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La polarización en la comunicación: un atajo lleno de riesgos

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Los políticos, desde siempre, la convirtieron en su arma secreta. También se hizo popular en los púlpitos y más adelante se instaló en la narrativa de los medios de comunicación. Hoy, como si se tratara de una burla del universo, está por doquier. La polarización, esa manía de dividir en opuestos, es la columna vertebral de estrategias de marketing y mensajes (contenidos).

Irónicamente, en estos tiempos de globalización, de uniformidad, de más de lo mismo, la polarización es el valor fundamental para muchos. “Divide y vencerás” es la premisa que se aplica no solo al ámbito de los negocios, sino que es parte de todas las actividades de la vida. Nadie está exento de ella y, lo peor, inclusive sin querer, todos caemos en su trampa.

Lo primero que hay que convenir es que la polarización, como tal, no está mal. De hecho, los opuestos son parte de la naturaleza, de su esencia. ¿Por ejemplo? Blanco y negro, día y noche, sol y luna, risa y llanto, alegría y tristeza, vida y muerte… Es imposible de evitar, entonces. Lo que sí está mal es el uso que algunos (no pocos) le dan: pasan de la persuasión a la manipulación.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que en ese campo de batalla, no hay vencedores, solo vencidos. Es decir, nadie gana. Nunca, en ningún escenario, la polarización disfrazada de manipulación condujo a algo positivo o constructivo. En esa confrontación abierta, directa, descarnada, desalmada, el primer objetivo que se persigue es la destrucción del opuesto.

Y para conseguir ese objetivo se utilizan todas las armas disponible. En especial, aquellas que provoquen un mayor daño. Es algo que comprobamos en las redes sociales. No solo porque allí todos tienen voz, sino porque el derecho a réplica es un eufemismo. ¿Por qué? Muchos pueden ver lo que se dijo de ti, y muchos lo creerán. Pocos, sin embargo, tendrán acceso a tu réplica.

Si vives en EE. UU. o estás en un país como Colombia conoces perfectamente lo que es la polarización. Se vive cada segundo, cada minuto de la vida. Los presidentes son verdaderos maestros del arte de la polarización. A partir de las sentencias contundentessin sustento, de la calumnia, de las medias verdades o, lo peor, de las mentiras descaradas, polarizan todo el tiempo.

Para ellos, eso de “pescar en río revuelto” es una máxima de vida. Fabrican enemigos, venden escenarios catastróficos, distorsionan la realidad y apuntan con el dedo acusador a cualquiera que se atreva a pensar distinto, a actuar distinto. Por supuesto, jamás presentan pruebas, pues están convencidos que su investidura, la autoridad que les otorga el cargo, es suficiente.

La polarización es un atajo efectivo, sin duda. Hay cientos de miles de ejemplos en la historia de la humanidad en todos los ámbitos. Cientos de películas y libros han sido exitosos a partir de la polarización, del famoso “divide y reinarás”. Un escenario en el que los seres humanos, quizás por la obsesión por ganar, por ser los buenos, los mejores, nos sentimos cómodos.

Como mencioné antes, este es un juego perverso en el que no hay ganadores. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que una vez traspasas la línea, una vez entras en el juego, no hay camino de retorno. Es como si un tornado te envolviera: te da vueltas y vueltas, te sacude, te golpea y luego te tira. Tienes mucha suerte si después de esa experiencia continúas vivo.

Hubo un tiempo, que se antoja lejano, en el que las marcas no eran fuente de polarización. No había necesidad, dado que las condiciones del mercado las favorecían. ¿Cómo? La demanda era mayor que la oferta. Los consumidores, dócilmente, entonces, nos conformábamos con elegir entre dos o, a lo sumo, tres opciones. Además, el precio era el detonante de la decisión.

Simple, pero efectivo. Sin embargo, el mercado cambió y, por supuesto, los consumidores cambiamos también. Gracias a la magiade internet, la dinámica del mercado se invirtió y, entonces, la oferta superó la demanda. De un momento a otro, los consumidores tuvimos la oportunidad de elegir ya no entre 2-3 opciones, sino entre decenas. ¡Y algunas, muy buenas!

Así, las marcas de siempre vieron cómo los clientes de siempre simplemente se esfumaban, desaparecían. La realidad es que se iban con la competencia, con la nueva competencia, que les ofrecía algo mejor, más satisfactorio. Con un ingrediente adicional: a la vuelta de unos clics, compramos lo que sea, lo que queramos, sin importar dónde está la tienda.

Buscas, decides, compras y en unos pocos días lo recibes en tu casa. ¡Así de fácil! Sin embargo, ese no es el final del camino. De hecho, en la vida real es justamente el comienzo de la aventura, de ese espiral sin fin que nos envuelve en esa trituradora de la polarización. Porque las marcas libran una batalla permanente, inclemente, por la preferencia de los consumidores.

Es una lucha feroz, despiadada, en la que muchos, tristemente, han decidido sobrepasar los límites. La premisa del “se vale todo” se volvió un argumento válido, aceptado, y el mercado se transformó en una jungla infestada de fieras salvajes, de depredadores. Los mensajes amables y simpáticos de pasado dieron paso a la histeria, al miedo, al dolor, a la falsa escasez.

Moraleja

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El don de la comunicación es un privilegio exclusivo de los seres humanos. Nos fue otorgado para unirnos, servirnos, ayudarnos. Sin embargo, la polarización la pone en riesgo y, por eso, debes evitar caer en su trampa.

Un escenario que es tierra fértil para la polarización. Es la razón por la cual la publicidad, en especial en los canales digitales, es tan agresiva, tan invasiva, tan directa, tan despiadada. No conoce los límites de la decencia y con frecuencia sobrepasa los de la honestidad. La venta se asume como una guerra y, seguro lo sabes, las bajas de inocentes son parte de la guerra.

Cada día, sin cesar, somos víctimas del bombardeo de la polarización. Abres tus redes, miras tus correos, navegas en internet, y de inmediato eres presa del perverso juego del “divide y vencerás”. De manera triste, patética, las marcas eligieron el camino de la polarización como diferencial. En este mundo en el que todo es parecido, más de lo mismo, no es fácil ser distinto.

Sin embargo, elegir el atajo de la polarización es demasiado peligroso. Lo que está en juego es tu integridad, tu confianza y credibilidad. Valores que, seguro lo sabes, son prácticamente imposibles de recuperar si se pierden. El consumidor actual no admite ese tipo de errores, no admite saberse utilizado, no quiere ser parte de ese juego. Y, mucho menos, una víctima.

Otra arista del problema es que hoy el mercado exige tanto un propósito como una posición clara. Quiere saber de qué lado estás, necesita saberlo. Sin ambigüedades, sin excusas. Es un dilema, y no es fácil de resolver. Muchos han ganado grandes sumas de dinero gracias al efecto de sus campañas de polarización, muchos están dispuestos a correr el riesgo de jugar.

Cuando eres creador de contenido o compartes contenidos con el mercado, estás expuesto a la polarización. ¿Juegas o no juegas? He ahí el dilema. Son narrativas tras las cuales se esconden algunas paradojas que es conveniente conocer para no caer en su trampa. Son muchas, pero las siguientes son las principales, las más frecuentes. Ser consciente de ellas te ayudará a evitarlas:

1.- Creación de valor a corto y largo plazo.
Vivimos obsesionados con la idea de producir un impacto inmediato en la vida de otros, aun de los que no nos conocen. Se nos olvida que, especialmente en el tema del contenido, la recompensa llega a largo plazo. La urgencia y la histeria no suelen ser buenas consejeras

Si te centras en objetivos a corto plazo, y no los cumples, difícilmente obtendrás algo a largo plazo. En cambio, si estructuras una buena estrategia a largo plazo, en el corto verás cómo se dan resultados que, uno tras otro, constituirán una gran victoria. Y lo mejor, será sostenible

2.- Globalización y localización.
El fenómeno de la globalización, que llegó de la mano de internet hace 25 años, nos cambió la vida. Nos demostró que los límites están en la cabeza de cada uno y nos dejó claro que los sueños son posibles si no renuncias a ellos. También nos enseñó el valor de las conexiones

Sin embargo, no hay que caer en la trampa: globalización no significa “todos somos iguales”. Significa que tenemos la posibilidad de conectar a pesar de las diferencias gracias a principios y valores, intereses y de las sinergias. ¿La clave? No olvidar quiénes somos, nuestras raíces

3.- Agilidad y estabilidad.
La necesidad de adaptarse, de ser abiertos al cambio, ya no es una opción. El mundo cambia constantemente, y lo hace rápido. Tanto, que a veces no percibimos los cambio, no tenemos tiempo de disfrutar el proceso. Vivimos rendidos al estrés, a la urgencia y a la histeria.

No se trata de correr más rápido, sino de avanzar sostenido. La inestabilidad provocada por la incapacidad para tener el control es una de las fuentes del fracaso y otros males comunes. Y es también el principal obstáculo para establecer conexiones que redunden en relaciones sólidas

4.- Humanos y máquinas.
Olvídate de la ciencia ficción: la tecnología está aquí, como siempre, para ayudarnos, para servirnos. No es una guerra contra ella. Se trata de aprender a incorporarla a nuestra vida en sus distintas facetas: si logramos hacerlo bien, nos transformará la vida para bien

Ten en cuenta algo más: no existe una máquina que iguale tu talento, tu sensibilidad, tu originalidad, tu autenticidad. Eres único, irrepetible, y eso es lo que te hace infinitamente valioso. La conexión con otros humanos siempre será más poderosa que cualquier máquina

5.- Hiperpersonalización y privacidad.
Las acciones agresivas e intrusivas están de más, al igual que los mensajes del mismo corte. Son odiosos y el mercado los reprueba. Cualquier comunicación que no cuente de antemano con la aprobación expresa del otro te conducirá a la desconexión y a la desconfianza

La anhelada personalización no es una excusa para trasgredir la intimidad de otros, su vida privada. En la medida en que el vínculo de confianza y credibilidad se fortalezca, él te aportará la información que deseas. Ah, no olvides la diferencia significativa que hay entre generaciones

El don de la comunicación es un privilegio exclusivo de los seres humanos. Nos fue otorgado para unirnos, servirnos, ayudarnos. La premisa de Divide y vencerás”, que surge de las entrañas de la polarización, implica unos riesgos y unas consecuencias que quizás no puedas reparar. En vez de polarizar para ser distinto, te invito a probar con la autenticidad.

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El poder de lo positivo: mensajes que producen transformaciones

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Es mejor por las buenas, ¿cierto? La vida real es lo suficientemente caótica y difícil como para agregarle otro ingrediente, ¿cierto? Sin embargo, en el día a día, la rutina nos agobia y produce una ansiedad que nos atrapa y, por lo general, nos muestra la otra cara de la moneda. La que no es agradable, la que cuesta trabajo cargar, la que se entromete en tu vida de modo abusivo.

Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que es prácticamente imposible evitarla. ¿Por qué? Porque está por doquier, se presenta de múltiples formas invasivas. Y no solo eso: las marcas que consumimos habitualmente, los productos o servicios que son parte importante de nuestra vida, son agentes multiplicadores. Vemos sus mensajes en todas parte, todo el tiempo.

No sé a ti, pero a mí lo que más me incomoda es el tonito. ¿Sabes a qué me refiero? A que el efecto en nuestra vida es igual a aplicar sal sobre la herida, o algún picante. Duele, ¿cierto? Aunque sea una pequeña cortada en un dedo, una que ya habías olvidado y que no te molestaba, duele. Se siente como que la vida se ensaña contigo, te cobra viejas deudas.

Son mensajes cargados de dolor, de los que siembran incertidumbre, de los que atrapan tu mente y se transforman en pensamientos recurrentes. Y te acompañan todo el tiempo, te inquietan de día, te atormentan de noche y te impiden descansar tranquilo. Mensajes que apuntan directamente al punto débil de cualquier ser humano. ¿Cuál? Las emociones.

Desde hace décadas, exacerbar el dolor que sufre el cliente potencial se convirtió en el arma secreta de las marcas. El infaltable, el infalible. El problema, porque siempre hay un problema, es que los tiempos cambian, los consumidores cambian, las necesidades cambian. Entonces, también debería cambiar la narrativa, el tonito de los mensajes que se emiten al mercado.

Por fortuna, en su inmensa sabiduría la vida nos proporcionó un parteaguas, como se dice en México, o un punto bisagra, como se acostumbra referir en Argentina al momento crucial o decisivo. Es aquel momento de una historia o de un acontecimiento en el que se produce un hecho que cambia drásticamente el rumbo. Marca un antes y un después, un punto de no retorno.

En este caso, ¿sabes cuál fue? La pandemia provocada por el COVID-19. Un suceso que nos marcó la vida, la mayoría de las veces para mal. Padecimos dolor en formas que ni siquiera sabíamos que existían, que no las habíamos experimentado antes. Dolor que se sumó a otros desagradable componentes de la fórmula: miedo, ansiedad, incertidumbre, mentiras…

Un período en el que, por las circunstancias extremas, los consumidores nos dimos algunas oportunidades. ¿Por ejemplo? Bajar el ritmo, apreciar el silencio, descubrir la magia de la soledad y, algo muy importante, aprendimos a cuidar de nosotros y de los otros. Un período en el que, además, pudimos conectarnos con nosotros mismos, aun sin querer queriendo.

Nos descubrimos valientes, fuertes, resilientes, compasivos, empáticos. Tristemente, al final, cuando las restricciones se levantaron, cuando pudimos volver a eso que llamamos vida normal, mucho de eso, casi todo, se perdió, se quedó atrás, en el pasado. De lo poco que nos apropiamos fue de la certeza de no querer más dolor, de no tolerar más dolor en ninguna forma.

Sin embargo, muchas de las marcas (empresas o personas), la mayoría, se quedaron ancladas en ese pasado de antes de la pandemia. Y aun hoy continúan con sus mensajes tendientes a infundir miedo, a exacerbarlo, a cultivarlo, a explotarlo, a aprovecharlo. El dolor o su socio el miedo. Estos dos componentes son los pilares de todas sus dizque estrategias de marketing.

Parece que olvidan (¿o desconocen?) que nadie, absolutamente nadie, compra un dolor. Los seres humanos, todos, sin excepción, buscamos soluciones efectivas a los problemas o a las circunstancias que nos provocan dolor. Soluciones efectivas o, cuando menos, paliativos. Es decir, que el dolor y el miedo permanezcan en un nivel tolerable, uno que no nos paralice.

Lentamente, algunas marcas (empresas o personas) han entendido el nuevo escenario. Quizás porque, a través de las mediciones, se dieron cuenta de que sus mensajes no encontraban eco. Los consumidores hallamos la forma de bloquear a esas aves de mal agüero, comunicaciones que carecían de compasión, de empatía, de un poco de caridad cristiana con el prójimo.

Moraleja

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El mensaje positivo, constructivo e inspirador es más, mucho más, que una estrategia de marketing. Es una poderosa herramienta que tenemos a disposición para generar grandes transformaciones.

Y, entonces, se abrió un nuevo camino. Que, irónicamente, siempre estuvo ahí, solo que casi nadie lo vio, o lo quiso ver. Que casi nadie lo tomó, la mayoría lo omitió. ¿Sabes cuál es? El del mensaje positivo, constructivo e inspirador, lo que los especialistas llaman marketing positivo. Eso sí, por favor, no caigas en la trampa de creer que es un tendencia o solo una estrategia.

Es la realidad, nueva para muchos. No para quienes vemos lo positivo de las situaciones, o lo constructivo de las situaciones que nos retan y nos sacan de la zona de confort. O, quizás, lo inspirador de saber que la vida nos proporciona tanto las herramientas como la oportunidad para ayudar y servir a otros. Nos brinda el escenario para ser una fuente de transformación.

No sé a ti, pero a mí eso me resulta absolutamente apasionante, fascinante. No solo porque como comunicador entiendo perfectamente el inmenso poder que tienen las palabras, los mensajes, sino también como un ser humano sensible que sabe que la vida es un ratico e intenta aprovecharla, disfrutarla. Por eso, filtro los contenidos que consumo a diario.

Como periodista, me resulta imposible apartarme de la realidad, de su caos. Sin embargo, tengo la capacidad para poner límites, para decir ‘esto sí’ y ‘esto no’. Para cerrar las puertas de mi vida a las empresas o personas que son aves de mal agüero, portadores de dolor y miedo. Me informo, profundizo, analizo y, cuando veo que cruzan la raya, me hago a un lado.

Lo que me resulta insólito es que haya todavía tantas marcas que se resisten a aceptar esta realidad, que siguen ancladas en el pasado. Marcas que no han entendido que el mensaje positivo, constructivo e inspirador es la gran diferencia entre ser más de lo mismo (o lo mismo de siempre) y dejar huella en la vida de otros. Y, además, convertirte en una referencia deseada.

A todos los seres humanos, por naturaleza, nos encantan las buenas noticias. El problema es que nos enseñan a vivir inmersos en las negativas, en las destructivas, en las tóxicas. En las que nos hacen daño en la salud mental, en las que consumen nuestra energía y, lo peor, nos impiden disfrutar las maravillosas bendiciones que el universo nos entrega cada día.

El mensaje positivo, constructivo e inspirador es más, mucho más, que una estrategia de marketing. Es una poderosa herramienta que tenemos a disposición, pero que no sabemos utilizar. Su principal fortaleza es que pone el bienestar de las personas como prioridad, nos invita a producir y multiplicar el bien a través de nuestras acciones, de nuestras decisiones.

La clave de este mensaje es la autenticidad. Es la razón por la cual tanto influenciador, tanto payaso digital, es flor de un día. Se trata de productos postizos, vulgares imitaciones, la copia de la copia. Algunos tienen la capacidad de atraer la atención, pero a largo plazo su impacto se diluye como los superpoderes de Superman cuando está cerca de la temida kryptonita.

El mensaje positivo, constructivo e inspirador no surge de la intención de venta, no es carnada de la manipulación, porque parte de bases sólidas. ¿Sabes cuáles son? Los principios y valores de las marcas (empresas o personas) que los emiten. Principios y valores que no se negocian, no se compran ni se venden y que además nos hacen auténticos y sobre todo únicos.

Imagina cómo sería de diferente tu vida si no hubiera malas noticias, ni problemas, ni dolor, ni miedo. O que, por lo menos, esas circunstancias se dieran en cantidades tolerables. Imagina, o recuerda, cómo es tu vida cuando tu hijo te dice que te ama, cuando tu jefe te felicita por el éxito del proyecto que dirigiste, cuando el final de un día difícil es un rato de paz con tu pareja.

De lo que a veces nos olvidamos, porque vivimos inmersos en el bombardeo mediático, en el caos, en la histeria, en la falsa urgencia, es de que a los seres humanos nos va mejor por las buenas. Por supuesto, más que un destino que ya está escrito, se trata de una decisión, de una convicción. Cada uno elige la que más le agrada, aquella con la que más se sintoniza.

Estos son algunos beneficios del mensaje positivo, constructivo e inspirador:

1.- Te diferencia del resto, de todos los que están dedicados a copiarse unos a otros, de los que usan los mismos prompts, de los que sienten pánico de salirse de la horma

2.- Da cuenta de tus principios y valores y, por ende, te permite conectar con las personas correctas, con aquellas que en realidad apreciarán el valor de tu mensaje

3.- Destaca tu marca personal. Evita que te vean como más de lo mismo y, al tiempo, resalta tu capacidad de ayudar a otros a transformar su vida. Blinda tu mensaje con superpoderes

4.- Una vez los prospectos se convierten en clientes, fomenta la fidelización. ¿Cómo? A través de la identificación, de saber que compartes con ellos un propósito, unos sueños

5.- Es inspirador. Todos, sin excepción, queremos ser mejores, tener una vida tranquila y feliz, ayudar a otros y dejar una huella positiva. El mensaje positivo es el punto de partida

Es mejor por las buenas, aunque la mayoría insiste en el camino por las malas. La realidad, sin embargo, nos enseña que los consumidores actuales están hartos de sentir miedo, de tantas mentiras, de tanto dolor. Por eso, prefieren conectar con las marcas que, de manera genuina, los motivan, los impulsan a cumplir sus sueños, les revelan el superpoder que poseen.

Los mensajes positivos, constructivos e inspiradores no son una moda o una tendencia, sino la más poderosa estrategia de comunicación (ya no solo de marketing). Es una apuesta por lo bueno, por eso que dejamos pasar inadvertido en la rutina diaria. Y, si te atreves a probarlos, comprobarás que cada día son más las personas dispuestas a unirse a esta comunidad.

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¿Por qué es tu deber compartir lo que la vida te ha regalado?

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¿Por qué dejar para mañana, cuando te mueras, el legado que puedes compartir y disfrutar desde hoy? Es probable que la pregunta te cause sorpresa, y no me extraña. Cuando me la formulé por primera vez, te lo confieso, no supe qué responder. Durante unos minutos, mi mente divagó silvestre antes de encontrar la primera aproximación a una respuesta.

Que, no sobra decirlo, ya no es la misma. Es decir, en aquel momento, hace un par de años, la situación de mi vida personal y laboral era muy distinta de la actual. No mejor, no peor, solo distinta. La respuesta, entonces, daba cuenta de esa situación específica, pero hoy es distinta porque las circunstancias han cambiado. Unas para bien y otras, para no tan bien.

En el momento en el que escribo este contenido, estoy a poco más de dos semanas de cambiar de bando. ¿Sabes a qué me refiero? Dejo el bando de los asalariados, el de los trabajadores independientes, y paso al de los felizmente jubilados. Eso, sin embargo, no significa de manera alguna que vaya a dejar de trabajar, solo que lo haré de otra manera.

O, como bien lo dice Raphael, a mi manera. Comencé mi carrera profesional a finales de agosto de 1987, hace más de 38 años. No puedo dar crédito a todo lo que viví durante ese tiempo, a las maravillosas experiencias que la vida me dio la oportunidad de disfrutar. Solo puedo decirte que hasta ahora recibí más, mucho más, de lo que pude haber brindado.

El oficio de periodista no es fácil, pero ninguno otro lo es. Cada uno tiene sus afanes, sus dolores, sus problemas. Y cada uno, también, ofrece sus recompensas. Cuando arranqué esta aventura, honestamente, no tenía una obsesión o un camino que me apasionara más que otros. Mi sueño, desde niño, había sido el de ser periodista, así sin más, y lo era.

Sin imaginarlo, comencé como redactor de entretenimiento. Era un proyecto novedoso que para mí significó un aprendizaje inmenso, hermoso. Aficionado a la música desde niño, por cuenta de la radio, tuve la oportunidad de conocer y/o entrevistar a varios de mis ídolos. Por ejemplo, Raphael, Rocío Dúrcal, Franco De Vita o Yordano. Y forjé otros, como Facundo Cabral.

Y también me adentré en las profundidades humanas de seres maravillosos como Raquel Ércole, María Eugenia Dávila, Yamid Amat, Hernán Peláez Restrepo o Jota Mario Valencia. Todos ellos dejaron una huella indeleble en la historia de la radio y la televisión en Colombia, fueron referentes y también modelo para varias generaciones de actores y periodistas.

Tuve, después, un breve paso por una sección que se llamaba Suplementos Especiales. Se redactaban temas empresariales, económicos y de ocasiones especiales. Me enseñó que tenía la capacidad de escribir sobre cualquier temática y me sirvió para desarrollar habilidades, justo en un momento en que necesitaba aprender más, forjar un estilo.

La siguiente escala marcó mi carrera: me convertí en periodista deportivo. Si bien desde que me conozco fue fanático de los deportes, nunca pasó por mi mente la idea de especializarme en ese campo. No lo busqué, fue la vida, en su caprichosa sabiduría, la que me puso allí. Y se lo agradezco, por supuesto, porque descubrí la felicidad de trabajar en lo que te apasiona.

Viajé, conocí a otros ídolos, forjé nuevos y desarrollé un estilo que me permitió sobresalir en un ámbito en el que ser auténtico no solo te hace distinto, sino, a veces, incómodo. Escribí de ciclismo, pero era la época de las vacas flacas y nunca fui a un Tour de Francia o una Vuelta a España. Y, como redactor de fútbol, ser parte de un Mundial tampoco se dio.

Con la mano en el corazón, sin embargo, te confieso que no siento frustración alguna. Son avatares de la profesión. Si bien estoy seguro de que vivir una experiencia de esas me habría servido en lo profesional y en lo personal, lo que recibí de otras oportunidades lo compensó con creces. Nada que reprocharle a la vida o a la profesión, que me llevaron por otros caminos.

Escribí de muchos deportes, asistí a torneos importantes como Juegos Panamericanos, a finales de Copa Libertadores, a Mundiales de Ciclismo o patinaje. Lo mejor, ¿sabes qué fue lo mejor? Hice muchos amigos, grandes amigos. Colegas, deportistas, dirigentes, familiares de los deportistas o fanáticos del deporte que conectaron con mis relatos, con mis crónicas.

Moraleja

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Lo que la vida te dio, maravillosas bendiciones, carece de sentido si no lo compartes con otros. Ese es tu legado y transmitirlo es tu responsabilidad.

Mucho más allá del ego, una asignatura que no es fácil dejar atrás, mi profesión me brindó el privilegio y el placer de conectar emociones, de tocar vidas. Generar impacto a través de tus escritos es muy distinto de como la gente se lo imagina, porque estableces un fuerte vínculo con personas que, a veces, nunca conoces. Más que admiradores, son almas gemelas.

Un privilegio y un placer que, por supuesto, van de la mano con una gran responsabilidad. No defraudarlos, no engañarlos, no traicionarlos, ser fiel a tu esencia, ser auténtico, ser tú mismo. Hacer tu trabajo tan bien como puedas, dar lo mejor de ti, ser un aprendiz constante. No se trata de ser perfecto, sino de ser humano: aceptarte íntegro, con lo bueno y lo malo.

Después, la vida me dirigió hacia el camino de la independencia, que es tan solo otra forma de decir desempleado. De las ligas mayores a la guerra del centavo. De la figuración mediática al ostracismo. Una ruta en la que, además, estás obligado a ser autosuficiente. Te conviertes en un pulpo multitarea para dar abasto con el estándar que pide el mercado.

En ese tránsito, a mi vida llegó el golf. Curiosamente, aunque había escrito de una variedad de deportes, mis caminos no se habían cruzado con los del golf. Nada sabía y mucho he aprendido. No es fácil, no es cómodo porque hay demasiada gente tóxica, pero me dio muchas satisfacciones. Hoy, es la disciplina que me mantiene activo como periodista.

También di un paso que me generaba una gran expectativa: escribí tres libros. Sin duda, una experiencia maravillosa que me enseñó mucho y que me mostró otras caras de la relación con el mercado, con los lectores. Es una de las actividades a las que dedicaré tiempo en esta nueva vida y un formato con el que me identifico plenamente en esta era de lo digital.

¿Por qué te comparto esta historia personal? Porque, quizás, tú te identificas con algunas de las situaciones de mi vida, quizás viviste algo parecido. Pero, sobre todo, porque quiero que entiendas que tienes la responsabilidad de compartir con otros lo que la vida te dio. Si no lo haces, si lo guardas solo para ti, se extinguirá, se marchitará y todo carecerá de sentido.

“Ahora que me pensiono voy a descansar”, es lo que escucho con frecuencia. Es una de las opciones y, por supuesto, es respetable. No es lo que he elegido para mí en esta etapa. Mi propósito es compartir conocimiento, experiencias y aprendizajes a través de las múltiples formas en que me lo permite mi profesión. Es una misión que me tracé hace años.

¿Sabes por qué? Porque la vida ha sido excesivamente generosa conmigo. Tanto en lo profesional como en lo personal. No hay de qué quejarse, no puedo quejarme. Por el contrario, le agradezco a la vida tantas maravillosas bendiciones y me concentro en devolver algo de lo que recibí. Cuanto más pueda compartir, cuanto más personas impacte, ¡mejor!

Compartir lo que eres, lo que sabes, lo que tienes, es regalar una parte de ti. De manera desinteresada, sin esperar nada a cambio, solo porque sientes que es tu propósito. O, quizás, porque entiendes que estás en capacidad de ayudar a otros. Es el mayor acto de generosidad y desprendimiento y el comienzo de una cadena de intercambio de beneficios.

“Cuando deje de trabajar voy a…” es una frase que casi todos decimos alguna vez en la vida. Tristemente, sin embargo, la mayoría nunca cumple, se va de este mundo con la asignatura pendiente. Y esta maravillosa etapa se convierte, entonces, en una pesada carga. Y la vida se transforma en un lacónico día a día, en un tránsito cansino hacia el final inevitable.

Estoy completamente seguro de que tú, que lees estas líneas, también tienes mucho para compartir. Y, además, algo que es valioso. No importa en qué etapa de la vida estás, porque el mejor momento siempre es hoy. Transmitir a otros lo que sabes, lo que eres, es la forma de retribuir las bendiciones recibidas o de cumplir con la tarea suprema de “dejar un legado”.

¿Crear un canal de YouTube? ¿Escribir un blog? ¿Un pódcast? ¿Plasmar tu esencia en las páginas de un libro? ¿Dar charlas presenciales o virtuales para transferir tu conocimiento y experiencias? ¿Crear cursos en internet? Estas son solo algunas de las opciones: elige tú la que más te guste, con la que pienses que puedes generar mayor impacto positivo.

La vida es hoy y no sabemos si habrá un mañana para nosotros. Y nada de lo que se te ha otorgado es para ti, ¿lo sabías? Solo somos intermediarios, mensajeros del universo a los que se nos encomienda la tarea de ayudar a otros, de servir a otros. Todo aquello que te fue concedido tendrá sentido solo si, después de enriquecerlo, lo compartes con los demás.

¿Por qué dejar para mañana, cuando te mueras, el legado que puedes compartir y disfrutar desde hoy? Quizás hoy no tengas una respuesta, pero cuanto más pronto la definas, mejor. Recuerda: todo lo relacionado con la vida terrenal se queda aquí y la única razón por la que alguien te recordará será por lo que compartiste con otros, lo que les regalaste a otros…

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¿Cuánto contenido se consume antes de decidir una compra?

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¿Descubrieron el agua tibia? Parece que sí… Lo irónico es que la realidad está ahí, para que cualquiera la vea, pero la mayoría hace caso omiso de ella. Sucede en todos los ámbitos de la vida, pero con mayor incidencia en el trabajo, en el marketing. Y es una discusión que se da con frecuencia, en especial cuando las estrategias no brindan los resultados esperados.

¿A qué me refiero? Recientemente, en España se realizó una encuesta entre profesionales del sector del marketing y los datos recopilados marcan un nuevo norte. Nuevo no porque no existiera, sino porque había sido olvidado, menospreciado. El trasfondo es la efectividad de las campañas de marketing, que siempre están bajo la presión de superar resultados, de crecer, de ganar más…

Tanto las agencias de marketing como las empresas, de cualquier sector, de cualquier tamaño, están inmersas en el frenesí de la competencia. Feroz, canibalesca, despiadada, sin respiro. Es porque eligen caminar al vaivén de las pavorosas tendencias, que inducen al error, que conducen al desgaste. Una loca carrera que mina sus energías, sus recursos, que da al traste con su trabajo.

Un dato: el 81 % de los encuestados aseguró hacer caso omiso de los mensajes de marketing, en especial de los que catalogan como “irrelevantes”. ¿Cuáles son esos? Los que no aportan valor alguno, los que apuntan exclusivamente a la venta, inclusive de manera solapada. Algo que no deja de causar sorpresa, porque la tendencia es la de publicar mucho contenido a diario.

Es decir, ese no es el camino, claramente no es el camino. No se trata de cantidad, sino de calidad. Lo insólito es que haya empresas (marcas y personas) que aún no lo sepan o, peor, que no lo entiendan. Las que se limitan a publicar contenido acerca de su historia, de sus productos, de las características de estos, del precio o de dudosas innovaciones, no conectan con el mercado.

Son todas esas comunicaciones genéricas que apelan a las palabras clave, que se aferran a las estructuras de copywriting sin poder transmitir un mensaje poderoso. O, también, cada vez más, las que surgen de las entrañas de las aplicaciones de inteligencia artificial generativa con sus delirios y sus textos cliché. Más de lo mismo, una narrativa que se desgastó, que perdió efecto.

En cambio, el contenido de valor, el que es auténtico y tiene la capacidad de conectar con el mercado, es recibido con agrado. Sin reticencias, sin objeciones. Aquella premisa de que a las personas no les gusta leer, o no tienen tiempo, es mentira. Es una especie de mecanismo de defensa para evitar ser víctimas del incesante e inclemente bombardeo mediático.

Un claro ejemplo es el email marketing. Irónicamente, es la herramienta más antigua, pionera, y también la más atacada. Cada vez que hay una nueva revolución digital, se dice que va a desaparecer. Sin embargo, se mantiene firme y, lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Se fortalece gracias a su increíble capacidad de adaptación, que le permite ser el socio ideal de todos.

Una aclaración: para que el email marketing proporcione resultados positivos, debe cumplir con dos requisitos. ¿Sabes cuáles son? La segmentación precisa y el contenido de valor, relevante. Y la segmentación es mucho más que el nombre completo de la persona que recibe el mensaje, una estrategia que funcionó en el pasado, pero cuyo impacto caducó. Sin embargo, algunos la siguen usando.

El email bien utilizado es muy poderoso: los datos lo confirman. A pesar de que algunos se empeñan en desacreditarlo, es uno de los canales más rentables. Se estima un ROI (retorno de la inversión) de entre 36 y 42 dólares por cada dólar invertido. Y no sobra decir que es un canal muy barato. Además, ese retorno supera con creces el acreditado por los anuncios y el SEO.

Otro dato bien interesante de la encuesta se relaciona con la cantidad de contenido promedio que consumen los compradores antes de tomar la decisión de comprar. ¿Te imaginas cuánto? Según las respuestas de los profesionales de marketing, son 13 piezas en promedio. ¿Te sorprende? Si eres de los que piensan que los efectos del contenido son exprés, bien vale que reconsideres.

Esto, por supuesto, derriba el mito (¿o bulo?) de que cuanto más contenido publiques, de que cuanto más veces publiques al día, mejores serán los resultados. Con eso, créeme, lo único que conseguirás será incomodar a tu receptor, a tu audiencia, y generar un rechazo. La publicación debe responder a una estrategia, lo que implica un proceso que no se da de un día para otro.

Moraleja

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El resultado del contenido de valor son las interacciones de calidad, las conversaciones reales, humanas, llenas de emoción. Ya no se trata de clics, de simples 'likes'.

La revelación, sin embargo, no termina ahí. ¿Qué más hay? No se trata de publicar por publicar. ¿Entonces? Lo que el mercado privilegia es el contenido de valor y autoridad. ¿Por ejemplo? Reportes técnicos, white papers, videos especializados. Lo importante no es el formato, sino la calidad del contenido, el valor que aporte, la capacidad para educar a quien lo consume.

Aunque se antoje obvio, una verdad de Perogrullo, en la práctica es una de las razones por las cuales el contenido no produce el impacto esperado. ¿Por qué? Esos 13 contenidos en promedio son lo que se conoce como materiales de autoridad (te das a conocer, te posicionas). Son contenidos destinados a informar, educar y nutrir a tu prospecto en las fases de investigación y decisión.

Y, por favor no lo pases por alto, son contenidos indispensables en cualquier estrategia. ¿Por qué? Porque el consumidor actual, el del siglo XXI, ya no es un espectador pasivo. Uno de los de antes, que esperaba que las marcas le proveyeran lo que necesitaba. Este, el de hoy, es proactivo, busca lo que necesita o quiere y no espera a que se lo den. Investiga, compara y, sobre todo, se informa.

Si bien se concibe que la compra es la respuesta a un impulso emocional, pensar que no hay un componente racional es un error. De la misma manera que creer que la decisión puede ser racional al ciento por ciento. Se estima que el consumidor consulta al menos cinco fuentes distintas, mira cinco opciones diferentes, antes de decidir. Por eso, la personalización cobra gran importancia.

Pero, la personalización enfocada en la necesidad o deseo del cliente potencial. Su necesidad, su deseo, no la del mercado, no la de otras decenas de personas. Personalización que, no sobra decirlo, debe conducir a una solución efectiva porque, de lo contrario, no sirve. Es decir, ese contenido personalizado tiene que abordar la problemática específica que inquieta e ese prospecto.

Y es justo en este punto en el que aparece el camino que nos conduce al ROI del contenido . ¿Eso qué significa? El valor de un contenido se mide por su capacidad para informar, educar, entretener e inspirar a quien lo consume. También, porque le da validez a la estrategia y, por último, porque simplifica una decisión que suele ser difícil. Fíjate que todo está en función de tu prospecto.

Una de las virtudes del contenido de valor es que ayuda a todos. A ti, porque es la herramienta ideal para nutrir al prospecto y convertirlo en un cliente. A tu prospecto, porque le da argumentos de peso para facilitar su decisión, para saber si lo que ofreces es lo que necesita. Este beneficio, por si aún no lo notas, ¡vale oro! Justifica todo ese esfuerzo silencioso y disciplinado de crear contenidos.

Por supuesto, no es magia, ni una fórmula exacta: para conseguir este resultado, debes conocer muy bien la necesidad de tu prospecto. Y no solo eso: tu producto o servicio debe ser la solución real a ese problema. De lo contrario, no habrá match. Quizás un coqueteo, quizás también suba la temperatura, pero no habrá enamoramiento. La conexión será débil y se romperá más pronto que tarde.

Es lo que les sucede, precisamente, a quienes le apuestan todos sus duros a la inteligencia artificial en esa labor de identificar a su cliente potencial. Te brindará información, hasta algunos datos relevantes. Pero no olvides que ha hecho del cliché un hábito. Hay que ir hasta el fondo, a la oscuridad de las profundidades, no quedarse en lo obvio, en lo demográfico, en lo general.

La clave del éxito en esta tarea, en todo caso, radica en la visión humana, en la sensibilidad, en la empatía, en la condición humana. Si pierdes esto de vista, ¡lo pierdes todo! Conseguir esa anhelada profundidad no es producto de la casualidad. Requiere tiempo, disciplina, sapiencia, justo las tres condiciones de un buen seguimiento. Descubrir la intención de búsqueda marcará la diferencia.

Y en ese camino, créeme, el contenido de valor personalizado también te ayudará. En la medida en que  apunte al problema que aqueja a tu prospecto, a ese deseo que impulsa la transformación que quiere en su vida, este levantará la mano y manifestará su interés. Conocer cuáles son esos factores que impulsan la decisión será un as bajo la manga. La motivación es el disparador.

Moraleja: los equipos de marketing exitosos, no los más poderosos, se esfuerzan por producir contenidos de valor. Informes, webinars, guías, tutoriales y más. La condición es que estén en capacidad de resolver problemas específicos. ¿El resultado? Interacciones de calidad, conversaciones reales, humanas, llenas de emoción. Ya no se trata de clics, de simples likes.

Algo más (importante): la métrica del éxito del contenido de valor es la profundidad del vínculo, la calidad del engagement (compromiso). ¿Cómo se mide? Tiempo de consumo, descargas completadas y, claro está, la velocidad a la que el prospecto avanza en el proceso hasta convertirse en cliente. No olvides que la clave del éxito de tu estrategia radica en crear un vínculo de confianza y credibilidad.

Sin este lazo, tu contenido sonará a más de lo mismo, a cliché, y carecerá de autenticidad. Sin este lazo, tu narrativa se perderá a corto plazo y nadie les prestará atención a tus mensajes. Utiliza el lenguaje que resuena con tu audiencia, que se identifica no solo con sus problemas, sino también con sus desafíos. Ese contenido de alto componente humano es el motor de la diferenciación.

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Cómo no caer en la falacia de la generalización apresurada

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Todos, sin excepción, hemos sido señalados injustamente al menos una vez en la vida. Se nos ha culpado de algo que no es nuestra responsabilidad o se nos acusa de algo que no hicimos. Y no se trata de una sensación, sino de una situación incómoda. Que, en estos tiempos de tecnología avanzada, de hiperconexión, se multiplica en los canales digitales.

Basta que hagas un comentario a la publicación de otra persona, quizás un familiar o un amigo, un excompañero de la universidad, para que se arme Troya. O publicas un post con un comentario acerca de un partido de fútbol, de un político, de una figura reconocida y… Episodios molestos que a veces, muchas veces, son más que un simple cortocircuito.

Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que una vez baja la temperatura y retorna la calma, nos damos cuenta de que era un malentendido. Alguien entendió mal, interpretó mal o quizás solo reaccionó mal en un momento de inestabilidad emocional. Todos, sin excepción, lo hemos vivido, lo hemos sufrido, lo hemos protagonizado. Es parte de nuestra naturaleza.

Por eso, esos episodios no son exclusivos de los canales digitales, de las redes sociales. Se dan, y con frecuencia, en la vida real. En la interacción con otros, en especial con nuestro entorno. ¿Quién no ha discutido con sus padres, o su pareja, por algo insignificante? ¿Porque creímos escuchar algo distinto de lo que la otra persona expresó? Sucede con frecuencia…

¿Sabes cuál es la razón? Algo que en lógica y filosofía se denomina falacia de generalización apresurada. ¿En qué consiste? En que a partir de una sola experiencia, o de un caso aislado, tendemos a formular afirmaciones contundentes, tajantes. Y las asumimos como verídicas. Es la respuesta al impulso humano de sacar conclusiones, de tener la razón.

Afirmaciones como “las mujeres son tercas”, “los hombres son infieles”, “los argentinos son presumidos” o “los políticos son corruptos” son clara muestra de este síndrome. Claro que hay mujeres tercas, pero hombres, también. Claro que hay hombres infieles, casi siempre con otra mujer (también infiel). Claro que hay argentinos presumidos, pero hay otros que no.

Y así sucesivamente. Son generalizaciones apresuradas que, por lo general, nos conducen a tropezar, a enredarnos en discusiones sin sentido. Esta falacia se da cuando alguien toma un número insuficiente de casos o experiencias particulares y los usa como base para una afirmación general. La conclusión parece lógica, pero no hay pruebas que la certifiquen.

Lo vemos cada día en las reseñas que los usuarios escriben en internet luego de haber comprado un producto o utilizado un servicio. En función de la experiencia, que es única y particular, se generaliza, se emite una sentencia contundente. Como si fuera una verdad sentada en piedra, escrita con sangre. La realidad, sin embargo, suele ser distinta.

Míralo de la siguiente manera: ¿conoces a alguien que se expresa bien de ti, que asegura que eres buena persona? No un familiar o alguien de tu círculo cercano, sino, por ejemplo, algún excompañero de trabajo o un cliente. Por supuesto, hay una buena cantidad de personas que, con seguridad, van a dar testimonio de tu bondad, de tu calidad como ser humano.

Sin embargo, para no caer en la trampa de la generalización apresurada, es justo reconocer que habrá otras personas que disienten. Es decir, que tienen argumentos para afirmar que no eres tan buena onda como piensan otros. ¿Y sabes qué? Tienen razón, también tienen razón. Y la tienen en función de la experiencia que vivieron contigo, que quizás no fue positiva.

Es decir, no hay verdades absolutas, ni para bien ni para mal. ¿Un ejemplo? En Colombia, luego de que las autoridades dieron de baja al narcotraficante Pablo Escobar, un sanguinario y despiadado asesino, hubo quienes lloraron su muerte. Y no eran familiares, propiamente. Eran personas del común que lo veían como un ídolo, que se favorecieron de su ayuda.

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Los seres humanos tendemos a formular afirmaciones contundentes, tajantes. Y las asumimos como verídicas. Es la respuesta al impulso natural de sacar conclusiones, de siempre tener la razón.

Además, repito, es parte de nuestra naturaleza humana. La generalización apresurada se da porque el cerebro busca patrones y coherencia. En su intento por interpretar la realidad, por entenderla, acude a situaciones previas, que son parecidas, y las asume idénticas cuando no lo son. Establece un patrón que, en últimas, es solo una visión distorsionada de la realidad.

En la práctica, lo que nos resulta fácil de comprender, y que además se identifica con lo que creemos, lo damos por cierto. Y pensamos, también, que es toda la verdad, la única verdad. Y no es así, por supuesto. Porque es completamente seguro, al mil por ciento, que hay otras personas, muchas, que han vivido algo distinto, una experiencia diferente.

Cuando hay un partido de la Selección Colombia de fútbol, así sea un amistoso, se cae en esta generalización apresurada. Una idea reforzada no solo por los interesados, sino también por los medios de comunicación. Y surge eso de “todos somos hinchas”, “todos sufrimos por la derrota”, “el país se paraliza”, cuando hay muchos a quienes el juego les interesa cero.

Un fenómeno en el que, no podía ser distinto, las emociones juegan un rol importante. Son ellas, en últimas, las que determinan la generalización, positiva o negativa. En especial, si son recuerdos dolorosos, de esos que nos provocaron un trauma y dejaron una cicatriz, porque estas experiencias pesan más en la memoria que los buenos momentos.

Esta generalización apresurada se da, por ejemplo, al juzgar a una persona por un solo contacto. Nos formamos una idea contundente a partir de una primera impresión que, quizás, no fue suficiente o no proporcionó tantos elementos de juicio. Lo vemos en los canales digitales cuando a una persona equis, por algo que dijo o hizo, se la reduce a una caricatura.

Asimismo, sucede cuando extrapolamos una experiencia personal, única, a un colectivo, a toda la sociedad. No solo caemos en estereotipos, sino que pecamos por los prejuicios. Este, seguro ya lo sabes, es un recurso muy utilizado para alentar discursos de odio, para polarizar opiniones o, simplemente, para desinformar. ¡Lo sufrimos todos los días!

Ahora, la pregunta que quizás te haces: ¿hay escapatoria? Sí, pero depende de cada uno. Lo primero es desarrollar el pensamiento crítico, que en la práctica no es otra cosa que eso que llamamos “no tragar entero”. Verificar las fuentes, buscar en distintas fuentes, cuestionar las aseveraciones, cifras o datos sin sustento. Ah, y sobre todo, no reaccionar de manera instintiva.

Una de las formas de identificar estos mensajes contaminados por la generalización apresurada es que incluyen palabras absolutas. ¿Como cuáles? Siempre, nunca, todos, nadie, es decir, los extremos. Negro/blanco, bueno/malo, rico/pobre, derecha/izquierda. Ten presente que cuanto más categórica sea la afirmación, mayor es el riesgo de generalización.

Este escenario lo vemos con frecuencia, por ejemplo, con los vendehúmo y los gurús de la inteligencia artificial. Sus sentencias son contundentes, categóricas, apocalípticas. Pero, también, contradictorias: un día ensalzan una app porque “es lo máximo” y al siguiente la descalifican porque apareció otra “que la destrozó”. No hay grises, ni puntos intermedios.

La falacia de la generalización apresurada es atractiva para el ser humano porque nos hace creer que tenemos autoridad, que lo sabemos todo acerca de algo. Y no es así, por supuesto. Es una trampa de las emociones, de la comodidad de nuestro cerebro, y también un recurso útil y productivo de los manipuladores. Ellos son verdaderos artistas del engaño.

Por si no lo sabías, tras bambalinas de la falacia de la generalización apresurada está uno de los 11 principios de la propaganda de Joseph Goebbels. ¿Sabes cuál? El último, el principio de la unanimidad. Consiste en hacer creer que los mensajes difundidos son aceptados por todos, como si fueran una verdad absoluta. Pretende que todos pensemos de igual forma.

En relación con este fenómeno, el filósofo, matemático y escritor inglés Bertrand Russell afirmó: “El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes, llenos de dudas”. Y que conste que él vivió un mundo muy distinto del actual: falleció en 1970, mucho antes de las redes sociales, de internet, de la inteligencia artificial.

Se trata de ser más conscientes, más inteligentes, a la hora de comunicarnos, de emitir un mensaje. También, y de manera especial, de ser cuidadosos de los contenidos que consumimos, de su calidad. El exceso de confianza puede llevarnos a caer en las trampas de la generalización apresurada y cometer errores de los que debamos arrepentirnos.

Solemos decir que “nada en la vida es eterno” (de hecho, ni la vida lo es). De igual modo, entonces, nada es absoluto. Siempre hay tonos grises, puntos intermedios, excepciones, casos único, otros que se dan solo a veces. Para comunicarnos de manera efectiva y asertiva, huir de la falacia de la generalización apresurada es una buena estrategia.

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Cómo la inteligencia emocional garantiza el impacto de tu mensaje

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Los seres humanos somos tan parecidos los unos a los otros, que es fácil caer en las generalizaciones. “Todos los hombres son…”, “Todas las mujeres jóvenes…”. En verdad, los seres humanos somos tan diferentes, únicos y particulares, que a veces es fácil entender por qué nos cuesta tanto relacionarnos los unos con los otros. Esta, sin duda, es una gran paradoja.

Distinto a lo que sucede con el resto de las especies del planeta, los seres humanos tenemos la capacidad de relacionarnos con otros, con el entorno, de manera consciente. Es decir, no producto de un impulso automático, sino de una decisión. Que no siempre responde a lo racional, sino que está estrechamente ligada con las emociones, que son incontrolables y volátiles.

Además, la naturaleza nos dotó con una herramienta increíble y poderosa. ¿Sabes cuál es? La comunicación. Una comunicación que hoy, en pleno siglo XXI, es más fácil que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad. Ninguna generación dispuso de tantas facilidades, de tantos canales, de tantas herramientas, de tantos recursos, incluidos gratuitos, para comunicar.

Pasamos de las señales de humo al lenguaje oral y no verbal, de ahí a la escritura y más adelante, con el concurso de la tecnología, al papel. Que, no sobra decirlo, no solo significó un antes y un después, sino que además abrió la puerta a un universo increíble de posibilidades: la imprenta, el telégrafo, el teléfono, la radio y la televisión hasta llegar a la magia de internet. ¡Maravilloso!

Ha sido una evolución fantástica, pero también, traumática. A pesar de las facilidades actuales, la cotidianidad nos demuestra que cada día es más difícil comunicarnos con otros. De hecho, la gran mayoría de los intentos de conexión se interrumpen o se frustran por cortocircuitos que bien se hubieran podido evitar. Estamos hechos para comunicarnos, pero no sabemos comunicarnos.

Esa es una increíble paradoja. Dolorosa, también. La padecemos cada día, todos los días, en el intento de comunicarnos. Piensa en esas pequeñas discusiones con tu pareja o con tus hijos que, de manera abrupta, escalan a agresivos intercambios. Y lo mismo nos sucede en el trabajo con un compañero o con el jefe, quizás con un amigo, o con el dependiente que te atiende en el banco.

La comunicación, por esencia, tiende a establecer puentes, a crear lazos entre las personas, a construir relaciones a largo plazo. Sin embargo, hay un largo trecho entre la intención y la realidad, del dicho al hecho. Mal haríamos, en todo caso, en achacarle la responsabilidad a la comunicación o a los canales a través de los cuales esta se desarrolla. La verdad es que el resultado depende de cada uno.

¿Eso qué quiere decir? Que los cortocircuitos en la comunicación están determinados tanto por la intención como por la ejecución. Es decir, por las palabras que utilizamos, por el tono en el que las expresamos, por el contexto en que se da esa comunicación. En últimas, el éxito o el fracaso de la comunicación responde a las emociones que experimentamos en ese preciso momento.

O, si no, que levante la mano aquel que respondió agresivamente, de manera impulsiva, pero después se arrepintió. Todos, sin excepción, lo hemos sufrido. Lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que a veces, muchas veces, el arrepentimiento no basta, no subsana la agresión. Entonces, nos queda un sinsabor adicional: ¿cómo vamos a hacer para remediar el malestar provocado?

Coincidirás conmigo en que no siempre se puede. A veces, muchas veces, el daño causado ha sido tan grande, llegó tan profundo, que es imposible repararlo. No, al menos, a corto plazo. También es muy frecuente que entren en juego factores volátiles y explosivos como el ego, ese híbrido que oscila entre lo consciente y lo inconsciente y suele hacer travesuras, jugarnos malas pasadas.

Por fortuna, dentro del kit de la configuración original de todos los seres humanos, sin excepción, hay una herramienta que nos ayuda a solucionar esos problemas de comunicación. En realidad, es una habilidad que todos poseemos, pero que solo unos pocos desarrollamos y controlamos de manera consciente. ¿Te imaginas a cuál me refiero? A la escasa y valorada inteligencia emocional.

El término fue introducido por el sicólogo, escritor y periodista estadounidense Daniel Goleman, en 1995, a través del libro del mismo nombre. Goleman, nacido en Stockton (California) en 1946, fue periodista del The New York Times durante 12 años. Allí publicó decenas de reportajes acerca del cerebro y las ciencias del comportamiento. Es una autoridad mundial en el tema de las emociones.

Hasta que Goleman expuso su teoría, se concebía que los seres humanos solo poseíamos una inteligencia: la racional, expresada a través del coeficiente intelectual (IQ). Gracias a este, y a por medio de una serie de pruebas estandarizadas, es posible evaluar las capacidades cognitivas. ¿Por ejemplo? La resolución de problemas, el razonamiento lógico y el pensamiento abstracto.

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Solo a través de la adecuada gestión de las emociones estamos en capacidad de comunicarnos de manera asertiva y efectiva con otros. ¿Lo mejor? Todos poseemos la habilidad (solo hay que desarrollarla)

Cuando Goleman habló de su inteligencia emocional provocó un sismo de grandes proporciones. Entendimos porqué el IQ, que se centra en la mente racional, no es garantía de éxito o felicidad, como se pensaba. Fue un descubrimiento disruptivo porque desde entonces, hace solo 3 décadas, sabemos que hay otra mente, la emocional, que es tan importante como la otra, o quizás más.

El problema, porque siempre hay un problema, es que asumimos que nos comunicamos desde la mente racional. O, en otras palabras, que somos conscientes del mensaje que emitimos y que tenemos control sobre su impacto. En la práctica, ni lo uno, ni lo otro. La mayoría de las veces, el mensaje es una respuesta automática, inconsciente, capaz de desatar la Tercera Guerra Mundial.

¿Por qué? Porque las palabras incorporan emociones. Y si algo nos cuesta trabajo a los seres humanos, a todos, es la gestión de esas traviesas y traicioneras señoritas. ¿Por qué? Porque no nos lo enseñan, porque no hay fórmulas perfectas, porque no hacemos uso de la capacidad innata que nos permite controlarlas, canalizarlas, aprovecharlas. Y, también, porque somos reactivos.

No porque carezcamos de inteligencia emocional, sino porque no la hemos desarrollado. Porque la habilidad la tenemos todos, viene incorporada en la configuración original. Es que desconocemos qué sentimos, por qué lo sentimos y cómo interpretar esa valiosa información que nos transmite la emoción desencadenada. Desconocemos, en suma, los 5 rasgos de las personas con inteligencia emocional:

1.- Conciencia de sí mismas. Significa que sabes lo que sientes. Porque no es lo mismo sentir ira que frustración, que decepción, que desilusión. Son parecidas y suelen combinarse, pero cada una tiene un trasfondo distinto. Puedes moldear tus percepciones de esa situación específica y dominar tus impulsos a la hora de actuar. Sabes, también, cuál es el efecto de tus emociones

2.- Autogestión. Que también la podemos llamar autodisciplina. Consiste en la capacidad de gestionar tus emociones en esas situaciones que te ponen contra la pared, comprometido. No reaccionas, sino que escuchas, analizas y respondes de manera asertiva. Tu objetivo es tender puentes, superar obstáculos y lograr acuerdos. Esto solo puedes hacerlo si tienes el control.

3.- Motivación (intención). Es decir, la capacidad de utilizar las emociones para alcanzar los objetivos previstos. Pero no solo eso: también, persistir ante las dificultades, a sabiendas de que nada de lo bueno en la vida es fácil. Recuerda: las emociones no son buenas o malas, esa es una valoración que hace cada uno. Son herramientas poderosas que puedes utilizar como quieras.

4.- Empatía. Que no es esa idea tan difundida de “ponerte en el lugar del otro”. Esto es imposible porque no hemos vivido lo que el otro vivió, porque cada uno tiene fortalezas y debilidades únicas y distintas. Se trata, más bien, de estar en capacidad de comprender las emociones del otro y, de manera especial, de responder adecuadamente a ellas. Nos exige compasión y humildad

5.- Habilidades sociales. Las herramientas indispensables para relacionarnos con otros. Si no las usamos, o si las usamos mal, vamos a chocar permanentemente, nuestras comunicaciones van a llevarnos a un cortocircuito. Son necesarias para construir puentes, para crear redes de apoyo mutuo y lograr entendimientos, a pesar de las diferencias, de las creencias, de las experiencias.

Lo que debemos entender, aprender, es que la mente emocional y la racional cooperan entre sí, se complementan. Claro, siempre y cuando no pierdas el control, no te dejes envolver en el espiral de las emociones. Si lo permites, las emociones secuestrarán tu cerebro y quedarás a merced de ellas. También es menester convenir que no podemos ser ciento por ciento racionales.

¿Por qué? Porque, aunque a veces las emociones pueden nublar nuestro juicio, son necesarias para tomar decisiones racionales. Sin ellas, todas las opciones tendrían el mismo valor para nosotros y, entonces, sería imposible decidir. Así, por ejemplo, una acción tan sencilla como elegir un restaurante se convertiría en una interminable comparación de lugares distintos.

La premisa fundamental de la gestión de las emociones es que cada sentimiento es valioso, pero no todas las reacciones son saludables. Así, pues, en lugar de ocultar o desahogar los sentimientos negativos, debemos encontrar técnicas para afrontarlos. Es decir, debemos responsabilizarnos de la situación y evitar que se produzca un cortocircuito del que después tengamos que lamentarnos.

¿Por qué? La gente suele malinterpretar este término, la responsabilidad, como asumir la culpa de lo que sucede. Sin embargo, eso está muy lejos de la verdad. En realidad, es tu capacidad para responder de manera adecuada según las circunstancias. Alasumir la responsabilidad, hallas formas de resolver problemas. Además, adoptas una posición de poder y mejoras tu comunicación.

La reactividad, la otra cara de la moneda, en cambio, te convierte en cautivo de las circunstancias. Enfadarte no te permite arreglar nada y solo empeora la situación. La rabia te daña sicológica y físicamente y te aporta una sensación de desconexión con el universo. Además, rompe los lazos que has establecido con otros y genera heridas que, muchas veces, tardan en sanar o no sanan.

Aunque somos la generación más avanzada de la historia de la humanidad, la que cuenta con más facilidades para disfrutar la vida, no somos la más feliz. Es una terrible paradoja. ¿Por qué? La mayoría de las personas vive en guerra contra todo y contra todos por su incapacidad para gestionar las emociones. O por no haber desarrollado la habilidad de la inteligencia emocional.

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¿Qué contenido debes usar para rebatir las 3 objeciones invisibles?

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Si eres uno de tantos que cree que el objetivo del contenido que compartes con el mercado es vender, lo siento por ti. Si te sirve de consuelo, eres parte de una inmensa mayoría. De los que han caído en la trampa de los vendehúmo y de los autoproclamados gurús del contenido que pregonan la venta forzada. Y, quizás lo has experimentado, no hay nada más incómodo.

Son muchos los mitos y los bulos en torno del marketing de contenidos, sus objetivos y sus posibilidades. Algunos lo presentan como una navaja suiza, otros aseguran que hace magia y no faltan aquellos que gritan que tiene superpoderes. Por supuesto, ninguna de estas versiones es cierta y, por eso, hay tantos que en la práctica desconfían de los contenidos.

Un grave error inducido, sin duda. Además, te dicen que tienes que estar presente en todos los canales digitales, que debes publicar contenidos en diferentes formatos todos los días. Lo irónico es que cuando revisas las publicaciones de los vendehúmo y de los gurús te das cuenta de que no aplican lo que pregonan. Es una estrategia, no una contradicción.

¿Por qué? Te marcan un camino que tú sigues al pie de la letra, sin percibir que te lleva al despeñadero. Una vez te caes, te estrellas con el planeta y tus ilusiones se frustran, entonces, los vendehúmo y los gurús surgen como salvadores. Te ofrecen su fórmula perfecta para conseguir resultados satisfactorios, se llenan los bolsillos con tu necesidad.

¡Negocio redondo! Y ahora, de la mano de las múltiples herramientas de inteligencia artificial generativa, han refinado sus libretos para engañar a los incautos y a los codiciosos. Que si no usas esta app no vas a vender, que si no usas la otra serás invisible, que si haces caso omiso de aquella tu competencia te va a devorar…, en fin. Es la feria de los bulos, de los engaños.

La realidad es que las marcas que venden, bien sea empresas o personas, son las que están en capacidad de aunar las estrategias de marketing con las de contenidos. Solo una, por sí misma, será insuficiente. Se complementan, potencian sus fortalezas. Las campañas de marketing inolvidables siempre aprovecharon las narrativas persuasivas de los contenidos.

De acuerdo con la fase del proceso de venta en la que se encuentre tu cliente potencial, el contenido cumple una tarea específica. Que, por supuesto, no es vender. La venta, quizás lo sabes, es la consecuencia directa de las acciones y decisiones que adoptas, pero también de que lo que ofreces, un producto o un servicio, solucione el problema de esa persona.

Los cuatro usos básicos del contenido son los siguientes:

1.- Informar. Salvo en casos excepcionales, cuando una persona es atraída por tu contenido no significa que esté en modo compra. En el 99 por ciento de las ocasiones, más bien, está en modo curiosidad. Quiere saber más de ti, de tu oferta. Quiere establecer si eres confiable o más de lo mismo. No olvides que en el mercado hay otros que ofrecen lo mismo que tú.

2.- Educar. Ten en cuenta que el 99,99 por ciento de los prospectos no sabe que tiene un problema, ni siquiera es consciente de los síntomas. Y no solo eso: es reacio a aceptar que sufre, inclusive si hay dolor físico. El contenido no solo debe responder sus preguntas, sino también, proporcionar el conocimiento necesario para salir del estado de inconsciencia.

3.- Entretener. Por si no lo has notado, 9 de cada 10 personas se conecta a internet por dos razones: requiere información o quiere distraerse. Entonces, no puedes obviar este objetivo. Si consigues arrancarle una sonrisa a tu prospecto, muy probablemente regresará en busca de más. Cuidado, eso sí, de caer en lo ramplón, lo vulgar, lo patético de los influenciadores.

4.- Nutrir. Una vez sacias la curiosidad y consigues atraer la atención de tu cliente potencial, a la fase de la educación le sigue la de la nutrición. ¿En qué se diferencian? Primero, en que la nutrición va más allá, profundiza en el problema que esa persona padece, en los síntomas, y esboza soluciones. Segundo, presenta la transformación, cómo será esa nueva vida.

En esas cuatro etapas, sin embargo, hay un hilo conductor que muchos desconocen y que otros, mientras, lo omiten por miedo. ¿Sabes a qué me refiero? A la indispensable tarea de derribar las objeciones. ¡Que siempre están!, así que no puedes ignorarlas. Pueden ser un gran obstáculo si miras para otro lado, si no les prestas la importancia que tienen.

Hay prospectos que son maestros en el arte de esgrimir objeciones, mientras que otros lo hacen en piloto automático. Es decir, es una respuesta a un estímulo específico. Inclusive, un cliente que esté en la última fase del proceso, ese que llamamos prospecto caliente, también nos ofrece objeciones. Entonces, creer que son invisibles no es una buena medida.

El problema, porque siempre hay un problema, es que subestimamos las objeciones. Por el miedo a rebatirlas o porque creemos que nuestro mensaje poderoso las derriba. O, lo peor, nos distraemos con las objeciones obvias, las de siempre, y nos olvidamos de las que en la práctica interrumpen el proceso y, a largo plazo, frenan la venta. ¡Esas son las importantes!

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Las objeciones pueden convertirse en un gran dolor de cabeza si lo permites. El contenido que las aborda, que las explica, que las desmitifica y que muestra una luz al final del túnel es muy poderoso. ¡No lo subestimes!

Las convencionales son precio, tiempo y poder de decisión (“tengo que consultarlo con mi pareja” o “con mi socio”). Las vemos como enormes montañas cuando en realidad, por lo frecuentes, son obstáculos fácilmente superables. ¿Sabes por qué? Porque, más que objeciones reales, se trata de excusas a las que tu prospecto recurre para salir del paso.

¿Sabes cuáles son esas otras objeciones que no vemos y son más importantes?

1.- Miedo al fracaso. Es paralizante, seguro lo sabes, seguro lo has experimentado. No solo porque duele, sino porque implica el rechazo de otros, sus críticas. Cuando tu prospecto no está convencido de que lo que ofreces es la solución que requiere, lo peor que puedes hacer es seguir de largo. Tu mensaje, entonces, debe abordar esta objeción y rebatirla.

¿Cómo hacerlo? Primero, describe cuál es la situación a la que se enfrenta en este momento, cómo su vida es un infierno porque no ha encontrado una solución. O cómo sus sueños se diluyen, mientras él padece lo indecible. Hazle saber que el miedo es cobarde y que desaparecerá tan pronto él demuestre determinación, convicción para enfrentarlo.

2.- Presión del entorno. Decimos que somos autónomos, pero la realidad es distinta. A todos nos afecta lo que piensan los demás, en especial nuestro entorno cercano. Por el miedo a su desaprobación, por temor a defraudarlos, muchas veces nos rendimos y nos sometemos a sufrir el problema indefinidamente. El miedo a fallar nos impide actuar.

¿Cómo derribar esta objeción? El contenido que compartas con tu prospecto debe informarle del problema que padece, educarlo para que lo lleve al plano consciente y plantearle una solución efectiva. Que entienda que no merece sufrir simplemente porque otros pasan por lo mismo, o porque se siente vulnerable. Descubre el héroe que hay en él.

3.- Experiencias pasadas. Todos, sin excepción, nos hemos equivocado. Millones de veces. Algunos, errores groseros, de esos que nos avergüenzan y no queremos que nadie se entere. Son heridas que quizás no terminaron de sanar o cicatrices que nos marcaron. Cada vez que estamos en una situación similar, el pánico nos congela y no sabemos cómo reaccionar.

¿Qué hacer? El contenido debe apuntar a hacerle entender que el error es parte del proceso y que incorpora un aprendizaje valioso. Cuéntale alguna experiencia personal en la que hayas estado en una situación similar, expón tu dolor y explícale cómo lo solucionaste. Es Importante que le digas cómo mejoró tu vida después de que dejaste eso en el pasado.

Son distintas de las normales, ¿cierto? Estas tres son las objeciones que casi nunca se manifiestan abiertamente. Más bien, son mecanismos de defensa que solo afloran cuando la presión es extrema. Y, por favor, no creas que son ocasionales. De hecho, son recurrentes, solo que no les prestamos la atención que merecen o nos distraemos con las habituales.

¿Cómo te ayuda el contenido a rebatir estas tres objeciones?

1.- Utiliza el poder de las preguntas. Las preguntas son sinónimo de empatía e interés y generan confianza. Olvídate de las certezas, de las afirmaciones, que suelen convertirse en muros infranqueables. Aprovecha las preguntas y promueve una conversación honesta

2.- Acude a la escucha activa. No solo es señal de respeto, sino de compasión. Hace que tu interlocutor se sienta importante y abra sus emociones. Comparte situaciones en las que te sentiste vulnerable y la ayuda de otros te permitió superar el inconveniente. Sé auténtico

3.- Ve hasta el fondo. Si te abrieron la puerta, ¡no te quedes ahí! Profundiza, con respeto y con tacto, para tratar de llegar al origen del problema. Apela a testimonios, a opiniones de expertos, presenta diferentes caminos de solución. No desaproveches la ocasión de servir

4.- Valida y aporta. La empatía es el punto de partida, no el punto final. ¿Eso qué quiere decir? Haz gala de tu conocimiento y experiencias para hacerle saber a tu cliente potencial que no está solo, que hay solución y que estás dispuesto a acompañarlo en el proceso

Las objeciones pueden convertirse en un gran dolor de cabeza si lo permites. El contenido que las aborda, que las explica, que las desmitifica y que muestra una luz al final del túnel es muy poderoso. ¡No lo subestimes! Además, es el tipo de estrategia que te diferenciará de los vendehúmo y de los gurús. Conviértelo en tu aliado y tus clientes te lo recompensarán.

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Cuando el exceso de visibilidad se convierte en tu peor enemigo…

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Cuando comenzaba mi trayectoria como periodista, a finales de los años 80, el mundo era muy distinto. No había internet, ni teléfonos móviles, ni conexiones wifi, ni computadores. Por supuesto, no había Google, ni redes sociales, ni inteligencia artificial. El teléfono estaba conectado a la toma en la pared, la programación de TV se iniciaba a las 5 de la tarde…

La vida era mucho más tranquila, sosegada. ¿Lo mejor? Había mucho menos ruido. Externo e interno, natural o artificial. Era la época de ver películas VHS (o Betamax) en casa con los amigos. La radio, sinónimo de inmediatez, era una compañera imprescindible, en especial para un joven que comenzaba con mucha ilusión la aventura en ese oficio maravilloso del periodismo.

Cuando entré a formar parte de la redacción del periódico El Tiempo, por aquel entonces el medio de comunicación más importante e influyente del país, la referencia para todos los demás, los impresos eran los reyes del mercado. Los periodistas más reconocidos del país, en las distintas especialidades, estaban alrededor, sentados a unos cuantos metros de tu lugar de trabajo.

Bastaba caminar unos pasos para cruzarse con alguno de ellos, para involucrarse en una conversación informal que, en la práctica, era una clase maestra. Economía, política, judicial, temas nacionales y cultura y entretenimiento, un concepto que iba en alza. Lo curioso es que todos, sin excepción, en algún momento terminaban en el corrillo de la sección Deportes.

¿Por qué? Porque el deporte era lo que nos unía en medio de las diferencias. Allí, frente a uno de los pocos televisores que había en la redacción, todos terminaban rendidos a las pasiones del deporte. Y allí, también, fue el escenario en el que aprendí todo lo necesario sobre los códigos del oficio, reglas que no vas a encontrar en los libros, pero que en la práctica son imprescindibles.

“El exceso de exposición, quema”, era una de ellas. ¿Eso qué quería decir? Que, a pesar de que estábamos lejos del frenesí y de la histeria que reina hoy, ya había figurines. Colegas que, por su contacto con ministros, empresarios o funcionarios de alto turmequé, se creían de un estrato distinto, de una galaxia diferente. Eran los que firmaban todas las notas que publicaban.

“Fulanito firma hasta un comunicado de prensa”, era lo que se decía entonces. Si bien ellos se pavoneaban por los pasillos como si estuvieran en una pasarela, con frecuencia también debían pagar escondederos a peso. ¿Por qué? Porque la noticia que publicaron despertó la ira santa de algún funcionario que llamó a los directivos del periódico, a quejarse, y les armó un gran lío.

“Firme únicamente las notas que usted cree que en realidad valen la pena”, me decían. “Ya llegará el momento para firmar lo que quiera”, agregaban. En la práctica, la mayoría de las noticias propias que publiqué durante al menos un año y medio no llevaban mi firma. Era una forma de protegerme y, también, de darle valor a esa rúbrica que, en aquellos tiempos, era tu cara visible ante el mundo.

Hoy, seguro lo sabes porque también lo padeces, vivimos tiempos muy distintos. Aquella premisa de “El exceso de exposición, quema” quedó en el pasado. De hecho, la norma, dentro y fuera de internet, es exponerse, hacerse ver, sin importar qué sea necesario hacer para que te vean. Fruto de esa modalidad, surgieron los patéticos influenciadores, payasitos que hablan sin decir nada.

Abres internet y te encuentras con infinidad de médicos, abogados, contadores, cocineros, coaches, vendedores, expertos en lo humano y lo divino, que pregonan la solución perfecta. Para lo humano y lo divino, por supuesto. Cantan, bailan, hacen las tareas de la casa y, lo peor, hacen el ridículo sin sonrojarse. Producen ruido durante un tiempo y, al no encontrar eco, desaparecen.

Pocos, muy pocos, perduran y logran conectar con las audiencias. Pocos, muy pocos, aportan valor con sus contenidos y logran llamar la atención. Pocos, muy pocos, son dignos de regalarles unos segundos de nuestro valioso tiempo, a sabiendas de que será bien invertido. Pocos, muy pocos, están respaldados por una estrategia que les permita posicionarse en la mente de las personas.

Hoy, la visibilidad es el santo grial de los negocios, de la vida en el ecosistema digital. Nos dicen que en un mercado saturado, con exceso de competencia, si no eres visible, no existes. Y es cierto, aunque no de forma literal. ¿Por qué? Porque cuando esa visibilidad es sinónimo de ruido, de chabacanería, de vulgaridad, el efecto que produce es contrario del esperado: genera rechazo.

Que es, precisamente, lo que les ocurre a la mayoría de esos influenciadores. Es posible que en alguna ocasión te resulten divertidos, que te arranquen una sonrisa, pero después de dos o tres veces son repulsivos. Da asco ver eso que comparten en redes sociales sin empacho, porque no tienen ningún otro recurso que el ridículo y la grosería para exacerbar los bajos instintos de otros.

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Si no tienes un mensaje claro, atractivo y relacionado con el tema o el problema que interesa a la audiencia la que te diriges, solo harás ruido.

La realidad, que muchos desconocen y que otros pasan por alto premeditadamente, es que la visibilidad sin estrategia solo produce ruido. Y ningún ruido, quizás lo sabes, está por siempre. El mar ruge con fuerza y luego se calma; la lluvia cae con intensidad y luego vuelve a salir el sol; la tierra brama, pero después de que el volcán escupe reina la calma. ¡Ningún ruido es eterno!

Por cuenta de los vendehúmo, ha hecho carrera la idea de “hay que estar en todas las redes sociales”. Que, por supuesto, no es necesario y, a veces, muchas veces, es contraproducente. O, también, “hay que publicar todos los días, ojalá varias veces, para que te vean”, una premisa que tiene tanto de largo como de ancho. No porque grites te van a escuchar, te van a prestar atención.

Puedes aparecer todos los días en todas las redes sociales, pero si careces de una estrategia tu presencia pasará inadvertida. Si no tienes un mensaje claro, atractivo y relacionado con el tema o el problema que interesa a la audiencia la que te diriges, solo harás ruido. Es decir, el resultado será que te convertirás en una molestia, en algo incómodo, y te bloquearán, te silenciarán.

No importa cuánto sabes, qué logros has alcanzado, cuánto tiempo llevas en el mercado o cuáles son tus resultados. Siempre habrá otros que te superen, que suban el listón. Además, a esas personas a las que puedes ayudar solo les interesa saber cómo será su vida una vez hagan lo que tú pides, compren lo que tú ofreces. Pero no comprarán si no confían en ti, sino eres creíble.

Entonces, eso de ser visible no es la panacea, no te garantiza el éxito. Recuerda: “el exceso de exposición, quema”, como cuando vas a la playa y pasas muchas horas bajo el rayo del sol y después te duele hasta el alma. Además, eso de ser visible, de mostrarte, no es el primer paso del proceso, sino el último. ¿Lo sabías? Antes, debes cumplir tareas que muchos pasan por alto:

1.- Establecer quién eres y qué representas.
Es lo que suelo llamar mi yo avatar. ¿Cómo me voy a mostrar al mundo? ¿Cuál es el mensaje que quiero transmitir? ¿Cuáles son los principios y valores con los que se va a identificar el mercado? ¿Cuál es el camino que has recorrido? Son preguntas que cualquier persona que no te conoce se hace y que debes responder. Tampoco puedes permitir que cada uno te perciba como lo prefiera.

2.- Tu propuesta de valor.
¿Por qué no eres más de lo mismo? ¿Qué te diferencia del mercado y te hace único y especial? ¿Qué le aportas al mercado que tu competencia no esté en capacidad de proporcionar? ¿Cuál es el resultado que las personas que te elijan van a obtener para mejorar su vida? Si ese mensaje no es claro, preciso e inconfundible, te verán como otro más y quedarás condenado a competir por precio. ¡Auch…!

3.- Cómo quieres ser recordado.
Es decir, de qué manera te posicionarás en la mente de las personas que reciban tu mensaje. Es consecuencia de las anteriores. Llamas la atención, te identificas a través de principios, valores y experiencias y luego aportas una solución efectiva a través de una metodología ya probada. ¿Qué vas a hacer, y cómo, para ser inolvidable? ¿Qué huella positiva dejarás en la vida de otros?

4.- El público al que te diriges.
Olvídate de eso de “mi producto (o servicio) es para cualquiera o para todo el mundo”, porque no solo es mentira, sino también, un grave error. No todos lo necesitan, no todos están dispuestos a pagar lo que pides, no todos te verán como la solución que requieren. Cuanto más específico y detallado sea ese perfil de tu cliente, mejor. Tu mensaje provocará un impacto solo en aquellas personas que conecten contigo.

Cuando esa conexión se establezca, la ansiada visibilidad dejará de ser un fin, una obsesión, y se convertirá en tu carta de presentación, en el altavoz para que el mundo conozca tu mensaje. Será, entonces, cuando te darás cuenta del poder de tus acciones y disfrutarás del privilegio de ayudar a otros. Descubrirás que la vida te encomendó una de las tareas más increíbles que hay: servir.

No se trata de que todos te vean, porque de hecho no todos te verán. Tu objetivo debe ser atraer a quienes en verdad puedes ayudar, y generar el vínculo a través del cual se dé un intercambio de beneficios. Recuerda: “el exceso de exposición, quema”. En cambio, si te posicionas en la mente de las personas correctas y eres el agente de transformación que anhelan, ¡serás inolvidable!

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DANA de Valencia-2024: la peor de las tragedias fue la desinformación

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Nunca somos más vulnerables los seres humanos que cuando nos enfrentamos a una situación inesperada y trágica. Lo ocurrido durante la pandemia provocada por el COVID-19 es clara muestra de esto. Sin embargo, es un fenómeno que se repite sin cesar cuando sufrimos por un huracán, un terremoto, un incendio, una inundación o algún otro desastre natural. Es el curso de la vida.

La razón es muy simple: nadie puede frenar un terremoto, nadie puede contener la erupción de un volcán, nadie puede sentirse inmune al efecto de un virus como el COVID-19. Son situaciones que se salen de nuestro control y que, además, exponen nuestras carencias o debilidades. Son de esos escenarios en los que se nos mueve el suelo y quedamos a merced de las circunstancias.

Y no solo eso. Son momentos en los que, casi como norma establecida, nos desbordan las emociones. Afloran el pánico, la impotencia, la ira, la ansiedad, la desesperación, la impaciencia, la intolerancia, la frustración y la vergüenza, entre otras. Nos recuerdan que somos finitos y estamos expuestos a esa eventualidad de que “la vida cambia en un segundo…”.

Como les ocurrió a los habitantes de la provincia de Valencia, en España, en la mañana del martes 29 de octubre de 2024. ¿Recuerdas qué sucedió? La trágica DANA, que produjo al menos 224 muertes (según datos oficiales) y daños estimados en no menos de 4.500 millones de euros. Lo peor, ¿sabes qué fue lo peor? Que, como muchas otras, fue una tragedia que se pudo evitar.

Un poco de contexto: entre los meses de septiembre y octubre, las fuertes precipitaciones son habituales en España. Esa vez, sin embargo, se batieron todos los registros: cayeron 500 litros de agua por metro cuadrado, una exageración. Además, hubo lugares en los que en unas pocas horas llovió más de lo que llueve durante un año completo. El riesgo, en suma, era inevitable.

Según los expertos, la tragedia ocurrió, entre otras razones, porque las precipitaciones saturaron rápidamente los suelos. Entonces, se generaron crecidas súbitas en torrentes, cauces y ramblas que se desencadenaron en pocas horas, lo que limitó el tiempo de respuesta”. Desde temprano, ciudadanos mostraron en redes sociales una lengua de barro y agua que avanzaba sin control.

Y aquí es cuando comienza a enredarse la pita. Que “yo avisé”, que “no hicieron caso”, que “no hubo notificación”, en fin. Mil y una versiones contradictorias, mil y una excusas que no logran ocultar la innegable negligencia de la autoridades. Algo ilógico e inaceptable para estos tiempos modernos de hiperconexión, en los que un aviso a tiempo puede salvar vidas.

En noviembre de 1985, exactamente en la noche del miércoles 13, una avalancha que se originó por la erupción del volcán Nevado del Ruiz, arrasó con Armero. Esa población, que tenía unos 29.000 habitantes, fue literalmente borrada del mapa por los cuatro lahares (flujos de lodo, tierra y escombros) que se desprendieron de la montaña. Chinchiná y Villamaría también se afectaron.

A pesar de que el gobierno colombiano había recibido alertas de una actividad inusual del volcán, que llevaba 69 años dormido, no se tomaron las precauciones. Por supuesto, eran otras épocas y la capacidad de reacción era muy limitada. Además, pocos les dieron crédito a las alertas y, por eso, la fatídica avalancha los tomó a todos por sorpresa. Hubo más de 25.000 muertos.

En Valencia, la Agencia Estatal de Meteorología emitió una alerta en la mañana de ese día. Ya llovía y estaba claro que más de lo normal, más de lo esperado. La comunicación daba cuenta de “un nivel de riesgo muy alto para la población”, pero nadie la tomó en serio. Las autoridades locales, de hecho, se pronunciaron al final de la tarde, cuando la riada ya había causados grandes estragos.

Lo increíble del caso es que la población, en su mayoría, también hizo caso omiso de las alarmas. Todo el mundo continuó con sus labores cotidianas como si nada pasara, de ahí que había demasiada gente expuesta. Nadie evacuó, prácticamente nadie se protegió. Por eso, cuando Protección Civil envió mensajes de texto a los teléfonos de los ciudadanos, ya era muy tarde.

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Sin confianza, las relaciones entre seres humanos, que son la esencia de la vida, carecen de sentido. Esta, por supuesto, es la mayor de las tragedias...

Las preguntas lógicas, que hoy todavía nadie pudo responder, es ¿cómo en estos tiempos de inmediatez algo así pudo suceder? ¿Por qué nadie hizo eco de las alertas? ¿Por qué la gente se expuso al riesgo? Más allá del debate de responsabilidades (gobierno autonómico o central), hoy la tecnología de comunicación y sus poderosas herramientas pueden ayudar a salvar vidas.

Casi un año después de la tragedia, un estudio realizado por la Universidad Politécnica de Valencia (UPV) y Universidad Internacional de Valencia (VIU), nos ofrece algunas luces tenues. Es decir, nos proporcionan elementos de juicio para comprender e interpretar la situación. Y, más que aportar tranquilidad, las conclusiones del estudio revelan un fenómeno perverso tras bambalinas.

Se estableció que tres de cada cuatro noticias emitidas (el 75 %) eran contenidos falsos. Y no solo eso: estaban destinados, de manera consciente, a engañar y provocar caos. Estas noticias se difundieron en redes sociales como X o Instagram y canales de WhatsApp. La mayoría tendía a generar indignación o, peor, miedo o rechazo de la gente hacia las instituciones.

En otras palabras, literalmente, ese 29 de octubre de 2024 en Valencia hubo dos avalanchas: la producida por la naturaleza y la provocada por el ser humano, la de la desinformación. Según el estudio, ese ambiente enrarecido, distorsionado, no solo condicionó la percepción de los hechos, sino que también dificultó la respuesta de las autoridades. La infoxicación alimentó la tragedia.

Germán Llorca-Abad, profesor del departamento de Comunicación Audiovisual, Documentación e Historia del Arte de la UPV, y Alberto E. López Carrión, VIU, analizaron 185 noticias publicadas entre el 28 de octubre (un día antes de los hechos) y el 17 de noviembre. Se concentraron en los diarios nacionales y locales con mayor audiencia, e identificaron 192 bulos de alto impacto.

La mayoría de los contenidos tenían una fuerte carga emocional”, destacó Llorca. En algunos casos, estas falsedades procedieron incluso de periodistas o colaboraciones en programas de televisión. De hecho, el 28 % de esos bulos surgieron de entornos periodísticos, lo que para los autores plantea “serias dudas sobre los filtros editoriales en contextos de crisis”.

Hubo, sin embargo, un descubrimiento insólito. Fue la aplicación, juiciosa, metódica, consciente y efectiva, de un principio de la comunicación estratégica denominado diagonalismo. ¿Sabes en qué consiste? Combina discursos de extrema derecha con mensajes tradicionalmente vinculados a la izquierda, como la crítica al poder institucional o a las élites. En otras palabras, pescar en río revuelto.

¿El objetivo? Conectar con el malestar ciudadano desde múltiples ángulos ideológicos y aprovechar la incertidumbre para reforzar narrativas de desconfianza. Es decir, alimentar la incertidumbre y la zozobra, e impedir que las versiones reales y ciertas tengan eco. Esta estrategia se tradujo en ataques al Gobierno, a organismos científicos y a ONG como Cáritas o Cruz Roja.

Para colmo, los que estaban detrás de esta malévola estrategia contaron con una inesperada y efectiva ayuda : los algoritmos de las redes sociales. ¿Por qué? Porque priorizan los contenidos más virales, no necesariamente los más veraces, amplifican mensajes y favorecen su rápida expansión sin constatar su veracidad, sin establecer si la fuente de origen es confiable.

“Las emociones extremas, como la indignación o el miedo, son las que más interacción generan. Y los bulos apelan precisamente a esas emociones”, expresaron los autores del estudio. Quedó claro, asimismo, que los usuarios son exageradamente ingenuos, por un lado, o convencidos, por el otro, si lo que encuentran en los mensajes coincide con sus creencias, principios y valores.

“Es urgente reforzar la alfabetización mediática de la ciudadanía, al tiempo de mejorar los mecanismos institucionales de respuesta informativa. Y es imprescindible exigir mayor transparencia y responsabilidad a las plataformas digitales”, afirmaron. “Si no se actúa con decisión, la próxima emergencia no solo será climática, sino también, informativa”, concluyeron

Ahora, ¿qué podemos aprender de esta experiencia?

1.- El poder de los mensajes. Para bien o para mal, cuando no hay un filtro adecuado es posible distorsionar la realidad con un mensaje específico. Implica una gran responsabilidad tanto por quien emite como por quien recibe, que debe verificar la autenticidad de las fuentes

2.- La jungla salvaje. Los canales digitales, no solo las redes sociales, carecen de medidas efectivas para combatir los bulos y muchas veces son cómplices silenciosos. No se puede creer todo lo que se publica en internet, así que es necesario cuidarse a la hora de replicar contenidos

3.- El valor fundamental. La confianza fue la gran perdedora de esta experiencia. Fue socavada de lado y lado, presa de fuego cruzado. Quedó claro que los ciudadanos ya no creen en nada ni en nadie y que esa circunstancia es el caldo de cultivo para los vendehúmo y los estafadores

4.- El riesgo mediático. En medio del frenesí y de la histeria colectiva, todos queremos respuestas inmediatas. Así, solo incentivamos la aparición de versiones parcializadas, no confirmadas o, lo peor, mentirosas. La falta de rigor para publicar y consumir contenidos es la nueva pandemia

5.- Nadie está exento. Un fenómeno de desinformación como este no es selectivo, no elige a sus víctimas. De hecho, todos, sin excepción, estamos expuestos a caer en la trampa. Y hay que ser conscientes de que tras bambalinas se da un perverso juego de intereses políticos y económicos

Un huracán, un terremoto, un incendio, una inundación o algún otro desastre natural son, sin duda, algo lamentable. Sin embargo, ser víctimas de la desinformación, de la infoxicación y, en especial, de la falta de confianza es peor. Sin confianza, las relaciones entre seres humanos, que son la esencia de la vida, carecen de sentido. Esta, por supuesto, es la mayor de las tragedias…

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¿Eliges disciplina o arrepentimiento? Eso determinará tu recompensa

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No sé a ti, pero a mí la tarea de elegir se me antoja como una de las más difíciles de la vida. Más allá de que practicamos seguido, de que todos los días tomamos cientos o miles de decisiones, es un reto complejo. Aunque ya hayamos estado en una situación similar, esas experiencias no siempre nos ayudan a elegir lo que más nos conviene. Cada vez es como la primera vez.

Lo que resulta insólito es que no por haber tomado muchas decisiones aprendemos a tomar las decisiones adecuadas. Porque, por si no lo sabías, no existen las buenas decisiones o las malas decisiones. Esa es una valoración emocional, subjetiva, que hacemos en función del resultado, de cómo nos afecta esa decisión, de las consecuencias que debemos asumir. Para bien y para mal.

En otras palabras, hay decisiones y hay consecuencias. Y es precisamente el miedo a errar lo que nos lleva a tomar las decisiones que más tarde nos pesan. ¿Por qué? Porque casi siempre son la respuesta al miedo, a cargar con la culpa de una equivocación. Es, entonces, cuando entramos en los sinuosos terrenos de creer que si no elegimos, si no decidimos, nada va a suceder.

Y, sí, a veces ese es el resultado: nada sucede. Sin embargo, y quizás coincidas conmigo, a la larga nos damos cuenta de que hubiera sido mejor elegir. Nos arrepentimos y, lo peor, almacenamos un recuerdo negativo que en la próxima ocasión, o en la siguiente, nos pondrá en aprietos. Además, el camino del nada sucede es ir en contravía de la dinámica de la vida: el movimiento, la evolución.

Desde niño, aprendí a tomar mis propias decisiones y a asumir las consecuencias. Fue una de las enseñanzas más valiosas de mis padres, que casi siempre me concedieron el privilegio de elegir. Más adelante, mi mejor maestro fue el ejercicio del periodismo: un periodista que no sepa tomar decisiones, que no pueda elegir, no es un buen periodista. Saber hacer, en cambio, es un plus.

La valoración de los hechos, constatar los testimonios, reunir las evidencias, analizar e interpretar los datos recolectados y armar el rompecabezas exige tomar decisiones de diversa magnitud. No es una tarea fácil porque implica tomar distancia de los sucesos, bloquear emociones, creencias y circunstancias para estar en capacidad de ofrecer una versión lo más veraz posible

¿Y tú qué crees? Que son muchas las veces en que elegimos mal. Por A o por B. Cada vez que te encomiendan el cubrimiento de un evento, la elaboración de una noticia, te enfrentas a este dilema. Y dado que somos seres humanos, que somos vulnerables, es imposible acertar siempre. Por eso, hay que minimizar la cantidad de errores, reducir el margen de error, y acertar más.

¿Cómo lograrlo? No hay reglas establecidas, ni fórmulas perfectas. Sin embargo, la premisa de Jim Rohn, es una excelente guía. Por si no lo sabes, fue un empresario, autor y orador motivacional estadounidense. Se le atribuye haber impulsado las carreras de personajes como Tony Robbins, Mark R. Hughes y Brian Tracy, entre otros. Escribió 34 libros y casi todos fueron grandes éxitos.

¿Cuál era su premisa? Todo el mundo debe elegir uno de dos dolores: el dolor de la disciplina y el dolor del arrepentimiento. La diferencia es que la disciplina pesa onzas, mientras que el arrepentimiento pesa toneladas”. No en vano, hay estudios que certifican que, en la proximidad de la muerte, la mayoría de las personas lamenta lo que pudo haber hecho y no hizo.

Rohn, sin embargo, no se quedó ahí y profundizó su reflexión: “La disciplina nos enseña que mantener un esfuerzo constante nos prepara y fortalece para desarrollar las destrezas necesarias para ser una mejor versión de nosotros mismos. El arrepentimiento, mientras, siempre será una carga que perdura mucho más allá del presente, lleno de preguntas sobre lo que pudo haber sido”.

Y son de esa clase de preguntas que te arrebatan la tranquilidad, que te atormentan en la noche y no te dejan dormir. De las que, si lo permites, se convierten en una incesante vocecita en tu mente. Y te echan a perder el momento, la ocasión, el día, la semana, el año, la vida… Por eso, los seres humanos necesitamos aprender a elegir y asumir el reto de tomar decisiones propias.

“La próxima vez que te enfrentes a una decisión difícil, recuerda que tenemos la capacidad de diseñar cada uno de nuestros pasos enfocándonos en nuestro crecimiento personal. La clave está en enfrentar la dificultad correcta”, dijo Rohn. Fíjate que no se refirió a “la decisión correcta”, sino a “la dificultad correcta”. ¿Cuál dificultad? Las ya mencionadas: la disciplina o el arrepentimiento.

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La vida nos exige tomar decisiones todo el tiempo. Lo insólito es que, aunque practicamos mucho, a la hora de la verdad nos equivocamos mucho. Por eso, es importante saber que el dolor que elijas, disciplina o arrepentimiento, determinará tu recompensa...

Por si no te has dado cuenta, ese es un dilema al que te enfrentas cada día, en diferentes ámbitos de la vida. Un dilema que, tristemente, se convierte en un obstáculo insalvable a la hora de compartir lo increíble que la vida te ha regalado, tantas y tan maravillosas bendiciones. Que, no lo olvides, te fueron otorgadas para que las transfieras a otros aprovechando tus dones y talentos.

Esa es la razón por la cual me cuesta entender que a la mayoría de las personas les da pánico a la hora de compartir lo que son. Se sienten vulnerables y las paraliza el temor a ser desaprobadas o rechazadas. Quizás no se dan cuenta, o no son conscientes, de que en sus manos está ayudar a otros, la noble tarea de aliviar la pesada carga que ha convertido su vida en un infierno.

En estos tiempos convulsos, cargados de incertidumbre y de motivos para estar preocupados, todos necesitamos de los otros. Lo vivido durante la pandemia provocada por el COVID-19 es una clara muestra de ello. Y el duro impacto provocado por esa dolorosa experiencia nos exige, o cuando menos nos invita, a estar presentes para los demás cuando lo pidan o lo necesiten.

El problema, porque siempre hay un problema, es que creemos, nos han metido en la cabeza, que no podemos ayudar a otros. Que no estamos capacitados o que, simplemente, lo que sabemos y lo que hemos vivido “a nadie le importa”. Y también nos dicen que “debes ser un experto” en el manejo de la cámara, de las herramientas, de los programas de edición, en fin, de la tecnología.

La realidad es que nada de eso es cierto. Lo único importante es el contenido que transmites, el valor que aportas. Esas experiencias que viviste, la forma como resolviste los problemas a los que te enfrentaste, y que son luz en el camino de otros. Así como el mensaje de alguien, muchas veces de un desconocido, iluminó tu vida, así mismo tú puedes sacar de la oscuridad a otra persona.

Los canales digitales, en especial las redes sociales, se inundaron de vendehúmos, estafadores, patéticos influenciadores y más especies tóxicas porque encontraron tierra fértil. ¿Eso qué quiere decir? Que, aunque no aportan valor, encontraron una audiencia ávida de algo distinto, de algo diferente a lo ofrecido por los medios de comunicación tradicionales. Encontraron un mercado.

La infoxicación, las fake-news, los bulos y los memes, entre otras manifestaciones tóxicas, ganaron terreno con rapidez entre otras razones porque no tenían competencia. ¿Y por qué no la tenían? Porque las personas en capacidad de aportar valor real, de compartir contenidos que informen, que eduquen, que inspiren, no se atreven a hacerlo. Quizás tú eres una de ellas.

No se atreven a hacerlo por varias razones: temor a ser rechazadas, a hacer el ridículo, a no llamar la atención de nadie, a ser criticadas. También, algo que ya mencioné: están convencidas de que lo que les sucede a nadie le interesa. Pero, en especial, porque creen que van a tener que pasar horas y horas frente a la cámara o al computador creando contenidos. ¡Nada más alejado de la realidad!

La única herramienta que requieres ya está en tus manos. ¿Sabes cuál es? El celular. Allí tienes una buena cámara, micrófono, aplicaciones de grabación y edición, otras de inteligencia artificial y conexión a internet para compartir contenido en vivo o publicarlo en distintos canales digitales. Lo importante, repito, lo que puede ayudar a otros, es lo que sale de ti, el valor que aportas.

Se trata de comenzar, probar, ajustar, corregir y seguir adelante. Cualquiera puede hacerlo, o si no los tales influenciadores no lo harían. Si ellos haciendo el ridículo llaman la atención de miles, imagina lo que tú puedes hacer si compartes valor real. En últimas, tal y como lo dijo Jim Rohn, se trata de elegir entre el dolor de la disciplina, de la constancia, y el dolor del arrepentimiento.

Nos han enseñado que la disciplina es difícil, aburrida o que es una cualidad concedida a unos pocos. En realidad, es una habilidad y como tal cualquiera que lo desee la puede desarrollar, la puede cultivar. Piensa en todos aquellos logros de los que te enorgulleces: tras ellos hay una gran dosis de disciplina, que a veces no fue agradable, pero que a la postre marcó la diferencia.

Y eso, precisamente, es lo que tú puedes hacer si eliges aceptar mi invitación a compartir quién eres y qué haces. Sí, puedes marcar la diferencia en la vida de otros. O también puede cargar con el arrepentimiento de no haberlo hecho, de ni siquiera haberlo intentado, y permitir que eso que la vida te concedió en forma de múltiples bendiciones se marchite porque no lo compartiste.

“Lo que no se comparte, no se disfruta”, le aprendí a un amigo. Y, créeme, nada de lo que posees, de lo que has vivido, de lo que has aprendido, es casual. Sin embargo, carece de sentido si lo guardas solo para ti, porque la única razón por la cual te fue concedido es para que lo transmitas, lo multipliques. El dolor que elijas, disciplina o arrepentimiento, determinará tu recompensa…