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3 contenidos para generar impacto positivo, ¡sin clichés, sin humo!

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¿Lo mejor de los canales digitales? Les dieron voz a quienes en el mundo de los medios convencionales no eran escuchados. Los visibilizó y nos permitió conocer historias maravillosas que, de otra forma, quizás se hubieran perdido en el olvido. ¿Lo peor de los canales digitales? Les dieron voz a quienes solo aprovechan para destilar sus bajos instintos.

Una salvedad pertinente: lo negativo, lo tóxico, no son los canales digitales. Se trata de herramientas poderosas que están diseñadas para servirnos, para hacer que nuestra vida, en sus diversas facetas, sea más fácil y productiva. Recursos poderosos útiles para todos, para cualquiera. El problema es el uso que les damos, los contenidos que compartimos.

El italiano Umberto Eco, novelista, filósofo y semiólogo fallecido en 2016, dijo: Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

Fue con ocasión de una entrevista con el diario Stampa, uno de los más importantes de su país. En otra oportunidad, en conversación con el diario ABC español, aseguró: “La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad.

El problema, según Eco, se resume así: Con internet, te fías de todo porque no sabes diferenciar la fuente acreditada de la disparatada. Piense tan solo en el éxito que tiene cualquier página web que hable de complots o que se inventen historias absurdas: tienen un increíble seguimiento, de navegadores y de personas importantes que se las toman en serio”.

En una sola palabra, es lo que conocemos como infoxicación. Que a todos nos afecta, de la que todos, en mayor o menor medida, somos responsables. Bien sea porque compartimos contenidos falsos, inconscientes de las eventuales consecuencias. Bien sea, quizás, porque replicamos contenidos tóxicos sin verificar las fuentes y contribuimos a propagar el ruido.

Que levante la mano aquel que esté libre de pecado. Hasta el presidente estadounidense Donald Trump cayó en la trampa y compartió contenidos falsos. Eco, sin duda, tenía razón. Hoy, los canales digitales están llenos de especies tóxicas, de esas que llaman influenciadores, dedicadas a contaminar de múltiples formas. Lo peor es que son prácticamente inevitables.

¿Por qué? Porque lo más tóxico que hay en el ecosistema de los canales digitales es, quién lo creyera, el bendito algoritmo. Que no distingue entre contenidos inocentes y dañinos, entre verdad y falsedad, entre persuasión y manipulación. Solo persigue lo viral para impulsarlo, para potenciar su visibilidad. Y su daño, también. De manera irónica, el algoritmo es ‘el’ enemigo.

No solo de tus publicaciones, sino de las propias redes sociales. Es la principal fuente de contaminación, de propagación de contenidos tóxicos y, por ende, responsable de que este ecosistema ya no sea lo que fue antes. Porque, quizás lo recuerdes, hubo un antes en el que las redes sociales, internet en general, eran agradables. Hoy, ese recuerdo es solo una quimera.

Por fortuna, como lo he mencionado en publicaciones anteriores, esta no es una batalla perdida. No mientras haya una persona, tan solo una, que comparta contenido de valor, cuyas publicaciones brillen por su calidad e impacto, no por el ruido que generan. Y apuesto porque tú, que consumes mis contenidos, prefieres ser parte de la solución, dejar atrás el problema.

Créeme que como creador de contenido de valor le he dado muchas vueltas al asunto. No me resigno a ceder el pequeño espacio que he conquistado para que un influenciador tóxico o un vendehúmo se adueñen de él. Mientras haya vida y salud, continuaré en esta lucha por ofrecer valor, por ayudar y servir a través de los dones y talentos recibidos, de conocimiento adquirido.

Para evitar que tu contenido se pierda de inmediato, atrapado en las garras de las especies tóxicas, debe cumplir dos condiciones. ¿Imaginas cuáles son? La primera, la autenticidad; la segunda, el enfoque. Lo demás, todo lo demás, como el formato, la extensión o el canal, es secundario, en especial en esta era de impostores, de IA generativa de modelos cliché.

El contenido auténtico es aquel que está relacionado directamente con tu esencia. ¿Sabes cuál es? Tus principios y valores, tus creencias, tu conocimiento y tus experiencias, tus sueños. También, tus miedos, tus frustraciones, tus errores, tus limitaciones. ¡Tu esencia! Lo que eres, incluido lo positivo y lo negativo. En otras palabras, lo que te hace ÚNICO y ESPECIAL.

Que, por supuesto, no significa ser monedita de oro y caerle bien a todo el mundo. Tampoco es no recibir críticas o no equivocarte. Esta, la otra cara de la moneda, es parte de la vida en todos los ámbitos. Es el contenido que te identifica, que refleja lo que eres, que con solo tu particular estilo (voz, tono) adquiere sentido. El contenido que produce un impacto positivo en otros.

Moraleja

Este es el contenido de valor que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para continuar)
No está perdida la batalla contra la infoxicación en los canales digitales. ¿El antídoto? Contenido sin clichés, sin humo. Estas tres alternativas te servirán para producir un impacto positivo.

Otra premisa es aceptar la aventura de ir contra la corriente. Es decir, dejar de ser más de lo mismo, dejar de copiar prompts perfectos que no funcionan, dejar de aplicar fórmulas y libretos que no dan resultado. O que dejaron de ser efectivos porque todo el mundo los usa, porque fueron prostituidos. Ir contra la corriente refuerza la autenticidad de tus contenidos.

El segundo aspecto es el enfoque. Lo que el mercado pide a gritos es una mirada distinta, ¡ya no más clichés! Ni los de humanos ni los generados por la inteligencia artificial. ¡No más clichés! Una mirada distinta significa ir un poco más allá de lo que se ve a simple vista, un poco más profundo. Hacerte preguntas distintas, incómodas, y atreverte a compartir las respuestas.

Ir contra la corriente, no lo olvides. Algunas opciones son las siguientes:

1.– Rompe mitos.
Todas las actividades de la vida, sin excepción, involucran verdades a medias o mentiras que hicieron carrera de tantas veces que fueron repetidas. “Todos los hombres son infieles”, “los árabes son terroristas”, “los blancos son más inteligentes” y otras por el estilo. Versiones populares que comenzaron a volar en los canales digitales y adquirieron inusitada fuerza.

¿A qué te dedicas? ¿Eres nutricionista? ¿Un abogado? ¿Un contador? ¿Un sicólogo? ¿Un comunicador? ¿Un ama de casa? Estas actividades, como cualquier otra, están llenas de mitos, de falsedades, de verdades a medias. Elige una opción, solo una, y expresa por qué es un mito, por qué no es cierto. Ofrece argumentos sólidos, comprobables, no solo tu opinión.

Un ejemplo: “El fútbol es un deporte de hombres” fue una visión de la versión que se creyó durante muchos años. Hoy, el fútbol femenino no solo es una realidad, sino que también es el escenario en el que millones de mujeres de todo el mundo cumplen sus sueños y son felices. Y también un espacio de comunicación en el que muchas mujeres pueden expresarse.

2.– Brinda autoridad.
Ten cuidado, porque hay una delgada línea que, si la cruzas, caes en las arenas movedizas de los vendehúmo. Ten en cuenta, además, que no hay verdades absolutas: todo es relativo, está determinado por el cristal a través del cual lo vemos. Entonces, olvídate de las patéticas sentencias contundentes, de las fórmulas infalibles, de las soluciones perfectas.

¿De qué se trata, entonces, la autoridad? De que compartas lo que sabes, lo que has aprendido y, en especial, lo que has vivido, de manera auténtica. Y no solo eso: sobre todo, transparente. Sin filtros, sin omitir lo que te produce vergüenza, sin exagerar o distorsionar tus acciones. La autoridad es revelar algo que te sucedió y compartir lo que aprendiste y puede ayudar a otros.

Un ejemplo: relata algún episodio bochornoso que hayas protagonizado durante tu visita (de vacaciones o trabajo) a una ciudad o un país distinto al tuyo. ¿Qué hiciste mal? ¿Cuál fue el impacto que generaste? ¿Qué consecuencias tuvo ese hecho? ¿Qué aprendiste? Todos, sin excepción, estamos expuestos a algo parecido, así que tu experiencia puede ser útil.

3.– Educa a tu audiencia.
Sí, es cierto que cada vez menos personas quieren aprender (solo buscan resultados). Sin embargo, no olvides que el mayor impacto positivo que puedes provocar en la vida de otros es lo que les enseñas. Piensa en lo que tus padres te enseñaron y hoy, pasado el tiempo, no solo agradeces, sino que concibes también como pilares de lo que eres como ser humano.

El contenido de valor educativo no solo no pasa de moda, sino que, además, si es auténtico, jamás pierde valor. En especial en estos tiempos cambiantes, en los que la vida evoluciona a un ritmo frenético, vivimos en modo aprendizaje. Nunca dejamos de aprender y, entonces, valoramos lo que nos acorte la curva de aprendizaje y nos dé resultados efectivos.

Un ejemplo: si eres padre con hijos adolescentes, revela una acción sencilla que te ayuda a hacer que entren en razón cuando asoman los berrinches. ¿Qué frases usas? ¿Cuál es el tono que empleas? ¿Por qué hace la diferencia? ¿Que otras acciones no dieron resultado? Estoy seguro de que habrá padres que agradecerán tus consejos, si a ellos también les funcionan.

Lo mejor de los canales digitales es que nos permiten a las personas de bien compartir lo que somos y lo que hacemos. Ayudar a otros, quizás lo sabes, proporciona recompensas cuyo valor es incalculable. Créeme: la batalla no está perdida. No, mientras personas como tú y como yo no renunciemos a utilizar los canales digitales y sus herramientas contra la corriente.

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El (necesario) cambio de estrategia para evitar ser invisible

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Mea culpa: ¡yo también caí en la trampa! Como prácticamente todos, empresas, negocios, emprendedores y profesionales independientes. Yo también caí en la trampa del espiral de la publicación recurrente de contenido en canales digitales. Trabajé con pasión, con devoción, con profesionalismo y con ilusión, hasta que me canse de ver que los resultados eran nulos.

Una precisión pertinente: cuando comencé a publicar regularmente, no tenía el objetivo de convertirme en un influenciador famoso y multimillonario. Para alcanzar esos logros hay que traspasar líneas que no estoy dispuesto a pasar, tanto en lo relacionado con la calidad como con la ética. No soy un payaso digital, como muchos, ni un vendehúmo, como tantos otros.

Mi intención era (y sigue siendo) la de compartir valor. Estoy en una etapa en la que, si bien no dejo de aprender, el propósito que me guía es compartir con otros lo que la vida me dio el privilegio de recibir. Conocimiento, experiencias, errores, principios, valores… Mi gran tesoro. Que solo tiene sentido en la medida en que lo traspase a otros para que se multiplique.

No puedo quejarme, porque la respuesta que recibí fue positiva. Es decir, la audiencia a la que me dirijo, de la cual tú haces parte, acogió mis contenidos de buena manera. No solo con gratitud, sino también con disposición para aprender y compartir. No me volví famoso y tampoco soy multimillonario, pero esa no fue la razón por la cual tuve que hacer un pare.

¿Entonces? Honestamente, me agoté. Aunque escribir contenidos es algo de lo que más disfruto en la vida, a veces te sientes cansado. Más en un escenario como el de los canales digitales que cambia constantemente, que limita el tráfico orgánico, que te obliga a competir con toneladas de contenido basura y de publicidad invasiva, abusiva y agresiva.

Aparte, estaba el hecho de luchar contra la corriente. ¿Sabes a qué me refiero? A lidiar con el caprichoso algoritmo. Que, seguro lo sabes, una vez aprendes a aprovecharlo, cambia y toca comenzar de nuevo, desde cero. Con un agravante: ahora, como una especie de venganza de la naturaleza, el algoritmo sufre los rigores de una influencia determinante. ¿Sabes cuál es?

La inteligencia artificial, que enterró el patético SEO y modificó la forma en que buscamos en los canales digitales. Lo más importante, sin embargo, es que también cambió la forme en que los navegadores nos encuentran en internet. Entonces, ya no se trata de pelear contra los caprichos del algoritmo, sino también contra la nueva dictadura: la inteligencia artificial.

Es nadar contra la corriente con el mar crecido: avanzar es casi imposible. Y, además, para moverte debes realizar el doble del esfuerzo necesario. ¡Es desgastante, desestimulante! Pero no termina ahí: también es injusto porque no se distingue el contenido de valor del que es simplemente basura; no distingue, tampoco, entre el contenido real y la copia de la copia.

En cambio, se premia lo vulgar, lo polémico, lo grotesco; se lo destaca hasta convertirlo en viral, mientras que el contenido de valor es castigado de múltiples formas (en todas las plataformas digitales). Probablemente esta es la razón por la cual tantas marcas (empresas y personas) que están en capacidad de compartir contenido de valor eligen irse por el atajo.

Esa, no sobra aclararlo, no es una opción para mí. Prefiero ser invisible, prefiero que mi alcance orgánico sea precario y mantenerme fiel a mis principios y valores. Personales y profesionales. El de traicionarme es un camino que no tomaré: elijo seguir en la batalla. Busco alternativas, intento nuevas fórmulas y, algo importante: procuro corregir las equivocaciones.

¿Por ejemplo? Asumir que las audiencias buscan aprender o, dicho de otra forma, educarse. Así fue hasta hace unos años: las personas estaban dispuestas a pagar a los profesionales en internet a cambio del conocimiento requerido para crecer. Como personas y profesionales. Había un interés genuino por aprovechar la oportunidad que brindaba el mercado.

Sin embargo, como el algoritmo, como las condiciones de visibilidad a partir de la irrupción de la inteligencia artificial, el interés del mercado también cambió. Quizás tú, que consumes este contenido, cambiaste y no te has dado cuenta. ¿Cómo? La gente ya no quiere aprender. Lo que la mueve, lo que le interesa, es producir resultados, conseguir resultados satisfactorios.

Ah, y tan rápidos y efectivos como sea posible. Por eso, aunque hagas tu mejor esfuerzo, aunque tu producto o servicio sea excelente, aunque estés en capacidad de producir resultados satisfactorios a mediano o largo plazo, ya nadie quiere aprender. Es decir, las personas quieren evitarse el proceso, el tiempo y el esfuerzo que este implica e incorpora.

Entonces, no tiene sentido desgastarse en la tarea de intentar enseñar. Y para que no sea una frustración, recuerdo algo que aprendí hace muchos años con un entrenador de fútbol: “no puedes enseñarle nada a alguien que no está dispuesto a aprender”. En pocas palabras, eso significa que es necesario cambiar la vieja estrategia de enseñar por la de transformar.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para seguir)
Competir con toneladas de contenido basura y de publicidad invasiva, abusiva y agresiva es desgastante, desestimulante. Sin embargo, siempre hay un camino para aportarles valor a otros, para ayudarlos a transformar su vida.

Más allá de los caprichos del algoritmo y de la tiranía de la IA en las búsquedas (un fenómeno que quizás más adelante sea positivo), hay que cambiar la mentalidad. Los contenidos, aun los de calidad, los que aportan valor, son invisibles porque nadie ve en ellos lo que está buscando. ¿Entiendes? No aprendizaje, no conocimiento, no fórmulas, sino resultados, transformación.

Es romper un paradigma y proporcionales a las personas lo que realmente quieren, necesitan y están dispuestas a consumir (es decir, a pagar por ello). Te confieso que no fue fácil aceptar esta situación y entender que debía cambiar el modus operandi de mi trabajo para cumplir con el propósito de servirte y ayudarte. El fruto de esa reflexión es este contenido que te comparto.

El contexto: los hechos sufridos durante la pandemia provocada por el COVID-19 y otros sucesos más nos han demostrado que somos vulnerables. Más que en lo físico o en lo material, en lo mental. Somos conscientes de que, como dice Juanes, “la vida es un ratico”. Y no solo eso: en virtud de la vulnerabilidad, estamos expuestos a llegar pronto al final del viaje.

Ya sabemos que nuestro tiempo es limitado y, quizás por eso, la idea del proceso no nos cae bien. La premisa es evitarlo, pero obtener los mismos resultados esperados, requeridos. Esto nos obliga a los creadores de contenido a cambiar el modo en que realizamos nuestro trabajo para que sea visible, para que no se pierda entre la pornobasura que abunda dentro y fuera de internet.

Además, estamos expuestos al bombardeo mediático que nos roba la atención. Esas son las razones por las cuales cuesta tanto conectar con las emociones de otros. Es también el motivo por el que los creadores de contenido tenemos que cambiar la forma en que producimos. La realidad es que lo que antes funcionaba de maravilla hoy, tristemente, pasa inadvertido.

Y, por supuesto, no tiene sentido ir contra la corriente. El camino al éxito está sembrado de pequeñas semillas de humildad. Si en realidad tu intención es servir y ayudar a otros, aprovechar el tesoro de los dones y talentos que te regaló la vida, te invito a que pruebes la siguiente estructura (no es un libreto, no es una fórmula) que a mí me ha dado resultados.

1.– Directo al grano: qué resultado obtuviste
Nada de rodeos, nada de expectativas falsas, nada de adivinanzas… Recuerda que el único objetivo, en esos primeros segundos, es capturar la atención de quien ve tu contenido. ¿La clave? No te limites a soltar un dato en procura del escándalo: cuenta cómo lo viviste, sé auténtico y revela tus emociones, así como la encrucijada a la que te enfrentaste

2.– Humano conecta con humano
No caigas en el error de permitir que la inteligencia artificial (cualquier herramienta) hago algo que tú haces mejor. Desvela tus sentimientos, tus sensaciones, tus miedos, y verás cómo la respuesta es positiva. Olvídate de las frases cliché, de los prompts perfectos y deja que salga de ti, de tu corazón, ese mensaje poderoso que mueve las fibras de otras personas

3.– Sé preciso al hablar del resultado
Utiliza números concretos y, sobre todo, reales, ¡creíbles! Algunas personas pueden ser ingenuas, pero no son tontas. Recuerda que el peor error que puedes cometer es prometer lo que no vas a cumplir, o lo que no sabes si dará resultados. Significa no generar expectativas irreales que destruyan tu credibilidad y provoquen el efecto contrario al que esperas

4.– Habla en primera persona
Una vez logras conectar con esa persona a la que puedes ayudar, que requiere lo que tú ofreces, ¡no la dejes escapar! Ábrele tu corazón de par en par, sin límites, sin artimañas. Revela cómo fue tu proceso (el dolor, la aceptación, la búsqueda, el descubrimiento, la solución). Haz de cuenta que es una conversación privada: habla como si fueran amigos de toda la vida

5.– No olvides la moraleja
Una historia sin moraleja nunca termina de cerrar el círculo. Por ende, quedan cabos sueltos que se manifiestan en múltiples interrogantes, dudas, objeciones. Debe ser un mensaje claro, sencillo, útil, práctico, efectivo, de inmediata aplicación. Un mensaje que, además, quede grabado en la mente de esa persona y la invite a compartirlo con amigos, familiares y otros

Como ves, es algo sencillo. Quizás las primeras dos o tres veces se te antoje complejo, pero no olvides que “la práctica hace al maestro”. Ya no solo se trata de compartir valor, de aportar conocimiento o de promocionarte como la solución ideal. Esto ya no es suficiente, entre otras razones porque todo el mundo hace lo mismo en un mercado en el que sobra los clichés.

La historia, por sí misma, también ha perdido efecto. El storytelling, tristemente, es una de las víctimas de la infoxicación, lo han prostituido y la realidad es que el mercado duda de sus superpoderes. La conexión, mientras, carecerá de sentido si te limitas a proporcionar información (cómo se hace): es imprescindible que entres en el terreno de la transformación.

La pandemia no solo nos dejó cicatrices y recuerdos dolorosos. También nos enseño que necesitamos los unos de los otros o, de otra forma, que estamos aquí con el objetivo expreso de ayudarnos los unos a los otros. Hay mil y una formas de hacerlo y seguro, a partir de tus dones y talentos, alguna que te permitirá cumplir con tu propósito y sentirte feliz.

Ese proceso, créeme, es una historia digna de contar, de compartir…

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5 lecciones del Mundial-2026 para ser una marca personal campeona

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El Mundial de fútbol ya no es un simple torneo deportivo: hace años dejó de serlo. Ahora es un fenómeno social que traspasa barreras y supera fronteras, que no distingue entre fanáticos y aficionados de ocasión. Inclusive si tu país no es parte de la fiesta deportiva, a lo largo de estas semanas es posible vivir a la distancia una experiencia significativa, única e inolvidable.

Las evidencias nos enseñan que el reciente Mundial de Estados Unidos, México y Canadá funcionó como un gigantesco laboratorio de reputación. ¿Cómo? Países poco conocidos ganaron visibilidad, EE. UU. sorprendió positivamente a millones de visitantes. Además, la experiencia directa terminó siendo mucho más poderosa que la conversación en redes sociales.

Lo relevante va mucho más allá del resultado de los partidos, de la instancia del torneo o de la narrativa de los expertos. Cada uno lo vive a su manera, lo disfruta a su manera, lo sufre a su manera. Hay lugar para todos, sin importar si eres fanático o un simple espectador ajeno al ruido. Recuerda: es un fenómeno universal que traspasa todas las diferencias.

No importa si es tu “primera vez” o “una más”. No importa si eres niño o adulto, si eres hombre o mujer: lo único que se te exige es tener la capacidad de sentir emociones, interactuar y transmitir mensajes. Esa es la característica que distingue a las marcas personales poderosas: su capacidad para relacionarse con las audiencias y generar conversaciones relevantes.

Como en el campo de juego, en el que cada equipo muestra una identidad, una propuesta (de valor), unas fortalezas y unas debilidades, en el terreno de la marca personal es mucho lo que podemos aprender del Mundial. Y no solo de las figuras rutilantes o de los equipos destacados. También, de un entorno pletórico de historias dignas de contar, dignas de ver y escuchar.

Estas son las cinco principales lecciones que aprendí durante estas semanas:

Lección 1 – La visibilidad vale mucho más que el tamaño

Uno de los hechos más interesantes del Mundial 2026 fue la ampliación del torneo a 48 selecciones. Esto permitió que países tradicionalmente ausentes o poco relevantes del escenario global aparecieran ante miles de millones de espectadores. Los casos más destacados fueron Cabo Verde, Curazao, RD del Congo y Paraguay, sin olvidarnos de Noruega o Uzbekistán.

Dejaron de ser simples “participantes” para convertirse en protagonistas de algunas de las historias más comentadas del torneo. Aunque no llegaron a las instancias finales, demostraron que el Mundial no solo premia a quien gana: también recompensa a quien logra captar la atención del público. Asimismo, lograron despertar la admiración de propios y extraños.

Diversos medios especializados en turismo documentaron un incremento extraordinario en el interés internacional por el país. Expedia reportó aumentos superiores al 800 % en las búsquedas desde Estados Unidos. Otras mediciones señalaron incrementos cercanos al 5.000 % en búsquedas relacionadas con vacaciones en Cabo Verde durante el torneo.

Asimismo, Skift destacó que el Mundial colocó al archipiélago en el radar de viajeros que nunca antes lo habían considerado como destino turístico. Es decir, el fútbol terminó actuando como una campaña mundial de posicionamiento de marca y los beneficios se verán próximamente. Fue, sin duda, el caso más destacado de posicionamiento a partir de la visibilidad.

Significado

Muchos emprendedores creen que primero necesitan ser “grandes” para ser visibles. El Mundial demostró lo contrario. Primero llegó la visibilidad. Después, la conexión y la conversación. Luego apareció el reconocimiento. Y finalmente comenzó a construirse la reputación. La notoriedad no fue consecuencia del prestigio previo; fue el punto de partida para construirlo.

Lección 2 – Las personas creen mucho más en lo que viven que en lo que leen

Redes sociales, medios digitales y debates políticos habían construido una imagen marcada por la polarización, la inseguridad, las tensiones sociales y las dificultades migratorias. Se pronosticaban caos, disturbios, una fiesta malograda. Sin embargo, cuando comenzaron a llegar cientos de miles de visitantes, ocurrió algo muy interesante, totalmente opuesto a lo previsto.

La agencia Associated Press entrevistó a turistas provenientes de distintos países y encontró un patrón. ¿Cuál? Muchos afirmaron que la experiencia real había sido muy diferente de la imagen que tenían antes de viajar. Relataron haber encontrado personas hospitalarias, conversaciones espontáneas, ayuda desinteresada, recomendaciones de desconocidos y un ambiente mucho más cálido del esperado.

Varios entrevistados reconocieron explícitamente que habían descubierto una versión de Estados Unidos muy distinta de la construida por las redes sociales y el consumo permanente de noticias. Algo similar ocurrió, aunque en menor medida, en México y Canadá. Aquí aparece una idea muy poderosa: la narrativa cambió no por una campaña publicitaria, sino por una vivencia diferente.

Significado

Las personas no construyen confianza consumiendo contenido. La construyen viviendo experiencias. Puedes publicar cien videos diciendo que eres cercano. Pero si un cliente trabaja contigo y descubre que realmente escuchas, respondes, acompañas y cumples lo prometido, esa única experiencia tendrá mucho más peso que cien publicaciones en LinkedIn.

Lección 3 – La mejor publicidad fue la historia, no el resultado

Otro aspecto muy llamativo del Mundial fue la generosa cobertura que recibieron selecciones consideradas “pequeñas”. No porque fueran campeonas, sino porque tenían una historia, un relato que identificó, que conectó, que emocionó. El ritual de los vikingos remadores, que los noruegos convirtieron en una fiesta en los estadios y ciudades, es un claro ejemplo de ello.

Se trata de una tradición conectada de manera estrecha con sus costumbres, con su cultura. Esta celebración refleja su conexión histórica con el mar y el espíritu vikingo. Busca transmitir ánimo desde las tribunas, que en la cancha el equipo sienta que no está solo, que los hinchas confían en el talento de sus jugadores. Y que los acompañarán sin importar cuál sea el resultado.

Los medios internacionales destacaron continuamente el recorrido de Cabo Verde, el crecimiento de República Democrática del Congo y la aparición de nuevos protagonistas gracias al formato ampliado del torneo. La prensa rara vez habla únicamente de resultados.

Habla de historias. Y este Mundial nos ofreció historias fantásticas, muy inspiradoras.

Y eso mismo ocurre con cualquier profesional. Nadie recuerda a un consultor porque tenga veinte certificaciones. Lo recuerda porque existe una historia que conecta esas certificaciones con una transformación humana y porque esa transformación está representada por una experiencia agradable, memorable. No es lo que logras, sino lo que haces para conseguirlo.

Lección 4 – La reputación se construye, pero requiere validación

El Mundial también dejó claro que ningún país improvisó su imagen durante un mes. Las ciudades anfitrionas que recibieron mejores comentarios fueron las que trabajaron durante años en infraestructura, hospitalidad, organización y experiencia del visitante. Muchos aficionados destacaron esos aspectos como una de las grandes sorpresas positivas del torneo.

La reputación no apareció porque comenzara el Mundial. El torneo permitió experimentarla. Lo mismo sucede con la marca personal. Una conferencia, un pódcast viral o una entrevista no crean tu reputación, solo la hacen visible. Cada ciudad o país, cada equipo participante, mostró su esencia de manera auténtica y conectó con audiencias que se sintieron atraídas por los mismos valores.

Lección 5 – La autenticidad, más poderosa que cualquier campaña

Quizás el hallazgo más interesante fue comprobar que los momentos que más circularon por redes sociales no fueron anuncios oficiales. Fueron escenas espontáneas. Aficiones mezcladas en las calles. Conversaciones entre desconocidos. Celebraciones compartidas. Pequeños gestos de hospitalidad. Historias reales protagonizadas por héroes anónimos.

Precisamente esas experiencias fueron las que modificaron la percepción internacional de muchos visitantes. Eso confirma algo que hoy también ocurre con las marcas personales. Las personas ya no buscan perfección. Buscan autenticidad. Buscan coherencia. Buscan evidencia. No quieren escuchar que eres confiable: quieren descubrirlo por sí mismas.

En resumen

1.– La visibilidad precede a la autoridad. Si nadie sabe que existes, tu conocimiento no tiene oportunidad de generar impacto. Primero debes aparecer en el radar de las personas.

2.– La experiencia vence a la narrativa. Lo que un cliente vive contigo tiene mucho más peso que cualquier publicación en redes sociales. La confianza nace de la experiencia.

3.– Las personas recuerdan historias, no currículos. El conocimiento abre puertas, pero las historias son las que permanecen en la memoria. Y no solo las historias de éxito (triunfo).

4.– La reputación no se improvisa cuando llega la oportunidad. Se construye día a día y se hace evidente cuando se presenta la oportunidad. Si no estás preparado,  te ignorarán.

5.– La autenticidad genera más confianza que la perfección. En un entorno saturado de mensajes cuidadosamente diseñados, la coherencia sigue siendo el mayor diferenciador.

La gran lección que nos deja el Mundial-2026 es que te admirarán y amarán no por lo que logras, por lo que haces, sino por lo que eres. Piensa en Vozinha (arquero de Cabo Verde), en Erling Halland (el rey vikingo) o en Harry Kane (el héroe sin recompensa). Fueron protagonistas de algunas de las historias más destacadas, pero hubo otras maravillosas, inspiradoras, inolvidables.

Los países que fortalecieron su imagen no fueron necesariamente los más grandes ni los más poderosos. Fueron los que aprovecharon la oportunidad para mostrar quiénes eran realmente. Y los visitantes que regresaron con una percepción distinta de EE. UU. no cambiaron de opinión porque alguien intentara convencerlos, sino porque la experiencia vivida desmintió los estereotipos previos.

Esa misma lógica se aplica a cualquier marca personal: la reputación más sólida no se construye con promesas, sino con experiencias consistentes, historias auténticas y una propuesta de valor que las personas pueden comprobar por sí mismas. No eres un currículo, un sucesión de logros o cargos: eres una marca personal poderosa que el mercado ansía experimentar

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Deja de presumir tus logros: más bien, conviértelos en valor para otros

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Vivimos la era de la comunicación y de la tecnología avanzada y somos la sociedad de los títulos (o certificados, o diplomas). Más allá de que hay otras opciones, en últimas lo que a los seres humanos nos moviliza es… ¡el ego! Asumimos la vida como una competencia (a veces, feroz) porque fuimos criados para competir, para ganar, para ser los mejores, para ostentar…

Basta mirar las redes sociales. En especial, LinkedIn. En un principio, se vendió como el hábitat ideal para los profesionales en busca de trabajo o, en su defecto, de mejorar el que ya tenían. Hoy es un culto al “yo hice”, “yo soy”, “yo tengo”, “soy experto en…”. Además, es la red de la cordial hipocresía: está prohibido disentir y, mucho menos, criticar; debes alabar y aplaudir.

Es el reino de las personas perfectas. Todas buena onda, todas empáticas, todas felices de que los puestos de trabajo con los que sueñan se los den a otros. Personas que, por si lo anterior fuera poco, rebosan de felicidad. Es, también, el reino de los impostores. No es que sienta envidia de ellas, solo que mi percepción de la realidad, de la vida, es un poco distinta.

Como periodista, primero, y como copywriter, después, aprendí que nada es como se ve. Ni las marcas, ni las personas. Todos estamos obsesionados con que solo nos vean el mejor ángulo, que nadie sepa que somos vulnerables y, sobre todo, que las limitaciones y defectos queden ocultos. Además, al 99,99 % de las personas las intimida que se conozca su historia real.

Entonces, mejor seguir la corriente del mercado, la tendencia de las redes sociales, y entrar en el juego de la mayoría. Que, por si no lo sabías, es lo que conocemos como la trampa de los logros, una especie tóxica que inundó los canales digitales. Y posar de buena onda, de experto, de simpatía, o de lo contrario te verán como un bicho raro, para muchos también despreciable.

Sé que este es un tema incómodo porque todos los seres humanos, sin excepción, padecemos los efectos del ego. Nos encantan los elogios y odiamos las críticas. Todos queremos llamar la atención de otros y nos valemos de lo que sea necesario para conseguirlo. Por eso, hay tantos que recurren a la mentira, a retocar la realidad: son los impostores, son los vendehúmo.

Dejemos algo claro: no es que hablar de los logros obtenidos esté mal. No solo es natural, sino que además nos proporciona alegría, satisfacción por el deber cumplido. Y también es la motivación requerida para seguir adelante. El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que, si te limitas a hablar de eso, no tardarás en cansar a tu audiencia y te darás cuenta de que eso a nadie le interesa.

Es doloroso, pero es así. Hablar solo de logros, de resultados, suele producir el efecto contrario al esperado. ¿Cómo así? En vez de empoderar, de inspirar, genera desconfianza, una sensación de engaño. El contenido enfocado en tus logros, en tus resultados (en especial, los materiales, como dinero o propiedades) no conecta con las emociones de otros y tampoco posiciona.

No solo porque suena a más de lo mismo, sino porque no responde la pregunta clave que se hace el mercado, cualquiera de tus clientes. ¿Sabes cuál es? Aquella de “¿Qué hay aquí para mí?”. Es decir, las personas lo que quieren saber, lo que necesita que les informes, es cómo ellas se van a beneficiar si trabajan contigo, si pagan por tus servicios. Es lo único que interesa.

Cuando el mensaje que le comunicas al marca es del tipo “me certifiqué en”, “terminé un curso”, “estuve en el ‘mastermind’ de”, difícilmente conectarás. Bien seas una marca (empresa o negocio) o una persona (emprendedor o profesional independiente), el mercado espera escuchar, más bien, qué aprendiste, cómo lo has utilizado para ayudar a otros. ¿Entiendes?

Veamos un ejemplo: luego de 5-6 años en las aulas, te gradúas. ¡Un gran logro! Estás orgulloso y lo que más te hace feliz es ver que tus padres y familia están realizados. ¡Cumpliste su sueño!, ahora eres un profesional y te espera un gran futuro, ¿cierto? Estás en la cresta de la ola, pero no tardas en darte cuenta de que hay olas más grandes, más retadoras, de mayor dificultad.

Lo que la vida te pide, entonces, es que vayas por ellos. Que obtengas no solo más logros, sino logros de mayor impacto, de mayor trascendencia. Quizás terminaste una maestría, quizás creaste tu propia empresa y contribuyes a generar empleo de calidad para otros, quizás tu trabajo les ha proporcionado a otros la solución a los problemas que los inquietaban.

Moraleja

Este es el mensaje que quiero que grabes en tu mente (posa el 'mouse' para continuar)
Deja de presumir tus logros: conviértelos en valor que otros quieran recibir. Tus títulos y diplomas no te diferencian: la clave está en cómo transformas tu conocimiento.

Si no lo haces, si te conformas con ese grado universitario, lo más probable es que el mercado laboral te perciba como uno más, como más de lo mismo. Si te conformas con ese grado, vas a quedar sometido a pasar decenas de hojas de vida sin resultado. Con suerte, irás a una entrevista de reclutamiento, pero no serás el candidato elegido. Hay otros mejores.

Cuando el contenido que compartes con el mercado se limita a replicar lo que ChatGPT te soltó, lo que el gurú de redes sociales te dijo, lo que dice tu competencia, no te funcionará. ¿Por qué? Porque eso te hace igual al resto, no te diferencia, no te hace único. Al mercado le sonará a la repetición de la repetidera, retórica pura, y volteará su mirada hacia otro lado.

Decirle al mercado lo que haces, los títulos que has acumulado, los cargos que has desempeñado, no te representa. ¡Eso no eres tú! Haz de cuenta que son medallas que brillan en tu pecho, pero no representan tu valor real, tu esencia. Para posicionarte en la mente de las personas a las que puedes ayudar, tu mensaje debe concentrarse en lo que tú piensas.

¿Eso qué significa? Que debes dejar de publicar contenido como si fuera tu currículo. Eso no te hará visible, no te permitirá conectar con tus clientes potenciales. ¿Qué hacer, entonces? La clave radica en traducir esos logros, esas experiencias valiosas, ese conocimiento que tanto esfuerzo te ha demandado, en valor para otros. Recuerda: “¿Qué hay aquí para mí?”.

Ten en cuenta que la mayoría de las personas, cuando entramos a algún canal digital, estamos en modo búsqueda. Requerimos información acerca de un tema de nuestro interés o, de otro lado, queremos distraernos (y vemos videos, escuchamos música o jugamos). Tu contenido debe reflejar la motivación que impulsó a esa persona, cuál es su deseo no satisfecho.

Aunque redes sociales como Tik-Tok, Instagram o X generan mucho ruido, quizás sabes que el canal digital que manda la parada es YouTube. Que no es una red social, sino un inmenso repositorio de contenido, en especial de tutoriales que responden a la pregunta “¿Cómo hago…?”. Allí puedes aprender idiomas, a cocinar, a reparar electrodomésticos, en fin.

¿Estás orgulloso de tus logros? ¿Tienes mucho conocimiento valioso? Para que sea atractivo para el mercado, para tus clientes potenciales, transfórmalo. Enfoca tus contenidos con ángulos como “Hoy aprendí que…”, “Te explicó como tú puedes…”, “Este método que te voy a revelar es muy útil para…”, “Mis ganancias crecieron un 35 % después de…”. ¿Entiendes?

Moraleja: la gente no está dispuesta a pagar por una copia de tu hoja de vida. A nadie, salvo a ti y quizás a alguien de tu círculo más cercano, le interesan tus logros, tus títulos, tus diplomas. Lo que las personas buscan es el efecto, el resultado, la transformación que tú prometes y que está en capacidad de mejorar algún aspecto específico de la vida de tu cliente potencial.

Dado que tú ya experimentaste esa transformación, ¡no dudes en compartirla! Sin miedo a la vulnerabilidad, sin ocultar detalles valiosos, sin intentar venderte como un héroe. Cuenta cómo era el antes y cuál fue el después. Y el proceso entre uno y otro: ¡eso es lo poderoso! Eso es lo que todos queremos saber, lo que hará que cualquiera te elija a ti y no a tu competencia.

Cuando te sientes a crear contenido, sin importar el formato que elijas o el canal que vas a utilizar, tu mente debe estar enfocada en un solo pensamiento. ¿Sabes cuál es? De qué forma puedes transformar tus logros (títulos, diplomas, distinciones, cargos) en contenido de valor que sea útil para otros. Ah, y no olvides que debe ser preciso y de aplicación inmediata.

Si no sabes por dónde comenzar, responde estas preguntas:

1.– ¿Qué aprendí de esa experiencia que significó un logro del que me enorgullezco?

2.– ¿A quién le sirve este conocimiento para mejorar algún aspecto de su vida o trabajo?

3.– ¿Qué conversación puedo comenzar para generar confianza y credibilidad?

4.– ¿Cuál es el mejor consejo puedo darle a esa persona interesada?

5.– ¿Cómo mejoró mi vida desde que puse en práctica lo que ahora comparto?

Conclusión: un logro, cualquiera que sea, no es más que el resultado de un conocimiento de valor sumado a un método (paso a paso) para ponerlo en práctica y obtener un determinado resultado exitoso. No se trata de QUÉ obtuviste, sino del CÓMO te transformó y CUÁL fue el resultado de ese proceso de cambio. Por eso, sin duda, el mercado estará dispuesto a pagarte.

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Triple A: el método para crear historias que sí persuaden

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Cuando le preguntas a Mr. Google o a don ChatGPT acerca de los arcos narrativos, vas a encontrar respuestas disímiles. Inclusive, contradictorias. La razón es sencilla: no hay respuestas definitivas, concluyentes. De hecho, si profundizas un poco vas a descubrir que, según algunos expertos del arte de contar historias, hay más de mil arcos narrativos distintos.

Y claramente identificados. Algunos bastante similares, sin duda, pero con detalles que hacen de cada uno algo único. Por supuesto, hay una versión más sencilla. ¿Sabes cuál? La que nos habla de al menos 6 tipos de arcos narrativos más comunes. Son los que están enfocados en la evolución emocional del protagonista, la famosa estructura clásica de los tres actos.

Sí, esa tan difundida y tristemente prostituida de “planteamiento, nudo y desenlace”. Sí, la misma que los vendehúmo de internet promocionan como “la fórmula perfecta”, como “el libreto infalible” para contar historias. Son estructuras muy antiguas, creadas mucho antes de la irrupción de esta tecnología, y durante décadas han sido utilizadas en la publicidad.

El problema con los arcos narrativos es que han sido sacados de su escenario natural y forzados en otro para el que no fueron creados. Me explico: estos arcos narrativos son la esencia de la industria cinematográfica de Hollywood, por un lado. Por otro, también son la ruta que guio la imaginación de miles de escritores de literatura o otros géneros de la ficción.

Cuando internet irrumpió en la vida del ser humano, a finales del siglo pasado, el arte de contar historias se popularizó. De los estudios de Hollywood, el storytelling se trasladó a las agencias de marketing y, más adelante, a los escritorios de los emprendedores. Al principio, algunos lo vieron como una tendencia efímera, que desaparecía rápido, pero sucedió lo contrario.

Es decir, el storytelling se convirtió en una de las herramientas más poderosas para conectar y comunicarse con las audiencias. De la misma forma en que durante décadas lo habían hecho las grandes marcas, las de los presupuestos multimillonarios, pero con acceso para todos, para cualquiera. Una novedad que no tardó en contaminarse por cuenta de los vendehúmo.

Que brotaban silvestres con sus teorías concluyentes, con sus fórmulas perfectas, con sus libretos infalibles. Y lo peor, ¿sabes qué fue lo peor? Que el mercado, la mayoría, les comió cuento. ¡Cayeron en la trampa! Aquella de creer que el arte de contar historias se puede reducir a un prompt, a una fórmula mágica 1-2-3 o a una estructura estática y además infalible.

¿Por qué no funciona así? Porque, si fuera tan sencillo, un simple causa-efecto, todas, absolutamente todas las historias, serían exitosas. Las románticas, las dramáticas, las históricas, las de ciencia ficción…, en fin. Y no es así, por supuesto. Asimismo, todas, absolutamente todas, serían exactamente iguales, porque se crearon de manera idéntica.

Ahora, hay otro aspecto que debes considerar. ¿Sabes a cuál me refiero? A las emociones. Si esa historia que cuentas no logra conmover a tu audiencia (sin importar el formato o el canal), pasará inédita. En otras palabras, será efímera, como las stories de las redes sociales. Una historia sin emoción no conecta. Y la emoción, seguro lo sabes, no proviene de una fórmula.

Cuando vas a contar una historia, por lo general los elementos de los que dispones son los mismos que los de cualquier otra persona. ¿Por qué? Porque, más allá de las diferencias puntuales, de las circunstancias, todos los seres humanos vivimos experiencias muy similares. No idénticas, pero sí muy similares. Sin embargo, son pocas las historias que trascienden.

Dado que la habilidad de contar historias la desarrollé en la práctica, en el ejercicio de mi profesión de periodista, nunca me apegué a un libreto, nunca me limité a una estructura, nunca me sometí a una fórmula. Al comienzo, intenté modelar (copiar y adaptar a mi estilo) las geniales historias que contaban los periodistas de la revista El Gráfico, de Argentina. ¡Maravillosa!

Me encantaba que era muy humanas, que ponían al descubierto las vulnerabilidades de los personajes, que sorprendían con datos inéditos. Además, reflejaban un minucioso trabajo de producción previa que erradicaba cualquier atisbo de improvisación. Y, lo mejor, ¿sabes qué era lo mejor? Que eran atrevidos. Rompían moldes, derribaban mitos, ponían el dedo en la llaga.

Y, además, algo muy importante: forjaban ídolos. Héroes de carne y hueso que no solo se convertían en referentes, sino que, lo mejor, alimentaban la conexión emocional con las audiencias. Por aquella época, en los medios deportivos se decía que un deportista no era famoso, no era reconocido, si no había sido portada de El Gráfico al menos una vez.

Moraleja

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No se trata de ‘fórmulas infalibles’. El buen ‘storytelling’ es aquel con un enfoque más humano y efectivo. Con el método Triple A, un sistema flexible que conecta emociones, puedes generar confianza y guiar a la audiencia hacia una acción concreta.

El Gráfico creó un método. O, si lo prefieres, un sistema para producir contenido de calidad, de alto impacto. Te confieso que aún guardo mi pequeña colección de ejemplares (no era fácil ni barato conseguir la revista en Colombia) y de cuando en cuando tomo uno al azar y lo releo. Es un ejercicio apasionante, como la primera vez, porque siempre descubro algo inspirador.

Un método no es una fórmula exacta del tipo 2+2=4. Como las encuestas, incorpora un margen de error. Además, ofrece una característica que, a mi juicio, es muy valiosa. ¿Sabes cuál es? Que el mismo método lo pueden adoptar muchas personas que lo aplican cada una a su manera, dándole su toque personal. El método es el camino, pero cada cual lo recorre como quiera.

En el camino, aprendí muchos métodos. Honestamente, no todos le servirían a alguien que apenas comienza la aventura en el arte de contar historias. ¿Por qué? Se requiere haber escrito mucho, haberse equivocado mucho, haber probado distintas opciones. Se requiere un estilo propio y un espíritu de atrevido aventurero capaz de reinventarse o, al menos, de evolucionar.

Hay uno en particular, sin embargo, que recomiendo a los principiantes. Es sencillo, fácil de poner en práctica y, si lo sabes utilizar, te proporcionará resultados positivos a corto plazo. Interesante, ¿cierto? Lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Que no es una estructura rígida o una camisa de fuerza. De nuevo, se trata de jugar con la imaginación y obtener un buen resultado.

No recuerdo cuándo o de quién lo aprendí. Lo que sí puedo decirte con certeza es que me ha funcionado de mil maravillas durante años. Y, lo que más me gusta, en diferentes ámbitos. Es decir, no es monotemático. Lo he aplicado con éxito en contenidos de marketing, de deportes, de bienes raíces, de bienestar. Y, por supuesto, en maravillosas historias humanas.

El método se llama Triple A: Anécdota, Amplificar y Actuar. Tres elementos sencillos, tres pasos fáciles de dar, tres ingredientes que puedes adaptar a tu estilo. ¿La clave? Utilizar otro viejo método de comprobada eficacia: aquel de prueba y error. Asúmelo como un juego, no te hagas unas expectativas muy altas y deja que tu imaginación y tu creatividad abran las alas y vuelen.

Una anécdota, según el diccionario, es un Relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración, ejemplo o entretenimiento”. También, un Suceso circunstancial o irrelevante. Es decir, algo que le ocurre a cualquier persona en el día a día y al que, aunque no se le da trascendencia, es una pequeña parte de nuestra historia. Sin embargo, hay algo más poderoso.

¿Sabes qué? Que todos los seres humanos, sin excepción, vivimos múltiples anécdotas cada día. De muchas de ellas ni siquiera somos conscientes. Pequeñas cosas increíbles que nos suceden, a las que no les prestamos atención. Sin embargo, son fuente de conexión con otros a los que les ha ocurrido algo similar. En circunstancias y con resultados distintos, pero similar.

Comenzar tu historia con una anécdota es poderoso. Claro, siempre y cuando la anécdota sea buena y logre conectar con las emociones de tu audiencia. No hay que exprimir ChatGPT, ni quemarte el cerebro pensando en algo único y especial. Lo auténtico (que suele combinar lo ridículo con lo simpático) es lo mejor. Seres humanos que conectan con seres humanos.

La clave radica en que las anécdotas generan empatía y confianza. O, de otra forma, derriban barreras. Y consiguen capturar la atención. Si, además, eres el protagonista que quedó mal parado en esa situación, tu anécdota produce mayor impacto gracias a la vulnerabilidad. Un consejo que te ayudará: comienza el relato de tu anécdota con una buena pregunta.

Una vez logras atrapar la atención de tu audiencia, puedes dar el segundo pasó: Amplificar. Que, valga la pena decirlo, no significa forzar los hechos, distorsionar la historia. Entonces, ¿de qué se trata? De enriquecer tu anécdota. ¿Cómo hacerlo? Debes demostrar que esa pequeña circunstancia, que casi siempre pasamos por alto, encierra un gran significado para la vida.

¿Cómo? Te apoyas en un dato estadístico o en un estudio creíble que muestra que esa simple anécdota es algo más: es un patrón. Es decir, no solo te sucedió a ti, les pasa a muchas otras personas. Es un comportamiento que se repite múltiples veces, solo que, de nuevo, no le damos la atención que se merece. Anécdotas que son oro puro y no nos damos cuenta.

Por ejemplo, el impacto de la comida ultraprocesada en niños y adolescentes. Por si no lo sabías, en los años 70 en EE. UU. uno de cada 20 menor de 15 años era obeso; hoy, fruto de la ingesta de estos productos, la proporción cambió: uno de cada cinco es obeso. Y esa obesidad es el punto de partida de una variedad de enfermedades potencialmente mortales.

¿Entiendes el poder de la amplificación? Blinda de realidad tu anécdota, aporta credibilidad, sazona la historia con urgencia. Es el contexto indispensable para que tu audiencia comprenda el valor y el significado de tu anécdota. Que sienta el valor de lo que has compartido y, sobre todo, su utilidad. Lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Cuando la gente siente y comprende, está lista para actuar.

Por último, la acción. A veces, muchas veces, los seres humanos nos arrepentimos más por lo que no hicimos que por lo que hicimos y salió mal. Es peor, más pesada, la culpa de la inacción que la del error. Por eso, en tus historias no puede faltar, ¡NUNCA!, el llamado a la acción. Uno solo, claro, sencillo, efectivo: que la persona obtenga resultados en unos pocos segundos.

La inmensa mayoría de las ofertas que veo en internet fallan por esto: en su afán por vender, el llamado a la acción es confuso. De hecho, es una de las razones por las cuales, a solo uno o dos clics de comprar, tu cliente potencial se arrepiente y abandona el carrito. ¡Es que no sabe qué hacer! Entonces, aflora la desconfianza y, para no caer en una trampa, prefiere desistir.

La clave: directo al grano. Sin rodeos, sin adivinanzas, sin ambigüedades. Cualquiera de estas opciones prenderá las alarmas, despertará las objeciones y echará a perder la oportunidad. Un llamado a la acción sencillo y claro despejará el camino y te proporcionará autoridad. La mayoría de las personas intenta convencer y mientras que el método Triple A persuade.

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Cómo hacer de tu historia una serie de gran éxito

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Con seguridad, está en el Top-3 de los miedos más comunes. ¡Y atemorizantes! Es un enemigo terco, resistente, resiliente, contra el que es difícil, muy difícil, pelear. ¡Vaya si lo sé! Ha sido la piedra en el zapato de la relación con algunos clientes que he tenido desde que me transformé en un consultor de marketing de contenidos. Y, lo confieso, me venció  varias veces.

¿Sabes a qué me refiero? Al miedo a hablar de ti, de tu historia, de quién eres y de cómo eres. Es curioso, porque en una conversación informal, con la familia, con los amigos o, inclusive, con desconocidos, la mayoría de los seres humanos somos felices hablando de nosotros mismos. De nuestra historia, de quiénes somos, de qué hacemos. Nos sentimos realizados en esa situación.

Sin embargo, como cualquier moneda, esta también tiene dos caras. La oscura, la que nadie quiere que se le muestre, es cuando tenemos que comunicarnos con el mercado. Es cuando surgen los fantasmas, cuando tiemblan las piernas, cuando se quiebra la voz. Es cuando salen a flote todas las vulnerabilidades y piensas, imploras, “¡trágame, tierra, por favor!”.

Cuando comienzo una asesoría, suelo enfrentarme a un obstáculo común. ¿Cuál? La muy acentuada resistencia a compartir la historia personal. Casi todos quieren publicar sobre su empresa o negocio, sobre sus productos o servicios, sobre sus resultados. Sin embargo, casi ninguno acepta de buena gana abrirse para contar su historia, ese lado que pocos conocen.

Que, no sobra recalcarlo, es imprescindible para conectar con el mercado, con tus clientes potenciales. Más en esta era del copy + paste, de los impostores, de los clones. Una era en la que la autenticidad, tan escasa, se ha convertido en el mayor tesoro, en el más valioso. Más allá de la tecnología, de la IA, está claro que las personas quieren conectar con otras personas.

Es decir, que la tecnología, que las maravillosas herramientas, sean tan solo un intermediario. Como debe ser. El nexo, pero no la esencia. Lo crucial es la relación, ese apasionante vínculo entre seres humanos. Y digo apasionante porque está determinado, principalmente, por las emociones y otros factores como conocimiento, educación, experiencias y expectativas.

Con la mano en el corazón, no logro entender la resistencia a hablar de tu historia, de ti mismo. ¡No lo entiendo! Al final, es un tema del que eres experto, del que nadie, absolutamente nadie, sabe más que tú. Un tema que dominas al derecho y al revés: solo necesitas que haya alguien que te escuche para comenzar a compartir eso tan valioso que llevas dentro de ti.

Al comienzo, tengo que aceptarlo, no podía entenderlo. Sin embargo, de tantas veces que se repitió me obligó a ver el problema desde una perspectiva distinta. Dado que hablar de mi historia y contar mis aventuras sin miedo a la vulnerabilidad es algo natural para mí, asumí que era igual para todos, para cualquiera. Y sí, pero en el ámbito informal, no en el laboral.

En este escenario, las apariencias son muy importantes. La forma en que otros te perciben, la forma en que otros perciben lo que haces, es muy importante. Tanto, que algunos creen que es el factor que determina tu valor como empresario, empresa, emprendedor o como profesional independiente. Lo que hay que entender es que una percepción no es, para nada, la realidad.

Tras largas y profundas conversaciones con clientes, después de escuchar a emprendedores que forman parte de las comunidades de las cuales soy miembro, hice un descubrimiento. No es una conclusión contundente, una sentencia definitiva o algo por el estilo. Es, tan solo, un descubrimiento. ¿De qué se trata? De una aproximación al fondo del problema.

Descubrí que lo que intimida a la mayoría de las personas, quizás a ti también, es el reto de contar toda la historia. Como si fuera una película: el rollo completo. Piensan que es algo difícil, que son demasiados elementos. No saben por dónde empezar o cómo estructurar el relato. Si eventualmente comienzan, sienten que en algún momento pierden el rumbo de la trama.

Entonces, después de reflexionar, de darle vueltas al asunto y de hasta consultarlo con la almohada, hice un segundo descubrimiento. Que, dicho sea de paso, es la razón por la cual te comparto este contenido. ¿De qué se trata? Qué tal si, en vez de enfrentarte a la película, al rollo completo, ¿trabajas el relato de tu historia por capítulos, como si fuera una serie?

El resultado debería ser el mismo: comunicar tu esencia, conectar con el mercado, con esas personas a las que puedes ayudar. Lo que cambia es el proceso. Veamóslo a través de un ejemplo: vas al restaurante y pides una pizza, tamaño mediado, que por lo general la dividen en seis porciones. ¿Qué haces? Tomas una y la consumes y solo sigues una vez la terminaste.

¿Entiendes? Tomas tu historia y la divides en un sinnúmero de capítulos: lo personal, lo laboral (qué haces, cómo lo haces, para quién lo haces), la familia (valores, sueños), tu propósito… Es como armar un rompecabezas: todas las piezas tienen un lugar, todas son importantes. Al final, sin embargo, solo verás la imagen completa si logras encontrar el lugar en que cada un encaja.

En palabras sencillas, es una estrategia que te permite dividir esa meta gigante que te intimida en una serie de pequeñas metas que asumes sin miedo. Más bien, las ves como un interesante reto y te diviertes en el proceso. A continuación, entonces, te propongo algunas pequeñas historias que puedes contar fácilmente y que, a largo plazo, construirán tu gran historia:

Moraleja

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Contar tu historia es como armar un rompecabezas: todas las piezas tienen un lugar, todas son importantes. Al final, sin embargo, solo verás la imagen completa si logras encontrar el lugar en que cada un encaja.

1.– Un sueño de infancia.
Todos los seres humanos, sin excepción, cultivamos sueños durante la niñez. Algunos de ellos, a veces la mayoría, no se cumplieron, pero te ayudaron a avanzar. Fueron una luz que alumbró tu camino. ¿Con qué soñabas tú? ¿Qué querías ser cuando grande? ¿Cuál sí se cumplió?

2.– Algo que aprendiste en un viaje.
Todos, sin excepción, hemos regresado a casa transformados de alguna forma después de un viaje. De vacaciones, de trabajo, con los amigos… ¿Qué fue eso que te cambió? ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo mejoró tu vida desde entonces? Una comida, un lugar, una experiencia…

3.– Un agradecimiento.
Todos los seres humanos, sin excepción, tenemos mucho que agradecerle a la vida. Que nos da mucho sin necesidad de pedirlo. O quizás hay alguna persona que te ayudó en un momento de oscuridad de tu vida. O algo que recibiste del más allá… Muestra tu gratitud sin temor.

4.– Algo que te represente.
¿Una canción? ¿Una afición? ¿Una comida? ¿Un pensamiento? Todos, sin excepción, nos identificamos con algo. Que haces bien y te hace sentir pleno, algo en lo que eres mejor que el promedio de las personas. Eso por lo que que unos te admiran y otros, te envidian.

5.– Lo que te voló la cabeza.
A todos, sin excepción, la vida nos sorprende con frecuencia. Nos hace revelaciones que nos cambian la forma de ver las cosas, cómo las percibimos, cómo las sentimos. ¿Cuál fue esa que en tu vida marcó un antes y un después? ¿Cómo eres mejor ahora después de eso?

6.– Qué o quién te inspira.
¿Una persona cercana? ¿Un artista? ¿Un escritor? ¿Un cantante? ¿Un deportista? Los seres humanos, todos, sin excepción, somos el resultado de las personas especiales que ejercen gran influencia sobre nosotros. ¿Quién te marcó a ti y cómo lo hizo? ¿Qué te inspiró?

7.– Una reflexión.
La incertidumbre es algo que nos agobia a todos los seres humanos, sin excepción. Nos inquieta el mañana. En algún momento, la vida nos invita a hacer un alto en el camino y reflexionar. Nada trascendental, pero sí una luz que nos permitió seguir avanzando.

8.– Una contradicción.
Los seres humanos estamos hechos de contradicciones. Muchas de ellas son inconscientes, pero hay otras de las que somos sabedores. Son una parte fundamental de la naturaleza humana y no las podemos evitar. Comparte una de las tuyas; no temas avergonzarte.

9.– Habla con tu yo joven.
Si pudieras hablar con tu yo de hace 10 o 15 años, ¿qué le dirías? ¿Qué consejo le darías? Siempre hay algo que quisimos decir y no fuimos capaces, todos sabemos algo que nos gustaría compartir con otros o con tu yo más joven para que su vida sea mejor.

10.– Comparte algo que aún no hiciste.
Los caminos de la vida son insondables y cada día nos ofrecen nuevas oportunidades. Son sueños que aparecen sin esperarlo y que se convierten en una motivación. ¿Cuál es el tuyo? ¿Viajar a un lugar específico? ¿Alcanzar un logro? Habrá otros que se identifiquen contigo.

Hay muchas más opciones, por supuesto, pero elegí estas 10. Que, además, están en un orden arbitrario: elige el tuyo, arma el rompecabezas como te guste. Si crees que falta alguna que es relevante para ti, ¡inclúyela! No pierdas de vista algo importante: es como un juego. No te lo tomes tan en serio: solo comienza, deja que el proceso te envuelva, avanza y disfrútalo.

Algo más: no tienes que publicar todos los días. Estas historias personales, en mi experiencia, son contenidos muy aceptados en los últimos días de la semana. En esos en los que hay menos responsabilidades, en los que somos más abiertos a probar algo distinto. Mi consejo es que cuentes una historia a la semana (un día fijo). Empieza y verás cómo es muy difícil detenerse…

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¿Sabes por qué las buenas historias nunca mueren?

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Son muchos los errores que se pueden cometer al contar una historia y compartirla con otros, con el mercado, con tus clientes. La lista es tanto amplia como variada. Va desde los errores ortográficos, que son inadmisibles (dadas las herramientas que hay a disposición), hasta los conceptuales-estructurales (que son los que, al final, bloquean el impacto de tu mensaje).

La mayoría de ellos, irónicamente, son inducidos. ¿Eso qué quiere decir? Que son producto de seguir el libreto de los vendehúmo que pregonan fórmulas perfectas, estructuras mágicas y más mentiras. En la práctica, son historias planas, falsas, sin esencia, sin alma, sin emoción. Historias de las que se olvidan fácilmente porque no transmiten algo que tenga valor.

Quizás pienses en lo que vemos cada día en internet: estás en lo cierto. Historias cuyo impacto está estrechamente ligado a las payasadas del influencer de turno. De las que se vuelven virales porque activan los bajos instintos, pero caducan en poco tiempo. Modelos de historias que, tristemente, muchos emprendedores y profesionales independientes replican.

Al comprobar el impacto mediático (pero efímero) piensan que es la fórmula del éxito que con tanto ahínco han buscado. Son felices porque se sienten como el pirata que, después de una larga y dispendiosa búsqueda, por fin halló el preciado tesoro. Sin embargo, no tardan en darse cuenta de que cometieron un error, de que (quizás otra vez) cayeron en la trampa de más de lo mismo.

¿Por qué es un error? Porque estas historias fruto del copy + paste carecen del ingrediente que distingue a las buenas historias (las que se recuerdan) del resto. ¿Sabes a qué me refiero? A la autenticidad. Es cierto que, en el fondo, todas las historias se parecen y comparten elementos comunes, y es lógico. ¿Por qué? Simplemente porque los seres humanos somos así, todos.

Es decir, somos parecidos (al fin y al cabo, somos una sola especie) y compartimos elementos comunes. Sin embargo, y esta es la clave, el eslabón perdido de las historias copy + paste, cada ser humano es único y distinto. No puede ser copiado. Como las buenas historias, esas que se recuerdan, que dejan huella, que generan un impacto positivo: son distintas, son únicas.

Esto me lleva a resaltar el primer grave error de la mayoría de las historias. ¿Imaginas cuál es? Asumir que todos los seres humanos somos iguales, que pensamos igual, que sentimos igual, que nos enfrentamos a las mismas situaciones, que padecemos los mismos problemas, que sufrimos el mismo dolor. Por si no lo sabías, es un cliché que perdió su efecto hace mucho tiempo.

A pesar de eso, lo vemos todavía en las películas que llegan a nuestras pantallas. Hay quienes la siguen utilizando porque fue una fórmula que les proporcionó éxito en el pasado. Y dado que no poseen más recursos, que carecen de imaginación, no les queda más remedio que usarla. Son historias (o películas) que siguen un libreto en el que acaso varían solo los nombres.

Un ejemplo: todos los seres humanos, sin excepción, hemos sufrido una pérdida. Bien sea un familiar, un amigo o, quizás, una mascota. Todos, sin excepción, hemos sentido dolor, hemos sufrido. Sin embargo, algunos la superaron más rápido, algunos hicieron el duelo en unos pocos días, algunos aprendieron a cargar con la ausencia sin que se reabriera la herida.

¿Entiendes? El dolor, como tal, la pérdida, es uno solo. Todos los experimentamos. Entonces, ¿que cambia? Las manifestaciones de ese dolor. Que son particulares, únicas de cada persona, de cada ser humano. Eso quiere decir que no podemos etiquetar a la especie bajo el mismo rótulo porque, aunque somos parecidos, aunque compartimos elementos comunes, somos distintos y únicos.

Hay personas que anhelan bajar de peso, adquirir hábitos saludables y evitar enfermedades que son potencialmente mortales. El dolor (el deseo de gozar de buena salud) es el elemento común, pero las manifestaciones son particulares. Algunas bajan de peso con facilidad y otras, sufren para reducir; algunas desarrollan rutinas con rapidez y otras, simplemente, no pueden.

¿Entiendes? Sin importar a qué te dedicas o qué le ofreces al mercado, cuando pienses en el dolor que sufren tus clientes potenciales procura ir más profundo. Recuerda que lo mejor del iceberg es lo que no se ve. ¿Qué sienten esas personas? ¿En qué circunstancias son más vulnerables? ¿Qué dispara las alarmas? ¿Cuáles son las consecuencias? ¿Cómo las controla?

Moraleja

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Lo que realmente hace que una historia sea inolvidable no son sus héroes, sus personajes creados a partir de clichés. ¿Entonces? Que sea autentica y única.

En una línea muy similar, la de la generalización, la de etiquetar a todos por igual, están los clichés de los personajes. Es algo que vemos claramente en las telenovelas que tanto nos gustan a los latinoamericanos: la niña rica, ingenua, rubia de ojos azules; el galán pobre, sin educación, trabajador y de buen corazón; el antagonista envidioso, maldadoso, vengativo…

No en vano, cada vez que vamos al cine y vemos una comedia romántica salimos con la sensación de “esta película ya la había visto varias veces”. Y de cierta forma es verdad. Lo es, porque el libreto de todas sigue el mismo patrón, la misma secuencia, el mismo desenlace. Son clichés que le gustan al espectador y, por eso, a sabiendas de su impacto, son rencauchados una y otra vez.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que en realidad no son personajes, sino arquetipos cliché, vacíos. Un arquetipo encierra una generalización que, a medida que avanza la trama, se desdibuja, se vuelve borrosa, irreconocible. Arquetipos como el héroe (¿el favorito?), el villano, el rey, el sabio, el explorador, el rebelde o el amante. Hay muchos más, decenas de ellos.

También hay arquetipos de tramas: la búsqueda de la verdad, el triángulo amoroso, el sacrificio heroico, el despertar o la popular traición. Hay otros más como el juicio, el renacimiento, el desafío, la tragedia personal o la persecución. Son modelos de éxito comprobados, pero algunos de ellos han perdido impacto por el uso excesivo, por el abuso hecho del recurso.

El error es olvidar que las personas nos identificamos con otras personas, no con arquetipos cliché. Personas con fondo, con sentimientos, con miedos, con emociones, con sueños, con logros… Personas reales. Por eso, los contenidos que apuntan a arquetipos pasan inéditos, mientras que las verdaderas historias de poder se centran en seres humanos de carne y hueso.

Una equivocación que, no sobra resaltarlo, es cada vez más frecuente en esta era de la inteligencia artificial generativa. Que, seguro lo sabes, quizás lo has padecido, abusa del cliché, de las generalizaciones, de los argumentos sin profundidad. Esmérate en crear personajes verdaderos, de la vida real. ¿La clave? Identifica las características que lo hacen auténtico y único.

Por último, el error más grave, el error más común. ¿Sabes a cuál me refiero? A caer en la trampa de centrar nuestra historia en la venta y no en la transformación que experimentará nuestro cliente una vez obtenga lo que le ofrecemos. La transformación es tanto la razón de ser de la historia que cuentas como de tu negocio, de lo que haces, cómo lo haces y por qué lo haces.

Si tu único o principal objetivo es vender y ganar mucho dinero, quizás lo logres. Es posible también que te conviertas en alguien popular o famoso y que, fruto del dinero ganado, puedas darte los lujos que siempre anhelaste. Algunos te dirán que eres un afortunado si lo consigues, pero claramente no seré uno de ellos. Para mí, ese es un objetivo vacío, además de egoísta.

Y es, muy seguramente, la razón por la cual no soy millonario. Me gusta ganar dinero, lo necesito para vivir, pero mi propósito va un poco más allá. ¿Recuerdas cuál es? Producir un impacto positivo en las personas que me permiten ser parte de su vida, inspirarlas a trabajar en la tarea de construir su mejor versión y motivarlas a cumplir con la misión de ayudar a otras.

La mayoría, casi todos, te dicen qué vas a recibir (curso, pdf, video…),  pero eso, créeme, es irrelevante. Lo que en realidad importa, lo trascendental, es en qué clase de persona se va a convertir, se va a transformar quien acepte tu invitación, quien compre tu producto. ¿Cómo va a mejorar su vida? ¿Qué dolor desaparecerá? ¿Qué sueño se hará realidad? ¿Será más feliz?

La transformación no es el resultado, sino el proceso. Como la larva que se transforma en una hermosa mariposa. Lo trascendental no es en qué se convierte, sino lo que experimenta en camino de ser algo distinto. Ese proceso, salpicado de dolores, dificultades, oportunidades y logros, es lo que trasciende. Esa transformación es aquello por lo que tu cliente está dispuesto a pagar.

No se trata, entonces, solo de contar historias. Tristemente, en este mundo de histerias, de afanes y de clichés, el storytelling ha sido prostituido, rebajado, menospreciado. Sin embargo, si desarrollas la habilidad de contar historias reales, con personajes reales (de carne y hueso, con sentimientos), que viven problemas reales y son capaces de resolverlos, lograrás impactar.

No olvides que el vehículo que impulsó la evolución de la humanidad, de la especie, fue el arte de contar historias. A partir de ellas los cavernícolas transmitían conocimientos y creaban el legado que las siguientes generaciones aprovecharían para desarrollarse. No olvides, tampoco, que los seres humanos, todos, somos una colcha de retazos de las historias que vivimos.

Por último, no olvides que los recuerdos más gratos de aquellos que ya partieron de este mundo están representados, precisamente, por historias. Los momentos que compartimos con ellos, los recuerdos inolvidables, los aprendizajes invaluables. Parodiando la película y la canción Los héroes nunca mueren, ahí va la moraleja: las buenas historias nunca mueren

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Querer ayudar no es suficiente: ¿cómo vencer la resistencia?

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Es algo que prácticamente todos, sin excepción, hemos vivido en la vida. ¿Sabes a qué me refiero? A que tienes la intención de ayudar a alguien, quizás ejecutas algunas acciones para soportarla, pero al final tu esfuerzo es vano. ¿Por qué? Porque, simplemente, esa persona “no se deja ayudar” o, de otra manera, “no acepta la ayuda porque, en su parecer, no la requiere”. ¡Plop!

Soy un convencido de que en el momento en que nos entregaron el voucher para viajar hasta este mundo, también nos encomendaron una misión: “ayúdense unos a otros”. Una premisa que, al menos para mí, no se restringe a personas, a seres humanos, sino que se extiende también a lo que nos rodea, a nuestro entorno: flora, fauna, naturaleza. Una misión a la que no podemos renunciar.

Asimismo, en la niñez, cuando dejamos volar la imaginación y visualizamos una vida futura, en la edad adulta, el deseo de servir a los demás está siempre presente. “Quiero ser médico para ayudar a los enfermos”, “quiero estudiar sicología para ayudar a los que sufren problemas mentales”, “quiero ser arquitecto para construir casas para muchas personas”. Siempre hay deseo de ayudar.

Una de las razones por las cuales ingresé a la universidad a estudiar Comunicación Social fue porque concebía esta profesión como un camino para “ayudar a otros”. Mantenerlos informados de los hechos importantes, dar a conocer la otra cara (la menos visible) de los personajes, transmitir mis experiencias en los eventos que concitaban la atención de las audiencias.

Era algo que había vivido en la niñez y la adolescencia, principalmente a través de la radio. Fue esa cajita mágica, que escondía personas maravillosas que nos relataban los sucesos, la que provocó que me enamorara de periodismo. Agradecía las informaciones, los relatos, las canciones, y me imaginaba siendo yo la fuente de esas alegrías para otras personas. Una época maravillosa.

Además, en mi casa y en el colegio me inculcaron aquello de la “vocación de servicio”. Y por los privilegios que me concedió la vida tuve la oportunidad de disfrutar de los clubes sociales. Fue allí donde comencé a entender que todos necesitamos de los otros; que el trabajo no consiste en ganar un sueldo, sino en realizar una labor que redunde en el beneficio de otros, de los clientes.

Aprendí a apreciar, a valorar y a agradecer lo que hacía el palafrenero que cuidaba de los caballos, el mesero que me atendía en el restaurante, el profesor de la clase de equitación o el conductor del bus. Por supuesto, también la señora que, con paciencia y abnegación, nos lidiaba a nosotros, jóvenes inquietos y traviesos, atrevidos, nos preparaba la comida y hacía los oficios domésticos.

Y también aprendí algo increíble: la satisfacción que se deriva del acto de ayudar a otros, de servir a otros. Lo experimenté cuando comencé a publicar mis escritos en el principal diario del país y, en una época en la que no había internet o redes sociales, recibía gratitud como retroalimentación. Me di cuenta de lo gratificante que es proporcionar alegría, ilusión, esperanza o felicidad.

También conocí la otra cara de la moneda. ¿Sabes cuál? La de la crítica a veces fundamentada solo en la envidia o en la ignorancia. La de ser descalificado como persona y como profesional simplemente porque las ideas que expresé, o cómo las expresé, hirieron la susceptibilidad de alguien. Fue, entonces, cuando aprendí la premisa que me llevó a escribir estas líneas.

¿Cuál? Que hay personas que “no se dejan ayudar” o que “no quieren ayuda”. Y no importa cuántas veces lo intentes y de cuántas formas distintas lo intentes, siempre recibirás un no o un rechazo como respuesta. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que si sobrepasas la raya no solo se van a molestar, sino que te etiquetarán como vendehúmo, como tóxico, como non grato.

Es una situación a la que me he enfrentado en repetidas ocasiones en mi carrera. En especial, desde que crucé la frontera del periodismo y entré en los terrenos del marketing digital. Desde entonces, fiel a lo que aprendí en la niñez, mi intención siempre ha sido la de ayudar a otros. Una labor que me encanta porque sé que el conocimiento se multiplica cuando se comparte.

O, como me lo enseñó un cliente, “lo que no se comparte, no se disfruta”. Sin embargo, seguro lo sabes, del dicho al hecho suele haber un trecho. O, si lo prefieres, un largo camino entre la teoría y la práctica. No es lo mismo decirlo que hacerlo, aun cuando tengas la mejor voluntad, a pesar de que hagas tu mejor esfuerzo, aunque el propósito que movilice tu acción sea muy loable.

Moraleja

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Establecer un vínculo de confianza y credibilidad es indispensable para que otros te permitan brindarles ayuda. Si no existe, lo único que conseguirás es activar su resistencia.

La realidad es que solo puedes ayudar a otro si se cumplen a cabalidad estas condiciones:

1.– Tiene un problema que tú puedes resolver.
Parece obvio, pero no lo es. A veces, muchas veces, por el afán de vender o la intención de ayudar, nos obsesionamos con otros y tratamos de forzar la compra de nuestro producto o servicio. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que no nos damos cuenta de si, en realidad, estamos en capacidad de resolver su problema, de satisfacer su necesidad o, algo muy importante, un deseo ardiente.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que creemos, asumimos, que estamos en capacidad de solucionar cualquier problema de otros, todos los problemas. Y no es así, por supuesto. De hecho, a veces, muchas veces, ni siquiera damos abasto con los propios. No intentes encajar allí donde las evidencias te demuestran lo contrario. Ya llegarán las personas a las que puedas ayudar.

2.- Siente que tiene un problema y que lo afecta.
Esa persona siente o cree que algo no funciona en su vida o en su trabajo, pero no tiene claro qué es. Por el momento, además, puede controlar el dolor o la molestia, que cada vez es más frecuente o, quizás, más incómodo. Mientras pueda resistir, no va a hacer nada o, de otra manera, no va a aceptar recibir ninguna ayuda. ¡Ninguna, de nadie! ¿Por qué? Piensa que tiene el control.

Por cuenta del ego, que siempre está presente, que es travieso y traicionero, los seres humanos, todos, sin excepción, nos negamos a recibir ayuda. Al menos, a la primera. ¿Por qué? Nos hace sentirnos débiles,  por aquello de la vulnerabilidad. Nos defendemos esgrimiendo objeciones y no nos importa soportar un poco de dolor (a veces, mucho), antes de aceptar esa ayuda.

3.- Trae ese problema al plano consciente.
Esto solo sucederá cuando ya no pueda soportar el dolor, cuando la molestia haya superado su capacidad y su vida sea un infierno. De manera instintiva, buscará información, querrá saber qué le sucede y, eventualmente, acudirá a un conocido para que lo aconseje. Recurrirá a internet o, quizás, le preguntará a Chat GPT para saber qué padece y cómo solucionarlo.

Aún consciente del problema, todavía no aceptará ayuda. Antes, probará algunas alternativas y lo más probable es que ninguna le funcione. Esto no solo redundará en más dolor, sino que también será una decepción que destruirá su autoestima y lo hará más vulnerable. Un camino que, de una u otra forma, lo llevará a aceptar el problema, a hastiarse de él y a buscar ayuda idónea.

4.- Tiene la disposición de buscar una solución.
Dado que el problema se salió de sus manos y sobrepasó su límite de resistencia, no le quedó otra salida: buscar ayuda. No significa que vaya a comprar de inmediato, sino que busca información, requiere educación acerca del problema que lo aqueja y explora el mercado en procura de la persona o producto idóneo para darle la solución. Acude, también, a alguien de confianza.

Puede ser un proceso complejo y traumático si media una alta dosis de ego o de terquedad. Eso sí, cuando tome la decisión de buscar ayuda no dará marcha atrás. Correrá riesgos, asumirá las consecuencias y estará dispuesto a hacer lo que sea, a pagar lo que sea, por esa solución. Es el momento en el que tu presencia, tu aporte, puede significar la diferencia entre el bien y el mal.

5.- Toma la decisión de recibir tu ayuda.
Después de consultar, de investigar, de preguntar, se entera de que existes y te elige como la mejor opción. Has logrado atraer su atención y despertaste su curiosidad. Ahora, lo que debes hacer es establecer un vínculo de confianza y credibilidad para brindarle la información que le permita tomar la decisión de comprar lo que le ofreces. Te abrirá las puertas de su vida para que lo ayudes.

Ya no mirará otras opciones, porque está convencido de que tienes lo que necesita. Bajará las barreras, ya no esgrimirá más objeciones y te dirá el “¡sí, acepto!”. Este será el comienzo de una relación de intercambio de beneficios. Que puede ser larga y fructífera en la medida en que la cultives, la fortalezcas. Si es así, esa persona te volverá a comprar en el futuro, sin duda.

Querer ayudar no es suficiente. Nunca es suficiente. ¿Por qué? Porque solo podrás ayudar a quien tenga la disposición para aceptar tu ayuda. Y, lo sabemos, no todos se abren a esa posibilidad (de hecho, pocos lo hacen). Y todo lo que hagas para intentar que esa persona cambie de opinión será infructuoso. No, si antes no se cumplen a cabalidad las cinco condiciones mencionadas.

Por eso, si eres un emprendedor o un profesional independiente que vende un producto o un servicio que es la solución al problema de otros, si tu propósito es ayudar a otros, enfócate en lo que es realmente importante: establecer un vínculo de confianza y credibilidad a partir del cual se dé una relación a largo plazo. Solo a partir de ahí te dará la opción de proporcionar una ayuda

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Cómo comunicar con autenticidad en la era de la manipulación

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Ya casi nada de lo que vemos, leemos o escuchamos es como es. ¿Eso qué significa? Que fuimos invadidos por las especies tóxicas, los depredadores dentro y fuera de internet, y vivimos atrapados por los contenidos falsos, los impostores y la manipulación. Una inmensa cloaca que está ahí, al alcance de la mano, a solo unos cuantos clics de distancia.

Por supuesto, esa es una tarea muy fácil de llevar a cabo gracias a las poderosas y geniales herramientas que nos proporciona la inteligencia artificial. Sin embargo, sería de obtusos achacarles la culpa a esos recursos que llegaron para cumplir un fin distinto. ¿Sabes cuál? Mejorar la vida cotidiana, facilitar las tareas habituales, potenciar nuestros resultados

El problema, como ha sucedido en ocasiones anteriores, no se desprende de la herramienta en sí, sino del uso que le damos. Del uso que cada uno les da a partir de su conocimiento, de sus intereses, de sus intenciones. Es como una pelea entre David y Goliat, porque son más, muchos más, los que mienten, los que publican falsedades, los que manipulan…

Una inmensa industria que, además, es muy lucrativa. Que se aprovecha de la ingenuidad, de la desocupación, de la ambición y de los bajos instintos de los usuarios. Que caen fácil en las redes de los impostores y en virtud de sus hábitos de consumo quedan expuestos a la violencia, a la pornografía, a la vulgaridad. En otras palabras, a la miseria humana.

Una miseria de la que, además, no es fácil apartarse. Tampoco es fácil diferenciarse porque el común de las personas no lee, no escucha con atención, no ve lo importante. La mayoría se queda en la percepción inicial, en las apariencias, en lo que creyó leer, en lo que pensó que había visto, en lo que le pareció escuchar… Entonces, se alimenta el círculo vicioso.

Lo expuesto en estos párrafos, sin embargo, no significa que la guerra esté perdida. ¡Hay que dar la pelea! Es a través del triunfo en las pequeñas batallas que se ganan las grandes confrontaciones. Es cierto que la gente cae muy fácilmente en la trampa, pero este error es fruto de la vulnerabilidad que se expone en ese insondable proceso de la vida.

Por si no lo sabías, o no te habías dado cuenta, los seres humanos entramos a internet, a los canales digitales, o consultamos los medios de comunicación, básicamente por dos motivos. ¿Sabes cuáles? Si piensas que es vender o comprar, estás equivocado. La realidad es que estamos en la búsqueda de información, por un lado, y de entretenimiento, por el otro.

De manera desprevenida, casi inconsciente, entramos a los canales digitales, vamos a los medios de comunicación, y quedamos expuestos a su inmundicia. Quizás no es lo que queremos, quizás no es lo que buscamos, quizás no es el contenido que anhelamos consumir. Sin embargo, está ahí, fresquito, disponible y, no es casualidad, ¡gratis!

Por eso, a los que estamos en la otra orilla, los que no somos vendehúmo, ni manipuladores, ni tóxicos, nos cuesta tanto convivir en ese ecosistema. No estamos hechos para eso, nos resistimos a convertirnos en otra especie tóxica, nos revelamos a la enquistada cultura de la pornobasura, de la pornomiseria. Y somos la otra cara, la que muchos no ven o no quieren ver.

Para algunos, la tarea es más complicada porque caen en la trampa de imitar a los que son hábiles para captar la atención, para conseguir los clics de los morbosos. Ese, claramente, no es el camino. De lo que se trata es de ser diferente, que se antoja una labor fácil en la medida en que entiendas que basta con ser auténtico, con mostrarte como eres.

Y, por supuesto, de lo que comuniques y cómo lo comuniques. Si tu mensaje no es asertivo, si carece de impacto, quedarás sujeto a las percepciones de los demás que, seguro lo sabes, son arenas movedizas. Por eso, entonces, es tan importante saber qué debes hacer para no caer en esta trampa. Te ofrezco diez acciones sencillas y efectivas que puedes implementar:

Moraleja

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Vivimos rodeados de contenido tóxico y apariencias. Sin embargo, hay una salida efectiva. ¿Cuál? Comunicar con verdad, propósito y autenticidad para conectar sin caer en la trampa del ruido digital.

1.Comunica tus valores de marca.
Son los que te permitirán tanto darte a conocer sin ambigüedades como conectar con las personas adecuadas. Y algo que también es valioso e importante: ahuyentar a quienes no son tus clientes potenciales, de modo que evitas distraerte. Tus valores, no lo olvides, son todas esas características que te hacen único, irrepetible y, por supuesto, alguien valioso.

2.Revela la forma de entender tu profesión.
No basta con decir “hago esto porque me gusta” o “porque me hace feliz”. Eso a nadie le interesa. Tu profesión u oficio deben responder a un propósito superior que te permita producir un impacto positivo en la vida de otros. De lo contrario, nadie escuchará tu voz y, lo peor, a nadie le interesará lo que ofreces. El propósito, hoy, es el sine qua non de la atención.

3.Establece lo que decides comunicar y lo que no.
Es lo que en palabras comunes llamamos “los innegociables”. No solo son tus principios y valores, sino también los límites que indican qué sí y qué no estás dispuesto a hacer, en qué condiciones aceptas ceder o cuáles terrenos son vedados. Se relaciona estrechamente con tus creencias, en especial en temas controvertidos: religión, política, sexo, deporte…

4.Informa lo que no encaja con tu marca.
No tienes que caerle bien a todo el mundo o ser agradable para todo el mundo. Por su nivel de conocimiento, por sus experiencias, por sus creencias y por sus expectativas, muchas personas están fuera del alcance de tu radar. O, mejor, a las que no les puedes proporcionar la solución que anhelan. Tratar de encajar con todo el mundo le restará poder a tu mensaje.

5.Establece el tipo de clientes con los que quieres trabajar (y con los que no).
No, no cualquiera es tu cliente. De hecho, la mayoría no lo son. ¡Esa es la realidad! Cuanto más pronto lo aceptes, mejor. Cuanto más claro lo comuniques, mejor. Esto incluye a prospectos a los que sí puedes ayudar, pero que pueden convertirse en una molestia o, de otra forma, no están listos todavía. Y aquellos que no te interesan, ¡déjalos ir, suéltalos!

6.Comunica tu propuesta de marca.
Este, quizás lo sabes, es uno de los mensajes más importantes. Un mensaje que debe ser preciso, específico, claro. Que cualquier persona lo entienda o, mejor, que pueda llevar a cabo lo que esperas de ella. Además, debe ser único, claramente diferente de lo que ofrece tu competencia. Ten en cuenta que propuesta de marca (o valor) no significa vender.

7.Explica cuál es el método de trabajo que utilizas.
Y no solo eso: también, y tan claro y preciso como sea posible, qué acción (o acciones) debe ejecutar tu cliente. ¿Qué esperas de él? ¿Hasta dónde llega tu ayuda? ¿Hay seguimiento, y cómo se da? Este, créeme, es uno de los errores más comunes al comunicarte con el mercado: se asume que todo está claro, que cualquiera lo entiende, y no siempre es así.

8.Anuncia otros servicios que puedas prestar.
A veces, las personas atienden tu mensaje solo por curiosidad, pero en realidad no saben lo que quieren o lo que necesitan. Por eso, si puedes ayudarlas de otras formas, no pierdas la oportunidad. Recuerda que lo importarte es establecer una relación y comenzar una conversación a través de la cual, en el tiempo, se dé un intercambio de beneficios.

9.Resalta la transformación que ofreces.
A nadie le interesa tu producto o servicio en sí mismo, sino lo que este puede producir en su vida y cambiarla para bien. Es esa transformación por la que alguien está dispuesto a pagar, por la que se arriesgará a salir de la zona de confort. Enfócate en dibujar en su mente cómo será su vida si hace lo que le propones, si toma lo que le ofreces. Persuádelo e inspíralo.

10.Comparte qué se siente trabajar contigo.
Ten en cuenta que no eres el único que puede producir esa transformación, que tu  producto o servicio es muy parecido a otros del mercado. Y no olvides que el diferencial, lo que nadie puede copiar o replicar, ¡eres tú! No peques por modesto, porque seguro tu competencia no lo hará. Transmite confianza, seguridad, autoridad y, sobre todo, calidez humana.

Hoy más que nunca, las personas queremos, y necesitamos, relacionarnos con quienes de manera genuina están en capacidad de aportar algo positivo a nuestra vida. Si tú, en virtud de tu profesión u oficio, lo puedes hacer ¡comunícalo sin rubor! Alza tu voz, haz que te escuchen y cuéntale al mundo que te sientes honrado y privilegiado por compartir lo que tienes, lo que eres.

En medio de una realidad caótica en la que ya casi nada de lo que vemos, leemos o escuchamos es como es, la autenticidad y el deseo genuino de ayudar son valores preciados en el mercado. ¿Sabes por qué? Porque son escasos y, sobre todo, porque no cualquiera los puede ofrecer. Utiliza el poder de tu mensaje para convertirte en un agente de transformación positiva.

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La polarización en la comunicación: un atajo lleno de riesgos

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Los políticos, desde siempre, la convirtieron en su arma secreta. También se hizo popular en los púlpitos y más adelante se instaló en la narrativa de los medios de comunicación. Hoy, como si se tratara de una burla del universo, está por doquier. La polarización, esa manía de dividir en opuestos, es la columna vertebral de estrategias de marketing y mensajes (contenidos).

Irónicamente, en estos tiempos de globalización, de uniformidad, de más de lo mismo, la polarización es el valor fundamental para muchos. “Divide y vencerás” es la premisa que se aplica no solo al ámbito de los negocios, sino que es parte de todas las actividades de la vida. Nadie está exento de ella y, lo peor, inclusive sin querer, todos caemos en su trampa.

Lo primero que hay que convenir es que la polarización, como tal, no está mal. De hecho, los opuestos son parte de la naturaleza, de su esencia. ¿Por ejemplo? Blanco y negro, día y noche, sol y luna, risa y llanto, alegría y tristeza, vida y muerte… Es imposible de evitar, entonces. Lo que sí está mal es el uso que algunos (no pocos) le dan: pasan de la persuasión a la manipulación.

El problema, ¿sabes cuál es el problema? Que en ese campo de batalla, no hay vencedores, solo vencidos. Es decir, nadie gana. Nunca, en ningún escenario, la polarización disfrazada de manipulación condujo a algo positivo o constructivo. En esa confrontación abierta, directa, descarnada, desalmada, el primer objetivo que se persigue es la destrucción del opuesto.

Y para conseguir ese objetivo se utilizan todas las armas disponible. En especial, aquellas que provoquen un mayor daño. Es algo que comprobamos en las redes sociales. No solo porque allí todos tienen voz, sino porque el derecho a réplica es un eufemismo. ¿Por qué? Muchos pueden ver lo que se dijo de ti, y muchos lo creerán. Pocos, sin embargo, tendrán acceso a tu réplica.

Si vives en EE. UU. o estás en un país como Colombia conoces perfectamente lo que es la polarización. Se vive cada segundo, cada minuto de la vida. Los presidentes son verdaderos maestros del arte de la polarización. A partir de las sentencias contundentessin sustento, de la calumnia, de las medias verdades o, lo peor, de las mentiras descaradas, polarizan todo el tiempo.

Para ellos, eso de “pescar en río revuelto” es una máxima de vida. Fabrican enemigos, venden escenarios catastróficos, distorsionan la realidad y apuntan con el dedo acusador a cualquiera que se atreva a pensar distinto, a actuar distinto. Por supuesto, jamás presentan pruebas, pues están convencidos que su investidura, la autoridad que les otorga el cargo, es suficiente.

La polarización es un atajo efectivo, sin duda. Hay cientos de miles de ejemplos en la historia de la humanidad en todos los ámbitos. Cientos de películas y libros han sido exitosos a partir de la polarización, del famoso “divide y reinarás”. Un escenario en el que los seres humanos, quizás por la obsesión por ganar, por ser los buenos, los mejores, nos sentimos cómodos.

Como mencioné antes, este es un juego perverso en el que no hay ganadores. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que una vez traspasas la línea, una vez entras en el juego, no hay camino de retorno. Es como si un tornado te envolviera: te da vueltas y vueltas, te sacude, te golpea y luego te tira. Tienes mucha suerte si después de esa experiencia continúas vivo.

Hubo un tiempo, que se antoja lejano, en el que las marcas no eran fuente de polarización. No había necesidad, dado que las condiciones del mercado las favorecían. ¿Cómo? La demanda era mayor que la oferta. Los consumidores, dócilmente, entonces, nos conformábamos con elegir entre dos o, a lo sumo, tres opciones. Además, el precio era el detonante de la decisión.

Simple, pero efectivo. Sin embargo, el mercado cambió y, por supuesto, los consumidores cambiamos también. Gracias a la magiade internet, la dinámica del mercado se invirtió y, entonces, la oferta superó la demanda. De un momento a otro, los consumidores tuvimos la oportunidad de elegir ya no entre 2-3 opciones, sino entre decenas. ¡Y algunas, muy buenas!

Así, las marcas de siempre vieron cómo los clientes de siempre simplemente se esfumaban, desaparecían. La realidad es que se iban con la competencia, con la nueva competencia, que les ofrecía algo mejor, más satisfactorio. Con un ingrediente adicional: a la vuelta de unos clics, compramos lo que sea, lo que queramos, sin importar dónde está la tienda.

Buscas, decides, compras y en unos pocos días lo recibes en tu casa. ¡Así de fácil! Sin embargo, ese no es el final del camino. De hecho, en la vida real es justamente el comienzo de la aventura, de ese espiral sin fin que nos envuelve en esa trituradora de la polarización. Porque las marcas libran una batalla permanente, inclemente, por la preferencia de los consumidores.

Es una lucha feroz, despiadada, en la que muchos, tristemente, han decidido sobrepasar los límites. La premisa del “se vale todo” se volvió un argumento válido, aceptado, y el mercado se transformó en una jungla infestada de fieras salvajes, de depredadores. Los mensajes amables y simpáticos de pasado dieron paso a la histeria, al miedo, al dolor, a la falsa escasez.

Moraleja

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El don de la comunicación es un privilegio exclusivo de los seres humanos. Nos fue otorgado para unirnos, servirnos, ayudarnos. Sin embargo, la polarización la pone en riesgo y, por eso, debes evitar caer en su trampa.

Un escenario que es tierra fértil para la polarización. Es la razón por la cual la publicidad, en especial en los canales digitales, es tan agresiva, tan invasiva, tan directa, tan despiadada. No conoce los límites de la decencia y con frecuencia sobrepasa los de la honestidad. La venta se asume como una guerra y, seguro lo sabes, las bajas de inocentes son parte de la guerra.

Cada día, sin cesar, somos víctimas del bombardeo de la polarización. Abres tus redes, miras tus correos, navegas en internet, y de inmediato eres presa del perverso juego del “divide y vencerás”. De manera triste, patética, las marcas eligieron el camino de la polarización como diferencial. En este mundo en el que todo es parecido, más de lo mismo, no es fácil ser distinto.

Sin embargo, elegir el atajo de la polarización es demasiado peligroso. Lo que está en juego es tu integridad, tu confianza y credibilidad. Valores que, seguro lo sabes, son prácticamente imposibles de recuperar si se pierden. El consumidor actual no admite ese tipo de errores, no admite saberse utilizado, no quiere ser parte de ese juego. Y, mucho menos, una víctima.

Otra arista del problema es que hoy el mercado exige tanto un propósito como una posición clara. Quiere saber de qué lado estás, necesita saberlo. Sin ambigüedades, sin excusas. Es un dilema, y no es fácil de resolver. Muchos han ganado grandes sumas de dinero gracias al efecto de sus campañas de polarización, muchos están dispuestos a correr el riesgo de jugar.

Cuando eres creador de contenido o compartes contenidos con el mercado, estás expuesto a la polarización. ¿Juegas o no juegas? He ahí el dilema. Son narrativas tras las cuales se esconden algunas paradojas que es conveniente conocer para no caer en su trampa. Son muchas, pero las siguientes son las principales, las más frecuentes. Ser consciente de ellas te ayudará a evitarlas:

1.- Creación de valor a corto y largo plazo.
Vivimos obsesionados con la idea de producir un impacto inmediato en la vida de otros, aun de los que no nos conocen. Se nos olvida que, especialmente en el tema del contenido, la recompensa llega a largo plazo. La urgencia y la histeria no suelen ser buenas consejeras

Si te centras en objetivos a corto plazo, y no los cumples, difícilmente obtendrás algo a largo plazo. En cambio, si estructuras una buena estrategia a largo plazo, en el corto verás cómo se dan resultados que, uno tras otro, constituirán una gran victoria. Y lo mejor, será sostenible

2.- Globalización y localización.
El fenómeno de la globalización, que llegó de la mano de internet hace 25 años, nos cambió la vida. Nos demostró que los límites están en la cabeza de cada uno y nos dejó claro que los sueños son posibles si no renuncias a ellos. También nos enseñó el valor de las conexiones

Sin embargo, no hay que caer en la trampa: globalización no significa “todos somos iguales”. Significa que tenemos la posibilidad de conectar a pesar de las diferencias gracias a principios y valores, intereses y de las sinergias. ¿La clave? No olvidar quiénes somos, nuestras raíces

3.- Agilidad y estabilidad.
La necesidad de adaptarse, de ser abiertos al cambio, ya no es una opción. El mundo cambia constantemente, y lo hace rápido. Tanto, que a veces no percibimos los cambio, no tenemos tiempo de disfrutar el proceso. Vivimos rendidos al estrés, a la urgencia y a la histeria.

No se trata de correr más rápido, sino de avanzar sostenido. La inestabilidad provocada por la incapacidad para tener el control es una de las fuentes del fracaso y otros males comunes. Y es también el principal obstáculo para establecer conexiones que redunden en relaciones sólidas

4.- Humanos y máquinas.
Olvídate de la ciencia ficción: la tecnología está aquí, como siempre, para ayudarnos, para servirnos. No es una guerra contra ella. Se trata de aprender a incorporarla a nuestra vida en sus distintas facetas: si logramos hacerlo bien, nos transformará la vida para bien

Ten en cuenta algo más: no existe una máquina que iguale tu talento, tu sensibilidad, tu originalidad, tu autenticidad. Eres único, irrepetible, y eso es lo que te hace infinitamente valioso. La conexión con otros humanos siempre será más poderosa que cualquier máquina

5.- Hiperpersonalización y privacidad.
Las acciones agresivas e intrusivas están de más, al igual que los mensajes del mismo corte. Son odiosos y el mercado los reprueba. Cualquier comunicación que no cuente de antemano con la aprobación expresa del otro te conducirá a la desconexión y a la desconfianza

La anhelada personalización no es una excusa para trasgredir la intimidad de otros, su vida privada. En la medida en que el vínculo de confianza y credibilidad se fortalezca, él te aportará la información que deseas. Ah, no olvides la diferencia significativa que hay entre generaciones

El don de la comunicación es un privilegio exclusivo de los seres humanos. Nos fue otorgado para unirnos, servirnos, ayudarnos. La premisa de Divide y vencerás”, que surge de las entrañas de la polarización, implica unos riesgos y unas consecuencias que quizás no puedas reparar. En vez de polarizar para ser distinto, te invito a probar con la autenticidad.