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Old Spice: si el mensaje correcto le llega a la persona equivocada…

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Durante 80 años, fue lo que podríamos llamar “la marca preferida del mercado”. Lo era a tal punto que su fragancia la conocía cualquiera, todo el mundo, y podía identificarla con facilidad. Recuerdo que no faltaba en el baño de mi padre, que a lo largo de su vida, especialmente en la etapa laboral, por períodos tuvo bigote o barba. Para él, cómo olvidarlo, la afeitada era un ritual.

Cuando uno iba al supermercado y pedía crema (o espuma) para afeitar, 9,5 veces le ofrecían los productos de Old Spice. Venía el paquete completo: desodorante, agua de colonia, crema para afeitar y loción para después de la rasurada. Además, desodorante, champú, gel para la ducha y jabones. Los estuches eran elegantes y, sin duda, eran “el regalo perfecto”.

La marca fue creada en 1934 por William Lighfoot Schultz. Curiosamente, el primer producto, lanzado pocos días antes de la Navidad de 1937, fue para mujer e inspirado por su madre: un aroma llamado Early American Old Spice. Fue tan bien recibido, que al año siguiente se creó la línea masculina, comercializada con una particularidad: la imagen eran veleros coloniales.

En los años 70 y 80 era el producto más popular en los baños familiares. Y, también, sinónimo de distinción. Era una marca global, reconocida por doquier, un negocio sólido. Tanto, que la multinacional Procter & Gamble lo adquirió en junio de 1990, cuando estaba en la cresta de la ola. El efecto inmediato fue la ampliación de la variedad de productos en todas las líneas.

La marca de los veleros navegaba en aguas tranquilas, a pesar de que el mercado se diversificó. Sin embargo, llegaron las tormentas, los tiempos difíciles. Las nuevas generaciones ya no querían utilizar los productos “de sus abuelos” y, de manera inesperada, las ventas se desplomaron. Se prendieron las alarmas y pasó tiempo antes de descubrir el motivo.

¿Cuál era? Ese nuevo mercado de jóvenes percibía lar marca como “anticuada”. La asociaban con sus “abuelos” y, por supuesto, no querían que las mujeres los percibieran como “viejos”. De ser “el regalo perfecto”, el kit de Old Spice se transformó en uno aburrido, repetido, poco apetecible. La realidad era que los hombres jóvenes preferían las marcas “más modernas”.

Con más de ocho décadas a cuestas, la marca necesitaba un cambio radical. El dilema al que se enfrentaba era claro: se reinventaba o desaparecía. Pero primero tenían que identificar el problema para solucionarlo. Por fortuna, eligieron el camino adecuado. ¿Cuál? Le preguntaron al genio del marketing. ¿Sabes cuál es? El mercado, los consumidores del producto.

Fue, entonces, cuando descubrieron algo que no sospechaban: que el 60 % de los productos de baño (aseo personal) de los hombres… ¡lo compran las mujeres! Sí, las esposas, las novias, las madres, las hijas, las compañeras de trabajo, las amigas… Recuérdalo: era el “regalo perfecto” para el cumpleaños, el Día del Padre, la Navidad, Amor y Amistad, en fin…

El problema, ¿sabes cuál era el problema? Establecieron que durante décadas el mensaje de la marca estaba dirigido al segmento equivocado. ¿Cuál? A los hombres. Si bien eran ellos el destino final del producto, ¡no eran los compradores habituales! Por eso, a medida que el mercado cambió y hubo nuevas generaciones de compradores, el posicionamiento se diluyó.

Este, créelo, es uno de los errores más comunes y, como en el caso de Old Spice, ni siquiera las grandes marcas están exentas de cometerlo. Y no porque, algo muy frecuente hoy, no conociera con exactitud quién es su cliente potencial: lo sabían desde hace décadas, pero el comportamiento del mercado evolucionó y la marca no lo hizo. Esto generó una desconexión.

Un caso en el que este error se replica sin cesar es el del segmento de productos para niños. Claramente, en el 99,99 % de las ocasiones, la decisión de compra no la toma él. Sí, lo pide; sí, insiste; sí, hace berrinche si se lo niegan, pero casi nunca toma la decisión. ¿Por qué? Porque carece del medio de pago. En otras palabras, depende de la decisión de otro, de un adulto.

Es una situación común en muchas empresas o negocios: el que realiza la gestión, el que hace el recorrido, tan solo es un intermediario. “Me interesa, pero tengo que consultarlo con mi jefe (o con el gerente)”, es una frase que escuchamos a menudo. Si has pasado por ese proceso, seguro sabes que ese es un punto de quiebre que, por lo general, frustra la negociación.

Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Se entra en un terreno muy peligroso, aquel de “saber quién es el responsable”. O, en otras palabras, el culpable. Y no se trata de eso, por supuesto. Y no es, tampoco, la solución al problema. Es probable, asimismo, que se asuma que el producto ofrecido “está mal” y, entonces, se involucra en la carrera loca de cambiarlo una y mil veces.

Lo adecuado, en estos casos, es revisar tu estrategia para saber si te diriges al cliente correcto, si el mensaje que emites es el correcto y si el canal que elegiste para difundirlo es el correcto. Esto es lo que se conoce como las tres M del marketing: Mensaje, Mercado (audiencia) y Medio. Es un trípode y, seguro lo sabes, si alguna de las tres patas falla el equilibrio se pierde y cae.

En el caso de Old Spice, el mensaje era correcto, pero les llegaba a las personas incorrectas: a los hombres. Entonces, ¿qué hizo la empresa? Modificó el mensaje. Lanzó una nueva campaña con el mensaje “Tu hombre podría oler como un hombre de verdad si usara Old Spice”. ¿Y qué mujer no quiere estar con “un hombre de verdad”? A partir de ahí, las ventas se recuperaron.

De ir en caída libre, en poco tiempo registraron un incremento progresivo: a corto plazo, del 60 por ciento; a largo plazo, del 125 por ciento. ¿La clave? Su mensaje ya no estaba dirigida al usuario final (el hombre), sino al comprador (la mujer que estaba con ese hombre). Los canales digitales de la compañía colapsaron con interacciones que superaron las expectativas.

Sin embargo, el éxito de la campaña tuvo un ingrediente adicional muy valioso. ¿Sabes cuál fue? Logró conectar con audiencias jóvenes. Es decir, Old Spice dejó de ser una marca anticuada, diseñada para los abuelos, y volvió a ser un producto fresco, apto para jóvenes. Ese fue el motor que impulsó las nuevas ventas, y se ha mantenido así hasta ahora.

Es común que, cuando una campaña no cumpla con el objetivo previsto, muchas marcas o negocios recurran a la salida fácil. ¿Sabes cuál es? Bajar el precio. No tardan en darse cuenta de que ese no era el problema, porque las ventas seguirán estancadas. Los más pesimistas se irán al extremo y asumirán que su producto “no sirve” y renunciarán a volverlo a intentar.

Ahora, algo que la mayoría ignora: cuando el mensaje no produce el impacto deseado, el responsable casi nunca es el mensaje. ¿Entonces? Nueve de cada diez veces, es porque se dirige a la persona incorrecta. No solo porque no es el cliente ideal, alguien que no padece el problema que tu producto puede solucionar, sino que no es consciente del problema o ya lo solucionó.

Una de las premisas clave del marketing en el siglo XXI es aquella según la cual la venta (o la compra, según el lugar desde donde lo veas) es fruto de un impulso emocional que luego se justifica de manera racional (“lo necesitaba”, “me lo merecía”, “hace rato que lo buscaba”). La clave es que quien siente el impulso emocional sea la persona que toma la decisión de compra.

De lo contrario, habrá un cortocircuito. Era lo que le sucedía a Old Spice: el impulso emocional del mensaje apuntaba al hombre, pero el componente racional de la ecuación era la mujer (la que tomaba la decisión). Cuando corrigieron el error, cuando enmendaron la estrategia y el mensaje, por fin, estaba dirigido a la persona que tomaba la decisión, el resultado cambió.

Algo más, importante: no solo debes hablarle a la persona que toma la decisión de compra, sino que debes hablarle en sus términos, con sus palabras. De lo contrario, no te escuchará. Ese fue el éxito del nuevo mensaje de Old Spice: “Tu hombre podría oler como un hombre de verdad si usara Old Spice”. Sencillo, pero efectivo, porque apunta a una gran debilidad femenina.

Si revisas el éxito o el fracaso de una campaña de marketing, independientemente de cuánto dinero hay tras bambalinas, la diferencia del resultado está en el mensaje. Que, no sobra decirlo, es un factor que muchos menosprecian o al que le asignan un rol secundario. Quizás olvidan que, al final de cuentas, de lo que se trata es de una conversación entre personas…

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Porqué conocer las emociones básicas le dará poder a tu mensaje

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Están presentes en todos los seres humanos, sin excepción. Nos acompañan desde que nacemos hasta el último instante de la vida. Son incontenibles y contagiosas. Independientemente de la raza, la cultura, el nivel de educación o el lugar de nacimiento, son comunes en todas las personas. Así mismo, cualquiera puede aprenderlas y son indispensables para relacionarnos unos con otros.

¿Sabes a qué me refiero? A las coquetas, traviesas, caprichosas y traicioneras emociones. Sí, esas señoritas que nos acompañan a lo largo de la vida y son las responsables de nuestras dichas y desdichas. De ellas se habla mucho, se tienen creencias sin fundamento (mitos apoyados en el imaginario popular) y se les ha estudiado por décadas sin conseguir unificar conceptos.

Son rebeldes, almas libres que nadie puede atrapar, que nadie puede controlar. En el mejor de los casos, se puede aprender a gestionarlas, que en la práctica significa reducir el impacto que están en capacidad de producir en cada ser humano. Una tarea que no es fácil, por supuesto, dado que no hay un acuerdo acerca de cuántas y cuáles son en realidad. Las definiciones son ilimitadas…

Una definición básica de las emociones es que se trata de la respuesta automática que emite el cerebro a un estímulo recibido, interior o exterior. Por ejemplo, el dolor cuando nos golpeamos con un mueble o la risa que se desata al escuchar o ver algo que nos resulta gracioso. O el llanto que surge cuando experimentamos una inmensa alegría o, también, profunda tristeza o dolor.

En esencia, las emociones son señales de alerta que el cerebro utiliza para informarnos acerca de algo que lo inquieta. Dado que una de sus tareas primordiales es protegerte, hace uso de estas herramientas para prevenirte de peligros o provocar acciones inmediatas. ¿Por ejemplo? Corres cuando escuchas un estallido, gritas cuando algo te asusta, abrazas a alguien para compartir una alegría.

Robert Plutchik, un afamado sicólogo estadounidense, creó la que se considera la herramienta fundamental para identificar las emociones básicas. Se trata de la rueda de las emociones. ¿Sabes qué es? Establece 8 emocionesbásicas: alegría, confianza, miedo, sorpresa, tristeza, aversión, ira y anticipación. De cada una se desprenden parejas que están estrechamente relacionadas.

Hay tres niveles de parejas:

1.- Nivel primario:
–
Alegría más confianza redunda en amor
– Alegría más anticipación, en optimismo
– Confianza más miedo, en sumisión
– Miedo más sorpresa, en alarma
– Sorpresa más tristeza, en decepción
– Tristeza más asco, en remordimiento
– Asco más ira, en desprecio
– Ira más anticipación, en agresión

2.- Nivel secundario:
–
Alegría más miedo redunda en culpa
– Alegría más ira, en orgullo
– Confianza más sorpresa, en curiosidad
– Confianza más anticipación, en fatalismo
– Miedo más tristeza, en desesperación
– Sorpresa más asco, en incredulidad
– Tristeza más ira, en envidia
– Asco más anticipación, en cinismo
– Ira más tristeza, en envidia

3.- Nivel terciario:
–
Alegría más sorpresa redunda en deleite
– Alegría más asco, en morbosidad
– Confianza más tristeza, en sentimentalismo
– Confianza más ira, en dominación
– Miedo más asco, en vergüenza
– Miedo más anticipación, en ansiedad
– Sorpresa más ira, en indignación
– Tristeza más anticipación, en pesimismo

Según el experto, las emociones nos ayudan tanto a conocernos a nosotros mismos como a conocer a otros. Y no solo eso: algo muy importante es que la identificación de las emociones nos permite entendernos. Además, establecer y fortalecer lazos a través de los cuales interactuamos y nos relacionamos. Del mismo modo, son útiles para adaptarnos a las circunstancias del momento.

Paul Ekman, otro sicólogo estadounidense, nos ofrece otra visión: profundizó en el estudio de las emociones y su expresión facial. Como resultado de sus investigaciones, estableció seis emociones básicas, las mismas de las que habló Plutchik. Identificó otras, a las que llamó secundarias, que a menudo surgen de la combinación de dos o más primarias y son más complejas, más elaboradas.

¿Por qué? Porque sus manifestaciones están influenciadas por factores cognitivos, culturales y personales, y pueden variar de forma significativa entre individuos y culturas. Es la razón por la que un comportamiento determinado en un país es considerado normal, hasta jocoso, mientras que en otro resulta ofensivo y es rechazado. O que a ti algo te produzca miedo y a tu hermano, ira.

Otros especialistas han hablado de emociones positivas y emociones negativas. Sin embargo, hay que tener cuidado en su interpretación: no es que haya emociones buenas o malas, sino que sus manifestaciones nos resultan agradables (positivas) o desagradables (negativas). Por supuesto, no hay normas establecidas y cada persona las expresa distinto, en función de las circunstancias.

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Ahora, otro aspecto importante: la diferencia entre emociones y sentimientos. En el lenguaje común, especialmente el verbal, suele asimilarse, asumirse, que son iguales, y no es así. La diferencia radica en que los sentimientos son interpretaciones subjetivas y conscientes de las emociones. Son más duraderos e intensos y están influenciados por creencias, experiencias y pensamientos.

La razón por la cual a veces, muchas veces, no entendemos nuestros sentimientos, o ignoramos el origen de esa manifestación, es porque creemos que es una emoción. En realidad, desconocemos o no hemos identificado cuál es la emoción real que está detrás de ese sentimiento específico. Una confusión que, por supuesto, abre la puerta para que las emociones hagan sus travesuras.

La conclusión es que los seres humanos somos complejos y, sobre todo, impredecibles. Sin embargo, una vez conocemos estos fundamentos de las distintas teorías de las emociones es posible desvelar algunos de nuestros secretos. En otras palabras, nos permite comprendernos mejor, aceptarnos y tolerarnos, y de la misma manera relacionarnos con otras personas.

Este tema de las emociones, por si no lo sabías, es responsable del éxito o fracaso de tus estrategias de contenidos. También, de que tus contenidos y mensajes compartidos con el mercado produzcan el impacto que tú deseas. Ojo: no es una de esas fórmulas mágicas que pregonan los vendehúmo, sino las herramientas más poderosas de las que dispones en tu intención de ser más persuasivo.

Muchas marcas (empresas y personas) hacen caso omiso de esto y se van por otro camino. ¿Sabes cuál es? El de apuntar sus contenidos, sus mensajes, a nuestro otro yo: el racional. Además, se apalancan en el miedo, en el dolor de sus clientes potenciales, para tratar de conseguir que tomen una decisión de compra en el menor tiempo posible. Sin embargo, obtienen un resultado distinto.

¿Cuál? El rechazo. Que se da porque la compra, siempre, es la respuesta a un impulso emocional. La razón solo entra en juego después de que la compra está consumada con el objetivo de justificar esa decisión, de evitar el sentimiento de culpa, de sentirnos bien. Ir por el camino racional se traducirá en enfrentar objeciones, la resistencia de tu cliente y malgastar tus energías.

Una de las premisas básicas del marketing nos dice que debes conocer a tu cliente potencial de manera profunda, “mejor que a ti mismo”. Sin embargo, muchos, la mayoría, omiten esta tarea o se limitan a llenar el tradicional mapa de empatía, que en el pasado fue muy útil, pero hoy es una herramienta limitada. ¿El resultado? Se dan cuenta de que intentan conectar con un desconocido.

Para conectar con esas personas a las que puedes ofrecerles una solución debes aprender a identificar sus emociones básicas. Saber qué lo hace sentirse alegre, qué le produce miedo, por qué se enfada, qué lo entristece, qué lo sorprende, a qué le tiene aversión y qué eventos provocan la anticipación. Cuanto más precisa sea la información que poseas, mejores resultados obtendrás.

Cada ser humano experimenta y expresas sus emociones de manera particular, única, en función de su historia de vida. Esto significa de su conocimiento, de sus experiencias, del aprendizaje de sus errores, de sus logros, de sus sueños. Y todos, sin excepción, manifestamos las emociones todo el tiempo, le decimos al mundo cómo nos sentimos, casi siempre de manera inconsciente.

La mejor herramienta para hacer esta tarea de identificar las emociones de tus clientes potenciales y conectar con ellas es el contenido. ¿Cómo hacerlo? Comparte tus historias de vida, en especial aquellas de esos momentos positivos o negativos en los que las emociones afloraron de manera abundante. A través de la identificación, las personas correctas te dirán que vivieron lo mismo.

Por ejemplo, relata el día en que nació tu primer hijo de manera tan detallada como sea posible. O revela cómo fue el proceso que experimentaste hasta pedirle matrimonio a tu pareja. O comparte cuál es el logro de tu vida del que más orgulloso te sientes. O, si te atreves, habla de qué hiciste para superar un duelo. O, quizás, cuenta cuál fue el peor día de tu vida y cómo te marcó.

Sí, ya sé que son historias muy personales, casi íntimas, pero debes saber que son precisamente las que mayor identificación generarán. También, las que te permitirán establecer conexiones más sólidas, más cercanas con esas personas. Ten en cuenta que, al fin y al cabo, a pesar de que las circunstancias sean distintas, ellas pasaron por lo mismo o, en el peor de los casos, por algo parecido.

Los seres humanos, todos, sin excepción, somos un universo infinito de emociones. Nuestra vida transcurre al vaivén de ellas, a pesar de ellas. Nos guste o no, son el ingrediente que le da sabor a la aventura de la vida, el motivo por el cual aquello que vivimos lo recordamos con gratitud o con dolor. El valor que damos a cada experiencia está determinado por la emoción que nos produjo.

Conocer y gestionar las emociones, entonces, es una habilidad que debemos desarrollar. Cuando gestionemos las emociones, cuando impidamos que ellas nos dominen, la perspectiva de la vida cambiará radicalmente. Y la vida misma, por supuesto, así como las relaciones con los demás. Será el momento en el que dejaremos de huir de ellas y comencemos a disfrutarlas…

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Vender el diferencial (lo que te hace único), el poder de tu contenido

Todos, absolutamente todos los seres humanos, somos únicos. Ni siquiera los gemelos, que nacen de un solo óvulo fertilizado que se dividió en dos, son idénticos. Muy parecidos, quizás, pero idénticos, no. Esa condición de irrepetibles, precisamente, es la que nos hace valiosos y, al tiempo, la característica más poderosa que nos fue otorgada al llegar a este mundo.

A lo largo de la vida, sin embargo, tanto por lo que nos enseñan como por lo que aprendemos a partir del ejemplo de las personas de nuestro círculo cercano, menospreciamos esa unicidad. Queremos ser como otros, queremos seguir los pasos marcados por otros, aunque ese no sea un camino conectado con nuestros dones y talentos, con nuestro propósito de vida.

Y está bien, porque el ser humano necesita modelos dignos de imitar, ejemplos que le sirvan para inspirarse y que le guíen en el difícil camino de la vida. Sin embargo, el problema radica en que un tema es modelar y otro bien distinto, copiar (o intentar copiar). Al final, ¿sabes qué sucede al final? Que se dan cuenta de que es imposible lograr el objetivo y se frustran.

Lo triste es que es una situación que se repite en múltiples actividades de la vida, un modelo que, a pesar de no brindarnos resultados, lo replicamos una y otra vez. Por ejemplo, cuando creamos una empresa, un negocio o trabajamos como profesionales independientes que venden un producto o un servicio: queremos imitar al número uno del mercado, “al mejor”.

Pizzerías hay millones en el mundo y muchas de ellas son muy buenas. No solo las de las grandes marcas, sino algunos locales pequeños, de barrio, en los que puedes deleitar el paladar con unas preparaciones increíbles. Cada marca es única, ofrece un diferencial que la hace distinta de las demás y que, al final, es la razón por las cuales sus clientes la eligen.

¿Por ejemplo? La calidad y variedad de los ingredientes, el tipo de masa, los quesos y los aliños y algo muy importante: si se cocina en horno convencional o de leña. Dado que los gustos de los clientes son diversos, el de las pizzas es un mercado en el que hay espacio para todos. En especial, para todos los que tengan una propuesta de valor única que los haga diferentes.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que a veces, muchas veces, el cliente elige una pizza simplemente porque “me gusta”. En realidad no sabe qué la hace distinta y mejor que otras, solo que es más agradable para su paladar. Entonces, si tú eres el dueño de esa pizzería, de ese local, tienes que enseñarle a tu cliente por qué tu pizza es distinta y mejor que las demás.

Una idea errada que hizo carrera en el mercado es aquella de que “debes publicar contenido para vender”. Y no es así: se trata de uno de tantos bulos que los gurús de la bola de cristal han puesto a rodar. Y que, además, encierra una mentira (o una verdad a medias): mezclan el contenido con publicidad, mezclan peras con naranjas, confunden gimnasia con magnesia.

¿Entiendes? Es un error inducido, uno más de tantos que abunda en el ciberespacio. La publicidad tiene como fin vender, pero suele ser engañosa, decirnos verdades a medias o, en el mejor de los casos, distorsionadas. El contenido, cualquiera sea el formato que elijas, se destina a informar, educar y nutrir a tu cliente potencial, en especial en la primera fase del proceso.

¿Cuál es el origen del error? Creer, como dicen los vendehúmo, que si “tu producto es perfecto lo comprará cualquiera”. Si caes en esa trampa, créeme, lo pagarás caro. No venderás, es muy posible que te etiqueten como spam y, lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Perderás a ese cliente potencial, que se irá con la competencia. En otras palabras, te quedarás con las manos vacías.

El 99 por ciento de las personas que tienen algún contacto con tu marca o negocio no saben qué haces, quién eres, qué ofreces y, lo más importante, qué puedes hacer por ellas. Algo más: prácticamente ninguna de ellas es consciente de ese grave problema que tú crees que puedes solucionar, lo que en la práctica significa que no están interesado en ninguna solución mágica.

Es como un día caminas desprevenido por la calle y se te acerca alguien a venderte un coche para bebé. “No tengo bebés, gracias”, le dices, pero insiste. Hasta que te saca de casillas y no tienes más remedio que ahuyentarlo a las malas. Era uno de esos vendedores que cree tener superpoderes, la capacidad de “convencer a cualquiera”, y a la hora de la verdad era solo un mal vendedor.

Sí, de los del siglo pasado, una especie en vías de extinción de la cual, por desgracias, en internet todavía quedan algunos ejemplares. Esos vendedores que intentan forzar la venta, que quieren meterte su producto por los ojos y, lo peor, de esos que no les importa si lo que te ofrecen lo necesitas o lo deseas: solo quieren tu dinero. Cuando lo obtengan, desaparecerán.

Sabemos que la compra es la respuesta a un impulso emocional, pero no podemos olvidar que en la mayoría de los casos ese impulso es el final de un proceso que no necesariamente es corto. Es decir, un día en internet ves algo que te interesa, que te llama la atención o que habías buscado durante tiempo, sin encontrarlo. Pero, no lo vas a comprar de inmediato.

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Ese no es el comportamiento habitual de los consumidores. Siempre hay una etapa de búsqueda de información, de consulta de la experiencia vivida por otros compradores y de validación del producto o servicio. ¿Por qué? Porque una vez el cerebro activa ese impulso emocional, también pone en marcha la otra cara de la moneda: las objeciones y los miedos.

Entonces, se da una épica batalla entre el quiero y no debo, puedo y no puedo, lo necesito o es un capricho. Surgen las vocecitas que impulsan la compra y también las que te previenen de las consecuencias hasta que tomas una decisión. Durante ese tiempo, para salvaguardar tu responsabilidad, consultas información, tanteas otras opciones, lo consultas con la almohada.

Es un período en el que el contenido se convierte en tu principal aliado. Úsalo, en especial, para que tu cliente potencial sea consciente del problema que padece, cuáles son las características (síntomas) y cómo se manifiesta en su vida. Además, debes mostrarle qué sucederá en su vida en los próximos meses o años si no toma la solución que le ofreces.

En otras palabras, tu cliente potencial NO compra un problema, un dolor, sino la solución que acabe con este, pero primero debe estar convencido de esa realidad. Es decir, primero compra el problema y luego, la solución. Este es un procedimiento que la mayoría de las veces se da de forma inconsciente y que se ejecuta en especial cuando el precio de lo que deseamos es alto.

Una aclaración pertinente: cuando digo problema o dolor hay que considerar también el deseo porque los seres humanos, todos, absolutamente todos, compramos por antojo. Es decir, nos dejamos llevar por las emociones y compramos algo que no necesitamos, que no nos hace falta, pero lo compramos porque “me hace ver bien”, “me gusta esa marca”, “me siento bien”.

Un ejemplo: nadie, absolutamente nadie, necesita un reloj Cartier original para ver la hora. Un reloj común y corriente, de la marca X, te da la hora. ¡Tu celular te da la hora! Sin embargo, hay personas dispuestas a pagar entre 4.000 y 20.000 dólares (en la tienda oficial) por un reloj de la prestigiosa marca. Un lujo, un deseo, un impulso emocional que solo unos pocos pueden experimentar.

Además de la hora y la fecha, que cualquier reloj de supermercado te pueden dar, ¿qué compró esa persona? El estatus, que en el caso de Cartier es un privilegio de unos cuantos, algo así como una clase social. El reconocimiento, porque sin duda ese costoso reloj llamará la atención de quienes lo vean. Y, por supuesto, la envidia y la admiración de los demás.

¿Entiendes? Otro ejemplo: eres un coach y vendes consultorías personalizadas, terapias y cursos para enseñarles a otros a vivir en plenitud, con abundancia, paz y tranquilidad. Antes de que le cuentes en qué consiste cada actividad, cuál es el contenido o cómo será la dinámica, tu tarea es informarlo acerca del problema que padece (no que no sabes que tiene) y educarlo.

Que entienda que esos síntomas que se presentan de cuando en cuando, la angustia, el dolor recurrente, los pensamientos tóxicos, el anclaje en el pasado y otros más son manifestaciones de ese problema. Mientras no sea consciente de que siente eso y de cómo influyen de forma negativa en su vida, no comprará. ¿Para qué? Debes venderle primero su vida presente.

Luego, a través del contenido, dibujas en su mente el escenario al que lo vas a llevar, esa nueva vida que puede construir junto contigo a partir de las terapias, consultorías y cursos. Cuando vea que hay luz al final del túnel, y no antes, el cerebro activará el impulso emocional de la compra. Necesitarás darle más información, educarlo más, pero el impulso ya se activó.

Así mismo, no cometas el error de creer, de asumir, que tu cliente potencial entiende a la primera que padece un problema o que tiene un deseo y que, por ende, está en disposición de comprar. ¡Así no funciona! Los seres humanos somos maestros a la hora de ignorar aquello que nos incomoda (dolor, sensación), tanto por miedo como por el famoso “qué dirán otros”.

El contenido, en suma, es la herramienta más poderosa al alcance de tu mano para conseguir que tu cliente potencial sepa que sufre un problema grave (o que su deseo está al alcance de la mano) y que hay una solución disponible. Tu trabajo será informarlo, educarlo, hacerle ver el alto precio que pagará si no trabaja contigo, si no compra lo que le ofreces. ¡Magnifícalo!

Todos, absolutamente todos los seres humanos, somos únicos. Ni siquiera los gemelos, que nacen de un solo óvulo fertilizado que se dividió en dos, son idénticos. Y con los negocios y/o empresas sucede lo mismo: algunos son muy parecidos, quizás, pero idénticos, no. En la medida en que puedas transmitirle a tu cliente potencial ese diferencial, él te elegirá.

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