido en tus cosas, hasta que alguno levantaba la voz…

O recuerda cuánto le costaba a tu profesor en el colegio lograr que todos en el salón de clase se enfocaran en lo que enseñaba. Siempre había algunos que estaban divagando, como en otro planeta. Que, de acuerdo con la experta Gloria Mark, doctora en filosofía y autora del libro Attention Span (Capacidad de atención), es parte de la naturaleza del ser humano.

La tecnología se diseñó para potenciar nuestras capacidades y ayudarnos a ser más productivos, pero también nos distrae y nos agota en su uso diario”, asegura. Todos lo sentimos: el agotamiento, la fatiga por las videollamadas, las notificaciones constantes y la dificultad para mantener la atención”, agrega. ¿Lo ves? Es la nueva carrera de la rata.

Sin embargo, para Mark el panorama no es desalentador. ¿Por qué? Puede que sintamos que estamos perdiendo la capacidad de concentración por completo, pero hay buenas noticias. Nuestra capacidad de concentración no se ha perdido, simplemente está cambiando la forma en que nos concentramos. Es decir, vivimos distraídos, con la cabeza en todo y en nada.

¿Hay solución posible? Según Mark, sí. Podemos aprender a adaptarnos a nuestros propios ritmos de atención. ¿Cómo? Encontrar la concentración, combatir las distracciones y, en última instancia, sentirnos más equilibrados y menos estresados ​​en nuestro día a día”. Para la experta, el uso de los dispositivos digitales y nuestro bienestar no son incompatibles. ¡Genial!

El problema, ¿sabes cuál es el otro problema? Que nos mintieron, nos confundieron y nos tragamos el bulo completo. ¿Cuál? Que lo imprescindible es capturar la atención de tu cliente potencial, que con eso basta. Sin embargo, la realidad nos demuestra que no es así, que la mayoría de los internautas son lo que en Colombia llamamos la familia Miranda.

¿Sabes cuál es? La que se pasea por tiendas y centros comerciales, entra a muchos locales, mira, pregunta, se prueba y… al final no compra. Igual sucede en internet. Quizás porque está aburrida, la gente navega, pica aquí y allá, se detiene en algún contenido que llama su atención (la atrae, pero no la captura) y después de darle una mirada sigue su paseo digital.

Atraer la atención es tan solo abrir la puerta. Como cuando llegas a la casa del vecino para conversar algunos temas que a ambos les incumben. Dado que es una charla informal, no te invita a pasar a la sala, no te da de comer, no se genera ningún lazo comprometedor. Lo mismo sucede en internet: que alguien se haya fijado en tu contenido no significa nada. ¡Ups!

Es triste reconocerlo, pero esa es la verdad. De hecho, seguro has caído en la trampa, atraer la atención no es muy difícil. Inclusive, suele ser demasiado fácil: esa es la razón por la cual hay tantos vendehúmo, tanto contenido basura. Lo que huele a escándalo, a chisme, a burla, a ridículo; lo que genera la idea de juzgar y condenar a otros nos llama la atención a todos.

Son los bajos instintos por los que, muchas veces, nos dejamos guiar. Nos atrapan y hacen que mostremos nuestra peor faceta, esa que procuramos mantener bajo llave para que nadie se dé cuenta de que existe. Y nos hace tropezar, porque tras ellos están las siempre traviesas, traicioneras y caprichosas emociones. Que, luego de que caes, pasan por encima de ti…

En medio del frenesí, de la histeria del bombardeo al que nos someten cada día tanto en los canales digitales como fuera de internet, atraer la atención se convirtió en una tarea compleja. Compleja, sí, pero no imposible. De hecho, repito, llegar al destino es sencillo si recurres a la tácticas aceptadas: vulgaridad, grosería, insultos, linchamientos mediáticos…

Este video es un resumen del artículo y fue generado con inteligencia artificial.

Allá tú si esa es tu elección. ¿Por qué? Porque tarde o temprano vas a aprender, a las malas, que recibes lo que das. O, en otras palabras, te van a dar una dosis de tu propia medicina. Recibirás odio, insultos, desprecios, todo aquello que las especies tóxicas destilan. Allá tú. Porque caer en esa trampa no es la solución al problema de ser invisible, de no conseguir atraer la atención.

¿Entonces? Como lo mencioné antes, el mercado ha cambiado. Y tristemente no lo ha hecho para bien. Más bien, se ha degradado. El contenido no solo es cada vez más la repetición de la repetidera, vulgar copy + paste, sino que también es más agresivo. Es la razón por la cual ya son pocas las personas que se atreven a compartir en redes sociales, en los canales digitales.

¿El resultado? El más visible, el más popular, la pérdida de atención. Sin embargo, estoy convencido de que el origen del problema es distinto. ¿Eso qué quiere decir? No en el producto final, sino en el proceso. En lo que se hace durante el proceso. Es decir, la perdida de la atención es la manifestación de otros males que, irónicamente, todos están relacionados con el creador del contenido.

De hecho, dependen de él. Y lo digo no solo con la autoridad que me confiere compartir contenidos en canales digitales desde el año 1997, sino como periodista que comenzó su trayectoria por allá en 1987, cuando internet no existía. No es un problema nuevo, está claro, solo que, al igual que otros tantos casos, en los canales digitales se amplifica, se multiplica a niveles insospechados.

Lo primero es que hay una considerable caída de la profundidad. No solo entendida como ir al fondo del asunto del que se trata el contenido, sino también como falta de contexto. Cuando un contenido es superficial, por lo general se recurre al escándalo, al dato distorsionado, al morbo. No se aportan argumentos reales, creíbles y comprobables que permitan entender el hecho.

Aunque el tema sea sencillo, sin contexto es imposible explicarlo, analizarlo, comprenderlo. Ni qué decir con los temas complejos. Todo se banaliza, todo normaliza. El único objetivo que se persigue es la viralidad, el cáncer de los contenidos dentro y fuera de internet. Hacer ruido porque, si no, es imposible competir en esa jungla infestada por tantas y tan diversas especies tóxicas.

Asimismo, está la caída del pensamiento crítico. Nada se cuestiona, no se piensa antes de actuar. Solo se reacciona de manera emocional, por instinto. Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que esas reacciones, por lo general, se dan a contenidos falsos, vulgares mentiras que cumplieron con su cometido de pescar incautos. El clic fácil, rápido, bloquea el pensamiento crítico.

Otra manifestación de este problema es que se asume que todo, absolutamente todo lo que circula en canales digitales, es cierto. Si bien no hay un dato preciso, los analistas consideran que más de la mitad riñe con la verdad, con la realidad. Según MTIxScience, las fake-news se comparten un 70 % más rápido que contenidos reales, porque la mentira no requiere ser creíble.

Comenzamos por el odioso y popular copy + paste. Luego, se pasó a lo que los medios llamaron la curación de contenidos, que era otra vulgar modalidad de copia, solo que se tenía la mínima decencia de nombrar la fuente primaria, en la mayoría de los casos. Hasta que llegamos a este escenario que no sabemos a dónde nos va a llevar: la era de la inteligencia artificial.

Una maravillosa y poderosa herramienta que ha caído en manos equivocadas, las de los impostores. La mayoría de quienes usa la IA lo hacen para falsear contenidos, crear memes y bulos o, simplemente, publicar mentiras. Es la caída de los autores reales, leales, honestos, los que estamos en capacidad de aportar valor, de enseñar, de ser fuente de transformación.

Es, entonces, cuando se llega al punto que, a mi juicio, es el más importante. ¿Sabes cuál es? La pérdida de la conversación. Es imposible conversar en redes sociales, en canales digitales. Si te atreves a expresar tu opinión, te sometes a una lluvia de insultos y amenazas, a la descalificación. No importa si es de política, deporte, religión, cocina, mascotas… ¡No puedes conversar!

Es insólito y contradictorio: las redes sociales son lo más antisocial que existe. Fueron pensadas y creadas para conversar, para compartir, pero es imposible conversar y la casi todo lo que compartes se vuelve en tu contra. Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que, si bien no todos somos culpables, todos somos responsables. Por acción (copiar, replicar fake-news) o por omisión…

Caímos en la trampa de confundir atención con valor. Nos concentramos en el factor equivocado y nos preocupamos no por producir un impacto positivo, sino por generar likes y ser referentes. No sé tú, pero estoy convencido de que este no es el camino: se trata de un peligroso atajo. ¿Cómo evitarlo? Tomando acción. Ir contra la corriente, rebelarte, negarte a ser más de lo mismo.

“Los buenos somos más, pero los malos hacen más ruido”, dijo Facundo Cabral con su sabiduría popular infinita. Cuantas más personas de bien, cuantos más creadores genuinos compartan sus contenidos en los canales digitales, menos espacio habrá para lo tóxico. Dicho de otra manera, o decides ser parte de la solución, y actúas, o te resignas a ser parte del problema

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3 contenidos para generar impacto positivo, ¡sin clichés, sin humo!

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¿Lo mejor de los canales digitales? Les dieron voz a quienes en el mundo de los medios convencionales no eran escuchados. Los visibilizó y nos permitió conocer historias maravillosas que, de otra forma, quizás se hubieran perdido en el olvido. ¿Lo peor de los canales digitales? Les dieron voz a quienes solo aprovechan para destilar sus bajos instintos.

Una salvedad pertinente: lo negativo, lo tóxico, no son los canales digitales. Se trata de herramientas poderosas que están diseñadas para servirnos, para hacer que nuestra vida, en sus diversas facetas, sea más fácil y productiva. Recursos poderosos útiles para todos, para cualquiera. El problema es el uso que les damos, los contenidos que compartimos.

El italiano Umberto Eco, novelista, filósofo y semiólogo fallecido en 2016, dijo: Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

Fue con ocasión de una entrevista con el diario Stampa, uno de los más importantes de su país. En otra oportunidad, en conversación con el diario ABC español, aseguró: “La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad.

El problema, según Eco, se resume así: Con internet, te fías de todo porque no sabes diferenciar la fuente acreditada de la disparatada. Piense tan solo en el éxito que tiene cualquier página web que hable de complots o que se inventen historias absurdas: tienen un increíble seguimiento, de navegadores y de personas importantes que se las toman en serio”.

En una sola palabra, es lo que conocemos como infoxicación. Que a todos nos afecta, de la que todos, en mayor o menor medida, somos responsables. Bien sea porque compartimos contenidos falsos, inconscientes de las eventuales consecuencias. Bien sea, quizás, porque replicamos contenidos tóxicos sin verificar las fuentes y contribuimos a propagar el ruido.

Que levante la mano aquel que esté libre de pecado. Hasta el presidente estadounidense Donald Trump cayó en la trampa y compartió contenidos falsos. Eco, sin duda, tenía razón. Hoy, los canales digitales están llenos de especies tóxicas, de esas que llaman influenciadores, dedicadas a contaminar de múltiples formas. Lo peor es que son prácticamente inevitables.

¿Por qué? Porque lo más tóxico que hay en el ecosistema de los canales digitales es, quién lo creyera, el bendito algoritmo. Que no distingue entre contenidos inocentes y dañinos, entre verdad y falsedad, entre persuasión y manipulación. Solo persigue lo viral para impulsarlo, para potenciar su visibilidad. Y su daño, también. De manera irónica, el algoritmo es ‘el’ enemigo.

No solo de tus publicaciones, sino de las propias redes sociales. Es la principal fuente de contaminación, de propagación de contenidos tóxicos y, por ende, responsable de que este ecosistema ya no sea lo que fue antes. Porque, quizás lo recuerdes, hubo un antes en el que las redes sociales, internet en general, eran agradables. Hoy, ese recuerdo es solo una quimera.

Por fortuna, como lo he mencionado en publicaciones anteriores, esta no es una batalla perdida. No mientras haya una persona, tan solo una, que comparta contenido de valor, cuyas publicaciones brillen por su calidad e impacto, no por el ruido que generan. Y apuesto porque tú, que consumes mis contenidos, prefieres ser parte de la solución, dejar atrás el problema.

Créeme que como creador de contenido de valor le he dado muchas vueltas al asunto. No me resigno a ceder el pequeño espacio que he conquistado para que un influenciador tóxico o un vendehúmo se adueñen de él. Mientras haya vida y salud, continuaré en esta lucha por ofrecer valor, por ayudar y servir a través de los dones y talentos recibidos, de conocimiento adquirido.

Para evitar que tu contenido se pierda de inmediato, atrapado en las garras de las especies tóxicas, debe cumplir dos condiciones. ¿Imaginas cuáles son? La primera, la autenticidad; la segunda, el enfoque. Lo demás, todo lo demás, como el formato, la extensión o el canal, es secundario, en especial en esta era de impostores, de IA generativa de modelos cliché.

El contenido auténtico es aquel que está relacionado directamente con tu esencia. ¿Sabes cuál es? Tus principios y valores, tus creencias, tu conocimiento y tus experiencias, tus sueños. También, tus miedos, tus frustraciones, tus errores, tus limitaciones. ¡Tu esencia! Lo que eres, incluido lo positivo y lo negativo. En otras palabras, lo que te hace ÚNICO y ESPECIAL.

Que, por supuesto, no significa ser monedita de oro y caerle bien a todo el mundo. Tampoco es no recibir críticas o no equivocarte. Esta, la otra cara de la moneda, es parte de la vida en todos los ámbitos. Es el contenido que te identifica, que refleja lo que eres, que con solo tu particular estilo (voz, tono) adquiere sentido. El contenido que produce un impacto positivo en otros.

Moraleja

Este es el contenido de valor que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para continuar)
No está perdida la batalla contra la infoxicación en los canales digitales. ¿El antídoto? Contenido sin clichés, sin humo. Estas tres alternativas te servirán para producir un impacto positivo.

Otra premisa es aceptar la aventura de ir contra la corriente. Es decir, dejar de ser más de lo mismo, dejar de copiar prompts perfectos que no funcionan, dejar de aplicar fórmulas y libretos que no dan resultado. O que dejaron de ser efectivos porque todo el mundo los usa, porque fueron prostituidos. Ir contra la corriente refuerza la autenticidad de tus contenidos.

El segundo aspecto es el enfoque. Lo que el mercado pide a gritos es una mirada distinta, ¡ya no más clichés! Ni los de humanos ni los generados por la inteligencia artificial. ¡No más clichés! Una mirada distinta significa ir un poco más allá de lo que se ve a simple vista, un poco más profundo. Hacerte preguntas distintas, incómodas, y atreverte a compartir las respuestas.

Ir contra la corriente, no lo olvides. Algunas opciones son las siguientes:

1.– Rompe mitos.
Todas las actividades de la vida, sin excepción, involucran verdades a medias o mentiras que hicieron carrera de tantas veces que fueron repetidas. “Todos los hombres son infieles”, “los árabes son terroristas”, “los blancos son más inteligentes” y otras por el estilo. Versiones populares que comenzaron a volar en los canales digitales y adquirieron inusitada fuerza.

¿A qué te dedicas? ¿Eres nutricionista? ¿Un abogado? ¿Un contador? ¿Un sicólogo? ¿Un comunicador? ¿Un ama de casa? Estas actividades, como cualquier otra, están llenas de mitos, de falsedades, de verdades a medias. Elige una opción, solo una, y expresa por qué es un mito, por qué no es cierto. Ofrece argumentos sólidos, comprobables, no solo tu opinión.

Un ejemplo: “El fútbol es un deporte de hombres” fue una visión de la versión que se creyó durante muchos años. Hoy, el fútbol femenino no solo es una realidad, sino que también es el escenario en el que millones de mujeres de todo el mundo cumplen sus sueños y son felices. Y también un espacio de comunicación en el que muchas mujeres pueden expresarse.

2.– Brinda autoridad.
Ten cuidado, porque hay una delgada línea que, si la cruzas, caes en las arenas movedizas de los vendehúmo. Ten en cuenta, además, que no hay verdades absolutas: todo es relativo, está determinado por el cristal a través del cual lo vemos. Entonces, olvídate de las patéticas sentencias contundentes, de las fórmulas infalibles, de las soluciones perfectas.

¿De qué se trata, entonces, la autoridad? De que compartas lo que sabes, lo que has aprendido y, en especial, lo que has vivido, de manera auténtica. Y no solo eso: sobre todo, transparente. Sin filtros, sin omitir lo que te produce vergüenza, sin exagerar o distorsionar tus acciones. La autoridad es revelar algo que te sucedió y compartir lo que aprendiste y puede ayudar a otros.

Un ejemplo: relata algún episodio bochornoso que hayas protagonizado durante tu visita (de vacaciones o trabajo) a una ciudad o un país distinto al tuyo. ¿Qué hiciste mal? ¿Cuál fue el impacto que generaste? ¿Qué consecuencias tuvo ese hecho? ¿Qué aprendiste? Todos, sin excepción, estamos expuestos a algo parecido, así que tu experiencia puede ser útil.

3.– Educa a tu audiencia.
Sí, es cierto que cada vez menos personas quieren aprender (solo buscan resultados). Sin embargo, no olvides que el mayor impacto positivo que puedes provocar en la vida de otros es lo que les enseñas. Piensa en lo que tus padres te enseñaron y hoy, pasado el tiempo, no solo agradeces, sino que concibes también como pilares de lo que eres como ser humano.

El contenido de valor educativo no solo no pasa de moda, sino que, además, si es auténtico, jamás pierde valor. En especial en estos tiempos cambiantes, en los que la vida evoluciona a un ritmo frenético, vivimos en modo aprendizaje. Nunca dejamos de aprender y, entonces, valoramos lo que nos acorte la curva de aprendizaje y nos dé resultados efectivos.

Un ejemplo: si eres padre con hijos adolescentes, revela una acción sencilla que te ayuda a hacer que entren en razón cuando asoman los berrinches. ¿Qué frases usas? ¿Cuál es el tono que empleas? ¿Por qué hace la diferencia? ¿Que otras acciones no dieron resultado? Estoy seguro de que habrá padres que agradecerán tus consejos, si a ellos también les funcionan.

Lo mejor de los canales digitales es que nos permiten a las personas de bien compartir lo que somos y lo que hacemos. Ayudar a otros, quizás lo sabes, proporciona recompensas cuyo valor es incalculable. Créeme: la batalla no está perdida. No, mientras personas como tú y como yo no renunciemos a utilizar los canales digitales y sus herramientas contra la corriente.

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Evita la trampa: ¡di adiós al perfeccionismo y a la vergüenza!

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El perfeccionismo y la vergüenza caminan de la mano. Adonde quiere que vaya el uno, el otro está ahí. Como su sombra. En últimas, son dos de las múltiples máscaras del miedo, esa camaleónica emoción que tanto nos incomoda en distintas situaciones. Parecen distintas, polos opuestos, pero la realidad es que son las dos caras de una moneda.

O, si lo prefieres, son dos caminos que te conducen al mismo destino. Durante casi 10 años me he dedicado a ayudar y asesorar a empresas y emprendedores a crear y gestionar sus estrategias de contenidos. Una experiencia que me ha brindado grandes satisfacciones y valiosos aprendizajes, pero que también me ha dejado algunas, digamos, magulladuras.

¿A qué me refiero? Esa incomodidad que se produce cuando quieres ayudar a alguien, tienes las herramientas para hacerlo, pero te imponen barreras o te cierran la puerta. Entonces, te ves involucrado en una batalla contra sus miedos, sus pensamientos tóxicos, sus creencias limitantes y sus excusas. Un libreto muy bien aprendido que, además, ejecutan con acierto.

¿Por ejemplo? Hay empresas (de todos los tamaños, de todas las industrias) que siguen atadas al modelo del pasado, del siglo pasado. ¿Cuál? Hablar de su producto, de las características de este y del precio. Un camino que hace décadas te llevaba al olimpo de las ventas, pero que hoy es tan solo un atajo que te desvía, que te lleva sin rumbo fijo.

El cambio comenzó con la revolución tecnológica que internet trajo consigo. Y se ahondó en este siglo XXI con los radicales cambio de comportamiento de los consumidores a la hora de comprar. Además, y esto no se puede desconocer, también cambiaron las prioridades y las necesidades de los compradores, así como sus gustos. Es un escenario muy distinto.

Por cierto, no podemos olvidar eventos traumáticos como la pandemia y tragedias naturales como huracanes, incendios, inundaciones, erupciones volcánicas y terremotos que han causado daños por doquier. La verdad es que cada día es más difícil lidiar con la realidad, con la ansiedad, con las preocupaciones, con los efectos del bombardeo mediático.

Estamos invadidos por un océano de basura. La mayoría de la información que circula en los canales digitales (y también fuera de internet) es manipulada, tergiversada o claramente una mentira. Internet, tristemente, es un ecosistema tóxico que genera desconfianza y que, lo peor, ahuyenta a quienes, quizás como tú, están en capacidad de aportar valor al mundo.

Esta, sin duda, es una de las razones poderosas por las cuales tantas marcas (empresas y personas) se niegan a lanzarse a la aventura de compartir contenido. De compartir sus conocimientos y experiencias. Conocimientos y experiencias que, no sobra decirlo, son justamente lo que muchos otros necesitan, la guía que requieren para solucionar su vida.

O, cuando menos, un aspecto de ella. Es como cuando descubres que el techo de tu casa tiene goteras y, justamente, acaba de comenzar la temporada de lluvias. Quizás no las puedas arreglar todas al mismo tiempo, pero con una o dos que ya no filtren está bien. Es decir, el problema se reduce y vas camino de la solución definitiva. Así es como funciona.

He trabajado con empresas y emprendedores que, aunque dicen ser conscientes de la necesidad de crear y compartir contenidos de valor, no lo hacen. ¿Por qué? Carecen de una estrategia o, lo más común, quieren que esa presencia digital sea perfecta, anhelan que en virtud de lo que llaman la magia del copy sus publicaciones sean virales y generen engagement.

Cumplir con este propósito no es imposible, pero no hay magia. Es trabajo, es estrategia, es conocer la necesidad y el deseo de tus clientes potenciales. Es tener la capacidad de crear y ofrecerle al mercado la solución adecuada a partir de conectar con tu audiencia, con las emociones de cada una de las personas que consumen esos contenidos. No hay magia.

El problema, porque siempre hay un problema, es que quieren tapar un hueco abriendo otro hueco. ¿Eso qué significa? Que la mayoría de las veces, casi siempre, no han hecho la tarea de definir sus avatares y, en consecuencia, el mensaje no produce el impacto deseado. Creen que basta con un buen copy, con acudir a ChatGPT, pero solo consiguen ahondar su fosa.

Es, entonces, cuando aparece el otro fantasma, el de la vergüenza. ¿Sabes cómo se manifiesta? Temor a las críticas, obsesión por los likes, inconsistencia de la estrategia (por el afán de querer satisfacer a todo el mundo) o autoexigencia desbordada, entre otras. Y hay algunas más: el miedo a la desaprobación, al fracaso, a recibir el silencio como respuesta…

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La realidad es que nadie nació aprendido. O, de otra forma, todos estamos en un eterno proceso de aprendizaje. Más, en estos tiempos modernos en los que los cambios se dan a una velocidad increíble, casi sin darnos la posibilidad de adaptarnos al anterior. Más, en momentos en los que el mercado requiere (exige) que poseas muchas habilidades.

Si quieres crear y compartir contenido, pero el perfeccionismo y la vergüenza te agobian, acá te ofrezco algunas opciones:

1.- Aprende paso a paso.
“Del afán solo queda el cansancio”, decían las abuelas de antes. Determina cuál es la habilidad prioritaria, esa que te ayudará a avanzar de inmediato, y conviértete en un experto en su manejo. ¿Que hay otras más? Dale tiempo al tiempo. Ya les llegará su turno o, a lo mejor, en el camino te das cuenta de que no las requieres, de que las puedes delegar.

2.- Tú eres la diferencia.
Muchas personas se lanzan a la loca carrera de aprenderlo todo, de dominar todas las herramientas, de ser una navaja suiza. Ese es un error que redundará en que pierdas el enfoque de lo importante, en que te distraigas. Y además malgastarás tus energías, tus recursos y tu tiempo (que no se puede recuperar). Entiéndelo: tú eres la diferencia.

3.- Se hace camino al andar.
No tienes que ser el mejor, en nada, para comenzar. Lo básico es suficiente y lo demás se aprende en el camino. Igual que en la vida: paso a paso. Eso sí, una advertencia: no te dejes llevar por la histeria colectiva del mercado, por la urgencia de escasez de los vendehúmo y determina un plan de aprendizaje. Con disciplina y método, aprenderás lo que requieres.

4.- Comienza con lo fácil.
Es decir, con lo que se te dé de forma natural. Todos somos mejores en alguna habilidad: descubre cuál es la tuya y aprovéchala. ¿Video? ¿Audio (pódcast)? ¿Texto escrito? ¿Imágenes? Con el tiempo, el aprendizaje y la práctica, puedes llegar a ser bueno en todas, pero no te desesperes. Método y paciencia son las claves para llegar a donde quieres.

5.- Asesórate bien.
Hoy es muy fácil caer en las redes de los vendehúmo que prometen el oro y el Moro a la vuelta de unos pocos clics. ¡Es mentira! Y más en el tema de la generación de contenido, una estrategia que requiere paciencia. Mientras aprendes, asesórate de alguien que te brinde las garantías necesarias, no inviertas en lo que no requieres y mide el impacto de lo que haces.

6.- No tengas miedo de delegar.
La excusa habitual es “apenas comienzo y no tengo recursos para pagar”. Sin embargo, esa es una creencia limitante: el activo más valioso de tu vida (o negocio) es tu tiempo. No lo puedes recuperar, así que no lo desperdicies. Determina qué tareas puedes poner en manos de otros a costos razonables y, sobre todo, a sabiendas de que te obtendrás el resultado esperado.

7.- Mejor hecho, que perfecto.
Piénsalo: la mayoría de los contenidos que llenan los canales digitales es, literalmente, basura. Bien sea porque son la copia de la copia, porque son versiones preliminares de la inteligencia artificial, porque son más de lo mismo o, lo peor, porque no aportan valor. Lo que compartas no tiene que ser perfecto: puedes hacer la diferencia si tiene calidad suficiente.

8.- Sé tolerante.
Las críticas siempre llegarán, pero no debes obsesionarte con ellas. Además, es necesario que también aprendas cuáles de ellas tienen sentido y te ayudan a ser mejor. Son pocas, por cierto. Las demás, ¡ignóralas! Sé tolerante mientras encuentras tu estilo, tu tono, mientras el mercado consume y digiere tus contenidos. Recuerda: “la práctica hace al maestro”.

9.- Transmite valor.
Lo que la vida te ha dado el privilegio de recibir, de disfrutar, no es para que lo guardes dentro de ti. Sí, es un tesoro, pero no para guardarlo en un cofre, sino para compartirlo. Solo tendrá sentido si lo transmites a otros. No importa la extensión, el formato o el canal: lo relevante es la utilidad que tenga para otros. Transmitir valor es lo que te hará único y relevante.

10.- Permítete ser vulnerable.
La gente conectará contigo en la medida en que entienda que tú has vivido lo mismo, que tú ya pasaste por esa situación que hoy le enreda la vida. Y, claro, que conoces la salida. No temas mostrarte vulnerable, porque esos episodios que dolieron en el pasado son lo que hoy, precisamente, te convierten en alguien valioso. Ah, y vulnerabilidad ¡no es debilidad!

En el tema de la creación de contenidos, ninguna verdad está sentada sobre piedra. Sí hay pilares, normas, recomendaciones, pero la clave del éxito está en saber adaptarse, en la capacidad de conectar con las audiencias a través de formatos y canales distintos. Y, lo más importante, es tu autenticidad y el valor de los contenidos que le aportes al mercado.