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Cómo NO caer en la trampa del plural mayestático (nosotros)

El sermón del sacerdote en la iglesia, el discurso del político en la plaza pública, las respuestas del deportista en la rueda de prensa, el comunicado de la empresa y tu conversación habitual están unidas por un hilo conductor. ¿Lo sabías? Es algo inconsciente, algo que aprendimos de los mayores y que se ha reforzado con el uso reiterado en todos los ámbitos de la vida.

¿Sabes a cuál me refiero? Al popularizado uso del plural mayestático o del plural de modestia, una variación del anterior. ¿Sabes en qué consiste? A comunicarnos a través de la tercera persona del plural, el nosotros. Para la mayoría, no solo resulta cómodo, sino que también está la creencia de que evita la primera persona del singular, el yo, que puede llegar a ser odioso.

Lo hacemos de manera automática, tanto porque así programamos nuestro cerebro a punta de repetirlo una y otra vez, como por conveniencia social. El yo, que para algunos es una tentación irresistible, resulta chocante. Aunque sea tu pareja, o tu padre, o tu jefe o un amigo, el yo repetido en algún momento se torna insoportable, desagradable, no se tolera fácil.

En cambio, el nosotros genera menos resistencia. Esta práctica de hablar en tercera persona del plural se conoce como plural mayestático. ¿Sabes por qué? Porque, en la antigüedad, era la forma en que los reyes, emperadores y papas empleaban para dirigirse a sus súbitos, a sus feligreses. Después, sin embargo, su uso se fue extendiendo a las personas del común.

“Estamos orgullosos de ti, hijo”, dice el padre en una expresión que quizás solo refleje su opinión, pero que involucra a otros (mamá, hermanos, familiares, amigos). “Ofrecemos los servicios de marketing digital”, dice el emprendedor, en clara alusión a que el trabajo no lo realiza él solo, sino que cuenta con un equipo que lo respalda. ¿Ves cómo funciona?

“Hablar en primera persona de plural supone que lo que opinamos es compartido y, por tanto, no es exclusivamente nuestro. Esto inconscientemente nos proporciona cierta protección. Si nos equivocamos, no estamos fallando solo nosotros, sino toda la sociedad. Esto concluyó un estudio de Johannes Zimmermann, profesor de Psicología de la Personalidad en la Universidad Kassel, en Alemania.

Por su parte, el psicólogo social James W. Pennebaker, profesor de la Universidad de Texas, en Austin (EE. UU.), Una persona que miente tiende a usar el pronombre ‘nosotros’ sin mencionar ningún pronombre en primera persona de singular”. Como ves, se trata de un tema que no solo es muy interesante, sino que tras bambalinas esconde algo mucho más complejo.

Hablar en tercera persona del plural, como lo dijo Zimmermann, nos brinda una protección: nos libera de la responsabilidad absoluta, la compartimos, aunque esos otros aludidos no se den por enterados. Además, y este es el poder de las palabras que los políticos y autoridades saben emplear, es una forma muy hábil de diluir la carga de las decisiones que tomamos.

Hay otros casos en los que también se utiliza la tercera persona del plural con un sentido positivo, constructivo. Así, por ejemplo, cuando una empresa es objeto de un reconocimiento alude al nosotros para que todos los empleados se sientan involucrados y partícipes del logro. Es decir, quien pronuncia las palabras no quiere adjudicarse él solo los méritos de lo obtenido.

En este caso, hablamos de plural de modestia, que es una expresión muy común entre los deportistas. “Hemos jugado un buen partido”, “Hemos hecho el máximo esfuerzo” y otras frases que involucran tanto a sus compañeros (si se trata de un equipo) o, de otra forma, a quienes lo secundan, como su entrenador, preparador físico, nutricionista o mánayer.

Existe una tercera variante, también muy popular en el lenguaje oral, que se denomina plural sociativo. Es cuando, tal y como lo explica el diccionario de la Real Academia de la Lengua, “se involucra al interlocutor de forma afectiva”. ¿Por ejemplo? “¿Qué tal estamos?”, o “¿Cómo nos fue en la reunión con el cliente?” o “Estamos muy felices de verte, hijo”.

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Como mencioné al comienzo, el uso de la tercera persona del plural es algo inconsciente, algo que aprendimos de los mayores y que se ha reforzado con el uso reiterado en todos los ámbitos de la vida. Sin embargo, al escribir o al transmitir un mensaje con mayor impacto, el copywriting exige que nos dirijamos a un solo lector, a una sola persona. Sí, en singular.

En especial, si la comunicación se realiza a través de internet. Quizás te has dado cuenta de que, cuando asistes a una charla de alguien reconocido en el mercado, el experto siempre se dirige a la audiencia en singular, aunque en la sala o reunión haya 10 o 100 personas. ¿Por qué? Es lo que se conoce como el poder del uno, una estrategia de comunicación muy útil y efectiva.

La primera razón es que cuando hablas como si te dirigieras a una sola persona, no a una audiencia masiva, logras llamar la atención de la mayoría (o quizás de todos, de manera individual). Cada una de esas personas que te escuchan asume inconscientemente que te diriges a ella en particular, se siente involucrada, valorada, presta mayor cuidado a tu mensaje.

La segunda razón es por el impacto que puedes conseguir. Al hablar en la tercera persona del plural, apelando al nosotros, se le resta poder al mensaje. ¿Por qué? Porque el mensaje se diluye, se divide. Lo más probable es que algunos de la audiencia se distraigan, no entiendan los beneficios de lo que ofreces, piensen que eso es para otros, no para ella. ¿Entiendes?

La tercera razón es por la autoridad. Es, justamente, la fortaleza a la que apelan los políticos o los sacerdotes en su mensaje: esconde el odioso yo, pero tu mensaje sigue investido de poder, de la fuerza necesaria para generar un impacto emocional en la persona que lo escucha. Es como si el emisor fuera el dueño absoluta de esa verdad, como si nadie más lo supiera.

“(Yo) Estoy convencido de que es la mejor decisión”, “(Yo) Creo que no es el momento adecuado para salir de casa” o “(Yo) Pienso que fue mejor tomarme un descanso”. Como ves, en las anteriores frases el Yo siempre está presente, pero tras bambalinas, sin provocar ese rechazo que corta la comunicación, que resulta odioso. Y el mensaje mantiene su poder.

Cuando el Yo está escondido, se consigue un efecto muy poderoso: el mensaje que se emite está blindado, tiene una carga capaz de derribar objeciones y creencias limitantes y, lo mejor, de provocar una reacción. Esa es la magiadel mensaje persuasivo: que no convence (lo que implica vencer una dura resistencia), sino que inspira (una acción voluntaria, decidida).

Dejar de utilizar las diferentes formas de la tercera persona del plural (mayestático, de modestia o sociativo) es prácticamente imposible. En especial, en el lenguaje verbal. Sin embargo, sí podemos aprender a hacer uso del yo escondido, que nos evita enfrentar los problemas de la primera persona del singular (el yo manifiesto) o, peor, caer en su trampa.

Te propongo un ejercicio: durante un día, en todas las comunicaciones e interacciones que tengas con otras personas, procura evitar al máximo el yo manifiesto y haz uso del yo escondido, siguiendo el modelo de las frases enunciadas tres párrafos antes. ¿Cuál es el objetivo? Que percibas el poder de tu mensaje, que te des cuenta cómo cambia el impacto.

Los seres humanos poseemos el poder infinito de la palabra, del lenguaje, pero a veces no nos damos cuenta de ello. Como es algo natural, algo que viene incorporado en nosotros desde la configuración original, quizás no lo valoramos. Y, por otro lado, estamos atrapados en el YO, en el egocentrismo que rompe la empatía, que solo provoca cortocircuitos en la comunicación.

Puedo decirte con conocimiento de causa (fíjate que eliminé el Yo manifiesto), porque lo practico cada día en mi trabajo (¡lo hice de nuevo!), que estás en capacidad de generar un impacto positivo en la vida de otros gracias al poder de las palabras. La clave está en que utilices las correctas y evites la trampa del Yo manifiesto y no abuses del plural mayestático.

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Mensaje de impacto: los 6 principios de la persuasión de Cialdini

Aunque no nos damos cuenta, aunque muchas veces lo hacemos de manera inconsciente, todo el tiempo estamos en la tarea de persuadir. El diccionario define este término como “La capacidad o habilidad para convencer a una persona mediante razones o argumentos para que piense de una manera determinada o haga cierta cosa”. Lo hacemos todo el tiempo, ¿cierto?

Si eres padre, lo sabes mejor que nadie: buena parte de tu día estás en la tarea de persuadir a tus hijos para que ordenen el cuarto, terminen la comida, apaguen el televisor y vayan a estudiar un rato, en fin. Lo mismo si tienes una mascota: le dedicas tiempo a enseñarle, a instruirla para que siga tus instrucciones o, quizás, a aprenda algún truco divertido.

La capacidad de persuadir es innata en el ser humano. Eso significa que todos, absolutamente todos, la poseemos. En distinta media, por supuesto. ¿De qué depende? Dado que se trata de una habilidad, está determinada por cuánto la has desarrollado, cuánto la practicas de forma consciente, en cuántos ámbitos de tu vida la utilizas. La clave está en que sea consciente.

El problema con la persuasión es que suele confundírsela con otros términos que son muy parecidos, pero con los que hay diferencias. El primero, sin duda, es la manipulación. Según el diccionario, es “Intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares”.

En términos prácticos, la diferencia entre persuasión y manipulación radica en la intención. En el primer caso, se trata de un intercambio de beneficios, lo que comúnmente conocemos como gana-gana. En el segundo, mientras tanto, aquel que manipula es el único que obtiene lo que desea y casi siempre (¿o siempre?) la contraparte tiene que ceder, pierde de algún modo.

La manipulación es algo que vemos todos los días. Ese, quizás ya lo sufriste una vez, es el arma principal de las personas tóxicas, jefe, pareja o familiar, cualquiera. Las redes sociales también están contaminadas de manipulación por doquier: odios, peleas sin sentido, crítica destructiva o ese fenómeno que conocemos como matoneo o bullying. Es la base de la infoxicación.

Otro término afín es convencer, al que el diccionario define como “Incitar, mover con razones a alguien a hacer algo o a mudar de dictamen o de comportamiento”. Como ves, la diferencia con la persuasión es mínima, muy sutil. La diferencia está en que cuando intentas convencer a una persona apelas a argumentos lógicos, mientras que en la persuasión apuntas más a las emociones.

Así mismo, tenemos que hablar de disuadir, que es definido como “Inducir o mover a alguien a cambiar de opinión o a desistir de un propósito”. ¿Cuál es la diferencia? Que cuando hablamos de disuasión nos enfocamos en prevenir algo que puede ser negativo, en llevar a esa persona a que deje de ejecutar alguna acción específica que puede hacerle daño a ella o a otros.

Más allá de estas similitudes que nos pueden llevar a la confusión, lo importante es que te des cuenta del poder de la persuasión y de cómo puedes utilizar ese poder en tu comunicación, en la construcción de tu mensaje. No importa si eres una gran marca, un negocio mediano, un emprendedor o una persona común y corriente: todos debemos aprender a ser persuasivos.

No importa, tampoco, si tu intención es vender o alguna otra acción que no signifique una transacción económica. Un maestro, en la escuela o la universidad, requiere un mensaje persuasivo para que la transmisión de su conocimiento sea más efectiva e impactante, para que sus alumnos la acepten sin resistencia. Es, indudablemente, una habilidad necesaria.

Ahora, la pregunta que quizás te formulas en este momento es “¿Cómo ser persuasivo?”. Lo primero es ser consciente de que es una habilidad que ya está en ti y, por ende, no tienes que tomar un curso o algo por el estilo. Está en ti, pero quizás no tienes control sobre ella, así que tu tarea consiste en traerla al plano consciente para utilizarla cada vez que la necesites.

El sicólogo y escritor estadounidense Robert Cialdini, archiconocido por sus libros Pre-suasión – Un método revolucionario para influir y convencer y el de Influencia – La Psicología de la persuasión, estableció seis principios de la persuasión, que también son conocidas como las leyes de la influencia, que son pilares tanto de la sicología como del marketing. Veamos:

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1.- Ley de reciprocidad.
El sentimiento de estar en deuda con alguien es muy poderoso. Cuando alguien hace algo por nosotros, aunque eso sea insignificante, sentimos que debemos retribuirlo, agradecerlo. Aunque esa persona no lo pida, nos gustaría devolverle el favor, compensar la ayuda. Lo más importante es entender que no se trata de cuestiones materiales o que haya un interés velado.

2.- Ley de la coherencia.
Cuando una persona accede a una petición que le realizamos, una pequeña acción, ya dejó la puerta abierta para algo más grande, más importante. Lo crucial, en este caso, es que la siguiente solicitud que hagamos sea coherente con la primera. Además, que lo que decimos esté en concordancia con nuestros actos porque así se fortalecen la confianza y la credibilidad.

3.- Ley de la escasez.
La escasez es uno de los disparadores emocionales (también conocidos como gatillos) más poderosos que existen. Es la razón por la cual no podemos resistir la tentación de obtener algo cuando nos dicen que se va a acabar, que es de producción limitada o exclusiva. El miedo a perder algo que deseamos es prácticamente irresistible, aunque no podemos abusar de él.

4.- Ley de la autoridad.
Por el modelo en que prácticamente todas las generaciones hemos sido educadas, somos muy dados a seguir el camino que nos marca alguien está investido de autoridad bien sea por la edad, por el conocimiento, por la experiencia o por los buenos resultados en una actividad. Nuestros padres, un sacerdote, el maestro o el médico son claros ejemplos de este principio.

5.- Ley del agrado (o de la aprobación social).
Nos guste o no, somos prolijos a escuchar lo que dicen otros, a seguir sus recomendaciones, a atender sus opiniones. Aunque nos resistamos, tendemos a seguir el comportamiento de la mayoría. ¿Por qué? Asumimos que, si la mayoría lo hace, está bien. Y, si algo sale mal, gracias a este principio nos sentimos menos responsables, dado que compartimos el error con otros.

6.- Ley de la simpatía (o del agrado social).
Es más fácil que nos persuada alguien que no simpatice, que nos agrade, en especial cuando se trata de una persona que, además, es físicamente atractiva o famosa. Es la razón por la cual las marcas emplean a figuras reconocidas en sus estrategias publicitarias, porque estamos más abiertos a escuchar lo que dicen. Este principio es muy relevante hoy, por las redes sociales.

Seas consciente o no, dentro de ti hay un mensaje poderoso, una historia de impacto a través de la cual puedes persuadir o inspirar a otros. Más, en estos tiempos de incertidumbre en los que hay tantas personas que necesitan ayuda para hacer frente a las dificultades, para hallar respuestas a los interrogantes que nos presenta la vida. No temas compartirlo con los demás.

Recuerda: lo que no se comparte, no se disfruta. Además, entiende que aquello que la vida te concedió, el aprendizaje que acumulas y las experiencias que acreditas de nada te sirven si no las transmites a otros para ayudarlos, para evitar que cometan los mismos errores que tú. La forma más sencilla, pero más poderosa e impactante de hacerlo, es a través de la persuasión.

Un último consejo: no pretendas convertirte en un experto de la persuasión de un día para otro. Lo primero es traer tu mensaje al plano consciente y trazar la estrategia para conseguir lo que deseas. Ten cuidado, eso sí, de no desviarte por el camino, de no tomar un atajo que te lleve a donde no quieres ir y termines en las arenas movedizas de la manipulación.

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8 palabras, no tan inocentes, que debes utilizar con cuidado

Las palabras tiene poder, un inmenso poder. Para bien o para mal, según la intención de quien las pronuncia o las escribe, según la percepción de quien las escucha o las lee. Una palabra, una sola, es capaz de reparar una profunda herida que ha provocado mucho dolor. Una palabra, una sola, está en capacidad de desatar la Tercera Guerra Mundial en un santiamén.

Lo primero que hay que decir es que no existen las palabras inocentes, las neutras. Quizás sí en el diccionario, no en la realidad, no en el uso cotidiano. Las palabras cambian su significado de acuerdo con el país o, inclusive, de acuerdo con la región en un mismo país. En un lugar son algo gracioso y en otro, algo grosero. Esto, por supuesto, representa una gran dificultad.

¿Cuál? Nadie, absolutamente nadie, está exento de cometer un error o, cuando menos, un pequeño desliz con una palabra. Una dificultad que es mayor si tu trabajo está relacionado con el uso habitual de las palabras, como escritor, periodista, copywriter o alguien vinculado a los medios de comunicación. Es como caminar por un terreno minado: siempre hay riesgos.

En el caso del copywriting, una herramienta creada hace más de un siglo (como mínimo), pero de la cual nos dicen está de moda, el mercado se ha apropiado de una variedad de términos que son peligrosos. ¡Dinamita pura!, inestable, altamente explosiva. Términos fáciles que se dicen y se repiten sin cesar con una supuesta intención positiva, pero su efecto es negativo.

Términos fáciles que, para colmo, se asocian con resultados específicos como “venderás más”, como si fuera causa-efecto. Y no lo es, por supuesto que no lo es. Porque no todos conocemos el significado preciso de cada término, porque entendemos cada término en función de las creencias y experiencias, porque los términos están irremediablemente atados a emociones.

Un “¡Te quiero!” no significa lo mismo, no lo recibimos igual, si estamos enfadados. Esa es la realidad. Cuando escribes, no sabes cuál es el estado de ánimo, el estado emocional, de quien va a recibir tu mensaje. Quizás lo enviaste con una intención, pero esa persona lo interpretó al revés o de forma diferente y se produjo un cortocircuito. Es algo que nos sucede todos los días.

Ahora, cuando escribes textos para internet, sin importar el formato o la extensión, debes ser cuidadoso cuando eliges las palabras. Primero, como lo mencioné, porque hay unas que cambian de significado según el país y no sabes en dónde está tu lector, tu audiencia. Segundo, porque tampoco sabes cuál es el nivel de conocimiento de esa audiencia. ¿Entiendes?

Por eso, no solo debes determinar la intención de las palabras que utilizas, sino también, anticipar su eventual interpretación. No lo puedes controlar, es cierto, pero si conoces a tu avatar, a esa persona a la que diriges tu mensaje, puedes intuir qué efecto se producirá. Y esta es la puerta de entrada a un terreno con arenas movedizas, uno que no podemos evitar.

¿Sabes a qué me refiero? Al de la ética, al de la responsabilidad, al de no cruzar la delgada línea que hay entre la persuasión y la manipulación. No, al menos, de manera consciente y, mucho menos, premeditada. En esencia, estas dos palabras significan lo mismo, lo que cambia es la intención. Y lo que vemos con más frecuencia es un deliberado exceso de manipulación.

¿Qué objetivo persigues? ¿Sabes que puedes hacer daño, pero sigues adelante? Según el Diccionario de la Lengua Española, intención significa “Determinación de la voluntad en orden a un fin”. Es decir, la intenciónes consciente, algo que está bajo nuestro control. Por eso, no es posible eludir la responsabilidad por el eventual daño causado por las palabras que elegimos.

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En copywriting, lo mencioné, hay una serie de términos fáciles, palabras que en teoría son inocentes, pero que tienen una poderosa carga emocional y, lo peor, negras intenciones. Si eres quien escribe, te sugiero evitarlas al máximo o ser muy preciso en la idea que expresas para evitar malentendidos, interpretaciones equivocadas y, lo peor, ser fuente de problemas.

Si eres parte de la audiencia y estás interesado en algo que te ofrecen, ¡ten cuidado! Necesitas conocer cuáles son estos términos y asumirlos con beneficio de inventario, no tragarlos entero. ¿Por qué? Porque la mayoría de las veces esconden un engaño (premeditado, consciente), una falsa promesa o una promesa que no se puede cumplir y te van a hacer pasar un mal rato.

Estos son algunos de esos términos, los más frecuentes:

1.- Perfecto.
Nada, absolutamente nada, es perfecto. Nada, ni nadie. Y menos cuando el resultado está a la vuelta de unos pocos clics. No existe el post perfecto, ni la estrategia perfecta, ni el negocio perfecto. Cada caso es único y particular, no hay reglas establecidas y lo que a mí me funciona es posible que a ti no te sirva. Esto, vale mencionarlo, se aplica cualquier actividad de la vida.

2.- Fórmula ideal.
Una variación del anterior, pero además esconde un mensaje perverso: aquel de “este es el único camino”. Y la verdad, la realidad de la vida, es como lo escribió el poeta Antonio Machado: “se hace camino al andar”. Además, no olvides que en estos tiempos modernos lo que ayer funcionó, hoy queda obsoleto; lo que ayer fue ley, hoy pierde la credibilidad.

3.- Definitivo (a).
Esta es una de esas mentiras liviana que se caen por su propio peso. ¿Por qué? Porque la única verdad en estos tiempos modernos es la dinámica del cambio. Cambia, todo cambia, como decía la gran Mercedes Sosa. Nada es definitivo, ni siquiera la vida misma. Las leyes cambian, los postulados cambian, las ideas cambian: ¡nada es definitivo! No te comas este feo sapo.

4.- Magia.
Existe la creencia popular de que es posible hacer magia con las palabras. No, no es cierto. El mejor escritor del mundo o el mejor orador del mundo no hacen magia. Solo conocen el poder de las palabras, su significado, y saben utilizarlo en el momento preciso, eligen las adecuadas para producir un impacto específico en su audiencia. Es una habilidad que todos poseemos.

5.- Trucos infalibles.
Una expresión muy común en el mundo de los negocios, en los titulares de los medios de comunicación. Ahora, te pregunto: ¿alguna vez, alguno de esos trucos infalibles te funcionó? La respuesta, en 9,5 de cada 10 ocasiones, será un NO rotundo (y en mayúsculas). De nuevo, no existe nada que a todos nos sirva, que se aplique para todos, nada que no pueda fallar.

6.- Gratis.
Esto, seguramente, ya lo viviste: nada, absolutamente nada, es gratis en la vida. ¡NADA! Que no cueste dinero es otro tema, pero nadie da algo sin esperar una retribución, un intercambio. Esa es la naturaleza del ser humano, hemos sido educados así. El gratis, por lo general, esconde una trampa que descubrirás tarde o temprano. “Gratis, ni el saludo”, dicen en la calle.

7.- Debes
En otras palabras: si no haces lo que te ordenan, y como te lo ordenan, te va a ir mal, vas a fracasar. En la vida, en los negocios, en el amor, en fin. Es una forma velada que esconde una fórmula ideal o un plan perfecto. Lo que sea que quieras obtener en tu vida, simplemente hazlo. Como te dé la gana, como puedas. Lo importante al final es el qué (resultado), no el cómo.

8.- Nunca.
“Nunca digas nunca”, esa es la única verdad. De resto, todo en la vida depende. ¿Cómo así? Depende de las circunstancias, de la oportunidad, de tus decisiones, de tu conocimiento, en fin. En cierto sentido, hay que poner en práctica la teoría de la relatividad: todo es relativo, nada es absoluto. De nuevo, lo que a ti te funciona, a otros, no les sirve, y viceversa.

Las palabras tiene poder, un inmenso poder. Para bien o para mal, según la intención de quien las pronuncia o las escribe, según la percepción de quien las escucha o las lee. La palabra es un don del ser humano y aprender a utilizarla correctamente no solo es necesario (en especial en estos tiempos de hipercomunicación), sino también es un placer. Domínalas y disfrútalas…

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